Leticia

La primera vez que mencionó a su hija lo hizo de forma espontánea, sin darse cuenta de lo que estaba diciendo. La clienta acababa de salir del probador con un vestido largo y se miraba dubitativa en el espejo. Por delante, avanzando un poco una pierna, por detrás, girando el cuello, de perfil, caminaba, se estaba quieta, se tironeaba de las mangas.

Me gusta, tiene un bonito color, pero este corte… no estoy convencida, dijo recolocándose el escote.

Mi hija tiene uno igual y se lo pone muchísimo. Eso fue lo que se le escapó porque ya veía que el vestido volvía a la percha y aquella mujer abandonaba la tienda.

La mujer, tras sostener el vestido en sus manos un momento, sopesándolo, lo compró. Esther no creía que hubiera sido por el dato filial que había aportado, pero empezó a utilizarlo en cuanto atisbaba duda y, a medida que lo usaba, lo iba adornando, lo enriquecía con nuevas aportaciones. Su hija era alta y muy guapa, iba todas las ferias de moda importantes, su hija viajaba mucho, tenía una facilidad pasmosa para los idiomas, su hija poseía una gran simpatía, una elegancia natural.

No utilizaba todas las características a la vez porque hubiera resultado abusivo, las iba dejando caer con unas o con otras y así completaba un retrato que, en realidad, ya no era tanto una táctica de venta como un regalo que ella misma se ofrecía. Una hija maravillosa y diseñada a su medida.

El relato se fue agrandando con el tiempo, en ocasiones por pura necesidad pues tanto mencionaba a la fantástica hija que algunas clientas habituales le preguntaban por ella de forma general

¿Y dónde anda ahora Leticia?, le preguntó concretando por vez primera Natalia, una mujer gorda que siempre buscaba amplitud de telas donde refugiar y esconder sus carnes.

En Milán, dijo ella cogida por sorpresa. Pero no está por trabajo, es que su pareja es de allí.

¿Está casada?, indagó la otra, con afán de cotilleo.

No, no. Leticia nunca ha querido atarse a nadie, aunque esta vez me parece que está muy enamorada. No sé, procuro no meterme en los temas del corazón, es algo suyo, procuro no inmiscuirme en ningún tema, en realidad. Es su vida.

Claro, y bien que haces, de todas formas, nunca te hacen caso. Lo malo es que las mujeres, si quieren tener hijos, que no sé si será el caso de Leticia, tienen un reloj biológico que, ya sabes, marca las horas.

Pues mira, ha decidido no ser madre, está muy volcada en su profesión, ya te he dicho que no quiere ataduras. Lo importante es que ella es feliz, no conozco a nadie tan feliz.

La juventud, eso hace mucho, lo hace todo, dijo la otra que ya estaba empezando a odiar secretamente a la alta, delgada, políglota, libre, guapa, enamorada y feliz Leticia. Cuando eres joven todo es perfecto, luego el tiempo va pasando y nos desinfla a todos.

A ti no te ha desinflado, más bien al contrario, pensó Esther, que había detectado la malicia en las palabras de la otra. No entendía por qué le había sentado tan mal el sutil ataque si su hija ni siquiera existía. Al pararse a pensarlo se dio cuenta de que muchas de esas mujeres ponían cara de disgusto, cara que trataban de disimular pintando encima un gesto amable, cuando mencionaba a su hija.

A partir de ese día se permitió introducir alguna desgracia menor en la vida de Leticia, no ya para vender sino para resarcirla de ese odio porque le dolía tanto o más que si fuera dirigido hacia ella. Al igual que con las virtudes, se fue animando y, sin querer, la llevó al desastre. Primero le hizo un inofensivo esguince de tobillo que la mantuvo varada durante un mes, pero después le provocó un malestar de origen desconocido que la tenía muy ocupada de médico en médico. Las clientas empezaron a interesarse mucho por la pobre Leticia y ella recibía con agradecimiento sus preguntas y consejos, sintiéndose arropada y querida.

Finalmente lo resolvió con un diagnóstico de fibromialgia por el que tuvo que pedir la baja. Leticia ya no trabajaba, era incapaz de soportar los vuelos, los largos horarios, la intensidad de la vida social. Estaba en casa y leía porque siempre había sido muy buena lectora, también cocinaba, cuando la enfermedad no la dejaba agotada del todo. No, ya no estaba con el milanés, aquella historia había terminado.

Llegado a ese punto ya no podía utilizarla como señuelo para vender sus ropas porque Leticia se pasaba el día en pijama,  así que mencionaba a otras mujeres que acababan de pasar por ahí, sin decir nombres ni aportar datos excepto el de su singular estilo, mujeres que se habían llevado justo lo que la clienta del momento estuviera probándose.

Lo decía con tono aburrido y poco convincente porque estaba triste. Por su hija, por su destino truncado, por ella misma. Pero qué tontería, si era suya. La haría remontar, poco a poco la devolvería a su anterior y maravillosa vida. Pero entonces volvería el odio, eso ya lo sabía. Todas esas afables mujeres retomarían su anterior hostilidad. Tú no te preocupes, Leticia, le dijo a su hija enferma que, en su imaginación, miraba pálida y despeinada por la ventana. Tranquila que volverás a ser la que eras y mejor todavía, y si esas te detestan, a ti qué más te da, que se fastidien. Colocó los vestidos que una indecisa acababa de toquetear y se sentó tras el mostrador desde donde se veía un trozo de calle.

La gente pasaba como estelas fugaces, acarreando sus vidas, por el rectángulo de la puerta.

20 comentarios en “Leticia

  1. ¡Madre mía!… has dado en el clavo . Este truco de vender funciona cien por cien, tengo la experiencia propia.
    Y que complicada es nuestra mente …»El sentimiento, la imaginación o la emoción pueden gobernarle a uno» así escrito en Wikipedia. No miente Wilipedia , igual tengo mi propia experiencia. Muchas gracias por proponernos la lectura, tan exquisita. un abrazo.

      1. Uno puede conocer su propia mente tanto como se proponga. Es mi modesto punto de vista. Solo es cuestión de observar… y por supuesto de echarle toneladas de honestidad. Claro que a nivel social quizá estas reflexiones van directas a la papelera.

      2. A la papelera no, al contrario. Por lo menos en mi caso.
        Y tienes razón en que hace falta honestidad y valor porque puede que no nos guste lo que vemos o nos haga sufrir.

  2. Todo un tratado de psicología el que nos has traído aquí…. así somos las personas, sospecho que casi sin darnos cuenta. En cuanto vemos alguien que triunfa en aquello que nosotros ni nos atrevimos a emprender, al principio le animamos, pero si triunfa, ay si triunfa, entonces nos dedicamos a tirarle piedras hasta que cae otra vez.

    Y, por otro lado, el cómo la necesidad nos hace crear (y creer) en cosas que nunca existieron. Manual de supervivencia, página uno.

    Un gran relato.

    1. Eso se llama envidia y es muy frecuente. También humano, ¿quién no la ha tenido alguna vez? Lo importante es darse cuenta y no dejarse llevar por ella, no tirar la piedra a nadie, ya que cada uno tiene lo suyo y nadie es feliz del todo ni por siempre.
      Crear y creer, fundamental!!
      Gracias, Beauseant 🙂

  3. La envidia uno de los primeros sentimientos que afloran en nuestra vida, siendo aun muy pequeñitos y que la van tiñendo con ese enojo que emana de ver que otros tienen o son lo que queremos para nosotros. Muy bien encarado, esa necesidad de fantasear no solo para la venta, sino también tan vez, para ir llenando huecos en nuestra vida y la voltereta que ese sentimiento proyectado tan destructivo hace que tengamos que dar en nuestra historia. El rechazo que también hace que modelemos el relato…. gracias Eva, muy bueno. abrazos

  4. La envidia, esa pulsión tan humana. ¿O será el deporte nacional?
    La aversión, otra pulsión muy humana. O la maldad (desear el mal o la desgracia ajenos).
    Y la tendencia a mentir… y a inventar. Quizá son variantes imaginativas de la vanidad (o el buscar llamar la atención como sea).
    ¿La mente humana es complicada? ¿Qué dices? No había caído jamás en eso.
    Como dice muy acertadamente Beauséant, todo un tratado de psicología. El relato va mutando y a la vez creciendo. Al final me has hecho reír.
    Bravo. Un texto fantástico.

    1. Por pulsiones que no quede. Malas y buenas, de todo tenemos.
      Lo dices con ironía lo de que has caído en la complejidad de la mente, ¿verdad?
      Me alegran las risas y tu visita, What.
      Besos y gracias!!

  5. Dicen que la envidia es el pecado capital de los españoles , hasta Borges lo dijo… y me temo que sí que bastante de eso hay.
    No solo entre conocidos, sino entre amigos, familiares, etc….
    Y eso repercute en todo, desde la relación más circunstancial hasta vínculos que han sobrevivido a muchos años.
    Tanto es así que se utilizan atenuantes como «envidia sana» o eximentes parecidos.
    Envidia hay en todo el planeta pero el nivel envidioso de los españoles es imposible de igualar.

    Besos.

    1. Si es envidia ya no es sana.
      A lo mejor quieren decir admiración.
      No sé si en otros países habrá menos, es difícil comparar, pero desde luego prolifera como mala hierba.
      Besos!!

  6. Imaginaria o real, cuando una hija se ausenta, deja un enorme hueco en el corazón que no se puede rellenar en ningún idioma. Un besazo.
    Entonces sólo le queda inventar lo que ignora.

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