Día: 20 enero, 2021

Escenas cotidianas sin dioses ni dragones

Te digo que…te digo que…le va diciendo Marcelo  a su mujer que camina unos pasos por delante, tanteando con sumo cuidado el terreno resbaladizo. Los dos van muy bien pertrechados para el tiempo gélido: gorros de lana, guantes, forros polares y camisetas térmicas. Han salido a ver si encuentran algo de fruta, verdura y pan. Marcelo acaba de ver a un camarero en manga corta retirando la nieve con una paleta, es la que usan para la plancha en el bar.  Con ese instrumento lleva un buen rato retirando nieve. Y con mucha paciencia y sin desánimo ha conseguido despejar una pequeña zona circular, lo justo para instalar una mesa y dos sillas. Mientras tanto,  en una de las muchas ramas tronchadas otro camarero ha colgado  un cartel con una flecha dibujada y debajo el claro mensaje: aquí café.

¡Qué te digo!, exclama esta vez Marcelo, ¡qué te digo!

Dos ya se han sentado a desayunar y a mirar el espectáculo de las calles blancas.

No sé qué me dices, Marce, es imposible que te oiga con el ruido de esa máquina y si me doy la vuelta, no me quiero dar la vuelta, el suelo resbala mucho, la gente se rompe las piernas y los brazos, esto es puro hielo, ve con cuidado…solo nos faltaba acabar en las urgencias de traumatología y que allí, en lo que nos colocan la escayola, nos llevemos de premio lo que ya te imaginas,  solo nos faltaba, estate atento, ya llegamos a la frutería.

Nada de nada, estanterías vacías, proclama Marcelo, lo que se dice nada. Siente cierta satisfacción al comprobar el desabastecimiento. Normalmente ir a la compra es un trámite rutinario y aburrido, quieras que no, salir de peligrosa expedición por un paisaje siberiano en pos de la  única mandarina del barrio tiene su punto emocionante, al menos por un día.  En dirección contraria vienen los padres de Hugo, ese niño que estuvo en clase con uno de los suyos.

Son los padres de Hugo, susurra Marcelo al gorro de su mujer.

Como para reconocer a nadie con estas pintas que llevamos todos, si ya con las mascarillas no conozco a la gente, añádele estos avíos como del polo norte y camuflaje total.

Ni gota de pan en el Ahorra Más, ni de molde ni nada, en Día tampoco queda nada,  tampoco hay huevos. Vamos a cruzar la plaza para ver si un poco más allá…

Ni lo intentéis, de ahí venimos nosotros y no vais a poder cruzar, es puro hielo y la nieve llega, no sé cómo decirte, nunca vi nada igual, gran parte de los árboles del parque se han tronchado, no una rama ni dos, no, el propio árbol partido por la mitad. Muertos, cantidad de muertos. Daniela  ha estado a punto de llorar.

Llorar, no, dice ella, no exageres, pero te da una cosa, un malestar…

Suerte para la familia, suerte para hijos, hijas y padres y para toda la familia y feliz año, mucha suerte para todos, dice la mujer que pide en la esquina.

Marcelo se toca los bolsillos pero no lleva nada suelto, ya nunca paga en metálico y ahora no sabe qué hacer, esas situaciones le ponen nervioso. Feliz, año, feliz, año, le contesta con culpa sabiendo que no se trataba de eso. La mujer ya está repitiendo lo mismo al siguiente que pasa.

Todo muy difícil, todo muy mal,  suerte para la familia, para los niños, para el padre, para la madre y feliz año, señor.

En una de las calles estrechas, Abdelkader Slimani, Toñín para los amigos y conocidos, hace alardes de fuerza retirando bloques de nieve, le gusta que sean grandes y los desplaza en brazos, luego los tira en un rincón donde ya se ha formado una montaña, cuando estrella  la tercera mole, Margarita la del segundo, aplaude en bata desde la ventana.

Ole con ole, eres el increíble Hulk, Toñín.

Sí, sí, para aplausos estamos ahora, dice la planchá que sale vestida como si estuviera en Baqueira, bastones de nieve incluidos,  mira cómo está la calle, impracticable,  ¿y la basura, dónde la dejo? Porque yo en mi casa no la voy a tener almacenada, eso por descontado.

No se preocupe, que esta noche la llevamos toda hasta la calle Príncipe que ya está casi despejada, por ahí sí podrá pasar el camión. A la calle Príncipe que va, eres tú el príncipe azul que un día soñeeeé, canta entusiasta Toñín mientras iza otra masa helada y la del segundo repite aplausos.

El circo de siempre multiplicado por cien, se dice a sí misma la Planchá, esto es desolador,  voy a ver si encuentro huevos y no me mato de aquí a la esquina.

Del escaparate de la floristería elegante todavía cuelga una guirnalda navideña, está tejida con ramas verdes y  bolitas rojas. La Planchá le pega  un tirón y se la echa al bolso. Para la próximas fiestas, ya tengo lo de la puerta, mira qué bien, ¿son esos los Urrieta?, ay que sí, el pesado de Marcelo, y sin poderme cambiar de acera, me hago la loca y ya.

Hinca los bastones y avanza poniendo los ojos en un punto imaginario de un imaginario horizonte.

Suerte que Marcelo acaba de ver otra escena que le interesa más, es Remedios que, a falta de bastones de montaña, se ha agenciado el palo de la fregona y con ese instrumento surca la nieve a gran velocidad. Detrás, jadeante y con cara de susto, va su cuidadora en zapatillas torcidas, “no corra tanto, mi señora Reme, que no la alcanzo, está esto friísimo”

Te digo que…te digo que…, dice Marcelo por todo decir.

Al llegar al portal se encuentran con Toñín armado de pico y pala. A su lado fuma el profesor de matemáticas. Fuma y observa, a veces mueve la cabeza como si dijera que sí, que es fantástico el espectáculo y otras como si dijera que no, que esto ha sido un cataclismo y una desgracia. Finalmente lanza la colilla a la nieve donde se apaga con un fssssss.

Los árboles yacen desplomados sobre los coches o atravesados impidiendo el paso. Los opinadores brotan en cada esquina. Algunos son partidarios de ponerse a retirarlos, de tomar la iniciativa, otros consideran que ni hablar, que lo haga el ayuntamiento, los militares, el Gobierno, que bastante tienen ya con lo de cada día como para ponerse a hacer tareas que les sobrepasan. Una cuadrilla de jóvenes ha entrado en acción y ya está levantando cadáveres. Los que fuman porros y escuchan  música en la valla han vuelto, se han sentado sobre la nieve a seguir apaciblemente con sus costumbres.

El vecino que vivió en Minesota dice que esto no es nada, que qué exagerados todos, que no hace tanto frío, frío son los menos cuarenta, ahí ya cierran los colegios porque si sales a la calle se te congela la cara, directamente.

Este es gilipollas, ¿no?, se pregunta Margarita que ya se ha vestido y ha bajado a hacer tertulia con el profesor de matemáticas y con Toñín.

Digo yo que estoy empezando a creer que lo del calentamiento global es mentira, a ver esto entonces de qué calentamiento sale.

El profesor de matemáticas trata de explicarle, sin mucho éxito, que estos fenómenos tan extremos e inusuales se deben precisamente al cambio climático, una corriente que sube, otra corriente que baja.

Bah, dice ella muy poco convencida. Anda, tú, han puesto mascarilla al muñeco de nieve. Eso me recuerda que han ingresado a la madre de Leo, está grave, se va a morir, pero tranquilos, tranquilos, que no ha sido pandemia. Es…no lo sé, pero pandemia no es lo que tiene.

Toñín contempla su plantita, la cubrió con un envase de plástico de pollo asado y algo verde reluce por debajo. Hierbabuena, explica.

Pues nos hacemos un té de esos de tu tierra, dice Margarita agachándose a mirar la hojita enclenque.

La planchá ya vuelve con su guirnalda navideña escondida en el bolso, sin huevos.

Qué putiferio, qué sin Dios,  masculla  mientras empieza a subir escaleras. Desde marzo no ha vuelto a subir en ascensor, ni piensa.