Categoría: Trabajo

Al 22 de enero le gustó un comentario

Anda, mira, por ahí viene Eva con un niño de cada mano y qué tarde, si ya casi está anocheciendo.

Uffff, qué ceporra está, pero no se lo voy a decir, ni mucho menos, voy a ser bondadosa. Y mentirosa.

-Hola, Eva, qué raro, tú por aquí a la caída de la tarde, si tú eres más de mañana,  te veo más fina y segura, como las compresas,  ¿has adelgazado?

¿Veis que cara de felicidad? No lo veis pero os lo digo yo, se ha puesto contenta.

Bueno, pues qué alegría estar juntas otra vez y justo ahora que empieza la puesta de sol. Nos sentamos aquí en este banco y mientras los niños juegan o se pegan pacíficamente, lo que quieran ellos,  nosotras admiramos el panorama.

Estás muy simpática esta tarde, Esme.

No te fíes mucho, pero sí. Qué preciosidad de ocaso, el día ha sido insoportable, un lunes de lo más prototípico, pero se ve que nos quiere resarcir y resarcirse a él mismo y está dándolo todo ahora que le queda poco. Toma y toma esas nubes rojas y observa, cuando pasan los pájaros se les ponen doradas las alas, ¿no te quedas con la boca abierta? Sí, ya veo que sí, pero cierra la boca, hija, que pareces lela.

Esto último es más de tu estilo, Esme, ya me encuentro más a gusto, como en casa. La verdad es que es bonita esta puesta de sol. Me has recordado a Doña Marga, con ella veía muchas desde su ventana, siento nostalgia.

¿Que yo te recuerdo a una vieja? Perdona, pero  por muy encantadora que esta sea, lo que has dicho es muy grosero y las puestas de sol que veas a mi lado siempre van a ser mejores que las  que viste al suyo,  faltaría más. Esta es tan, tan pero que tan alucinante que estoy empezando a desconfiar,  ese color del fondo parece artificial, ¿no estará hecha con una impresora 3D?

Qué cosas dices, Esme, esto es verdadero, es el propio día atardeciendo.

Pues vamos a dejarle un comentario, qué menos, ¿dónde se lo dejo?

Ay, calla, Esme, que estás estropeando el momento, no se puede comentar a un día, él no necesita interacción, solo, siendo lo que es,  se basta y se sobra.

Ya me extraña que exista algo tan soso, poco sociable y carente de ego, pero si tú lo dices…  Voy a abrir el blog para comprobar si en las entradas en que salimos nosotras hay más visitas o menos que en las otras, a ver, a ver…. ¡Menos!, qué bajona,  si lo sé no miro, no nos quieren. Un punto rojo, acaba de entrar un me gusta, ¿dónde está el botón de me gusta que te guste?

No, Esme, ese no existe.

¿Cómo que no?, lo deberían poner. Me gusta que te guste, ¡clin! Y el otro entoces pulsa al de “me gusta que te guste que me guste”,¡¡ clin!! Y tú le contestas, me gusta que te guste que me guste que te guste,¡¡¡ clin!!!y luego…

Estás entrando en bucle, Esme y te estás perdiendo la puesta de sol tan maravillosa de hoy y la de hoy no va ser nunca jamás.

Ahí te doy la razón, que manía tiene todo con pasar de largo, con desaparecer, hasta nuestras íntimas amigas las series se acaban cuando más cariño las tienes,  ¿tú por cuál temporada vas?

– ¿De cual?

De la que sea que estés viendo con el Toni y no me digas que ninguna porque no me lo creo, todo el mundo tiene una serie que echarse al coleto antes de irse a dormir, ya sea solo o en compañía.

Nosotros vamos por la segunda temporada de la nuestra. Está bien, nos ha enganchado.

¿Ves? Las parejas perduran gracias al momento serie. Que lo que Netflix ha unido no lo separe el hombre, amén. Cambiando de tema : los niños ya no se están pegando pacíficamente, se pegan sin adverbio, para que luego digan que la infancia es de una pureza sin igual…Jacobín le ha dado una patada a Morganina y ella a él un mordisco en la oreja, ¡qué bruta!,  si casi se la arranca. Ahora están los dos llorando, deberías intervenir, cuidadora pasmarota, pero veo que estás en modo ONU. Anda, deja,  sigue disfrutando del atardecer,  mejor voy yo, les voy a dejar un comentario que se van a enterar estos dos.

¿Qué les has dicho, Esme? Se han callado como muertos y están más blancos que la nieve.

Nada, una amenaza de las básicas. Y digas lo que digas yo al día le comento algo, no me quedo tranquila sin soltar lo mío. Se lo voy a poner aquí, pegado en la pared del quiosco, “es impresionante lo bien que te mueres, día lunes 22 de enero del 2018. He visto morir a muchos ya, caen como chinches, pero como tú, ninguno. Qué colores, qué belleza, soy tu fan, te admiro y te adoro, que lo sepas”.

He exagerado un poco pero eso él no lo sabe. Ahora me quedo aquí quieta a ver si me dice que le gustó mi comentario, es lo mínimo. Ay, que sí, me ha contestado, he oído un ¡clin!

Ha sido un pájaro, Esme, ese de ahí.

Normal, los días tienen sus emisarios, ¿no lo sabías?

 

 

 

Como no podía ser de otra manera

Como del Florence ni rastro, hay que ver cómo exageran en los informativos para tener entretenido al personal, no nos ha quedado más remedio que ir a trabajar, al Toni también. Antes de despedirse ha dicho algo entre gruñidos de la sequía extrema, de la sucesión de tifones y del perrotón, esa carrera popular en la que corren juntos amos y perros y a la que tanta manía tiene. Él sabrá por qué.

La Patricia me ha recibido con su larga melena rubia cayendo en cascada, cara de angustia suma y un peine en la mano. Pensaba que quería que la cepillara el cabello, como esas doncellas de las películas que atavían y desatavían a sus aristócratas señoras. Me hacía ilusión jugar a Downton Abbey pero no, por desgracia.

Los niños tienen piojos, me ha dicho un poco seca, como corresponde a su condición superior, ya les he puesto el champú pero antes de salir pásales la liendrera a conciencia.  Y luego se queja el Toni de lo que tiene que aguantar en el bar. Primer día de trabajo y me toca masacrar a una familia entera de piojos incluidos los nonatos.

Una vez perpetrado el holocausto por encima, he dejado algún superviviente, un poco por piedad y un mucho por pereza, nos hemos largado al parque. El Jacobín subido en unos patines haciéndose el chulo y la Morganina tocando una pandereta, tiene aficiones musicales desde que nació. En ese parque estaba esa amiga mía llamada Esmeralda como si nunca se hubiera movido del sitio. A lo mejor es que no se ha movido. Tampoco es que haya tirado cohetes cuando nos ha visto llegar, qué poco hospitalaria.

Ya estáis aquí otra vez como no podía ser de otra manera, ha dicho a modo de recibimiento.

Sí que podría ser de otra manera, Esme, el Jacobín podría haber venido en bici y la Morganina tocando el tambor, por ponerte un ejemplo de los básicos.

Es una frase hecha y muy tertuliana,  la digo porque me repatea, ya sabes que me gusta decir lo que odio. Anda, ¿y qué les ha pasado a los niños? Pobrecillos, qué viejos están, va y me salta.

Pero, ¿cómo van estar viejos si solo tienen cuatro casi cinco y dos casi tres años? Han crecido, eso sí.

Viejos, reviejos, dan pena, al Jacobín se le ha puesto cara de notario o de decano, no sé muy bien y a la niña directamente de loca de atar. Que suelte ya esa pandereta que necesito paz para lo que estoy aprendiendo a hacer.

Ah, qué bien, algo nuevo, ¿y de que se trata?

Dame todos tus bitcoins o te bloqueo la página, mameluco, oigo que dice mirando la pantalla de su cacharro.

No me sale, tengo que practicar más esto de los ciberataques, pensaba que en dos días lo iba a tener dominado, me veía irrumpiendo en el Fondo Monetario Internacional por una de esas brechas en la seguridad, liándola parda y sacudiendo los mercados.

Pues no, Esme, no es tan fácil además de ser delito.

Oye, ¿y por qué se rascan tanto las cabezas los dos chiquillos viejos, no estarán parasitados?

Pudiera ser, no descarto ninguna hipótesis, le he dicho haciéndome la policiaca.

Alejaos cuanto antes, solo me faltaba ser una hacker fallida y piojosa.

Pues no, Esme, nos vamos a quedar un rato más.  Dale a la pandereta, Morganina. Y así ha hecho, tiene un sentido del ritmo innato, como no podía ser de otra manera.

 

El allí y el después

Resulta que he estado unos días de vacaciones o, mejor dicho, he acompañado en las suyas a la Patricia, para eso me lleva a esos hoteles lujosos que gusta de frecuentar y no porque sea su amiga. Sé que está deseando perderme de vista pero hasta que no le crezcan los infantes me necesita. Se siente, maja. He vuelto más cansada de lo que me fui pero puede decirse que la “Operación Mayordoma” ha sido un éxito, el Jacobín no ha logrado asesinar a su hermana y mira que lo ha intentado veces y con las más variadas técnicas y herramientas.

Mientras yo perseguía al hermanicida doloso, su madre leía tranquilamente tumbada en una hamaca. De vez en cuando cerraba el libro y se ensoñaba mirando al cielo, a los pájaros o al mar,¿en qué o quién estaría pensando? Para disimular y no quedar del todo mal nos saludaba de lejos con la mano, cual reina distante pero dadivosa con sus súbditos. Después, suspiraba y se enfrascaba de nuevo en su lectura, abstraída del mundo por completo.

Tan concentrada estaba en ese libro que cuando he visto que lo ha terminado y empezaba otro nuevo, me lo he echado al bolso y me lo he traído a Madrid para leerlo yo también. Trata de un asunto que se llama “el aquí y el ahora” y desde donde se puede estar pero que muy bien siempre que hagas lo que te dice el autor. Es muy fácil, básicamente es el ajo y agua de siempre, pero en fino. Te lo explica por puntos, para que no te líes ni te canses ni te vayas a los libros del aquí y el ahora de la competencia, que se ve que abundan.

Los puntos vienen acompañados de unas fotografías en las que aparecen seres muy felices, se les nota en que tienen los brazos levantados y saltan, si los tienen en posición normal puede que sean felices pero no tanto. Otro síntoma claro de felicidad es que se hayan colocado sendas flores en sus sendos ojos, el motivo se me escapa pero debe de ser bueno para algo. También corren por campos de trigo con vestidos blancos al viento, muy descontrolados ellos, o se pasean por playas sin sombrillas en las que siempre se está poniendo el sol y pueden ensimismarse con el ocaso base de bien. Y todo eso por estar presentes y no ausentes.

Total, que se lo he llevado esta misma mañana a la Esme para que ella también levante los brazos y salte y sepa que ningún empredimiento de los suyos le va a dar la felicidad que ya tiene en su aquí y en su ahora y así se relaje y deje de buscar y buscar y buscar lo que ya es suyo por derecho propio, mira tú por dónde. Lo ha estado ojeando un rato pero como no se ha molestado en ponerse las gafas me supongo que era más por cortesía que por interés verdadero.

Pues qué bien, me ha dicho a modo de comentario de texto resumido. Sigue tú si quieres los diez puntos de este descerebrado que yo, con los poderes que mi mente me confiere – gracias, mente- me voy a trasladar al allí y al después y que le den a la felicidad de las pequeñas cosas, a veces son tan pequeñas que, hija, ni se ven. Me he pintado un paraíso en mi imaginación completamente insuperable por ningún aquí ni ningún ahora. Vente si quieres, que te hago sitio.

Oye, pues no se estaba nada mal en el lugar ese de la Esme, todo, todito lo que quería me lo iba ella colocando por delante. Me ha puesto dos bebés monísimos, niño y niña, que no lloran nunca y que se crían sin sentir, sin una mala noche ni una visita a urgencias y que aunque crecen siguen siendo bebés siempre, un Toni cariñoso, dispuesto a salir de fiestas y de viajes, familiar y amante de los seres humanos, un piso grande con jardín que se limpia y se cuida solo y donde jamás se estropea la lavadora y un trabajo de reponedora en un supermercado, que es lo que era yo antes que chacha. Eso ya no me ha gustado tanto pero dice ella que me lo cambia por otra cosa, que en su allí y su después todo es posible.

Mientras te vas pensando el oficio y beneficio que quieres que te ponga o si quieres no te pongo ninguno y vives del blog porque los otros blogueros no solo te leen hasta quedarse ciegos si no que también te ingresan dinero en tu cuenta, vuelve un momento al aquí pero ya y a toda leche antes de que Jacobín se cargue a su hermana. Creo que esos brazos que rodean con supuesto amor su cuello albergan una intención mortuoria.

Qué niño, no me deja descansar, pues aprovecho, ya que estoy aquí, para comerme el bocadillo de jamón del ahora, que los que tiene la Esme en su paraíso del allí son de ibérico pata negra de bellota pero el hambre no te la quitan, la verdad sea dicha.

Como ser madre, trabajadora y…

Anda la Esme, pero si está escribe que te escribe como una reposeída de los escribimientos. Madre mía, oigo tecleares do quiera que voy, parece que me persiguen las teclas, ¿qué estará haciendo esta ahora?, voy a indagar un poco y así mato el rato. No hago más que matar ratos, parezco la asesina en serie de los ratos.

Allá que voy: Esme, maja,¿ qué le cuentas a la pantalla del ordenador con tanto fervor y pasión? Te vas a romper los dedos, la Patricia le da con más finura, como si estuviera tocando el piano, tú eres un poco basta, desde la confianza que nos une te lo digo.

Habló la aristócrata, va y me salta sin dejar de aporrear al sufrido teclado. Tengo prisa y por eso le doy tan fuerte.

No sé qué tendrá que ver la prisa con la burrez, le he dicho sin conseguir que abandonara su lucha a muerte contra el tiempo o contra lo que sea que estuviera luchando.

Es que, me dice pulsa que te pulsa, me estoy escribiendo un libro como el de Ivanka Trump pero al revés, es de auto-hundimiento, un nuevo género que me acabo de inventar. Y el título ya lo tengo, se va a llamar, “Cómo ser madre, trabajadora y fracasar pero a base de bien”. Mira, hasta me he hecho la foto para la portada, observa qué cuadro, ni las pinturas negras de Goya, me dice dejando por fin de teclear y mostrándome…no sé ni cómo calificar a lo que me ha mostrado. Solo diré que salía ella y salían sus hijos, los tres aposentados en el sofá de su domicilio o lugar del crimen, dadas las caras.

¿Cómo lo ves?, me he descalzado y he tirado los tacones, así, de medio lado, para dar un aspecto desenfadado a la escena. Se lo he copiado a la nena Trump. Mis hijos están en pijama, también como los de Ivanka. Bueno, ellos casi siempre están en pijama menos cuando salen a fuego y a saqueo, expresión que, por desgracia, no es de mi invención sino de la suya.

Esme, he querido advertirle, es que tus hijos ya están un poco crecidos y cómo te diría yo sin que te ofendas, son un poco pintarras, además tienes la casa muy desordenada y unas ojeras que te llegan hasta los pies, la escena es rara.

De rara, nada, monada. Cuántas madres de mediana edad que se han pasado la vida corriendo de acá para allá intentando llegar a todo, ser muy profesionales a la par que buenas madres, ir bien peinadas y mejor depiladas, cultivar sus cuerpos y sus mentes y tener una vida amorosa y sexual como en las películas, pa película la que nos han contado, no se van a sentir aliviadas al vernos. Incluso pensarán que han tenido suerte y se quedarán tan contentas. En el libro doy consejos de cómo hacer, paso a paso, para que te salga todo bastante mal, por no decir fatal y que al final te importe un bledo.

Pero, Esme, no es por fastidiar ni por sacar el pero a cada rato pero…ya lo he sacado, me perdones, eso sale solo, no hacen falta consejos.

A callar, Eva, que eres muy simpática, o eras, pero no tienes visión comercial y además hueles a anti-polillas, tú sabrás por qué. Este va a vender más que el de la rubia adinerada porque a la ciudadanía, que es como se nos llama ahora a los pringados de toda la vida, le gusta identificarse y le gusta sentirse un poco menos sola en sus mediocridades. Avisto éxito y eso que estoy hablando de fracaso, ¿pillas la contradicción intrínseca?

Pues chica, yo que sé, si era por hablar de algo, ya sabes que a mi el éxito nunca me ha llamado la atención.

Ni tú a él, va y me dice volviendo a su aporreamiento. Qué grosera es cuando se lo propone.

El jefe

Vimos salir a Lucía del despacho del jefe sonándose los mocos con un pañuelo de papel. No era extraño puesto que Lucía utilizaba mucho esos pañuelos, tenía alergia al polvo y precisamente su función en la empresa era quitarlo. No la conocíamos apenas porque cuando ella terminaba su trabajo empezaba el nuestro. Solo coincidíamos durante un instante, el tiempo justo para comprobar que se sonaba los mocos con pañuelos arrugados de papel y que nos cambiaba las cosas de sitio y eso era un incordio porque luego no las encontrábamos y perdíamos tiempo. Y más tiempo que perdíamos quejándonos de ella, de que nos moviera las carpetas y los papeles y le diera la vuelta a los cables y luego hubiera que volver a ajustarlos para que funcionaran los ordenadores. De cualquier cosa que se estropeara a primera hora de la mañana le echábamos la culpa a Lucía.

Nos miró al salir y señaló con la cabeza el temido despacho de Wohlleben y luego se puso a llorar y salió llorando por la puerta, refrotándose los ojos con el pañuelo hecho un gurruño.  Wohlleben la había despedido, seguro, y lo habíamos provocado los demás por estar siempre echándole la culpa de todo lo que se estropeaba o no encontrábamos o no funcionaba a primera hora de la mañana o incluso a media mañana y hasta por la tarde. Ahora nos sentíamos mal y nuestro odio por Wohll, la persona más inhumana y cruel que habíamos conocido jamás, subía como espuma sucia.

El jefe se asomó a la puerta y con su voz cascajosa, de fumador, llamó a Gustavo, el de administración, un señor con el pelo blanco que estaba a punto de jubilarse y se pasaba el día hablando de lo que haría en cuanto se jubilara. Y lo primero que haría sería irse a vivir a una ciudad sin Corte Inglés, esa era su meta y en ella tenía puestas todas sus esperanzas. Gustavo no salió llorando del despacho pero se llevó la mano al cuello, hizo el gesto de rebanárselo y luego señaló la puerta. Otro más despedido.

Sin embargo, no recogió sus cosas ni se movió de su sitio, se sentó en su mesa y mientras tecleaba movía la cabeza de un lado a otro y decía esa frase tan tópica de “no somos nada”. También dijo, “como no me dé prisa me quedo sin probar lo que es vivir  sin Corte Inglés”. Te toca a ti, Paula, le comunicó a la de los archivos, la gorda cotilla a la que encantaban las noticias sensacionalistas, los rumores y los malos rollos entre compañeros.

Como de todo eso había en abundancia se lo pasaba muy bien mientras archivaba y comía caramelos que tenía en un bote. De vez en cuando se paseaba con el bote por las mesas ofreciendo caramelos y así, de paso, difundía informaciones, preferiblemente falsas, husmeaba y recababa datos. Cuando encontraba algo lo suficientemente escandaloso movía la mano derecha en el aire a modo de abanico, para que comprendiéramos la magnitud del seísmo en la escala de Ritcher.

Del despacho de Wohlleben salió abanicándose mucho  y así estuvo un buen rato pero no le prestamos atención porque estábamos más pendientes de quién sería el siguiente en entrar. Le tocó a María Ángeles, la secretaria a la que gustaba esconder paquetes y entregarlos solo cuando el destinatario llevaba ya unos días preguntando por ellos, diciendo qué raro,  o buscándolos por las mesas o culpando de su pérdida a Lucía, la del polvo. María Ángeles entró llorando, directamente y por si acaso. Cuando salió estaba muy blanca, se apoyó en la columna de la bajante, por dentro se oía ruido de agua cayendo, dijo bajito: se muere, se muere. Volvió a su mesa, sacó de debajo varios paquetes no entregados, los repartió cabizbaja.

Entró el siguiente. Uno tras otro fuimos entrando por orden jerárquico. Hasta para anunciar su muerte era Wohlleben estricto y organizado. Se nos fue la mañana en entrar, poner cara de circunstancias, eso y no otra cosa eran las circunstancias, comentarlo en corrillos, hacernos gestos por encima de las pantallas. Nos costaba asimilarlo, ¿cómo era posible que el jefe temido, el que tantas veces había estrangulado nuestra felicidad, dueño de nuestras horas y nuestros días,  se estuviera muriendo? Ahora entendíamos esa delgadez, esa mala cara, ese amargo rictus.

Tuvo un ataque de tos dentro del despacho, una tos horrible, pre agónica nos pareció. Alguien dijo que podía tener el detalle de marcharse a su casa, que cualquier otro saldría a dar un paseo por el parque puesto que era primavera y el día espléndido y que no comprendía cómo si solo le quedaba un mes de vida decidía malgastarlo en esa asquerosa oficina, encerrado.

El jefe segundo, conocido como Juanito, y al que nadie hacía caso, se paseó por el pasillo sacando barriga. Mirella, la auténtica jefa en la sombra, la que tecleaba silabeando y se parapetaba para espiarnos a todos tras una montaña de papeles, dijo con risa sardónica, “que te crees tú eso, Juanito”.

El jefe se estaba muriendo y a todos nos dio por pensar en que si Wollheben podía morirse, y sí que podía, cualquiera podíamos morirnos también, la muerte era de todos, ni a la jefatura  respetaba. A todos nos dio por pensar en nuestra propia mortalidad, pero  había otras cuestiones más urgentes, más vitales ,  como la de si  en esa  re colocación que vendría después, con un nuevo jefe, alguno quedaría fuera de la empresa y qué sería de los actuales favoritos y cómo todo ese mundo que hasta ahora parecía inamovible se empezaba a hundir para dar paso a otro nuevo en el que había que tomar posiciones.

Wollheben salió del despacho,  le colgaba el traje y hasta la misma corbata parecía lánguida y mustia. No nos miró al salir, nunca lo hacía, cerró de un portazo, como era su costumbre, lo vimos entrar en el bar de enfrente. ¡Joder, joder, joder!, dijo Miguel, al que el jefe había echado la bronca por trabajar con auriculares. Se los puso. El Dépor ha ganado la liga, anunció.

 

Abridora de puertas

Este fue durante muchos años su trabajo: abrir las puertas cada mañana.

Fuera, en el patio, se apelotonaban los escolares.

Abría las puertas y entraban  gritos,  empujones, risas, toses, miedos,  mocos,  llantos, carreras, alegrías.

Ella abría las puertas y ordenaba el rebaño de babis,

sin olvidar un nombre ni confundirlo con otro.

Abría las puertas y también los brazos.

Brazos viejos que parecían nuevos.

Un trabajo fácil,

difícil.

Difácil, dijo un niño, acertando.

 

El reino encantado

Se me asemeja muchas mañanas la casa de la Patricia a un reino encantado.Cuanto más me aburro más semejanzas le encuentro con uno de esos reinos. Lo veo  todo tan bonito, tan largo el pasillo, tan amplias y bien amuebladas las estancias y tan altos los techados que a cada momento estoy esperando encontrarme a algún duende agazapado en un recodo. Por ahora no lo he visto,  no son los duendes seres muy encontradizos, pero estoy casi segura de que alguno se habrá mudado del bosque a este barrio,  a poco listo que sea. Están los bosques muy húmedos y llenos de alimañas. Al Toni le gustan pero es que el Toni es muy de hábitats agrestes.

Observo de reojo a la Patricia con su cabellera rubia, no pelo como el mío y el vuestro, cayendo en cascada sobre las teclas y sus largas manos pulsándolas con elegancia sin par y veo talmente a un hada de nuestros días de ahora mismo. No sé lo que escribe porque en cuanto me aproximo minimiza recelosa, pero estoy segura de que por sus letras se pasean  unicornios, gigantes, ninfas, sirenas y demás tropa fantástica.

Como las hadas son seres tan sumamente despistados y están a sus varitas, a sus estrellas y a sus creatividades  no se ha dado cuenta de que su hijo el Jacobín ha caído preso de un encantamiento y anda enamorado de una princesa que vive enfrente, la  Jimena del sexto exterior izquierda. Tan es así que el niño, hechizado perdido, se ha asomado peligrosamente a la ventana para llamar a su amada.

Cuando esta se ha aparecido en  la suya, la larga trenza colgando muros abajo, el niño le ha gritado esto: Jimenaaaa, tú eres, tú eres….se lo ha pensado un poco y luego ha dicho muy nervioso:¡ una pinza! Es lo que tenía más cerca de su área de visión, hay que entenderlo. La princesa Jimena, que parece ser comprensiva, se ha reído y el chiquillo, envalentonado por la risa, ha seguido durante un buen rato asociándola con los más diversos objetos “tú eres, tú eres… una pared, una ventana, un pantalón” y ya, perfeccionando la técnica, “¡ una nube, una flor!”. Después se ha metido  corriendo en casa dando saltos y alaridos.

Su hada madre, ignorante de estos sucedidos ha abandonado por un breve instante su recinto de las maravillas para transmutarse con mucha magia en mujer hosca y tiránica y mandarnos pitando al colegio.  Por el camino, he intentado explicarle  al Jacobín que  princesa Jimena no le conviene mucho porque ya tiene veinte años  y que más bien debería colocar su arrebato pasional en  la princesa Casilda, la del tercero derecha, de cinco años recién cumplidos.

Hay amores imposibles, Jacobín, solo nos traen sufrimientos, yo me enamoré de un ogro gruñón que lo único que quiere es volverse al bosque de donde procede, es mejor que te centres y te olvides y…

Me ha rugido con fiereza. Está hechizadísimo el pobre.

Congelaciones y enamoramientos

Atiende a lo que me acaba de pasar, se me pone la Noe esta mañana camino del metro, me he visto en ese escaparate y no me he reconocido, digo, ¿quién ese pibonazo ? y era yo, alucino toda, ¿te ha pasado a ti eso alguna vez? Si es que estoy para que me criopreserven, ¿que no?

Que sí, Noe, estás muy guapa y muy jamelga. Es que cuando acaba una frase con “¿que no? tengo que contestar “que sí”, eso ya está estipulado así desde los tiempos remotos en los que nos conocimos, allá por el preescolar, y mucho cuidado con no seguir la norma no escrita porque se desconcierta.

Lo de la congelación lo vengo pensando desde hace tiempo, me dice propinándome un codazo ancestral de nuestro pueblo, por si acaso me había distraído con el entorno. Y la verdad es que sí que me había distraído, pierdo el hilo con mucha facilidad y los entornos son para mí fuente de dispersión a cada momento. Para que me centrara me ha agarrado del brazo hincándome bien los dedos en modo ancla. Este es el plan, me dice, que me congelen ya mismito porque mejor que ahora nunca voy a estar, como será un tratamiento muy caro he pensado en ofrecerme como conejita de Indias.

A ver, Noe, tu plan falla, para eso tendrías que morirte primero.

¿Pero no se puede una congelar  y los sábados salir a bailar? Claro, no,  será como los filetes de pollo que una vez que los descongelas ya no hay vuelta atrás y o te los comes o los tiras, se me fastidió el invento, joer. Bueno, da igual, paso, y escucha esta, que es buenísima, te-ma-zo, me dice incrustándome un auricular mientras ella se incrusta el otro; “hoy rompemos la carretera, ella camina y tiembla la acera, el que no baile se va pa fuera”Me está entrando una marchuqui…

No estaría mal congelarla a veces, no. Menos mal que se baja en Sol y yo sigo unas cuantas paradas más porque la canción, pese a no ser larga, daba vueltas a lo mismo una y otra vez. Que si sandungera, que si guerrera, que si bandolera y la matadora meneando la caderas, esa era la idea clave.

Con el reguetón danzando a su bola y sin permiso por mi cerebro he llegado a mi sede empresarial, que diría la Esme. Allí he hallado al Jacobín ya preparado para ir al colegio, la mochila de dinosaurio colgada de la espalda y el mismo bicho en la mano, qué monotemático es. En el ascensor hemos coincidido con la vecina de enfrente, una muchacha de unos veinte años con una trenza larga y rubia tal que una princesa de cuento.

El Jacobín, al verla entrar, se ha escondido el dinosaurio en la espalda y ha puesto cara de físico cuántico. La chica le ha preguntado muchas cosas, le ha alborotado el pelo y ha sido de lo más simpática con él, se ve que ya se conocen de otras veces y le hace gracia el chiquillo.

Cuando hemos salido a la calle y cada uno nos hemos ido por nuestro lado, el niño se ha dado la vuelta para mirar a la de la trenza una vez más, antes de que desapareciera por la esquina y ha dicho ensoñador y suspiroso “Jimena”. Acto seguido ha  sacado otra vez el dinosuario y se ha puesto a rugir a los viandantes como un poseso. Para mí que este tiene un enamoramiento típico de los cuatro años. Lo sé porque yo también me enamoré a esa edad de Alfredo el frutero, era rubio y llevaba pendiente.

 

 

De la ciencia a la conciencia

Madre mía el Toni, qué malos humores desprende por las mañanas, solo le falta expulsar fuego por la boca cual dragón de los suburbios. Digo, hijo, Toni, alegra el careto que parece que en vez de ir a currar vas a hacerte el harakiri.

Lo preferiría, va y me contesta con el entrecejo más fruncido que ojos humanos hayan podido contemplar.

Le gusta mucho exagerar, eso de siempre, por eso no le hago caso, eso de siempre también. Anda, majo, no te hagas tanto la víctima que todos tenemos nuestras esclavitudes diarias. Yo tengo que aguantar a la Patricia y pasar la mopa por unos pasillos que no se terminan nunca y cuidar de dos niños que a veces se ponen muy pesados y lloran y portan virus altamente contagiosos.

Por lo menos a ti no te hacen fusionar y maridar, me dice. Creía yo que el Manolo era inmune a esas tonterías  y que íbamos a seguir siendo un ejemplo típico de cutre bar español donde la gente se acoda en la barra y ante una tapa de torreznos y otra de bravas pasadas de fecha, arregla el mundo y el fútbol. Un bar donde se habla de Trump, de lo ladrones que son todos los políticos, de los malos arbitrajes. Con eso ya tenía más que suficiente para odiar al ser humano pero no, todo puede empeorar y así ha sido, ha empeorado.

Pues a ver, a mí no me parece mal que os modernicéis un poco, si tú mismo estabas criticando lo de antes. El Manolo quiere innovar  el negocio porque ha visto que con eso va a ganar clientela, es sagaz.

Es humillante, me siento ridículo, se me pone sacando parte de su vena trágica, solo parte, menos mal.Tengo que ir por las mesas con una ensaladilla rusa a la que previamente hemos rociado de wasabi y explicar que está elaborada con productos de la huerta almeriense- mentira, lo compra en ¡Ay madre, la fruta!- fusionada con esencias orientales. A la tortilla de patata la recubre de pétalos de flores por encima, me temo que proceden de los geranios que tiene en casa,  gastrobotánica, lo llama y quiere que probemos a ver si nos sale eso de la luminiscencia con el pulpo a la gallega. Ayer nos tuvo toda la mañana ensayando guarrerías en la cocina. Lo que te digo, preferible abrirse en canal y se acabaron las gilipolleces.

Anda,Toni, pues yo eso de los experimentos lo encuentro divertido, mientras estás en la cocina haciendo mejunjes fusionados y maridados no aguantas al personal que es lo que a ti más te sulfura.

Sí, ya, que te crees tú eso, como tardábamos mucho en servir las mesas teníamos un motín al otro lado que ríete del que inició la Revolución Francesa, no sabes cómo se pone la gente cuando tiene hambre y el camarero no llega, he visto mi cabeza peligrar. El Manolo salió a calmar los ánimos diciendo que se esperasen un poco que estábamos pasando de la ciencia a la conciencia, que invocaba al postmaterialismo y que estábamos cociendo a fuego lento las emociones. La parrafada se la ha copiado tal cual a uno de esos chefs filósofos con muchas estrellas. Por un momento pensé que nos iban a matar, pero no, se quedaron como anestesiados asimilando las palabras. Habla en un lenguaje que nadie entienda y tiempo que ganas para salir por patas.

Raro suena pero lo mismo tiene razón, venga, Toni, tú no te desesperes que en cuanto la cocina experimental del Manolo se haga famosa, dale tiempo al tiempo, ganarás tanto dinero que por fin te podrás liberar del yugo del trabajo y te podrás ir al pueblo y pasarte el día triscando por los  montes como el troglodita que eres y leyendo poesía pesimista en grado sumo.

Platos en los que nada es lo que parece, me siento indigno, se ha ido diciendo, y perder la dignidad  es lo peor que le puede pasar a un hombre. Polvo de gamba y corteza de acacia madrileña,  hay que joderse,  ha dicho también, eso ya no sé por qué.

 

 

 

 

Más mundo

De verdad que a veces el Jacobín no parece un niño, parece un reviejo con hartazgo vital. Ayer fue todo el camino al colegio arrastrando con desgana el dinosaurio por las paredes, sin hablar ni rugir. Hoy, desde las escaleras del portal ha pronunciado observando la calle y encogiéndose de hombros:”mundo”. Y después, según íbamos avanzando, él iba diciendo cabizbajo: más mundo, más mundo, más mundo, más mundo. Pero, claro, como en realidad es un niño, ha gritado de repente, ¡un animal!

Será un perro, le he dicho. Resulta que no, según él era una oveja magrón, es que no pronuncia bien la erre. Esperemos que en realidad no fuera un dícese del roedor de gran tamaño que puebla las alcantarillas madrileñas porque si el único aliciente al “más mundo” va a ser un rata apañaos estamos.

Cabizbaja yo también he vuelto a mis tareas, cómo me pesa el cuerpo los viernes, estoy para pocas persecuciones de pelusas, “más mundo, más mundo, más mundo”, iba diciéndome mientras las atrapaba sin mucho interés. Menos mal que me esperaba el paseo diario, a la Patricia no le importa que haga frío , “venga, venga, ve ya terminando y llévate a la niña a que  le dé el aire”. Cualquier día nos manda al gulag siberiano y tan contenta de quedarse sola un rato, que ya me conozco sus gustos tan bien como ella se conoce los míos.

Y con la Esme lo mismo, también empezamos a ser “más mundo” la una para la otra, sobre todo yo para ella, ella a mí todavía me sorprende a veces dada su facilidad para cambiar de estado de ánimo, intereses y opiniones cada milésima de segundo, pero digamos que es una sorpresa conocida, “más sorpresa”. Pero hoy ni eso porque no estaba, de lejos me ha saludado su padre.

Hoy es mi cumpleaños, muchacha, cumplo nada más que ochenta y seis. La de gente que me ha felicitado ya por el cacharro verde este del teléfono, me ha felicitado Bankia, Óptica Roma, el Corte Inglés, el cardiólogo y un sobrino nieto que tengo en Canadá, se ve que se aburría el chiquillo. De los otros todavía estoy esperando. Ahora, en cuanto venga  Esme, me voy a Canillejas, ese barrio todavía no me lo tengo peinado. Me gusta darme vueltas en los autobuses y bajarme siempre en la última, para ver Madrid, como son gratuitos… ¿no te has fijado que van llenos de viejos? Pues uno siempre soy yo.

Mira qué majo el señor Juan, ¿y no se cansa de dar vueltas y de ver siempre lo mismo?, le he preguntado influenciada por el  Jacobín, alias el filósofo hastiado.

De eso nada, que me queda poco por aquí, me gusta orearme y mirar la vida y además al viejo que no sale, le sacan… pero con las piernas por delante. Lo has pillado, ¿verdad? Pero antes me voy a fumar un puro para darme impulso.

Pues a la Esme creo que no le gusta mucho que fume, cuando venga se  va a enfadar, señor Juan.  Es mi cumpleaños y aunque no lo fuera,  fumo si me da la gana, paso de Esmeralda y de casi todo lo demás. Y en dirección al “más mundo” del parque ha lanzado un corte de mangas.