Categoría: Reflexiones de la Esme

Esto ha sido Faetón

Había una vez un muchacho llamado Faetón, nombre horroroso donde los haya, aunque de eso él no tenía la culpa. Le gustaba bastante hacerse el chulito entre sus colegas ¿A qué no sabéis de quién soy hijo?, se pasaba el día diciendo.  Los otros hacían como si no le hubieran oído pero él insistía, “cuidadín conmigo que soy hijo del Sol, mi padre es Helios y tiene  un Jaguar”. No era un Jaguar, era un carro tirado por cuatro caballos blancos, pero por actualizar un poco la historia.

Y así a diario, era muy machaca, “yo primero que soy hijo del Sol, apartad que soy hijo del Sol, me pagáis las cañas que soy hijo del Sol”.  Los otros estaban empezando a hartarse, “anda tira, qué vas a ser tú hijo de Helios, pringao”.  Pero él insistía e insistía y tan inaguantable se puso que uno le contestó, “pues si tu padre es Helios el mío es Zeus, no te digo…” Menudo se puso Faetón que no soportaba que nadie lo superase. Se fue a buscar a su padre y poniendo  cara de mucha pena honda se lo chivó, “que los otros no se creen que tú eres el Sol, que no se creen que yo soy tu hijo, déjame el Jaguar (carro) y así se lo demuestro”.

No sabía nada Faetón, ya le tenía echado el ojo al carro desde hacía tiempo. Helios se resistió ya que era su instrumento de trabajo. Todos los días hacía el mismo recorrido viajando por el cielo de este a oeste. Según salia por el este se formaba el día y  al atardecer descendía por el Oceáno y apagaba las luces.  El carro iba tirado por cuatro caballos que escupían fuego, se llamaban Flegonte (ardiente), Aetón (resplandeciente), Pirois (ígneo) y Éoo (amanecer). Mientras manejaba las riendas para mantener a los cuatro caballos fogosos en el punto exacto, ni muy arriba ni muy abajo, iba muy contento cantando, “precaución amigo conductor, la senda es peligrosa y te espera tu madre o esposa. Acuérdate de tus niños que te dicen con cariño; no corras mucho papá”.  Cancioncillas típicas  de dioses del Olimpo.

El caso es que al final cedió porque era un padre un poco permisivo y porque el nene Faetón era de los insistentes, “que me dejes el coche, que me lo dejes, que me lo dejes, que me lo dejes”.  Así por la mañana, a mediodía y por la noche. Por no oírle más, se lo dejó.

Fue subirse al carro y empezó a ponerse todo loco y a acelerar, como era inexperto enseguida perdió el control de los caballos que primero empezaron a subir demasiado arriba y después, por completo desbocados, bajaron escupiendo sus fuegos hasta casi tocar la tierra ¡ Una calorina ,un resecarse los campos, una de incendios forestales,  unas temperaturas máximas de 42 grados y mínimas de 25, unas noches tropicales y unos días infernales! Aquello no  se podía soportar ni yendo por la sombra ni bebiendo agua hasta encharcarse. La Tierra, agonizante, pidió ayuda a Zeus y éste lo solucionó lanzando un rayo al chaval que cayó al río Po y  murió.

Digo yo si Faetón  no habrá resucitado y le habrá vuelto a quitar, esta vez sin permiso, el coche al papi Helios.

(Leyenda interpretada libremente por Esme)

 

Y la luna también

Lo siento, soy Esme otra vez, tal vez estabais esperando un relato (ya son ganas) o noticias de la prima Petronila. Pues no, ni lo uno ni lo otro, lo único que os puedo decir es que Petronila se ha sentado debajo de un tilo, ahora que están en flor y son tan aromáticos, a escribir horrorosos poemas, confiemos en que nunca salgan a la luz. Y en cuanto a la prima de la prima, lo más seguro es que  esté escasa de inspiración. No me extraña, bastante ha inspirado ya, ahora que expire y deje hablar a los demás.

Un poco la entiendo, a mí me pasó algo parecido tras escribir el libro sin palabras,  me quedé tan en blanco como él y pasé unos días malos, malos, pero si ya lo tengo todo dicho, pensaba yo, ¿y ahora qué?  Ahora nada, la vida sigue, la vida siempre sigue hasta que se para.

El caso es que os traigo otra noticia que puede que os consuele si estáis envejeciendo y os han salido arrugas. No, no se trata de inyecciones de ácido hialurónico ni de la crema de baba de caracol.  He dicho consuelo, no arreglo ni timo. La noticia  es esta: la luna se está arrugando y empequeñece.

Tan poca culpa tengo yo de esto como del adelgazamiento de los libros. Son informaciones que una lee y comparte con todos vosotros. No me voy a quedar yo sola con esa desazón.

Pues sí, un análisis de más de doce mil imágenes capturadas por una sonda lunar ha revelado que la luna se encoge y aja cual pasa mientras que su interior se enfría. Pero como su piel no es flexible como la de la uva,   la corteza de la luna se rompe formando fallas de empuje, o sea, arrugas. Esto a ella le debe de sentar bastante mal, a nadie le gusta el deterioro, y reacciona enfadándose. Tanto se disgusta y se solivianta,  que se provoca lunamotos, algunos bastante potentes, de hasta cinco grados en la escala de Ritcher. Algo así como pillarse un rebote pero a escala lunar.

Y si la luna está viejuna, Mercurio está para los arrastres, todavía más encogido y achacoso, eso le pasa por haber tomado tanto el sol sin protección. Menudo sistema solar más pachucho que tenéis.

Libros sin hojas, lunas arrugadas, ¿qué será lo siguiente? Anda, mira, si esta es de hoy, desaparecen las plantas, 600 especies en los últimos 250 años.

Me vuelvo al armario antes de que queráis matar a la mensajera.

Adiós.

 

 

 

Una propuesta para la ONU

Buenos días o tardes, soy la Esme, una que reinaba en este blog y que ahora yace olvidada en un armario. Triste, pero es lo mismo que os va a pasar a todos vosotros, lo de yacer olvidados, digo, lo del armario seguramente no. Bueno, venga, a lo mejor yacéis recordados, no os quiero asustar,  quedémonos con las pequeñas ilusiones y alegrías cotidianas y no pensemos en los yacimientos que tampoco somos arqueólogos.

Yo tengo una ilusión que me anima mucho,  quiero que llegue el 26 de febrero, en él tengo puestas todas  mis miras. Es que me encantan los pistachos y  es su día internacional,  con eso os lo digo todo.  Lo siento mucho por la nuez de macadamia que supongo que estará celosa.

Pero vamos, que si no os gustan los pistachos y estáis pensando que vaya asco de vida sin alicientes, no os preocupéis,  hay días de sobra para  elegir y celebrar con regocijo.

Os digo unos cuantos que me he molestado en recopilar  para que os sirvan de enfoque y esperanza, aquí están:  el día de los Simpson, el de la croqueta, el del comunity manager (no tengo de esto, así me va), el del galgo (perro flaco tampoco tengo), el del orgullo zombie, el de las legumbres (muy sanas), el del soltero, el de la tapa (qué ricas), el del sushi, el del sol (aviso, da melanoma), el de las viudas ( lo a gusto que se quedan algunas), el de los asteroides (me gustan cuando caen), el de la relajación (muy necesario para poder soportar tanta celebración), el de la sonrisa y, justo al día siguiente, el de la depresión (por si a alguno no le encajaba lo anterior y se quedó descolocado), el del correo, el de las aves migratorias (lo bonitas que son cuando vuelan en uve), el de la costurera (yo antes cosía, ahora ya no), el del veganismo, el de la usabilidad (no entiendo este), el de el récord guiness (es el que sospecho que  quiere llevarse la ONU petando el calendario de  días internacionales), el del retrete o el del jaguar.

Y digo yo, como propuesta para que lo debatan en la asamblea general del citado organismo los ratos  que estén aburridos, ¿qué tal un día internacional del odio a los días internacionales?

Me vuelvo al armario, ya queda menos para el día internacional del pistacho. Qué felicidad!! Adiós.

Sin sufrimiento

Iba a hacer un comentario sobre los animales, por no decir alimañas, que pueblan últimamente este blog, -moscas y ratas, qué asquito-, pero mejor me callo ya que hoy me han sacado de paseo. De repente, en vez de abrir los ojos y encontrarme dentro del armario con el Ulises de Homero a cuestas, estaba haciendo la compra en el supermercado. Anda que… para eso ya me podía haber quedado donde estaba. Quería vida, pues ¡toma vida! con todas sus prosaicas consecuencias.

No sé si es por la falta de costumbre pero me ha resultado muy difícil esta tarea tan cotidiana, sobre todo cuando he llegado al momento huevos. He empezado a leer los envases y, ¡señor de todos los cielos!, pero si es más difícil que hacer un máster verdadero.
Ya iba a elegir los huevos de gallinas camperas, me sonaba bien, como a día de fiesta bajo una sombra arbolada, cuando he visto que al lado estaban los de “gallinas en el suelo”. Se ve que las camperas no necesariamente están por el suelo, puede que vivan subidas a un palo o en compartimentos estancos. Alrededor de ellas habrá campo pero no para su disfrute, pobres.

Digo, venga, pues los del suelo, que correteen las chiquillas y puedan tomar impulso para darse picotazos las unas a las otras. Ya los iba a echar al carro pero entonces he visto otro envase en el que ponía, “huevos de gallinas en libertad” y, como persona o personaje enjaulado que he sido y soy, rápidamente me he solidarizado.

Pero tampoco han sido esos los definitivos porque había otra modalidad más: huevos de gallinas sin sufrimiento. No me voy a llevar los de la libertad sabiendo que, aunque libres, puede que las ponedoras estén deprimidas. No serían ni las primeras ni las segundas que pudiendo hacer lo que quieren son infelices. He escogido los de sin sufrimiento, pero al rato ya me estaba arrepintiendo. A ver si van a ser ahora las gallinas más felices que yo, qué rabia me estaba dando.

Esto lo iba pensando mientras empujaba un carro díscolo, de esos que si tú los llevas hacia la derecha se te tuercen en dirección izquierda ¡Que quiero ir donde la miel, idiota!, le he gritado.
Ya no me acordaba de que en sociedad no se debe hablar sola ni tampoco con un carro. Con grandes esfuerzos y risitas a mis espaldas he llegado hasta el siguiente dilema: miel de mil flores,(nada menos que mil, ¿las habrán contado?) con denominación de origen de la Alcarria, de la granja ( ¿será la misma que la de las gallinas por el suelo?), con limón, con azahar, hecha toda en España (para patriotas) y del abuelo. En el bote sale dibujado un señor viejo con boina. Me he llevado esa, la del ficticio yayo apicultor.

Después de dejar la compra en casa, he ido al quiosco a enfrentarme a otro mal trago: los coleccionables de planeta de agostini. Por si os interesa, tenéis una fiel reproducción de la máscara de Tutankhamón, fácil de montar y con materiales de primera calidad. “El antiguo egipto al detalle”, no lo digo yo, lo dice el cartón. Muy útil para ir a comprar huevos sin que nadie te reconozca.

Quién fuera gallina. Sin sufrimiento, claro.

La que has liado, Zhao Deli

Empieza septiembre o, para seguir la palabra de moda, “arranca”, y yo (Esme) sin llegar a Ítaca. Esto tiene que ser cosa de Zeus que me enreda, me esconde el Ulises y me pone por delante otros libros y otras distracciones. Sobre todo me pone por delante el teléfono móvil. Qué malo es Zeus, se parece a google y a facebook,  sabe que me engancho. Y es así, enganchada,  saltando de bobada en bobada, cual si fueran lianas en la selva de internet, como he descubierto el nuevo desastre que se nos aproxima por culpa de un tal Zhao Deli. Despedíos del cielo tal y como lo conocéis, ese lienzo casi vacío, o lleno solo de cosas bonitas como nubes o pájaros, donde descansaba vuestra mirada, porque esto en breve se acaba.

Por si no lo habéis leído, este señor ha fabricado un dron con forma de moto voladora y a lomos de la misma ha sobrevolado tan tranquilo Dongguan, ciudad al sur de China. El aparato ya estará listo el próximo año para su producción y comercialización. Zhao, que es muy majo, sueña, -qué peligro tienen los sueños de algunos-, con ver su invento en empresas de mensajería, como vehículo particular o como parte de las flotas militares y policiales. Mira qué bien. Está contento porque todas esas imágenes de calles atestadas de coches y motos se trasladarán al cielo. Qué lástima de cielo mío y vuestro.

Ya sé que esto es en China y que nosotros estamos lejos, pero cuando los cielos chinos veas atascar… pues eso.
Ya no quiero mirar más el móvil que me da muchos disgustos, me vuelvo con Ulises, si es que encuentro el libro. O ha sido Zeus que me lo ha escondido o ha sido Eva. No, Eva no ha sido, está leyendo el Tao Te Ching, su libro de cabecera para reafirmar su idea de que lo mejor en esta vida es no hacer nada y dejarse llevar. Pues entonces habrá sido el Toni, tampoco,  ahí lo tenéis, en su estante,   leyendo muy concentrado un libro de los tradicionales, de los de muchas hojas de papel. Me voy a acercar a ver con qué alimenta su mente siniestra: “eso es lo que somos todos, ácaros ciegos pululando en nuestra mota de polvo en un infinito desconocido, irracional, en el callejón horrible de este mundo”. Toma alegría  de la buena y eso que todavía no sabe lo de los cielos atascados de chinos en moto y de toda la humanidad a continuación.

Arranca septiembre y dentro de septiembre todo lo demás:  la vuelta al cole,  el curso político,  la campaña de recogida de la uva de mesa embolsada del Vinalopó… Con un poco de suerte arrancamos también nosotros los personajes de este blog, cuando arranque la  limpieza del  armario. Así podremos retomar nuestras vidas de ácaros ciegos pululando…huy, que se me contagia la lectura del Toni. Quita, quita, que yo también tengo sueños  pero mucho más bonitos e inofensivos que los de Zhao Deli.

Hasta otra, si es que no acabo en un punto limpio.

Para odisea la de Penélope

Y para verano el mío, encerrada en un armario y leyendo la Odisea. Soy Esme, el personaje perdido y hallado en un templo. Calla, no , que eso es de la Biblia. Yo he sido hallada y perdida en un blog. La Biblia lo mismo la leo luego, cuando termine la Odisea, ya que me martirizo que sea por todo lo alto. Pero a lo que iba,  después de llegar hasta el canto XIII  del citado  clásico, esto es lo que pienso: la verdadera heroína de esta historia es Penélope.

No es que yo le quiera quitar méritos a Ulises. Lo pasó mal: veinte años dando vueltas por los mares con la idea fija de volver a Ítaca, enfrentándose a tremendas borrascas y mortíferos vientos, (en sus propias y literales palabras), a monstruos sanguinarios, a emboscadas de todo tipo, a la muerte de muchos de sus compañeros, al descenso al infierno. No voy a negar que fuera un héroe. Lo era. Y un poco creído también, “soy Ulises Laertiada, famoso entre todas las gentes por mis muchos ardides; mi gloria ha subido hasta el cielo”, dice él, presentándose con muy poca modestia.

Fatigas y dolores no le faltaron pero tampoco juergas y amoríos. Y mientras tanto, Penélope, encefalograma plano. Se queda sola manteniendo la casa, con lo que eso cansa y lo poco agradecido que es, cria al niño,  Telémaco, y aguanta al  suegro, Laertes.  Que no digo yo que no fuera bueno ese señor pero alguna que otra manía seguro que tenía. Por si fuera poco se le llena el palacio de gorrones que se comen y se beben todo lo que pillan y que también se quieren comer a Penélope. Ella, para ir haciendo tiempo, les dice que elegirá a uno de ellos cuando termine lo que está  tejiendo. Aquí Penélope me despista un poco porque lo que teje de día y desteje de noche es el sudario del padre de Ulises, el susodicho suegro.

Me imagino la escena: ¿qué es eso tan bonito que coses, hija?, le preguntaría él. Y ella: tu sudario, hay que tenerlo todo previsto que ya falta poco. Telita con la nuera. Pero hay que comprender su situación, estaba hasta el aqueo moño y no era para menos. Pasa un año, pasan dos, pasan tres y pasan diez. Al niño ya no se le cae la baba, lo tiene casi criado,  pero  ahora se le empieza a caer al suegro. No se acaba nunca.

Pasan once, pasan doce, trece, muchos años pasan y siempre lo mismo, siempre lo mismo. Los hombres gorrones comen y beben invadiendo su morada,  la reclaman y la acosan, ella teje y desteje, aguanta a unos y a otros y, por toda diversión, sale a dar una vuelta a la caída de la tardecita en compañía de su criada de confianza.  No tendría tremendas borrascas ni vientos mortíferos, como su Ulises de su corazón,  pero sí un tremendo y mortífero aburrimiento y bastantes ganas de sacar la recortada y cargárselos a todos, es un decir.

Para colmo, el niño ha dejado de ser niño y se ha puesto borde. Una de esas tardes interminables en las que ella está arriba, en su cuarto encerrada, y abajo tiene a toda la tropa  dale que te pego al vino, escucha cómo el aedo, una especie de poeta cantor o de juglar,  empieza a  contar  el regreso de los aqueos a sus casas tras la guerra de Troya.  Penélope se pone muy triste pensando en Ulises, así que se asoma y le pide por favor que cante otra cosa porque eso le causa dolor.

Entonces Telémaco, el muy niñato,  le dice a su madre, ” vete a tu habitación y cuida de tu trabajo, del telar y de la rueca y ordena a las esclavas que se ocupen del suyo. La palabra es cosa de hombres, (como Soberano, la bebida aquella),  de todos los hombres y sobre todo de mí, de quién es ahora el poder en este Palacio”.

Para que te fíes de los Telémacos, tan monos que son de pequeños y luego se suben a la chepa de las Penélopes de turno pero que de muy mala manera. Qué tristeza. Y el marido viviendo sus aventuras,  eso sí, lamentándose después,  ” la divina entre diosas Calipso retúvome un tiempo en sus cóncavas grutas y también la pérfida Circe me tuvo cautivo en sus salas y pretendió que me casara con ella, pero no hay nada que se muestre tan amable a mis ojos como mi Tierra”.  Le liaban, le liaban, le envolvían entre unas y otras,  si lo que quería él era volver con la suya. Y volvió, eso es verdad,  pero  después de veinte años.

Lo que sí tengo que reconocer es que con la Odisea de Penélope no se hubiera podido escribir un libro de aventuras, si acaso una novela intimista con mucho monólogo interior y bastante tormento y hastío vital, dudo que llegara a las quinientas páginas, lo cual casi que es de agradecer.  Por la mitad de esas quinientas voy,  no sé si llegaré al final, si sobrevivo al verano en el armario y a la Odisea os lo haré saber. Si no vuelvo a hablar, me podéis dar por muerta.

Tremendas borrascas, mortíferos vientos…(es por ponerle emoción).  Adiós.

 

 

 

 

 

 

Un poco de loto, por favor

Hola, soy Esme, ¿alguien se acuerda todavía de mí? No hace falta que seáis sinceros. Aquí sigo, dentro del armario en compañía de mis congéneres esperando nuestra pronta resurrección o nuestra muerte definitiva.  Pero mucho me temo que de vivir, nada,  otra saga que nos está echando encima, y de morir dignamente, tampoco. Y entre medias,  fotos moñas para ambientar. Es que acabo de ver la flor de loto.  Desde luego, esto va de mal en peor. Y a palo seco, además.

Por suerte yo me sé una historia la mar de bonita relacionada con la flor de loto, es de  La Odisea, (de ahí lo de la mar), y os la voy a contar. No huyáis al blog de enfrente que empieza ya. Ya: Ulises y sus muchachos acababan de avistar Ítaca, su patria añorada, cuando en uno de esos giros del destino y de la navegación,  dejaron de verla. Eso da rabia, ¿verdad?, estás a punto de alcanzar tu meta, tu objetivo o tu sueño, lo estás ya tocando con la punta de los dedos pero no, todavía no, te jorobas.  Eso fue lo que les pasó a ellos, así que,  como no les quedaba más remedio, siguieron navegando a tontas y a locas por mares desconocidos hasta que vieron una línea de costa. Ulises, que por algo era el jefe, mandó a unos cuantos de sus hombres para que inspeccionaran el territorio.

Allá que fueron los muchachos. Resultó que habían ido a parar a la tierra de los Lotófagos, se llamaban así porque el plato típico de su terruño, con denominación de origen y todo,  era la flor de loto. La preparaban de muy distintas maneras pero otra  cosa no comían, como dieta no se puede decir que fuera muy variada y equilibrada pero a ellos les sentaba bien. Tan bien les sentaba  que eran unas personas simpáticas, amables y muy dadas a  invitar a su mesa a los extraños.  Les dieron a los marineros de Ulises una buena ración de flor de loto y después les entró tal sopor que se  fueron  todos a echar la siesta, cada uno por donde pilló.

Al despertar, a los marineros no les importaba Ítaca ni lo más mínimo, es que ni acordarse. Y quién dice Ítaca, dice lo que esta contenía: mujeres, hijos, amigos, padres, lugares queridos, recuerdos de su niñez.  El pasado estaba borrado, un problema menos. Tampoco les interesaba ya el futuro, nada de agobiarse pensando, ¿conseguiré esto, llegaré a tal sitio, me irá bien, me irá mal, lograré por fin…? Nada. Ellos, al momento presente, igual que si estuvieran practicando el mindfulness,  a comer la flor de loto y a disfrutar de ese estado de felicidad total en la que se hallaban. Habían perdido la consciencia y con ella todos sus barullos y sufrimientos mentales.

A mí me parece que lo que tenían,  claramente, y aunque no lo diga así Homero, era un colocón de aúpa. A Ulises aquello no le gustó un pelo, era un poco aguafiestas y muy de ideas fijas, muy poco flexible, si hacía un plan lo tenía que cumplir sin desviarse.  Se los llevó de allí a rastras y los ató al barco. Mientras los tenía amarrados,  les fue recordando cuál era su misión, volver a Ítaca, su patria querida y de sus amores. Qué hombre más pelma. Consiguió con tanta arenga patriotera que se les pasara el efecto de la flor de loto. Otra vez a hacer planes y a intentar cumplirlos, de nuevo a recordar, a añorar, a sentir nostalgia, a preocuparse por el porvenir, el mal rollo nuestro de cada día.

Ya podía caer yo en la isla de los lotófagos y no en el armario de mis desdichas. Un poquito de flor de loto para los personajes perdidos y olvidados, por piedad. Voy a morder un poco de esta, a ver si resulta. No noto nada, si es que lo virtual…cada día me gusta menos.

Adiós.

Y un poco más de Pan

Anda que lo de Lopetegui…no doy crédito. Huy no, calla, si no quería hablar de eso. Anda que lo de la Antártida, eso sí que es grave, no para de perder hielo y no es que se vaya a derretir mañana mismo pero si sigue así, y va a seguir así que me lo han dicho unos científicos esta mañana por la radio, va a terminar con las costas del planeta tal como las conocemos y lo que verán y vivirán las futuras generaciones será un desastre recalentado. El que venga detrás que arree, ya lo siento.  Anda que la parejita de Singapur,  el moreno y el rubio malpeinados, qué feuscos son los dos, ¿verdad? Y qué poco presentables. Anda que…

Mejor me vuelvo para los reinos mitológicos y os hablo, aprovechando el pan de la  entrada anterior y un comentario de “Whatgoes” con canción incluida, del dios Pan. Me cae bien este dios,  pese a que era un poco perseguidor de ninfas. Pero,  ¿quién no haría lo mismo si viviera en un bosque de ellas plagado y fuera el dios de la fertilidad y la sexualidad masculina, pleno de potencia y apetitos carnales? Lo siento por las ninfas que se pasaban el día corriendo y huyendo de sus acosadores y sin etiqueta de “mee too” que echarse a las redes.

Pero bueno, que me desvío del mito y esto que viene ahora me gusta en especial. Pan, entre otras cosas,  es el dios de esa brisa tan fresca que se levanta al amanecer y que luego vuelve al atardecer, mira qué bonito. Puestos a ser dios de algo qué mejor que de unas brisas que abran y cierren los días con sus soplidos. Otra cosa que me gusta de Pan es que iba a su bola, era un poco anti sistema, como no le gustaba el Olimpo donde vivían los otros dioses, se trasladó a los bosques de la Arcadia,  no participó en ninguna guerra y no prestaba ayuda a los héroes, allá se las apañen esos plastas,  pensaría. A los que sí ayudaba de vez en cuando era a los pastores y a los cazadores, me imagino que porque los tenía más a mano y nunca  está de más llevarse bien con los vecinos.

Su rutina diaria era la siguiente: por  las mañanas se dedicaba  a cuidar de sus rebaños, animales y colmenas. Después se echaba la siesta y mucho cuidadito con despertarlo porque era muy fanático de la misma. Si se la interrumpían  se enfurecía y desencadenaba una tormenta con toda su profusión de rayos, truenos y trombas causando el pánico (de su nombre viene, creo) entre los animales y otros seres bosqueños. Y  por las tardes, ya repuesto tras el sueño, a perseguir ninfas como un poseso.

Pese a ser bastante feo – su madre lloró cuando lo vio al nacer-  tenía  éxito con ellas y tuvo muchas amantes que lo adoraron. Entre otras, Eco, Eufema, todas las Ménades y hasta Selene, la diosa de la luna.

Pero hubo dos que se le resistieron. Una de ellas fue Pitis, (no confundir con la estación de tren). Para huir de Pan, Pitis se transformó en pino. Esto de cambiar de forma era algo que hacían mucho las ninfas cuando ya se veían perdidas, tenían ese poder.

Resignado, Pan arrancó una de las ramas del pino, con ella se hizo una corona y a otra cosa, mariposa. La otra cosa, mariposa era Siringa,  ninfa que no le hacía ni caso y de la que él estaba muy enamorado. Basta que no te hagan caso…eso es así entre humanos y entre dioses.

En una de esas persecuciones, Siringa llegó jadeante hasta las orillas del río Leto y cuando ya se vio acorralada se transformó en cañaveral, lo primero que se le ocurrió que pegase junto a un río.

Al llegar Pan al lugar y como ella ya no estaba, se abrazó con desepero a las cañas y, así sujeto, escuchó ese rumor tan bello que producen cuando las mueve el viento. Pensó que esa iba a ser la única manera de tener con él a su amada,  a través de su voz,  por lo que arrancó una de las cañas, (lo que le gustaba arrancar cosas) y se hizo una flauta a la que llamó Siringa.

Si es que en el fondo, con ese cuerpo de macho cabrío en su parte inferior, esos cuernos,  esa cara arrugada y esos arrebatos de mal genio si se quedaba sin siesta,   era todo un  romántico. Un poco pendón, pero romántico. Que una cosa no quita la otra, ¿o sí la quita? Que cada uno piense lo que quiera.

Menuda desgracia la de Perséfone

Será porque estoy encerrada en un armario aunque me saquen de vez en cuando como saca un niño a sus muñequitos de la caja. Será porque aquí dentro hay poca luz y la sensación es claustrofóbica, será porque tengo al lado al Toni que sin cesar parlotea de la muerte, será porque contando historias ahuyento a mis fantasmas y aquieto a mis monstruos. Será por todo eso  por lo que hoy os voy a hablar de una diosa llamada Perséfone que también sabe lo que es sufrir encierros y oscuridades.

Nada hacía presagiar que aquella iba a ser una tarde aciaga ¡Toma frase! Se hallaba Perséfone, como era su costumbre,  con sus amigas Atenea y Artemisa correteando por el bosque en compañía de otras ninfas. Os lo podéis imaginar: había flores de múltiples colores pues era primavera, el aire estaba cargado de aromas embriagadores, una brisa cálida mecía suavemente las copas de los árboles acunando a los pajarillos, trinaban éstos y las chiquillas bailaban, saltaban y se reían. En resumen: una estampa de una cursilería insoportable.

Esa misma estampa ya la había contemplado otra tarde, agazapado por las esquinas,  Hades, dios de los inframundos, rey de los muertos.  Al instante cayó rendido de amor por Perséfone.  Tenía ella todo lo que él no: gracia, alegría, dulzura y atributos femeninos de lo más llamativos. La tarde de la desgracia, Perséfone se agachaba con donaire a recoger un lirio cuando el suelo se abrió y a través de la  grieta apareció montado en un carro negro el malvado de Hades. De un brutal manotazo la atrapó por la cintura, la subió en su vehículo siniestro  y se la llevó dirección  los  bajos fondos sin más explicaciones.

Menuda desgracia. De la luz pasó a la oscuridad, de las flores, las risas y el aire libre al ambiente lúgubre y las almas en pena, de la libertad a la prisión. Como yo en el armario poco más o menos, por eso me identifico con ella y puedo entender lo que sufrió. Para la que también empezó un hondo penar fue para su madre, Démeter, la diosa de la Tierra, la agricultura y las cosechas. Parece un ministerio lo que tenía  Démeter, pero no,  todavía no existían. Desesperada, emprendió largos viajes en busca de su hija raptada, vagó sin rumbo de un lado a otro, rota de dolor. Para vengarse o porque no estaba ella para trajines agrícolas, ordenó a los árboles que no dieran fruto, al pasto que no creciera y a las semillas que no germinaran. Y  a todo esto Zeus, el marido de Démeter y padre de Perséfone, sin intervenir, a sus cosas del Olimpo, supervisando el Universo y recolectando nubes.

Pero al comprobar la magnitud de la tragedia (mucha, enorme), los animales se morían de hambre y los humanos empezaban también a fenecer,  se levantó del sillón, ya era hora, Zeus, guapo,  y se fue a parlamentar con Hades. La postura de este padre me resulta incomprensible pero en fin, no entiendo al presidente de mi comunidad que me pilla bastante más cerca,  mucho menos  voy a  comprender al jefe de los dioses.

Que nos devuelvas a la niña o verás la que te lío en los submundos. Está bien , te la devuelvo, dijo el otro, pero con una condición, que no coma nada por el camino. Qué tío más rarito además de siniestro.  El caso es que Perséfone comió, por iniciativa propia o tentada por Hades. Tampoco mucho, entre seis y ocho semillas de granada, era de poco comer pero lo  suficiente para fastidiarla. Por esa tontería se condenó de por vida a  pasar tres meses en los infiernos aunque  se le permitió volver a la tierra el resto del año.

Cada vez que regresa  de su encierro,   la naturaleza se alegra tanto que brota y florece por doquier, por eso se la considera la inductora de la primavera. Si sois alérgicos, la culpa es de ella. Pero,  a medida que se acerca el tiempo de su marcha, todo se va  marchitando, el verde pierde color, se caen las hojas,  la tierra vuelve al silencio y a la aridez del invierno. Todo muere. Y así sucesivamente  de ciclo en ciclo por los siglos de los siglos.

Yo también tengo que regresar al armario de mis encierros cual Perséfone de andar por casa,  espero que fallezca algún cardo borriquero en mi honor, qué menos.

Adiós.

Y el primer escritor fue…¡una escritora!

Rrrruuggg, (onomatopeya de cremallera). He salido de mi funda de plástico y posteriormente del armario para contaros una historia tan antigua como bonita. Buenas tardes, os habla Esme. Por cierto, qué disgusto tengo, alguien ha suplantado mi personalidad en internet, si en vuestro diario navegar os encontráis por  ahí circulando a una tal Esmeralda la adivina, no piquéis, es un timo. Si queréis saber el futuro solo tenéis que tener paciencia y esperar.  Él solito llegará aunque cuando llegue ya será presente y puede que no sepáis identificarlo.

Esta historia que os voy a contar, si es que arranco de una vez, trata del primer autor conocido del mundo  que resultó ser… ¡una autora!, mira tú por dónde. Se llamaba Enheduanna y hará como unos cinco mil años, en la ciudad sumeria de Ur,  escribió los primeros textos firmados que se conocen.  Utilizó lo que tenía  más a mano, unas tablillas de barro. Si queréis que vuestros escritos perduren, escribid en barro que es un material muy resistente, visto lo visto.

En realidad, la  más importante ocupación de esta mujer no fue  la escritura sino el contacto con los dioses. Su padre, el rey Sargón de Acadia, la nombró sacerdotisa  y a ella no le quedó más remedio que ponerse a escribir odas y versos para tener contentos a los seres supremos, misión nada fácil.

La mayoría de sus poemas están dirigidos a Innana, la  diosa sumeria del amor y de la guerra, que lo mismo traía felicidad  que desastres, según le viniera el punto o tuviera el día,  siguiendo ese comportamiento tan veleidoso y  poco de fiar típico de los dioses. Enheduana,  en su Oda a Inanna, de 153 versos, empieza haciéndole bastante la pelota con la intención, me supongo , de que la diosa se porte bien. Así le dice cosas tan poéticas y bellas como estas, “Reina de todos los poderes concedidos, desvelada cual clara luz. mujer infalible vestida de brillo, cielo y tierra son tu abrigo. Guardiana de los orígenes cósmicos y esenciales, exaltas los elementos, átalos en tus manos”.

Un poco  después, ya harta de tanta loa, reconozcamos que eso no hay quien lo aguante,  le canta unas cuantas verdades, “escupes cual depravado dragón, con tu veneno llenas la tierra, aúllas como el dios de la tormenta, cual semilla languideces en el suelo”. Ni pensar quiero el cabreo que tendría la diosa a esas alturas de poema.  Pero,  Enheduana, que era muy lista, tras unas cuantas estrofas insultantes volvía a poner las cosas en su sitio, “eres Inanna, suprema en el cielo y la tierra”. Y así durante cientos de versos alternando las alabanzas y sus contrarios.

Lo más seguro es que después de escribir por obligación y a la fuerza le acabara cogiendo el gusto y por eso empezara a intercalar en los himnos  aspectos políticos, convirtiéndose en cronista de su época,  y también personales como la pérdida de la belleza y el envejecimiento, cronista de sí misma. Una vez hecho esto, se diría, “pues ahora firmo, qué menos,  que para eso me lo he currado”, y escribió su nombre con toda inocencia. No sabía ella el lío que se iba a armar a partir de ahí con el autorazgo, que rima con hartazgo y por algo será.

Al problema de tener que ser original no tuvo que enfrentarse Enheduana ni tampoco le entraría el desánimo pensando, “para qué escribir si ya está todo dicho”. Es lo bueno que tiene haber nacido pronto, la escritura solo tenía unos trescientos años y había mucho material sin tocar. Con lo que me hubiera gustado a mí ser la primera,  en lo que sea, tampoco me voy a poner selectiva.

Os contaría más sobre la primera que echó la firma después de haber escrito pero lo podéis mirar por vosotros mismos en internet si es que tenéis interés y así abreviamos.  A la Esmeralda de pega, ni caso. No se puede una marchar, enseguida te quitan el puesto, qué rabia!

Adiós