Día: 7 octubre, 2020

Ariadna también tenía un hilo

En la ciudad de Cnosos, en la isla de Creta, vivía una princesa muy guapa  llamada Ariadna.  No por ser princesa y guapa su vida era fácil ya que había nacido en una familia disfuncional. Sus padres, el rey Minos y la reina  Pasifae, se las traían. La reina, caprichosa y antojadiza, se había enamorado de un toro blanco por lo que se disfrazó de vaca para tener relaciones con él. De esas relaciones nació el Minotauro, mitad hombre, mitad toro. Como no sabían qué hacer con él encerraron al pobre desgraciado en un laberinto.

Por si no tuvieran bastante con los trajines de la señora reina, el hermano mayor de Ariadna, Androgeo, un chico deportista y sanote aficionado a participar en todo tipo de competiciones deportivas y a ganarlas, murió en extrañas circunstancias dejándola sola en la horrible casa familiar.

 Su padre, el rey Minos, no se sabe si por sus problemas conyugales o por  la tristeza que le había causado la muerte de Androgeo, culpó de la misma al rey de Atenas, Egeo, con razón o no es otro cantar. Desde entonces su principal misión en la vida fue fastidiar a los atenienses, atacando la ciudad cada dos por tres.  Si querían que los dejara en paz tenían que enviarle periódicamente siete hombres jóvenes y siete doncellas para alimentar al Minotauro, que comía mucho, supongo que por aburrimiento y desesperación. Dime tú qué harías si fueras un híbrido y estuvieras por siempre solo y encerrado en un laberinto. Pues rugir y comer.

Ya tiene mérito que la bella Ariadne no se volviera loca perdida con esos padres. El caso es que el rey de Atenas tenía un hijo llamado Teseo que, harto de que su pueblo tuviera que pagar el impuesto minotaúrico, se marchó como voluntario en una de esas expediciones al patíbulo de jóvenes y doncellas. Estaba dispuesto a cargarse al voraz monstruo.

Ariadne, al encontrarse con Teseo,  experimentó el fenómeno denominado “amor a primera vista” . El chaval, que se dio cuenta de que la hermosa se había prendado, le prometió que se casaría con ella si le ayudaba a vencer al Minotauro. Ariadna, bajo los efectos del primer amor, que obnubila el entendimiento como la más potente de las drogas,  dijo que sí, que claro, que ahora mismo y que lo que él quisiera.

Tenía ella una bobina de hilo de oro cuya utilidad desconozco, tejería también como las Moiras, pero que le vino muy bien en esos momentos. Además, conocía al ingenioso diseñador del laberinto, llamado Dédalo, que le dio unas pistas. Ariadna le entregó a Teseo la bobina para que el hilo le sirviera de guía dentro del laberinto y ella se quedó fuera, sujetando el inicio del cabo. Teseo logró llegar sin perderse hasta donde estaba el Minotauro y lo mató. Después salió de allí conducido por el hilo y huyeron los dos juntos de Cnosos.

¡Qué feliz era Ariadna!, por fin se alejaba de los pirados de sus padres y podía empezar a vivir una vida nueva en compañía del hombre al que amaba. Ay, ingenuota.

Después de un periplo por los mares griegos llegaron a la más grande de las islas Cícladas, Naxos. Al desembarcar, cansada del viaje,  se quedó dormida un rato a la orilla del mar, siesta que aprovechó Teseo para abandonarla sin darle ni media explicación. Está claro que el amor a primera vista había funcionado solo en una dirección y que él la había utilizado. Tal vez alguien o algo le castigó.

Teseo había quedado con su padre en que si salía victorioso de la empresa, su barco llevaría unas velas blancas, en lugar de las negras con las que salió de Atenas. Puede que con las prisas del abandono se le olvidara cambiarlas. El rey las vio y pensando que su hijo había muerto se arrojó al mar y se ahogó. Por eso se llama Egeo ese mismo mar.

Cuando Ariadna se despertó se llevó un buen disgusto pero mientras, llorosa, asimilaba la traición y el engaño de Teseo se apareció por allí, casualmente, Dionisio, el juerguista y loco dios del vino, también conocido como Eleterio, el libertador, porque le saca a uno de su ser normal mediante el éxtasis y pone fin a las preocupaciones.

Era muy atractivo y la miraba arrobado, enamorado como el loco que era, también él a primera vista. No se sabe si por despecho o por no tener nada mejor a mano o porque la animó con sus vinos y sus descontroles, la cuestión es que se casaron en Naxos  y él, como regalo de bodas, le dio una diadema de oro que luego arrojó al cielo para que se transformara en constelación, la corona boreal. Esto de arrojar objetos al cielo para que se transformaran en constelaciones les gustaba mucho en la Antigüedad.

Tuvieron cuatro hijos: Enopión, Toante, Estáfilo y Pepareto. Eligiendo nombres no se lucieron mucho pero los niños no sufrieron por ello acoso escolar, menos mal, y fueron felices hasta que Ariadne murió.