Mes: septiembre 2022

Un enemigo ha brotado

Como psicólogo que soy a mí no se me escapa nada, advierte el señor Pintiparado a un grupo de vecinos. A mí es raro que me engañen porque yo las cazo al vuelo, veo venir a la gente, es que la veo. El grupo de oyentes se ha puesto tenso, casi todos tienen algo que les avergüenza bien oculto en sus cajones secretos, algo que temen que pueda ser descubierto por los demás. Para disimular han sonreído complacientes.

 Os lo digo para que os vayáis haciendo a la idea, en este edificio he detectado muchas irregularidades y voy a sacarlas a la luz, sé que puedo provocar enfrentamientos y que habrá personas que no se lo tomen bien, lo sé y lo asumo, estoy decidido a destapar las verdades y eso va a doler.  Una de las verdades es que ese Toñín… no es lo que parece.

De Toñín no hables mal, ni me lo toques, tú serás todo lo psicólogo que quieras y sabrás mucho, pero ¿quién me lleva las bolsas cuando vuelvo cargada?, ¿quién me hacía la compra cuando estuve mala?, que bien mala que estuve, a puntito de caerme rodando por el escalón que te lleva a ese sitio que ya sabéis. Pues él, en lugar de huir como hicieron casi todos los demás, me subía la compra y me hacía compañía Y siempre tan alegre, cantando, riendo, ese hombre es lo mejor de la casa, qué digo de la casa, de la calle y del barrio entero.

Para reafirmar sus palabras Sonia se ha llevado una mano al corazón mientras con la otra sujeta las correas de los dos perros maltratados que pasea.

Majísimo, añade Emilia, a la que no partió un rayo, liante pero majísimo, limpia poco y mal pero majísimo, todas lo queremos porque nos canta canciones y nos llama princesas.

El encataviejas, lo que yo te diga, ha murmurado para sus adentros el Pintiparao.

Aquí estamos confundiendo sentimientos con realidades, ha matizado después izándose a sí mismo como si tirase de una cuerda interior, yo no he dicho que no sea afable ni que no albergue bondad en su corazón. Lo que he dicho es que ejecuta sus tareas con dudosa legalidad y declarada chapuza.

Qué bien habla este hombre, ¿verdad?, le ha dicho por lo bajo Emilia a Sonia y es así como elegantón y muy bien compuesto.

Bah, ha contestado Sonia, yo sé a dónde quiere ir a parar y no me gusta, así que me voy que los perros tienen que pasear y yo también.

Amparado en la deserción de Sonia el grupo se ha ido dispersando con lentitud. El psicólogo adivino se ha quedado solo bajo los largos hilos de araña que se mecen por el cielo. Alguien tendrá que poner el cascabel al gato, alguien tendrá que colgarle el cascabel porque aquí las cosas no se están haciendo en tiempo y forma. Y eso no, no, no se puede consentir.

Por las escaleras baja cantando Toñín, viene del tercero donde ha estado arreglando una luz, “y si el niño está malito, dale chocolate, chocolatito para el niño que cura todos los maleees. Ay que el niño está malitoooo».

Al llegar a la calle contempla a sus perejilas con orgullo, han crecido tanto que ya no son colegialas, sino universitarias. Reflexivo, se apoya en la tapa naranja del contenedor de basura, no es psicólogo pero de sobra sabe que además de perejil le ha brotado un enemigo.

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¿Y las libélulas?

A la Esmirriadita la calle le parece triste desde que ha vuelto de sus vacaciones. Las chinas que pintan las uñas asomadas a la puerta de su negocio, el señor laringectomizado con un apósito enorme en su garganta que saluda con un gesto de cabeza porque hablar no puede, las chicas de la panadería que dicen, “todo bien, no nos podemos quejar” y ese mismo “no nos podemos quejar» parece un lamento, las aceras otra vez abiertas como en herida permanente, los árboles mustios, agotados de calor,  la suciedad, el ruido del tráfico y todos esos transeúntes con pinganillos blancos incrustados en las orejas, ausentes y apresurados cyborgs.

Pero como la calle es la de siempre o no demasiado distinta a la que otras veces ha pisado, deduce que es su propia tristeza la que se filtra en ella y la mancha. Se siente como un caracol que va dejando una baba pegajosa de apatía y languidez sobre las aceras.

Pero al parecer no se le nota. Se encuentra a Sonia, lo cual no es difícil, le dice que está guapísima, que ese vestido azul  es precioso y qué que tal ha pasado el verano. Y ella agradece que no perciba su interior porque si no se detecta no será tan grave su malestar, solo una melancolía pasajera. Se mira el vestido azul como si nunca se lo hubiera visto, como si fuera el vestido de otra y se le hace extraño ese estampado de gatos con gafas sobre la tela ¿por qué lo lleva, por qué lo eligió?

No es verdad que sea bonito ni que ella esté guapa, acaba de verse en el espejo de una tienda y tiene muy mala cara, está pálida, los ojos ribeteados de ojeras y el pelo sucio porque le dio pereza lavárselo ayer y se prometió, “mañana”, que es lo que se promete últimamente. Y como mañana siempre está ahí, al otro lado del día que sea, basta con pronunciar esa palabra y sentarse a descansar del cansancio de no haber hecho lo que tenía que haber hecho. Porque lo no hecho le cansa tanto o más que lo ejecutado.

Todos esos trámites…le dice a Sonia refiriéndose a lo que ha dejado apartado para el siempre pospuesto mañana.

Sonia la mira sin entender y repite, ¡que estás guapísima! y se lo grita como si estuviera sorda, y yo no digo mentiras, ¿y qué tal el verano, te lo has pasado bien?

No he visto libélulas, en todo el verano no he visto ninguna libélula, ¿se habrán extinguido ya? Me da pena, son tan bonitas… sobre todo las azules ¿o las azules no son libelulas?

No sé, hija, yo de bichos entiendo poco, aquí hemos tenido moscas y mosquitos por si te sirve de consuelo y cucarachas también he visto desfilando por la noche que eso parecía el Madrid fashion week o como se llame eso de la moda que hacen.

La Esmirriadita se ha reído enseñando sus dientes asimétricos.

Las libélulas han emigrado hacia el norte porque necesitan agua, se han visto escuadrones de libélulas mudándose hacia hábitats más amables. Las libélulas pertenecen al orden de los odonatos y son muy beneficiosas porque se comen a las moscas y mosquitos.

¡Toma ahí lo que sabe el profesor!, ha exclamado Sonia con admiración, no tanto por el discurso de Anselmo, que no le interesa demasiado, sino por la capacidad que tiene de aparecerse como un fantasma. O como un mago.

Así que se han ido, son más listas que nosotros. Yo también tengo que irme pero aquí al lado, las gestiones, los trámites…

Y con velocidad libelular la Esmirriadita ha cruzado la calle. Al llegar a su mitad el vestido azul ha cambiado bruscamente de dirección y con el mismo empuje volátil ha enfilado en sentido contrario, hasta donde vive la mujer que se ha hecho una casa con cuatro maletas viejas y un trapo por encima. Ahí se ha parado un momento el vestido azul, los gatos con gafas consternados.

Ella sí que es una libélula, tan delgadita, si parece que se va romper, pero mírala qué deprisa va arriba y abajo, ¿para qué? Qui lo sa, le dice Sonia a nadie porque el profesor de mates ya se ha volatilizado.

Las Perejilas

¿Sabes lo que me ha pasado este verano?

Sonia reprime un bostezo, ya se está imaginando que Emilia va a empezar con una narración pormenorizada de algún viaje o, peor todavía,  de diversos traslados pautados de quincena en quincena. De quince de julio a quince de agosto estuve en las rías Baixas, después nos fuimos unos diítas bla,bla,bla, y lo visto, lo dormido, lo bañado, lo comido y lo bebido. No solo se ha pasado todo el verano en Madrid soportando el calor del infierno, sino que ahora, los recién llegados le cuentan dónde han estado y, lo que es peor, le enseñan las galerías de sus móviles. La de la farmacia, que es muy maja, hay que admitirlo y por eso se lo ha perdonado,  le acaba de mostrar toda una ristra de imágenes de su viaje a Egipto y hasta le ha puesto un video de su hijo dando de comer a un cocodrilo como si fuera un pato del parque.

 Lo de las pirámides no es para todo el mundo, entiéndeme, en algunas tienes que pasar por unos pasadizos muy estrechos, a oscuras y de rodillas hasta llegar a la momia. Y todo eso con la diarrea del viajero.

 ¡Ángela, María, Manuela!, ha exclamado Sonia para dar por terminada la conversación. No le atraen las momias y esos parajes tienen que estar de polvo…

Pero no, Emilia no le quiere contar ningún viaje ni traslado, es otra cosa más llamativa. Agárrate, que va:  que me ha caído un rayo, estoy aquí de milagro.

Sonia se ríe creyendo que es broma, pero Emilia se acaba de arremangar el vestido y le enseña una marca en la pierna.

Aquí incidió, explica muy propia ella.

Resulta que yo adoro, pero adoro con toda mi alma las tormentas, no hay nada que me pueda dar más felicidad, sobre todo cuando alivian uno de esos días de bochorno soporífero como los que hemos tenido, pues resulta que estaba disfrutando de una ellas con toda su parafernalia y puesta en escena de relámpagos, truenos, aguas en tromba y olores a tierra mojada que aquello era una bendición del cielo.

En mi terraza estaba, no te digo más,  abriendo así los brazos como diciendo “ven a mí, ven”. No es que yo quisiera que viniera nadie y mucho menos un rayo, pero está visto que hay que tener cuidado con los mensajes no verbales que enviamos. Supongo que él, el rayo, me quiero referir,  lo interpretó mal y no me preguntes cómo, pero se coló por la rendija de la barandilla, noté un latigazo en la pierna, una fuerza violenta me empujó hacia atrás y aterricé, menos mal, en el sofá. Como un amante arrebatado, lo mismo. Y con un poco de mala idea, también tengo que decirte.

Lo que no te pase a ti…

Pues así es, me pasan cosas, pero las resisto. Mira el broche, me lo ha hecho mi hija en conmemoración,  mi hija la artista, representa el rayo.

Bonito es, añade Sonia acercando las pestañas postizas a la cosa roja que zigzaguea sobre el vestido de Emilia. Bonito a la par que original.

Los artistas son originales o no son, zanja Emilia.  Va a venir mañana a comer conmigo, si quieres te la presento, verás qué simpática es, no se da importancia ni nada.

Encantada estaré, miente Sonia. Tanta originalidad le resulta avasalladora.

Por no quedarse atrás y porque ya está harta de que todos le coloquen sus historias sin poder dar réplica alguna rescata un sucedido del pasado y  le cuenta que conoció a la reina.

A la Sofía, acababa de llegar del exilio, tenía una cara de pasmada…vino a la tienda de ropa donde yo trabajaba entonces, era una tienda de alta costura, no te digo la marca, no sea que… no la conocí de entrada y como la vi en la puerta toda alelada, le planté, ¿qué quieres?, así, sin más, porque la mujer no reaccionaba. Y al rato otra vez, ¿que qué quieres? Cómo se puso el séquito, pero ¿sabes qué te digo? Que a mí las realezas ni fu ni fa, no me impresionan, si todos somos iguales, ¿o es que no somos todos iguales?

 Somos parecidos, iguales, iguales, tampoco.

¡Anda!, se asombra Emilia llevándose la mano al broche en forma de rayo, pero si han quitado el trozo de árbol que quedaba, pobre Toñín, estará disgustado, aunque, también te digo, que eso era una guarrería, daba pena verlo, es como si dejas un cadáver en mitad de la acera y que se busque la vida, o la muerte, mejor dicho,  y se descomponga por su cuenta y riesgo. No son maneras.

Toñín está muy bien,  ahora ha plantado perejil en la tierra que ha quedado en el cuadrado y ya está saliendo, mira esas hojitas tan chiquititas, se me parecen a niñas diminutas, a colegialas en miniatura.

Emilia se agacha para contemplar el nacimiento de las colegialas.

Le voy a decir a mi hija que haga un broche, dice cuando se levanta.

¿Un broche del perejil? No lo veo yo eso muy artístico.

No, claro, del perejil no, de las niñas juntas, jugando, niñas verdes, las Perejilas.

Cosas más raras dice esta mujer, piensa Sonia y se sube de un estirón la cintura del pantalón, que tiende a resbalar. Claro que yo también estoy fina, llamar niñas a esas hojas…debe de ser la soledad que me trastorna porque yo artista no soy ni original tampoco. Soy normalita, muy normalita pero no encuentro acomodo, que no encajo ni con unos ni con otros. Me he quedado desencajada, qué le vamos a hacer

Adiós, Emilia, me voy a dar otra vuelta a ver a quién más me encuentro.

Antes de empezar a andar, echa un vistazo a las Perejilas, ¡Qué monas son!, como no he tenido hijas…