Día: 6 abril, 2021

Lloro por ti, Atalanta

Cuando nació  Atalanta su padre se enfadó porque era una niña, en vez del niño que él había soñado, así que la abandonó en el monte Partenio y se volvió para su casa a hacer un nuevo pedido, a ver si esta vez le salía más a su gusto.

Una osa que vivía en aquel lugar agreste se la encontró y tras sopesar las dos opciones, “o me la como o me la quedo”, le pudo más el instinto maternal que el depredador y la amamantó y cuidó durante una buena temporada. Pasado un tiempo, cuando la niña ya había crecido,  se aparecieron por allí unos cazadores a los que debió de cautivar con sus habilidades y la adoptaron.

Entre las enseñanzas de una y otros, Atalanta se había convertido en una mujer fuerte, intrépida y tirando a salvaje, adoraba correr descalza por el monte, sentir el viento en la cara, trepar a los árboles y proporcionarse sus propios alimentos. De hacer cola en las cajas del Mercadona no quería ni oír hablar.  No tenía intención alguna de abandonar el bosque en el que vivía ni mucho menos de casarse, por eso se consagró a Artemisa, la diosa de la cacería y los montes y así ya tenía excusa para seguir libre y  a su aire.

Aquellos parajes no estaban exentos de peligros para una mujer bella y solitaria. Dos centauros trataron de violarla pero ella los mató con sus flechas y luego se tumbó a descansar sobre unas rocas mientras miraba la luna y se reafirmaba en su convicción de que esa era la vida que quería, a pesar de sus riesgos.

Mientras tanto, en la ciudad de Calidón campaba a sus anchas un jabalí enorme y feroz,  lo había soltado allí la misma diosa Artemisa, enfadada porque no le habían hecho una ofrenda.  El animal se dedicaba a destrozar  las cosechas  y arrancar todas las vides de raíz y daban tanto miedo sus colmillos elefantiásicos que la gente se refugió dentro de las murallas, los campos quedaron abandonados y pronto llegó el hambre.  El rey envió mensajeros para buscar a los mejores cazadores de Grecia, ofreciendo como premio los colmillos y la piel del jabalí.

A mí el premio no me parece nada atractivo pero a ellos sí se lo debió de parecer porque se apuntaron unos cuantos, entre ellos Meleagro (el propio hijo del rey), algunos de los argonautas (los que iban en busca del vellocino de oro, eran muy aventureros y si no tenían algún lío, se lo inventaban) y la indomable Atalanta. El machismo salió de nuevo a relucir y muchos de ellos, todos hombres, se negaron a participar junto a  una mujer. Meleagro, que se había enamorado de Atalanta, los convenció  para que la dejaran intervenir y empezó la cacería.

La primera en herir al jabalí con una flecha fue Atalanta, lo remató Meleagro pero le ofreció el premio a ella porque consideraba que el mérito había sido suyo. Otra vez se ofendieron los señores porque una fémina se llevaba el trofeo y le arrebataron la piel del jabalí a Meleagro. Este se enfadó, (aquí cuando se enfadaban lo hacían a lo grande),  y los mató. Resulta que a Meleagro las moiras le habían predicho que moriría cuando se extinguiera un tizón ardiendo. Su madre, previsora, había guardado el tizón en una caja, pero ahora, Altea, hermana de los hombres que él había matado, se enfadó también, sacó el tizón de la caja y lo arrojó al fuego. En cuanto se consumió, Meleagro la palmó. Cosillas que pasan.

Todo este lío fenomenal hizo muy famosa a Atalanta, muchos hombres la deseaban y querían casarse con ella pero sobre su vida también pendía una profecía desagradable relacionada con el matrimonio. El oráculo había augurado que cuando se casara se convertiría en animal.

Para quitarse a los pretendientes de encima y como se sabía invencible convocó una carrera, “mi novio será el que me gane, pero al que gane yo, me lo cargo”, pese a esta terrorífica condición muchos se animaron. Ella, bastante chulita, les daba ventaja, pero ni por esas, aceleraba un poco, ganaba con facilidad y, ale, los mataba.

Hasta que apareció por allí el joven Hipómenes, que no era más rápido que ella pero sí más astuto y contaba con la ayuda de la diosa Afrodita, que no entendía el rechazo de la chica por el amor y hasta le sentaba mal, “¿pero por qué no le gusta lo mejor de la vida a esta mujer?, se va a enterar”, se dijo. Le regaló a Hipómenes tres manzanas de oro, procedentes de uno de los árboles del jardín de las Hespérides, lleno de manzanos de frutas doradas que otorgaban la inmortalidad. La treta consistía en dejar caer las manzanas durante la carrera para distraer con su brilli brilli a Atalanta.

Lo cierto es que Atalanta ya estaba enamorada de Hipómenes sin ella misma saberlo, era un sentimiento nuevo para ella y no lograba identificar esa ternura que sentía al contemplar al joven y la pena que le estaba entrando porque sabía que ella era más rápida y tendría que matarlo. Tal vez por eso se paró a recoger la primera manzana y también la segunda, aun así iba ganando, pero cuando Hipómenes tiró el tercer fruto dorado a sus pies, Atalanta se detuvo un poco más de la cuenta y por primera vez, perdió.

Se casaron y la unión fue feliz, los dos se amaban. En una ocasión en la que volvían de regreso de un viaje entraron a descansar en el templo de la diosa Cibeles, les entró un irrefrenable deseo y no se contuvieron.  Buena se puso la diosa por lo que ella consideró una falta de respeto intolerable. “Pues ahora os convierto en leones, para que os vayáis enterando”. Los antiguos griegos pensaban que los leones no se apareaban entre ellos sino con leopardos o con panteras, por lo que el castigo era doble. Y no satisfecha con eso, la diosa  no los dejó libres sino que los utilizó como bestias de tiro para su carro y así por toda la eternidad.

Me hubiera gustado otro final mejor para Atalanta, no se merecía este  tan cruel pero el mito es así, termina mal. Lloro por la niña rechazada y abandonada, por la chica libre y valiente que, tras enfrentarse a tantas injusticias sin arredrarse, justo cuando amaba y era amada fue por siempre esclavizada.