Mes: enero 2021

Aquí sí hay dragón

En la anterior historia mitológica dejé a un dragón custodiando el pellejo del carnero volador o, lo que es lo mismo, custodiando el vellocino de oro. Este dragón había sido elegido para esa misión porque no se podía dormir por las noches, padecía de insomnio crónico, así que dijeron, (alguien lo diría) quién mejor que este para vigilar el vellocino y que no nos lo roben. No era cuestión poner a un vigilante sin problemas de sueño, con lo aburrido que tiene que ser mirar  la piel de un carnero, estaba claro que se iba a quedar dormido.

Pese a esta precaución, sí les robaron el vellocino a los de la Cólquide, pero eso no es lo importante, lo que me atrae de esta historia es por qué no se dormía el dragón, esta es mi sospecha: estaba muy acomplejado y no se aceptaba a sí mismo. Qué malo es eso. Solo hay que conocer por encima a su padre para darse cuenta de lo pequeñito y poco valioso que tenía que sentirse el dragón, pese a tener un larguísimo cuello lleno de anillos y la capacidad enviar su horrísono silbido a muy largas distancias.

Tifón se llamaba su padre y no era un señor cualquiera. Se trataba de un espeluznante y descomunal monstruo alado, era tan alto que se le iban clavando las estrellas en la cabeza y tenía que apartárselas a manotazos. En cada uno de sus dedos tenía una cabeza de dragón y serpientes enroscadas en los muslos. Solo con mirar provocaba incendios tal era el poderío de su mirada de fuego y al mover las alas un poco, lo justo para desentumecerlas, desencadenaba huracanes y terremotos.

Otra característica muy llamativa de Tifón es que era un acaparador de cabezas, en vez de tener una y apañarse con ella como hacemos todos, tenía cien, hala, menudo gasto en paracetamol, gorros, peluquerías y dentistas.

Para acabarlo de arreglar tenían forma de serpientes, con lenguas negras y ojos de fuego. Cada una de esas cabezas poseía su propia voz, con lo que estar a su lado era como cuando vas (o ibas, mejor dicho) , a uno de esos bares muy llenos y con mal aislamiento acústico y acabas loco del vocerío. Pues lo mismo, pero a lo bestia. Además, algunas cabezas hablaban pero otras rugían, ladraban, siseaban, en fin, que cuando le daba por ponerse comunicativo era un tormento.

Tifón se quería vengar de los dioses por haber eliminado a sus hermanos los titanes así que un día se acercó a Zeus y le arrancó los tendones. Así, por lo bravo, qué hombre más impetuoso.

Aunque Zeus los recuperó después , los dioses le tenían mucho miedo, tanto que huyeron a Egipto y para ocultarse de él se transformaron en animales. Dionisio en ciervo, Artemisa en gato, Apolo en cuervo, Afrodita en pez y así hasta completar una bonita fauna.

Cuando por las noches llegaba a casa y se derrumbaba en el sofá con sus cien agotadas testas, el dragón de la Cólquide en pijama lo contemplaba con admirada angustia y mordiéndose las uñas. Pensaba la criatura y ,con razón, que jamás igualaría el porte ni las proezas de su progenitor.

Hay figuras paternas demasiado fabulosas, en exceso apabullantes. Pobre dragón insomne. Y encima le robaron el vellocino durmiéndolo con una pócima ¡Lo que pudo llorar cuando se despertó!

Escenas cotidianas sin dioses ni dragones

Te digo que…te digo que…le va diciendo Marcelo  a su mujer que camina unos pasos por delante, tanteando con sumo cuidado el terreno resbaladizo. Los dos van muy bien pertrechados para el tiempo gélido: gorros de lana, guantes, forros polares y camisetas térmicas. Han salido a ver si encuentran algo de fruta, verdura y pan. Marcelo acaba de ver a un camarero en manga corta retirando la nieve con una paleta, es la que usan para la plancha en el bar.  Con ese instrumento lleva un buen rato retirando nieve. Y con mucha paciencia y sin desánimo ha conseguido despejar una pequeña zona circular, lo justo para instalar una mesa y dos sillas. Mientras tanto,  en una de las muchas ramas tronchadas otro camarero ha colgado  un cartel con una flecha dibujada y debajo el claro mensaje: aquí café.

¡Qué te digo!, exclama esta vez Marcelo, ¡qué te digo!

Dos ya se han sentado a desayunar y a mirar el espectáculo de las calles blancas.

No sé qué me dices, Marce, es imposible que te oiga con el ruido de esa máquina y si me doy la vuelta, no me quiero dar la vuelta, el suelo resbala mucho, la gente se rompe las piernas y los brazos, esto es puro hielo, ve con cuidado…solo nos faltaba acabar en las urgencias de traumatología y que allí, en lo que nos colocan la escayola, nos llevemos de premio lo que ya te imaginas,  solo nos faltaba, estate atento, ya llegamos a la frutería.

Nada de nada, estanterías vacías, proclama Marcelo, lo que se dice nada. Siente cierta satisfacción al comprobar el desabastecimiento. Normalmente ir a la compra es un trámite rutinario y aburrido, quieras que no, salir de peligrosa expedición por un paisaje siberiano en pos de la  única mandarina del barrio tiene su punto emocionante, al menos por un día.  En dirección contraria vienen los padres de Hugo, ese niño que estuvo en clase con uno de los suyos.

Son los padres de Hugo, susurra Marcelo al gorro de su mujer.

Como para reconocer a nadie con estas pintas que llevamos todos, si ya con las mascarillas no conozco a la gente, añádele estos avíos como del polo norte y camuflaje total.

Ni gota de pan en el Ahorra Más, ni de molde ni nada, en Día tampoco queda nada,  tampoco hay huevos. Vamos a cruzar la plaza para ver si un poco más allá…

Ni lo intentéis, de ahí venimos nosotros y no vais a poder cruzar, es puro hielo y la nieve llega, no sé cómo decirte, nunca vi nada igual, gran parte de los árboles del parque se han tronchado, no una rama ni dos, no, el propio árbol partido por la mitad. Muertos, cantidad de muertos. Daniela  ha estado a punto de llorar.

Llorar, no, dice ella, no exageres, pero te da una cosa, un malestar…

Suerte para la familia, suerte para hijos, hijas y padres y para toda la familia y feliz año, mucha suerte para todos, dice la mujer que pide en la esquina.

Marcelo se toca los bolsillos pero no lleva nada suelto, ya nunca paga en metálico y ahora no sabe qué hacer, esas situaciones le ponen nervioso. Feliz, año, feliz, año, le contesta con culpa sabiendo que no se trataba de eso. La mujer ya está repitiendo lo mismo al siguiente que pasa.

Todo muy difícil, todo muy mal,  suerte para la familia, para los niños, para el padre, para la madre y feliz año, señor.

En una de las calles estrechas, Abdelkader Slimani, Toñín para los amigos y conocidos, hace alardes de fuerza retirando bloques de nieve, le gusta que sean grandes y los desplaza en brazos, luego los tira en un rincón donde ya se ha formado una montaña, cuando estrella  la tercera mole, Margarita la del segundo, aplaude en bata desde la ventana.

Ole con ole, eres el increíble Hulk, Toñín.

Sí, sí, para aplausos estamos ahora, dice la planchá que sale vestida como si estuviera en Baqueira, bastones de nieve incluidos,  mira cómo está la calle, impracticable,  ¿y la basura, dónde la dejo? Porque yo en mi casa no la voy a tener almacenada, eso por descontado.

No se preocupe, que esta noche la llevamos toda hasta la calle Príncipe que ya está casi despejada, por ahí sí podrá pasar el camión. A la calle Príncipe que va, eres tú el príncipe azul que un día soñeeeé, canta entusiasta Toñín mientras iza otra masa helada y la del segundo repite aplausos.

El circo de siempre multiplicado por cien, se dice a sí misma la Planchá, esto es desolador,  voy a ver si encuentro huevos y no me mato de aquí a la esquina.

Del escaparate de la floristería elegante todavía cuelga una guirnalda navideña, está tejida con ramas verdes y  bolitas rojas. La Planchá le pega  un tirón y se la echa al bolso. Para la próximas fiestas, ya tengo lo de la puerta, mira qué bien, ¿son esos los Urrieta?, ay que sí, el pesado de Marcelo, y sin poderme cambiar de acera, me hago la loca y ya.

Hinca los bastones y avanza poniendo los ojos en un punto imaginario de un imaginario horizonte.

Suerte que Marcelo acaba de ver otra escena que le interesa más, es Remedios que, a falta de bastones de montaña, se ha agenciado el palo de la fregona y con ese instrumento surca la nieve a gran velocidad. Detrás, jadeante y con cara de susto, va su cuidadora en zapatillas torcidas, “no corra tanto, mi señora Reme, que no la alcanzo, está esto friísimo”

Te digo que…te digo que…, dice Marcelo por todo decir.

Al llegar al portal se encuentran con Toñín armado de pico y pala. A su lado fuma el profesor de matemáticas. Fuma y observa, a veces mueve la cabeza como si dijera que sí, que es fantástico el espectáculo y otras como si dijera que no, que esto ha sido un cataclismo y una desgracia. Finalmente lanza la colilla a la nieve donde se apaga con un fssssss.

Los árboles yacen desplomados sobre los coches o atravesados impidiendo el paso. Los opinadores brotan en cada esquina. Algunos son partidarios de ponerse a retirarlos, de tomar la iniciativa, otros consideran que ni hablar, que lo haga el ayuntamiento, los militares, el Gobierno, que bastante tienen ya con lo de cada día como para ponerse a hacer tareas que les sobrepasan. Una cuadrilla de jóvenes ha entrado en acción y ya está levantando cadáveres. Los que fuman porros y escuchan  música en la valla han vuelto, se han sentado sobre la nieve a seguir apaciblemente con sus costumbres.

El vecino que vivió en Minesota dice que esto no es nada, que qué exagerados todos, que no hace tanto frío, frío son los menos cuarenta, ahí ya cierran los colegios porque si sales a la calle se te congela la cara, directamente.

Este es gilipollas, ¿no?, se pregunta Margarita que ya se ha vestido y ha bajado a hacer tertulia con el profesor de matemáticas y con Toñín.

Digo yo que estoy empezando a creer que lo del calentamiento global es mentira, a ver esto entonces de qué calentamiento sale.

El profesor de matemáticas trata de explicarle, sin mucho éxito, que estos fenómenos tan extremos e inusuales se deben precisamente al cambio climático, una corriente que sube, otra corriente que baja.

Bah, dice ella muy poco convencida. Anda, tú, han puesto mascarilla al muñeco de nieve. Eso me recuerda que han ingresado a la madre de Leo, está grave, se va a morir, pero tranquilos, tranquilos, que no ha sido pandemia. Es…no lo sé, pero pandemia no es lo que tiene.

Toñín contempla su plantita, la cubrió con un envase de plástico de pollo asado y algo verde reluce por debajo. Hierbabuena, explica.

Pues nos hacemos un té de esos de tu tierra, dice Margarita agachándose a mirar la hojita enclenque.

La planchá ya vuelve con su guirnalda navideña escondida en el bolso, sin huevos.

Qué putiferio, qué sin Dios,  masculla  mientras empieza a subir escaleras. Desde marzo no ha vuelto a subir en ascensor, ni piensa.

Hijos de nube

Frixo y Hele habían nacido de la unión del rey Atamante, que gobernaba Coronea, y Néfele, la diosa de las nubes y nube ella misma. Estar casado con una nube puede parecer algo precioso y tal vez lo sea pero con el paso del tiempo el rey Atamante se cansó de tan vaporosa señora y buscó algo más carnal a lo que agarrarse. Se divorció de Néfele o más bien la repudió y se casó con una tal Ino.

Los niños se parecían más al padre que a la madre, aunque un poco etéreos y cambiantes, no eran nubes ni estaban hechos para recorrer los cielos mudando de forma y color o deshaciéndose en agua. Se quedaron con el padre y con su nueva esposa.

Ino era una mujer muy celosa y poco amante de los infantes, en especial si esos infantes no eran suyos.  Quería a Atamante para ella sola y los niños le molestaban, planeaba tener hijos propios que heredaran las riquezas del padre. Esos dos chiquillos nubosos eran un incordio, así que urdió un plan para deshacerse de ellos.

Convenció a  algunas mujeres campesinas para que tostaran las semillas de trigo que iban a sembrar. El resultado fue que no germinaron y se produjo una situación de hambruna que fue acompañada de peste y desdicha.

Atamante, en vez de consultar a algún ingeniero agrónomo recurrió, el muy magufo, al Oráculo de Delfos y allí que mandó a un emisario para que le revelaran las causas de la hambruna. Ino, temiendo ser descubierta, sobornó al emisario para que dijera que el hambre y la peste solo acabarían si sacrificaban a los dos hermanos en el altar de Zeus.

Ajenos a todos estos trajines y peligros, Frixo y Hele jugaban cada tarde  en el jardín. Estaban un poco tristes por la ausencia de su madre y miraban mucho al cielo, buscándola. A veces veían pasar a a mujeres nube muy parecidas, pero nunca podían estar seguros de que fuera ella. Cada noche lloraban antes de dormir porque las manos húmedas de Néfele ya no les arropaban. De día, como eran niños, se distraían, reían y a ratos se olvidaban.

Una de esas tardes estaban jugando a tirar piedras al estanque para ver si le acertaban al sapo del nenúfar cuando se les presentó así, sin más preámbulos, un carnero dorado. Parecía pacífico y simpático por lo que, vencida la desconfianza inicial, se pusieron a jugar con él. El sapo respiró aliviado.

Acabaron subidos a su lomo galopando por el jardín. El carnero dio vueltas y vueltas y vueltas con sus rizos dorados reluciendo al sol, pegó unos cuantos brincos y al tercero estaba deslizándose por el cielo con los dos niños a bordo.

Dejaron atrás el jardín y Coronea, dejaron muy abajo los campos estériles y sobrevolaron bosques, ríos y por fin un mar. El viaje estaba siendo muy largo y se cansaban, sobre todo Hele que era más pequeña. La niña se quedó dormida, sus bracitos, que abrazaban la espalda de su hermano, se aflojaron, el cuerpo se inclinó hacia un lado vencido de sueño y cayó al mar donde se ahogó. Ese mar se llama en su honor Helesponte.

Una tremenda tormenta se desencadenó, el agua caía con tal violencia que Frixo pensó que tampoco él sobreviviría al viaje. Era Néfele llorando la muerte de su pequeña. Pero la madre se detuvo a tiempo de perder también a su hijo y Frixo logró llegar a la Cólquide, al palacio del rey Eeetes, donde fue muy bien acogido.

Al carnero lo sacrificaron, (si no sacrificaban a algo o a alguien no se quedaban tranquilos), y colgaron su piel dorada (el vellocino de oro) de un roble y custodiada por un dragón para que no faltara de nada en esta historia tan de la vida misma.

Para compensar al pobre carnero, Zeus lo convirtió, ya despellejado, en la constelación de Aries.

Conclusión de todo esto: no se me ocurre.

¿Será alguna de estas la madre de Frixo y Hele?

Las hermanas de Iris

La niña Iris era dulce y encantadora, siempre tratando de llevar armonía y paz a su hogar, lo cual no era nada fácil.  Crecía bonita pero un poco escasa de peso porque sus hermanas, dos gemelas con muy mal carácter, se comían lo de su plato y lo del de Iris. Su madre, Electra, tenía que estar muy vigilante para que Iris se pudiera alimentar. Y lo mismo que le robaban la comida, le escondían sus juguetes preferidos, le tiraban sus cuentos por la ventana, le emborronaban sus cuadernos escolares a mala idea y le revolvían la ropa, que ella tenía muy ordenada.

Eres una cursi y una moñas, Iris, nos das asco, le decían cuando la veían en un día de sol recogiendo florecillas en el jardín o poniendo arcos de colores para adornar la línea del horizonte.

Esos días de buen tiempo ponían de muy mal humor a las gemelas, ellas preferían el tiempo revuelto, las tormentas en las que los rayos fulminaban árboles y el viento arrancaba tejados a violentos mordiscos. Y si el tejado le caía a alguien en la cabeza más contentas se ponían. Hasta aplaudían y saltaban, oye.

-Hay que ver, le decía Electra, a su marido, Taumante, qué distintas nos han salido, no lo comprendo, llevan nuestros mismos genes y les hemos dado la misma educación pero mientras que Iris es un amor, estas dos chicas, de verdad, está mal que lo diga su madre, pero son unas arpías.

Mujer, no digas eso, alguna virtud tendrán, son más rápidas que el viento y más veloces que los pájaros.

Virtud es esa, no lo niego, pero si la utilizan para hacer el mal, se vuelve defecto. ¡Niñas, a comer!, la musaka está en la mesa.

Estaba, observó el padre acercándose a mirar la fuente sucia y vacía.

¡Otra vez lo han vuelto a hacer! No tienen remedio, no lo tienen, no lo tienen. Pues las voy a castigar.

 No las castigues, mamá, es que vuelan mucho y muy rápido y por eso tienen tanta hambre, intercedió Iris, toda bondad.

La madre tenía razón, remedio no tenían.

Las tres hermanas habían nacido aladas, pero mientras que las alas de Iris eran doradas y finas como las de una mariposa, las de Aelo y Ocípete, que así se llamaban las pérfidas gemelas, eran oscuras y grandes, como de aves carroñeras. Sin embargo, poseían largas y atractivas cabelleras y belleza en sus caras aunque sus cuerpos estaban rematados con una cola de escorpión, a modo de aviso. Con el paso del tiempo se volvieron feas del todo, como si sus rostros no pudieran ocultar por más tiempo la maldad de sus espíritus.

En Tracia vivía un rey llamado Fineo que tenía dotes de adivino, tantas y tan buenas que ya se pasaba un poco, profetizaba con acierto hasta lo que los dioses no querían que los hombres supieran y además lo iba contando. Contentitos los tenía.

Fineo era ciego porque había entregado la vista a cambio de tener una larga vida pero eso no le impedía ver el futuro con toda nitidez. Zeus, en su línea vengativa, dijo, ¿conque sí?, ¿conque me vas a estar tú destripando la trama?

De eso nada, bonito, ahora mismo te mando yo a la pareja de malvadas gemelas para que te hagan la vida imposible por soplón ¡Aelo! (viento tempestuoso), ¡Ocípete! (vuelo rápido), venid aquí ahora mismo que tengo un encarguito para vosotras.

A Fineo lo confinó en una isla (viene de lejos lo de los confinamientos) y le puso delante unos manjares deliciosos que él no veía, pero sí olía y le hacían salivar.  Cada vez que el hombre alargaba la mano para comer algo, las Arpías o Harpias, que también se les puede poner una hache delante para que quede más bonito y helénico,  bajaban volando y se lo zampaban. Habían encontrado su trabajo ideal, comer y fastidiar.

Suerte que tuvo Fineo que pasaron por esa isla los Argonautas, unos marinos aventureros que iban en busca del vellocino de oro ,comandados por Jasón. Su objetivo era llegar al Cólquide (actual Georgia, me acaba de soplar google) pero, como en toda aventura que se precie,  tenían que superar unas cuantas pruebas y obstáculos. Una de estas pruebas era atravesar las Cianeas o rocas coincidentes,  unas peñas móviles puestas en el mar con muy mala idea, vete a saber por quién.

Las rocas flotaban y entrechocaban de forma aleatoria en medio del agua, por lo que era imposible saber cuál era el buen momento para atravesarlas. Si Fineo les decía cómo hacerlo, ellos le ayudarían a ahuyentar a las Arpías.

Fineo les dio una solución muy fácil, que enviaran por delante a una paloma, si quedaba espachurrada no tenían que pasar, si salía ilesa, sí. Como el ave solo perdió las plumas de la cola, se pusieron a remar con mucho ímpetu y consiguieron atravesar las rocas sufriendo solo leves desperfectos en el casco del barco.

Dentro de esa tripulación viajaban dos héroes alados, también muy ventosos ya que eran hijos del dios Bóreas. Comenzó una persecución alocada por los cielos y lograron atrapar a las Arpías, ya iban a matarlas cuando llegó la dulce Iris y les rogó que perdonaran la vida a sus hermanas. Accedieron pero las mandaron a vivir a una húmeda y umbría cueva. Desde allí siguieron haciendo maldades pero ya sin cobrar, por pura afición. Raptaban a la gente y los torturaban de camino al Tártaro, un profundo abismo usado como mazmorra de sufrimientos que se encontraba bajo el inframundo, donde las almas eran juzgadas tras su muerte. Eran crueles y violentas y aunque ya no robaban comida hacían otra cosa peor y muy asquerosa, depositaban sobre ella sus excrementos y difundían enfermedades.

 Virgilio dice de las siniestras gemelas, “no hay monstruo más aciago que ellas ni peste alguna más cruel. Tienen rostros de doncella en cuerpos de ave, nauseabundo es el excremento de su vientre, las manos se les hacen garras y sus caras siempre están pálidas de hambre”.

Las arpías se jubilaron en los capiteles románicos y ahí siguen, recordando al que las mira, por si se le había olvidado, y mira que es difícil, que el mal existe. Como son de piedra y muy viejas ya no hacen daño y quedan bien, bastante decorativas.