Día: 19 agosto, 2020

Por el sendero

Una mujer se hartó de ver iglesias románicas. Antes del hartazgo las adoraba,  eran su pasión y por eso programó ese viaje pero visitó tantas que se empachó. Ya no quiere saber nada de arcos de medio punto, no las puede ver ni en pintura,  reconoce su belleza, eso sí y las cosas como son. El hecho de que le hayan cansado  no influye en las iglesias. Siguen  en sus posiciones, erguidas sobre sus piedras, mensajeras del pasado, bellísimas y hasta conmovedoras y le parece muy bien pero si piensa en ellas se marea.

El amigo con el que pasea le cuenta que ha estado unos días en el cañón del río Lobos, lugar que merece la pena visitar y recorrer. Ella no lo conoce, podría ser un buen plan para otra vez ¿hay iglesias románicas por ahí cerca?, le pregunta. Él, que no entiende su recelo, le habla de la ermita de San Bartolomé y de las fuerzas telúricas del lugar.

Me da lo mismo,  ya no voy, dice ella espantándose con furia una avispa, tal vez románica.

Un niño le está contando a otro que se quedó atascado en las ramas más altas de…de…de una higuera, apunta su madre que va unos pasos por delante, lleva una camiseta con una maceta pintada, camina con pasos rápidos, enérgicos. El niño atascado se niega a pasear si no es con un amigo,  a ninguno de los dos les divierte caminar, coger moras sí, pero la madre no quiere que paren porque su objetivo es hacer ejercicio y que lo hagan ellos.  Vamos, vamos, les dice, ya cogeremos moras después, a la vuelta.

Me quedé atascado en la parte alta de la higuera, arriba, entre dos…entre dos…entre dos ramas, dice desde delante la madre portavoz.

Y yo lloraba y lloraba y lloraba, cuenta el niño a su amigo intentando compartir su tragedia, ser comprendido y tal vez admirado pues no todo el mundo puede presumir de haberse quedado atascado entre las ramas más altas de una higuera.

El amigo mira para otro lado, hacia los matorrales de zarzas donde ya despuntan moras negras al lado de las rojas. Unas hojas se mueven con vivacidad, dentro hay algo, ese algo asoma un momento, burlón, es un petirrojo. Pica una mora y desaparece.

El amigo del niño atascado señala con el dedo, están a punto de pararse pero la madre, sin necesidad de darse la vuelta, utilizando sus ojos del cuello , dice de nuevo, vamos, vamos, ya llegamos al castañar y ahí, una pequeña subida y veréis qué vistas. Magníficas.

Y lloraba, lloraba y lloraba, retoma el niño su tragedia.

Todo el camino está bordeado de zarzamoras, un hombre con un palo y una bolsa recolecta sus frutos.

Se van a acabar, se lamenta el amigo. Salen otras, salen más, dice la madre de la camiseta con una maceta dibujada. Vamos, vamos, las cuestas mejor deprisa. Queda muy poco para las vistas.

Otro hombre abraza a su perro, es un perro de lanas, se llama Coco ¡ Ay mi Coco, ay mi Coco!, qué le pasa a mi Coco, grita el hombre abrazando al perro, el perro le contesta con ladridos muy emocionados, el hombre se tira al suelo para abrazar mejor a su Coco, sigue gritando cariños y alabanzas y el perro ladra de pura felicidad. Cuando cesan en sus demostraciones afectivas se ponen a pasear, el hombre dice, en apariencia a nadie presente, zorra, zorra,  zorra, me cago en todo, me cago en todo y en todo.

Un  jardinero de larga y rizada melena está cortando las ramas de un roble, hace mucho ruido con la sierra, un ruido que provoca desbandadas. Una mujer se para y le pregunta, ¿hay por ahí detrás otro camino? como el jardinero melenudo no  contesta,  modifica un poco la pregunta y sube el tono de voz, digo que si hay otra vereda. Nada, no hay respuesta. Vuelve a intentarlo, ¿hay otro sendero por ese lado?

Vacas, responde el jardinero masticando algo. Donde hay vacas, hay moscas. Le molesta que los paseantes le tomen por un guía turístico. Acciona de nuevo la máquina sierra y rebana unas  cuantas ramas al roble.

Caen al camino  y ahí se quedan, delante de la mujer.  Ella las toca con la punta del pie derecho como si quisiera comprobar algo, se incrusta unos auriculares y se aleja cantando, muy mal, por el sendero.