Categoría: Mitos, leyendas

Una cabellera y lo que con ella pasó

Un momentito que me estoy desescalando. Saco un brazo: fase uno. Saco el otro: fase dos. Pego un salto fuera del armario: fase tres. Ya estoy, desescaladísima, qué bien. Os habla Esmeralda, el personaje que vive en un armario confinada junto a otros personajes. Ahora que vosotros también habéis estado confinados  comprenderéis mi drama un poco mejor.

Me he desescalado (qué horrorosa palabra, ¿quién se la habrá inventado y por qué todos la repiten incluida yo?) Pues eso, que me desescalado toda para  contaros una historia o leyenda. Trata, resumiendo mucho, de una cabellera de mujer que acabó muy lejos de su lugar de origen.

La dueña de los pelos protagonistas se llamaba Berenice y vivió en Alejandría,  sí, ahí mismo, donde la famosa biblioteca, alrededor del doscientos algo antes de Cristo.  Berenice se casó con un rey,  Ptolomeo III de Egipto. Este señor, nada más tomar posesión del trono decidió montar una guerra. Venga, para ir abriendo boca. Algunos no saben estarse quietos. A Siria que se fue,  pobre país.

Total, que Berenice, como pasaba el tiempo y Mambrú-Ptolomeo no volvía de la guerra, empezó a angustiarse  y al no disponer de teléfono móvil ni de ningún otro artilugio tecnológico, recurrió a los dioses. De smartphones no, pero de dioses había variadísima oferta. Eligió a una diosa, la del amor,  lógico, la mismísima Afrodita. Se personó en su templo y le hizo una especie de soborno. Mira, Afrodita, guapa, si  me traes sano y salvo a mi querido Ptolo, te regalo mi pelo.  Y es que Berenice tenía una cabellera preciosa, muy larga, brillante y abundante, digna de un anuncio de  champú porque yo lo valgo.

Afrodita no contestó nada, (típico de dioses), pero Berenice tomó el silencio administrativo por un sí y se cortó allí mismo su hermosa melena. Mira tú qué cosas que al día siguiente ya estaba de vuelta su belicoso marido. Qué alegría y qué alborozo. Fue Berenice a darle las gracias a Afrodita pero cuando llegó otra vez al templo, la melena ya no estaba, alguien se la había llevado para hacerse extensiones o un cojín, que sé yo.

¡La que se armó! Sospecharon de todos. Hasta del dios de otro templo, un tal Serapis,  ya que podía tratarse de un caso de envidia, mal muy frecuente ya desde la más remota antigüedad.

El caso es que para calmar los ánimos de los reyes, que ya veis cómo se alteraban por una tontería, se apareció por allí un astrónomo  muy reputado y bastante imaginativo, Conon de Samos, que les contó la siguiente trola:  “no sufran mis amadas majestades (qué pelota eras, Conon)  ha sido la propia Afrodita la que se ha llevado la melena, le gustaba tanto que ha pensado que estaría mejor en el cielo convertida en una constelación de estrellas. Mirad , mirad hacia arriba y la veréis al norte de Virgo y al Este de Leo.” Miraron y aunque no vieron gran cosa quisieron  creer tan preciosa transformación de pelo en estrella.

A un señor que trabajaba en la biblioteca de Alejandria, poeta y erudito, de  nombre Calímaco, le gustó tanto este suceso que le escribió un poema. O pudiera ser que  los reyes le pagaran para que lo escribiera.

Me gusta este poema por original, ya que los que hablan son los pelos, es la propia melena la que cuenta su historia en primera persona.

Dice así:  “Estaba yo recién cortada y  mis hermanas me lloraban cuando  de pronto, con un rápido batir de alas, el dulce soplo del Céfiro me lleva a través de las nubes del éter y me deposita en el venerable seno de la divina noche, Cipris.

Y a fin de que yo, la hermosa melena de Berenice, apareciera fija en el cielo brillando para los humanos, Cipris me colocó como  nueva estrella en el antiguo coro de los astros”

Y así acaba este cuento.

Espero que os haya gustado mucho más que lo que escribe la represora de mi voz y que me lo digáis en los comentarios, que para eso están.  Me vuelvo al armario con los otros confinados. Pero volveré, ¡anda que no!

Adiós.

 

 

 

Esto ha sido Faetón

Había una vez un muchacho llamado Faetón, nombre horroroso donde los haya, aunque de eso él no tenía la culpa. Le gustaba bastante hacerse el chulito entre sus colegas ¿A qué no sabéis de quién soy hijo?, se pasaba el día diciendo.  Los otros hacían como si no le hubieran oído pero él insistía, “cuidadín conmigo que soy hijo del Sol, mi padre es Helios y tiene  un Jaguar”. No era un Jaguar, era un carro tirado por cuatro caballos blancos, pero por actualizar un poco la historia.

Y así a diario, era muy machaca, “yo primero que soy hijo del Sol, apartad que soy hijo del Sol, me pagáis las cañas que soy hijo del Sol”.  Los otros estaban empezando a hartarse, “anda tira, qué vas a ser tú hijo de Helios, pringao”.  Pero él insistía e insistía y tan inaguantable se puso que uno le contestó, “pues si tu padre es Helios el mío es Zeus, no te digo…” Menudo se puso Faetón que no soportaba que nadie lo superase. Se fue a buscar a su padre y poniendo  cara de mucha pena honda se lo chivó, “que los otros no se creen que tú eres el Sol, que no se creen que yo soy tu hijo, déjame el Jaguar (carro) y así se lo demuestro”.

No sabía nada Faetón, ya le tenía echado el ojo al carro desde hacía tiempo. Helios se resistió ya que era su instrumento de trabajo. Todos los días hacía el mismo recorrido viajando por el cielo de este a oeste. Según salia por el este se formaba el día y  al atardecer descendía por el Oceáno y apagaba las luces.  El carro iba tirado por cuatro caballos que escupían fuego, se llamaban Flegonte (ardiente), Aetón (resplandeciente), Pirois (ígneo) y Éoo (amanecer). Mientras manejaba las riendas para mantener a los cuatro caballos fogosos en el punto exacto, ni muy arriba ni muy abajo, iba muy contento cantando, “precaución amigo conductor, la senda es peligrosa y te espera tu madre o esposa. Acuérdate de tus niños que te dicen con cariño; no corras mucho papá”.  Cancioncillas típicas  de dioses del Olimpo.

El caso es que al final cedió porque era un padre un poco permisivo y porque el nene Faetón era de los insistentes, “que me dejes el coche, que me lo dejes, que me lo dejes, que me lo dejes”.  Así por la mañana, a mediodía y por la noche. Por no oírle más, se lo dejó.

Fue subirse al carro y empezó a ponerse todo loco y a acelerar, como era inexperto enseguida perdió el control de los caballos que primero empezaron a subir demasiado arriba y después, por completo desbocados, bajaron escupiendo sus fuegos hasta casi tocar la tierra ¡ Una calorina ,un resecarse los campos, una de incendios forestales,  unas temperaturas máximas de 42 grados y mínimas de 25, unas noches tropicales y unos días infernales! Aquello no  se podía soportar ni yendo por la sombra ni bebiendo agua hasta encharcarse. La Tierra, agonizante, pidió ayuda a Zeus y éste lo solucionó lanzando un rayo al chaval que cayó al río Po y  murió.

Digo yo si Faetón  no habrá resucitado y le habrá vuelto a quitar, esta vez sin permiso, el coche al papi Helios.

(Leyenda interpretada libremente por Esme)

 

Y un poco más de Pan

Anda que lo de Lopetegui…no doy crédito. Huy no, calla, si no quería hablar de eso. Anda que lo de la Antártida, eso sí que es grave, no para de perder hielo y no es que se vaya a derretir mañana mismo pero si sigue así, y va a seguir así que me lo han dicho unos científicos esta mañana por la radio, va a terminar con las costas del planeta tal como las conocemos y lo que verán y vivirán las futuras generaciones será un desastre recalentado. El que venga detrás que arree, ya lo siento.  Anda que la parejita de Singapur,  el moreno y el rubio malpeinados, qué feuscos son los dos, ¿verdad? Y qué poco presentables. Anda que…

Mejor me vuelvo para los reinos mitológicos y os hablo, aprovechando el pan de la  entrada anterior y un comentario de “Whatgoes” con canción incluida, del dios Pan. Me cae bien este dios,  pese a que era un poco perseguidor de ninfas. Pero,  ¿quién no haría lo mismo si viviera en un bosque de ellas plagado y fuera el dios de la fertilidad y la sexualidad masculina, pleno de potencia y apetitos carnales? Lo siento por las ninfas que se pasaban el día corriendo y huyendo de sus acosadores y sin etiqueta de “mee too” que echarse a las redes.

Pero bueno, que me desvío del mito y esto que viene ahora me gusta en especial. Pan, entre otras cosas,  es el dios de esa brisa tan fresca que se levanta al amanecer y que luego vuelve al atardecer, mira qué bonito. Puestos a ser dios de algo qué mejor que de unas brisas que abran y cierren los días con sus soplidos. Otra cosa que me gusta de Pan es que iba a su bola, era un poco anti sistema, como no le gustaba el Olimpo donde vivían los otros dioses, se trasladó a los bosques de la Arcadia,  no participó en ninguna guerra y no prestaba ayuda a los héroes, allá se las apañen esos plastas,  pensaría. A los que sí ayudaba de vez en cuando era a los pastores y a los cazadores, me imagino que porque los tenía más a mano y nunca  está de más llevarse bien con los vecinos.

Su rutina diaria era la siguiente: por  las mañanas se dedicaba  a cuidar de sus rebaños, animales y colmenas. Después se echaba la siesta y mucho cuidadito con despertarlo porque era muy fanático de la misma. Si se la interrumpían  se enfurecía y desencadenaba una tormenta con toda su profusión de rayos, truenos y trombas causando el pánico (de su nombre viene, creo) entre los animales y otros seres bosqueños. Y  por las tardes, ya repuesto tras el sueño, a perseguir ninfas como un poseso.

Pese a ser bastante feo – su madre lloró cuando lo vio al nacer-  tenía  éxito con ellas y tuvo muchas amantes que lo adoraron. Entre otras, Eco, Eufema, todas las Ménades y hasta Selene, la diosa de la luna.

Pero hubo dos que se le resistieron. Una de ellas fue Pitis, (no confundir con la estación de tren). Para huir de Pan, Pitis se transformó en pino. Esto de cambiar de forma era algo que hacían mucho las ninfas cuando ya se veían perdidas, tenían ese poder.

Resignado, Pan arrancó una de las ramas del pino, con ella se hizo una corona y a otra cosa, mariposa. La otra cosa, mariposa era Siringa,  ninfa que no le hacía ni caso y de la que él estaba muy enamorado. Basta que no te hagan caso…eso es así entre humanos y entre dioses.

En una de esas persecuciones, Siringa llegó jadeante hasta las orillas del río Leto y cuando ya se vio acorralada se transformó en cañaveral, lo primero que se le ocurrió que pegase junto a un río.

Al llegar Pan al lugar y como ella ya no estaba, se abrazó con desepero a las cañas y, así sujeto, escuchó ese rumor tan bello que producen cuando las mueve el viento. Pensó que esa iba a ser la única manera de tener con él a su amada,  a través de su voz,  por lo que arrancó una de las cañas, (lo que le gustaba arrancar cosas) y se hizo una flauta a la que llamó Siringa.

Si es que en el fondo, con ese cuerpo de macho cabrío en su parte inferior, esos cuernos,  esa cara arrugada y esos arrebatos de mal genio si se quedaba sin siesta,   era todo un  romántico. Un poco pendón, pero romántico. Que una cosa no quita la otra, ¿o sí la quita? Que cada uno piense lo que quiera.

Menuda desgracia la de Perséfone

Será porque estoy encerrada en un armario aunque me saquen de vez en cuando como saca un niño a sus muñequitos de la caja. Será porque aquí dentro hay poca luz y la sensación es claustrofóbica, será porque tengo al lado al Toni que sin cesar parlotea de la muerte, será porque contando historias ahuyento a mis fantasmas y aquieto a mis monstruos. Será por todo eso  por lo que hoy os voy a hablar de una diosa llamada Perséfone que también sabe lo que es sufrir encierros y oscuridades.

Nada hacía presagiar que aquella iba a ser una tarde aciaga ¡Toma frase! Se hallaba Perséfone, como era su costumbre,  con sus amigas Atenea y Artemisa correteando por el bosque en compañía de otras ninfas. Os lo podéis imaginar: había flores de múltiples colores pues era primavera, el aire estaba cargado de aromas embriagadores, una brisa cálida mecía suavemente las copas de los árboles acunando a los pajarillos, trinaban éstos y las chiquillas bailaban, saltaban y se reían. En resumen: una estampa de una cursilería insoportable.

Esa misma estampa ya la había contemplado otra tarde, agazapado por las esquinas,  Hades, dios de los inframundos, rey de los muertos.  Al instante cayó rendido de amor por Perséfone.  Tenía ella todo lo que él no: gracia, alegría, dulzura y atributos femeninos de lo más llamativos. La tarde de la desgracia, Perséfone se agachaba con donaire a recoger un lirio cuando el suelo se abrió y a través de la  grieta apareció montado en un carro negro el malvado de Hades. De un brutal manotazo la atrapó por la cintura, la subió en su vehículo siniestro  y se la llevó dirección  los  bajos fondos sin más explicaciones.

Menuda desgracia. De la luz pasó a la oscuridad, de las flores, las risas y el aire libre al ambiente lúgubre y las almas en pena, de la libertad a la prisión. Como yo en el armario poco más o menos, por eso me identifico con ella y puedo entender lo que sufrió. Para la que también empezó un hondo penar fue para su madre, Démeter, la diosa de la Tierra, la agricultura y las cosechas. Parece un ministerio lo que tenía  Démeter, pero no,  todavía no existían. Desesperada, emprendió largos viajes en busca de su hija raptada, vagó sin rumbo de un lado a otro, rota de dolor. Para vengarse o porque no estaba ella para trajines agrícolas, ordenó a los árboles que no dieran fruto, al pasto que no creciera y a las semillas que no germinaran. Y  a todo esto Zeus, el marido de Démeter y padre de Perséfone, sin intervenir, a sus cosas del Olimpo, supervisando el Universo y recolectando nubes.

Pero al comprobar la magnitud de la tragedia (mucha, enorme), los animales se morían de hambre y los humanos empezaban también a fenecer,  se levantó del sillón, ya era hora, Zeus, guapo,  y se fue a parlamentar con Hades. La postura de este padre me resulta incomprensible pero en fin, no entiendo al presidente de mi comunidad que me pilla bastante más cerca,  mucho menos  voy a  comprender al jefe de los dioses.

Que nos devuelvas a la niña o verás la que te lío en los submundos. Está bien , te la devuelvo, dijo el otro, pero con una condición, que no coma nada por el camino. Qué tío más rarito además de siniestro.  El caso es que Perséfone comió, por iniciativa propia o tentada por Hades. Tampoco mucho, entre seis y ocho semillas de granada, era de poco comer pero lo  suficiente para fastidiarla. Por esa tontería se condenó de por vida a  pasar tres meses en los infiernos aunque  se le permitió volver a la tierra el resto del año.

Cada vez que regresa  de su encierro,   la naturaleza se alegra tanto que brota y florece por doquier, por eso se la considera la inductora de la primavera. Si sois alérgicos, la culpa es de ella. Pero,  a medida que se acerca el tiempo de su marcha, todo se va  marchitando, el verde pierde color, se caen las hojas,  la tierra vuelve al silencio y a la aridez del invierno. Todo muere. Y así sucesivamente  de ciclo en ciclo por los siglos de los siglos.

Yo también tengo que regresar al armario de mis encierros cual Perséfone de andar por casa,  espero que fallezca algún cardo borriquero en mi honor, qué menos.

Adiós.

Y el primer escritor fue…¡una escritora!

Rrrruuggg, (onomatopeya de cremallera). He salido de mi funda de plástico y posteriormente del armario para contaros una historia tan antigua como bonita. Buenas tardes, os habla Esme. Por cierto, qué disgusto tengo, alguien ha suplantado mi personalidad en internet, si en vuestro diario navegar os encontráis por  ahí circulando a una tal Esmeralda la adivina, no piquéis, es un timo. Si queréis saber el futuro solo tenéis que tener paciencia y esperar.  Él solito llegará aunque cuando llegue ya será presente y puede que no sepáis identificarlo.

Esta historia que os voy a contar, si es que arranco de una vez, trata del primer autor conocido del mundo  que resultó ser… ¡una autora!, mira tú por dónde. Se llamaba Enheduanna y hará como unos cinco mil años, en la ciudad sumeria de Ur,  escribió los primeros textos firmados que se conocen.  Utilizó lo que tenía  más a mano, unas tablillas de barro. Si queréis que vuestros escritos perduren, escribid en barro que es un material muy resistente, visto lo visto.

En realidad, la  más importante ocupación de esta mujer no fue  la escritura sino el contacto con los dioses. Su padre, el rey Sargón de Acadia, la nombró sacerdotisa  y a ella no le quedó más remedio que ponerse a escribir odas y versos para tener contentos a los seres supremos, misión nada fácil.

La mayoría de sus poemas están dirigidos a Innana, la  diosa sumeria del amor y de la guerra, que lo mismo traía felicidad  que desastres, según le viniera el punto o tuviera el día,  siguiendo ese comportamiento tan veleidoso y  poco de fiar típico de los dioses. Enheduana,  en su Oda a Inanna, de 153 versos, empieza haciéndole bastante la pelota con la intención, me supongo , de que la diosa se porte bien. Así le dice cosas tan poéticas y bellas como estas, “Reina de todos los poderes concedidos, desvelada cual clara luz. mujer infalible vestida de brillo, cielo y tierra son tu abrigo. Guardiana de los orígenes cósmicos y esenciales, exaltas los elementos, átalos en tus manos”.

Un poco  después, ya harta de tanta loa, reconozcamos que eso no hay quien lo aguante,  le canta unas cuantas verdades, “escupes cual depravado dragón, con tu veneno llenas la tierra, aúllas como el dios de la tormenta, cual semilla languideces en el suelo”. Ni pensar quiero el cabreo que tendría la diosa a esas alturas de poema.  Pero,  Enheduana, que era muy lista, tras unas cuantas estrofas insultantes volvía a poner las cosas en su sitio, “eres Inanna, suprema en el cielo y la tierra”. Y así durante cientos de versos alternando las alabanzas y sus contrarios.

Lo más seguro es que después de escribir por obligación y a la fuerza le acabara cogiendo el gusto y por eso empezara a intercalar en los himnos  aspectos políticos, convirtiéndose en cronista de su época,  y también personales como la pérdida de la belleza y el envejecimiento, cronista de sí misma. Una vez hecho esto, se diría, “pues ahora firmo, qué menos,  que para eso me lo he currado”, y escribió su nombre con toda inocencia. No sabía ella el lío que se iba a armar a partir de ahí con el autorazgo, que rima con hartazgo y por algo será.

Al problema de tener que ser original no tuvo que enfrentarse Enheduana ni tampoco le entraría el desánimo pensando, “para qué escribir si ya está todo dicho”. Es lo bueno que tiene haber nacido pronto, la escritura solo tenía unos trescientos años y había mucho material sin tocar. Con lo que me hubiera gustado a mí ser la primera,  en lo que sea, tampoco me voy a poner selectiva.

Os contaría más sobre la primera que echó la firma después de haber escrito pero lo podéis mirar por vosotros mismos en internet si es que tenéis interés y así abreviamos.  A la Esmeralda de pega, ni caso. No se puede una marchar, enseguida te quitan el puesto, qué rabia!

Adiós