Día: 12 enero, 2021

Hijos de nube

Frixo y Hele habían nacido de la unión del rey Atamante, que gobernaba Coronea, y Néfele, la diosa de las nubes y nube ella misma. Estar casado con una nube puede parecer algo precioso y tal vez lo sea pero con el paso del tiempo el rey Atamante se cansó de tan vaporosa señora y buscó algo más carnal a lo que agarrarse. Se divorció de Néfele o más bien la repudió y se casó con una tal Ino.

Los niños se parecían más al padre que a la madre, aunque un poco etéreos y cambiantes, no eran nubes ni estaban hechos para recorrer los cielos mudando de forma y color o deshaciéndose en agua. Se quedaron con el padre y con su nueva esposa.

Ino era una mujer muy celosa y poco amante de los infantes, en especial si esos infantes no eran suyos.  Quería a Atamante para ella sola y los niños le molestaban, planeaba tener hijos propios que heredaran las riquezas del padre. Esos dos chiquillos nubosos eran un incordio, así que urdió un plan para deshacerse de ellos.

Convenció a  algunas mujeres campesinas para que tostaran las semillas de trigo que iban a sembrar. El resultado fue que no germinaron y se produjo una situación de hambruna que fue acompañada de peste y desdicha.

Atamante, en vez de consultar a algún ingeniero agrónomo recurrió, el muy magufo, al Oráculo de Delfos y allí que mandó a un emisario para que le revelaran las causas de la hambruna. Ino, temiendo ser descubierta, sobornó al emisario para que dijera que el hambre y la peste solo acabarían si sacrificaban a los dos hermanos en el altar de Zeus.

Ajenos a todos estos trajines y peligros, Frixo y Hele jugaban cada tarde  en el jardín. Estaban un poco tristes por la ausencia de su madre y miraban mucho al cielo, buscándola. A veces veían pasar a a mujeres nube muy parecidas, pero nunca podían estar seguros de que fuera ella. Cada noche lloraban antes de dormir porque las manos húmedas de Néfele ya no les arropaban. De día, como eran niños, se distraían, reían y a ratos se olvidaban.

Una de esas tardes estaban jugando a tirar piedras al estanque para ver si le acertaban al sapo del nenúfar cuando se les presentó así, sin más preámbulos, un carnero dorado. Parecía pacífico y simpático por lo que, vencida la desconfianza inicial, se pusieron a jugar con él. El sapo respiró aliviado.

Acabaron subidos a su lomo galopando por el jardín. El carnero dio vueltas y vueltas y vueltas con sus rizos dorados reluciendo al sol, pegó unos cuantos brincos y al tercero estaba deslizándose por el cielo con los dos niños a bordo.

Dejaron atrás el jardín y Coronea, dejaron muy abajo los campos estériles y sobrevolaron bosques, ríos y por fin un mar. El viaje estaba siendo muy largo y se cansaban, sobre todo Hele que era más pequeña. La niña se quedó dormida, sus bracitos, que abrazaban la espalda de su hermano, se aflojaron, el cuerpo se inclinó hacia un lado vencido de sueño y cayó al mar donde se ahogó. Ese mar se llama en su honor Helesponte.

Una tremenda tormenta se desencadenó, el agua caía con tal violencia que Frixo pensó que tampoco él sobreviviría al viaje. Era Néfele llorando la muerte de su pequeña. Pero la madre se detuvo a tiempo de perder también a su hijo y Frixo logró llegar a la Cólquide, al palacio del rey Eeetes, donde fue muy bien acogido.

Al carnero lo sacrificaron, (si no sacrificaban a algo o a alguien no se quedaban tranquilos), y colgaron su piel dorada (el vellocino de oro) de un roble y custodiada por un dragón para que no faltara de nada en esta historia tan de la vida misma.

Para compensar al pobre carnero, Zeus lo convirtió, ya despellejado, en la constelación de Aries.

Conclusión de todo esto: no se me ocurre.

¿Será alguna de estas la madre de Frixo y Hele?