Día: 15 septiembre, 2020

Mi barrio pandémico

Mi barrio pandémico está lleno de gente, de ruido, de jaleo a todas horas. Mi barrio pandémico, visto desde fuera y sin profundizar, no se distingue tanto del anterior, cuando el coronavirus no existía o estaba muy lejos, allá por Wuhan y comentábamos, “estos chinos, qué cosas terribles les pasan”

Pero sí hay diferencias: los huecos de algunas tiendas que han tenido que cerrar y ese trozo de tela, de mejor o peor calidad, con mejor o peor estilo, bien o mal puesto, que llevamos casi todos pegado a la cara.

Otra novedad que he notado a mi vuelta es que las terrazas, en un intento por salvar los negocios de hostelería, han ocupado muchas calles, ya no solo las calles anchas, aptas por su espacio para colocarlas. También las estrechas por donde ya era difícil pasar, tanto para coches como para peatones, han sido invadidas por terrazas más o menos logradas. A algunas les ponen una alfombra debajo imitando césped o algún otro material de la naturaleza, unas flores artificiales que caen en cascada sobre las cabezas simulando imposibles paraísos, un biombo para que los coches no pasen literalmente por encima de las cañas y las patatas fritas y a correr.

A correr los que corren y corren muchos, tantos o más como los que ocupan las terrazas, que también son bastantes. La gente se relaciona y grita igual que antes y fuman aunque no esté permitido, la gente en esta ciudad es follonera y lo sigue siendo.

Sí se ve algún gesto de mal humor en los dependientes de las tiendas, que venden poco, que temen por sus empleos y que tienen que aguantar a los que entran solo a mirar, a gastar el gel desinfectante y con un poco de mala suerte a pegarles el virus.

Hay muchas obras y obreros que entran y salen y se dicen cosas entre ellos, a gritos también. Los obreros pasan de la mascarilla, se sientan en los bancos a comerse el bocadillo de media mañana, la mayoría son jóvenes y se ríen despreocupados. Entre algunos adolescentes está mal vista la protección de tela, si la llevan es colgando. Por las noches se sientan en la valla, donde hacen pis todos los perros del barrio, se sientan y ponen su música reguetonera, beben cerveza, fuman, se abrazan. De vez en cuando, no siempre, pasa un coche policial haciendo mucho ruido de sirena y los dispersan con desgana, pero son muy recalcitrantes, tienen querencia por esa valla meada donde la gente también se deshace de lo viejo. Desde hace semanas hay un cesto roto con juguetes de plástico rosa también rotos y una silla de oficina.

La gente mayor va a la farmacia a contarle su vida a los farmacéuticos, no necesariamente sus dolores o problemas físicos, que también, ya no pueden ir al centro de salud, así que aprovechan para charlar un rato de lo que sea y si se forma cola no les da vergüenza. A los jóvenes adolescentes desmascarillados les gusta asustar a los miedosos de la edad de sus padres. Me parece que tengo fiebre, tío, dice uno de ellos al pasar junto a una mujer de mascarilla blanca pico de pato.

Los niños han vuelto al colegio. Ya no entran por la puerta habitual, lo hacen por otra lateral, más grande, pero eso no impide aglomeraciones. La otra mañana oí cómo un padre estresado, que acababa de bajarse del coche en la acera de enfrente, les decía a sus hijos que ya corrían hacia la puerta, “¡que no vayáis donde todo Dios!, ¡os he dicho que no os pongáis donde todo Dios!”. Pero es que se entra por ahí, respondieron los niños un poco desconcertados, deteniendo su carrera.

En mi barrio pandémico y supongo que en muchos otros de esta ciudad y de cualquier ciudad grande, no ir, no estar, no ponerse donde “tododios” es prácticamente un imposible. Los lugares vacíos no existen.

Ya casi no se oye la frase, tan recurrente, de “esto es como una película de ciencia ficción” o “parece mentira que esto esté pasando”. Mal o regular, nos hemos acostumbrado a “esto”. Esas frases han sido sustituídas por un resignado “hay que seguir viviendo” o por un receloso, “a ver qué pasa”.

Una madre le dice a otra, “a partir del 21 tienen clase por las tardes pero no me fío”. Nadie se fía del todo y cuando pasa una ambulancia se mira de reojo, con miedo.

Una niña pequeña, de no más de cuatro años años, con su mascarilla infantil de dibujitos, echa la capota al carro de bebé de su hermano que patalea dentro y le explica desde arriba, “así, para que no te entre el coronavirus.”

Patio con niños en la nueva anormalidad