La oferta

Fue a la cocina a mirar el reloj. Le gustaba mirar ese  porque tenía los números grandes. Era un reloj hecho expresamente para estar colgado en una cocina, en cada hora había un alimento o un utensilio relacionado con el comer o el cocinar. A las doce había una tetera, a la una unos espárragos, a las cuatro un tenedor, a las ocho una cazuela, a las siete una manzana y así. Además la esfera era un plato. Ese reloj estaba predestinado.

Todavía no eran las cinco, faltaban diez minutos. Isaías dudó si tomarse ya el café o esperar para después de la llamada. Eligió esperar para que no se le acumularan los momentos buenos, primero uno y luego otro con su correspondiente disfrute. Alberto era muy puntual, ya lo venía comprobando y si había dicho le llamo mañana a las cinco, estaba seguro que a las cinco clavadas iba a llamar. El chico tenía su agenda y la cumplía a rajatabla.

Se lo imaginaba rubio, delgadito, con un cinturón sujetándole los pantalones y una camisa de manga corta con algún tipo de estampado, se lo imaginaba inquieto, se imaginaba que tenía una abuela más bien robusta y que comía con ella algunos días y se imaginaba que tenía novio. Al novio ya no se lo podía imaginar, tampoco el lugar desde donde le llamaba y eso que había hecho esfuerzos pero no le salía ningún lugar físico donde ubicarlo, así que el chico flotaba en el espacio. Estaba claro que desde donde le llamaba  habría muchas mesas pegadas y teléfonos y cada cual llevaría puestos auriculares,  pero eso no se lo había imaginado, es que lo había visto en un reportaje de la televisión.

Sonó el teléfono ¡Digame!, dijo exclamativamente, ya sabía quién era pero había que mantener el disimulo.

Buenas tardes, Isaías, soy Alberto, ¿ya ha reflexionado sobre la oferta que le hemos hecho?

Reflexionar he reflexionado, Alberto, majo, pero es que yo de estas cosas no entiendo mucho y como mañana o pasado va a venir mi hijo he pensado que mejor se lo voy a consultar antes a él, ¿te parece?

Por supuesto, cuatro ojos ven más que dos, consúltelo y yo le vuelvo a llamar, ¿cuándo le viene bien que le llame?, ¿mañana o pasado?

Pero que si quieres explicarme otra vez la oferta, a ver si me aclaro, tampoco estaría mal.

Yo de usted no la dejaría pasar porque es una oferta muy buena, le regalamos un teléfono y la tarifa se le queda igual que estaba, lo único a lo que tiene que comprometerse es a la permanencia.

Sí, sí, yo permanezco, por eso no te preocupes tú, permanecer, permanezco.

No le va a suponer más gastos, lo comido por lo servido, dijo el chico.

Esas frases le gustaban mucho a Isaías, seguro que se las había oído a esa abuela con la que comía y luego las repetía para fomentar la cercanía con los clientes mayores, como él.

Le dio un poco de pena estarle mareando tanto porque desde el primer día ya sabía que  no iba a aceptar la oferta, no necesitaba otro teléfono y no estaba él para líos con ninguna compañía de esas pero es que le gustaba que le llamara cada tarde, puntualmente y el chico también le gustaba, era muy simpático y alegre y ¿quién no quiere oír una voz alegre?

Mejor llámame mañana que ya lo tendré decidido.

Eso le iba a decir, dijo el alegre, que se dé prisa porque la oferta expira en unos días.

Bueno, bueno, pues hasta mañana a las cinco.

Ahora se iba a tomar el café, tranquilamente. Luego, ya vería lo que hacía para ir pasando sobre la tarde. Mañana le diría que no a Alberto, no habría más llamadas, eso era lo malo.

Alguien había puesto música por el patio de la cocina, una canción que decía, “menos mal que tú llegaste,  menos mal que no era tarde. que conseguiste darle la vuelta a este desastre”. Bah, dijo dando un manotazo al aire, apartando nada.

24 comentarios en “La oferta

  1. Un alimento en cada hora… vaya, sé de lo que hablas. No es que quiera hacerle publicidad a cierto gigante de internet (A… ), pero es que durante la pandemia, al principio, anduve buscando un reloj para el comedor (redondo, fondo amarillo, manecillas y números blancos) y eso me hizo repasar páginas y páginas de relojes. Alucinante. Y claro, entraban los de cocina. No sé si tú has chafardeado. Realmente te encuentras todo lo imaginable. Es como dices, relojes con todo tipo de alimentos, tazas, cubiertos… lo que sea, y formas también. Muy originales, llamativos, bonitos. Otra cosa es la durabilidad, calidad… (el amarillo escogido se escacharró a los pocos meses).
    Buen relato. Refleja muchas cosas. Así que a Isaías “le gusta” Alberto, y le cae bien. Con comillas o sin ellas, no sé. Llama la atención lo de “se imaginaba que tenía novio”, algo en lo que no entras.
    También está la soledad de la gente mayor, la necesidad de hablar con alguien, el contacto humano, etc. Un poco “cruel” ya saber que le va a dar calabazas con el tema oferta. Así que de alguna manera Isaías se aprovecha de Alberto. No sé si es fuerte decir esto… le vampiriza. Va, le perdonamos.
    Con el asunto “compromiso de permanencia” me ha hecho mucha gracia, pues yo jamás he empleado la expresión “permanecer, permanezco”. Sería muy hilarante, creo.
    Besos.

    1. Lo del reloj era solo por poner un detalle y porque me hacen gracia esos objetos como destinados a un lugar determinado. Si el tuyo se rompió al poco tiempo seguramente era made in China, como todo, en realidad, lo venda A…o la tienda de la esquina.
      Le gusta Alberto en el sentido de que le cae bien y sobre todo porque le hace compañía. Y luego se imagina cosas sobre él, no sé si acertadas.
      Y permanecer, permanece.
      Besos

      1. “Permanecer, permanece”… jajaja. El budismo, que tanto hincapié hace en que todo es impermanente, no sé qué diría al respecto. Y sí, made in China. Cómo lo sabes…

  2. Pícaro viejecito, linda forma de encontrar unas palabras alegres al día, me gustó la historia tiene un dejo a soledad simpática, que busca instantes para ser disfrutados y saboreados, un abrazo grande

    1. Se las tiene que apañar para retener esa voz simpática. Si es necesario mentir un poco, no pasa nada. El otro también miente aunque por otros motivos

      Abrazo, Themis.

    1. Es un poco penoso.
      Pero que sepan los pesados que llaman a las casas que en algunos casos están cumpliendo una labor social.
      El otro día vi en un reportaje sobre Japón que se alquilan actores para que finjan que son tus familiares y te hagan un rato de compañía
      Tremendo.

      Besos

      1. Me he tronchado con el comentario de Toro. Desde luego es la hostia en patinete.
        Los comerciales mira que llegan a ser pesados, cierto. Y sin llamar físicamente a la puerta. Bueno, los japoneses… otros que son la hostia. Sorprendentes en muchos aspectos.

    2. “Los comerciales son la última esperanza…” Ohhh!! como me ha gustado la frase jajajaj. ¡ Ojala ! que no sean ellos mi última esperanza . Muy, muy verosimil…eres muy buena psicóloga , Paloma. Un abrazo.

      1. Jajaja, es buena, sí.
        Desde luego que ojalá no lo sean, ni la tuya ni la mía ni la de nadie.
        Pero verosímil es.
        Gracias, Tatiana.
        Abrazo!!

  3. Qué mala es la soledad, es incluso peor que las ofertas de las compañías telefónicas. Me acuerdo cuando se vendían enciclopedias y otros productos de casa en casa, seguro que ese plan le gustaría más a Isaías. Un relato muy bonito, aunque un poco triste. Besos.

    1. Pero que mucho peor. La no deseada es terrible.
      Pues sí, ya puestos, más divertido el encuentro en persona. Aunque al verle la cara tal vez hubiera perdido la capacidad de imaginar.
      Es verdad, es un tanto triste este relato.
      Gracias, Raúl
      Besos

  4. He estado unos días de viaje y ha pasado algo extraño. Siempre he sido una persona que debe emitir algún tipo de vibraciones que hacen que la gente se pare un rato conmigo a contarme alguna historia. En la cola del súper, en el metro, es algo bastante habitual.

    Sin embargo, este viaje la cosa ha ido bastante más lejos y no ha habido algún día que no haya estado cinco, diez minutos escuchando algo sobre la vida de alguien. No es algo que me disguste, no suelo ir nunca con prisa, esa es la verdad… Sin embargo me ha hecho reflexionar sobre lo jodida que es la soledad no buscada, la que llega sin avisar y se te queda a vivir contigo como una inquilina indeseada… Quizás sea mi edad y que vea más cerca la soledad, pero es algo que cada vez veo más en las ciudades grandes..

    Y, bueno, que me he puesto a divagar como esas personas de las que hablaba al principio 🙂

    1. Creo que la soledad se ha acentuado con la pandemia y la gente, en general, tiene más ganas de hablar, de comunicarse.
      A mí me gusta que me hablen aunque no conozca de nada al otro. Siempre que no sea un pelma, claro 😉

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios .