La maleta

En cuanto entró al vagón, detectó el elemento disonante: una maleta colocada en un lugar no apto para tal objeto ¿Para qué estarán los guardaequipajes?, ¿de adorno? Ahora su hija y ella no se podían sentar juntas.

Luz, dijo dirigiéndose a su hija y de forma indirecta a la incívica dueña del objeto fuera de lugar, tienes un sitio aquí, te tiene que quitar eso. Y con la barbilla señaló la maleta.

La chica calculó con rapidez el esfuerzo que le supondría llegar hasta ese asiento y, como le pareció excesivo, se sentó en el de enfrente o más bien se derrumbó. Bostezó y cerró los ojos.

Obdulia ocupó disgustada el que quedaba libre al lado de la incívica, le lanzó una mirada de desaprobación para incomodarla, pero la otra tenía la cabeza vuelta hacia la ventanilla.

Como si hubiera algo interesante fuera: un campo reseco, un conejo en una mata, una triste colada colgando del balcón de una casa, un árbol virando a amarillo…lo de siempre, vamos.  Esa no estaba mirando el paisaje, estaba disimulando.

Entrechocó un bastón de madera contra el otro, llevaba dos, para ejercitar ambos brazos al tiempo que caminaba, le gustó el sonido y siguió entrechocándolos, tratando de seguir un ritmo. Notó un ligero movimiento en el cuerpo de la incívica que delataba incomodidad

¡Ja!, de manera que le estaba molestando el ruido de los bastones, a buena parte iba, si ella no quitaba la maleta y la colocaba donde era debido, arriba, en el departamento específico para equipaje, ella iba a seguir tocando el tambor.

Le pareció graciosa su propia ocurrencia de  “ seguir tocando el tambor” y emitió una risita maliciosa. Después tosió, pero eso no fue para molestar, se le secaba la garganta.

¿Qué estación es esta?, le preguntó a Luz. Su hija abrió los ojos, miró con cara de sueño a su alrededor y antes de que se ubicara, la incívica, a la que por cierto ella no se había dirigido, respondió: Tablada.

Ah, claro, Tablada, dijo Obdulia como si siempre lo hubiera sabido y hubiera preguntado por pasar el rato. Miró a la otra al bies tratando de calcular su edad. Olía a perfume, un perfume dulce que empalagaba un poco.

 Le estaba entrando calor, se había abrigado mucho y ahora le sobraba la chaqueta, quitarse la chaqueta en tan exiguo espacio y con los dos bastones en las manos no era tarea fácil. Se desprendió con dificultad de una manga sujetando los bastones entre las piernas, la otra estaba atascada, le dio dos sacudidas, iba a llamar a Luz, pero la mano de la incívica llegó antes, ¿le ayudo?, preguntó muy amable bajándole la manga y soltando la tela que estaba atrapada.

No le quedó más remedio que soltar un desvaído gracias. No era tan maleducada como había pensado, incluso resultaba amable, pero no se iba a ablandar, lo de la maleta no estaba bien, iba ocupando un asiento y los asientos son para las personas no para el equipaje, las cosas se hacen como es debido, ¿o es que las maletas tienen piernas?

Un grupo de chicas adolescentes se subió en tromba, hablaban entre risas, sus voces parecían gorjeos, alegres trinos, voces de primavera. Se acordó de ella misma a esa edad, cuando todo le daba risa y no existían los problemas, o tal vez sí existían, pero eran fáciles de olvidar. Sonrió un poco y parte de su amargura se suavizó. Pero fue solo un momento porque la maleta, impulsada por un giro del tren y como si sí tuviera piernas o más bien patas, acababa de desplazarse y chocó con violencia animal contra su pie izquierdo.

Oiga, por favor, ¿a usted le parece normal que…?

¡Qué bonito!, dijo en ese momento la idiota de Luz señalándole una hiedra roja que trepaba por una valla de piedra.

Sí, precioso, luego se cae y se queda todo pelado. Brotar, caerse, volver a brotar, ¿en qué momento había dejado de interesarle todo aquello? Se frotó un pie contra el otro.

Miró a Luz que de nuevo había cerrado los ojos, llevaba esa camisa de cuadros azules, como de leñador canadiense, que no le favorecía nada. Tampoco ese nuevo corte de pelo a la altura del mentón, parecía una menina. No sabe arreglarse, le falta estilo. En fin, eso no era lo más importante en esta vida, ¿qué era lo más importante? Portarse bien, no hacer mal a nadie, ¿y ya estaba?, ¿te daban después un premio? No te daban nada, ni las gracias. Claro que las cosas no se hacían por eso, se hacían, ¿por qué se hacían?

Perdone, ¿me permite?, la incívica avanzaba ya hacia las puertas con su agresivo trasto rodante, me voy a bajar.

Sí, anda, sí, bájate ya, pensó apartando con miedo las piernas.

Luz ocupó el asiento antes taponado por la maleta, el breve sueño la había despejado

¡Mira, ciervos!, mira ese, mira ese, ¿los has visto?

Los había visto pero la verdad es que no le interesaban, eran animales de cuatro patas, como si viera perros o vacas, algunos tenían una vistosa cornamenta pero ¿y qué? Unas astas, vaya cosa.

Huy, sí, cuántos y qué bonitos, dijo por seguirle la corriente esa vez.

22 comentarios en “La maleta

  1. Extrañas en un tren. Cuando subes a un transporte público, puedes vivir historias muy variopintas. Pobre Obdulia, con lo fácil que hubiera sido pedirle, por favor, que sacara la maleta. La mayoría de veces, los incívicos hasta te hacen caso 😉 Quizá se hubiera llevado un sorpresa.

    1. O le hubiera sacado el cuchillo jamonero, que nunca se sabe 😉
      Es cierto que se ven muchas historias en el transporte público, pero desde que todos van mirando sus móviles es mucho más aburrido.

  2. Sí, a mi también me han parecido unos personajes cansados, algunos ya ondeando la bandera de la rendición y otros construyendo pequeños mundos en los que escapar…

    Algunas personas prefieren arreglar un error con otro error, en vez de preguntar si la puede quitar me pongo a molestar, hemos pasado de una persona molesta a dos 🙂

    1. Son personajes post pandémicos, debe de venir de ahí su cansancio.
      Jajaja, qué bueno lo que dices. Es como cuando en el cine alguien manda callar haciendo más ruido que los propios ruidosos.

  3. ¡Qué pesadumbre!, qué densidad cargaba Obdulia, no podía estar en paz, harta ya de todo, muy depresiva no podía asombrarse con nada. Muy buen relato te deja con ese sentir de boca de algo muy pesado que cargas sobre los hombros y te va hundiendo. Un abrazo grande

  4. Qué pena Obdulia y su asqueamiento de la vida, tanto que incluso prefiera mantener los motivos por los que quejarse.
    Qué maravilla la capacidad de Luz de asombrarse por los detalles.
    Qué contraste vital, ¿será solo cosa de la edad?
    Muy bueno, como siempre. Un besote

    1. La edad influye, cuando has visto algo muchas veces, te sorprende y emociona menos. Hay que intentar no perder esa capacidad, esa mirada, pero, claro, no siempre sale.
      Tampoco es siempre la edad.
      Gracias, Luna.
      Otro beso!!

  5. Me encanta tu descripción de: Escenas en un vagón. Cada cual transporta sus propios pensamientos, algunos ligeros como los pies de una niña empujando la lunuela y otros pesados y grises, imborrables, como escritos en plomo. Creo que esta pandemia a roto en pedazos la convivencia a favor de la pantalla negra. Un besazo.

  6. Las cosas pueden no ser lo que parecen. Aquí hay una historia de misterio, como las de Agatha Christie. Tal vez esa maleta contenía algo que había que custodiar con mucho celo … Besos.

  7. Has elegido muy bien los nombres de las protagonistas… aunque la íncívica era la dueña de la maleta, Obdulia parece cargar con todo el peso.

    Buen relato.

    Abrazos

  8. Pues, casi de todos tus relatos con los protagonistas casuales y las historias cotidianas e insignificantes se puede sacar muchas ideas para montar una película. Y casí en todos los personajes reconoces a si misma. Un abrazo.

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