Día: 27 octubre, 2020

Que te contraten los dioses tiene sus riesgos

A última hora del día, desde su sofá, le habla Clímene a su marido Jápeto del panorama tan malo que tienen con los dos hijos en paro.

-Estos no se van de casa hasta los cuarenta, te lo digo yo, y a ver qué hacemos. Pienso que a Prometeo algo le saldrá, porque es muy listo y emprendedor pero Epimeteo, qué chico, de verdad, no es que sea malo pero, ¿cómo te diría?, está un poco empanado. Jápeto, ¡no me lo puedo creer!, ¡otra vez te has dormido!, habla una con el viento.

-Pero si es que todas las noches le das vueltas a lo mismo, no te obsesiones, cualquier día los llaman de…

-Sí, del Olimpo los van a llamar a estos dos, no te digo.

Pues sí, señora, del Olimpo los llamaron. Los dioses habían estado jugando a crear, metiendo las manos en la tierra como si fueran niños en la playa. Que no lo digo yo, que lo dice Platón, “era un tiempo en que existían dioses pero no especies mortales, los dioses las moldearon en las entrañas de la tierra, mezclando tierra, fuego y cuantas materias se combinan”

Se ve que se aburrieron de cuantas materias se combinan y dejaron la faena a medias, así que encargaron el trabajo de revestir de facultades a sus criaturas a dos de los integrantes de su bolsa de empleo, los hermanos Prometeo y Epimeteo que habían mandado su CV, porque el no ya lo tenían. Huy, ¡qué alegría en aquella casa!, por fin se colocaban los chavales y en menuda empresa. Como si hoy día te llaman de Google, poco más o menos.

Epimeteo se pidió empezar por los animales. Se esmeró, se esmeró mucho, a unos les daba fuerza, a otros rapidez, al que ni fuerza ni rapidez le ponía alas o sistemas de camuflaje, repartió pelajes, pezuñas y todo lo necesario para que pudieran sobrevivir en la tierra. Tan bien lo hizo y tan equipados los dejó que cuando llegó Prometeo para hacer lo mismo con los humanos ya no quedaba nada para ellos. Tenía razón su madre, Epimeteo era un poco atontolinao.

“La especie humana se quedó sin equipar, desnuda, descalza, sin abrigo, inerme”, esto también lo narra Platón. Y con esas pintas y tan mal avío tenía que salir de la tierra a la luz en el día señalado por los dioses, que ya estaba cerca.

Prometeo, que tenía buen corazón y actuaba movido por sus sentimientos, se compadeció de esos seres tan desvalidos y se le ocurrió robarle a sus jefes alguna que otra cosilla de interés que pudiera ayudar a los humanos. Por ejemplo, la sabiduría de las artes, y el fuego, esencial para defenderse de los animales. También les concedió la gracia de caminar erguidos y el poder de articular palabras, el don del lenguaje.

Todo esto no le hizo ni pizca de gracia al director general del Olimpo, también conocido como Zeus. El fuego siempre había sido un atributo exclusivo de los dioses y tanta ira le causó que Prometeo se lo hubiera regalado a sus recién creadas figuritas que lanzó la siguiente amenaza, “¡gran azote para ti y para los hombres venideros, a ellos, en lugar del fuego les daré un mal, con el que todos gocen de corazón, abrazando su propia ruina”.

¿Qué mal disfrazado de bien será ese?

Qué casualidad que va a ser también una bella mujer, siempre les daba por lo mismo.

A Prometeo lo encadenó a unas rocas y todos los días le mandaba un águila para que le comiera el hígado. Lo normal cuando te portas mal en el trabajo. Como era inmortal, el hígado se le regeneraba solo y vuelta a empezar la tortura. El final no lo voy a contar ahora pero avanzo que acaba bien.

Mientras tanto, Clímene, llora que te llora en el sofá, ” ay, josmíos, qué poco dura la alegría en la casa del pobre, el uno encadenado y el otro de nuevo en casa jugando todo el santo día al FIFA, si por lo menos uno de los dos se echara una buena novia…”

La novia para el próximo día.