Mes: octubre 2020

Que te contraten los dioses tiene sus riesgos

A última hora del día, desde su sofá, le habla Clímene a su marido Jápeto del panorama tan malo que tienen con los dos hijos en paro.

-Estos no se van de casa hasta los cuarenta, te lo digo yo, y a ver qué hacemos. Pienso que a Prometeo algo le saldrá, porque es muy listo y emprendedor pero Epimeteo, qué chico, de verdad, no es que sea malo pero, ¿cómo te diría?, está un poco empanado. Jápeto, ¡no me lo puedo creer!, ¡otra vez te has dormido!, habla una con el viento.

-Pero si es que todas las noches le das vueltas a lo mismo, no te obsesiones, cualquier día los llaman de…

-Sí, del Olimpo los van a llamar a estos dos, no te digo.

Pues sí, señora, del Olimpo los llamaron. Los dioses habían estado jugando a crear, metiendo las manos en la tierra como si fueran niños en la playa. Que no lo digo yo, que lo dice Platón, “era un tiempo en que existían dioses pero no especies mortales, los dioses las moldearon en las entrañas de la tierra, mezclando tierra, fuego y cuantas materias se combinan”

Se ve que se aburrieron de cuantas materias se combinan y dejaron la faena a medias, así que encargaron el trabajo de revestir de facultades a sus criaturas a dos de los integrantes de su bolsa de empleo, los hermanos Prometeo y Epimeteo que habían mandado su CV, porque el no ya lo tenían. Huy, ¡qué alegría en aquella casa!, por fin se colocaban los chavales y en menuda empresa. Como si hoy día te llaman de Google, poco más o menos.

Epimeteo se pidió empezar por los animales. Se esmeró, se esmeró mucho, a unos les daba fuerza, a otros rapidez, al que ni fuerza ni rapidez le ponía alas o sistemas de camuflaje, repartió pelajes, pezuñas y todo lo necesario para que pudieran sobrevivir en la tierra. Tan bien lo hizo y tan equipados los dejó que cuando llegó Prometeo para hacer lo mismo con los humanos ya no quedaba nada para ellos. Tenía razón su madre, Epimeteo era un poco atontolinao.

“La especie humana se quedó sin equipar, desnuda, descalza, sin abrigo, inerme”, esto también lo narra Platón. Y con esas pintas y tan mal avío tenía que salir de la tierra a la luz en el día señalado por los dioses, que ya estaba cerca.

Prometeo, que tenía buen corazón y actuaba movido por sus sentimientos, se compadeció de esos seres tan desvalidos y se le ocurrió robarle a sus jefes alguna que otra cosilla de interés que pudiera ayudar a los humanos. Por ejemplo, la sabiduría de las artes, y el fuego, esencial para defenderse de los animales. También les concedió la gracia de caminar erguidos y el poder de articular palabras, el don del lenguaje.

Todo esto no le hizo ni pizca de gracia al director general del Olimpo, también conocido como Zeus. El fuego siempre había sido un atributo exclusivo de los dioses y tanta ira le causó que Prometeo se lo hubiera regalado a sus recién creadas figuritas que lanzó la siguiente amenaza, “¡gran azote para ti y para los hombres venideros, a ellos, en lugar del fuego les daré un mal, con el que todos gocen de corazón, abrazando su propia ruina”.

¿Qué mal disfrazado de bien será ese?

Qué casualidad que va a ser también una bella mujer, siempre les daba por lo mismo.

A Prometeo lo encadenó a unas rocas y todos los días le mandaba un águila para que le comiera el hígado. Lo normal cuando te portas mal en el trabajo. Como era inmortal, el hígado se le regeneraba solo y vuelta a empezar la tortura. El final no lo voy a contar ahora pero avanzo que acaba bien.

Mientras tanto, Clímene, llora que te llora en el sofá, ” ay, josmíos, qué poco dura la alegría en la casa del pobre, el uno encadenado y el otro de nuevo en casa jugando todo el santo día al FIFA, si por lo menos uno de los dos se echara una buena novia…”

La novia para el próximo día.

Medusa, Medusita, ¿qué te hicieron?

Estaba buscando una fea entre las protagonistas de los mitos para escribir sobre ella y me topé con Medusa ¡Qué horror!, serpientes en vez de cabellos, unos ojos desorbitados de loca perdida y la boca desencajada, como emitiendo un grito de odio y terror a la vez. Adefesio ya tenía pero no del todo, lo cierto es que Medusa no nació así, la volvieron fea a la fuerza. Es la suya una historia muy injusta y trágica.

Los padres de Medusa eran Fortis, un dios marino y Ceto, una señora con tipo de ballena, de ahí viene cetáceo, y tirando a monstruosa. Sin embargo, Medusita nació bonita. Ya Píndaro habla de ella como la de “las bellas mejillas” y el poeta Ovidio la describe como una hermosa doncella que trabajaba de sacerdotisa en el templo de la diosa Atenea.

Tan hermosa y atractiva era que Poseidón, dios del mar, la vio pasar por la playa moviéndose con gracia femenina, toda ella voluptuosa y sensual y se puso a cantar con nerviosismo la canción garota de Ipanema, “mira que cosa más linda, más plena de gracia es esa muchacha que viene que pasa con su balanceo a la orilla del maaaarrrr. Ay, ¿por que estoy tan solo, ay por qué estoy tan triste?”, etc. Hasta ahí bien pero ya un poco peor cuando tras mirar y cantar se dijo, “este pibón va a ser mío, quiera o no”.

No sé si trató de seducirla invitándole a una mariscada y ella dijo, “no, gracias, soy alérgica a la gamba y al gambón”, desprecio que le enfadó o es que pasó a la acción sin galanteos ni agasajos de por medio.

Sea como sea, la cuestión es que entró en el templo de Atenea, donde ella estaba trabajando, y allí mismo la violó. Palas Atenea, diosa de la guerra, de la sabiduría (ejem), de la justicia(dos ejem como poco), de las ciencias y de no sé cuántos cargos más, se enfureció muchísimo de que hubiera tenido lugar un acto sexual en su casta casa y ante sus virginales narices.

Esta diosa nació de la cabeza de Zeus, ya adulta y vestida de guerrera, (solo por esto me resulta antipática) y era inmune al amor y al deseo, nunca se casó ni tuvo amante alguno (más antipática todavía).

La señora Palas decidió que eso no se podía consentir y había que penarlo pero, en lugar de castigar al violador, castigó a la violada. Poseidón, ya satisfecho, se marchó por donde había venido arrastrando su manto de olas avergonzadas y allí se quedó Medusa, tirada por los suelos y vejada, llorando. Y más que iba a llorar.

Lo primero que hizo Atenea fue quitarle su belleza, le cambió la melena por un racimo de serpientes siseantes y los ojos se los puso tan feos y revenidos que el que los mirase se convertiría en piedra. A pesar de ello los movimientos de Medusa seguían siendo sensuales, lo cual irritó a la odiosa diosa. LLamó al semidiós Perseo y le encargó que le cortara la cabeza. Sin tonterías.

Medusa se había ido a vivir con sus hermanas, Esteno y Euríale, ellas dos sí feas de nacimiento , tal vez los genes de la mamá cetácea tuvieran algo qué ver, también eran inmortales ( aquí los genes del padre). A las tres juntas se las conocía como las Gorgonas y daban mucho miedito. Cuando Perseo llegó estaban durmiendo.

El hombre iba muy bien preparado. Llevaba todo este kit: unas sandalias aladas que le había prestado Hermes, un casco de invisibilidad donado por Hades, una espada que le dio Hefesto y un escudo espejo de Atenea. Así, si Medusa lo miraba se reflejaría en el escudo y él no se convertiría en piedra. No es por nada, pero así cualquiera.

Guiado por la “amable” mano de Atenea decapitó a Medusa que además de dormida estaba embarazada. De su cuello rebanado brotó su hijo, el caballo alado Pegaso que se fue volando y corriendo por los cielos. También salió un gigante, hermano del caballo, Criasor. De verdad, no tratéis de entenderlo.

Perseo agarró la cabeza y emprendió la marcha hasta el templo de Atenea. Por el camino, de la sangre que manaba de la cabeza de Medusa nacían nuevos seres: corales rojos, de las gotas que cayeron en el mar, serpientes venenosas, de las que cayeron en el desierto. El titán Atlas se transformó en montañas al mirar aquellos ojos espantados.

Ya en el templo se la entregó a Atenea quién la colocó en su escudo como talismán protector. Rarita , además de perversa la madame.

Y esta es la penosa historia de la fea Medusa, nacida bella, todo por ser culpable de…

…de nada.

¿Pero qué dice esta loca?

Vamos a suponer que tenéis el don de la profecía, podéis ver lo que va a pasar y, cuando lo que viene no es bueno, advertís a los demás para que cambien el rumbo y no se produzca el desastre. Pese a insistir, nadie os hace caso y además os llaman cenizos, agoreros o locos. Horrible y frustrante situación, ¿verdad? Pues ese fue el trágico destino de Casandra.

Hay dos versiones sobre cómo obtuvo esta mujer la capacidad de adelantarse al futuro. En la primera, la niña, hija de Príamo y Hécuba, reyes de Troya, acababa de nacer.

Sus padres hicieron una fiesta en el templo de Apolo para celebrar su venida al mundo y la de su hermano gemelo, Héleno. Lo más seguro es que se agarraran una cogorza monumental porque volvieron a casa sin los bebés, se les olvidaron. Al día siguiente, regresaron al templo a por los niños como quien vuelve a por el paraguas y se los encontraron con unas serpientes enroscadas alrededor de sus cuerpecillos. Las serpientes les pasaban la lengua por los oídos con la intención de purificarlos, dice la leyenda.

Los padres, horrorizados, se pusieron a gritar y ahuyentaron a las sierpes pero los niños ya tenían el don profético. Un sistema un poco raro y peligroso de conseguirlo, que nadie lo pruebe en su casa. Puede que Rappel lo intentara una tarde tonta y aunque no murió , mira tú el resultado.

En la otra versión, el dios Apolo se encapricha de Casandra, era muy bella, Homero describe sus encantos a la par que los de la diosa Afrodita, (¿habrá alguna heroína o diosa fea?, lo he buscado porque me gustaría escribir sobre ella, pero hasta ahora sin resultados). Apolo le dice que si se acuesta con él obtendrá la gracia de adivinar el futuro y le va dando unas clases para convencerla. Ella aprende muy rápido por la cuenta que le trae y una vez que sabe lo suficiente le da boleto al dios. Apolo, que no sabía encajar las negativas, escupe en su boca y le retira el don de la persuasión. Venían en el mismo paquete: adivinación y persuasión. A partir de ese momento, solo tendrá una parte del regalo, sabrá la verdad y la dirá pero nadie creerá sus palabras. Eso es una maldición y de las malas.

Casandra predijo dos momentos claves en la historia de Troya. Advirtió que Paris , el que raptó a la bella Helena de Esparta, traería la ruina a la ciudad pero nadie, ni su propio padre, la escuchó. Como cuando hacía sus profecías entraba en trance la tomaban por una loca de atar. Más tarde volvió a advertir para que no dejaran pasar al famoso caballo de madera con sorpresa en su interior, tampoco la creyeron y la que se armó es famosa.

Los guerreros aqueos vencedores de esta guerra, típico de guerreros vencedores, quemaron la ciudad de Troya, previo reparto del botín. Dentro de ese botín, esto también es típico, se encuentra el cuerpo de las mujeres. A Casandra la violó un guerrero llamado Ayax, menos mal que luego fue castigado por los dioses y se ahogó en el mar.

Después, como si fuera una cosa, fue entregada como regalo al rey Agamenón que se enamoró de ella. Tuvieron dos hijos, también gemelos. Agamenón quería volver a su patria, Micenas. Aquí Cassandra también se adelanta a su trágico destino, sabe que si van allí, la mujer del rey, Clitemnestra, los matará a los dos. Pero él, “qué exagerada eres, siempre te pones en lo peor, cómo nos va a matar la Clite, si no es tan mala, venga, tómate una tilita que estás muy nerviosa y nos vamos”. El final y dado que Cassandra nunca se equivocaba no hace falta que os lo cuente.

Como suele suceder con los mitos, se puede extrapolar a diversas situaciones. Hay quién lo identifica con el silencio que las sociedades patriarcales han impuesto durante siglos a las mujeres. Ellas hablan, poseen su particular visión del mundo y la exponen pero no son escuchadas y a menudo se desprecian sus dones intuitivos, se las ignora o se las considera locas.

También los científicos, en especial los que alertan sobre el cambio climático y la destrucción de la Tierra a manos humanas, se identifican con el mito de Casandra. Ellos son los modernos Casandros, ignorados por los que tienen el poder para tomar decisiones que impidan la catástrofe.

Vaticino que a este se le van a caer las hojas. Qué bonito está, en algún sitio tenía que ponerlo.

Ariadna también tenía un hilo

En la ciudad de Cnosos, en la isla de Creta, vivía una princesa muy guapa  llamada Ariadna.  No por ser princesa y guapa su vida era fácil ya que había nacido en una familia disfuncional. Sus padres, el rey Minos y la reina  Pasifae, se las traían. La reina, caprichosa y antojadiza, se había enamorado de un toro blanco por lo que se disfrazó de vaca para tener relaciones con él. De esas relaciones nació el Minotauro, mitad hombre, mitad toro. Como no sabían qué hacer con él encerraron al pobre desgraciado en un laberinto.

Por si no tuvieran bastante con los trajines de la señora reina, el hermano mayor de Ariadna, Androgeo, un chico deportista y sanote aficionado a participar en todo tipo de competiciones deportivas y a ganarlas, murió en extrañas circunstancias dejándola sola en la horrible casa familiar.

 Su padre, el rey Minos, no se sabe si por sus problemas conyugales o por  la tristeza que le había causado la muerte de Androgeo, culpó de la misma al rey de Atenas, Egeo, con razón o no es otro cantar. Desde entonces su principal misión en la vida fue fastidiar a los atenienses, atacando la ciudad cada dos por tres.  Si querían que los dejara en paz tenían que enviarle periódicamente siete hombres jóvenes y siete doncellas para alimentar al Minotauro, que comía mucho, supongo que por aburrimiento y desesperación. Dime tú qué harías si fueras un híbrido y estuvieras por siempre solo y encerrado en un laberinto. Pues rugir y comer.

Ya tiene mérito que la bella Ariadne no se volviera loca perdida con esos padres. El caso es que el rey de Atenas tenía un hijo llamado Teseo que, harto de que su pueblo tuviera que pagar el impuesto minotaúrico, se marchó como voluntario en una de esas expediciones al patíbulo de jóvenes y doncellas. Estaba dispuesto a cargarse al voraz monstruo.

Ariadne, al encontrarse con Teseo,  experimentó el fenómeno denominado “amor a primera vista” . El chaval, que se dio cuenta de que la hermosa se había prendado, le prometió que se casaría con ella si le ayudaba a vencer al Minotauro. Ariadna, bajo los efectos del primer amor, que obnubila el entendimiento como la más potente de las drogas,  dijo que sí, que claro, que ahora mismo y que lo que él quisiera.

Tenía ella una bobina de hilo de oro cuya utilidad desconozco, tejería también como las Moiras, pero que le vino muy bien en esos momentos. Además, conocía al ingenioso diseñador del laberinto, llamado Dédalo, que le dio unas pistas. Ariadna le entregó a Teseo la bobina para que el hilo le sirviera de guía dentro del laberinto y ella se quedó fuera, sujetando el inicio del cabo. Teseo logró llegar sin perderse hasta donde estaba el Minotauro y lo mató. Después salió de allí conducido por el hilo y huyeron los dos juntos de Cnosos.

¡Qué feliz era Ariadna!, por fin se alejaba de los pirados de sus padres y podía empezar a vivir una vida nueva en compañía del hombre al que amaba. Ay, ingenuota.

Después de un periplo por los mares griegos llegaron a la más grande de las islas Cícladas, Naxos. Al desembarcar, cansada del viaje,  se quedó dormida un rato a la orilla del mar, siesta que aprovechó Teseo para abandonarla sin darle ni media explicación. Está claro que el amor a primera vista había funcionado solo en una dirección y que él la había utilizado. Tal vez alguien o algo le castigó.

Teseo había quedado con su padre en que si salía victorioso de la empresa, su barco llevaría unas velas blancas, en lugar de las negras con las que salió de Atenas. Puede que con las prisas del abandono se le olvidara cambiarlas. El rey las vio y pensando que su hijo había muerto se arrojó al mar y se ahogó. Por eso se llama Egeo ese mismo mar.

Cuando Ariadna se despertó se llevó un buen disgusto pero mientras, llorosa, asimilaba la traición y el engaño de Teseo se apareció por allí, casualmente, Dionisio, el juerguista y loco dios del vino, también conocido como Eleterio, el libertador, porque le saca a uno de su ser normal mediante el éxtasis y pone fin a las preocupaciones.

Era muy atractivo y la miraba arrobado, enamorado como el loco que era, también él a primera vista. No se sabe si por despecho o por no tener nada mejor a mano o porque la animó con sus vinos y sus descontroles, la cuestión es que se casaron en Naxos  y él, como regalo de bodas, le dio una diadema de oro que luego arrojó al cielo para que se transformara en constelación, la corona boreal. Esto de arrojar objetos al cielo para que se transformaran en constelaciones les gustaba mucho en la Antigüedad.

Tuvieron cuatro hijos: Enopión, Toante, Estáfilo y Pepareto. Eligiendo nombres no se lucieron mucho pero los niños no sufrieron por ello acoso escolar, menos mal, y fueron felices hasta que Ariadne murió.