Ni tan mal, Hefesto

Aquí está de nuevo el dios artesano donde lo dejé, en su taller, trabajando y a punto de recibir la mala nueva. No sé qué estaría haciendo el día de autos, tal vez unas castañuelas de bronce para Heracles, un collar para Harmonía o un hombro para Pélope ( el suyo original se lo habían comido en una cena de dioses, sí, tal cual) cuando se presentó por allí Helios, el dios del sol y le soltó la siguiente bomba:

 -Espabila, bonito, que Afrodita se ha liado con Ares, ¿cómo se te queda el cuerpo? Hasta luego que tengo prisa.

El disgustazo que se llevó fue tremendo, le temblaban las piernas y como tenía una más larga que la que la otra, casi se derrumba, menos mal que lo sujetaron sus ayudantes. De verdad que no se lo esperaba, así de ingenuo era.  Lo primero que se le vino a la cabeza fue el cinturón que él mismo le había hecho a su mujer para que ciñera y resaltara su esbelto talle, ¿tendría la culpa el mágico accesorio? En la Ilíada se dice del tal cinturón, “allí habían sido encerrados todos los encantos, allí estaba la ternura, allí el deseo y allí las palabras seductoras que arrebatan la mente de los más sensatos”.

No creo, el cinturón tal vez ayudó un poco pero no era lo esencial, la bella diosa era como era, no tuvo infancia, nació ya adulta, deseable y deseadora, estaba en su naturaleza tener muchos amantes y para colmo la habían casado a la fuerza. Lógico que se rebelara a su afrodítica manera.

También a su artesana manera ejecutó Hefesto su venganza. Construyó una red invisible e irrompible y la colocó sobre la cama de los amantes, de tal modo  que cayera sobre ellos dejándolos atrapados cuando estuvieran en plena faena. Así sucedió.  El engañado llamó a todos los dioses para que contemplaran la escena y se burlaran de la pareja pero en eso le fallaron las previsiones. Los del Olimpo se pusieron a comentar, entre codazos, cual si estuvieran en el típico bar con palillos por el suelo y callos revenidos tras el mostrador, lo macizorra que estaba Afrodita y la suerte que tenía Ares y la víctima de las burlas fue, una vez más, el dios  tullido.

Como la situación muy cómoda no era para los amantes, Afrodita le rogó que les dejara salir y le hizo unas cuantas promesas de amor y devoción que luego no cumpliría. Una vez liberados echaron a correr y ahí se quedó el cojo, como en el tango: solo, fané y descangallado.

Volvió a su taller pero la rabia le bullía por dentro, por algo su otro nombre es Vulcano. Athenea se presentó, muy inoportuna ella, para hacerle un encarguito y a Hefesto no se le ocurrió mejor manera de aplacar su ira que violarla. Ella estuvo hábil y le rehuyó, el semen de Hefesto solo le llegó al muslo, se lo limpió con repugnancia con un trozo de lana, cayó a la tierra ( diosa Gea) y la fecundó .  De esa mezcla nació Erictonio, mitad niño, mitad serpiente.

Athenea se apiadó de él y se lo quedó para criarlo. Lo metió en un cestito y para poder conciliar se lo entrego a tres hermanas pero les pidió que no levantaran la tapa del cesto, (otra vez con el “no mires ahí” que tan mal resultado da), ellas miraron y al ver el cuerpo de serpiente del niño  se horrorizaron tanto que se despeñaron por la Acrópolis de Athenas.

Qué cosas, de verdad, ¿era necesario en esta historia el despeñamiento de estas tres? Para rellenar huecos, pensaría el que la escribió, no sea que se aburran los lectores por falta de acontecimientos.

¿Y Hefesto?, ¿qué fue de él? Pues hizo lo que mejor podía hacer, concentrarse en su trabajo y dedicarse a la creación, que era lo suyo. Además de objetos materiales también creó seres vivos o casi vivos, al estilo de Geppeto. Hizo a Talos, un gigante de bronce, a las doncellas doradas, dos autómatas de oro con apariencia de mujeres jóvenes que poseían inteligencia, fuerza y el don del habla y a la primera humana, Pandora.

Además, tuvo tiempo de unirse a otras dos mujeres,  Aglaya (la belleza), una de las tres Cárites o Gracias y la ninfa Cabiro. Con ellas dejó una larga descendencia. Así que, después de todo, no fue tan mala su suerte. Ni tan mal, Hefesto.

Si de pequeño no te querían, te tiraron por la ventana y de la caída te quedaste cojo, si en el colegio te marginaban y tu pareja te puso los cuernos, no te cebes con el primero que pase por delante, como hizo Hefesto. Mejor copia la segunda parte, concéntrate en tu don, que alguno tendrás, y piensa que a la mala suerte le pasa como a la buena: no es para siempre.

21 comentarios en “Ni tan mal, Hefesto

  1. Ya me había comido las uñas de cómo me dejaste (cual interruptus) con Hefesto en la primera entrega 😉
    Me encanta que me cuentes historias de mitología y si me las cuentas con gracia y desparpajo doblemente mejor… es como combinar palmera de chocolate y patatas fritas. Me chifla…Gracias Paloma.

  2. Me ha gustado el consejo final, es algo que muchas veces nos cuesta, ¿verdad? El reconocer que un camino no lleva a parte alguna, que aquellos que no quieren aceptarte por mucho que te rebajes y te arrastres…

    Toda una historia de superación y sordidez 🙂

  3. Impresiona el C.V. del herrero ese, hoy en día casi seguro que tenía asegurado puesto de diputado y a vivir sin dar golpe al yunque. Eso sí, tuvo suerte de que Athenea no le dejara como a los gorrinitos para sanmartin, capadito y sin descendencia. Un besazo.

  4. En las películas y series americanas los asesinos en serie casi siempre son acomplejados que han tenido una mala infancia, de la que han salido traumatizados. En el Olimpo las taras psicológicas están a la orden del día, allí todos son psicópatas en potencia. Ha estado genial el relato. Saludos.

    1. Es que se dan muchos casos en la realidad pero no conviene estigmatizar a nadie por eso. También se puede desarrollar la empatía y comprender mejor el sufrimiento de los otros.
      En el Olimpo no tenían tolerancia a la frustración, es lo que yo veo, jajaja.
      Gracias, Raúl.
      Saludos para ti.

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