Mes: mayo 2021

Baldosa rota

A Maria del Rosario y a mí nos invitaron a un evento, ¡la de tiempo que hacía que no teníamos nada así, que no íbamos a ningún sitio destacado, que no nos vestíamos de fiesta! Yo estaba como loca de contenta, mi Mari Rose, como yo le llamo, no tanto. Cuando nos dijo Irma, la secretaria del jefe, que nos iban a invitar también a nosotras se quedó muy quieta en su silla, como si le hubiera dado una parálisis repentina y luego,- por suerte que no era eso-, giró la cabeza y se puso a mirar por la ventana con esa cara suya de  “yo no soy de este mundo”.

Pero Rosarilla, ¿te has percatao?,  ¡que nos vamos de evento! Y no cualquier evento, no, he oído que va gente de la televisión y hasta algún embajador. Madre mía, qué nervios, ¿qué nos ponemos?, tendremos que ir de compras, vamos a ir divinas de la muerte las dos, eso tenlo por seguro.

Me respondió con un “buffff”, igual que cuando se deja salir el aire de un globo. Bah, le dolería algo, a veces tiene eso de las cervicales que se le agarrotan y luego, lo de sus problemas familiares pero, como le digo siempre, problemas tenemos todos, guapa, y solo se vive una vez. A las penas, garrotazos.  

De la tele, ¿quién iría? En la tele hay tantos…los embajadores me dan más igual, parecen más aburridos,  tampoco creo que se los pueda distinguir a simple vista, si acaso por su dominio del saber estar y por su acento extranjero.

Resumiendo: nos fuimos de tiendas. Hacía una tarde, ¡qué tarde!, primavera en estado puro, el cielo azul resplandeciente, las calles animadísimas, rosas plantadas en los bulevares, ay, ¡una  alegría que me estaba entrando por la espina dorsal, un subidón! Mari Rose refunfuñaba, es que no le gusta ir de tiendas, pero te guste o no,  hay que ir de vez en cuando, no queda más remedio,  sobre todo si te invitan a un evento y de fondo de armario lo más que tienes es polvo.

Entramos en una tienda que por el escaparate me dio buen rollo, la dependienta nos sacó varios vestidos y los desplegó sobre el mostrador. Uno era de color verde con volantes por arriba y por abajo, me encantó,  pero a ella no se le ocurrió nada mejor que decir que parecía un disfraz de lechuga, del otro, uno morado monísimo, que le recordaba a una vestimenta arzobispal. Al final se metió a probarse el tercero, uno gris brillante con un frunce.

Sienta de maravilla, ya lo verá, dijo la vendedora,  no es lo mismo verlo en la percha que puesto, la ropa hay que probársela.

Toda la razón tenía la mujer.  

¿A que huele aquí?, preguntó María del Rosario antes de meterse al probador con el traje gris del frunce.

Es nuestra fragancia personalizada, contestó con satisfacción la vendedora, marca de la tienda, si le agrada tenemos  unos perfumes para el hogar a su disposición.

Pero ¿cómo me va a agradar  este tufo? Tengo la sensación de que ha cobrado forma, siento como si tuviera brazos y me quisiera asfixiar.

Esto me lo dijo a mí, de probador a probador, confío en que no lo oyera la otra porque era muy simpática, estaba haciendo su trabajo y nos atendía muy bien,  esos comentarios no se deben hacer, pero María del Rosario es así.

Los probadores eran muy graciosos, tenían puertas batientes como en los bares del oeste, se cerraban con un ganchito. Dentro, los colgadores para dejar la ropa, no eran perchas propiamente dichas sino las ruedas de unos grifos de tipo industrial. Me encantó. Se lo dije: Mari Rose, qué monos son los probadores, ¿te has fijado en lo de las ruedas?

Espero que esa tía no abra el gas, mi puerta no cierra y hay una baldosa medio rota, mira que si me rompo la crisma y tengo que aparecer en urgencias vestida de lagarterana…

Y la oí reírse sola. Por lo menos se reía un poco, porque tiene un punto sieso la pobrecita mía, no sabe que la vida se compone de pequeños momentos y hay que procurar disfrutarlos. Yo estaba disfrutando mi momento probador y mi momento vestido de volantes que, no es por nada, pero me sentaba no bien , lo siguiente. Para romperle los protocolos a cualquier embajador.

La dependienta se acercó a preguntarnos qué tal.

Genial, me lo llevo.

A mí esto no me va, si es que este frunce, ¿para qué se lo pondrán? Es suficiente con una buena tela, un buen corte, una buena caída.

Menos es más, respondió la vendedora queriendo agradar a tan difícil compradora.

Pues por eso, yo aquí veo más, contestó ella. Qué vergüenza me estaba haciendo pasar.

Menos mal que en ese instante salió una mujer de otro de los probadores y desvió la atención de nosotras, tenía la cara muy roja, como si hubiera estado haciendo flexiones y sentadillas en su interior, lo cual no veo muy factible porque el espacio era más bien exiguo pero hay gente pa tó.

Le entregó un montón de ropa a la vendedora y resoplando con disgusto dijo, para comprarse ropa hay que ser muy delgada o tener veinte años.

¿Quiere que le busque otra tallita?, le preguntó la vendedora como con miedo de su reacción.  Pero la otra ya estaba en la calle, huyendo de sí misma, me pareció.

Tallita, tallita, ¿pero por qué lo dice en diminutivo? Es como esas madres que cuando quieren que el niño se coma la comida dicen pescadito y filetito.

Habla más bajo, Mari Rose, que te va a oír y es cordial, lo dice así por amabilidad.  Pues yo te lo veo muy mono y el frunce te queda bien, ajusta en el sitio exacto donde tiene que ajustar ni más arriba ni más abajo.

Te queda ideal, se unió la vendedora,  ese mismo modelo se lo llevó el otro día una clienta que tiene un estilo impresionante, si luego le añades algún complemento lo subes y  pasas de look a lookazo.

Yo esto no me lo llevo pero ni de coña, me confesó María del Rosario cuando la otra se fue. Y menos si se lo ha llevado la del estilo, ¿qué ha querido decir con eso, insultarme o tentarme?

Miramos en otra tienda, si quieres, podemos entrar en muchas más, las que hagan falta hasta que encuentres algo que te guste. Yo me voy a llevar el de los volantes, es muy bonito, tiene movimiento. Me veía ya bailando y volanteando por todo el evento.

Todo esto de las tiendas me causa vacío existencial, dijo mi Mari Rose, que es muy suya, tropezando con la baldosa rota.

Enigmático

Por la acera de los perros va dando tumbos Rafael. Los tumbos  se deben a una lesión en la espalda que lo dejó medio encorvado y que le hace perder el equilibrio. No lo pierde del todo, ha aprendido a vadearse en la inseguridad y con tumbos y todo no deja de salir todos los días, de hacer sus compras y de completar los pasos que le marca la pulsera cacharro.

Lleva un polo de rayas verdes y blancas y un pantalón gris que fue de un traje, la americana no la conserva pero el pantalón sí, en los pies se ha puesto unas deportivas, no le gustan, preferiría unos zapatos bien lustrados pero esas suelas tan finas no le convienen, así que va a la moda sin querer ir.

En su media vuelta por la acera de los perros se ha cruzado con el  hombre del galgo, uno que tiene una tienda de elegancias donde los hombres se pueden hacer trajes a medida. En el escaparate hay libros que nadie leerá, porque son de adorno, esos libros llevan títulos como “el gentleman inglés” o “moda italiana para hombres” o “le parisien”,  todos son libros grandes, de los que no caben en ninguna parte, libros que cuesta llevar de un lado a otro, casi como puertas, de tapas durísimas, con un forro de papel por encima y páginas satinadas con muchas fotos. No es que los haya ojeado pero sabe de qué habla porque él tiene un libro así, es sobre el antiguo Egipto y sus pirámides, se lo regaló uno de sus nietos y la verdad sea dicha, solo lo ha mirado por encima, porque ni fu ni fa las pirámides a él.

Como en la  estantería no le cabía, lo colocó en la mesa baja con la intención de hacer el esfuerzo de leerlo, pero nunca se da el momento propicio. Cuando va a cenar y antes de  empujar las pirámides hasta la esquina, que vaya lo que pesan, lo abre al azar y lee un par de líneas. Al terminar, las coloca de nuevo en el centro de la mesa ¿Por qué no le interesarán  las pirámides con lo colosales que son, por qué no le interesará el Antiguo Egipto? No lo sabe.

El elegante del galgo se ha comportado bien, ha recogido las cacas de su perro y además con  mano salerosa, que no la tiene cualquiera, con garbo propio de monsieur parisien. Rafael lo estaba vigilando para ver si es de esos desalmados que dejan el suelo perdido. Como lo ha hecho bien,- nada que objetar-, ha seguido su recorrido a tumbos hasta situarse bajo la terraza de su amigo Alfon. Tiene suerte el tío, come y cena ahí, al pairo. Desde abajo lo saluda, qué pasa, hombre ¿cómo te va la vida?, está el mundo que da pena, nada más que guerras, que enfermedades, que desastres, pero nosotros no estamos tan mal, yo aquí dando la media vuelta y tú en tu terraza como el  Amenofis.

¿Cómo quién?

Como el Amenofis, un faraón,  ¿no te los conoces? No le interesa el mundo egipcio pero para dejarlo caer  en las conversaciones,  mal no le viene algún dato.  Le llega un olor apestoso a orines de perro recalentados por el sol.

-Esta esquina tiene unos aromas…

A mí me lo vas a decir, si suben hasta la terraza, ¿por qué no subes tú también? Te lo he dicho muchas veces pero nunca quieres, te me resistes, te me resistes.

No quiere, no, es que tiene que dar su media vuelta y si se para pierde la línea. Además, Alfon es pesado, le gusta más ser su amigo desde abajo que al mismo nivel donde la escapada se dificulta. A él le gusta tener vía libre. Ale, que me voy ya, este cacharro me cuenta los pasos, en cuanto cumpla los que tengo que cumplir me voy para casa.

 Ya va a cenar pero antes abre el libro y lee, “es este uno de los lugares más enigmáticos del mundo”. Un poco perplejo mira a su alrededor porque le parece que lo que ha leído se refiere a algo suyo, pero su casa no tiene nada de enigmática, tan bien se la conoce que ni la ve. Empuja las pirámides hasta la esquina, un poco disgustado con ellas y esos mensajes inquietantes que le mandan. Se levanta  y abre la ventana. Que entre el aire, dice.

 Los vencejos vuelan tan deprisa que parece que quisieran rasgar la tela del cielo.

Fuera de sus casillas

Orfeo, desencantado de la vida, se había retirado a  los montes de Ródope. Nada le interesaba ya excepto tocar la lira y enamorar con su música a la naturaleza toda. Árboles, plantas y piedras, hechizados por la belleza de esos sonidos, rompían su inmovilidad y se escapaban para ir a escucharlo. Los ríos trastocaban sus cauces, los pájaros ni a trinar se atrevían y atendían en silencio para aprender de aquel maestro. Hasta las fieras más salvajes se amansaban y preferían el concierto antes que la caza.

A su melancólica manera, Orfeo disfrutaba de una cierta paz aunque ni un solo momento dejaba de pensar en Eurídice a la que por dos veces había perdido. La primera fue en la misma boda, cuando una serpiente la mordió en un pie y con su veneno la mató;  la segunda cuando logró llegar hasta el inframundo para rescatarla. También para ello utilizó la música, con ella doblegó al Can Cerbero, un perro de tres o cincuenta cabezas (no se ponen de acuerdo en el número) que impedía el paso a los vivos y la salida a la muertos y ablandó a los dioses de los submundos, Hades y Perséfone que, conmovidos,  dejaron salir a su mujer.

Como condición le pusieron que en el camino de vuelta, él fuera delante y ella detrás y que no se volviera a mirarla hasta que los rayos del sol bañaran todo su cuerpo. Obedeció, pero le fallaron los cálculos pues cuando ya pensaba que Eurídice estaría iluminada por completo, se giró, la contempló y comprobó con horror que un único pie seguía en la sombra. A esta chica los males le entraban siempre por un pie. Al momento se desvaneció en el aire como si nunca hubiera pisado esta tierra.

Pues una tarde primaveral, de cielos muy azules, temperaturas suaves y vencejos llenando el aire de alegres gritos, un grupo de mujeres decidió soltarse la melena y los instintos y subirse al Ródope a celebrar un rito en honor a Baco o Dionisio. Ellas lo llamaban rito pero más se asemejaba a un descontrolado botellón. Bebieron, se drogaron con sustancias alucinógenas, mataron a unos cuantos animales pequeños y se los comieron, se desnudaron y comenzaron a bailar y a dar gritos más propios de bestias que de humanas. Una de ellas, mientras giraba con los brazos en alto, vio a Orfeo subido en lo alto de un cerro.

Eh, tú el de la música, baja con nosotras y nos amenizas, le sugirió.

Eso, eso, ven aquí, te lo vas a pasar bien, le animaron las demás.

Pero Orfeo con educada indiferencia dijo no, gracias, muy amables pero paso, estoy bien aquí. Y siguió dándole a la lira, muy concentrado.

Ellas sintieron ascender en su interior la rabia del rechazo, estaban borrachas y drogadas y los buenos sentimientos, si es que los tenían, se los habían dejado en casa. Les fastidiaba la imperturbabilidad del hombre, les llenaba de ira que siguiera tocando su música, que las ignorase de ese modo tan grosero.

Ya que no quiere unirse a nosotras y parece tan tranquilo, vamos por lo menos a sacarlo de sus casillas, dijo una. Y le lanzó una rama que le dio en la boca. Esa primera rama no le hirió pero después vino una piedra y luego otra y otra, las mujeres daban palmas, excitadas, tocaban con furia sus flautas en forma de cuerno, sus tímpanos y tambores, aullaban con desafuero. Con todo ese jaleo consiguieron imponerse y acallar la voz del cantor, que era lo que querían. Y arreció la lapidación.

Andaban por ahí también unos campesinos arando los campos, horrorizados por el espectáculo de las bacantes, salieron corriendo y dejaron sus aperos tirados sobre la tierra. Rastrillos, azadas y azadones les sirvieron a ellas para despedazar al ya medio muerto Orfeo.

De sus casillas, si es que por casillas se puede entender a nuestro cuerpo mortal, el que por un lado nos distingue pero también nos limita y separa, le habían sacado. Su alma se escapó por la ensangrentada boca y voló liberada.

Cuenta Ovidio que mientras, en la tierra, le lloraron todos los animales, los bosques y hasta las duras piedras, que los árboles perdieron de golpe todas sus hojas, que los ríos se secaron y que las ninfas del lugar se enlutaron vistiéndose con túnicas de lino negro.

A todo esto, la cabeza y la lira de Orfeo bajaban por el río Hebro, de la lira seguía brotando música aunque era tristísima y de la cabeza, poemas, el nombre amado, profecías…Cuando ya llegaba al mar, cerca de la isla de Lesbos, se la quiso comer una serpiente  por lo que Apolo, el padre de Orfeo, la transformó en roca.

Pero lo que le ocurriera a su desperdigada carcasa ya no le importaba nada a Orfeo, su sombra había descendido bajo tierra y ya abrazaba a la de Eurídice con amor apasionado

Juntos caminan ya para siempre, muy felices, fuera por completo de sus casillas.

En mayo (un poema de Adam Zagajewski)

En mayo, atravesando el bosque al alba

me preguntaba dónde estabais, almas

de los muertos. Dónde estabais, jóvenes

desaparecidos, dónde estabais, del todo

transfigurados.

En el bosque reinaba el gran silencio

y oía soñar las hojas verdes,

oía soñar a las cortezas, hechas para construir

barquitas, naves, velas.

Luego, arrancó lentamente el gorjeo de los

pájaros, jilgueros, tordos y mirlos ocultos

en los balcones del ramaje; cada uno hablaba distinto,

con otra voz, sin pedir nada, sin

amargura ni pena

Y comprendí que en el canto estabais,

inalcanzables como la música, indiferentes como

notas, lejos de nosotros como nosotros

de nosotros mismos.