Mes: mayo 2022

El cielo de la Planchá

El cielo está lleno de vencejos y eso a la Planchá no le gusta un pelo. Le parecen hordas adolescentes de botellón, de macro botellón, se corrige a sí misma. Adolescentes vestidos de negro que gritan, arman ruido, se lo beben todo y ensucian. Volar, vuelan bien, admite, pero cualquiera diría que estamos en esa película de Hitchcock en la que los pájaros atacan a Tippi Hedren, tan guapa ella, tratando de huir con su traje verde. Luego resultó que el que la atacó fue el propio Hitchcock, hay qué ver.

La Planchá ha retrocedido un poco, pero no por los pájaros sino porque acaba de ver arriba y abajo de la acera a Toñín agitando su manojo de llaves cual demente sonajero. Ese hombre le ataca los nervios, no tiene ganas de saludarlo ni de que se enrolle con algún cuento de los suyos, es muy coplero. Por huir de Toñín reculando hacia el portal, se acaba de topar con la chica joven que vive en el sótano, esa que antes tenía pareja y les daba por sacar al patio una sombrilla y unas sillas de playa, la gente no es más impresentable porque no se esfuerza. Ya no juegan a que están viendo el mar, entre otras cosas porque ya no están juntos, el sótano lo habita ella sola, en fin, es joven, otro con quién hacer el idiota encontrará.

Qué tal guapa, qué tal, saluda la Planchá, que otra cosa no , pero educada sí. De guapa no tiene mucho, es más bien esmirriadita y cuando se ríe enseña unos dientes muy necesitados de ortodoncia.

Son bonitos los vencejos, dice ella con voz dulce al ver que la Planchá está mirando al cielo.

Bonitos no diría yo, amenazantes más bien. Como este edificio, cualquier día se nos viene abajo como la casa esa que explotó. Es increíble como en un momento te puedes quedar sin nada, y dando gracias si no te quedas sin tu propia compañía. Que te mueres, vaya, sin comerlo ni beberlo.

Ya tiene al Toñín en la chepa, qué hombre insoportable, todo el día en la calle, salgas a la hora que salgas, te lo encuentras. A él y a tres más como él que no tienen nada que hacer en todo el día.

Toñín ha oído lo del edificio y suelta su perorata.

 Antes se cae Madrid entero que esta casa. Esta casa, se lo juro, es lo más duro del mundo, ¿no ve que tiene vigas de hierro? Cada cinco minutos tiene una viga de hierro.

Acaba de confundir el tiempo con el espacio, pero eso no lo detiene.

Este edificio, si hay un desastre de esos que se acaba el mundo y solo quedan las cucarachas, ¿sabe lo que le digo?, este edificio se queda.

No me diga que es usted ahora arquitecto en funciones, dice la Planchá atusándose sin necesidad la melena, muy lisa, sin un solo pelo fuera de su sitio.

Conozco esta finca como si fuera mía, son muchos años.

Pues suya no es y yo me voy, he quedado con una amiga y llego tarde.

Tengo las llaves de la azotea, anuncia Toñín agitando el manojo como si quisiera tentarla. Las tengo porque me han encargado una chapuza, pero el que quiera subir luego a ver la puesta de sol, el que quiera contemplar las vistas…se lo juro, la iglesia blanca de atrás, desde arriba parece el Vaticano.

La del sótano vuelve a reírse y dice que ella se apunta.

Ya hay que estar desesperada para querer ir a semejante expedición y con ese guía, piensa la Planchá. El sol está desquiciado y los pájaros y el mundo entero desquiciado.

Si tú me dices ven, ay, pero si tú me dices ven, lo dejo tooodooo, oye canturrear a Toñín peinando de nuevo la calle.

Ya le podía decir alguien ven y así nos lo quitamos de encima, pero no caerá esa breva. Esos pájaros, ¡qué putiferio de cielo!

Lluvia de estrellas

Me voy a pilates, hasta luego.

Su mujer se había pintado los ojos con sombra azul y llevaba una mochila pequeña colgada por delante.

Hasta luego, que te diviertas.

Ella se giró y le contestó que no se trataba de divertirse, que iba a pilates porque lo necesitaba, se señaló la espalda.

Claro, mujer, bien que haces, ve y te estiras, yo me voy ahora donde el Sandu.

¿Otra vez? Pues si que te ha dado fuerte, ni que te pagara.

A Ernesto le molestaba ese mercantilismo, no todo tenía que hacerse por dinero, un trabajo no era menos importante porque no se cobrara. En realidad sí lo era, si no te pagaban no era trabajo, era otra cosa que no sabía cómo llamar.

No es un pasatiempo, es un servicio que yo hago de forma voluntaria, se decía a sí mismo para convencerse mientras esperaba al autobús. Las primeras lilas habían brotado detrás de una verja, pasó una pareja y se paró a arrancarlas, lo hacían con determinación, como si lo tuvieran planeado desde el día anterior.

No se arrancan las flores, no se roban las flores, dijo una señora.

La pareja la ignoró y siguió arrancando lilas con ansia, más deprisa, el autobús llegó antes de que terminaran y Ernesto los perdió de vista. Ahora habían colocado esas pantallas, en un lado aparecía en azul el recorrido, la parada en la que estabas y a la que ibas a llegar, en el otro daban informaciones o mensajes de entretenimiento.

No le gustaba la pantalla esa, imantaba sus ojos, la miraba sin querer, era molesto, tampoco le resultaba agradable que le fueran introduciendo en su cerebro cosas que no quería saber.

“El jabón de Marsella es respetuoso con el medioambiente, puro y natural”, la imagen de una pastilla de jabón.

 «Jan el Jalili es uno de los bazares más interesantes de todo el oriente medio, se encuentra en la ciudad del Cairo». En la foto se veía una puerta en forma de arco ojival y a los lados un lío de cacharros que él no querría ni regalados.

“El mundo está lleno de pequeñas alegrías, el arte consiste en saber distinguirlas, Li Tai-Po». Eso lo había dicho ese hombre que no sabía quién era. Ya ves tú…

«La epicondilitis es una lesión del codo consistente en»…

Una conversación en voz muy alta le distrajo de la lesión, era una chica muy enfadada hablando por su móvil, ¿”tú te crees que me meto a ver al Rubi y me había bloqueado las historias?, me entraron los mil demonios, me enrabieté, me puse toda loca, ya le he dicho al Chicho que eso a mí no me lo hace, que eso a mí…”

La chica se bajó con su ira a cuestas por algo que él no entendía, le empezaba a pasar bastante lo de no entender.

El lado izquierdo de la pantalla le indicó que la siguiente parada era la suya, aunque no le hacía falta mirarlo porque se sabía el recorrido de memoria, ese había sido su antiguo barrio y desde que se mudaron tenía querencia, volvía y volvía y no solo porque le hubiera salido ese trabajo. O lo que fuera.

El barrio era feo, había que reconocerlo, y siempre había obras que más que arreglar parecía que destrozaban con ensañamiento lo ya viejo, como si odiaran el territorio. Subió por una calle estrecha evitándolas y después hizo su recorrido por las fruterías antes de llegar a la de Sandu. Ahí estaba, fuera, fumando.

Apunta, apunta, le dijo Ernesto a su amigo y también patrón o algo así.

Tú dime los números que a mí no me hace falta apuntar, se me queda todo aquí.

Sandu se señaló la cabeza, que tenía bastante voluminosa, acorde con su corpachón. La cara era casi tan roja como la de sus tomates.

A Ernesto que no quisiera apuntar le pareció poco profesional, pero no se lo iba a decir.  Me he pasado por lo de los pakistaníes, por la tienda del rancio, por la de los hermanos moteros, y por el Carrefour, aquí tienes el listado de precios. A lo que te voy, puedes subir  el kiwi amarillo, está a siete y hasta a ocho y de menor calibre que estos.

Mañana lo subo, eso te lo digo ya, hoy no porque tengo los precios puestos, pero mañana está subido.

Ernesto arrancó la primera hoja de su cuadernito de espiral y se la dio al otro, ya se imaginaba que la iba a tirar, pero a él le gustaba hacer las cosas bien. Desde que había empezado a colaborar con Sandu como asesor comercial y espía corporativo, las mañanas se le pasaban volando, no como antes, cuando no sabía que hacer y daba vueltas por la calle resignado ya a la inactividad total.

 Era un desastre el Sandu, no tenía sentido del negocio, menos mal que se dejaba aconsejar, que aceptaba sus ideas.

Estas judías, hombre, poca vista tienes, le dijo Ernesto acercando su nariz bulbosa a la bandeja de judías verdes, ¿por qué tienes las más feas en un lado y las bonitas en el otro? Júntalas todas y deja una capa de las bonitas encima, al que compre se las das mezcladas, ¿crees que lo van a notar?

Sandu comenzó a colocarlas, riéndose, se reía siempre. Qué mala suerte, la Georgeta acababa de aparecer, con ella no tenía entendimiento, ni siquiera le saludó. Habrá que comprar leche, habrá que recoger un poco antes a la niña, habrá que esto o lo otro. Habrá quería decir “haz esto o haz lo otro, Sandu”. Con la Georgeta no tenía confianza, las pocas veces que estaba en la tienda, Ernesto pasaba de largo con un leve saludo de mentón hacia arriba. Esa mujer de pelo tan negro, con esos pómulos tan marcados le imponía mucho respeto. Y no le gustaba su manera de hablar, como si cortase las palabras con la lengua. Era por el acento, poco amistoso a su parecer.

La Georgeta acababa de estropearle la mañana. Se despidió de Sandu y se dio media vuelta. Ya no tenía ocupación, podía volver andando, pero le dolía una rodilla, se la frotó mientras esperaba el autobús.

“La lluvia de estrellas de las Eta Acuáridas comenzó el 19 de abril y seguirá hasta el 28 de mayo, es una buena oportunidad para observar los meteoros”, le avisó la pantalla. En la imagen aparecía un hombre de espaldas pertrechado de telescopio, contemplaba unos cielos grandiosos, como él en su vida había tenido la ocasión de presenciar. Y pocas esperanzas tenía de poder ver eso alguna vez.

“La lactancia materna posee numerosos beneficios tanto para el bebé como para la madre y se recomienda…”, largaba incansable la pantalla. Miró por la ventanilla, harto.

Una mujer le decía a su acompañante, “¿por qué no crees en Dios, en Dios hay que creer porque siempre ha existido, si no quieres no creas en los curas, pero en Dios…”

Antes de bajarse se le coló en los ojos una cita de Nietzsche, “Si lo intentas, a menudo estarás solo y a veces asustado”, y la cara del filósofo con enormes bigotazos.

No sabía qué había querido decir, lo pensó mientras caminaba hacia casa, puede que no lo hubiera dicho así, en esa frase faltaba algo, se imaginó al encargado de rellenar la pantalla de contenidos, ¿quién sería? ese sí que era un trabajo idiota, pero si te pagaban…A él no le pagaba el Sandu pero gustosamente le asesoraba.

Su mujer ya había vuelto de pilates, la sombra azul de los ojos se le había extendido por media cara.

Poco has trabajado tú hoy, le dijo.

En mayo se puede ver una lluvia de estrellas, fue a decir, pero, pensándolo mejor, se calló.

Leticia

La primera vez que mencionó a su hija lo hizo de forma espontánea, sin darse cuenta de lo que estaba diciendo. La clienta acababa de salir del probador con un vestido largo y se miraba dubitativa en el espejo. Por delante, avanzando un poco una pierna, por detrás, girando el cuello, de perfil, caminaba, se estaba quieta, se tironeaba de las mangas.

Me gusta, tiene un bonito color, pero este corte… no estoy convencida, dijo recolocándose el escote.

Mi hija tiene uno igual y se lo pone muchísimo. Eso fue lo que se le escapó porque ya veía que el vestido volvía a la percha y aquella mujer abandonaba la tienda.

La mujer, tras sostener el vestido en sus manos un momento, sopesándolo, lo compró. Esther no creía que hubiera sido por el dato filial que había aportado, pero empezó a utilizarlo en cuanto atisbaba duda y, a medida que lo usaba, lo iba adornando, lo enriquecía con nuevas aportaciones. Su hija era alta y muy guapa, iba todas las ferias de moda importantes, su hija viajaba mucho, tenía una facilidad pasmosa para los idiomas, su hija poseía una gran simpatía, una elegancia natural.

No utilizaba todas las características a la vez porque hubiera resultado abusivo, las iba dejando caer con unas o con otras y así completaba un retrato que, en realidad, ya no era tanto una táctica de venta como un regalo que ella misma se ofrecía. Una hija maravillosa y diseñada a su medida.

El relato se fue agrandando con el tiempo, en ocasiones por pura necesidad pues tanto mencionaba a la fantástica hija que algunas clientas habituales le preguntaban por ella de forma general

¿Y dónde anda ahora Leticia?, le preguntó concretando por vez primera Natalia, una mujer gorda que siempre buscaba amplitud de telas donde refugiar y esconder sus carnes.

En Milán, dijo ella cogida por sorpresa. Pero no está por trabajo, es que su pareja es de allí.

¿Está casada?, indagó la otra, con afán de cotilleo.

No, no. Leticia nunca ha querido atarse a nadie, aunque esta vez me parece que está muy enamorada. No sé, procuro no meterme en los temas del corazón, es algo suyo, procuro no inmiscuirme en ningún tema, en realidad. Es su vida.

Claro, y bien que haces, de todas formas, nunca te hacen caso. Lo malo es que las mujeres, si quieren tener hijos, que no sé si será el caso de Leticia, tienen un reloj biológico que, ya sabes, marca las horas.

Pues mira, ha decidido no ser madre, está muy volcada en su profesión, ya te he dicho que no quiere ataduras. Lo importante es que ella es feliz, no conozco a nadie tan feliz.

La juventud, eso hace mucho, lo hace todo, dijo la otra que ya estaba empezando a odiar secretamente a la alta, delgada, políglota, libre, guapa, enamorada y feliz Leticia. Cuando eres joven todo es perfecto, luego el tiempo va pasando y nos desinfla a todos.

A ti no te ha desinflado, más bien al contrario, pensó Esther, que había detectado la malicia en las palabras de la otra. No entendía por qué le había sentado tan mal el sutil ataque si su hija ni siquiera existía. Al pararse a pensarlo se dio cuenta de que muchas de esas mujeres ponían cara de disgusto, cara que trataban de disimular pintando encima un gesto amable, cuando mencionaba a su hija.

A partir de ese día se permitió introducir alguna desgracia menor en la vida de Leticia, no ya para vender sino para resarcirla de ese odio porque le dolía tanto o más que si fuera dirigido hacia ella. Al igual que con las virtudes, se fue animando y, sin querer, la llevó al desastre. Primero le hizo un inofensivo esguince de tobillo que la mantuvo varada durante un mes, pero después le provocó un malestar de origen desconocido que la tenía muy ocupada de médico en médico. Las clientas empezaron a interesarse mucho por la pobre Leticia y ella recibía con agradecimiento sus preguntas y consejos, sintiéndose arropada y querida.

Finalmente lo resolvió con un diagnóstico de fibromialgia por el que tuvo que pedir la baja. Leticia ya no trabajaba, era incapaz de soportar los vuelos, los largos horarios, la intensidad de la vida social. Estaba en casa y leía porque siempre había sido muy buena lectora, también cocinaba, cuando la enfermedad no la dejaba agotada del todo. No, ya no estaba con el milanés, aquella historia había terminado.

Llegado a ese punto ya no podía utilizarla como señuelo para vender sus ropas porque Leticia se pasaba el día en pijama,  así que mencionaba a otras mujeres que acababan de pasar por ahí, sin decir nombres ni aportar datos excepto el de su singular estilo, mujeres que se habían llevado justo lo que la clienta del momento estuviera probándose.

Lo decía con tono aburrido y poco convincente porque estaba triste. Por su hija, por su destino truncado, por ella misma. Pero qué tontería, si era suya. La haría remontar, poco a poco la devolvería a su anterior y maravillosa vida. Pero entonces volvería el odio, eso ya lo sabía. Todas esas afables mujeres retomarían su anterior hostilidad. Tú no te preocupes, Leticia, le dijo a su hija enferma que, en su imaginación, miraba pálida y despeinada por la ventana. Tranquila que volverás a ser la que eras y mejor todavía, y si esas te detestan, a ti qué más te da, que se fastidien. Colocó los vestidos que una indecisa acababa de toquetear y se sentó tras el mostrador desde donde se veía un trozo de calle.

La gente pasaba como estelas fugaces, acarreando sus vidas, por el rectángulo de la puerta.