Categoría: Taller literario

Homo homini lupus, dice María Prado

En el taller literario ya se han formado patrones. En realidad se formaron desde el primer día solo que ahora están ya reforzados y cimentados. Esto ya no hay quién lo mueva. Resulta curioso observar cómo nos colocamos todos y empezamos a desplegar nuestras personalidades dentro de los grupos. A veces parece una maldición de la que no se puede escapar. Se empieza por el lugar elegido para sentarse, no es algo inocente escoger una silla o la otra, la primera o última fila, una esquina o el centro. No sólo ya nos estamos definiendo con esa elección primera, es que ya no vamos a poder cambiarla porque los otros defenderán sus puestos.

Pese a ser un grupo pequeño y compuesto por adultos, se han reproducido los elementos típicos de las clases del colegio. Hay un pelota, una alumna aplicada, un silencioso, una líder, un protagonista, unas cuantas revoltosas habladoras, unos pocos sin definir para formar masa y algún despistado que pasa por ahí, entra un rato, escucha, nos mira raro (no me extraña) y se marcha.

Uno de los que más ha leído sus escritos es el pelota. Buñuel parece no darse cuenta de que está siendo víctima de un adulador, se cree que cada vez que el otro dice, “fabuloso, magnífico, impresionante o me has emocionado hasta la médula” es porque lo siente y piensa de verdad y se pone tan contento.  Tan, tan contento, que le cede un rato la palabra. El pelota, que se llama Nuño, tiene fijación  con la tauromaquia y sobre ella escribe siempre.  En el trabajo que leyó el otro día terminó diciendo que se emocionó tanto en la lidia (supongo que también hasta la médula) que por las mejillas le rodaron lagrimones. Para lagrimones los que le rodarían al toro, pero en fin. Después de los lagrimones leyó como aderezo una cita de Hemingway, de la que no me acuerdo porque me puse a mirar por la ventana. Se ven árboles.

Cuando alguien termina  de leer, aplaudimos. Da igual que no nos haya gustado nada, es una de nuestras costumbres de grupo ya cimentadas y consolidadas y que nadie nos la quiera quitar.  El único que no aplaude es LB que se queda con un dedo delante de la boca y la cabeza ladeada pensando sus veredictos. Hasta el momento siempre habían sido muy favorables para con Nuño.

Buenísimo, dijo LB, después de la cita y Nuño, que suele adoptar una posición de alumno sumiso, con la cabeza gacha, la  alzó , reconfortado.  Buenísimo me refiero al pensamiento de Hemingway, lo tuyo está fatal, de desastre. Reescribe, reescribe. Os lo digo siempre, hay que tirar mucho, hay que borrar, hay que…

Gracias, gracias, dijo Nuño haciendo una especie de reverencia.  Con la crítica es como se aprende, me alegro mucho de que me hayas criticado. Y antes de volver a su sitio se excusó para salir un momento. Sospecho que estaba por los pasillos clavando banderillas imaginarias en el cuello imaginario de LB.

A continuación y por primera vez me tocó leer. Me puse tan nerviosa como si estuviera robando en una casa y acabara de oír pasos, los del dueño que volvía. No es que me dedique al robo de viviendas pero me imagino que la sensación de adrenalina disparada tiene que ser parecida a cuando uno lee  en un taller literario. O puede que  los ladrones, sobre todo si ya tienen largos años de práctica, bostecen mientras desvalijan,

Leí la primera parte de mi prima Petronila, lo de su enfermedad misteriosa y todo eso. Al terminar,  LB dijo, “psssssss,  no está mal, pero tampoco bien, no dice nada esencial,  tienes que ir más al fondo del personaje, mucho más, siempre hay que bucear, entrar donde no está permitido, decir la verdad que nadie se atreve a decir, eso que todos pensamos pero que callamos por convención social”. Eso me gustó,  como si Petronila fuera una cueva inexplorada y yo su descubridora, lo malo es si me quedo encerrada en la cueva como les pasa a algunos que se arriesgan mucho y luego menudo lío que se monta para ir a rescatarlos. Bueno, claro, son símiles, a LB le gusta mucho utilizar metáforas y símiles y otras figuras literarias que desconozco porque fui muy mala estudiante y no se me quedaban las figuras literarias. Además tienen nombres muy feos, como pleonasmo, qué mal suena, igualito que una enfermedad. He cogido pleonasmo y escorbuto. Vaya panorama.

A la salida fui hasta el metro acompañada de María Padro, otra costumbre al parecer ya inamovible, igual que la de aplaudir. “Homo homini lupus”, dijo ella a mitad de camino, como canturreando, sin darle mayor importancia y después me lo tradujo. “Homo es hombre, hominis, para el hombre y lupus, de lobo. O sea, el hombre es un lobo para el hombre.  Yo es que sé latín, pero no latín de como quién dice,  esta sabe latín, sino latín de lengua, del idioma muerto. También sé griego, me lo enseñaron en el colegio”. No supe qué contestar a tal declaración. Casi se me caen los lagrimones como a Nuño tras un espectáculo tauromáquico de los buenos, buenos.

Al día siguiente, siempre al día siguiente de lo que sea, me fui a visitar a Petronila para hacerle un rato de compañía y dar nuestro habitual paseo por el desmochao. Nada más llegar le hice esa pregunta que les hacen los periodistas a los famosos de medio pelo en los programas del corazón,  pero sin portar micrófono, “Petronila, ¿cómo te encuentras?”

Lo que ella me respondió lo contaré otro día, el siguiente,  si es que me lo permite la Esme. Tiene un arsenal de  fotos de flores y muchas ganas de utilizarlas como armas de destrucción.

 

 

 

 

Un balcón mudo y ciego

Al salir a la superficie no vi manifestación alguna, pero sí al ratón Mickey dando saltitos y persiguiendo viandantes para que se fotografiaran con él a cambio de unas monedas.  Por la acera de enfrente hacía lo mismo su novia Minnie  y un poco más lejos Mario Bros, el de los videojuegos. Se juntaron los tres un breve momento, se dijeron algo, seguramente que la mañana estaba floja, o que como se acercara Pocoyó a su territorio sería linchado y de nuevo se dispersaron.

También persiguiendo viandantes circulaban en parejas las gitanas de la rama de romero y los captadores de ONGs, chalecos reflectantes y sonrisas tensas.  Dos policías a caballo vigilaban algo  con cara de aburridos. Ese algo tenía que ser la manifestación. Me acerqué un poco y sí, más o menos. Un pequeño grupo con unas cuantas pancartas estaba gritando. Los gritos los dirigían hacia uno de los balcones del edificio del reloj, el que da las campanadas en Nochevieja. Parecían tener la esperanza de que  al mismo se asomara algún mandatario a saludarles primero y  a decirles después  que tenían toda la razón y  que sus peticiones les serían concedidas.

Lo que pedían era muy básico: comida y techo. Eso mismo estaba escrito en  una de las pancartas, “comida y techo son derechos”. De vez en cuando y sin dejar de mirar al balcón  reclamaban la renta mínima, como si desde allí se la fueran a lanzar.  El balcón siguió cerrado, mudo, ciego,  antipático.  La pancarta principal la sostenían entre tres, el del centro era un hombre muy viejo y escuálido, en su cara había mucha tristeza pero también una pequeña luz de ilusión. Tal vez ese día se sentía acompañado y protegido.

Estuve un rato haciendo bulto hasta que un grupo de turistas japoneses se acercaron para hacernos una foto. Como lo último que quiero es que alguien en japón pueda reconocerme, me escabullí y seguí mi camino ¿Cuál es el origen de la vida?, ¿es posible un matrimonio feliz? , preguntaban desde unos cartelones los Testigos de Jehová. No sé si saben la respuesta y desean compartirla o es que no la saben y como les preocupa mucho se pasan toda la mañana de pie,  esperando a que pase el que lo sepa y se lo diga.

En un rincón, junto a las esculturas humanas que hacen equilibrios,  un  hombre con un acordeón y un único diente perdido en su boca tocaba una melodía muy triste. Tan triste como todo me estaba pareciendo. Ahora sí tenía ganas de gritar, pero más bien un grito al estilo del cuadro de  Munch, solitario y desesperado.Cuando volviera  a ver a Petronila le diría que se fuera buscando otra sustituta.

Seguí caminando un rato, llegué hasta la calle Pintor Rosales, al final se ve la sierra. Es lo que más me gusta de Madrid, lo que se sale de ella, lo que ya no es ella. Me quedé un rato mirando las montañas, eso siempre me tranquiliza. Tranquilizándome estaba cuando un dedo tocó mi espalda. Qué casualidad, era María Prado, una de mis compañeras del taller literario. Al momento nos pusimos a criticar a  Luis Buñuel  pero en cuanto liquidamos nuestro único punto en común, se creó uno de esos silencios tensos, ya no teníamos nada más que decirnos.

Bueno, pues me voy, que empieza el año  del cerdo, símbolo de alegría y fertilidad, de honestidad y de ingenuidad, le dije para escapar.

¿Eres cerda?, me preguntó  utilizando el lenguaje inclusivo, la muy idiota.

No, soy dragón o dragona, como más te guste,  le grité ya escapando, ¿y tú?

Y mientras ella gritaba “rata, rata”,  me alejé sin poder dejar de pensar en la cara del  hombre viejo del centro de la pancarta y en el balcón discapacitado.

El paquete equivocado

Voy a tener que darle la razón a  Petronila, el “todo llega” no es más que una frase hecha. Todo no llega, al menos no todo lo que queremos que llegue ni a su debido tiempo. El encargado de  los repartos se distrae mucho por el camino y para cuando recibes el paquete ni te acordabas de que lo habías pedido y lo más seguro es que  ya no te interese. Eso por no mencionar la de veces que se equivoca entregando envíos no requeridos, muchos de los cuales no solo no  quieres sino que te disgustan o hasta repugnan.

Mi prima, por ejemplo, lleva gran parte de su vida esperando una revolución en condiciones con la que cambiar el mundo. “No es locura ni utopía, es justicia”, dice ella. También lo dice una pintada en un muro  muy cercano a su casa,  así que no sé si ha plagiado al muro o ha sido el muro el que ha plagiado a Petronila de tanto oírla al pasar. Porque antes de recibir el paquete equivocado pasaba mucho por ahí delante,  rumbo a toda protesta o manifestación que se convocara. Es que ni una se perdía.

En una de esas se hallaba cuando le cayó el regalo no solicitado. Dentro,  la enfermedad misteriosa. El caso es que entre el jaleo de gritos, palmas, batucadas y silbatos, escuchó una voz muy antipática que le decía, “a casita que llueve, Petronila”. Un poco desconcertada miró hacia ese cielo de Madrid que de cerca parece puro azul,  pero que de lejos es un borrón marronoso, y aunque no vio a nadie, contestó por si acaso, “¿tú eres idiota o te lo haces?, ni llueve ni me pienso ir a casa. Sa-ni-dá-pu-bli-cá-nosevende sedefiende”.

Al terminar de decir “sedefiende”, la Misteriosa utilizó  otro tipo de lenguaje más  violento y contundente. A Petronila no le quedó más remedio que doblegarse ante el dolor y se arrastró hasta la calle Bremen con su pancarta de retirada barriendo el sucio suelo.

Pero antes  de confinarla de forma definitiva, la Misteriosa se le apareció más veces, todas ellas mientras estaba entre gentíos protestando a los gritos pelaos por alguna justa y necesaria causa. En todas las ocasiones oyó la misma vocecilla odiosa, “a casita que llueve” y después, para que viera quién mandaba,  le arreaba  una buena dosis de dolores surtidos.

La última de esas veces,  Petronila, derrotada ya, abandonó  la manifa (así las llama ella), pero antes de meterse en casa se dejó caer (literalmente) en “Ponte guapa”, la peluquería de su calle. Derrumbándose sobre uno de los sillones, le dijo a la peluquera Rosi, “córtame el pelo todo lo contrario a como ahora lo llevo y que sea rápido porque creo que me estoy muriendo”.

Ya, objetó  Rosi, sin apresurarse lo más mínimo, (no es mujer a la que le impresione la muerte súbita de ninguna clienta), pero es que lo llevas corto y todo lo contrario sería largo, de corto a largo no puedo pasar, me pides un imposible.

“No es locura ni utopía, es justicia social”, contestó mi prima sin saber ya ni qué decía.

Vale, dijo Rosi, pues te pongo unas extensiones.

Desde entonces, Petronila ha pasado de ser una mujer  de pelo corto con un rostro rozagante y plena de salud y energía, a ser una mujer exactamente igual pero con el pelo largo y sin salud ni energía.

En la peluquería de Rosi hay un cartel que dice, “cuando una mujer se corta el pelo es que quiere cambiar de vida”

Ni lo uno ni lo otro me ha pasado a mí, dice mi prima. El pelo me lo he alargado y en cuanto a cambiar de vida, sí, pero  no ha sido queriendo, ¿te puedes creer que estoy tan desesperada que hasta leo poesía, como tú?

La verdad es que me cuesta creerlo,  más allá del “ito, ito, ito, que se caiga el pajarito”, en referencia al helicóptero que vigila las protestas o el “un bote, dos botes, corrupto que el que no bote”,  nunca había oído yo salir rima alguna de sus labios.

Y sin embargo, el otro día, en uno de nuestros paseos por el Desmochao, Petronila se sacó un libro de la manga del abrigo y me leyó este poema:

“Estás enferma, ¡oh rosa! El gusano invisible que vuela, por la noche, en el aullar del viento, descubrió tu lecho de alegría escarlata, y su amor sombrío y secreto consumió tu vida”.

Mira, Petro, solo un gradito, dije yo señalando los números rojos del alto edificio por desviar la conversación de tan siniestro poema agusanado.

Qué pocos, dijo ella, tengo frío y escalofríos.

Brliiii, bri  brlriiii, añadió uno de los mirlos.

Sube un momento a casa que te quiero hacer un regalo, me ofreció Petronila guardándose el libro  de nuevo en su manga.

Esta me va a dar la ropa que ya no se pone, qué bien, tan contenta subí en el ascensor haciéndome mis conjuntos mentales. Pero no era eso, no era eso lo que quería darme.

Mi prima Petronila

En un taller literario al que me he apuntado, no sé por qué me ha dado por ahí con lo atea que soy de este tipo de cosas, nos han mandado como primer trabajo escribir sobre alguien que conozcamos muy bien, alguien cercano a nosotros, con total verismo, igual igual que si le estuviéramos haciendo una foto sin filtros ni retoques ni modos belleza.
Dice el profesor, que se llama Luis Buñuel, (nada que ver con el cineasta famoso), que a explorar territorios nuevos iremos luego, si acaso, pero que, por el momento, es preferible que nos quedemos en nuestro campamento base. Habla un poco metafórico Luis Buñuel, como corresponde a su cargo.

En la foto que vi de él en internet parecía mucho más joven que en persona, pero ya se sabe que todo el mundo tiende a elegir una foto de cuando todavía no había nacido para que sea su nonato el que le represente. A poco que vivas, te estropeas.
Lo que sí lleva igual que en la foto es la vestimenta,  va de negro de arriba abajo con unas camisolas sueltas que le dan un aspecto de pintor bohemio. No me fío ni un pelo de que sea bohemio de verdad y viva, como quiere aparentar, en una buhardilla sin calefactar donde escribe de noche y con mitones, pero no quiero juzgar todavía, me voy a esperar un poco. Y lo mismo haré con el resto de mis compañeros de taller.

Me pregunto si ellos también se habrán apuntado siendo ateos de los talleres literarios o por lo menos agnósticos y pensando mientras se decidían ,“aprendería más si me quedara en casa leyendo, seguro que está lleno de gilipollas pero voy a probar, es gratis, si no me gusta, me voy”.

Que sea gratis es bueno, es muy bueno, de lo mejor, pero al mismo tiempo es un mal asunto. Nada de escritores de reconocido prestigio en el profesorado ni siquiera de prestigio sin el reconocido delante. Y espérate que el profesorado, en nuestro caso Luis Buñuel, sea escritor como dice que es, además de filólogo y traductor.

El último día, en la clase antes de Navidad, le dije a mi compañera de mesa, que se llama María Prado, “oye, ¿tú te crees que Luis es escritor?
-¿Y qué va a ser si no? A mí me encantan Rosa Montero y Juan José Millas, ¿y los tuyos preferidos?

Ahora no sabría decirte de entre tantos como existen, le contesté yo con esa gracia que tengo en los primeros encuentros.
María Prado (Prado no es apellido, es nombre) no me lo tuvo en cuenta, parece buenísima persona. Fuimos juntas andando hasta el metro después del taller y hablamos un poco. No me apetecía nada que me hiciera la pregunta de por qué me había inscrito en ese taller, pero basta que no quieras…
“Por hacer algo”, respondí. Le dije la pura verdad, no tanto por sinceridad como porque no se me ocurrió nada mejor que sustituyera a la pura verdad. Pareció desilusionada de mi simpleza , hasta yo misma me desilusioné un poco cuando me oí , pero dicho estaba y no tenía ya remedio.
Ella me contó que se había inscrito porque a pesar de llevar con esto de la creación literaria desde su vida embrionaria, el primer micro relato se le ocurrió en el útero materno, piensa que le falta algo, que no acaba de cuajar su propia voz.

-Ya, ya, lo normal, dije yo, sacando el abono transporte y ahí nos despedimos.

A mí, en realidad, me pasa al revés, que tengo la voz tan cuajada que siempre es la misma. Eso es un problema.
María Prado se fue en dirección Barrio del Pilar y yo en dirección Artilleros. Tengo ganas de llegar un día hasta el final de la línea, Arganda del Rey, y bajarme ahí a ver qué me encuentro. Una especie de aventura menor porque para aventuras mayores creo que no doy la talla.
El caso es que nunca lo he hecho por falta de tiempo, por pereza y por esa voz que siempre me fastidia los planes antes de que los haga. Esa voz que me dice, “pues qué va a haber ahí, en la última parada. Nada, lo que hay en todas partes y encima te vas a hacer pis y todos los bares van a estar sucios”. Así me habla y por su culpa me moriré sin pisar Arganda del Rey. A lo mejor se lo tengo que agradecer y todo.
¿De quién escribo, de quién puedo escribir?, empecé a darle vueltas en el mismo metro, ¿quién tengo yo en mi campamento base?, que diría mi profesorado, Luis Buñuel. Pero, hombre, si está clarísimo, ¡ mi prima Petronila!, qué bien, ya tenía la presa.
Primera duda que me surgió, ¿es ético escribir sobre alguien que conoces sin su permiso y sin camuflar? No me lo pareció, más bien se me asemejó tal conducta a un robo y, lo que es peor, a un robo en el que la víctima no sabe que está siendo atracada.
La llamé en cuanto salí a la calle para preguntarle si no le importaba que escribiera sobre ella y luego lo leyera en alto en el taller literario. Me dijo que encantada de la vida, pero que le cambiara el nombre no fuera a ser que algún conocido suyo, ya sería casualidad pero esas cosas pasan, asistiera al mismo taller, dado que es gratuito y ella tiene muchos conocidos amantes de lo gratuito y de las puestas de sol.
-¿Y qué nombre quieres que te ponga?

-Petronila, si te parece, me dijo muy farruquita

¡ Pues, toma Petronila!, nunca se me hubiera ocurrido a mí un nombre tan así, tan de novela chusca. Se van a morir de rabia mis compañeros y María Prado ya no va a poder pensar de mí que soy tonta del culo.

De entre todas las cosas que me gustan, y no hay tantas, soy muy limitada en gustos, una de ellas es dar rabia. Tampoco mucha, solo un poco.

Empieza así mi primer escrito para el taller:
Mi prima Petronila vive en la calle de Bremen.
“Como los músicos”, dice siempre ella cuando da su dirección. Y se ríe sola.

Ahora a ver si no me atasco.