Las Perejilas

¿Sabes lo que me ha pasado este verano?

Sonia reprime un bostezo, ya se está imaginando que Emilia va a empezar con una narración pormenorizada de algún viaje o, peor todavía,  de diversos traslados pautados de quincena en quincena. De quince de julio a quince de agosto estuve en las rías Baixas, después nos fuimos unos diítas bla,bla,bla, y lo visto, lo dormido, lo bañado, lo comido y lo bebido. No solo se ha pasado todo el verano en Madrid soportando el calor del infierno, sino que ahora, los recién llegados le cuentan dónde han estado y, lo que es peor, le enseñan las galerías de sus móviles. La de la farmacia, que es muy maja, hay que admitirlo y por eso se lo ha perdonado,  le acaba de mostrar toda una ristra de imágenes de su viaje a Egipto y hasta le ha puesto un video de su hijo dando de comer a un cocodrilo como si fuera un pato del parque.

 Lo de las pirámides no es para todo el mundo, entiéndeme, en algunas tienes que pasar por unos pasadizos muy estrechos, a oscuras y de rodillas hasta llegar a la momia. Y todo eso con la diarrea del viajero.

 ¡Ángela, María, Manuela!, ha exclamado Sonia para dar por terminada la conversación. No le atraen las momias y esos parajes tienen que estar de polvo…

Pero no, Emilia no le quiere contar ningún viaje ni traslado, es otra cosa más llamativa. Agárrate, que va:  que me ha caído un rayo, estoy aquí de milagro.

Sonia se ríe creyendo que es broma, pero Emilia se acaba de arremangar el vestido y le enseña una marca en la pierna.

Aquí incidió, explica muy propia ella.

Resulta que yo adoro, pero adoro con toda mi alma las tormentas, no hay nada que me pueda dar más felicidad, sobre todo cuando alivian uno de esos días de bochorno soporífero como los que hemos tenido, pues resulta que estaba disfrutando de una ellas con toda su parafernalia y puesta en escena de relámpagos, truenos, aguas en tromba y olores a tierra mojada que aquello era una bendición del cielo.

En mi terraza estaba, no te digo más,  abriendo así los brazos como diciendo “ven a mí, ven”. No es que yo quisiera que viniera nadie y mucho menos un rayo, pero está visto que hay que tener cuidado con los mensajes no verbales que enviamos. Supongo que él, el rayo, me quiero referir,  lo interpretó mal y no me preguntes cómo, pero se coló por la rendija de la barandilla, noté un latigazo en la pierna, una fuerza violenta me empujó hacia atrás y aterricé, menos mal, en el sofá. Como un amante arrebatado, lo mismo. Y con un poco de mala idea, también tengo que decirte.

Lo que no te pase a ti…

Pues así es, me pasan cosas, pero las resisto. Mira el broche, me lo ha hecho mi hija en conmemoración,  mi hija la artista, representa el rayo.

Bonito es, añade Sonia acercando las pestañas postizas a la cosa roja que zigzaguea sobre el vestido de Emilia. Bonito a la par que original.

Los artistas son originales o no son, zanja Emilia.  Va a venir mañana a comer conmigo, si quieres te la presento, verás qué simpática es, no se da importancia ni nada.

Encantada estaré, miente Sonia. Tanta originalidad le resulta avasalladora.

Por no quedarse atrás y porque ya está harta de que todos le coloquen sus historias sin poder dar réplica alguna rescata un sucedido del pasado y  le cuenta que conoció a la reina.

A la Sofía, acababa de llegar del exilio, tenía una cara de pasmada…vino a la tienda de ropa donde yo trabajaba entonces, era una tienda de alta costura, no te digo la marca, no sea que… no la conocí de entrada y como la vi en la puerta toda alelada, le planté, ¿qué quieres?, así, sin más, porque la mujer no reaccionaba. Y al rato otra vez, ¿que qué quieres? Cómo se puso el séquito, pero ¿sabes qué te digo? Que a mí las realezas ni fu ni fa, no me impresionan, si todos somos iguales, ¿o es que no somos todos iguales?

 Somos parecidos, iguales, iguales, tampoco.

¡Anda!, se asombra Emilia llevándose la mano al broche en forma de rayo, pero si han quitado el trozo de árbol que quedaba, pobre Toñín, estará disgustado, aunque, también te digo, que eso era una guarrería, daba pena verlo, es como si dejas un cadáver en mitad de la acera y que se busque la vida, o la muerte, mejor dicho,  y se descomponga por su cuenta y riesgo. No son maneras.

Toñín está muy bien,  ahora ha plantado perejil en la tierra que ha quedado en el cuadrado y ya está saliendo, mira esas hojitas tan chiquititas, se me parecen a niñas diminutas, a colegialas en miniatura.

Emilia se agacha para contemplar el nacimiento de las colegialas.

Le voy a decir a mi hija que haga un broche, dice cuando se levanta.

¿Un broche del perejil? No lo veo yo eso muy artístico.

No, claro, del perejil no, de las niñas juntas, jugando, niñas verdes, las Perejilas.

Cosas más raras dice esta mujer, piensa Sonia y se sube de un estirón la cintura del pantalón, que tiende a resbalar. Claro que yo también estoy fina, llamar niñas a esas hojas…debe de ser la soledad que me trastorna porque yo artista no soy ni original tampoco. Soy normalita, muy normalita pero no encuentro acomodo, que no encajo ni con unos ni con otros. Me he quedado desencajada, qué le vamos a hacer

Adiós, Emilia, me voy a dar otra vuelta a ver a quién más me encuentro.

Antes de empezar a andar, echa un vistazo a las Perejilas, ¡Qué monas son!, como no he tenido hijas…

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24 comentarios en “Las Perejilas

    1. Digo Perejilillas que este corrector me la tiene jurada. Ya ves ni pirámide ni Rías Baixas. Al pueblo, el único lugar del mundo en el que la lluvia, te recibe con un beso. Un besazo mojado que te mando.

  1. Los artistas tienen la obligación de ser originales, incluso cuando no les apetezca, pero también hay algo de artista en todas esas personas que no terminan de encajar en hueco alguno, ¿verdad?

    Me ha encantado la escena del rayo, es lo que pasa cuando deseas algo sin sopesar las consecuencias 🙂

    Un placer tenerte de vuelta.

  2. Ohhh…Paloma, que bien has empezado la temporada ! jajajaj Me da risa leerlo, es que una semana entera contaba a mis amigas sobre mi viaje a las rías Baixas . Ahora lo imagino que mensajes no verbales enviaban ellas a mi dirección. Un abrazo.

  3. Hola Guapa , pues te diré que lo que le paso a la tía Emilia , me paso a mi de verdad
    pero sin haber tormenta ni nada , esto a mi me paso en casa cuando tenía 6 años.
    Resulta que teníamos una nevera nueva de aquellos años 81 , y el pomo de agarrar la nevera era de hierro , y seguramente no tenía bien puesto lo del toma tierra , y fui yo una tarde a sacar un yogurt de la nevera con una cucharilla y sin estar el suelo mojado , fui a abrir la puerta de la nevera , cuando esta medio un calambre por todo mi cuerpo , pegue un grito de ordago , con decirte que se me rizo el pelo y eso que era liso como una tabla de planchar , yo le dije a mi madre llorando , que ya no quería le yogurt de fresa.
    y Salí de la cocina con unos temblores y una flojera de piernas que pa que te cuento.
    Mientras te leía , me iba riendo y es que eres la leche , parece que lo viva me gustan mucho tus historias de este barrio , te deseo una feliz tarde.
    Besos de flor….. Me alegro que ya estés de vuelta de las vacas del verano.

  4. ¡Que buen regreso bloguero! Y sin darte importancia, como algunos de tus personajes 🤣. Me he divertido mucho leyendo estas historias de rayos y perejilas. Por cierto, la de Egipto puede fardar de viaje, pero no de fresquito. Besos.

  5. ¡Qué bueno!, que reaparecieras, se te extraña, leer tus escritos, disfrutarlos, sacan tantas risas y sonrisas que en estos tiempos son muy bien apreciadas y alegran sobremanera, gracias por tu regreso. un abrazo grandote

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