Día: 11 mayo, 2021

Fuera de sus casillas

Orfeo, desencantado de la vida, se había retirado a  los montes de Ródope. Nada le interesaba ya excepto tocar la lira y enamorar con su música a la naturaleza toda. Árboles, plantas y piedras, hechizados por la belleza de esos sonidos, rompían su inmovilidad y se escapaban para ir a escucharlo. Los ríos trastocaban sus cauces, los pájaros ni a trinar se atrevían y atendían en silencio para aprender de aquel maestro. Hasta las fieras más salvajes se amansaban y preferían el concierto antes que la caza.

A su melancólica manera, Orfeo disfrutaba de una cierta paz aunque ni un solo momento dejaba de pensar en Eurídice a la que por dos veces había perdido. La primera fue en la misma boda, cuando una serpiente la mordió en un pie y con su veneno la mató;  la segunda cuando logró llegar hasta el inframundo para rescatarla. También para ello utilizó la música, con ella doblegó al Can Cerbero, un perro de tres o cincuenta cabezas (no se ponen de acuerdo en el número) que impedía el paso a los vivos y la salida a la muertos y ablandó a los dioses de los submundos, Hades y Perséfone que, conmovidos,  dejaron salir a su mujer.

Como condición le pusieron que en el camino de vuelta, él fuera delante y ella detrás y que no se volviera a mirarla hasta que los rayos del sol bañaran todo su cuerpo. Obedeció, pero le fallaron los cálculos pues cuando ya pensaba que Eurídice estaría iluminada por completo, se giró, la contempló y comprobó con horror que un único pie seguía en la sombra. A esta chica los males le entraban siempre por un pie. Al momento se desvaneció en el aire como si nunca hubiera pisado esta tierra.

Pues una tarde primaveral, de cielos muy azules, temperaturas suaves y vencejos llenando el aire de alegres gritos, un grupo de mujeres decidió soltarse la melena y los instintos y subirse al Ródope a celebrar un rito en honor a Baco o Dionisio. Ellas lo llamaban rito pero más se asemejaba a un descontrolado botellón. Bebieron, se drogaron con sustancias alucinógenas, mataron a unos cuantos animales pequeños y se los comieron, se desnudaron y comenzaron a bailar y a dar gritos más propios de bestias que de humanas. Una de ellas, mientras giraba con los brazos en alto, vio a Orfeo subido en lo alto de un cerro.

Eh, tú el de la música, baja con nosotras y nos amenizas, le sugirió.

Eso, eso, ven aquí, te lo vas a pasar bien, le animaron las demás.

Pero Orfeo con educada indiferencia dijo no, gracias, muy amables pero paso, estoy bien aquí. Y siguió dándole a la lira, muy concentrado.

Ellas sintieron ascender en su interior la rabia del rechazo, estaban borrachas y drogadas y los buenos sentimientos, si es que los tenían, se los habían dejado en casa. Les fastidiaba la imperturbabilidad del hombre, les llenaba de ira que siguiera tocando su música, que las ignorase de ese modo tan grosero.

Ya que no quiere unirse a nosotras y parece tan tranquilo, vamos por lo menos a sacarlo de sus casillas, dijo una. Y le lanzó una rama que le dio en la boca. Esa primera rama no le hirió pero después vino una piedra y luego otra y otra, las mujeres daban palmas, excitadas, tocaban con furia sus flautas en forma de cuerno, sus tímpanos y tambores, aullaban con desafuero. Con todo ese jaleo consiguieron imponerse y acallar la voz del cantor, que era lo que querían. Y arreció la lapidación.

Andaban por ahí también unos campesinos arando los campos, horrorizados por el espectáculo de las bacantes, salieron corriendo y dejaron sus aperos tirados sobre la tierra. Rastrillos, azadas y azadones les sirvieron a ellas para despedazar al ya medio muerto Orfeo.

De sus casillas, si es que por casillas se puede entender a nuestro cuerpo mortal, el que por un lado nos distingue pero también nos limita y separa, le habían sacado. Su alma se escapó por la ensangrentada boca y voló liberada.

Cuenta Ovidio que mientras, en la tierra, le lloraron todos los animales, los bosques y hasta las duras piedras, que los árboles perdieron de golpe todas sus hojas, que los ríos se secaron y que las ninfas del lugar se enlutaron vistiéndose con túnicas de lino negro.

A todo esto, la cabeza y la lira de Orfeo bajaban por el río Hebro, de la lira seguía brotando música aunque era tristísima y de la cabeza, poemas, el nombre amado, profecías…Cuando ya llegaba al mar, cerca de la isla de Lesbos, se la quiso comer una serpiente  por lo que Apolo, el padre de Orfeo, la transformó en roca.

Pero lo que le ocurriera a su desperdigada carcasa ya no le importaba nada a Orfeo, su sombra había descendido bajo tierra y ya abrazaba a la de Eurídice con amor apasionado

Juntos caminan ya para siempre, muy felices, fuera por completo de sus casillas.