Mes: febrero 2022

Se lo dijo el mar

Los dos sueños de Leocadia Cuatrovientos acababan de cumplirse y qué a gusto se había quedado, o eso creía ella. El primero, el de trasladarse a vivir a la casa que tenía junto al mar, lo estaba atravesando en ese instante, por su puerta entraba. Con el segundo, el de dedicar su tiempo a la restauración de muebles, arreglos y decoraciones del hogar en general, se iba a poner de inmediato, en cuanto se instalara. A ese trabajo ella lo llamaba, sin que tuviera nada que ver con su hígado, páncreas o intestinos ni con sus sentimientos más recónditos, “mis interiorismos”.

¡Por fin!, exclamó mirándose en el espejo de la entrada, necesitado de una urgente restauración o de un contenedor, directamente ¡Por fin, por fin, por fin! El espejo, deteriorado pero útil , le entregó su imagen, era ella, la Leo, tampoco se iba a asombrar ni a asustar a estas alturas. A lo mejor le hacía falta un corte de pelo, pero por lo demás no se veía mal. Muchas quisieran. Otras no querrían ni borrachas, así son las preferencias de cada cual.

Hizo un encogimiento de hombros mentales y se asomó a una ventana. Para ver algo tuvo que frotar el cristal con la manga del abrigo. A través de ese círculo rodeado de polvo y telarañas comprobó lo que ya sabía, el mar no se veía, pero se intuía por detrás de la hilera de edificios, ella por lo menos lo intuía, no hacía más que intuirlo desde que había llegado. La casa apestaba a humedad, sería también por eso. Tiró la maleta en un rincón y salió en su busca.

Ya esa primera tarde el mar le habló. “Leocadia, hazme el favor de peinarte un poco, vaya cabellera me portas”.  Eso oyó, era un poco raro para ser el primer mensaje del mar, un mensaje de recibimiento, por así decir, pero oírlo lo había oído. Supuso que serían imaginaciones suyas provocadas por el cansancio del viaje y por el cumplimiento de sus sueños, situación harto agotadora, como bien sabe el que la haya experimentado, así que siguió paseando por la orilla como si nada.

Los días siguientes se dedicó a organizarse, compró pintura y otros instrumentos necesarios para sus trabajos y empezó a desplazar objetos, tirar otros, lijar, clavetear pintar…Las horas se le pasaban sin sentir, tanto que se asustó un poco, tampoco era cuestión de plantarse tres años después sin haberse dado cuenta. Por la tarde, a última hora, iba hasta la playa para pasear y ver el atardecer. Cada una de esas tardes el mar le decía algo, no mucho, era escueto, no se enrollaba. Le lanzaba frases cortas envueltas en una de sus olas, solo en una. Por ejemplo, “te aburres, Leocadia, admítelo”, o, “aquí no tienes amigos, ¿con quién hablarás?”, o “un poquito chapucera la silla pintada de azul”. Simpático no se podía decir que fuera el señor.

Leocadia empezó a mirarlo con desconfianza, ¿por qué se portaría así con ella? Con lo que a mí me gustas, le dijo, zalamera, con lo que yo te quiero, no puedo dejar de mirarte, me pasaría la vida a tu lado. Esto último no era del todo verdad porque había momentos, bastantes, en los que prefería estar a su bola. A lo mejor el mar lo sabía.


Siguieron pasando los días como acostumbra a suceder, no se conoce ningún periodo de tiempo en el que los días no hayan desfilado uno detrás de otro, marcando el paso. Leocadia empezaba a estar de sus dos sueños, no aburrida, que no era eso, pero sí un poco desencantada. Así que estos eran mis sueños, pensaba dando vueltas en la cama, sueño para arriba, sueño para abajo, sin sueño del de dormir. Como cabecero había colocado una puerta vieja en posición horizontal a la que había dado una mano de pintura. Muy bien no lo había hecho porque sobre su cabeza iban cayendo pequeñas lascas de madera que se le enredaban en el pelo como punzantes pensamientos. No por ello modificó sus planes, se dedicaba a agotarse con la restauración, remodelación y cambalaches varios de su territorio y a última hora paseaba por la playa, esperando que el mar no fuera demasiado borde.

Durante unas semanas no lo fue, no se comunicó con ella, ni para bien ni para mal, tal vez se había ablandado con sus palabras cariñosas o tal vez estaba hablando con otro. Paseadores de sus orillas tenía muchos. Pero una tarde ventosa y bastante desagradable, le lanzó una ola furiosa con mensaje dentro, “esta vida tuya, tanto tiempo soñada, no te satisface, reconócelo”

¿Qué no? Pero qué dices, so piélago, (pensaba Leocadia que eso era un insulto), será a ti a quién no te satisface la tuya, con todos esos plásticos que te han tirado, toneladas tienes, por no hablar de todo lo que te pescan, tú sí que estás en crisis. Sin embargo, yo… mis sueños se han cumplido y soy feliz, bueno, casi. Y que sepas también que las sillas azules me han quedado preciosas, inspiradas en ti, por si te interesa, por fuera no se te nota nada, sigues siendo bellísimo, le dijo para suavizar todo lo anterior y porque además era verdad.

Tal vez conmovido o vengativo, las intenciones oceánicas no pueden saberse, el mar le sugirió lo siguiente, “Leo, bonita, ábrete un canal en YouTube y comparte tus interiorismos con la peña, verás qué bien te lo vas a pasar, te sentirás acompañada aunque no lo estés y hasta puede que hagas negocio”.

Pues lo mismo no es tan mala idea, se dijo Leocadia Cuatrovientos mientras colocaba como mesilla un televisor panzudo que ya no funcionaba. Pongo encima una lamparita y me queda un dormitorio de lo más, de lo más…no se le ocurrió de lo más qué, así que lo dejó en suspenso. Con el deseo y la ilusión de que amaneciera para empezar a compartir sus interiorismos se quedó dormida, las lascas de madera cayendo sobre su cabeza.

Sí, es verdad que duele (un poema de Karim Boye)

Sí, es verdad que duele cuando los brotes se abren.

¿Qué otro motivo hay para que la primavera dude?

El refugio durante el invierno fue el capullo.

¿Qué novedad es esa que consume y estalla?

Sí, es verdad que duele cuando los capullos

se abren.

Dolor para lo que crece

y lo que constriñe.

Sí, es verdad que es difícil cuando las gotas caen.

Temblorosas de angustia cuelgan pesadas,

se aferran a la rama, se hinchan, se deslizan-

el peso las arrastra hacia abajo, por mucho que se

aferren.

Es difícil sentirse insegura, temerosa y dividida,

es difícil sentir cómo el abismo atrae y llama,

y a pesar de ello permanecer y temblar-

Es difícil querer quedarse

y querer dejarse caer.

Entonces, cuando todo es difícil y nada ayuda,

se rompen como un júbilo los brotes del árbol.

Entonces, cuando ningún miedo retiene,

caen brillantes las gotas de las ramas

olvidan que estaban asustadas por lo nuevo,

olvidan su angustia por el viaje-

sienten en un segundo su mayor certeza,

descansan en la confianza

que crea el mundo.

El otro lado

¡Mira!, un conejo. Pensé que era una piedra, pero ha pegado un salto. Mira, mira, se va por ahí.

La mujer señaló un terraplén en mitad de un campo seco, ennegrecido.

El hombre puso la vista donde ella señalaba, había un agujero, muchos agujeros.

Eso son sus madrigueras, tiene que estar esto lleno.

Yo solo he visto uno, con la de veces que hemos hecho este trayecto y solo he visto uno. Es la primera vez, pensé que era una piedra hasta que ha saltado.

Te digo que esto está lleno de conejos. Una casa, ¿quién querría vivir ahí, en medio de la nada?

El hombre se frotó la nariz como siempre que no terminaba de entender algo.

Alguien vive, hay ropa colgada de esa cuerda. Será uno que no puede vivir en otro sitio, no siempre se puede elegir.

O que le gusta, los hay raros.

No le gusta, dijo la mujer, no le puede gustar, no tiene ni árboles, solo ese, torcido o retorcido, si parece que sufre, ¿lo ves?

A lo mejor también le gusta el árbol torcido. Te digo que hay gente rara.

Bah, dijo ella, arrebujándose en el abrigo. No le gusta.

¿Pero es que lo conoces de algo? Porque hablas como si conocieras de algo al de la casa perdida.

Él sí que habrá visto conejos, se habrá hartado de verlos.

Les tenderá trampas. El hombre hizo el gesto de lanzar una red.

Así no se cazan conejos, dijo ella riéndose. Anda, los pájaros se han puesto todos en el cable del tendido eléctrico, ordenados, en fila.

Son pájaros, dijo el hombre. No sé qué son.

Eso da igual, tampoco vamos a adelantar nada sabiendo el nombre de cada cosa, me gusta cómo se han colocado.

Ya no son cosas, ahora son seres sintientes.

Ya. Pero que tampoco vamos a arreglar nada sabiendo el nombre de todos los seres sintientes. Habrá una app para saberlo, bájatela.

No he dicho que me importe. El hombre se puso a dar golpecitos con los dedos sobre el cristal.

Estate quieto, no hagas eso, puedes molestar.

Esto va demasiado despacio, no es normal que vaya tan despacio, no sé si preguntar.

¿Ya te estás poniendo nervioso?

En absoluto, dijo él, no estoy nervioso, solo constato una realidad, el tren va muy despacio.

Por el otro lado se está poniendo el sol, otro día nos tenemos que sentar en ese lado para ver el atardecer, es mejor ese lado, dijo ella girándose para verlo.

El lado que no eliges siempre parece el mejor, parece, solo parece. Ahí el sol nos daría en la cara y no hubieras visto el conejo ni la casa de tu amigo el raro.

Ya ves tú. Hubiera visto otras cosas. Y el atardecer ¿Quién vivirá ahí y a qué se dedicará?

A cazar conejos, ya te lo he dicho antes.

Ja, muy gracioso. Ahora vienen los ciervos. Estate atento, ¿habrá más por ese lado?

Seguro, dijo él mirándose las manos.