El sofá gris

La tarde prometía ser tranquila, se había comprado una bolsita de polvorones y los guardó en el cajón de su mesa. Para luego, cuando esté más aburrida, pensó tocando el papel fino y rugoso a la vez. Encendió la pantalla que tenía detrás de la silla y trató de colocarse en una buena postura. Muchas tardes, sobre todo al final de la jornada,  le dolía la parte alta de la espalda y eso era, se lo había dicho el fisio, porque se iba derrumbando y no se mantenía erguida. También le había recomendado que se hiciera batidos verdes, pero decidió no hacer caso a esa parte del consejo. Tú eres fisio y no nutricionista, le dijo mentalmente.

Los músculos de su cuello y sus trapecios se tensaron de inmediato cuando vio entrar a aquella pareja, ella en especial caminaba hacia su mesa con una decisión que presagiaba tormenta. Imaginó quién podía ser, la que había llamado por la mañana para quejarse de un envío. Se frotó el cuello tratando de disolver el agarrotamiento y se enderezó en la silla al tiempo que sonreía.

En la pantalla situada tras su mesa, que ella no podía ver, se sucedían interiores de encantadoras casas decoradas con los muebles de la tienda. En todas ellas había mantas sobre los sofás y sobre las camas, descolocadas como si alguien las acabara de usar, pero colocadas al mismo tiempo, en un estético desorden. Todos los colores eran suaves y combinaban a la perfección y, aunque no se veía a nadie, sí había huellas de habitantes. Bonitos zapatos en alguna esquina o junto a una silla, nuevos y limpios, sin trazas de haber pisado suelo alguno. Las tazas humeaban, preparadas para que los invisibles bebieran té o café de inmediato, después de haber dejado la manta descolocada con tanta gracia.

En las imágenes, que se iban moviendo con lentitud, también aparecían rozagantes plantas cuyas hojas se balanceaban. La brisa que las movía procedía sin duda de alguna de las ventanas abiertas. No era una corriente de las que cierra las puertas de golpe ni un aire sofocante de verano, era una brisa liviana que inflaba las inmaculadas cortinas. A través de esas ventanas se insinuaban ramas de árboles o anchas avenidas flanqueadas por bellos edificios, con los viandantes justos.

La mujer, a la que calculó una edad cercana a la suya, se sentó en la silla para los clientes y sin prestar atención a la pantalla, sacó de su bolso una muestra de tela y se la mostró.

 Este es el color que le pedimos, gris claro, ¿lo ve?, ¿no habíamos quedado en eso? El sofá que nos han traído tiene un color completamente distinto, es verde.

Al decir verde arrugó la nariz, como si el verde tuviera olor y no de los agradables.

Y por si fuera poco tampoco es del tamaño acordado, ha quedado empotrado entre dos paredes, es mucho más grande de lo convenido, ya le especificamos las dimensiones de la sala. Nos cuesta movernos, ¿entiende?

Sacó su móvil y le mostró la imagen del mostrenco sofá verde que ahora ocupaba su salón.

¿Qué le parece, es gris? No, ¿verdad?, ¿tiene las medidas que elegimos? Tampoco.

Ya le comenté cuando hablamos por teléfono esta mañana que nos hemos equivocado, mil perdones, el error será subsanado a la mayor brevedad posible. En cuanto pueda, me pongo en contacto con fábrica para resolver el problema.

A la mayor brevedad posible, en cuanto pueda, vaguedades, típica respuesta de comercial.  La mujer se volvió hacia su pareja, sentado en la silla de al lado, buscando su apoyo. El hombre dijo que sí con la cabeza, pero permaneció silencioso.

Precíseme por favor de qué plazos estamos hablando, insistió ella.

Es que no depende de nosotros, se lo aseguro, aquí en la tienda no podemos hacer nada excepto ponerlo en conocimiento del fabricante e intentar acortar los plazos de entrega, pero como ya le dije, antes de un mes no va a poder ser. Volvió a tocarse el cuello con disimulo.

¿Y tenemos que quedarnos un mes con ese sofá horripilante?, ¿es eso lo que me está diciendo? Nos tienen que dar una solución intermedia hasta que llegue el nuestro.

En la pantalla, palabras con breves consejos de decoración atravesaban las idílicas imágenes interiores, “un hogar con plantas es natural, concienciado y eco. Coloca verde en tu casa y anímate a cultivar tus propias legumbres y verduras”.

Veré lo que puedo hacer, dijo la vendedora, pero ya le avanzo, Norma, que no depende de nosotros. Llamar a los clientes por su nombre solía suavizar las asperezas. Solía.

Ah, mira tú por dónde. A la hora de cobrar sí depende de la tienda, pero cuando se trata de arreglar lo que está mal le pasan el muerto al comprador.  Ignacio, que depende de nosotros, ¿cómo lo ves?

De nuevo se giró hacia su pareja que, encogido dentro de su abrigo, leía o fingía que leía los consejos decorativos, “si quieres envolver tu hogar en una atmósfera elegante y relajante, dispón alguna pieza que le dé carácter, sin sobrecargar”.

De aquí no me pienso mover hasta que no me resuelvan el problema, no quiero en mi casa ese armatoste y, como comprenderá, no vamos a estar un mes o más tirados por el suelo. Estoy en mi derecho porque he pagado. Si nos tenemos que quedar aquí toda la tarde, a mí me da igual, nos sentamos en el sofá de muestra que, por cierto, es gris, como el que encargamos, y trabajamos desde aquí. Me he traído el portátil, no hay problema.

Por favor, señora, como ya le he dicho me he puesto en contacto con la fábrica.

Pero Norma ya estaba sentada en el sofá de la tienda. Sal si quieres a comprar algo de merienda, le dijo a su pareja que se había levantado y deambulaba por entre los muebles como si no encontrara las gafas o las llaves. En ese momento estaba tocando con desencanto las hojas de una planta de plástico imitación Costilla de Adán.

Señora, por favor, aquí no se pueden quedar y mucho menos comer. Tenemos hojas de reclamaciones a su disposición, pero yo le aconsejaría que tuviera un poco de paciencia porque se lo vamos a solucionar.  

Ignacio abrió la puerta, pero no salió, solo asomó la cabeza.

Se va a liar un buen atasco, dijo girándose hacia Norma, mejor nos vamos, dentro de un rato será peor.

El ruido del tráfico entró en la tienda. 

Le advierto que mañana vuelvo y pasado si es necesario. De mí no se ríe nadie. De momento voy a hablar de ustedes en las redes sociales.

Cuando se fueron, la vendedora abrió la bolsita de los polvorones y pellizcó uno, se metió un trozo en la boca. Le dolía hasta la mandíbula. Paseó ella también entre los muebles comiéndose el polvorón, unas migas blanquecinas cayeron sobre el brazo del sofá gris, las sacudió con la mano y las pisó con el zapato.

¿Se puede ser moderno y atemporal?, preguntaban a nadie las letras de la pantalla.

29 comentarios en “El sofá gris

  1. Para no tener contracturas con esas clientas, tan simpáticas, le dejó la rigidez y se fue, muy buena historia Eva, últimamente me haces reír, creo que en esta para no llorar, un abrazo grande

  2. El trabajo cara al público no está pagado. Y el cliente no siempre tiene la razón. Bueno, Norma tiene razón en el fondo pero no en la forma.
    Me ha gustado mucho, lo único malo es que ahora me apetece un polvorón (es malo porque no puedo comerlos 😦 )
    ¡Besotes!

  3. La situación es muy, muy familiar, me gustó la actitud de Norma , es lo que me falta mucho, por ello estaba esperando mi mesa durante 3 meces y no me atreví poner el ultimátum.
    Verosimil y divertido , un beso.

  4. Hay que protestar, es necesario por higiene física y mental. El problema es saber a quien le tenemos que protestar. Los destinatarios de las protestas normalmente se esconden o pagan a otros para realizar ese trabajo, si es que se puede llamar así pagar por hacer de saco de boxeo; cuando menos debería ser considerado trabajo de riesgo. Has clavado la escena. Besos.

  5. Ponga usted una comercial en su negocio, sobre todo si comete errores en los pedidos Y sirve verdes por grises, por cierto, para gris el marrón de la fontanería que le ha tocado esta tarde al presidente de la comunidad de vecinos. ¡Y sin cobrar! Un besazo.

  6. Se puede tener toda la razón, pero perderla poco a poco por las formas. Yo aplico eso de que «más se consigue con una gota de aceite que con mil de vinagre» y casi siempre funciona. Aunque debo reconocer que confundir tamaño y color es bastante significativo. Por cierto, me espantan los polvorones 😉 Un placer leerte. Un abrazo.

  7. El viejo truco de decir el nombre para amansar a las fieras.. conmigo funciona a la inversa, es decir mi nombre y saltar 🙂

    Entiendo a la vendedora, pero empieza a darme mucho cansancio la cancioncita de «no es mi culpa»… pagas por el algo, no cumplen lo prometido y al final tienes a un pobre pringado que te dice no es mi culpa… y, claro, ¿qué le dices?

    Al final todos queremos irnos a casa sin dolores en el cuello, comernos unos polvorones y esparcir los problemas como si fuesen miguitas …

  8. (Me) da la impresión de que ese sofá es una compra online. ¿Es así o no necesariamente? Las compras online conllevan estos riesgos: que te traigan algo que no coincide con lo pedido y pagado.
    Después vienen los enfados, las protestas y los problemas, como retratas en este relato.
    Polvorones y toda la artillería navideña para engordar unos cuantos kilos… 😂😂😂😂😂
    💋💋💋💋

    1. No había pensado en ese detalle al escribirlo.
      Presencié una escena parecida en una tienda, mientras esperaba.
      Es muy posible que fuera una compra online, pero bueno, los timos, o dicho con más delicadeza, los errores también se daban antes de internet.
      Besos!!

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