Categoría: Familia

Li-bre

Orlando tenía unos brazos así, bien pero que bien fuertes, y los ojos verdes, muy verdes, dijo la tía Nieves sin venir a cuento cuando ya estaban empezando a tomar el postre. Lo dijo mirando al vacío o más bien a una franja de luz llena de motas de polvo que se filtraba por la ventana.   Y hoy no he bebido, que quede claro.

Era un hombre fornido, a mí me gustan los hombres fuertes, que se note que son hombres, los enclenques no son para mí. Se arrepintió al instante de haber dicho eso porque justo enfrente tenía sentado a un representante de hombre enclenque, el marido de su hermana Marta. No se había dado por aludido, menos mal. Era la ventaja de que nadie le hiciera caso.  A veces la tía Nieves se preguntaba si la escuchaban cuando hablaba aunque con el jaleo que había en esa mesa tampoco era de extrañar que nadie se hubiera enterado de lo que acababa de decir. Familia de folloneros, pensó.

Subiendo un poco más el tono de voz volvió a la carga. Orlando, qué hombre, le gustaba montar a caballo al lado del mar, alguna vez me llevó pero a mí los caballos me dan respeto, yo me quedaba sentada en un banco del paseo marítimo, mirando. Esa zona estaba llena de flores de todos los colores y abajo el mar con su oleaje y Orlando cabalgando junto a la orilla y las flores con su perfume… Ahora sí la había escuchado alguien, unos cuantos, los sobrinos jóvenes que estaban sentados al fondo.

Se reían escandalosamente  como los descerebrados que eran y les había oído decir, “ya está flipando la tía Snows”, bah,  qué sabrían ellos de historias de amor si todavía no habían ni empezado a vivir. Con suerte tendrían una a lo largo de sus vidas o puede que ninguna. Había gente que no tenía ninguna, que jamás experimentaba la pasión ni llegaba a arder con su llama. Su hermana, por ejemplo, tantos años primero de noviazgo tranquilo  y luego de matrimonio más tranquilo todavía con el enclenque…eso no se podía llamar amor, no como ella lo entendía. Qué pasión podían sentir esos dos, como mucho la de compartir el flan como estaban haciendo ahora. Aunque nunca se sabía, la tía Nieves los observó intentando imaginarlos en su intimidad, pero desechó sus pensamientos por demasiado perturbadores.

El padre, el de Orlando, era agregado cultural en una embajada, pero ahora no recuerdo en cuál. Tenían una casa cerca de Lisboa, una señora casa, no un piso, una casa con un jardín lleno de árboles frutales y parterres.  Y una fuente con nenúfares, cuántas veces nos sentamos en su borde a contemplar el atardecer mientras nos besábamos y besábamos y besábamos…¿Pero de eso cuántos años hace?, le preguntó su hermana interrumpiendo el besatorio.

Ya empezaban con las dataciones, en esa familia todo tenía que fecharse o no se quedaban tranquilos, eran como historiadores de ellos  mismos y hasta que no lo tenían todo acotado en el tiempo y bien colocado no descansaban.

A ella le daba lo mismo, las fechas nunca se le quedaban, los recuerdos estaban por ahí, yendo y viniendo a su antojo como pájaros, a veces se posaban cerca y después desparecían, emigraban, volvían al cabo del tiempo. Mejor así,  no le gustaba encerrarlos. Por eso no precisó, por eso y porque no lo sabía.

Hará veinte años o treinta o puede que más o menos,  no me acuerdo, tampoco es tan importante. Lo que sí sé es que tenía unos ojos maravillosos, llenos de luz,  y una voz profunda que con solo pronunciar mi nombre no sé cómo explicaros, dijo acariciándose los brazos…De nuevo las risas de los jovenzuelos tontainas y  otra pregunta inoportuna de una de las niñas, “¿y qué pasó después, por qué no seguiste con él?”.

Esa era la siguiente manía por orden de aparición: primero fechar y después conocer el desenlace cuando resulta que justo el desenlace es siempre lo menos interesante. Era aventurero, eso pasó, dijo con total  naturalidad, como si ese dato lo aclarara todo.  Y para ella lo aclaraba, no se imaginaba  a Orlando sentado en esa mesa ruidosa comiéndose un flan y con una servilleta blanca sobre los muslos. No se lo quería  ni imaginar.

¿Orlando no es el título de un libro?, su hermana otra vez, qué pesada. Me suena mucho. Para qué quieres más, el enclenque ya se había lanzado a buscarlo en google y declamaba muy satisfecho como si lo hubiera escrito él, “Orlando Furioso, de Ludovico Ariosto, poema épico caballaresco cuya redacción definitiva se publicó en 1532”

“¿Y el tuyo también era furioso, tía? La niña, mira qué rica. Y más risas.

No diría yo que furioso sea la palabra exacta, la palabra exacta sería… no la dijo, no la encontraba y además había venido un nuevo recuerdo alado batiendo el aire con fuerza.

También salí con un italiano, se llamaba Franchesco, nombre que significa hombre libre. Al decir esto miró al enclenque que se estaba quedando dormido con los ojos abiertos, tenía esa habilidad. La franja de luz se había desplazado y lo iluminaba como se hace con los monologuistas en un teatro. Solo que su cuñado no decía nada, era un monologuista mudo. Y soso.

Libre, repitió la tía Nieves. Li-bre, silabeó disfrutando de partir en dos la palabra como si así la liberará también a ella al dejar que por ese hueco entre las sílabas se escapara parte del significado. Una miga de pan hecha bola lanzada por uno de los chicos aterrizó en su copa de vino y le salpicó de rojo la blusa blanca.

El vaso marcado

Su casa olía a vapor de eucalipto y también a medicina. A veces olía a comida mezclada con esos otros dos ingredientes. A su familia le gustaba que la casa oliese a comida, en la mía era al contrario. Si por casualidad el olor a guiso se expandía más allá de la cocina, abríamos rápidamente las ventanas para que se esfumara y dejara paso al otro, al de nuestra casa, neutro para nosotros pero no para los demás, todas las casas tenían su propio sello odorífero.

En su casa olía a medicina porque llevaban un tiempo conviviendo con una enfermedad. Algunos vasos estaban marcados con una gruesa raya roja y de ellos no se podía beber, estaban destinados a los enfermos. Dos de sus hermanos y su padre habían estado enfermos pero ya se habían curado. Me daban miedo esos vasos marcados con el color de la sangre y a la vez me atraían, deseaba beber de ellos para faltar a clase. Mi amiga bebía en uno de esos vasos y no iba al colegio desde hacía dos meses. No era posible el contagio solo por hablar con ella o por visitarla pero sí si las salivas se juntaban.

Hacía reposo. Cada tarde íbamos alguna compañera a llevarle los deberes y a explicarle los pormenores del día. Pasaba mucho tiempo tumbada en la cama o recostada en ella, eso era el reposo. Desde su cama podía ver la calle y a la gente que iba y venía. Me parecía envidiable su vida de descanso contemplando la calle, me gustaba ver pasar a los conocidos del barrio sin que se dieran cuenta de que los estaba observando, pero cuando le señalaba a alguno que conocíamos las dos, ella encogía los hombros con indiferencia.

Para que estuviera entretenida le habían regalado un libro de cuentos muy gordo, lo tenía encima de la mesilla, junto al vaso marcado con la raya roja. Una de las historias de ese libro trataba de un niño que no se bañaba porque odiaba frotarse con jabón pero para que no descubrieran su falta de higiene hacía mucha espuma desde fuera de la bañera, sin entrar. Un día una pompa de jabón creció demasiado, lo atrapó y se lo llevó en su interior. Recorrió medio mundo transportado por la burbuja vengativa pero en lugar de disfrutar del viaje y de las vistas, sufría y lloraba porque añoraba su hogar.
En otro libro que yo había leído también había un niño protagonista al que por portarse mal con los animales, un ave migratoria lo enganchaba con el pico y se lo llevaba sobre su lomo, muy lejos. Parecía existir una relación entre el mal comportamiento infantil y los exilios voladores.

A las dos nos fascinaba ese cuento pero por diferentes motivos. A mi amiga le gustaba para desplazarse imaginariamente, miraba con mucho interés las ciudades y paisajes que sobrevolaba el niño atrapado, viajero a la fuerza. A ella el niño le caía mal, decía que era idiota por no saber aprovechar la oportunidad que le estaban dando, no entendía que se trataba de un castigo. A mí me caía bien, comprendía que echara de menos su territorio, que tuviera vértigo y miedo y cuando la pompa jabonosa se pinchaba, justo encima de su casa, me quedaba muy aliviada, como si me estuviera pasando a mí.

Tenía fuertes tentaciones de beber del vaso marcado, de cualquiera de los vasos marcados, pero no me decidía. Cabía la posibilidad de que la enfermedad se desarrollara en mí de manera más dolorosa. Una tarde me decidí a tocar con la punta de los dedos el borde de uno de esos vasos,justo donde me imaginaba que se habían posado los labios. Los apoyé un segundo y los retiré deprisa.

Después estuvimos jugando a las entrevistas, ella era la famosa, viajaba sin parar porque así se lo exigía su profesión, una profesión sin determinar, y se quejaba, para darle credibilidad, de la vida tan ajetreada y nómada que llevaba. Mientras le hacía las preguntas, todas relativas a los sitios que había visitado o pensaba visitar, me dediqué a estudiar mi cuerpo por si la enfermedad se presentaba de repente pero mientras estuve en su cuarto no se presentó. Su madre sí, para avisarme de que me tenía que marchar ya. En el colegio decían que su madre era una mujer muy mística, condición que yo asociaba con la levitación.
La señora mística, caminando normalmente, sin hacer alardes de sus habilidades, me acompañó hasta la puerta y allí me dijo como si fuera una galleta de la suerte hecha mujer: para ser feliz no te busques a ti misma. Lo dijo muy sonriente y de forma natural, como si me hubiera dicho “saluda a tu madre de mi parte”.

Que yo supiera no me buscaba a mí misma porque ya me tenía, así que iba por el buen camino, directa a la felicidad. Por la noche empecé a tiritar, me dieron una aspirina triturada en una cuchara con agua y azúcar. Como al día siguiente seguía teniendo fiebre no fui a clase. Estaba convencida de que me había contagiado por tocar el borde del vaso. Una vida de reposo y relax me esperaba pero ahora ya no estaba tan segura de querer eso.

Desde mi ventana no se veía la calle con gente pasando sino la pared de un patio y cuerdas de tender la ropa. Cerré los ojos, los sonidos cotidianos me llegaban amplificados y molestos. Era extraño que todo siguiera sonando igual pero sin ser yo parte de esos sonidos, sin contribuir a ellos con los míos propios. Temí hallarme en una especie de burbuja como el niño del libro y no poder entrar otra vez a mi sitio habitual, que la burbuja no se pinchara y yo me quedara para siempre frente al patio de tender y escuchando a la fuerza los ruidos diarios, ya ajenos. Solo llevaba una mañana en reposo y ya estaba desesperada por abandonarlo, ¿para qué habría tocado el vaso de la raya? Eso me pasaba por haberme buscado a mí misma, a eso se refería la madre de mi amiga. Nunca sería feliz por haber querido vivir en reposo.

Confesé a mi familia que había tocado el vaso marcado y les avisé para que se fueran preparando porque ahora padecía lo que se llamaba una larga enfermedad y el vaso en el que yo bebiera tendría que estar señalado con algo. Las cosas se habían vuelto muy místicas porque se despegaban del suelo.  Escuché las palabras tonterías, anginas y fiebre. Si te operaban de anginas te daban polos para comer. Quería un polo y que la cama se colocara firme sobre el suelo.

El Ardilla

A las ocho de la mañana ya estaba el Ardi en una esquina del sofá mirándose las zapatillas. Muy repeinado con colonia por su abuela, las rodillas siempre con costras y mucha mercromina por encima. Ahí esperaba pacientemente a que nos levantáramos y, entonces, sin decir ni mu, se sentaba sigiloso a desayunar con nosotros.

El Ardilla vivía con sus abuelos y su madre en unas casas de ferroviarios detrás de las vías del tren, por encima de la nuestra. Como la madre trabajaba durante el día y se aburría con los abuelos, lo teníamos de invitado acoplado todo el verano. Se invitaba él solo, pero a nosotros nos gustaba su presencia. El nombre de “el Ardilla” no era un mote nuestro, lo traía ya, puesto por él mismo porque había conseguido atrapar una y estaba muy orgulloso de esa hazaña. La tuvo tres días en una jaula de pájaros pero luego la soltó. Él también tenía un cierto aire ardillesco, muy delgado y capaz de pasar de la inmovilidad a la acción de forma inesperada y con gran rapidez.

Si había mayores delante, el Ardilla no hablaba. Mi madre intentaba por todos los medios hacer que se comunicara oralmente pero lo único que conseguía era que mirara al suelo, se encogiese de hombros o dijera enfurruñado sí, no o no sé. Un día ocurrió el milagro y después de un mes de silencio, en una comida, el Ardilla dijo con voz muy grave: “jamón”. El plato con el manjar había pasado ya varias veces por delante de sus narices y ante el riesgo de quedarse sin catarlo no le quedó más remedio que articular palabra. Solo esa y volvió a su mutismo.

Gracias a él nos construimos una cabaña de verdad en el jardín. Antes ya habíamos tenido una pero era una porquería hecha con cartones y una toalla de piscina y siempre se estaba cayendo. Con el Ardilla mejoramos mucho nuestra arquitectura, él traía los materiales y ponía la habilidad necesaria para unirlos sin riesgo de derrumbamientos. Nos lo pasamos muy bien montando la cabaña y pensando lo que haríamos en ella. Como suele suceder con los proyectos, una vez que se alcanzan pierden el interés. Ya teníamos la cabaña, nos metíamos dentro, nos mirábamos las caras, pasábamos calor, nos aburríamos y aunque no lo quisiéramos reconocer, estábamos deseando salir.

El Ardilla era sobre todo amigo de mis hermanos, a los que apodó “los Mulos”. Enseguida aceptaron ese mote, les gustaba ser bestias y que se notara. Los tres juntos se subían a los árboles, lanzaban piedras, capturaban ranas en el arroyo mugriento y otras actividades por el estilo lideradas por el Ardi.

A veces desaparecía dos o tres días y no sabíamos nada de él pero al cuarto día ya nos estaba esperando otra vez en la esquina del sofá, con la mirada puesta en la punta de sus pies y un mayor número de heridas de guerra mercrominadas adornando sus rodillas.

El cumpleaños de Anabel

A mitad de verano, en uno de esos días radiantes de agosto que tienen tanta luz y tanto azul que parecen eternos, como si fuera imposible que el tiempo los atravesara y evolucionara a otoño, Anabel celebraba su cumpleaños.

Ya desde julio hablábamos emocionados del cumpleaños de Anabel, anticipándonos. Porque no era una celebración normal como podían ser las nuestras, con unos cuantos niños, un par de platos con patatas fritas y una tarta en medio para soplar las velas, eso si tenías suerte y te lo celebraban. El mío pasó desapercibido bastantes veces porque muchos años tuvo la mala idea de coincidir con el primer día de colegio.

El caso es que el cumpleaños de Anabel era una fiesta mayúscula y uno de los acontecimientos del verano, casi tanto como la feria o los fuegos artificiales. Todos los niños de los alrededores, a muchos ni los conocíamos, estaban invitados. Se celebraba en el jardín de sus abuelos que era uno de los más bonitos y grandes del pueblo. El abuelo, un señor con aspecto de galán de cine, de piel muy morena que contrastaba con un pelo y unos dientes muy blancos, era muy rico, aunque no sé de dónde le venía esa riqueza. Es inmensamente rico, nos gustaba decir para admirarnos.

En el jardín había muchos escalones y recovecos llenos de rosas, un pozo de piedra ,una piscina, una pista de tenis y un cenador cubierto de hiedra. Justo debajo colocaban una mesa llena de comida, o de manjares, porque aunque lo que hubiera sobre la mesa se pareciera a nuestra tortilla de patata, a nuestras croquetas o a nuestros bocadillos, se trataba sin lugar a dudas de los manjares propios de los inmensamente ricos.

Requisito indispensable era ir disfrazados, lo cual molestaba mucho a mi madre que era poco amiga de que le complicasen la vida más de lo que ya la tenía, pero aún así nos apañaba algún disfraz. Con mis hermanos no había problema, ellos siempre iban de futbolistas del Atleti incluso cuando no había que ir de nada. Y nosotras nos vestíamos de supuestas hadas o princesas, según la imaginación del que nos mirase porque el disfraz siempre era igual: una tela vieja atada a la cintura y uno de los collares de mi madre, o más de uno.

Claro que había niños que llevaban disfraces de verdad, no manufacturados por una madre desganada, pero nos aguantábamos. Para consolarnos nos dejaba sus pinturas. No nos poníamos más carmín, más colorete ni más sombras azuladas porque no nos cabían en la cara. Nuestro ideal de belleza estaba muy lejos del minimalismo.

Era un cumpleaños muy organizado, eso ya no me gustaba tanto, incluso me inquietaba porque todo lo que fuera competir me ponía nerviosa. A mis hermanos sí, ellos disfrutaban y hasta ganaban. Se hacían carreras de sacos, de relevos, el juego de las sillas, el pañuelo y al final una piñata que había que romper pegándole palos con los ojos vendados. Después de tanto esfuerzo ya nos podíamos avalanzar sobre los manjares y correr sin normas por ese jardín de maravillas. Mi madre siempre nos advertía, “por favor no comáis como fieras corrupias que os conozco y va a parecer que pasáis hambre”. No hacíamos caso y nos comportábamos como pirañas voraces.

Para redondear la fiesta contrataban a Fermín, un hombre del pueblo muy estrafalario que vivía de poner en la calle un puesto con cachivaches viejos como tijeras, un colador oxidado, una cajita de música, caramelos de menta pegajosos o una regadera. A veces, milagrosamente, vendía algo. También tenía libros sobados, casi todos novelas del oeste o de amores cursis, y fotos de sus familiares difuntos. Cuando alguien se acercaba a mirar, decía señalando las fotos, “que se jodan todos, ya están muertos”.

Para el cumpleaños de Anabel se vestía con una capa negra, de vampiro totalmente, y se colocaba muy serio detrás de su mesita. En vez de los cachivaches habituales, los padres de Anabel habían puesto golosinas y él hacía el papel de falso pipero. Se las podíamos comprar a cambio de una piedra o de una hoja. Como nos causaba gran emoción tener a nuestra disposición todos los dulces que quiséramos sin pagar, nos pasábamos la fiesta yendo y viniendo a su puesto. Era un vendedor muy siniestro, nunca se reía ni hacía bromas y nos miraba a todos, niños y mayores, embozado tras su capa, como si eso fuera un teatro del absurdo y él el único y lúcido observador.

Jamás conseguí no estar mala al día siguiente mientras que mis hermanos, de naturaleza más fuerte que la mía, salían intactos aunque hubieran comido lo mismo o más. Me lo pasaba vomitando, con dolor de tripa y una especie de resaca alucinada en la que bailaban niños disfrazados, revoloteaban como polillas los ahora repugnantes manjares, el abuelo galán de cine sonreía con sus dientes destellantes de inmensamente rico y Fermín me perseguía para obligarme a beber tazas y tazas de manzanilla letal.

Ya te advertí que no te pasaras comiendo, me recordaba mi vengativa madre, ella sí de verdad con una taza de la asquerosa infusión en la mano.

Paraíso terrenal

El paraíso en la Tierra existía entonces y estaba en la casa del pueblo de mis abuelos, durante el verano. Una casa con escaleras, que como todo el mundo sabe son de lo más paradisíacas, y con un jardín. Y dentro del jardín todos los elementos propios del paraíso: árboles, flores, rincones ocultos, mariposas, libélulas, pájaros, ardillas, un perro. Y por la noche: grillos, ranas y estrellas. Claro que también había avispas, moscas y mosquitos y hasta algún escorpión al acecho debajo de las piedras, pero eso no influía en sus maravillas, solo le añadía credibilidad.

Por dentro la casa era muy fea, los cuadros más espantosos y mal pintados del mundo estaban colgados en sus paredes y además había muchos. Los había pintado alguien de la familia poseído por el espíritu de las creaciones abominables. Eran bodegones donde flotaban los cuchillos y peras y manzanas informes se desparramban por el plato, paisajes de los montes de ese mismo pueblo, tan bellos en la realidad, pero en la pintura deformes y contrahechos, retratos de niños raros y siniestros. Muebles había pocos pero los que había estaban escogidos con odio a la humanidad. En realidad ni siquiera estaban escogidos, todo lo que no gustaba o ya estaba viejo o nadie quería en sus casas acababa en la casa común para permanecer allí eternamente.

Que por dentro fuera fea no nos importaba nada, los cuadros horrendos nos proporcionaron muchos momentos de risas. Hasta que nos acostumbramos a verlos y ya solo nos hacían gracia si venía alguien nuevo y se los enseñábamos. Allí nos juntábamos a pasar el mes de agosto tres familias, dos de ellas numerosas, y eso implicaba caos, disolución de la autoridad, muchos primos, juerga constante y libertad.

Pero como no era un paraíso celestial sino terrenal, tenía que tener su parte negativa, no ya los insectos o los ratones del desván cuyas patitas recorrían por la noche nuestros sueños. Esa parte negativa para mí fue un humano, uno de mis tíos. Parece que la vida siempre te coloca desde el principio algún obstáculo o dificultad para que te entrenes en lo que vendrá después.

Esa dificultad fue él, el tío ogro. Tal vez no era feliz, no quería estar ahí, no le gustaba la casa ni el campo, no le gustabámos nosotros y como el odio tan difuminado le resultaba difícil de gestionar lo concentró en unos pocos seres: los árboles, a los que cada verano intentaba talar, el perro, que se llevaba unas cuantas patadas furtivas, y una de sus sobrinas, que resulté ser yo. Si podía, interceptaba mis juegos de fantasía por el jardín para regañarme o amenazarme y me llamaba riéndose “la niña rara”. Yo le tenía miedo y procuraba ponerme lejos de su alcance o jugar donde él no estuviera.

Aún con ogro, los momentos más felices de mi vida están guardados ahí, en esa casa que ya no existe, en el jardín de las hortensias y los pinos, volando de aquí para allá como las mariposas que tanto me gustaban. Hasta un día que una se me puso en la nariz y descubrí su cuerpo de gusano. Qué asco y qué decepción.

Lectura y repelencia

El año que mi hermana empezó el colegio pidieron al abuelo Tomás que me hiciera de guardería ambulante. Así yo no daba la lata en casa y él tampoco en la suya. Era un hombre muy metódico y organizado además de madrugador. A las nueve de la mañana ya estaba llamando a la puerta. Se suponía que íbamos a un parque cercano pero nunca fuimos a ese parque, sólo lo rodeábamos. Mira, el parque, tiene un columpio y un tobogán, me señalaba como si fuera un guía turístico de los suburbios cada vez que pasábamos por delante, más bien rápido para evitar posibles tentaciones.

Ahora cruzamos por el puente y nos subimos al autobús, me anunciaba a continuación. Le gustaba ir adelantándose a todo para que no hubiera imprevistos, no era partidario de las sorpresas ni de los cambios de planes. Cuando estemos arriba del puente te va dar vértigo pero tú no te preocupes porque el puente no se cae, no mires hacia abajo, siempre adelante.

Me parece que esas instrucciones eran para él mismo porque yo no tenía vértigo aunque luego sí lo tuve y mucho, no sé si influenciada por el suyo. Así iba explicando punto por punto y en tiempo real lo que íbamos a hacer o ya estábamos haciendo. Todos los días hacíamos lo mismo.

El autobús terminaba en la Puerta del Sol y eso también me lo decía mañana tras mañana, este autobús termina en Sol, el kilómetro cero. Ni idea de qué quería decir lo del kilómetro cero pero me parecía un dato muy importante que le daba mucha emoción al paseo. El recorrido siempre era igual: bajábamos por la calle Arenal hasta Ópera y subíamos por Mayor hasta Sol. Así tres o cuatro veces.

Por el camino me enseñó a leer usando de libro los carteles de las tiendas. Al principio no es que leyera, es que me sabía de memoria los rótulos que correspondían a cada una de tanto oírselo y lo repetía en voz alta haciéndome la sabihonda. Él se impresionaba mucho pero no de mi inteligencia sino de sus dotes docentes. Qué bien se me da enseñar, has aprendido sin darte ni cuenta gracias a mí.

Y sí que me enseñó de verdad después de unos meses, aprendí sin darme ni cuenta como decía él, antes que mi hermana que sí se estaba dando cuenta en el colegio con una cartilla que le daba muchos sudores y disgustos. Esa habilidad precoz me trajo consecuencias un tanto desagradables. Porque un día el abuelo quiso exhibirme y exhibirse él, de paso, y me puso a leer el periódico delante de todos mis hermanos como si fuera un fenómeno de feria.

Leí tres o cuatro titulares y pensaba seguir porque creía que mi actuación lectora estaba gustando, hasta que uno dijo: “que se calle ya la repelente”. Me quedé con el mote de la Repelente o, peor, la Repelencias durante un buen tiempo. Y además, mi hermana, que era muy envidiosa y a la que un simple mote no le parecía castigo suficiente, tiró por la ventana a mi muñeca preferida, la Piojosa, llamada así porque estaba muy vieja y tenía pelos de estropajo. En la caída desde el sexto en el que vivíamos, se le salió un brazo.

Piojosa y manca por culpa de la Repelencias. Hasta la infancia más feliz tiene sus momentos duros.

Huidas

Ella huía por la ventana muchas veces al día. No sé dónde iba o dónde le hubiera gustado ir pero así, mirando a través del cristal al descampado de enfrente, ni siquiera tenía un lugar bonito donde poner la vista, huía a cada rato. De nosotros, de la abuela Mila y su demencia, de mi padre y sus constantes peticiones y cambios de humor y hasta de ella misma. Eran huidas breves, pequeñas dosis de huida, tragos cortos de semi libertad, lo único que podía concederse, lo que tenía a mano.

Una ventana y al otro lado la luna, las tres estrellas que las luces de la carretera no habían conseguido apagar, las ramas de las raquíticas acacias moviéndose con el viento, remolinos de polvo, nubes de pequeños mosquitos, franjas de sol, la luz roja y morada del atardecer. Todo eso le servía de alimento, de punto de apoyo para escapar. A veces la ventana era insuficiente y entonces decía que salía un momento. Enseguida la acosábamos, ¿dónde vas, cuándo vuelves, vas a tardar mucho? A un recado, esa era la excusa para salir a la calle y dar la vuelta a la manzana, recorrer las hileras de bloques, tampoco había mucho más que recorrer, llegar hasta el final donde estaba el puente que cruzaba la carretera y volver. Volver siempre. ¿Dónde iba a ir?

Cuando se enfadaba decía que un día se iba a marchar, “cualquier día de estos hago la maleta, salgo por esa puerta y me voy”. Como lo decía demasiado, era una de esas frases amenaza mil veces repetida como la de “os voy a castigar” gritada sin dirección determinada, perdía fuerza y sentido. En cuanto empezaba a decir su “cualquier día de estos”, le terminábamos la frase entre risas y ella también se reía. Nunca nos habría abandonado, nos quería, sólo huía mentalmente, tal vez se imaginaba cómo podría haber sido su vida sin nosotros, se estaba inventando otra ella sin ataduras, alguien nuevo, que no necesitara asomarse a la ventana a cada rato.

Cuando volvía de sus ausencias tenía durante unos segundos una mirada rara pero enseguida recuperaba su espíritu práctico y volvía a ser nuestra madre ocupada y presente, metida de lleno en el torbellino de la casa, de la vida. Sin embargo había algo en ella, una fisura, un punto de fuga, una grieta por dónde podía escaparse.

Por eso me asomaba a la ventana a su lado para saber qué era lo que miraba, dónde estaba el peligro o el placer oculto. Ella me empujaba con el codo y me llamaba pesada, quería estar sola, pero yo no siempre me iba, precisamente porque era pesada, pesadísima. Así me aficioné yo también a las ventanas, a escaparme mirando y a proteger con codazos mis huidas.

Cuerpo de Cristo

Precisamente por ese afán suyo de acabar cuanto antes con lo que fuera, los cuatro hermanos menores hicimos la comunión a la vez. Mi madre, en su línea pragmática, estaba encantada, “qué bien, nos quitamos cuatro de encima y se terminaron las comuniones”. A mis dos hermanos sí les habían dado unas clases de preparación, pero a nosotras como éramos más pequeñas, no. No importaba, ya nos puso en situación el cura en un par de tardes y al terminar la charla, muy contento, nos dio una torta a cada una. Tengo muy grabado ese tortazo porque no me lo esperaba y me dejó muy sorprendida, ¿por qué nos había pegado? No sé, supongo que le apeteció.

Cuando lo contamos en casa, mi madre dijo que éramos unas exageradas y que eso no era pegar, si acaso había sido un saludo o una imposición de manos. Lo que ella quisiera pero la torta nos la habíamos llevado puesta. Además de la supuesta imposición de su mano en nuestra cara, también nos estuvo explicando en qué consistía el sacramento de la comunión. Menudo lío que nos armamos. Básicamente habíamos entendido que nos íban a poner a Cristo en la lengua para que nos lo tragáramos. Por eso nos teníamos que volver buenas, porque el cuerpo de Cristo, que era Dios, estaría ya en nuestro interior, vigilando. Ya antes nos veía, por algo estaba en todas partes, pero a partir de ese momento nos vería también desde dentro, como una especie de topo infiltrado. No me hacía mucha gracia a mí eso.

De todas formas esa no era nuestra principal preocupación, lo que nos importaba de verdad era la vestimenta. Nos hubiera gustado un vestido de esos cursis, de organdí se llamaban, pero mi madre ya tenía otros planes más austeros para nosotras y, junto con mi abuela, nos estaba haciendo unos vestidos. Sencillos, decían ellas. Feos, traducido a nuestro idioma. Para colmo, nos echaron por encima unas túnicas blancas de monja y con eso puesto nos hicieron fotos: las manos juntas y mirando al cielo con cara de pasmarotes iluminados.

A mis hermanos también les iban a poner una túnica blanca de frailes enanos. El que ya había hecho la comunión por su cuenta estaba muy callado con los preparativos y decía a todo que sí sin protestar porque no quería que se recordara el incidente. Pero el otro, que no tenía que hacerse perdonar nada, se empeñó en que debajo de la túnica tenía que llevar la camiseta del Atleti. Le tuvieron que dejar, era muy cabezota y sabía machacar hasta desesperar al oponente y vencerle de puro aburrimiento. Al final los dos llevaron las camisetas atléticas, para que no hubiera envidias.

Al comulgar tuve un problema con el cuerpo de Cristo, se me quedó pegado al paladar y no me lo podia tragar. No me atrevía a morderlo ni a partirlo por si eso no se podía hacer, tampoco me atrevía a hablar ni a toser ni casi a moverme. Era muy inquietante llevar a Dios dentro de la boca y no saber qué hacer con él. Al final se fue deshaciendo solo y una vez dentro, tenía razón mi hermano, no notabas casi nada en un primer momento, como si Dios tardara un rato en hacer efecto. Pero luego sí, me entraron muchísimas ganas de ser más buena y pacífica y salí de la misa convencida de que era una especie de niña santa súbita. En las escaleras, mi hermana me dio un pisotón, según ella sin querer. Por si acaso, se lo devolví con saña. Llevábamos el ojo por ojo escrito en los genes.

Los regalos por haber hecho la comunión fueron un balón de reglamento para mis hermanos, por lo que se ve la comunión y el fútbol tenían alguna conexión íntima, y una muñeca a nosotras. Todo muy sexista, aunque conmigo el sexismo acertaba de pleno, era prototípica a más no poder.

La muñeca también iba vestida de primera comunión pero ella sí llevaba el traje bonito que hubiéramos querido para nosotras, detalle siniestro y poco comprensible. Cayó en desgracia al momento por mucho cuerpo de Cristo muñeco que, supuestamente, ella también llevara dentro.

Cosas de dentro y de encima

A base de seguir y hasta perseguir a mi madre por los cuartos y pasillos, por si acaso se moría en un descuido, principal terror de mi infancia, descubrí cuál era el objetivo de su vida: quitarse cosas de encima. En realidad ese no debía de ser el objetivo principal sino el medio de llegar a él, una vez que el camino estuviera despejado de todas esas cosas que incesantemente le iban cayendo.

Cada vez que terminaba de hacer algo, lo que fuera, y siempre estaba haciendo algo, decía, “bueno, pues otra cosa que me he quitado de encima”. Ahora ya podía ir a por la siguiente, darle el manotazo y continuar. Su esperanza era un camino limpio y apacible, justo lo que nunca tuvo. A lo mejor por eso, mientras iba quitándose cosas de encima, con su sombra detrás, también decía mucho, “qué vida más perra, chica”. Chica era ella porque no había nadie más y conmigo no estaba hablando.

En esos seguimientos intensivos también descubrí que tenía un cierto miedo de mi padre, no tanto de él, como de su humor cambiante. Cuando se acercaba la hora en la que él volvía a casa, ella empezaba a decir, “a ver cómo viene hoy éste, a ver como viene”.

Y tenía tres maneras básicas de venir: después de haber trabajado como un idiota, esa era aceptable y no había que preocuparse, después de haber trabajado como un gilipollas, ahí ya había que tomar ciertas precauciones, o después de haber trabajado como un cabrón, en ese caso lo mejor era desaparecer. Por desgracia, la última modalidad era la mas frecuente y toda la casa parecía cambiar de ánimo con su llegada, las paredes se estrechaban y el aire se volvía más denso y difícil de respirar.

El mal humor de mi padre, a causa de ese trabajo que no le gustaba nada, era la última cosa del día que tenía que quitarse de encima y creo que la más pesada, también. Para eso nos pedía ayuda tratando de que dejáramos de ser niños y nos convirtiéramos en señores y señoras silenciosos que leían serios tratados sentados sin mover un músculo. Como eso era imposible nos mandaba a la cama para quitarse esa cosa, nosotros, de encima. Tampoco nos importaba demasiado, allí estábamos a salvo del lado oscuro.

Pese a todo creo que ella fue bastante feliz con su vida perra de quitarse cosas de encima. Estaba en su naturaleza serlo, reír por tonterías, cantar, hacerse amiga de la gente y conformarse con poco. Al revés que mi padre, casi siempre insatisfecho, con una acusada incapacidad para estar bien en la mayoría de los sitios, como si el mundo fuera un lugar incómodo hecho de aristas duras que se le clavaban, como si todo le molestara, él mismo, algo que llevaba dentro y que, por eso, por no estar encima sino dentro era imposible de apartar.

Mila

Una de las dos abuelas, la flaca, Mila, era muy joven. Era tan joven que perfectamente habría podido ser nuestra madre. No le gustaba ser abuela ni que le llamáramos abuela, teníamos que decir Mila. Si nos llevaba a algún sitio y alguien nos preguntaba, estaba completamente prohibido, bajo terribles amenazas, revelar nuestro parentesco. Si detectaba que se nos iba a escapar o incluso antes de detectarlo, como preventivo, nos daba unos pisotones que nos clavaba al suelo y mientras nos retorcíamos, ella sonreía coquetamente sin levantar el tacón silenciador.

Un día nos llevó a una de mis hermanas y a mí al Corte Inglés, lugar que le apasionaba. Mientras ella mareaba a los dependendientes pidiendo que le sacaran cosas que luego no compraba, esa era otra de sus aficiones, nosotras levantábamos la falda a las maniquís para ver si alguna llevaba bragas. Con ese entretenimiento nos fuimos alejando de Mila hasta que nos perdimos.

Mi hermana se puso muy contenta porque uno de sus deseos era quedarse toda una noche encerrada allí y campar a sus anchas por los distintos departamentos, pero a mí me entró miedo de no poder regresar a casa nunca más y me eché a llorar. Nos llevaron a un mostrador y cada cierto tiempo decían nuestros nombres por megafonía, anunciando que nos habíamos perdido. Entre la emoción de oír mi nombre por un micrófono y los caramelos que nos regalaron se me pasó bastante la angustia, aunque de vez en cuando lloraba un poco, para recordar que estaba viviendo una tragedia y no desaprovecharla del todo con placeres menores.

Al rato vimos llegar a Mila, muy sofocada, por las escaleras mecánicas. Por primera vez en su vida admitió públicamente que era la abuela, pero, al verla tan joven, no la terminaban de creer. Nos preguntaron a nosotras que, siguiendo sus mil veces repetidas indicaciones, dijimos que no, que nuestra abuela estaba gorda, se llamaba Martina y era vieja. Y era verdad, esa era la otra.

Inexplicablemente, nos dió otro de sus tremendos pisotones clavándonos con furia el tacón con poderes, hasta hacernos confesar.

(Cuaderno de DM)