Categoría: Cuaderno de doña Marga

Sueños que caen

Es la hora, niño.

Todo está quieto y oscuro.

Abre la valla blanca y sal,

atraviesa el campo plateado de luna,

al fondo te espera el bosque.

Húndete sin miedo en su aliento frío y verde,

un corro de luciérnagas te guiará  hasta su centro

y ahí, en el claro, duerme.

Tus sueños caerán suaves como plumas,

silenciosos como hojas,

nutriendo el suelo seco, hambriento de belleza.

Caerán como lluvia que lava y purifica

Y antes del primer pájaro,

antes de la primera luz,

las puntas de los dedos  besadas por la escarcha,

niño tejedor de sueños,

vuelve.

 

 

 

 

 

Solo la brisa

Por las calles voy, callejeando, sin querer hoy ser de las calles.

Más me gustaría aparcar los zapatos y subir como el humo que sale de las chimeneas en volutas desordenadas

Más ser algo que crece y se deshace sobre el cielo, de forma cambiante.

Por las calles voy, de un lado a otro, pisando aceras entre otros muchos pisadores de aceras.

Me pregunto cuántos serán falsos sólidos como yo, cuántos habrá que fingen  entender lo sólido y hasta quererlo.

Cuántos de los pisadores quisieran también hoy romper sus contornos, traspasar  su frontera de carne y elevarse sin peso, como locas melenas de viento.

Ojalá pudiéramos alzarnos y ser por un rato como esos pájaros que viven en las afueras, en los bordes de la ciudad, que juegan juntos a volar sobre campos yermos, cruzando sus alas.

O ni siquiera pájaros, solo alas.

O ni siquiera alas, solo la brisa  que brota de batir el aire.

(Cuaderno de DM)

 

 

 

 

Aportación al otoño

Abajo, en el contenedor, entre cascotes, pedruscos y polvo están las cosas de Manolita. Su cenicero en forma de hoja, sus cazos desportillados, el jarrón violeta con las flores secas, la manta escocesa, el cuadro de los patos nadando en fila por un río con bambúes a los lados, el espejo de marco dorado donde  se miraba antes de salir de casa, donde se arreglaba el pelo teñido de un negro muy negro y se daba el último repaso al carmín extendiéndolo por labios y dientes.

Los platos con el filo dorado que usaba en Navidad cuando venían a comer sus sobrinos, esos sobrinos misteriosos de los que siempre hablaba en el ascensor, con su voz  lenta y pastosa, como si acabara de comerse un polvorón, como si se pasara el día comiendo polvorones.  Las perchas de su armario, un abrigo con el cuello de astracán que pudo ser elegante hace dos siglos, novelas amarillentas de intriga y amor, polvo, polvo, mucho polvo, una alfombra que fue roja y ahora es gris, la tetera azul decorada con floripondios chinescos. Y más cosas y cosas acumuladas durante toda una vida. Queridas, deseadas, protegidas cosas que ahora parecen roñosas, feas y ridículas y que los obreros siguen bajando en sacos, mezcladas con los tabiques demolidos y con jirones de papel pintado.

Y casi al instante, rodeando el contenedor,  aparece un  gran grupo de mendigos, muchos van descalzos porque son la mafia de los descalzos, luego llegan los del clan de las muletas, bastones y otras prótesis que sueltan sin contemplaciones para ponerse a escarbar y después otros más, dispersos, autónomos, mendigos por cuenta propia. Los más profesionales  llevan carros de supermercado y dentro meten  con prisa  todo lo que pillan, sin pararse a hacer elecciones, hasta trozos de muros se llevan. Los demás se guardan lo que pueden en bolsas de plástico o en los bolsillos.

A los diez minutos no queda ninguna pertenencia de Manolita, así de rápido se liquida el rastro material de noventa años sobre la tierra. Solo polvo, nubes de  polvo blanco sobrevolando la acera y el cenicero en forma de hoja. A uno de los recicladores se le cayó al suelo,  justo debajo del árbol, junto a otras hojas verdaderas, como una extraña aportación al otoño.

(Cuaderno DM)

Día de hilo blanco

Entero te he cosido con hilo blanco.

Todos los pasos, los movimientos, las miradas, las palabras, las emociones

y hasta los pensamientos pespunteados en blanco.

Puntada tras puntada he avanzado minuciosa por  la línea de las horas hasta llegar a tu noche.

Hacia la mitad un tanto de fastidio, se nota en que me he torcido.

Algo de cansado aburrimiento al atardecer, tu blanco virando levemente al gris.

Perdóname: hubiera querido bordarte pájaros azules, nubes de fuego, caminos amarillos,  copas de verde  árbol, pero solo tenía hilo blanco.

Te he puesto tres estrellas  en la esquina derecha, camufladas en ti.

Anda, no llores ni mires de reojo y con envidia a los días coloristas y variados.

Tú eres su asiento, día de hilo blanco, pura nada.

Tan necesario como los silencios en la música,

como el vacío en el Universo,

como una página llena de historias por nacer.

(Cuaderno de DM)

Jeroglífico

¿Qué pasa cuando una mañana te levantas y no entiendes ?

Nada, no pasa nada, a la vida tu asombro le da lo mismo.

Indiferente a ti, abre el día como si fuera la página de un libro, coloca sus decorados y  te pone a desfilar junto a todos los demás.

Antes de salir te asomas a la ventana intentando descifrar algo.

Ha empezado a llover.

Un niño, abajo, en la calle, levanta la cabeza, abre la boca y bebe.

Después gira y se ríe con los brazos abiertos.

(Cuaderno de DM)

Señor Li

En el parque he visto al señor Li haciendo la grulla debajo de los azulejos rojos. Ha levantado muy lentamente la pierna izquierda y ha extendido el brazo derecho. Justo en ese momento se han encendido las tres fuentes, el agua saltando hacia arriba impulsada por su magia.

El gato negro y blanco se ha asomado a través del seto con su cara gorda y recelosa, como si estuviera pensando, “no me lo trago, Li”, los bigotes rezumando desconfianza.

Desde el suelo, el chico fotógrafo capturaba gotas de agua, flores, luz verde tamizada, alas de pato agitadas, la cara del gato, los azulejos rojos.

El señor Li ha abrazado la luna y luego, con admiración, ha sujetado el mundo.

(Cuaderno de DM)

Pausa

Voy a sentarme a mirar la tarde, como si no hubiera nada más que mirar, como si yo también fuera tarde, una tarde que se mira.

El mundo es demasiado grande para mí, su tamaño, sus casi infinitas posibilidades me producen vértigo. Necesitaría muchos cuerpos para poder abarcarlo y solo tengo uno que empieza a estar gastado por las esquinas.

Por eso me voy a sentar un rato a mirar la tarde, diminuta mirada desde un rincón.
Deshilacho pensamientos por el cielo azul, son leves y poco consistentes, como nubes se deshacen.

Pero mis pies, inquietos, ya quieren salir a explorar caminos.
No saben nada de su estrecha vía ni de sus límites.
Enseguida se pondrán de nuevo en marcha,
par de tontos programados para andar hasta romperse.

(Cuaderno de DM)

Traje viejo

En el callejón, como si fuera un traje viejo, me quité ese amor.

Lo tiré en la acera entre la tienda de juegos de ordenador y la de los abalorios para hacerse collares.

Relucían las cuentas de colores tras el cristal como pequeños ojos burlones. Uno de los jugadores salió a fumar. Era gordo, el humo de su cigarro ascendió en una voluta indiferente.

Arriba estaba la luna y por todas partes ese olor a fritos.

Despojada de él, caminé calle abajo. La gente entraba y salía de los bares, riendo y bebiendo, gritando, como si nada.

Arriba estaba la luna oliendo a calamares.

En el edificio gris de oficinas un único trabajador inclinaba la espalda sobre una pantalla.

Me subí en el 21, apoyé la cabeza contra el cristal y cerré los ojos.

Los peces locos de la M-30 nadando, nadando, nadando.

Esquinazo

Bah, tristeza, qué pesada eres, te has empeñado en bajar a mi lado las escaleras del metro, en esperar conmigo en el andén, en mirar a la vez que yo el panel donde indica próximo tren tres minutos, dos,uno. En entrar al vagón pegada a mi vestido, tu mano sudorosa sobre la mía, sujetando la misma barra.

Has jugado a pasearte por todas las caras, por todas las superficies, a dejar polvillos tuyos por cada hueco y rincón. Mirase donde mirase, ahí estabas con tu rostro lánguido y siniestro, susurrando feas palabras.

Por dentro también te has metido, justo en el centro del pecho, concentrada como una piedra dura, egoísta, sin dejar pasar ni siquiera al aire ¡Ay!, que casi me ahogas.

He salido corriendo a la luz, tú detrás, corriendo también, rabiosa. Las nubes pasaban suaves, lentas, disfrazadas de ti hasta que al torcer la valla del colegio, de la mano de un viento húmedo, te he dado esquinazo .

Por la acera te has quedado, trapo viejo, piel muerta. Un tropel de zapatos colegiales pisándote con su trote alegre te ha disuelto. Ya eres solo una mancha negra sobre el asfalto, igual que un pegote de chicle reseco.

(Cuaderno de DM)

Sitio feo

Esto tiene el sitio feo: hierbajos amarillos y resecos, cardos borriqueros, zarzas y flores salvajes, todo mezclado, revuelto, enmarañado y confuso. Plantas mutantes, tan atípicas que parecen sacadas del cuaderno de un botánico loco. Solo un árbol, un álamo de hojas reversibles, verdes por un lado, blancas por el otro, a las que el viento cambia de color cuando se aburre.

Dos mariposas naranjas que vuelan juntas, cuatro pájaros que se han parado a repostar, una lagartija huidiza y un camino polvoriento de tierra seca y sucia que se desvía ondulando, como si estuviera borracho o no tuviera claro si quiere quedarse o largarse hacia terrenos más civilizados. Las espigas son tan altas que bordan la línea del cielo.

Apenas hay gente en el sitio feo, como es feo…De su vegetación desmelenada brota un aliento húmedo y fresco, señal de que escondido en sus tripas vive un arroyo. Por encima lo mira el monte como a un hijo díscolo y un poco pintas y por debajo es él quien mira a los ejemplares jardines de setos recortados, flores formando círculos, ordenados senderos, piedras en fila y césped uniforme.

Espero que a nadie se le ocurra venir con sus peines a embellecer y ordenar mi precioso sitio feo.

(Cuaderno de DM)