Categoría: Los Fernández

La Estrella

En la calle principal del pueblo estaba situada “La Estrella”, mejor conocida como la tienda del tío Cacharros. Allí nunca podías tener la seguridad de que ibas a encontrar lo que buscabas, más bien al contrario: casi con total seguridad no tenía lo que hubieras ido a comprar. En eso residía la gracia del negocio, en que el tío Cacharros te sustituyera un deseo por otro o que te hiciera olvidar tu necesidad creándote una nueva con gran habilidad.

Tenía de todo y de nada a la vez, lo cual es muy meritorio y difícil de conseguir. Su tienda era una especie de precursora de los todo a cien por su revoltijo de productos surtidos, pero sin acierto. A veces nos mandaban a comprar algo ahí aunque con poca esperanza de que a la vuelta trajéramos lo indicado. Vete a la tienda del Cacharros y pregunta si por casualidad -el “si por casualidad” era esencial en la frase- tiene un cazo pequeño.

¿Un cazo dices?, vaya por Dios, se lo acaban de llevar ahora mismo, pero que ahora mismo, decía el Cacharros poniendo mucha cara de fastidio y contrariedad pero, ¿no querrás pilas para la radio, un rastrillo para retirar hojas del jardín, un estuche con lapiceros o una cuchara de madera para darle vueltas al guiso?

Y a continuación y con mucha parsimonia iba sacando de unas cajas de cartón metidas en la pared, como si fueran nichos, sus productos alternativos. Los colocaba en el mostrador de madera, un mostrador que se levantaba por un lado como una tapa para acceder al lado interno de la tienda, y los iba adornando de cualidades. Si notaba que con sus cualidades no te había convencido utilizaba la táctica de meterte el miedo en el cuerpo. A lo mejor no lo necesitabas hoy pero podrías necesitarlo y mucho, al día siguiente o a la próxima semana.

¿Y si se iba la luz, como pasaba siempre cuando había una tormenta y no tenías linterna? ,¿y si tenías la linterna pero no las pilas para que funcionara? Ya te había liado y salías de allí con la linterna envuelta en un papel marrón y otro paquete, el de las de las pilas, también envuelto con mucho cuidado y laboriosidad y tan bien pegado con adhesivo que luego se sufría mucho para poderlo abrir. También fue un precursor chapucero del abre fácil que jamás lo es.

En verano, como tenía más clientela, contrataba un ayudante, era un hombre contrahecho, con una joroba en mitad de la espalda y la cara estirada en una especie de sonrisa perenne. Nunca pude averiguar si se reía de verdad pero creo que no. También en verano, y como ya no le cabían tantos productos en la tienda, el tío Cacharros colocaba una cuerda de lado a lado y de ella colgaba las novedades propias de la estación: flotadores, pelotas de goma, gafas de bucear con tubo y unos bañadores muy feos. Para alcanzar todo esto tenían un palo metálico acabado en una pinza. Por desgracia para el ayudante, esa misión le correspondía a él porque al Cacharros lo que le gustaba y lo que hacía bien era estar detrás del mostrador, convenciendo al comprador de que su necesidad no era la que él pensaba si no otra.

Algunos niños del pueblo cuando veían desde la plaza donde jugaban que el ayudante iba renqueando con el palo pincho a descolgar algo, se acercaban corriendo a la puerta y le cantaban “el demonio como era travieso el rabo lo tenía tieso…” Él a veces les amenazaba con el mismo palo-pincho pero otras, la mayoría, los ignoraba y se sentaba en una banqueta, la utilizaban en la tienda y estaba vieja pero también se vendía porque tenía el precio puesto. Allí sentado miraba al suelo y se frotaba la espalda con su sonrisa rara en la cara.

El tío Cacharros tenía una hija de nombre Estrellita. Yo creía que la tienda se llamaba así por la hija pero resultó ser al revés, era la hija la que se llamaba como la tienda. A Estrellita le gustaba mucho darnos envidia y se hacía la dueña del territorio cuando íbamos a comprar. Para demostrarnos que todo era suyo, entraba y salia de un lado a otro del mostrador levantando la tapa de madera, operación que me parecía fascinante, hacía botar una pelota delante de nuestras narices o sacaba cosas interesantes de las cajas nichos y jugaba o se adornaba con ellas mirándonos de reojo.

Me hubiera gustado muchísimo ser Estrellita y tener todos esos cacharros y una tapa para entrar y salir a mi disposición. Años después ella se quedó con el negocio y para darle un aire moderno le puso un fax desde el que poder mandar mensajes. Casi nunca funcionaba y entonces Estrellita decía en voz alta y mirando fijamente al cacharro, “es el fax del otro lado, va lentísimo y fatal”.

El paraíso aburrido

En el verano de sus quince años mi hermana conoció a una chica de la que se hizo muy amiga. A mi madre no le gustaba nada la tal amiga, de nombre Guadalupe, decía que le parecía una mala compañía. Lo que no sabía mi madre es que mi hermana también lo era, así que se neutralizaban la una a la otra. Porque para que una compañía sea mala de verdad tiene que encontrar a un ser inocente al que torcer y ese no era el caso de ninguna de las dos.

A mí lo que más me gustaba de Lupe era que vivía en una urbanización con piscina, con dos piscinas, una infantil y otra muy grande, olímpica, decía ella. Alrededor de esas tres piscinas había amplias laderas de césped con sus sombrillas de colores clavadas, unos cuantos sauces llorones y una especie de chiringuito donde se podían comprar refrescos, helados y bolsas de patatas fritas.

Estaba deseando que me invitaran porque nosotros no teníamos piscina y solo íbamos de vez en cuando a una municipal. Pero, más que por bañarme, lo deseaba porque en esa urbanización podría haber gente de mi edad. La casa de mis abuelos, antes llena, empezaba a vaciarse, solo quedábamos los más pequeños pero todos habían entrado ya en la adolescencia. Solo yo me había quedado, muy a mi pesar, al otro lado de la frontera.

Lupe era alta y con la cara alargada, un poco de caballo. El pelo lo tenía largo y rizado y siempre se estaba enroscando o estirando un mechón entre los dedos. Venía en una vespino roja a buscar a mi hermana y desparecían las dos cuesta abajo en dirección a la piscina olímpica o hacia otras direcciones desconocidas donde se encontraban con más amigos de Lupe, todos ellos presuntas malas compañías.

Quería ir con ellas pero mi hermana me tenía amenazada de muerte si me acercaba demasiado. Hasta que un día Lupe, que generalmente no me hablaba, me invitó a ir a su piscina. La invitación escondía una trampa porque Guadalupe tenía un hermana pequeña, de unos seis años, a la que tenía que cuidar algunas mañanas. El plan oculto era que yo hiciera de canguro mientras ellas se dedicaban a sus cosas, esas cosas misteriosas que yo estaba deseando averiguar.

Primero fuimos a su casa, nos abrió un señor, su padre, muy parecido a ella pero con la cara todavía más alargada y además cojo. Las dos  se encerraron en el cuarto de Lupe y echaron el pestillo. Yo me quedé sentada en un banco que había en la entrada, junto al señor caballo y  la hermana pequeña, María. De vez en cuando el padre se levantaba, iba hasta la puerta del cuarto y con mucha paciencia les pedía que abrieran. Como no le hacían caso, ni siquiera le contestaban, volvía al banco de la entrada y mientras daba vueltas con la punta del bastón en el suelo, como si fuera una cucharilla dentro de una taza, pronunciaba la siguiente frase “incierto se presenta el reinado de Witiza”. Cada vez que decía eso, la niña María le pegaba una patada.

Pues sí que empezaba bien la mañana de piscina y malas compañías. La operación de ir hasta la puerta, llamar, pedir que abrieran, volver al banco, frase y patada se repitió unas cuantas veces, igual que si estuviéramos los tres en una pesadilla. Para entretenerme me dediqué a mirar los bastones del paragüero, el señor caballo tenía una colección de lo más variada, cada uno de ellos con un mango diferente. Después de lo que me pareció muchísimo rato, salieron las dos del cuarto entre odiosas risitas y nos fuimos a las piscinas.

Vosotras ahí, me dijeron señalando la piscina de los niños. Pero antes de dejarnos instaladas, Lupe se acercó a mí y me dijo, ¿a qué te crees muy guapa? La verdad era que no me creía guapa, así que le dije que no. Falsa, me contestó ella, odio la falsa modestia. Observé que en bikini no tenía buen tipo, las piernas le formaban una equis y no era muy armónica, su parte superior no coordinaba con la inferior. Yo estoy muy orgullosa de mi cuerpo, me gusta mucho mi cuerpo, eso que lo sepas, me dijo después como si me hubiera adivinado el pensamiento. Bueno, pues ya lo sabía, ¿y por qué me decía esas cosas?, toda la mañana me quedé pensando en sus palabras sin llegar a ninguna conclusión.

Me aburría con la niña en la piscina infantil con un agua caliente que debía de estar llena de pises. Ellas se habían puesto a hablar y a reírse con los socorristas y al cabo de un rato, sin bañarse siquiera, se largaron. Por detrás del seto vi alejarse a la vespino roja y por ese mismo seto, en dirección opuesta, brotó al rato la figura alargada y renga del padre. Se acercó cojeando hasta donde estábamos y me preguntó por ellas dos.

No supe decirle dónde habían ido ni si pensaban volver, tenían la costumbre de desparecer durante el día entero sin previo aviso, alguna vez no habían vuelto hasta por la noche y mi madre iba y venía por la casa abriendo y cerrando ventanas, que era lo que hacía cuando estaba nerviosa, y diciendo dónde estará, dónde estará, espero que no hayan tenido un accidente, cuándo vuelva se va a enterar, si no viene a comer tiene que avisar y con este calor, todo el día por ahí, no me gusta esa chica.

Por la cara que puso al preguntarme dónde habían ido, como si en parte fuera culpa mía su desaparición, supe que estaba pensando que mi hermana era la mala compañía y no su Lupe. La niña María le salpicó alegremente los pantalones con el agua de pis. Incierto se le presentaba el verano al señor caballo por culpa de esas dos.

Y mientras subía la cuesta a pleno sol pensaba que incierto pero sobre todo aburrido se me presentaba a mí. Deseaba tener yo también alguna mala compañía que me viniera a buscar en moto y me sacara de la casa del monte, tan perdida y solitaria, mi antiguo paraíso terrenal lleno de hortensias multicolores. Me puse a dar vueltas con la bici alrededor del castaño, el pensamiento mágico me había abandonado y ya no me salía viajar con la imaginación. Solo estaba dando vueltas, levantando polvo.

Oposición interna

Algunas tardes iba a casa de una amiga que se llamaba Natalia para ver si con su ayuda lograba entender las matemáticas. Nos sentábamos en la mesa de la cocina y con mucha paciencia me explicaba lo que tocara, mi ineptitud le hacía gracia y se reía un poco pero sin mala idea, era una especie de asombro al comprobar lo difícil que le puede resultar a otro lo que para uno sale de forma natural, sin apenas esfuerzo.

No conseguía concentrarme en sus explicaciones y mucho menos entenderlas, mi atención se volcaba en otros detalles, en cualquier detalle. Me despistaba con el frutero que estaba colocado a un lado y que tenía forma de hoja, con un calendario en el que aparecía el dibujo de una granja, con la cenefa de los azulejos pero,sobre todo, con un gesto que Natalia hacía cada cierto tiempo con el pelo. Se lo echaba hacia atrás con la mano y su melena se movía por encima del hombro como si fuera un ala. El pelo se separaba y luego se volvía a juntar para caer liso y unido, ala cerrada, perfecta. Ese efecto me fascinaba.

En casa trataba de imitar el movimiento delante el espejo pero no me salía, no se parecía en nada a un ala desplegada, en mí no quedaba bien. Pensaba que si me hubieran puesto de nombre Natalia otros fenómenos favorables se hubieran desencadenado: el pelo me habría crecido liso, se me habrían aclarado los ojos hasta azulear, sería buena en matemáticas sin necesidad de sufrir y tendría dos hermanos mayores que me adorarían, que me agarrarían de las manos y me harían girar y girar hasta que el mundo entero se me desdibujara, como le hacían a ella cuando aparecían de repente.

Pero no me habían puesto Natalia de nombre y todo se había estropeado. Ni siquiera tenía unas botas elegantes, blancas y altas, que se abrochaban por delante con unas tiras. Quería unas iguales y las había pedido pero mi madre decía que eran horribles y nada apropiadas para una niña, que no entendía cómo dejaban a mi amiga ir al colegio calzada así. Qué sabría ella de belleza ni de deseos. Nada. Yo sabía más que ella, en esas botas blancas había belleza. Y los deseos, la belleza y el amor estaban muy relacionados.

Me había enamorado un poco de uno de los hermanos de Natalia, pero no de todo el hermano, solo de los brazos y de la voz. A veces, cuando mi amiga me abría la puerta, estaba tirado en el suelo levantando una silla o haciendo flexiones para muscularse. De la cara no me había enamorado, se parecía demasiado a Joe El Indio del libro de Tom Sawyer, personaje que me aterrorizaba.

Como los brazos no podían llevar incorporada una cara que me diera miedo, les puse la cara del hermano pequeño que era más neutra y no se parecía a nadie, pero se me escapaba y desdibujaba, rebelde a mi fantasía. Se la borré y le dejé una cabeza blanca, sin rasgos, una cabeza genérica, tampoco era tan importante que los brazos no llevaran cara, lo importante era que abrazaran y que fueran acompañados de la voz.

Antes de dormirme y para resarcirme del mal trago pasado con las matemáticas, empecé a soñar cada noche un rato con abrazos fantasmales. En esa película que yo misma me proyectaba llevaba puestas las botas blancas. Cuando los brazos me soltaban me apartaba la melena lisa con la mano haciendo efecto de ala y con los ojos entrecerrados oía una voz que no provenía de ninguna boca y que decía: te quiero.

Ya me había dado cuenta de que si explotaba mucho la fantasía añadiéndole demasiados detalles, como por ejemplo situando la acción en algún lugar concreto, o la prolongaba en exceso, se me estropeaba. Cobraba vida propia y se deformaba o introducía sin mi consentimiento elementos no deseados, como si se burlara de mí: aparecía mi abuela con una bata muy fea que se ponía para estar por casa,llamándome; se me desataban las botas y me caía o nos daban a los dos un balonazo y su cabeza de marca blanca salía volando por los aires ¿Cómo podía burlarse de mí el sueño si era yo la que lo inventaba? Pues podía, la ensoñación no era mía del todo o, aún peor, sí lo era pero había una parte de mí que se me oponía.

Cuando mi partido opositor empezaba a incordiar abría los ojos y contemplaba el cuarto en penumbra para situarme en la realidad y darle esquinazo. Miraba el fondo de la litera de arriba donde dormía mi hermana, la mesa en la que estudiábamos y donde había tratado de repetir con bastante poco éxito las operaciones que me había estado explicando Natalia, el espejo de la esquina donde también con poco éxito, había copiado el movimiento del pelo, la silla con nuestros zapatos del colegio debajo preparados para el día siguiente, unos mocasines de color azul marino.

En esos momentos sabía con seguridad que por muchos días siguientes que pasaran nunca llevaría unas botas altas y blancas atadas por delante con unas cintas. Qué rabia. Cerraba otra vez los ojos invocando a los brazos sin cara para que me dieran un último abrazo enamorado antes de dormir. A veces me lo daban y me dormía feliz, pero otras no.

Que mis deseos no me fueran concedidos en la vida real me fastidiaba pero que tampoco lo fueran dentro de mis propios sueños por culpa de esa oposición interna burlona que me habitaba era todavía peor. De manera intuitiva también empecé a saber que tendría que aprender a convivir con la oposición porque por muchos días siguientes que pasaran ese lado enemigo que era tan mío como el aliado, no iba a dejar nunca de contrariarme ni a dejarme soñar en paz.

Nuestra monja incorrupta

El colegio de mis hermanos era el bueno y ellos siempre se estaban chuleando. Tenían por delante un patio para jugar, otro patio por detrás para hacer deportes, un laboratorio en el que destripar ratones y mirar por un microscopio y hasta un salón de actos donde proyectaban una película los viernes, casi siempre de Tarzán.  También tenían, en el colmo de los lujos,  un padre fundador llamado Pedro Nolasco que se había dedicado a liberar cristianos cautivos por los moros. Les hablaban mucho, a diario, de ese padre fundador alabando sus virtudes y sus obras. Dentro del colegio podía verse una estatua de ese señor con una cadena rota entre las manos, señal de todos los cautivos que había liberado.

Nada que ver con el colegio de las chicas, el nuestro, que era el piso bajo de una casa. Hacíamos el recreo en la calle, corriendo entre señoras que iban a la compra y viejos que tomaban el sol. Por supuesto que no teníamos ni campos deportivos ni laboratorio ni cine ni madre ni padre que lo fundara y  del que nos hablaran a diario, así que no podíamos competir con ellos y teníamos que darles la razón en que sí, su colegio era mucho mejor que el nuestro. Hasta que apareció la monja incorrupta y nos salvó de tamaña humillación.

En realidad la monja no era nuestra, estaba enterrada en un convento  y, en vez de llevarnos de visita al Museo del Prado, las profesoras decidieron que sería mucho mejor para nuestra cultura y formación, sin punto de comparación,  ir a conocer a la beata Ana María de Jesús, copatrona de Madrid para más señas. Nos gustó bastante la idea,  nunca habíamos visto nada incorrupto, todo lo que conocíamos tendía a estropearse y mancharse, además perderíamos toda una larga mañana de clase, lo que siempre era de agradecer,  y lo más importante, por fin íbamos a tener algo que ellos no.

Por el camino, que hicimos en autocar, no pensábamos ni mucho ni nada en la monja, era un día de primavera y teníamos la sensación de que nos llevaban de excursión a algún lugar bonito. Pero cuando ya estábamos acercándonos a nuestro destino y para que nos centráramos un poco, nos relataron algunos sucesos de la vida de Ana María. Por ejemplo, que le habían buscado un novio para casarla pero ella se había cortado el pelo y desfigurado la boca para repelerlo y poder ser monja. Ahí ya empecé a sentir una ligera aprensión cercana al miedo sobre lo que nos íbamos a encontrar, pero como las otras se partían de risa, pues yo también.

Por suerte para mí y mis pesadillas,  a la monja no se le veía la cara, solo le asomaban por debajo de unos ropajes blancos y brillantes unos pies muy negros y unas manos cruzadas también de un color marrón aunque no tanto como los pies. O sea, que dentro de la incorrupción había matices y grados, posiblemente los pies al estar tanto tiempo en contacto con todo lo terrenal, se habían estropeado algo más.

Nos quedamos un rato quietas frente al ataúd, lamentando y agradeciendo a la vez que el rostro  estuviera tapado y después de que nos contaran que esa señora tumbada había hecho llover en Madrid después de un largo periodo de sequía,  se acabó la visita cultural o lo que fuera aquello. Nunca confesamos a mis hermanos que no le habíamos visto la cara y cuando presumían de instalaciones deportivas , de cine o de padre fundador, les sacábamos a relucir a nuestra monja incorrupta.

Más tarde nos cambiaron a todos a un colegio mixto para que tuviéramos las mismas oportunidades y, sobre todo, para que pudiéramos enamorarnos a nuestras anchas y no sólo en horario extra escolar.

 

 

Qué me vas a contar

Los mejores amigos de mis hermanos eran otra pareja de hermanos, gemelos, muy morenos, con el pelo ensortijado y los ojos casi negros. Jugaban con ellos al fútbol pero sin que les gustara, solo porque eran amigos,  sus verdaderas pasiones eran las espadas y atrapar bichos en botes de cristal para luego destriparlos y torturarlos. Al fútbol jugaban despistados, pensando en otra cosa, y por eso se caían constantemente y una vez en el suelo se les olvidaba el partido y  se quedaban por ahí tirados, sobre la tierra, buscando bichos. También tenían el récord mundial del barrio de meterse goles en propia puerta. Cuando metían un gol de verdad lo celebraban entrechocando sus espadas ficticias. Hoy les hubieran acosado por las redes sociales pero entonces, como mucho, se llevaban algún puñetazo o algún insulto inmediato y volvían a integrarse sin mayores problemas.

La madre de los gemelos morenos era amiga de la nuestra y muchas tardes, mientras jugábamos en la calle,  se sentaban las dos en un banco a charlar y a pegarnos algún grito de vez en cuando para que pareciera que nos vigilaban con suma atención de madres. Una tarde que estábamos jugando al escondite utilicé el respaldo de su banco y sus espaldas para esconderme y, sin querer, escuché cómo la amiga le contaba a mi madre que se había quedado embarazada y que menudo disgusto tenía ¡Otro!, dijo exclamando con un tono de desolación tremendo. Qué me vas a contar, le contestó mi madre y las dos se quedaron calladas unidas en ese silencio cargado de desgracia.

El qué me vas a contar claramente tenía que ser yo puesto que era la última o a lo mejor la desgracia había empezado antes y mi hermana Almudena también entraba en el lote. Antes o después me tocaba de lleno, eso estaba más que claro y lo entendí al momento. No me habían traído al mundo voluntariamente. Tenía la sensación de que me querían bastante o no menos que a los otros, pero seguramente habían empezado a quererme más tarde, por costumbre, sobre todo.

Quise investigar un poco más sobre mis orígenes y subí a casa a preguntarle a mi abuela Mila. Estaba enfadada porque acababa de descubrir que le habíamos espachurrado  un pintalabios, era fanática de los cosméticos y la laca y bastante vengativa, así que su respuesta fue: no digas que te lo he dicho pero tú no eres su hija, te compraron a  los gitanos, ¿no ves que no te pareces a ninguno de tus hermanos?

Esa nueva y desconcertante información contradecía la anterior. Si era una “qué me vas a contar” no me podían haber comprado. Además mi abuela se había reído al decirlo, nadie que confiese semejante verdad lo hace riéndose. Lo de los gitanos era mentira y me fastidiaba porque por un momento me ilusionó poder diferenciarme del resto por mi procedencia zíngara y no por haber llegado la última y por accidente.

Volví a la calle arrastrando los pies, muy desencantada de la vida. El escondite se había terminado y también se había disuelto el partido de fútbol. Alrededor de los gemelos morenos  se acababa de formar un corro expectante. Habían atrapado una lagartija y tras extirparle el corazón habían metido en su lugar una piedra pequeña para comprobar si podía sobrevivir. No pudo.  Las dos madres, indiferentes al trasplante cardíaco y ya restablecidas de su desgracia, se reían de algo, el sol se ponía por el descampado, donde vivían los gitanos de verdad, y Macario, el portero cojo del bloque tres, acababa de sacar los cubos de basura y la manguera.

Uno  gritó, “la manga riega que aquí no llega”. Empezaba  la diversión de cada tarde a última hora. Corrí entre todos los demás para que no me alcanzara el agua, seguramente no era la única accidental en ese grupo  y había unos cuantos  que habían caído en la vida de rebote.  En ese momento de felicidad me daba exactamente igual. Ya estaba dentro, en el lío.

 

 

 

La playa de Alicia

Alicia, nuestra vecina y amiga que era hija única, tenía una casa en la playa. De la casa de la playa nos hablaba mucho su madre, su  intención era llevarnos unos días a mi hermana y a mí para que su hija no se aburriera pero  quería que apareciera antes nuestro deseo que su invitación ¿Sabéis que desde la cama de mi dormitorio veo el mar?, nos decía.Y extendía el brazo haciendo un movimiento de oleaje para tentarnos. Abras la ventana que abras,  hummmm, un olor a sal inunda las pituitarias. Y por la noche,¡ cómo se duerme!, al nivel del mar parece que la cama te absorba.

A mí eso de que se durmiera bien no me parecía interesante. Tampoco lo del olor salino inundando las pituitarias me emocionaba lo más mínimo, entre otras cosas porque no tenía ni idea de qué eran las pituitarias, sonaba a plantas rojas que crecían en las ventanas, justo las que abría para que se inundaran. Pero de una manera indirecta sí que consiguió despertar muestro deseo de ir a esa casa idílica rodeada de azul y sobre todo a la playa de Alicia, como ella la llamaba. Para confirmar que era tan maravillosa como su madre aseguraba le preguntábamos a nuestra amiga que solo nos contestaba con escuetos: sí, está bien, es muy larga. Solo vamos por la mañana, todos los días me compran helado.

Playa larga, helados a diario, suficiente con eso. Ya queríamos ir más que ninguna otra cosa en el mundo. Cuando nos invitó estábamos convencidas del todo y mi madre más, feliz de perdernos de vista unos días. Sin embargo,  en el coche me entró una inesperada angustia al dejar atrás mi casa, pensé que jamás regresaría  ni volvería a ver a mi familia,  tenía mucha facilidad para situarme mentalmente en dramas terribles, casi siempre relacionados con la orfandad.

Los malos pensamientos me los disipó la madre de Alicia, que viajaba delante con su perro cocker en brazos, con sus demostraciones cantoras. Ya veréis cómo canta Currito, venga, Currito, canta. Y entonces cantaba ella con una voz muy aguda y el perro ladraba excitadísimo dándole la réplica.Así se pasaron buena parte del viaje hasta la playa de Alicia que resultó estar en Castellón y no ser solo suya, como yo me había imaginado.

Tampoco la casa se ajustaba a mi fantasía, ni estaba llena de pituitarias rojas en cada ventana ni el mar entraba por la puerta; era un apartamento pequeño, sin flores y con muchas latas de atún dentro de los armarios. Desde el cuarto de los padres de Alicia sí se veía a lo lejos algo de mar detrás de otros edificios,  pero desde el nuestro lo que se veía era la parte trasera de un supermercado con sus camiones descargando alimentos. Qué pintoresco, ¿verdad?, nos dijo la señora cantora y Currito ladró corroborándolo.

Pese a la ligera decepción, estábamos contentas, la playa tenía mucha arena blanca para jugar, era larguísima  y, más que nada, estaba el mar donde nunca se podía ser infeliz. Pero tenía razón Alicia, sólo nos llevaban por las mañanas. Por las tardes, después de tenernos encerradas en el cuarto de las vistas pintorescas para que durmiéramos la siesta, lo que jamás hicimos, hacíamos supuestas excursiones. En realidad no nos bajábamos del coche, recorríamos pueblo tras pueblo hasta que nos hacíamos pis y parábamos en alguna gasolinera intermedia. La madre de Alicia se reservaba el canto para las distancias largas pero tenía otra costumbre molesta: ir leyendo en voz alta todos los carteles que veía.

Pescadería Vicente, Horno de Pan Ballester, Modas Jumar, Casa Mata, Peluquería María Luisa y así hasta que entrábamos en la carretera donde no había carteles y no le quedaba más remedio que dejar de leer. El padre, un señor enorme con los ojos verdes y unas cejas muy pobladas, no decía nada, solo conducía y sonreía, parecía muy feliz y relajado. A mí en esas excursiones por los pueblos de Castellón me brotaba de nuevo la angustia del principio. Quería volver a mi casa, añoraba todo, hasta lo que no me gustaba, pero no me atrevía a decirlo para no parecer una boba. Se suponía que nos lo estábamos pasando bien y nos compraban una bola de helado cada día después de cenar ensalada de atún o bocadillo de atún o tortilla con atún.

Por las noches, la cama que me había tocado y que no debía de estar al nivel del mar como las demás,  no me absorbía, más bien parecía que yo le caía mal y quería expulsarme,  en mi mente insomne seguía  viendo la larga cinta gris de la carretera. Ahí me di cuenta de que era una  pésima viajera,  que me adaptaba muy mal a las novedades y a los cambios de escenario y que aborrecía  el atún en lata pero también que al acercarme al mar se me olvidaban los males.

Porque cada mañana  me poseía una felicidad casi tan grande y enloquecida como la de Currito, que  se tiraba en marcha por la ventanilla del coche en cuanto lo veía asomar y tras correr ladrando y llorando por la arena, se lanzaba sobre él como un amante desesperado.

 

Piedras

Un verano mis hermanos y mis primos decidieron montar una tienda para ganar dinero. Se les ocurrió que podíamos vender piedras, dado que era lo que teníamos más a mano. Las recolectábamos en la falda del monte, justo al lado de  un arroyo. Una de esas mañanas en las que estábamos haciéndonos con mercancía para el futuro negocio, escuché por primera vez la palabra “puta” y pregunté qué quería decir. Se quedaron callados mirándose entre ellos y uno de mis primos me puso en la mano una piedra plana, grande y lisa y me explicó:”puta es un tipo de piedra, esta, por ejemplo. Todas las que veas así son putas”. Me lo creí.

Seguimos recogiendo piedras, sobre todo grandes, planas y lisas porque el plan era pintarlas con acuarelas.  Lo tenían todo muy planificado, también el lugar donde íbamos a poner el negocio, al final de la calle, en el único sitio que no estaba en cuesta. La cuestión era que por allí no pasaba nadie: algún perro, un camión conducido por un gordo que vendía fruta una vez a la semana  y muy de vez en cuando un cartero en moto del que estaban un poco enamoradas mis primas y mis hermanas. Pero que no fuera una zona comercial no les pareció importante, a mí menos. Yo seguía todas sus iniciativas, a veces con entusiasmo y otras a la fuerza, porque no me quedaba más remedio que participar. Esa de la tienda me gustó en un principio.

Cuando ya tuvimos suficientes piedras pintadas las colocamos en el suelo,sobre un mantel, y nos sentamos en  unas rocas a esperar clientes. Más que tenderos, éramos manteros. Mirábamos con un poco de nerviosismo la cuesta por si por el fondo, abajo, veíamos la silueta de algún comprador. Nadie.Después de esperar bastante rato vimos subir muy despacio al vecino de la última casa, Avelino el tuerto, con su parche de pirata y su bolsa del pan. Dimos unos cuantos saltos tribales para llamar su atención pero él, que nunca nos saludaba porque le caíamos mal, no se apartó de su camino y se metió en su casa. Después de Avelino, otra vez la nada. Un conejo salió dando saltos  de un matorral.

Nos aburríamos todos pero ninguno lo quería reconocer y mucho menos desistir a la primera dificultad. El caso es que se fueron dispersando todos con las excusas más variadas y me dejaron de encargada de la tienda solitaria. Estaba deseando irme también,  el tenderete estaba colocado a pleno sol y la diversión de observar cómo las hormigas troceaban un escarabajo   y lo iban llevando por partes hacia su hormiguero ya empezaba a agotarse. Para fastidiarlas les iba poniendo  unos palitos por delante a modo de obstáculos, pero también eso terminó por aburrirme. Estaba ya a punto de abandonar cuando apareció por la cuesta una vespino roja y a lomos de la misma el cartero.

Se bajó de la moto, se paró delante del tenderete, miró las piedras como si de verdad le interesaran y me compró una pintada de rojo y verde que se guardó en la saca de las cartas. No entendía como ese hombre viejo de unos veinticinco años podía gustarles a mis hermanas y primas por muchos ojos azules que tuviera y por muy simpático que fuera, pero eso era otra cuestión. Lo importante es que había vendido una piedra, la primera y,  una vez roto el maleficio, aquello iba a ser el no parar de ventas.

Bajé corriendo la cuesta mirando un poco hacia atrás no fuera a presentarse otro comprador, una muchedumbre de compradores deseosos de tener piedras pintadas, entré en la casa muy sofocada y anuncié a gritos que había vendido una piedra. Mi madre, que estaba tendiendo la ropa dijo “qué bien” sujetando una pinza con la boca y en su estilo de poco interés. Para precisar un poco  y que me hiciera más caso, añadí, “era de las putas”. Me cayó un bofetón inmisericorde. Cuando me recuperé de la sorpresa escuché las risas de los otros.

En ese momento decidí que abandonaría a mi familia para siempre aunque todavía no sabía cómo. Volví al tenderete con la esperanza de ganar dinero para poderme marchar de esa casa odiosa cuanto antes. Otro conejo salió de debajo de una zarza, o a lo mejor era el mismo, las chicharras hacían ese ruido característico del verano, de repente se paraban, cogían fuerzas, volvían a tocar su áspero instrumental, descansaban,volvían,  las hormigas ya habían descuartizado por entero al escarabajo y ahora llevaban  trocitos de espiga, el camino se ondulaba y reverberaba bajo el sol.

La vida era verdaderamente asquerosa, horrible y sin esperanzas. Iba a llorar pero  apareció Negro Quinto, el perro de tío viejo y tía vieja, venía de una de sus parrandas por el monte y llevaba una oreja ensangrentada. Se sentó a mi lado, muy quieto, me puso la cabeza en las rodillas, como si me comprendiera.

 

 

Lucrecia descalza

Mi abuela Martina tenía una amiga en la casa de enfrente, Lucrecia,  que pasaba un rato todas las mañanas a sentarse con ella en el patio. Su aspecto físico me daba un poco de miedo. Llevaba las gafas con los cristales más gordos que he visto jamás y por detrás aparecían unos ojos agrandados monstruosamente que flotaban en su cara como si, espantados,  se le hubieran salido de las cuencas. Lucrecia  llevaba puesto un delantal de cuadros negros y blancos encima de la ropa y caminaba arrastrando unas zapatillas de tenis enormes pisadas por el talón.

No sé si a mi abuela le gustaba mucho o poco que se presentara su amiga cada mañana, no parecía ni alegrarse especialmente ni molestarse tampoco, formaba parte de sus rutinas de entonces. En cuanto la veía aparecer sacaba dos sillas al patio y las ocupaban en paralelo.No hablaban apenas, casi todo el tiempo estaban en silencio y solo lo rompían para intercambiar las mismas tres frases todos los días.

Con “qué vida esta” abría Lucrecia, a lo que mi abuela no respondía nada, solo movía la cabeza asintiendo. Otra vez un silencio largo en el que se miraban los pies o nos miraban jugar o miraban la ropa moviéndose en la cuerda o el vuelo de una mariposa.

“Apañadas estamos”, decía de repente mi abuela  y Lucrecia se sobresaltaba un poco, lo mismo ni se acordaba de que tenía a su amiga sentada al lado, para reaccionar se daba una palmada en el muslo con unas manos a las que la artrosis había vuelto garras y las dos se reían un rato de la supuesta comicidad de que estuvieran tan apañadas. Después volvían a su silencio  y a sus suspiros. Cuando ya les parecía que llevaban suficiente tiempo juntas,  Lucrecia cerraba la reunión con  la tercera frase, “cuántas cosas raras hemos visto ya” y mi abuela contestaba, “y las que nos quedarán por ver si es que vivimos”. La amiga  se levantaba y sin decir ni adiós ni hasta mañana se iba arrastrando sus enormes zapatillas de tenis pisadas.

Algunas veces las imitábamos sentándonos nosotras también en las sillas y pronunciando sus frases. Un día que estábamos diciendo la de las cosas raras que habíamos visto y que todavía tendríamos que ver y  riéndonos como las dos tontainas que éramos, mi abuela se acercó y nos aclaró un poco el misterio de esa frase con un relato abreviado del que yo hubiera querido muchos más detalles.

“Lucrecia tuvo que huir de su pueblo, al otro lado del monte, en plena noche. Llevaba  un niño de pecho en los brazos y otro pequeño de la mano, no les dio tiempo ni a ponerse los zapatos, bajaron descalzos toda esa ladera, campo a través, a lo lejos se veían llamas muy altas, el resplandor del fuego, gritos, disparos, ella llevaba los pies llenos de sangre, se le destrozaron tanto que ya no puede calzarse, era la guerra”.

Ya no volvimos a reírnos de Lucrecia y aunque le preguntamos mucho a mi abuela por esa guerra y tratamos de que nos contara  qué más cosas habían visto, deseando mucho dramatismo, ella se ponía muy digna, abría el abanico espanta-niñas y le daba tales batidas furiosas al aire que  tuvimos que ir en busca de otras fuentes de información.

 

 

 

 

Pez atípico

Además  de la mujer que se sentaba a pasar el día en una cafetería con un despertador sobre la mesa y a insultar  moviendo los labios, sin voz,  a todo aquel que la mirase más de la cuenta, había una segunda estrafalaria en nuestro barrio , Analisa Busatto.  El que fuera italiana me resultaba bastante admirable,  era la primera extranjera que había tratado y tal vez por eso, al menos en un principio,  la consideré más exótica que loca.

Pudiera ser que en Italia la gente se comportara a diario como Analisa. Pudiera ser que allí tuvieran la costumbre de caminar con la cabeza baja, husmeando el suelo como si se les hubiera caído una moneda o las llaves y fueran de un lugar a otro a gran velocidad, acuciados por  infinidad de tareas muy urgentes que realizar, embarullándose, aunque en realidad no estuvieran haciendo nada.

Los italianos que había visto en las películas no hacían exactamente eso pero ya sabía que el cine no siempre refleja la realidad, así que era posible considerar como algo típicamente italiano llevar un carro de la compra sin nada dentro, por el simple placer de arrastrar sus ruedas por los adoquines armando mucho escándalo. O que también fuera normal entre las mujeres  italianas de mediana edad, solteras, sin hijos ni trabajo conocido, como era el caso de Analisa Busatto, pasearse a las horas de entrada y salida de los colegios, con gran aceleración, como si llevaran una recua de niños invisibles detrás . Mi madre me sacó de mi error asegurándome que la  Busatto estaba como una cabra.

No sé si la mujer, que ya se quedó con esa denominación de diva de la ópera para siempre, estaba como una cabra pero desde luego le fallaban las habilidades sociales, de ahí que caminara con la cabeza hacia el suelo, para no tener que saludar. Y si alguno, compadecido por su soledad, que se supiera no tenía familia ni amigos,  la paraba para interesarse por ella, Analisa contestaba sin dejar de caminar, ” tengo mucha pinza” porque aunque hablaba bien, se le resistía la palabra prisa, precisamente la que más utilizaba como parapeto anti-personas.

Pese a rechazar la intimidad y las relaciones directas con otros, buscaba las horas punta y las aglomeraciones, tal vez porque quería pasar desapercibida y que nadie sospechara de sus verdaderas tendencias o porque se sentía mejor, menos rara, integrándose de alguna manera. Si hubiera vivido en medio de una ciudad grande, amparada en el anonimato no habría llamado la atención, pero vivía en un barrio en el que, como en un pueblo, todos nos conocíamos, por lo que sus intentos de camuflaje no resultaban nada efectivos.

A primera hora de la mañana, cuando mucha gente hacía cola en la única parada de autobús que llevaba al centro, ahí estaba la Busatto copiando la  cara de sueño y hastío de los que sí iban de verdad a trabajar. Cuando todos se subían al autobús, ella se retiraba discretamente por un lateral y volvía a su deambular acelerado  con el carro de la compra. Pero una vez llevó un poco más allá su afán por no desentonar y se subió al autobús. Cuando su compañero de asiento le preguntó que a dónde iba, ella le miró muy desconcertada y sólo contestó, “no sé, dónde vayas tú”. Después, avergonzada por haberse delatado, dijo que tenía mucha “pinza” y se bajó en la siguiente parada, un asentamiento chabolista en mitad de un descampado.

A las horas de entrada y salida de los colegios también aparecía por los alrededores, no porque tuviera ningún interés en nosotros si no porque había lío y le gustaba perderse en el barullo. El resto del día vagaba arriba y abajo, levantando polvo con sus zapatones de hombre y una horquilla infantil sujetándole por un lado la melena lisa y  recta, llena de canas.

Cada cierto tiempo padecía una crisis de arrepentimiento por ser como era y pretendía enmendarse. Entonces  elegía a alguien al azar para hacerse amiga pero ya se le había olvidado como se hacía eso y entregaba risas fuera de lugar,  confidencias no solicitadas y una intensidad en la relación que agotaba al contrario. Algunos la toleraban más por piedad que por cariño verdadero,  pero siempre era ella la que se cansaba primero y, decepcionada,  volvía a sus andanzas solitarias y a sus huraños, “tengo mucha pinza”.

La recuerdo perfectamente como un personaje más de mi infancia, Analisa Busatto la extravagante,  metida entre la riada de niños y madres después de las clases, dejándose arrastrar por la corriente humana como un pez atípico.

 

 

 

Casa abandonada

La casa del pueblo de mis abuelos estaba situada en un camino en cuesta con más casas del mismo estilo a cada lado. Al final  había un llano con rocas y zarzas donde muchas tardes subíamos a jugar. Desde ahí, subiendo un poco más, serpenteaba otro camino que terminaba en una puerta pequeña de metal. Solo con empujarla se entraba directamente al  monte. Una vez que pasábamos al otro lado siempre corríamos y gritábamos bastante exaltados hasta que se nos pasaba el efecto libertario que daban los pinos.

En ese segundo camino también había viviendas pero no tan juntas, se separaban cada vez más y más como si a medida que nos acercáramos al monte se fuera extinguiendo la vida civilizada. Una de ellas estaba deshabitada pero sus dueños, como querían venderla, habían contratado dos tardes a la semana a un señor muy viejo, llamado Aristóbulo, para que con un rastrillo oxidado y una carretilla más oxidada todavía, peinara la tierra, recogiese las hojas y piñas y mantuviera un cierto orden.

Impresiona bastante observar la gran capacidad que tiene el caos para adueñarse de todo si no se le pone freno y la velocidad a la que trabaja enmarañando, revolviendo, desdibujando y a la vez creando nuevas formas.  Por mucho que el viejo de Aristóbulo trataba cada dos tardes de que aquello no se le desmandase, aquello, el jardín de esa casa que no estaba ya habitada, se había declarado en rebeldía y crecía y se desarrollaba como le daba la gana.

Cuando pasábamos por delante nos parábamos un rato a saludarle y así mirábamos la casa más de cerca. Era un poco lúgubre, con dos cipreses pegados a los muros como si fueran los soldados guardianes, por una de las ventanas de la planta baja se veía una biblioteca  y una escalera. Cada día teníamos más ganas de entrar, sobre todo mi hermana que era muy partidaria de todo lo que estuviera prohibido y fuera ligeramente peligroso. Hablábamos mucho de la casa abandonada y de cuál sería la mejor hora de hacer una expedición exploratoria.

Una tarde a las cuatro, mientras todos veían amodorrados la tele o dormían la siesta, nos escapamos las dos y  uno de mis hermanos medianos. Mis hermanos iban muy decididos a saltar la valla, yo no tanto porque era patosa y estaba segura de que me iba a caer pero no hizo falta, la puerta no estaba cerrada, Aristóbulo se había olvidado de echar el candado. De todas formas, mi hermana entró saltando la valla para que no se le estropeara la aventura. También estaba abierta una de las ventanas de la planta baja por lo que pudimos entrar en la casa con toda facilidad.

Pasamos muy nerviosos de un cuarto a otro apretándonos los brazos y parándonos un poco ante cada puerta. En realidad, la casa no tenía ningún misterio, quedaban algunos muebles, tan abandonados como ella, trozos de papel pintado levantado, manchas de humedad y la biblioteca que se veía desde fuera con una colección de libros de la editorial Austral muy amarillentos.

Solo nos quedaba entrar en el cuarto del fondo y aunque seguíamos fingiendo que nos daba miedo y que aquello era de lo más interesante, en realidad ya nos estábamos aburriendo. En ese cuarto había solo una mesa y encima un barreño. Al acercarnos a mirar vimos una escena repugnante y que durante mucho tiempo me ha perseguido, atormentándome: muchas ratas muertas flotando en una especie de miel o de líquido viscoso. Salimos corriendo de la casa abandonada y se nos quitaron las ganas de nuevos allanamientos.

Debimos de dejar alguna huella de nuestro paso por la casa porque Aristóbulo, cada vez que nos veía pasar por delante, en dirección al monte, se reía astutamente masticando un palillo y apoyado en el rastrillo decía,” ¿qué?, tunantes,  ¿os asustaron las ratinas?”