Día: 3 enero, 2021

Las hermanas de Iris

La niña Iris era dulce y encantadora, siempre tratando de llevar armonía y paz a su hogar, lo cual no era nada fácil.  Crecía bonita pero un poco escasa de peso porque sus hermanas, dos gemelas con muy mal carácter, se comían lo de su plato y lo del de Iris. Su madre, Electra, tenía que estar muy vigilante para que Iris se pudiera alimentar. Y lo mismo que le robaban la comida, le escondían sus juguetes preferidos, le tiraban sus cuentos por la ventana, le emborronaban sus cuadernos escolares a mala idea y le revolvían la ropa, que ella tenía muy ordenada.

Eres una cursi y una moñas, Iris, nos das asco, le decían cuando la veían en un día de sol recogiendo florecillas en el jardín o poniendo arcos de colores para adornar la línea del horizonte.

Esos días de buen tiempo ponían de muy mal humor a las gemelas, ellas preferían el tiempo revuelto, las tormentas en las que los rayos fulminaban árboles y el viento arrancaba tejados a violentos mordiscos. Y si el tejado le caía a alguien en la cabeza más contentas se ponían. Hasta aplaudían y saltaban, oye.

-Hay que ver, le decía Electra, a su marido, Taumante, qué distintas nos han salido, no lo comprendo, llevan nuestros mismos genes y les hemos dado la misma educación pero mientras que Iris es un amor, estas dos chicas, de verdad, está mal que lo diga su madre, pero son unas arpías.

Mujer, no digas eso, alguna virtud tendrán, son más rápidas que el viento y más veloces que los pájaros.

Virtud es esa, no lo niego, pero si la utilizan para hacer el mal, se vuelve defecto. ¡Niñas, a comer!, la musaka está en la mesa.

Estaba, observó el padre acercándose a mirar la fuente sucia y vacía.

¡Otra vez lo han vuelto a hacer! No tienen remedio, no lo tienen, no lo tienen. Pues las voy a castigar.

 No las castigues, mamá, es que vuelan mucho y muy rápido y por eso tienen tanta hambre, intercedió Iris, toda bondad.

La madre tenía razón, remedio no tenían.

Las tres hermanas habían nacido aladas, pero mientras que las alas de Iris eran doradas y finas como las de una mariposa, las de Aelo y Ocípete, que así se llamaban las pérfidas gemelas, eran oscuras y grandes, como de aves carroñeras. Sin embargo, poseían largas y atractivas cabelleras y belleza en sus caras aunque sus cuerpos estaban rematados con una cola de escorpión, a modo de aviso. Con el paso del tiempo se volvieron feas del todo, como si sus rostros no pudieran ocultar por más tiempo la maldad de sus espíritus.

En Tracia vivía un rey llamado Fineo que tenía dotes de adivino, tantas y tan buenas que ya se pasaba un poco, profetizaba con acierto hasta lo que los dioses no querían que los hombres supieran y además lo iba contando. Contentitos los tenía.

Fineo era ciego porque había entregado la vista a cambio de tener una larga vida pero eso no le impedía ver el futuro con toda nitidez. Zeus, en su línea vengativa, dijo, ¿conque sí?, ¿conque me vas a estar tú destripando la trama?

De eso nada, bonito, ahora mismo te mando yo a la pareja de malvadas gemelas para que te hagan la vida imposible por soplón ¡Aelo! (viento tempestuoso), ¡Ocípete! (vuelo rápido), venid aquí ahora mismo que tengo un encarguito para vosotras.

A Fineo lo confinó en una isla (viene de lejos lo de los confinamientos) y le puso delante unos manjares deliciosos que él no veía, pero sí olía y le hacían salivar.  Cada vez que el hombre alargaba la mano para comer algo, las Arpías o Harpias, que también se les puede poner una hache delante para que quede más bonito y helénico,  bajaban volando y se lo zampaban. Habían encontrado su trabajo ideal, comer y fastidiar.

Suerte que tuvo Fineo que pasaron por esa isla los Argonautas, unos marinos aventureros que iban en busca del vellocino de oro ,comandados por Jasón. Su objetivo era llegar al Cólquide (actual Georgia, me acaba de soplar google) pero, como en toda aventura que se precie,  tenían que superar unas cuantas pruebas y obstáculos. Una de estas pruebas era atravesar las Cianeas o rocas coincidentes,  unas peñas móviles puestas en el mar con muy mala idea, vete a saber por quién.

Las rocas flotaban y entrechocaban de forma aleatoria en medio del agua, por lo que era imposible saber cuál era el buen momento para atravesarlas. Si Fineo les decía cómo hacerlo, ellos le ayudarían a ahuyentar a las Arpías.

Fineo les dio una solución muy fácil, que enviaran por delante a una paloma, si quedaba espachurrada no tenían que pasar, si salía ilesa, sí. Como el ave solo perdió las plumas de la cola, se pusieron a remar con mucho ímpetu y consiguieron atravesar las rocas sufriendo solo leves desperfectos en el casco del barco.

Dentro de esa tripulación viajaban dos héroes alados, también muy ventosos ya que eran hijos del dios Bóreas. Comenzó una persecución alocada por los cielos y lograron atrapar a las Arpías, ya iban a matarlas cuando llegó la dulce Iris y les rogó que perdonaran la vida a sus hermanas. Accedieron pero las mandaron a vivir a una húmeda y umbría cueva. Desde allí siguieron haciendo maldades pero ya sin cobrar, por pura afición. Raptaban a la gente y los torturaban de camino al Tártaro, un profundo abismo usado como mazmorra de sufrimientos que se encontraba bajo el inframundo, donde las almas eran juzgadas tras su muerte. Eran crueles y violentas y aunque ya no robaban comida hacían otra cosa peor y muy asquerosa, depositaban sobre ella sus excrementos y difundían enfermedades.

 Virgilio dice de las siniestras gemelas, “no hay monstruo más aciago que ellas ni peste alguna más cruel. Tienen rostros de doncella en cuerpos de ave, nauseabundo es el excremento de su vientre, las manos se les hacen garras y sus caras siempre están pálidas de hambre”.

Las arpías se jubilaron en los capiteles románicos y ahí siguen, recordando al que las mira, por si se le había olvidado, y mira que es difícil, que el mal existe. Como son de piedra y muy viejas ya no hacen daño y quedan bien, bastante decorativas.