Día: 19 de abril de 2022

Videoclub siglo XXII

Al salir de la calle Constancia recorrí otras calles que no recuerdo porque dejé de prestarles atención, pero sí me fijé en un negocio marchito y ajado, con un cartel del color del humo en el que se leía, “Videoclub siglo XXII”. Por supuesto estaba cerrado, abandonado en mitad de una esquina cualquiera, y por el aspecto roñoso de su puerta debía de llevar en desuso mucho tiempo. Me hizo gracia la poca visión comercial del que fuera su dueño y también su optimismo. Con llamarlo siglo XXI hubiera sido suficiente, pero no, a por todas, siglo XXII, con grandeza el error. Está claro que poco o nada sabía del señor Negroponte, el que pronosticó en uno de sus libros que el mundo compuesto por átomos sería sustituido rápidamente por otro formado por bits.

En mi barrio, como en todos, también hubo un videoclub, lo llevaba una pareja con su bebé, el bebé también participaba en el negocio o más bien lo soportaba. Se pasaba los días en un pequeño cuarto, detrás de una puerta que se abría entre los estantes de películas, metido dentro de un corralito. A veces daba saltos agarrado a la barra, otras, cansado de ejercitar las piernas, chupaba los juguetes que le habían puesto dentro, lanzaba alguno para observar su trayectoria y comprobar que se caía. Como premio a su investigación sobre la fuerza de la gravedad le daban una galleta que mordisqueaba durante un rato, respondía con sonrisas a las gracias que le hacían los que entraban y salían. Era un bebé cabezón y paliducho, grandote y torpón. Resignado a que su mundo fuera ese o porque creía que era ese, puesto que no había conocido otro,  casi nunca lloraba.

Se parecía bastante a la madre que también era grande y lenta, con una melena rizada o más que rizada, disparada en todas las direcciones, como si su pelo expresara un asombro asustado ante el mundo. El padre era pequeño y vivaz, inquieto, con una actividad más bien inútil, la que colocaba despaciosamente las películas en sus carátulas, las entregaba y cobraba era ella, él se ocupaba de las relaciones públicas y de pelearse soterradamente con la madre.

  Después de un año, el bebé y la madre desaparecieron, aunque no el corralito que se quedó detrás de la puerta, vacío. Al padre se lo veía muy contento, más locuaz y vivaracho que de costumbre. Una mujer voluptuosa, de ceñida ropa y labios pintados de rojo entró como ayudanta, organizaba las películas con mucho meneo de trasero y se encargaba de cobrar. Con esa no se peleaba, al contrario, la miraba enamorado porque lo estaba, se había separado de la mujer de pelos espantados y la voluptuosa era su nueva pareja. Esa fue la etapa dorada del videoclub y del señor que vestía camisas de manga corta. Como ya tenía la suficiente clientela no necesitaba hacerse el simpático ni hablar tanto como antes, ya no recomendaba películas, se limitaba a decir ante cualquier elección, “te va a encantar, peliculón”. Parecía una máquina expendedora. La que pronto iba a poner en la entrada de la tienda para reducir horarios y costes.

En bastantes ocasiones el supuesto peliculón se paraba a la mitad y aparecía una niebla ruidosa y zumbona, pero al ir a reclamar manifestaba tal extrañeza ante lo que le decían y negaba el fenómeno con tal seguridad que hacía dudar a cualquiera de la niebla, la culpa era siempre del equipo de reproducción del cliente.  La voluptuosa miraba para otro lado, sin querer saber nada de los manifiestos timos, con cara de esfinge. La esfinge sexi resultó ser una arpía porque tras robarle, desapareció para siempre.

La decadencia se instaló con comodidad en el negocio y la apatía en el señor de las camisas de manga corta, adelgazó mucho y la cara se le puso grisácea. Empezaban los malos tiempos, la piratería primero y después las plataformas de películas y series. Para sustituir a la traidora contrató a una señora diminuta que parecía una mariquita, llevaba vestiditos de lunares y diademas en el pelo, su cara era maliciosa y sus manos tan pequeñas que parecían de muñeca.  En torno a la silenciosa y aviesa mariquita se congregaban a pasar las tardes tres personajes que parecían escapados de alguna de las películas de los estantes.

 Uno de ellos vestía prendas de camuflaje, otro, más bien rollizo, llevaba un brazo vendado, no durante una temporada sino siempre, puede que debajo de la venda no hubiera nada, y el tercero era muy alto y lucía una pajarita y una elegancia pasada de moda y muy poco acorde con el lugar. Como si estuvieran expulsados de ese mundo tan cambiante de fuera, de ese mundo en el que los átomos empezaban a desvanecerse, se habían refugiado allí, en el video club a punto de sucumbir, donde se dedicaban a hablar de temas estrafalarios y de futuras catástrofes mundiales.

Mientras, Mariquita Maligna se limaba las uñitas como si conociera, además del futuro, todos los enigmas de la vida, todos y cada uno de sus misterios pero, en venganza por las reducidas dimensiones que le habían tocado en la rifa de esta tierra, no le diera la gana desvelarlos.

No me acuerdo qué nombre tenía el videoclub, en su lugar hay ahora una tienda de extensión de pestañas que se llama «Lashes & go», en inglés, como las panaderías que ahora se llaman bakery, te cobran más pero el pan sigue siendo el mismo, atómico, por el momento.