Mes: marzo 2021

Por eso las moras son negras

En la ciudad de Babilonia vivían dos chiquillos a cual más guapo. Él se llamaba Píramo y era el más bello de todos los jóvenes del lugar. Ella, la más rebonica de todo el oriente, se llamaba Tisbe. Ya estamos, ¿es que los feos no aman? Pues sí,  pero hay que reconocer que tienen menos tirón cuando lo que se pretende es narrar una historia romántica.

Se conocían desde pequeños y además eran vecinos íntimos, ya que  sus casas compartían tabique. Habían jugado juntos y crecido a la par y, al tiempo que se desarrollaban sus cuerpos, se desarrolló también el amor. Este sentimiento no gustó nada a los respectivos padres de los chicos, tal vez tanto de un lado como de otro querían algo mejor para sus vástagos, lo cercano y cotidiano, y qué más cercano y cotidiano que tu vecino de tabique,  suele parecernos poca cosa. Así que les prohibieron estar juntos y sanseacabó. Y hasta quererse les prohibieron, venga, como si se pudiera vetar un sentimiento. Resulta que es todo lo contrario, basta que te digan, “no quieras esto” para que lo desees más. “Mientras más se tapa, más bulle el fuego”, dice Ovidio con gran sabiduría.

Como no les dejaban verse, se hablaban a través de la pared  que, casualmente, tenía una grieta que nadie había notado y por la que se enviaban sus palabras de amor. Esto en mi casa no hubiera hecho falta, ya se oye a los vecinos que es una delicia y sin necesidad de grietas. Claro que lo que yo oigo no son palabras de amor, en estos momentos mi vecina íntima despotrica con furor sobre políticos y vacunas.

Dejo a mi indignada vecina y vuelvo con la parejita que estaba empezando a enloquecer de desesperación. Ya no se hablaban solo entre ellos, también se dirigían a la pared, lo normal cuando a uno no le dejan querer al que quiere. “Envidiosa, le decían, ¿cuándo permitirás que nos unamos con todo el cuerpo? O si esto es demasiado, por lo menos te podías abrir para que nos demos besos” Luego se arrepentían un poco, no fuera que la pared se enfadara y tampoco pudieran hablarse  y le daban las gracias, “pero no somos ingratos, que gracias a ti nuestras palabras llegan hasta los oídos amados”.

Y en ese plan estaban, cualquier pareja de amantes  confinados de ahora puede comprender esta situación, seguro que con las paredes no hablan pero lo mismo sí insultan a la pantalla por su frialdad y después le dan las gracias porque sería todavía peor si no la tuvieran.  

Por las noches, Píramo y Tisbe,  se despedían dando un beso a la pared y así hasta el día siguiente. Durante muchas noches y muchos días siguientes: palabras inflamadas, besos a la pared. Cansados de este amor por muro interpuesto decidieron rebelarse y  planearon escapar a la noche siguiente, no solo de sus casas, también de la ciudad.  Quedaron a las afueras,  junto al crematorio del rey Nino, también vaya ideíta, bajo una morus alba o morera blanca , al lado de una fuente.

El día se les hizo eterno, no se iba nunca la luz, no llegaban nunca las tan anheladas sombras nocturnas. Pero por mucho que algo se haga eterno, nada escapa a la ley de la impermanencia.  Cuando por fin la noche extendió sus negruras, Tisbe salió de casa, despacio y sigilosa, el rostro tapado por un velo, atravesó la ciudad y se sentó bajo el árbol convenido.

Como buena enamorada, no tenía miedo. Aunque, claro, cuando vio aparecer a una leona con la boca manchada de sangre que se acercó a beber a la fuente, un poquito de temor y temblor sí que le entró a su cuerpo serrano. Siguiendo el camino que le marcaban los rayos de la luna y otra vez con gran sigilo llegó hasta una oscura cueva donde se escondió. Por el camino habían resbalado por  su espalda los velos que la cubrían y allí se quedaron, tirados por el suelo.

La leona, que vuelve de beber, se encuentra los velos, los olisquea y se entretiene un rato desgarrándolos con sus fauces ensangrentadas.

Y a todo esto, ¿qué hacía Píramo que no venía?, ¿es que no sabía qué ponerse o es que se estaba acicalando tanto para la ocasión que no terminaba nunca?, ¿se había perdido por el camino?, ¿se estaba haciendo el interesante llegando tarde? El relato no lo aclara pero esa tardanza es la que desencadena la tragedia. Si  el hermoso varón hubiera sido puntual nada de lo que pasó después hubiera sucedido.

Cuando el joven por fin llega al lugar convenido,  se encuentra los velos de Tisbe rotos y llenos de sangre y piensa que se ha comido el tigre sus carnes morenas, lo cual debía ser frecuente en la época y lugar. Le da un arrebato muy malo y se hunde en el costado la espada que llevaba a mano, se la saca después ( la espada tenía que quedar libre como se verá) y toda la sangre contenida se desparrama por el árbol, mojando sus frutos blancos que se vuelven púrpuras y después negros.

Supone Tisbe  desde su encierro que la leona ya se habrá ido y sale de la cueva, está deseando encontrarse con Píramo y contarle todos los peligros por los que ha pasado, reconoce el lugar pero duda y se despista al ver el color de los frutos de la morera, que ya no son blancos. Mientras vacila, ve que en el suelo algo tiembla, retrocede empalideciendo y reconoce a su amado vecino.  Se tira del pelo desesperada y a continuación se lanza sobre el tan deseado cuerpo, mezclándose así las lágrimas de ella con la sangre de él.

Lo que viene a continuación, puro drama, se lo dejo a Ovidio que por algo es el autor de historia de amor desesperado, “Píramo, responde, la Tisbe tuya a ti, queridísimo te nombra; escucha y tu rostro yacente levanta.

Al nombre de Tisbe, sus ojos, ya por la muerte pesados, Píramo irguió y vista a ella los volvió a velar.

“Tu propia mano y el amor te ha perdido, desdichado. Hay también en mí, fuerte para solo esto, una mano, hay también amor; dará él para las heridas fuerzas. Seguiré al extinguido y de la muerte tuya tristísima se me dirá causa y compañera. Tú, árbol que con tus ramas el lamentable cuerpo ahora cubres de uno solo, pronto has de cubrir de dos. Las señales mantén de las sangría y siempre ten  a tus crías (las moras)  como testimonio de la sangre de los dos”, dijo, y ajustada la punta bajo lo hondo de su pecho se postró sobre el hierro que todavía de la sangría estaba tibio”

Sus votos conmovieron a los dioses y por eso es negro el color de las moras una vez maduras, y conmovieron a los padres (a buenas horas) que tuvieron el póstumo detalle de enterrarlos juntos.

No me extraña que la Zarzamora llore y llore por los rincones

Oh naturaleza femenina, ¡cuán grandiosa eres!

Que no es lo que lo diga yo mientras escribo traspasada por el espíritu del ocho de marzo, no es eso. Lo dijo, allá por el lejano siglo XII, Hildegarda de Bingen, una monja muy especial, con muchas cualidades y talentos.

La niña Hildegarda nació en un pequeño pueblo del valle del Rin en 1098. Sus padres, que eran nobles, ya habían tenido nueve hijos, así que a ella, por ser la décima, se la entregaron en diezmo a la iglesia. Así se marcaba el destino de la gente en aquella época.  Sobre todo si nacías mujer las elecciones estaban muy limitadas: o eras sierva de un hombre, o eras sierva de Dios o, caso de nacer pobre, eras sierva a secas. La obligación de  ingresar en un monasterio, quisiera la señalada o no, puede parecer muy cruel, y lo era, pero lo cierto es que  ofrecía más posibilidades que la vida de casada, al menos en lo que al desarrollo intelectual se refiere.

A los 14 años, Hildegarda abandonó su hogar para ingresar en el monasterio de san Disidobo, bajo la dirección de una monja llamada Jutta. Se apuntó a los módulos de latín, lecturas sagradas y canto gregoriano, lo que había. Hildegarda, pese a su naturaleza enfermiza,  era una alumna brillante y con gran interés por aprender. Desde los seis años tenía visiones pero por prudencia no contó a nadie esta peculiaridad suya hasta más tarde.

Estas visiones no le hacían perder el conocimiento ni entrar en éxtasis,  las vivía de una forma consciente, se le presentaban imágenes coloridas que iban acompañadas de luz y música y ella las miraba tranquilamente y tomaba sus apuntes.

Hoy la hubieran derivado a psiquiatría o a neurología,  pero en aquel tiempo era algo normal y hasta valorado siempre que se considerase que venían de Dios. En caso contrario, te derivaban a la hoguera.

Lo que después desarrolló en algunos de sus libros tiene parte de su germen en estas visiones místicas muy cercanas al surrealismo. Pero no todo porque también escribió libros científicos basados en la observación racional del mundo.

Tanto Jutta como Hilde se viralizaron,  no hasta el punto de un youtuber de hoy en día, pero casi, por lo que muchos padres llevaban a sus hijas al convento. Cuando murió Jutta, Hildegarda se puso al frente, de jefa. Ya tenía las suficientes discípulas como para independizarse pero antes le faltaba el visto bueno masculino.

Hildegarda sabía bien que sin el refrendo de un hombre sus visiones no valdrían nada, así que  habló con un monje llamado Volmar y le preguntó, quitándose méritos y opacándose,  “soy una mujer ignorante, no sé nada de nada, pero ¿mis visiones son divinas?” El monje dijo que sí como podía haber dicho que no. Después  se lo comunicó al abad de san Dibidobo. Hay que tener en cuenta que la misión de profetizar estaba reservada a los hombres, como cualquier otra misión de importancia, excepto la de traer nuevos seres al mundo, pero, muy astutos ellos, pensaron que con una monja profetisa y visionaria en su monasterio se incrementarían los donativos, así la que dejaron que escribiera lo que veía en sus trances.

Hildegarda contactó con el monje más influyente del momento, Bernado de Clavaral y este intercedió a su favor, le dijo al Papa Eugenio III, que no debían permitir que “tan insigne luz fuera apagada”.

A continuación, Hildegarda tuvo la visión, o dijo que la había tenido, de que debía independizarse de los monjes masculinos y fundar un monasterio por su cuenta, solo de mujeres. Aunque algunos se opusieron en un principio, consiguió lo que quería y fundó la abadía de san Rupert donde se dedicó a redactar sus obras y empezó a componer música. Ya era una mujer libre y se codeaba con todo el power masculino del momento (femenino no había), papas, emperadores y hombres de estado y además se le permitió predicar al clero y al pueblo tanto en iglesias como en abadías.

Escribió doce libros, el primero, Scivias (Conoce los caminos) trata de la creación del mundo y del ser humano, en otros aborda temas de cosmología o antropología- Escribió también varios tratados de medicina como el “Libro sobre las propiedades naturales de las cosas creadas” y empezó a componer una obra musical que consta de setenta piezas, la “Sinfonía de la armonía de revelaciones celestiales” (puede escucharse en Spotify, si lo tuyo es el rock no te gustará) y un auto sacramental cantado. “El alma es sinfónica y el canto que el ser humano entona con el alma es un eco de la armonía celeste”, decía ella.

Sabía de botánica, de medicina y de fisiología humana, habló de la circulación de la sangre, siglos antes de que pudiera demostrarse y realizó una detallada descripción del orgasmo femenino . Sin discutir la mano divina en la creación, -era una monja medieval-,  admitió que los misterios del cosmos podían explicarse a través de la observación y el conocimiento.

En su libro Scivias describe un universo infinito y en  expansión muy similar al de los actuales astrofísicos. En sus tratados de medicina dedica mucho espacio a las propiedades curativas de las plantas. Pysica contiene descripciones de 230 plantas herbáceas y más de 60 árboles y sus aplicaciones médicas.

Por si todo esto fuera poco, se inventó un idioma, la lingua ignota, con un alfabeto propio, que se considera la primera lengua artificial. Escribía poemas y defendía, ecologista sin saberlo, que la alteración del medio natural puede hacernos enfermar.

No fue dócil ni tuvo miedo a expresar sus opiniones aunque éstas la enfrentaran con el  clero, en numerosas ocasiones criticó su corrupción y su poca compasión con los pobres además de defender a Eva y liberarla de la culpa del pecado original. Ella la consideraba una víctima engañada por el demonio quien la envidiaba por su capacidad de procrear.

Durante siglos fue olvidada y solo más tarde se rescató su figura y su valor. No todas las mujeres son gloriosas, como no lo son todos los hombres, pero sí algunas y merece la pena conocerlas y recordarlas.

Uno de los dibujos, derivados de sus visiones, que aparece en el libro Scivias (Imagen sacada de los internetes, al igual que la información sobre Hildegarda)

El hombre que se comió a sí mismo

 Trotaba Eresictón, rey de Tesalia, por los campos cercanos a su palacio con la intención de tener los cuádriceps y gemelos más potentes del condado. Trotaba y trotaba sudoroso y jadeante levantando polvo del camino hasta que sus zancadas le llevaron a un bosque aromático que le regaló sombra y frescor. Se inclinó un poco sobre sus rodillas para recobrar el aliento y al alzar la cabeza vio que entre todos los árboles que allí había y había muchos, por algo era un bosque, destacaba, majestuosa, una encina milenaria.

 Su pensamiento no fue “qué belleza de árbol, admirado me quedo” o sí lo fue, pero la belleza no le interesaba si no era para utilizarla en su beneficio personal. Tampoco se detuvo a reflexionar sobre la naturaleza sagrada de esta encina en particular ni del resto de los árboles en general, no entendía ese concepto. Estirando una pierna y luego la otra dijo en voz alta, sin saber que las ninfas del bosque le estaban escuchando, “este tronco lo talo yo y decoro con su madera mi salón de dar banquetes”.

Cuando quería algo y constantemente quería algo, lo quería de inmediato, pero ya. Llamó a veinte de sus gigantes para que le ayudaran en la tarea de la tala, ya que el tronco de la encina era enorme y, mientras empezaban a herirla con sus hachas, gritó entre carcajadas, “esta tocará con su frondosa copa la tierra y mía será”. Todo lo quería para él, era un ansias, todo para engrandecer su estatus, su comodidad, su bienestar sin importarle las consecuencias ni los daños colaterales.

A medida que la encina se iba inclinando, cada vez más herida, sus ramas, hojas y bellotas empalidecían. Desde el interior del árbol, una voz femenina, dulce pero angustiada, suplicó, “no sigas, soy la que  vive bajo este leño, si el árbol muere yo también moriré”. Se trataba de una Hamadríade, ninfa asociada a un árbol en particular que con él nace y muere, que se alegra cuando en primavera brotan sus hojas y languidece melancólica cuando las pierde al llegar el otoño. Amiga de los pájaros que anidan en sus ramas y le otorgan vuelo, del viento suave que sabe sacar música de sus ramas.

Bastante le importaban al bruto de Eresictón las ninfas de los árboles o sus sentimientos. Encina y Hamadríade, murieron a la vez.

Las otras ninfas del bosque, espantadas, huyeron corriendo a buscar a la diosa Deméter, responsable de los campos y la agricultura y dueña de ese bosque donde había instalado su santuario.  Iban vestidas de negro en señal de duelo y exigían un castigo para el arboricida. Démeter llamó a Limo, también conocida como la personificación del hambre y, en cierto modo su contraria, y le hizo un encarguito.  El Hambre voló guiada por un viento amigo hasta el palacio de Eresictón que dormía y roncaba muy satisfecho con su nueva adquisición. “Con sus gemelos codos lo estrechó y en sus vacías venas esparció ayunos”, describe Ovidio en su Metamorfosis.

A partir de ese momento, Eresictón, que ya de por sí era ansioso, se volvió insaciable. A todas horas tenía hambre, comía lo que un pueblo entero y no se hartaba, lo que una ciudad y tampoco, lo que un continente y la gazuza no se le quitaba. Toda su riqueza la iba dilapidando en comida y después la de su padre quién, compadecido, ayudó al insatisfecho hijo. Tanta era su necesidad de comida que acabó arruinado y comiendo inmundicias de las basuras. Solo le quedaba recurrir a su hija, Mestra.

A cambio de dinero para calmar su deseo se la vendió a un comerciante. Mestra, que era amante de Poseidón, le pidió  ayuda y éste le otorgó el don de la transformación. La chica, una vez que el padre recibía su dinero, se transformaba en otro ser. Fue vaca, ciervo, yegua o pájaro y luego de nuevo Mestra. Un trajín tanta mudanza y total para nada.

Pese a las múltiples compraventas de la niña mutante, Eresictón seguía con hambre. Un día, sin querer, probó uno de sus dedos, le gustó y siguió comiéndose dedo a dedo y miembro a miembro hasta que  se devoró enterito a sí mismo.

Moraleja: deja en paz a los árboles que son sagrados, no destruyas la naturaleza o…lo que ya os podéis imaginar.