Día: 9 de junio de 2022

Mal de amores

 Sonia se ha ofrecido a pasear a los perros de otro y así tiene la excusa perfecta para estar todo el día en la calle. Es verdad que la calle puede ser incómoda. Hace frío, hace calor, hace viento, hay obras, hay muchas obras, todo está lleno de zanjas y máquinas y ruidos, también hay muchos coches y, como viene observando, cada vez son de mayor tamaño. Cuando salen de los garajes la asustan con esos volúmenes desmesurados, esas envergaduras descomunales. Y lo curioso es que, dentro, solo suele viajar uno. O una. En los semáforos miran sus cacharritos que les indican por donde tienen que ir. Y pitan porque se atascan, lo normal, con esos mamotretos. Esos son los inconvenientes. Y las ventajas, que todo está ahí, lo bueno y lo malo, en todo su color y diversidad, y no en su casa donde solo está ella y ese olor a humedad. Así que sale con los perros y mientras los pasea y mira la vida que pasa, habla con unos y con otros siempre que puede. O lo intenta.

No siempre es posible pegar la hebra, muchos tienen prisa y la esquivan o le dicen hasta luego, en vez de hola y eso quiere decir, no me paro y no se te ocurra pararte a ti. Ella camina despacio, agarrada a la correa de sus dos perros prestados, añorando a su perrita Luci, tan cariñosa. La añora y no se le pasa, tanto dentro como fuera de casa, todo se la recuerda. Al principio lo contaba y la gente era comprensiva porque Luci acababa de morir y le decían eso de “cuánto se quiere a las mascotas”, pero llegó un momento en que la miraban raro, porque la comprensión es limitada y dura lo que dura y si ella siguiera diciendo que todavía está triste y que aun echa de menos a Luci la tomarían por loca y le mandarían que tomara antidepresivos porque eso no es normal. Normal o anormal la extraña y se siente sola muchas veces.

Por suerte, durante sus paseos también se encuentra con personas que están dispuestas a pararse y charlar un rato, como Emilia, la de los broches. Ya le ha visto un avión de papel, una nube y una serpiente con su lengua bífida y todo. Hoy lleva la nube.

¿De dónde sacas tú esto, Emilia?, le pregunta.

Los hace mi hija que es artista.

¡Tomá!, ha exclamado Sonia sin saber qué más decir. El arte le impone mucho. Admira a los artistas, pero también los teme un poco, no sabe por qué. No le parece que Emilia sea de la rama del arte.

Mira qué brazos más blandos se me han puesto, le está diciendo la del broche de nube.  Por eso no me gusta el verano, porque hay que ir enseñando las carnes y por mucho que te quieras recatar cuando llegan los treinta y cinco y los cuarenta, no años sino grados, te lo quitas todo y enseñas lo que más te gustaría llevar tapado.

He estado pensando, ha dicho luego apoyándose en uno de los contenedores de basura, que hacerse viejo es ir poniéndose blando, como las frutas, ¿sabes? Primero estás en el árbol y eres una flor más bonita que un san Luis, después te haces fruto y ahí también muy bien, estás apetitosa y todos te quieren comer, llegan los pájaros y te picotean, eso ya no me gusta tanto porque te hacen agujeros y por ellos se cuela la pudrición, malo si te cogen para venderte y comerte y malo también si te caes al suelo hasta que te haces papilla, puré de lo que sea y ahí te quedas, disolviéndote, tierra eras y en tierra te convertirás.

Sonia a esas cosas no sabe qué contestar, así que suelta, “nos ha jodío mayo” y luego se arrepiente de ser tan poco fina, pero dicho está y no lo puede borrar.

En eso están cuando se cruzan con la chiquita flaca que vive en el sótano derecha, se ha puesto un vestido de rayas rojas con el dibujo de un faro estampado en su centro y unas zapatillas rojas de correr.  Los ojos están del mismo color que las rayas del vestido y que las zapatillas. Como le han preguntado, ha dicho que es alérgica y que era tal la picazón que se los acaba de refrotar con mucha violencia, aunque ya sabe que no debería hacer eso porque se le irritan más.

Pero a Sonia no la engaña, esa se ha pegado una panzada a llorar, que no es que llorar sea malo, al contrario, llorar te deja más suave que la piel de un bebé, llorar te relaja, está comprobado por la ciencia del lloramiento. Pero si lloras, aunque sea bueno, es porque algo te pasa, que bueno no es. Seguro, seguro, que es por el chico que vivía con ella, tiene mal de amores la criatura. El mal de amores es bonito, aunque eso no se le pueda decir a uno que lo sufre, es bonito cuando eres joven. Después ya no se llama mal de amores, se llama desamor o soledad y eso sí que no tiene gracia.

Anda ya, le dice Sonia, anda ya que con lo guapa que vas no tardarás mucho en encontrar a otro que te quiera y tú a él. Si el mundo está lleno de hombres, será por hombres, que les zurzan a todos los hombres, sal con tus amigas y diviértete que la vida es breve y después, mírame a mí, te duele la espalda, se te cae el pelo, se te muere la perrita y yo qué sé qué más.

Que te ablandas, suelta Emilia moviéndose con una mano la carne del brazo de la otra.

Pero si yo solo he dicho que tengo alergia, dice la esmirriadita con cara de susto, abriendo mucho los ojos rojos.

Calle arriba se aleja  más veloz que una libélula con su vestido marinero.