Mes: diciembre 2020

No te rías del amor

Apolo pasaba muy buenos ratos con las Musas. Les había dicho que estaba prendado de una de ellas y que pronto, muy pronto, revelaría el nombre de la elegida. Se sucedían los días y los meses pero el nombre seguía sin saberse. Cada una de las musas pensaba en secreto, sin confesárselo a las otras,  que era ella la elegida por el dios de las artes y mientras tanto, Apolo se divertía con todas sin amar en realidad a ninguna.

De pequeño y para defender a su madre, Apolo había matado con su arco y sus flechas a una enorme serpiente pitón y era esta una hazaña que le gustaba mucho mencionar, viniera o no a cuento. Por ejemplo, decía Urania, la musa de la astronomía, “¿sabes Apolo que esta tarde noche hay una conjunción Júpiter Saturno que puede verse hacia el suroeste y que no se va a volver a producir en montones de años?, ¿ la vemos juntos desde mi observatorio?”

Y respondía Apolo, “para conjunción la que hicieron mis flechas sobre la carne de aquella gigantesca pitón, madre mía, qué certeramente le di”.

O le preguntaba Terpsícore, la de la danza, “Apolo, ¿te gusta la última de Tangana, te la bailas conmigo?”

“Precisamente un baile fue lo que hizo aquella serpiente pitón cuando yo le disparé mi flecha, el baile de la muerte, no te digo más”.

En ese plan . Por muy guapo y apuesto que fuera no sé por qué las Musas se dejaban engatusar con lo plasta que era. Una de esas tardes en las que se hallaban ellas cantando y tocando sus instrumentos y él dirigiendo la orquesta y lanzando miraditas de eres tú o puede que tú o puede que tú, pasó por allí Eros, el dios del amor, con su carcaj lleno de flechas.

Apolo detuvo su batuta y le dijo, muy chulo él, “¿qué intentas hacer, niñato, con esas armas?, las flechas déjamelas a mí, yo maté a la pitón, conténtate con encender la antorcha de esos amores tuyos que yo desconozco y no trates de igualarme”.

Eros le respondió, “tu arco lo traspasará todo pero el mío te va a traspasar a ti, listillo”.

Se posó sobre la cima del Parnaso y sacó dos flechas, una era de plomo y  ahuyentaba el amor, otra era de oro y lo  hacía nacer.  Con la primera hirió a una ninfa, Dafne, la hija del dios río Peneo; con la otra atravesó los huesos de Apolo hasta la médula. Después se dio media vuelta y silbando desapareció. Ahí lo tienes, por reírse del amor que es cosa seria.

Apolo, confundido y mareado, miró a las Musas, “¿nos vas a decir ya el nombre de la que te gusta, por eso se te ve tan nervioso y pálido?, ¿ soy acaso, yo?, ¿o yo?, ¿o yo? y así hasta nueve “o yo”

No, no, lo siento chicas, pero no sois ninguna de vosotras, perdonadme, musas , se me hace tarde, son las seis, ¡las seis!, justo a esa misma hora maté hace no tanto a una serpiente pitón. Adiós, adiós. Y salió corriendo ,enloquecido , a buscar a la ninfa de sus amores.

Ella se encontraba haciendo el salvaje en un bosque, eso era lo que le gustaba. Con una cinta se sujetaba los cabellos en desorden, corría tras los animales, se subía a los árboles, se bañaba en los ríos y bebía agua de los arroyos, comía bayas silvestres y trepaba con sus fuertes y ágiles piernas hasta las cimas de los montes para contemplar desde allí los más bellos panoramas. Dormía al raso, tapada por las estrellas, y por la mañana, vuelta a empezar con sus correrías.

Su padre, el dios río Peneo, las pocas veces que conseguía hablar con ella, le decía, “hija, para un poco de hacer el cabra, has rechazado ya a muchos pretendientes, ¿por qué no te casas y me das un nieto?”

Era oír la palabra matrimonio y se ponía verde, igual que  los campos por los que corría y que las copas de los árboles a los que se trepaba.

“Que no, papá, que quiero ser libre, el yugo del hombre no es para mí” y se internaba en las espesuras de las selvas y los bosques disfrutando muy feliz de su soledad.

En esas soledades estaba cuando oyó unos pasos que no le parecieron de animal y se giró a mirar. El causante de las pisadas, Apolo herido de amor, la miró también, contempló sus pelos revueltos y pensó que si así estaba guapa cómo no estaría tras peinarse, vio sus ojos y le parecieron estrellas, vio sus labios y soñó al instante con besarlos. Observó sus dedos, brazos y hombros semidesnudos e imaginó el resto.

Ella echó a correr y con el movimiento, su belleza se acrecentó, lo cuenta Ovidio más o menos así, “desnudaban su cuerpo los vientos, y las brisas a su encuentro hacían vibrar sus ropas y echaban hacia atrás sus cabellos”.

Apolo le pide que deje de correr y para convencerla le dice lo siguiente, “Oh, ninfa, hija de Peneo, detente, te lo ruego, no te persigo como enemigo, ninfa, párate. El corderillo huye así del lobo, el cervatillo del león, las palomas con sus trémulas alas huyen del águila y de cada uno de sus enemigos, yo te persigo a causa de mi amor hacia ti”.

En un principio Apolo es delicado, le dice que no corra tan rápido, pues teme que se haga daño con las zarzas o se caiga de bruces y promete perseguirla un poco más despacio. Pero como ella no le hace caso y no aminora la carrera, le puede el ego,   “que no te persigue cualquiera, que yo no soy un pastor, no soy un hombre inculto que vigila vacas y rebaños, tú no sabes, imprudente, de quién huyes y por eso huyes. Yo revelo el porvenir, soy el dios de la artes, la medicina es invención mía y por eso me llaman el auxiliador. Y además, maté a una pitón”.(Acabáramos)

Dafne, cada vez más horrorizada al ver que el hombre la va a alcanzar pide ayuda a su padre, “padre mío, tú que tienes poder divino, quítame  la apariencia por la que soy amada”.

Nada, que me quedo sin nietos, con la ilusión que me hacía,  se revuelve el padre río. Pero consiente y le concede la transformación.

Las piernas de Dafne se vuelven torpes y pesadas, su fina piel se hace rugosa y se recubre de corteza, sus pies se alargan y hunden en el suelo retorciéndose, sus brazos se hacen ramas, los rasgos de su cara desaparecen y el pelo es sustituido por una frondosa copa. Apolo abraza el árbol, un laurel,  y lo besa.

No serás mi mujer, nunca lo serás, pero sí serás por siempre mi árbol, adornaré mi cabeza con tus hojas y tus ramas coronarán la cabeza de héroes y campeones. Y lo mismo que mi cabeza permanece siempre igual, yo nunca seré calvo, que lo sepas, que tu follaje se quede verde,Dafne, que te quiero verde. Huy, por cierto, ese color me recuerda al de la piel de la serpiente pitón que yo maté de un flechazo. Pesadito era el señor…

Pero mejor no me meto con él, ya que también es el dios de las plagas y de su solución. Apolo, guapo, baja a echarnos una mano.

Una Dafne o laurel de muy buen ver

Es muy digno ser urraca

Ya es casualidad que en Macedonia vivieran también nueve hermanas muy aficionadas a las bellas artes. Eran hijas del rey Píero y de una de las Danaides ( las Danaides eran cincuenta hermanas,  los líos que tenían por las mañanas para pasar al baño no se mencionan en ningún texto, lo cual no entiendo porque aquello sí que debió de ser épico y no la guerra de Troya. Luego, ya de mayores,  mataron a sus maridos por orden de su padre pero esto es otra historia y aquí la dejo aparcada).

Vuelvo con las Piérides. Tal vez porque se lo habían dicho repetidas veces sus progenitores o por otros motivos que solo un psiquiatra podría desentrañar,  se creían dotadas de un gran talento para la música, el canto y la poesía. La  verdad es que eran bastante mediocres, por no decir malas de llorar.

Pero como la falta de talento no tiene por qué ir unida a una baja autoestima, y  seguras como  estaban de su valía, atravesaron la Tesalia y parte de Grecia hasta llegar al monte Helicón. Su objetivo era retar a las Musas y disputarles el puesto de primeras de la clase. Para disimular su intención  se hicieron las simpáticas y cercanas,  no era muy recomendable llegar de nuevas a otro barrio ya avasallando, en plan macarra.

 Las Musas se alegraron de haber encontrado a nueve chicas de su misma edad y con sus mismos gustos y aficiones. Cantaron y bailaron juntas, editaron una revista digital con los textos de unas y de otras y hasta salieron de bailoteo alguna noche. Todo muy bien aunque las Piéridas ya empezaban a hacer cosas un poco sospechosas como sacar defectos a lo que hacían  sus amigas, que si te falta aquí un acento, que si mejor pon punto y coma en vez de coma, que esto que has escrito es bonito pero muy facilón o  que cuando cantes no grites tanto y procura no desafinar.  En fin, que trataban de minarles poco a poco la moral.

Hasta que un día no aguantaron más la pantomima y las retaron. A ver quién canta mejor, venga, y a ver quién cuenta más bellas y conmovedoras historias,  si os ganamos nos quedamos con el Parnaso y las floridas riberas del Hipocrene ( una fuente que nacía en la falda del monte Helicón). Si ganáis vosotras os damos los valles de Macedonia.

No es que las Musas quisieran los valles de Macedonia pero  aceptaron el desafío. Los jueces serían las encantadoras ninfas que vivían en los árboles, ríos y arroyos. Comenzaron las Piérides cantando  unos versos muy largos y aburridos que narraban el  combate de Zeus contra los Gigantes (encima pelotas).  Algunas ninfas se durmieron al instante y otras, incapaces de soportar semejante tostón,  se marcharon un momentito al Mercadona a comprar guacamole para la cena.

Volvieron justo a tiempo de escuchar a la musa Calíope. Para estar más cómoda se había recogido su larga cabellera con unas ramas de hiedra, estaba guapísima y qué maravilla lo que narró y cantó,  los pájaros se callaron para escucharla, el viento se detuvo y la luna despertó de su sueño diurno. La decisión estaba clara y las ninfas sin dudarlo dieron la victoria a las Musas.

Las Piéridas, que más que hijas del rey Píero parecían las de Donald Trump, no se conformaban con la derrota,  se pusieron desagradables y empezaron a hacer gestos chabacanos y a proferir insultos muy variados, (en esto sí eran buenas y creativas) además de escenificar (palabra muy de moda que odio bastante) amenazas truculentas.  

Ya se acercaban dispuestas a pegarles una paliza a sus nueve rivales, iban a ganar o por las buenas o por las malas cuando de sus uñas brotaron púas rígidas y penachos  de plumas negros y blancos de los brazos estirados. Las bocas insultantes se afilaron y endurecieron hasta convertirse en picos. En un momento pasaron de tener los pies en el suelo a estar posadas en los árboles cercanos graznando como las urracas que ya eran y por siempre serían.

Esta transformación la narra Ovidio en sus “Metamorfosis” y de ellas dice que eran “estúpidas hermanas que solo por ser nueve se creyeron iguales a las Musas”. Vaya con Ovidio.

El poeta Nicandro de Colofón (me quiero llamar así), un señor que escribía en el siglo II a de c. poemas sobre venenos, para gustos…,  menciona no sé dónde ni por qué los nombres de estas  mujeres: Colímbade, Linge, Céncride, Cisa, Claori, Acalántide, Nesa, Pipo y Dracóntide.

No es que el comportamiento de estas chicas fuera ejemplar pero hay que reconocer que no es fácil asumir que lo que te gusta hacer y para lo que te creías dotado se te da mal y que nunca, por mucho que lo intentes, estarás entre los mejores. Quién sabe si como urracas se sintieron más felices, sin esa presión por ocupar el primer puesto, solo siendo. A lo mejor sí y la metamorfosis les vino bien.

¿Por qué va a ser más valiosa una musa que una urraca? Todo cumple una función y tiene su lugar y su importancia. Ser urraca es muy digno. Pero por si acaso a ellas les disgustó el cambio y tal vez para consolarlas pusieron su nombre grupal, Piérides, a una especie de mariposas.

Anda que no se está poco bien subida en la bola y sin tener que competir con nadie.

Lo que las Musas tuvieron que aguantar

Venid, hijas mías, que os he traído una cosa, dijo Zeus presentándose de improviso en el Helicón e  interrumpiendo danzas, cánticos, poemas y prosas poéticas. Corrieron ellas gráciles con sus pies violetas al encuentro de su padre. Pensaban que se trataba de otro bonito regalo: una flauta nueva, una batería, unas zapatillas de bailar, un ordenador portátil versátil y ergonómico…

Ale, aquí tenéis, dijo Zeus dejando caer sobre una mesa de un brusco golpetazo unos libros muy feos,  un temario de derecho administrativo y un ejemplar de la Constitución para cada una.  Se van a convocar cincuenta plazas de auxiliar en el ayuntamiento del Olimpo, así que empezad a estudiar. Es un trabajo para toda la vida, con horario fijo de ocho a tres y días de asuntos propios. El arte no da para comer y yo no os puedo seguir manteniendo eternamente, sois nueve y tengo más hijos. Así que ya estáis tardando, a estudiar ahora mismo el Procedimiento Administrativo Común.

Que no, papá, que no, por favor, por favor, por favor no nos hagas esto, suplicaban ellas muy alteradas,  mesándose los cabellos, que no queremos ser funcionarias, que el derecho administrativo es un coñazo, el arte no puede ser solo unas horas al día, debe impregnar la vida entera, el arte no se  puede compartimentar, nos entraría una depresión profunda de la que solo podríamos salir atiborradas de pastillas y además…

Eso, eso, dijo Apolo que siempre andaba enredando por ahí como director del coro, cada uno viene al mundo con una misión, no quiera usted don Zeus hacer de sus hijas lo que no son, unas  funcionarias culonas aficionadas a las rebajas y al intercambio de recetas para la Thermomix. Permita que las chicas canten e inspiren el canto a los demás.

No me hagas apologías, Apolo, que nos conocemos,  pues las financias tú, que para eso eres el de las Bellas Artes. Yo por si acaso os dejo los temarios y que sepáis que no compro más material artístico de ningún tipo.

¿Y ahora qué hacemos?, se preguntaron muy consternadas las Musas, una vez que se marchó el padre. Deja de bailar, Terpsícore, que nos mareas, hay que pensar. Vamos a abrirnos un Linkedin para empezar. Apolo, ¿tú sabes de alguien que nos pueda necesitar?

Algún contacto debía de tener Apolo porque al cabo de unos cuantos días recibieron la primera llamada, un  tal Homero. Contestó Clío, ¿sí, dígame? “cuéntame Musa, la historia del hombre de muchos senderos que después de destruir la sacra ciudad de Troya anduvo peregrinando muchísimo tiempo”. Con lo que Clío le contó, que fue mucho y muy detallado,  el hombre se escribió los 24 cantos de la Odisea, puso fin y la firmó.

Terminado el primer encargo, una segunda llamada. Esta vez el empleador se llamaba Virgilio y lo suyo no era la claridad, “cuéntame, Musa, las causas, ofendido qué numen o dolida por qué la reina de los dioses a sufrir tantas penas empujó a un hombre de tan insigne piedad a hacer frente a tanta fatiga”. ¿perdón?, que me aspen si lo entiendo, dijo Polimnia, bueno, da lo mismo, en un rato le mandamos entre todas una historia y usted verá si le conviene. Le convino, fue la Eneida.

Y así un no parar de llamadas, algunos,  como Dante, escueto y a la desesperada, “¡Oh, Musas, ayudadme!”, le ayudaron y toma Divina Comedia.

Trabajo no les faltaba pero estaba muy mal pagado, los honores se los llevaban otros y con tanto crear para los demás no tenían tiempo de crear ellas. Se frustraban, se entristecían, languidecían.

Fueron a hablar con Zeus, aceptarían el trabajo de ser las inspiradoras de aquellos mortales artistas en periodo de sequía, ellas les transmitirían el éxtasis y la locura necesaria para hacer arte pero nada de soplárselo todo al oído, que ya estaba hartas. Como mucho susurrarían alguna que otra idea y otorgarían el hechizo necesario para entrar en ese mundo que está fuera de la realidad y de la razón. Pero querían tiempo para ellas y un sueldo digno.

Bueno, está bien, accedió Zeus, pero devolvedme los temarios que los voy a poner en wallapop.

Otra vez me he alargado mucho y ya no me da tiempo a contar lo de las vecinas envidiosas, el cantante competitivo y el rey acosador.

¡Ayudadme, oh Musas!

Que otro día me ayudarán, eso dicen, no sé si será verdad.

Nueve hermanas con mucho arte

Zeus no encontraba las llaves, venga a dar vueltas por el Olimpo cada vez más nerviosito. Pero, ¿dónde las habré dejado?, si yo juraría que las guardé donde siempre, en la nube de la entrada, pues no están y sin ellas no puedo salir. Mnemosineeee, ven, por favor, ¿tú te acuerdas dónde he dejado yo las llaves?

En la tercera nube por la derecha, contestó ella con voz de aburrimiento. Este hombre…se cree que soy la Siri , es más pesado que los monos.

Y cuando no eran las llaves era el coche o las gafas o los rayos. Y cuando no era nada de eso, se trataba de  otras cuestiones no tan materiales pero que quería recordar. Mnemosineeee , diosa de la memoria, ven un momento, por favor, ¿cómo se apellidaba ese compañero mío del colegio que llevaba un corrector en los dientes, de nombre era Georgios pero ¿de apellido?…que no me sale y llevo toda la mañana dándole vueltas, qué rabia.

Y Mnemosine: Georgios Kostopoulos,  ibas mucho a su casa a jugar a las chapas en el pasillo, su madre os hacía bocadillos de mortadela con aceitunas.

Ay,¡ por dios!, que me diga,¡ por mí mismo!, lo estoy viendo todo como si estuviera en ese pasillo,  qué recuerdos, quisiera que me trajeras más, deseo atesorarlos,  te invito a cenar y me cuentas todo. Mnemosine aceptó, Zeus era pelma pero tenía algo atrayente, sería la erótica del poder o la erótica sin más. 

La cena y las narraciones,( algunas se las inventaba pero como Zeus no se acordaba se las creía), desembocaron en una noche de amor y pasión. La consecuencia fue que a la mañana siguiente nació una niña a la que llamaron Calíope. La dejaron con una niñera y continuaron con otra noche más de amor desesperado. A la mañana siguiente, niña que te crió, la pusieron Clío. Y así siete noches más y siete nacimientos más: Erato, Euterpe, Melpómene, Polimnia, Terpsícore, Talía y Urania. Habían nacido las Musas.

 Pues ahora que me acuerdo, le dijo Mnemosine a Zeus poco antes de que anocheciera por décima vez,  me he dejado la ropa tendida y está lloviendo,  a partir de este momento,  si se te olvida algo o quieres que te ayude a rememorar  me pones un guasap y yo te contesto con un mensaje de voz. Eres un encanto, Zeus, padre de mis nueve hijas, pero antes de que sean diez, salgo por patas, nos vemos, si eso, por el Helicón.

Metió a sus recién nacidas en nueve capazos y ayudada por sus nodrizas, se las llevó monte Helicón arriba, gira que te gira por sus  empinados caminos en zigzag, de vez en cuando se paraban a amamantarlas y a descansar y  contemplaban los olivos y el bello paisaje que se extendía debajo. En esas paradas descubrió la madre lo bonitas y bien formadas que habían nacido las nueve y se asombró porque el llanto de las bebés no era irritante como suele sino lo  más parecido a un bello canto.

Crecieron las niñas sanas y hermosas y enseguida desarrollaron cualidades artísticas, cada una la suya particular. Animaban con sus cantos, recitales y bailes todas las fiestas y reuniones de los dioses y al papá Zeus se le caía la baba con ellas. Para cada una tuvo un regalo.

A Calíope, la de la bella voz, elocuente como ella sola y aficionada a la poesía épica,  le dio un estilete o punzón  y una tabla de escritura. A Clío, ya que le gustaba mucho narrar historias del pasado, le entregó un rollo de pergamino; a Erato, que se inclinaba por la poesía lírica y amorosa, una lira. A Euterpe, muy musical ella, una flauta. A Melpómene, la más dramática, un cuchillo   y una máscara trágica.

Poliminia, que era muy mística, rechazó el regalo, entonó un canto sacro y después se llevó un dedo a los labios pidiendo silencio y discreción. A Terpsícore, la danzarina, una guirnalda de flores para el pelo; a Talía, la más chistosa y bucólica,  una máscara de comedia y un cayado de pastor. Y a Urania, la celestial,  (tranquilos que ya termino con los regalos de las chicas) una esfera para su mano izquierda, una espiga para su derecha y un manto de estrellas para cubrirse.

Vivían muy felices en su monte todo el día cantando, bailando, recitando, dedicadas al arte en cuerpo y alma. Es verdad que a veces se ponían un poco pesadas con tanta actuación y tanto ensayo de coreografías y Nmemosine les tenía que pedir que se callaran un ratito y dejaran de mover los pies, ya que los vecinos de abajo padecían de estrés y ella no se podía concentrar en sus remembranzas. O eso o que se fueran a dar una vuelta por ahí.

En una de esas vueltas bajaron del monte y se encontraron con un pastor con pinta de bruto y un palillo entre los dientes llamado Hesiodo, se le acercaron y le dijeron, con bastante poco tacto, lo que sigue,” pastor  que pasas la vida al aire libre, raza vil, que no eres más que un vientre, nosotras sabemos decir numerosas, verosímiles ficciones; pero también cuando nos place, sabemos ensalzar la verdad.” Para compensar la bordería le entregaron una vara de laurel y le inspiraron una voz divina con la que pudiera decir las cosas pasadas y futuras. Y con esa inspiración empezó el pastor a escribir su famosa Teogonía.

“ Al que ellas honran y le miran al nacer, derraman sobre su lengua una dulce gota de miel y de su boca fluyen dulces palabras. De las Musas y de Apolo descienden los poetas y músicos y artistas que hay sobre la tierra, dichoso es aquel de quién se prendan , dulce brota la voz en la boca”, dice Hesiodo que está muy agradecido de haber sido elegido. Y es que sabe que el don del arte no es cualquier cosa y que gracias a él se consiguen mitigar muchas penas humanas.

 “Pues si alguien, víctima de una desgracia, con el alma desgarrada se consume afligido en el corazón, después de que un aedo servidor de las Musas cante, al punto se olvida de sus penas y no se acuerda de ninguna desgracia, así de rápidamente cambian el ánimo los regalos de las diosas”.

Pero no todo fueron alegrías para las nueve hermanas. Debido a su talento sin igual, sufrieron abusos, envidias, plagios y acosos.

Resulta que…mejor para otro día “Lo que las Musas tuvieron que aguantar”.