Día: 14 abril, 2021

Cien ojos emplumados

Zeus, padre de todos los dioses, director general del Olimpo y de los cielos, estaba casado con Hera pero no se caracterizaba precisamente por su fidelidad. Su mujer estaba bastante harta de sufrir sus traiciones y  engaños. En esta ocasión Zeus se había enamorado de una de las sacerdotisas de Hera, llamada Ío.

Era un día radiante de sol pero para que Hera no le viera en sus escarceos y devaneos, Zeus arrojó al mundo una espesa niebla y convirtiéndose él mismo en nube (por algo Homero lo llama el recolector de nubes, qué bonito oficio este) se aproximó a su nueva amada de tan gaseosa e invisible manera.

Pero Hera, al ver cómo  el sol desaparecía de forma tan repentina y una niebla venida de no se sabía dónde tapaba las formas de todas las cosas, sospechó. Buscó a Zeus por los bares del Olimpo que solía frecuentar pero nada, que no estaba.  Cada vez más nerviosa comenzó a caminar por aquí y por allá hasta que pilló a su marido en plena acción.

Te vas a enterar tú de lo que es bueno, le dijo, ahora mismo te convierto a la chica en una ternera blanca y se te acabó el amorío, majo. Y eso hizo, pero como seguía sin fiarse de Zeus y pensaba que hasta con la ternera le podía ser infiel llamó a su amigo  Argos y lo puso al lado de la transformada Ío.  Quédate junto a la vaquita y no me la pierdas de vista, le ordenó.

Argos Panoptes, el de todos los ojos, era un gigante con cien óculos al que no se le escapaba ni media. Cuando estaba cansado, se dormía con cincuenta ojos cerrados pero mantenía abiertos los otros cincuenta, así que ni de día ni de noche ni a la hora de la siesta, momento sagrado para él, dejaba de estar vigilante.

A Argos le pareció un encargo de los fáciles, recientemente había tenido que liquidar a la Equidna, una ninfa monstruosa.  “En peores plazas he toreado”, se dijo utilizando un símil taurino, tal vez porque la visión de la ternera le llevara a esos terrenos o porque por pereza mental escogió esa frase hecha. Se sentó al lado de la ternerita debajo de un olivo y a verlas venir con sus cien ojos.

Lo que no sabía él es que Zeus también tenía sus propios planes, no le gustaba que le llevaran la contraria ni que le cortaran el rollo, natural, eso no nos gusta a nadie.  Llamó a Hermes (Mercurio para los romanos), el dios mensajero, maestro del ingenio y de la astucia. Le dio la forma de un pájaro para que volara rápido  hasta el olivo y una vez allí se convirtió en pastor,  se sentó en la piedra de enfrente y, como quién no quiere la cosa, se puso a tocar en su flauta dulce una melodía más dulce todavía. Tan, tan dulce y suave  que Argos cerró cincuenta ojos pero  al rato también los otros cincuenta por primera vez en su vida.

Hermes aprovechó el momento para arrearle en la cabeza con una piedra afilada o para decapitarle, no lo tengo claro. Fuera cual fuese el método, el gigante murió. Hera, para resarcir a Argos, pegó  con mucha paciencia y cuidado los cien ojos de su amigo en la cola de un pavo real, su ave favorita, y allí se quedaron, temblando entre las plumas.

Después, para vengarse de Ío, ató a uno de sus cuernos un tábano que la picaba sin parar, esto la impulsó  a correr para librarse del insecto, corrió tanto que se hizo un larguísimo viaje.

Primero atravesó el mar Jónico que se llama así por ella (Ionio en italiano), se dio unas vueltas por Iliria, Tracia y  el Caúcaso donde se encontró con el pobre Prometeo encadenado, le saludó, le deseó suerte y comprobó que otros estaban peor que ella.

En África pasó junto a las  Grayas, personificaciones de la vejez eterna. Quita, quita, pensó la ternerita, estas también están peor que yo, que por lo menos soy joven aunque tenga una mosca que no para de picarme. Y  más tarde con las Gorgonas, que también eran finas. Evitó mirarlas pues si lo hacía se convertiría en piedra. Y ya bastante tenía con ser ternera mosqueada.

Por fin llegó a Egipto donde la esperaba Zeus que la devolvió, a base de besos y caricias, a su condición mujeril.

En resumen, que si veis a un pavo real que, por cierto,  están ahora en celo y pegan unos aullidos maullidos que son de temer, y despliega su bella cola para atraer a las damas pavas, fijaos en esos ojitos que  la adornan.

Los del gigante Argos son. Que lo dice el mito.

Los ojos de Argos