Día: 14 junio, 2021

La oferta

Fue a la cocina a mirar el reloj. Le gustaba mirar ese  porque tenía los números grandes. Era un reloj hecho expresamente para estar colgado en una cocina, en cada hora había un alimento o un utensilio relacionado con el comer o el cocinar. A las doce había una tetera, a la una unos espárragos, a las cuatro un tenedor, a las ocho una cazuela, a las siete una manzana y así. Además la esfera era un plato. Ese reloj estaba predestinado.

Todavía no eran las cinco, faltaban diez minutos. Isaías dudó si tomarse ya el café o esperar para después de la llamada. Eligió esperar para que no se le acumularan los momentos buenos, primero uno y luego otro con su correspondiente disfrute. Alberto era muy puntual, ya lo venía comprobando y si había dicho le llamo mañana a las cinco, estaba seguro que a las cinco clavadas iba a llamar. El chico tenía su agenda y la cumplía a rajatabla.

Se lo imaginaba rubio, delgadito, con un cinturón sujetándole los pantalones y una camisa de manga corta con algún tipo de estampado, se lo imaginaba inquieto, se imaginaba que tenía una abuela más bien robusta y que comía con ella algunos días y se imaginaba que tenía novio. Al novio ya no se lo podía imaginar, tampoco el lugar desde donde le llamaba y eso que había hecho esfuerzos pero no le salía ningún lugar físico donde ubicarlo, así que el chico flotaba en el espacio. Estaba claro que desde donde le llamaba  habría muchas mesas pegadas y teléfonos y cada cual llevaría puestos auriculares,  pero eso no se lo había imaginado, es que lo había visto en un reportaje de la televisión.

Sonó el teléfono ¡Digame!, dijo exclamativamente, ya sabía quién era pero había que mantener el disimulo.

Buenas tardes, Isaías, soy Alberto, ¿ya ha reflexionado sobre la oferta que le hemos hecho?

Reflexionar he reflexionado, Alberto, majo, pero es que yo de estas cosas no entiendo mucho y como mañana o pasado va a venir mi hijo he pensado que mejor se lo voy a consultar antes a él, ¿te parece?

Por supuesto, cuatro ojos ven más que dos, consúltelo y yo le vuelvo a llamar, ¿cuándo le viene bien que le llame?, ¿mañana o pasado?

Pero que si quieres explicarme otra vez la oferta, a ver si me aclaro, tampoco estaría mal.

Yo de usted no la dejaría pasar porque es una oferta muy buena, le regalamos un teléfono y la tarifa se le queda igual que estaba, lo único a lo que tiene que comprometerse es a la permanencia.

Sí, sí, yo permanezco, por eso no te preocupes tú, permanecer, permanezco.

No le va a suponer más gastos, lo comido por lo servido, dijo el chico.

Esas frases le gustaban mucho a Isaías, seguro que se las había oído a esa abuela con la que comía y luego las repetía para fomentar la cercanía con los clientes mayores, como él.

Le dio un poco de pena estarle mareando tanto porque desde el primer día ya sabía que  no iba a aceptar la oferta, no necesitaba otro teléfono y no estaba él para líos con ninguna compañía de esas pero es que le gustaba que le llamara cada tarde, puntualmente y el chico también le gustaba, era muy simpático y alegre y ¿quién no quiere oír una voz alegre?

Mejor llámame mañana que ya lo tendré decidido.

Eso le iba a decir, dijo el alegre, que se dé prisa porque la oferta expira en unos días.

Bueno, bueno, pues hasta mañana a las cinco.

Ahora se iba a tomar el café, tranquilamente. Luego, ya vería lo que hacía para ir pasando sobre la tarde. Mañana le diría que no a Alberto, no habría más llamadas, eso era lo malo.

Alguien había puesto música por el patio de la cocina, una canción que decía, “menos mal que tú llegaste,  menos mal que no era tarde. que conseguiste darle la vuelta a este desastre”. Bah, dijo dando un manotazo al aire, apartando nada.