Día: 7 junio, 2021

Quedan avisados

“Queridos amigos, esta película destila emociones por sus cuatro costados. Solo tengo una palabra para definirla: joya.” Se rascó pensativo una ceja y antes de subir la crítica a internet bajo el seudónimo de Olmo, la repasó una vez más y se sintió satisfecho. Era buena, mejor que buena, era como la misma película que reseñaba: una joya. Pequeña, cierto, pero reluciente.

¿Puedes hacer  caso a la niña un rato? gritó ella desde el otro cuarto.

Samuel no contestó, le molestaba que le hablase a través del tabique.  Se asomó a la ventana, en la acera de enfrente había un taller de coches y al lado un solar en el que habían colocado un cartelón enorme, “Vicopal, familiarízate”, se leía. Vicopal debía de ser una constructora. De momento, el solar estaba lleno de margaritas y otras flores silvestres. En el cartel aparecía una familia compuesta por un hombre y una mujer, ambos jóvenes y guapos, con un niño y una niña de la mano.  Paseaban plenos de felicidad por un campo de verdad.

Samuel se volvió a sentar para releer la reseña, le gustaba que quedara perfecta y aunque antes ya le había parecido que no había nada que corregir quería darle el último vistazo y añadirle su coletilla habitual. “No les dejará levantarse de la silla, quedan avisados”

Que si puedes hacer un poco de caso a la niña, te he dicho.

Esta vez ella no le estaba hablando a través del tabique, asomaba su cara por la puerta, la niña venía detrás, dando saltos.

¿Te peino, papá? Llevaba en la mano un peine de plástico de color rojo, el que usaba para sus muñecas.

Ahora no, cariño, papá está terminando una cosita pero después jugamos al escondite.

No, después, no, jugáis ahora, tengo una conferencia, ¿puedes levantarte de la silla?

A Samuel esa frase le sobresaltó, ¿es que acaso ella leía sus críticas cinematográficas y se trataba de una ironía? Mucho lo dudaba, el archivo tenía una clave y él siempre firmaba como Olmo, habría sido una coincidencia.

La niña le pasó el peine por el pelo y luego, sin querer,  se lo metió en un ojo.

¿Te has hecho daño?, te curo ahora con una tirita.

Samuel se temió que quisiera ir a por su maletín de médico de juguete y aplicarle todos los remedios.

No, mejor salimos a dar un paseo, ¿quieres?

Fueron caminando hasta el pequeño parque del barrio. Mientras su hija iba cosechando piropos y simpáticos saludos a los que respondía sonriente y moviendo su pequeña mano como una mini diva, él iba pensando en la siguiente película que pensaba reseñar.

“Es una radiografía de sentimientos encontrados, presenta una visión descarnada de la vida en pareja”, parecía, por cómo a veces le caían del cielo, que alguien le dictaba esas frases pero no, se le ocurrían a él solo.Ya sabía que si no las apuntaba en el momento, volarían. La anotó en las notas del móvil aprovechando que se acababan de parar en un semáforo.

En el parque se encontró con el padre de otro niño con el que a veces hablaba o más bien era el otro el que hablaba. Era simpático y parecía un buen tío, pero Samuel sabía que no tenían nada en común, así que nunca le había contado que hacía críticas de cine, en realidad no se lo había dicho a casi nadie, era su pasión secreta. Y las pocas veces que lo había contado se había arrepentido, como si se estuviera traicionando y estropeando esa parte de su vida que tanto le gustaba.

Mientras los niños jugaban, el otro padre comenzó a hablarle de una casa que se estaba construyendo en el campo. He puesto en ella muchos sueños, dijo. Va a tener chimenea, futbolín y un barra de bar. Muchos sueños tengo en esa casa, mucha ilusión, repitió. Los columpios subían y bajaban, unos gorriones picoteaban unos restos de patatas fritas.

“Ante tan buen hacer cinematográfico, el espectador termina por sucumbir. No exagero si digo que esta puede ser la propuesta visual más hermosa de la historia del séptimo arte”, tenía que apuntarlo como fuera.

Perdona, le dijo al de la casa llena de  sueños, tengo que contestar a un mensaje.

Nos tienen fichados, ¿eh?, todo el día conectados queramos o no. Cuando esté en la casa del campo voy a esconder el móvil y demás dispositivos electrónicos debajo de la piedra más grande que encuentre.

Samuel hizo un gesto de asentimiento con la cabeza aunque él no deseaba prescindir de la tecnología, al contrario, y se  apartó un poco para escribir la frase en sus notas. Estaba deseando llegar a casa para sentarse frente al ordenador y ponerse a redactar la nueva reseña.

¡Ya estamos aquí!, se anunció al entrar. Ella salió del cuarto y le hizo un gesto brusco pidiéndole silencio,  llevaba puestos los pantalones del pijama y por arriba una camisa azul de vestir, se había pintado los ojos.

Estoy en una conferencia, dijo en voz baja, estresada.

¿Jugamos a las tiendas, papi?

Vale, dijo él.

Ese juego era soporífero, la niña se sentaba en una silla de su cuarto y él tenía que entrar y simular que compraba algo, hacían pagos imaginarios y ella le daba artículos también imaginarios. Por algún motivo extraño, era una tendera  seria, taciturna y muy poco amable, como si en el juego sacara la parte contraria de su personalidad que en la realidad era alegre y expansiva.

 Entró y salió varias veces interpretando a distintos compradores pero su mente no estaba ahí, la voz del crítico se había embalado y acababa de soltarle, “es capaz de combinar el drama y la comedia a velocidad vertiginosa, rodada con brío y soltura resulta una maravilla de principio a fin. Uno de los grandes regalos que los dioses nos han hecho a los mortales”

¿Plátanos o mandarinas?, le dio a escoger la antipática niña frutera

Fingió que hacía la compra, que salía de la tienda y abrió el portátil. Se sentó a escribir, “lograr todo esto no es tan fácil, no se crean, se quedarán pegados al sofá, quedan avisados”.

Uno baña a la niña y otro hace la cena, dijo ella, irrumpiendo con su extraño conjunto de teletrabajo. Samu, reacciona, ¿puedes aterrizar y despegarte del sofá? Estoy agotada.

Vicopal, familiarízate, le vino tontamente a la cabeza.