Día: 11 agosto, 2020

Petricor

El aspecto dramático de la lluvia no le interesaba pero Salvador, el portero, se había empeñado en  contarle con todo detalle aquellas inundaciones de un mayo de hacía dos años.

Aquello fue primordial, dijo él, ¿ve esa puerta?

Margarita miró con desgana hacia la puerta de la entrada mientras pensaba que primordial era una palabra muy rara.

¿La ve, verdad? pequeña no es, pues el agua saltaba por encima  como si  nada, bajaban unos ríos por este camino que, se lo digo de verdad, pasamos miedo. Sería, ¿qué hora sería?,  puede que las seis de la tarde. Pues, oiga, noche cerrada, el cielo negro, negro, negro como…como yo qué sé, como un negro, con todos mis respetos para las personas de esa raza, no se vaya usted a creer que soy racista. Yo  nunca había visto un cielo así salvo de noche. Le dije a mi mujer : Maricarmen, esto se pone feo. Como se lo cuento, feo que se puso,  a las once de la noche tuvimos que salir de ronda, ¿se puede creer que todos los primeros pisos estaban inundados? El agua se había colado por las rejillas de ventilación de las cocinas, estuvimos achicando mi mujer y yo hasta las tantas. Por eso le digo que el agua es buena cuando no es mala.

Es que ya no sabe llover, dijo Margarita deseando que el portero se callara de una vez, había bajado hasta el portal para estirar las piernas por los pasillos,  hasta que no amainara no podría salir. Se había puesto su modelo de verano para los días lluviosos: unas deportivas blancas con refuerzos dorados, una falda vaquera y una chaqueta blanca. Iba monísima, tenía estilo y ya está y aunque también tuviese años los cargaba  con una ligereza y elegancia que ya quisieran muchas más jóvenes. No quería que la humedad le estropeara el pelo, su  melena rubia y lisa, se la apartó con un coqueto movimiento de mano.

Salvador, indiferente a ese gesto y al resto de su bien cuidada persona, seguía narrando la tragedia de las aguas desbordadas, Margarita ya no le estaba escuchando, lo veía porque lo tenia delante pero era como cuando se quita el sonido a una película, movía su boca y también los brazos trazando en el aire los ríos impetuosos y desbordados y dibujándose a él y a su bendita mujer Maricarmen luchando contra todo aquello como dos héroes de las inundaciones. Lo veía fascinada y aburrida al mismo tiempo,  hasta que un señor y una niña en patinete abrieron la puerta y con ellos entró ese olor maravilloso a tierra mojada, a árbol mojado, a verde mojado. Margarita lo aspiró como si lo esnifara.

Petricor, dijo en éxtasis. Sabía que se llamaba así porque le había salido en un crucigrama.  Petricor, repitió mirándose el refuerzo dorado de las zapatillas blancas,  mejor sería que no se le mojaran.

¿Qué dice usted?, Salvador detuvo sus maniobras en seco de lucha contra el agua  y se puso una mano detrás de la oreja, como si estuviera sordo, solo que no lo estaba.

Petricor es el nombre que se le da al olor a lluvia, a tierra mojada, explicó ella. Por lo visto del suelo se liberan unas bacterias que…había otra  palabra para esas bacterias pero de esa no se acordaba, también le salió en otro crucigrama.

Anda qué cosas, dijo él moviendo la cabeza arriba y abajo. Yo solo le digo que se ande con ojo, que estas lluvias cuando se ponen rabiosas no son tontería. Se puso el cielo negro, más que ahora, se lo juro, y era de día, una tarde de esas de mayo. Decir que pasamos miedo es quedarse corto.

Si es que ya no sabe llover, todo está del revés. Primero el calor abrasador y ahora esto. Nada está donde debería estar.

Y que lo diga. Y ojito al calor también. Yo viví el incendio aquel, esas llamas,  madre mía de mi vida, jamás las olvidaré. Lo que lloró Maricarmen, tenga en  cuenta  que ella se ha criado en esos pinares, como quién dice.

Pues ni que fuera una cabra montesa, pensó Margarita. Se estiró la chaqueta blanca para que le quedara a la altura correcta. Qué pena que con lo mona que iba no la viera  nadie y que los pocos que la veían no supieran apreciarlo.

Petricor, dijo otra vez dándose media vuelta y empezando a girar por el pasillo con sus zapatillas blancas  y doradas.

Delante iba el señor y más lejos, impulsándose con fuerza con un pie, la niña.

Carolina, ven, no tan deprisa.

¿Es que una no puede estar un rato con sus propios pensamientos?, dijo la niña parando el patinete con rabia.

Por una ventana abierta se veía la copa de un álamo zarandeado por la lluvia y el viento. En una de sus ramas, acurrucada, hecha bola, había una paloma. Otra vez pensó en la palabra Petricor. Sin saber por qué, le molestó esa palabra como algo incómodo que se clava.