Mes: diciembre 2022

Mariposario

Cuando el lunes a las siete de la mañana Maika Miraflores se fue a duchar, encontró aleteando por su bañera una mariposa. Era de color blanco con unas manchitas oscuras en las alas superiores, se posó con delicadeza sobre la pastilla de jabón, posiblemente atraída por su olor floral. Maika abrió la ventana que daba a un patio ruidoso y descascarillado y la mariposa se marchó, pero no por dónde había venido, ya que la ventana había estado cerrada durante toda la noche.

¿Por dónde habría entrado? Era raro ver mariposas en enero y en un lugar tan alejado de flores o plantas. Será el cambio climático que todo lo trastoca, pensó. No muy convencida se subió a una banqueta para mirar hacia los pisos de abajo y comprobar si algún vecino había colocado macetas con flores o plantas aromáticas. No vio nada aparte de los cables y los tubos y la ropa tendida y las bayetas puestas a secar en los poyetes de las ventanas, más bien sucios, y el polvo procedente de una obra abajo, en uno de los patios. Una de sus vecinas sí que tenía unos tiestos, pero eran artificiales, un adorno que también había cubierto el polvo. 

Más tarde, por pura curiosidad, escribió en el buscador del teléfono, “mariposa blanca con manchas oscuras”, resultó que su visitante se llamaba Blanquita de la Col.  De la Col le sonó a apellido aristocrático, aunque según explicaba la página a la que le había dirigido el buscador, el nombre se debía a la gran atracción que sentía la blanquita por comerse las coles de los cultivos. A los agricultores no les caía muy simpática.

El martes, en el mismo sitio y a la misma hora, otra mariposa se paseaba por su cuarto de baño. Dubitativa, como si  demasiadas opciones la estuvieran bloqueando,  no se decidía a posarse en nada, era de pequeño tamaño y de un bonito color azul. Maika tuvo la sensación de que sufría y aunque le hubiera gustado observarla un poco más, le abrió rápidamente la ventana para que pudiera escapar, pero, ¿ a qué lugar? Tal vez a algún parque cercano, sí, seguramente.  Y de nuevo la misma pregunta, por la ventana no había podido entrar, estaba cerrada. Quería saber su nombre y volvió a escribir la descripción en el buscador. Se llamaba Ícaro y solía frecuentar los lugares abiertos como praderas de leguminosas, bordes de campos, huertos, terrenos baldíos o jardines. De los cuartos de baño no decía nada. Raro, raro, rarito, dijo Maika Miraflores mirándose con fijeza en el espejo.

Durante toda la semana siguieron apareciendo mariposas, llegaban a diario, de una en una, y se comportaban de manera diferente, mostrando su especial personalidad. La del miércoles, con franjas rojizas, resultó ser alocada y temeraria, se posaba por todas partes como impulsada por un acuciante deseo de algo, no tenía miedo de la cercanía de Maika y aleteaba dando tumbos, el rumbo perdido. Después de investigarla, entendió el proceder de la llamada Atalanta, le gustaba tanto succionar los jugos alcohólicos de las frutas maduras que solía acabar borracha.

Por el contrario, la visitante del jueves era tan discreta y asustadiza que al principio no la vio, se había refugiado en el borde de la toalla y permanecía inmóvil con la esperanza de no ser descubierta. Pero lo fue, no era fácil ocultar el color anaranjado de sus alas punteadas de negro y bordeadas de blanco. A ella también le abrió la ventana, a todas se la abría, pero esta no quería ni quedarse ni marcharse, el cuarto de baño le daba miedo y trataba de buscar rincones donde esconderse, pero tampoco se atrevía a lanzarse al mundo exterior. La atrapó con la toalla y sacudiéndola, la soltó por la ventana. Sospechaba que un ser tan pusilánime no iba a sobrevivir ahí fuera, aunque quién sabía, tal vez la salvara su prudencia. No fue difícil de identificar, se llamaba Doncella tímida.

De una en una siguieron apareciendo hasta el sábado, pero el domingo no había solo una, sino muchas, un nutrido catálogo de especies, ninguna igual a la otra. A Maika Miraflores esa profusión de mariposas ya le resultó desagradable, brotaban de todos los rincones, se le posaban en el pelo, bailaban y hasta parecían reírse. Como si una legión de diminutas hadas chifladas se hubiera colado en su casa, ¿o serían almas a la deriva con ganas de jugar? Ella no creía ni en hadas ni en almas ni en la resurrección de los muertos. Uno vivía un tiempo aquí y luego…luego nada, se disolvía. Con la toalla de manos las fue espantando a todas, estuvo un buen rato hasta que, agotada, se aseguró de que no quedaba ninguna. Ahora les tenía miedo, la inquietaban, ojalá no se presentasen más.

El lunes siguiente abrió la puerta con cuidado y asomó la cabeza antes de entrar a ducharse, temía encontrarse con la banda de lepidópteras invasoras. Nada, ni muchas ni pocas ni dos ni una. No estaban. Y no volvieron. Primero sintió alivio pero después, con el paso de los días se fue instalando en su ánimo una especie de decepción, de caída brusca en el cotidiano aburrimiento. Le dio por recordarlas con nostalgia y no tuvo que hacer muchos esfuerzos porque las mariposas se habían ido, pero no de su cabeza, por su mente siguieron revoloteando ya para siempre, mezclándose con sus pensamientos, en general bastante prosaicos, dándoles luz, embelleciéndolos.

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El mundo y sus misterios

La familia de griegos ocupaba un puesto en el mercadillo, debajo de un cinamomo. Vendían pájaros de cerámica. Al proceder del mismo molde, todos los pájaros eran de igual forma y tenían idéntica posición -las alas desplegadas como si fueran a volar-, solo se diferenciaban por la capa externa que los recubría.

Entre la madre y los dos niños se encargaban de pintarlos con colores muy llamativos. La madre, una vez cocidos y secos, enhebraba un cordel a través de un pequeño agujero que tenían en la cabeza. Del final de ese cordel colgaba, también engarzado en el mismo, un trozo de palo simulando una rama sobre la que se apoyaban los pajaritos.

Al cinamomo acudía a alborotar un grupo de pájaros de verdad, diminutos, como bolitas de plumas con una larga cola, se movían veloces entre las ramas, trinaban y armaban mucho jaleo. Esos pájaros verdaderos, de color pardo o grisáceo, se llamaban mitos, nombre que ignoraba la familia del puesto. Apenas se habían fijado en ellos, pues su principal preocupación era conseguir vender a sus hermanos artificiales, lo cual lograban a medias y según se diera el día.

El padre se llamaba Dimitris, de apellido Mitropoulos, algo emparentado con el nombre de los pájaros de verdad que revoloteaban entre las ramas y hacían acrobacias sobre su cabeza y exactamente igual que el de un famoso músico, pianista y director de orquesta de su misma nacionalidad, de quién jamás había oído hablar.

En el árbol también vivía un gato al que una mujer alimentaba, como tenía solucionada la subsistencia, se pasaba el día adormilado, tan enfrascado en sus propios sueños que ni siquiera se molestaba, aunque solo fuera por diversión,  en tratar de cazar a los pájaros.

Desde la comodidad de su rama abría un poco los ojos, contemplaba a través de dos finas rendijas la actividad de sus ruidosos vecinos y el puesto de los Mitropoulos donde se balanceaban, colgados de sus cordeles, todos aquellos otros incapaces de volar exhibiendo sus alegres colores. Y, como un filósofo cansado que por fin ha comprendido que jamás entenderá nada del mundo y sus misterios , los volvía a cerrar.