Mes: julio 2022

Lo que nadie puede hacer por ti

Los arreglos que está haciendo en la azotea tienen muy ocupado a Toñín, tanto que apenas se le ve por el portal, Sonia lo echa de menos. Algunos de los habituales se han ido de vacaciones, como Emilia, que salió disparada el otro día con un broche en forma de pez enganchado a la blusa, como proclamando “a la playa me voy” y aquí os quedáis en el asfalto cocido. C,est la vie, se dice a sí misma Sonia como consuelo y para espantar esa desazón que le provoca el verano, el suyo, no el verano en general.

Un borracho se ha quitado la camisa y la está utilizando de capote para torear a los que pasan, cuando ve algo distinto a una persona, como una moto, se emociona mucho y acentúa sus lances. Los dos perros de Sonia también le han provocado entusiasmo y sale corriendo hacia ellos tratando de dibujar una Verónica. Sonia avanza a su ritmo sin inmutarse, borrachos toreros a ella. Que sepas, le dice, que estos perros fueron maltratados, a este le quemaban con cigarrillos, si quieres te enseño las quemaduras. Sonia se para y comienza a contarle las desgracias de los chuchos, tema en el que es especialista. Con tanto verismo narra y tan desconcertado ha dejado al otro que consigue que el hombre se vista y, afligido, se marche dando tumbos en otra dirección.

Si espera un poco más, Toñín aparecerá porque ya casi es la hora de recoger las basuras, a la tercera vuelta a la manzana, ahí lo tiene, despeinado y con los bigotes alicaídos, mustios de calor y polvo.

Tú no puedes hacer todo, tienes que pedir ayuda, búscate a alguien que suba contigo a hacer los arreglos esos y así acabas antes, ¿no ves que te va a doler la espalda o te va a dar una insolación? Y si te lesionas o te pones malo luego no vas a poder hacer ni eso ni nada y verás…

Es que hay cosas que otro no puede hacer por ti, contesta Toñín recostándose en la pared que, a última hora del día, arde. Una vecina con una cara muy blanca e inexpresiva, como de sábana, se les une. A Sonia no le gusta mucho porque no habla y porque tiene la sensación, siempre la tiene cuando la ve, de que acaba de resucitar. La vecina cara de sábana se llama Esther y va en zapatillas de estar por casa.

Qué tontería es esa de que solo tú puedes hacer las cosas, alguien más podrá, dice Sonia mirando solo a Toñín.

Que no, que hay cosas que solo tú puedes hacer. Pis, por ejemplo, eso no lo puede hacer otro por ti.

Anda este, qué cosas dice, tiene cada caída…

Ahora sí ha mirado Sonia a cara de sábana, pero nada, ni una respuesta, solo la frente blanca se arruga levemente.

Morirse, sigue diciendo Toñín, eso tampoco lo puede hacer otro por ti.

Te doy la razón, eso sí que no…ojalá, ¿verdad? Muérete tú por mí, que yo no tengo ganas.

Esther sacude su sábana en oleadas de risa.

La Planchá irrumpe con ruido de maletas atravesando la tertulia del ocaso.

Me voy. A Roma. Nos vemos a la vuelta. Cuando tire la moneda en la Fontana de Trevi a lo mejor me acuerdo de vosotros, ¿algún deseo?

Pero antes de que tengan tiempo de manifestar nada, ya se ha subido al coche de alquiler que la estaba esperando abajo.

Hoy ya no porque se nos ha hecho tarde pero mañana o pasado mañana vamos a subir a la azotea a ver la puesta de sol. Os lo juro, la iglesia blanca vista desde arriba parece el Vaticano. El mismito Vaticano.

Las moscas revolotean muy contentas alrededor de los tres, como si estuvieran de acuerdo y quisieran apuntarse al plan.

Ver la puesta de sol, eso tampoco lo puede hacer nadie por ti, mete Toñín en la cuenta de actividades no delegables.

Ni el sol ni la luna, añade Sonia mirando para arriba.

Huy, así partida se parece a la media pastilla de orfidal que me tomo para dormir. Un poco más grande, claro está.