Mes: noviembre 2021

El sofá gris

La tarde prometía ser tranquila, se había comprado una bolsita de polvorones y los guardó en el cajón de su mesa. Para luego, cuando esté más aburrida, pensó tocando el papel fino y rugoso a la vez. Encendió la pantalla que tenía detrás de la silla y trató de colocarse en una buena postura. Muchas tardes, sobre todo al final de la jornada,  le dolía la parte alta de la espalda y eso era, se lo había dicho el fisio, porque se iba derrumbando y no se mantenía erguida. También le había recomendado que se hiciera batidos verdes, pero decidió no hacer caso a esa parte del consejo. Tú eres fisio y no nutricionista, le dijo mentalmente.

Los músculos de su cuello y sus trapecios se tensaron de inmediato cuando vio entrar a aquella pareja, ella en especial caminaba hacia su mesa con una decisión que presagiaba tormenta. Imaginó quién podía ser, la que había llamado por la mañana para quejarse de un envío. Se frotó el cuello tratando de disolver el agarrotamiento y se enderezó en la silla al tiempo que sonreía.

En la pantalla situada tras su mesa, que ella no podía ver, se sucedían interiores de encantadoras casas decoradas con los muebles de la tienda. En todas ellas había mantas sobre los sofás y sobre las camas, descolocadas como si alguien las acabara de usar, pero colocadas al mismo tiempo, en un estético desorden. Todos los colores eran suaves y combinaban a la perfección y, aunque no se veía a nadie, sí había huellas de habitantes. Bonitos zapatos en alguna esquina o junto a una silla, nuevos y limpios, sin trazas de haber pisado suelo alguno. Las tazas humeaban, preparadas para que los invisibles bebieran té o café de inmediato, después de haber dejado la manta descolocada con tanta gracia.

En las imágenes, que se iban moviendo con lentitud, también aparecían rozagantes plantas cuyas hojas se balanceaban. La brisa que las movía procedía sin duda de alguna de las ventanas abiertas. No era una corriente de las que cierra las puertas de golpe ni un aire sofocante de verano, era una brisa liviana que inflaba las inmaculadas cortinas. A través de esas ventanas se insinuaban ramas de árboles o anchas avenidas flanqueadas por bellos edificios, con los viandantes justos.

La mujer, a la que calculó una edad cercana a la suya, se sentó en la silla para los clientes y sin prestar atención a la pantalla, sacó de su bolso una muestra de tela y se la mostró.

 Este es el color que le pedimos, gris claro, ¿lo ve?, ¿no habíamos quedado en eso? El sofá que nos han traído tiene un color completamente distinto, es verde.

Al decir verde arrugó la nariz, como si el verde tuviera olor y no de los agradables.

Y por si fuera poco tampoco es del tamaño acordado, ha quedado empotrado entre dos paredes, es mucho más grande de lo convenido, ya le especificamos las dimensiones de la sala. Nos cuesta movernos, ¿entiende?

Sacó su móvil y le mostró la imagen del mostrenco sofá verde que ahora ocupaba su salón.

¿Qué le parece, es gris? No, ¿verdad?, ¿tiene las medidas que elegimos? Tampoco.

Ya le comenté cuando hablamos por teléfono esta mañana que nos hemos equivocado, mil perdones, el error será subsanado a la mayor brevedad posible. En cuanto pueda, me pongo en contacto con fábrica para resolver el problema.

A la mayor brevedad posible, en cuanto pueda, vaguedades, típica respuesta de comercial.  La mujer se volvió hacia su pareja, sentado en la silla de al lado, buscando su apoyo. El hombre dijo que sí con la cabeza, pero permaneció silencioso.

Precíseme por favor de qué plazos estamos hablando, insistió ella.

Es que no depende de nosotros, se lo aseguro, aquí en la tienda no podemos hacer nada excepto ponerlo en conocimiento del fabricante e intentar acortar los plazos de entrega, pero como ya le dije, antes de un mes no va a poder ser. Volvió a tocarse el cuello con disimulo.

¿Y tenemos que quedarnos un mes con ese sofá horripilante?, ¿es eso lo que me está diciendo? Nos tienen que dar una solución intermedia hasta que llegue el nuestro.

En la pantalla, palabras con breves consejos de decoración atravesaban las idílicas imágenes interiores, “un hogar con plantas es natural, concienciado y eco. Coloca verde en tu casa y anímate a cultivar tus propias legumbres y verduras”.

Veré lo que puedo hacer, dijo la vendedora, pero ya le avanzo, Norma, que no depende de nosotros. Llamar a los clientes por su nombre solía suavizar las asperezas. Solía.

Ah, mira tú por dónde. A la hora de cobrar sí depende de la tienda, pero cuando se trata de arreglar lo que está mal le pasan el muerto al comprador.  Ignacio, que depende de nosotros, ¿cómo lo ves?

De nuevo se giró hacia su pareja que, encogido dentro de su abrigo, leía o fingía que leía los consejos decorativos, “si quieres envolver tu hogar en una atmósfera elegante y relajante, dispón alguna pieza que le dé carácter, sin sobrecargar”.

De aquí no me pienso mover hasta que no me resuelvan el problema, no quiero en mi casa ese armatoste y, como comprenderá, no vamos a estar un mes o más tirados por el suelo. Estoy en mi derecho porque he pagado. Si nos tenemos que quedar aquí toda la tarde, a mí me da igual, nos sentamos en el sofá de muestra que, por cierto, es gris, como el que encargamos, y trabajamos desde aquí. Me he traído el portátil, no hay problema.

Por favor, señora, como ya le he dicho me he puesto en contacto con la fábrica.

Pero Norma ya estaba sentada en el sofá de la tienda. Sal si quieres a comprar algo de merienda, le dijo a su pareja que se había levantado y deambulaba por entre los muebles como si no encontrara las gafas o las llaves. En ese momento estaba tocando con desencanto las hojas de una planta de plástico imitación Costilla de Adán.

Señora, por favor, aquí no se pueden quedar y mucho menos comer. Tenemos hojas de reclamaciones a su disposición, pero yo le aconsejaría que tuviera un poco de paciencia porque se lo vamos a solucionar.  

Ignacio abrió la puerta, pero no salió, solo asomó la cabeza.

Se va a liar un buen atasco, dijo girándose hacia Norma, mejor nos vamos, dentro de un rato será peor.

El ruido del tráfico entró en la tienda. 

Le advierto que mañana vuelvo y pasado si es necesario. De mí no se ríe nadie. De momento voy a hablar de ustedes en las redes sociales.

Cuando se fueron, la vendedora abrió la bolsita de los polvorones y pellizcó uno, se metió un trozo en la boca. Le dolía hasta la mandíbula. Paseó ella también entre los muebles comiéndose el polvorón, unas migas blanquecinas cayeron sobre el brazo del sofá gris, las sacudió con la mano y las pisó con el zapato.

¿Se puede ser moderno y atemporal?, preguntaban a nadie las letras de la pantalla.

Antón, no le des más vueltas

Nada sabe Antón de los rotíferos y eso que son vecinos suyos, como quién dice. Se morirá, a no ser que una casualidad lo arregle, sin ni siquiera imaginar su existencia, sin saber que son, al igual que él, seres con tendencia a la soledad, de vida libre.

Con total ignorancia rotífera ha pasado este hombre sus cuarenta y ocho años de estancia en la tierra, desconociéndolo todo de esos seres mínimos, transparentes y activos. Al paso que va, nunca llegará a ver sus graciosos cuerpos cilíndricos con un pie bifurcado y una cabeza dotada de cilios capaces de moverse como molinillos, creando así fuertes corrientes de agua con las que atraer sus alimentos.

Ni idea tendrá jamás de sus diferencias sexuales. El macho, cuando existe, pues la rotífera se las apaña para reproducirse por sí misma en bastantes ocasiones, es hasta diez veces menor que la hembra.  Pequeño pero habilidoso, puede copular por impregnación hipodérmica. Este sistema tal vez hubiera gustado a Antón de haberlo conocido y podido aplicar, lo que no es el caso.

Ignorante del todo del mástax o aparato masticador que albergan estos animales en su laringe, de su cerebro y retrocerebro, de sus óculos y antenas ha transcurrido su vida con las habituales penas y alegrías, placeres y dolores, ilusiones y desengaños. Lo digo: Antón ha vivido de espaldas a estos seres cosmopolitas y dulceacuícolas, numerosísimos habitantes de la tierra húmeda, los musgos, los líquenes, los hongos y los charcos.

Ni idea tiene de su resiliencia. Son capaces de soportar largos periodos de sequedad en los que se asemejan a granos de arena y más de uno de ellos ha logrado engañar al tiempo tras esperar congelado decenas de miles de años a que llegara su momento de volver a la vida. Y, una vez aquí otra vez, ya que estamos y por qué no,  reproducirse.

Tampoco los rotíferos llegarán nunca a conocer a Antón Ramos Peñuelas, un hombre de tantos que acostumbra a bañarse en el río cuando llega el verano, si bien prefiere con mucho el mar, pero lo tiene lejos y no siempre le es posible desplazarse. Entre ellos ha chapoteado, flotado y nadado a lentas brazadas haciéndose preguntas sin respuesta como ¿qué hago yo en este mundo, ¿qué hacemos todos? Sus ignorados rotíferos lo tienen claro, son parte esencial de la cadena trófica, limpian el agua de detritus y materia orgánica, alimentan a los peces, que a su vez alimentan a las aves acuáticas que a su vez… Y, que se sepa, no se hacen preguntas incómodas.

Antón, no le des más vueltas, puede que le dijeran girando burlonamente sus cilios si es que en algún momento llegaran a conocerse, microscopio mediante.

Roja botita perdida (un poema de Vasko Popa)

Mi tatarabuela Sultana Urosevic

navegaba por el cielo en una tina de madera

y cazaba nubes lluviosas.

Con el lobuno y demás ungüentos

hacía otros muchos milagros

pequeños y grandes.

Después de su muerte

seguía entrometiéndose en los

asuntos de los vivos.

La desenterraron

para enseñarle a comportarse

y enterrarla mejor.

Yacía con las mejillas sonrosadas

en su caja de roble.

Solo en un pie llevaba

una botita roja

con huellas de lodo frescas.

La otra botita perdida

la buscaré hasta el final de mi vida.

La maleta

En cuanto entró al vagón, detectó el elemento disonante: una maleta colocada en un lugar no apto para tal objeto ¿Para qué estarán los guardaequipajes?, ¿de adorno? Ahora su hija y ella no se podían sentar juntas.

Luz, dijo dirigiéndose a su hija y de forma indirecta a la incívica dueña del objeto fuera de lugar, tienes un sitio aquí, te tiene que quitar eso. Y con la barbilla señaló la maleta.

La chica calculó con rapidez el esfuerzo que le supondría llegar hasta ese asiento y, como le pareció excesivo, se sentó en el de enfrente o más bien se derrumbó. Bostezó y cerró los ojos.

Obdulia ocupó disgustada el que quedaba libre al lado de la incívica, le lanzó una mirada de desaprobación para incomodarla, pero la otra tenía la cabeza vuelta hacia la ventanilla.

Como si hubiera algo interesante fuera: un campo reseco, un conejo en una mata, una triste colada colgando del balcón de una casa, un árbol virando a amarillo…lo de siempre, vamos.  Esa no estaba mirando el paisaje, estaba disimulando.

Entrechocó un bastón de madera contra el otro, llevaba dos, para ejercitar ambos brazos al tiempo que caminaba, le gustó el sonido y siguió entrechocándolos, tratando de seguir un ritmo. Notó un ligero movimiento en el cuerpo de la incívica que delataba incomodidad

¡Ja!, de manera que le estaba molestando el ruido de los bastones, a buena parte iba, si ella no quitaba la maleta y la colocaba donde era debido, arriba, en el departamento específico para equipaje, ella iba a seguir tocando el tambor.

Le pareció graciosa su propia ocurrencia de  “ seguir tocando el tambor” y emitió una risita maliciosa. Después tosió, pero eso no fue para molestar, se le secaba la garganta.

¿Qué estación es esta?, le preguntó a Luz. Su hija abrió los ojos, miró con cara de sueño a su alrededor y antes de que se ubicara, la incívica, a la que por cierto ella no se había dirigido, respondió: Tablada.

Ah, claro, Tablada, dijo Obdulia como si siempre lo hubiera sabido y hubiera preguntado por pasar el rato. Miró a la otra al bies tratando de calcular su edad. Olía a perfume, un perfume dulce que empalagaba un poco.

 Le estaba entrando calor, se había abrigado mucho y ahora le sobraba la chaqueta, quitarse la chaqueta en tan exiguo espacio y con los dos bastones en las manos no era tarea fácil. Se desprendió con dificultad de una manga sujetando los bastones entre las piernas, la otra estaba atascada, le dio dos sacudidas, iba a llamar a Luz, pero la mano de la incívica llegó antes, ¿le ayudo?, preguntó muy amable bajándole la manga y soltando la tela que estaba atrapada.

No le quedó más remedio que soltar un desvaído gracias. No era tan maleducada como había pensado, incluso resultaba amable, pero no se iba a ablandar, lo de la maleta no estaba bien, iba ocupando un asiento y los asientos son para las personas no para el equipaje, las cosas se hacen como es debido, ¿o es que las maletas tienen piernas?

Un grupo de chicas adolescentes se subió en tromba, hablaban entre risas, sus voces parecían gorjeos, alegres trinos, voces de primavera. Se acordó de ella misma a esa edad, cuando todo le daba risa y no existían los problemas, o tal vez sí existían, pero eran fáciles de olvidar. Sonrió un poco y parte de su amargura se suavizó. Pero fue solo un momento porque la maleta, impulsada por un giro del tren y como si sí tuviera piernas o más bien patas, acababa de desplazarse y chocó con violencia animal contra su pie izquierdo.

Oiga, por favor, ¿a usted le parece normal que…?

¡Qué bonito!, dijo en ese momento la idiota de Luz señalándole una hiedra roja que trepaba por una valla de piedra.

Sí, precioso, luego se cae y se queda todo pelado. Brotar, caerse, volver a brotar, ¿en qué momento había dejado de interesarle todo aquello? Se frotó un pie contra el otro.

Miró a Luz que de nuevo había cerrado los ojos, llevaba esa camisa de cuadros azules, como de leñador canadiense, que no le favorecía nada. Tampoco ese nuevo corte de pelo a la altura del mentón, parecía una menina. No sabe arreglarse, le falta estilo. En fin, eso no era lo más importante en esta vida, ¿qué era lo más importante? Portarse bien, no hacer mal a nadie, ¿y ya estaba?, ¿te daban después un premio? No te daban nada, ni las gracias. Claro que las cosas no se hacían por eso, se hacían, ¿por qué se hacían?

Perdone, ¿me permite?, la incívica avanzaba ya hacia las puertas con su agresivo trasto rodante, me voy a bajar.

Sí, anda, sí, bájate ya, pensó apartando con miedo las piernas.

Luz ocupó el asiento antes taponado por la maleta, el breve sueño la había despejado

¡Mira, ciervos!, mira ese, mira ese, ¿los has visto?

Los había visto pero la verdad es que no le interesaban, eran animales de cuatro patas, como si viera perros o vacas, algunos tenían una vistosa cornamenta pero ¿y qué? Unas astas, vaya cosa.

Huy, sí, cuántos y qué bonitos, dijo por seguirle la corriente esa vez.