Día: 22 mayo, 2021

Enigmático

Por la acera de los perros va dando tumbos Rafael. Los tumbos  se deben a una lesión en la espalda que lo dejó medio encorvado y que le hace perder el equilibrio. No lo pierde del todo, ha aprendido a vadearse en la inseguridad y con tumbos y todo no deja de salir todos los días, de hacer sus compras y de completar los pasos que le marca la pulsera cacharro.

Lleva un polo de rayas verdes y blancas y un pantalón gris que fue de un traje, la americana no la conserva pero el pantalón sí, en los pies se ha puesto unas deportivas, no le gustan, preferiría unos zapatos bien lustrados pero esas suelas tan finas no le convienen, así que va a la moda sin querer ir.

En su media vuelta por la acera de los perros se ha cruzado con el  hombre del galgo, uno que tiene una tienda de elegancias donde los hombres se pueden hacer trajes a medida. En el escaparate hay libros que nadie leerá, porque son de adorno, esos libros llevan títulos como “el gentleman inglés” o “moda italiana para hombres” o “le parisien”,  todos son libros grandes, de los que no caben en ninguna parte, libros que cuesta llevar de un lado a otro, casi como puertas, de tapas durísimas, con un forro de papel por encima y páginas satinadas con muchas fotos. No es que los haya ojeado pero sabe de qué habla porque él tiene un libro así, es sobre el antiguo Egipto y sus pirámides, se lo regaló uno de sus nietos y la verdad sea dicha, solo lo ha mirado por encima, porque ni fu ni fa las pirámides a él.

Como en la  estantería no le cabía, lo colocó en la mesa baja con la intención de hacer el esfuerzo de leerlo, pero nunca se da el momento propicio. Cuando va a cenar y antes de  empujar las pirámides hasta la esquina, que vaya lo que pesan, lo abre al azar y lee un par de líneas. Al terminar, las coloca de nuevo en el centro de la mesa ¿Por qué no le interesarán  las pirámides con lo colosales que son, por qué no le interesará el Antiguo Egipto? No lo sabe.

El elegante del galgo se ha comportado bien, ha recogido las cacas de su perro y además con  mano salerosa, que no la tiene cualquiera, con garbo propio de monsieur parisien. Rafael lo estaba vigilando para ver si es de esos desalmados que dejan el suelo perdido. Como lo ha hecho bien,- nada que objetar-, ha seguido su recorrido a tumbos hasta situarse bajo la terraza de su amigo Alfon. Tiene suerte el tío, come y cena ahí, al pairo. Desde abajo lo saluda, qué pasa, hombre ¿cómo te va la vida?, está el mundo que da pena, nada más que guerras, que enfermedades, que desastres, pero nosotros no estamos tan mal, yo aquí dando la media vuelta y tú en tu terraza como el  Amenofis.

¿Cómo quién?

Como el Amenofis, un faraón,  ¿no te los conoces? No le interesa el mundo egipcio pero para dejarlo caer  en las conversaciones,  mal no le viene algún dato.  Le llega un olor apestoso a orines de perro recalentados por el sol.

-Esta esquina tiene unos aromas…

A mí me lo vas a decir, si suben hasta la terraza, ¿por qué no subes tú también? Te lo he dicho muchas veces pero nunca quieres, te me resistes, te me resistes.

No quiere, no, es que tiene que dar su media vuelta y si se para pierde la línea. Además, Alfon es pesado, le gusta más ser su amigo desde abajo que al mismo nivel donde la escapada se dificulta. A él le gusta tener vía libre. Ale, que me voy ya, este cacharro me cuenta los pasos, en cuanto cumpla los que tengo que cumplir me voy para casa.

 Ya va a cenar pero antes abre el libro y lee, “es este uno de los lugares más enigmáticos del mundo”. Un poco perplejo mira a su alrededor porque le parece que lo que ha leído se refiere a algo suyo, pero su casa no tiene nada de enigmática, tan bien se la conoce que ni la ve. Empuja las pirámides hasta la esquina, un poco disgustado con ellas y esos mensajes inquietantes que le mandan. Se levanta  y abre la ventana. Que entre el aire, dice.

 Los vencejos vuelan tan deprisa que parece que quisieran rasgar la tela del cielo.