Categoría: Trabajo

La entrevista

Mira por dónde que mi jefa es importante y hasta un poco famosa y yo no lo sabía. Ahora ya lo sé. Cazaba yo pelusas por los pasillos y ellas se resistían a ser cazadas cuando han llamado a la puerta. Me dispongo a abrir pero la Patricia sale de su antro o templo, según se vea, y dándome un empujón muy poco aristrocático, se me adelanta y abre ella.

Al otro lado veo al hombre murciélago o lo que es lo mismo, a un joven muy paliducho todo ataviado con unas prendas negras y colgajosas.

Eres Patricia, ¿verdad?, dice él extendiéndole una mano muy larga y fina. Soy Danilo, de la revista Letras Puras.

¿Y ciencias qué?, me planteo yo. La próxima jefa que me busque que sea científica en vez de literata, a ver si así me entero de todo eso de los primeros instantes del Universo, tan bonito y de tanto misterio.

La Patri le hace pasar y despliega solo para él una sonrisa de dentadura completa. Es la primera vez que le veo todos los dientes, los tiene muy bien, perfectamente alienados y con destellos.  A mí lo más que me dirige es un entreabrir de labios muy monalisesco.

Ya van los dos pasillo arriba, Danilo agitando sus mangas-alas y Patricia luciendo tipo cuando ella se da la vuelta, comprueba con desagrado que los sigo cual sombra y me dice: sal de mi vista, Eva y no te quiero ni oír ni ver en un buen rato. Al niño tampoco que estoy muy ocupada. Esto es muy importante para mí.

Esa última frase ha abierto todas las espitas de mi curiosidad que tampoco es que necesiten mucho forcejeo para abrirse. Venga, Jacobín, vamos a jugar al escondite. Te toca esconderte, cuento diez. Y mientras el pobre se tapaba los ojos creyendo que si él no me ve yo tampoco lo veo a él, he aprovechado para escuchar un poco la entrevista que le hacía el murciélago Danilo a mi importante jefa.

¿Cómo es tu proceso creativo?, se pone él

Muy arduo, le responde ella tirándose bastante el rollo. Estoy muchas horas sentada (eso sí es verdad, lo corroboro) y hay días que el resultado es un único párrafo, incluso una sola palabra. (Es de parto difícil como me temía, qué lástima).

Me voy a buscar al Jacobín que llevaba un rato gritándome ya, ya y cuando vuelvo estaban en esta otra pregunta clave:

¿Por qué escribes?

Creía que ella iba a contestar que porque le gusta y se lo pasa bien, eso es lo que hubiera dicho yo pero va y revela la Patri: para que el tiempo no se me escape, para fijar la vida, para entenderla, para sentirme un poco inmortal.

Chúpate esa mandarina, Danilo.

Pero él no se dejaba impresionar tan fácil, se ve que está acostumbrado a ese tipo de contestaciones, como es de letras puras….

¿Crees que el trabajo de la escritura tiene que doler?, contraataca él. Anda que….pero a la Patri le ha gustado la pregunta porque contesta muy seria: sinceramente, sí. Toda obra literaria de verdadero valor supone un sufrimiento, un desgarro, un…

Veo yo mayores desgarros y sufrimientos en los que saltan la valla de Melilla, por poner un ejemplo de actualidad que se me acaba de ocurrir pero bueno que yo qué sé.

Luego se han ido para su cuarto y el Danilo, no sé con qué finalidad, le ha hecho una foto a la mesa vacía de Patricia y ha dicho algo del minimalismo y el despojamiento. Y ella le ha contestado que gracias a eso accede a sus mundos interiores para que el silencio le permita conectar con la la voz que le dicta. O sea, que le dicta alguien, pues mucho no le dicta porque sólo un párrafo después de toda una mañana…

Ronda, ronda, el que no se haya escondido que se esconda, grito para disimular porque ya salen y me van a encontrar justo en la puerta.

¿Otra vez merodeando, Eva?

No, que va, si es que estamos jugando al escondite y valía toda la casa.

Anda, vete a la cocina y te comes el bocadillo de media mañana.

Ella también me conoce a mí y sabe cómo tentarme. Pero antes de partir en pos de mis viandas he podido captar el final de la entrevista.

¿Te imaginas un mundo sin literatura?

A eso no ha contestado pero se ha llevado las manos a la cabeza como queriendo gritar nooooo, por favor, noooo

Qué piezas!

La creación literaria

Si canto porque canto. Que no cante. Si arrastro una silla porque la arrastro. Que no la arrastre.  Si llamo al Jacobín porque lo llamo. Que no lo llame tan fuerte. Si estornudo que no diga después Jesús, María y José. Si estoy tendiendo y saludo a la empleada de la vecina que haga el favor de no hablar por los patios. Vamos, esta mujer me quiere coartar en mis más básicas funciones vitales y yo, así, os lo digo de verdad, no rindo.

Lo que pasa es que tenemos oficios altamente incompatibles. El suyo, el de escribir, requiere silencio y al mío, el de poner orden en el desorden, enderezar lo torcido y apañar lo sucio, le viene bien un poco de jaleo para no sucumbir. Porque me veo que si sigo sometida a estos regímenes monásticos, sucumbo pero con todo el equipo.

¡Qué aburridos y qué pelmazos son los escritores y qué vida tan solitaria llevan! Mira la Patricia, todo el día encerrada en su recinto de la creación con cuatro velas aromáticas por toda compañía. Pero mujer, sal un poco a la calle a que te dé el aire, a mezclarte con la gente, a dejarte arrastrar por las corrientes de la vida. Sal y habla y que te hablen.

Porque, digo yo, ¿de qué experiencias escribirá si no experimenta nada? A lo mejor está escribiendo sobre la pared de enfrente, todo es ponerse y echarle imaginación. Si el tema en realidad no es tan importante, mira Joyce qué argumento tan simplón, el día de un señor que va por la calle, y el  lío tan gordo que  montó con eso.

No sé yo los enredos que andará fabricando la Patricia. Lo mismo es de las sumamente perfeccionistas que escribe y luego destruye lo escrito porque no le satisface lo suficiente y al día siguiente vuelve a empezar, prueba de otra manera, le da la vuelta, lo lía más, se desespera.

Pues si te desesperas tanto no escribas, si el mundo está lleno de palabras, no necesita más, quédate tranquila y vete a dar una vuelta y a tomarte un café con tus amigas. Si es que las tienes, claro, porque las amigas se pierden si no les haces caso y tú, maja, llevas mucho tiempo sin hacer caso a nadie, incubando el huevo.

¿Ahora hablas sola, Eva?, pues lo que nos faltaba. ¿Qué decías de amigas y huevos?

No. Nada, cosas mías.

Eres todo un personaje, va y me suelta observando con mucha atención cómo pelo las judías verdes. ¿Qué interés puede tener eso? Para mi ninguno pero para ella a lo mejor sí. Cualquier día me saca en sus escritos, como no tiene a mano nada mejor….

Duende

¡Qué liado estaba hoy el Olimpo a primera hora de la mañana! Parecía una morada de dioses locos. La Zeusa tecleaba rabiosa desde el interior de su templo, el Husband (sí, ha vuelto) deambulaba por los pasillos dándo órdenes a sus subalternos a traves del móvil y chocando con la Svet y su apéndice aspirador. La doña Perfect hacía las maletas (sí, se va) y reclamaba mis servicios a cada momento y el Jacobín lloraba inconsolable sin motivo ni razón.

Intentando calmarle me he puesto a cantarle el «soy gitano» de Camarón pero cuando solo iba por «y vengo a tu casamiento» ha salido la Zeusa blandiendo el rayo.

¿Te quieres callar, Eva?, no me dejas concentrarme y hoy tengo menos tiempo.

Como si fuera yo la única que estaba contaminando acústicamente.

Huyendo de todo ello me he desplazado hasta los inframundos de la cocina donde puedo comer y cantar sin ser molestada, con el Jacobín enganchado a mi pierna y la rabieta redoblada, a nadie le gusta que le dejen a medias en sus divertimentos. Venga, le he consolado, que ahora vamos a bailar y ya verás como se te pasa la murria. Y me he puesto a enseñarle unos cuantos pasos flamenquiles con la esperanza de que desbanque al niño ese que circula por las redes.

Lo bien que nos lo estábamos pasando taconenando y dando palmas cuando han tenido que volver a interrumpirnos y reprendernos.

¿Se puede saber qué ordinarieces le estás enseñando al pobre Jacobo? Ven con la abuela, hijo, que se va y no sé cuándo volveremos a vernos. (Qué melodramática) Porque nos vamos, dice dirigiéndose a mí, ahora mismo nos lleva mi yerno al aeropuerto.

Muy mala suerte, solo una amiga y ahora adiós, se despide la Svetalana tan animada como siempre. Tú tranquila, Svet, que no creo que tardes mucho en volver y yo te cuido la aspiradora, no la pienso tocar hasta que regreses, te la vas a encontrar intacta y hasta incorrupta.

Y se han ido todos con mucho alboroto de maletas y teléfonos móviles a facturar a la sado-madre no sin antes advertirme que tengo mucho que limpiar porque ya no cuento con la ayuda de la otra Tati.

Ahora, además de la Sísifa soy tambiél el Hércules y sus doce trabajos, sobre todo el quinto, ese en el que tiene que limpiarse él solito el  establo de Augias, un hombre muy guarro que lo tenía perdidito de estiercol. El Hércules se las apañó desviando dos ríos para que con sus torrentes le hicieran todo el trabajo. Ya me gustaría a mí poder hacer lo mismo con el Manzanares que aunque es un río bastante enclenque creo que bastaría para adecentar esta casa, que aquí no hay tanta porquería acumulada como en los míticos establos.

Me había puesto a imaginarme por dónde lo iba a desviar porque este barrio nos pilla un poco a trasmano del Manzanares cuando el Jacobín me ha sacado de mis mitológicos mundos con otro ataque de llanto. Es una de las cosas buenas que tienen los niños, te ponen en un momento de vuelta en la realidad.

Venga, majete, al tablao, no llores más. Oye, que al tercer taconeo ya había cambiado el llanto por la risa descontrolada. Lo bien que nos lo hemos pasado con el cante y el toque. Para mí que el Jacobín tiene mucho duende.

La Zeusa

Empujaba yo mi roca cuesta arriba con mucho suspiro y resoplido cuando mi diosa del cielo y el trueno, mi Zeusa, la Patricia, vamos, ha emergido de su templo bastante despeinada y con cara de pocos amigos.

Recordando cómo las gastan los dioses con los simples mortales, me he aferrado con fuerza al mango del plumero y he contenido el aliento. Raras veces se dirige a mí la diosa pero cuando lo hace no suele ser para entablar amistad.

¿No habrás visto un libro que tiene en la portada el retrato de un hombre con gafas, bigote y sombrero?

Ay, madre que esa pregunta me suena. Ya me la hizo cuando me llevé su libro auto editado en el que narraba depravaciones nocturnas y que tanto le gustó al Toni. De esa salí bien parada pero de esta no lo sé. Me lanza el rayo que tiene en los pies, lo veo venir.

Pues libros veo muchos,a todas horas además pero los veo, así, en general, sin concretar. Lo que es el genérico libro con sus tapas, sus páginas, sus letras y sus espacios en blanco, digo haciéndome la sumamente tonta.

Es que es raro, desconfía la Zeusa, soy muy cuidadosa con ellos y no recuerdo habérselo prestado a nadie.

Se habrá translibrado, le digo para romper el hielo.

¿Cómo dices?, pregunta ella demostrando muy poco sentido del humor. Qué serios son los dioses.

Que digo que estará en la estantería escondido entre otros. Dices que tiene la foto de un hombre con sombrero, bigote y cigarro.

Yo no he dicho cigarro, he dicho gafas.

Que me delato, tonta de mí. Pero la Zeusa no sospecha, no porque se fíe plenamente de mi persona sino porque no me considera capaz de aventuras literarias.

Lo demás puede esperar, necesito ese libro para un trabajo que estoy haciendo, súbete a la escalera y búscalo. Se llama Libro del desasosiego. Y retrocede majestuosa hacia su templo.

Desasosiego el que me está entrando a mí de imaginarme al Toni acodado en su barra y exponiendo a Pessoa a manchas de grasa y salpicaduras de café.

Ni rechisto, qué remedio, me encaramo a al escalera consciente de la inutilidad de mi labor, por algo soy la Sísifa, y finjo que busco. El poeta es un fingidor y la empleada doméstica también.

De paso aprovecho y miro los futuros títulos con los que voy a alimentar mis hambres de saber. Pero no os los desvelo todavía por lo de mantener la emoción.

La Sísifa

Lunes: vacío el friegaplatos y coloco la vajilla limpia en su lugar. Desde la pila los cacharros sucios se ríen de mi. Ahora voy a por vosotros, les digo,y voy y los guardo justo donde estaban antes sus compadres . Terminada esta tarea me encamino hacia las cuerdas de tender y descuelgo la ropa limpia, la apilo en un montón y la llevo hasta el cuarto de la plancha. Otro barullo de ropa sucia me espera dentro del cesto, lo meto en la lavadora, la pongo y mientras ella lava yo plancho y no he terminado todavía de quitar arrugas, que no me diréis que no es una tarea tonta, cuando la lavadora se para y tengo que tender la otra tanda. Quito el polvo pero sé que mañana estará otra vez ahí, barro las pelusas aún sabiendo que regresarán. Es lunes pero podría ser martes o jueves porque mis tareas son siempre las mismas. Hago y se deshace y lo vuelvo a hacer y se vuelve a deshacer.

Entonces me acuerdo del Sísifo y también del Abelardo. ¿De qué hablas hoy,maja?, estaréis pensando. El Abelardo era un profesor de ética y filosofía que tenía yo en el instituto del pueblo, nos reíamos mucho de él, pobre hombre, es que era bueno y también tímido. Malísima combinación para un profesor. Pero, Abelardo, no te preocupes, que mientras pegábamos en el techo bolas de papel chupadas con saliva y nos reíamos de tus pantalones sobaqueros, algo de lo que contabas de la mitología se nos iba quedando. Por lo menos a mí que para todo lo que sean relatos y narraciones siempre he sido muy memoriosa.

Pues resulta que al tal Sísifo por pasarse de listo y porque los dioses tenían muy mala leche, le castigó Zeus a arrastrar una piedra hasta lo alto de un monte. Una vez que la piedra llegaba a la cima resbalaba y volvía a caer y el Sísifo tenía que volver a empezar y así siempre y así siempre. Qué lástima. Si lo piensas es un castigo horrible pero digo yo que también tendría sus momentos de descanso, que no bajaría corriendo a por la piedra porque si antes había sido astuto, y lo había sido que por eso lo castigaron, lo seguiría siendo. Estoy segura de que se quedaba sus buenos ratos allí, solo en la cima, contemplando el panorama a sus anchas y tomándose su tiempo y que luego bajaría cantando todo feliz. ¿Que abajo estaba la piedra asquerosa? Pues eso sí pero quién no tiene piedras que empujar, todos somos un poco Sísifos, unos más que otros, eso también es verdad.

Yo, desde luego, me comparo bastante con él en lo que a trabajo se refiere. Mis piedras son estas tareas repetitivas que no se terminan nunca y que parece que alguien con mala idea viene por detrás a chafarme lo que ya tengo hecho. Pero yo también soy astuta y me tomo mis descansos para no desfallecer. Ahora mismo me voy a tomar uno que la Patricia está muy concentrada en sus escritos, el Jacobín visiona sus dibujos y la sado-madre (no la voy a llamar más así porque me entra mucha gente al blog buscando lo que no hay) entretenida con sus rezos.  Así que me siento en el sillón del Husband, contemplo el panorama que se ve desde la ventana y canto una canción de Camarón de la Isla que me gusta mucho a mí. La piedra está ahí, ya lo sé, pero que se espere un rato.

El universo entero

Otro día más sin poder cantar ni aspirar ni sintonizar. Siguen las clases de meditación y estoy deseando que aprendan deprisa para que este lugar vuelva a parecer una casa y no un féretro. Pero digo yo, si la meditación es muy importante para estar bien en la vida y la vida se caracteriza por sus numerosos ruidos y su profusión de personas molestas, ¿no sería mejor aprender a meditar en condiciones, digamos, adversas?

Por ejemplo, dar la clase lo más cerca posible de la M-30 o donde lloren niños, ladren perros o haya muchas de esas personas que pueblan los autobuses contando su vida a grito pelado a través del móvil. Así, los aprendices de meditantes saldrían verdaderamente entrenados para lo que se van a encontrar en la realidad. Porque la vida no es un cuarto oscuro y silencioso casi nunca. Pero bueno, que yo qué sé, allá ellas.

De todas formas, hoy la Patricia ha estado más amena que ayer y esto se ha debido a que les ha estado leyendo párrafos de un libro. Ha dicho el autor pero solo me he quedado con que es un monje budista, el nombre no he podido cazarlo, era raro.

Dice el monje algo así como que toda acción hecha con concentración se vuelve sagrada, sea la que sea, hasta la más simple. Me ha parecido muy bien pero no lo he entendido del todo hasta que no he escuchado lo que ha leído luego. Y me ha gustado tanto que me lo he aprendido de memoria. Trataba sobre una mandarina: «en una mandarina puedes ver el universo entero. Mondarla y olerla es maravilloso. Tómate tu tiempo para comer una mandarina y sé feliz».

Es justo lo que he hecho pero con el bocadillo de media mañana. Me lo he meditado a conciencia y me he sentido muy feliz. ¿Cómo se llamará ese monje?

Viva la democracia

De nuevo las arañas tejen plácidamente sus telas, las pelusas moran a sus anchas bajo los muebles y el inofensivo polvo, del que nacen las estrellas, se deposita con suavidad sobre la superficie de los objetos. Esto vuelve a ser un hogar cálido y acogedor y no el hábitat hostil que pretendía instaurar la sado-madre con sus depravadas higienes.

Bueno, eso, que se ha ido ya la abuela del Jacobín, qué descanso, la sombra que me gritaba Tatiiii por aquí, Tatiiii por allá se ha esfumado, he recobrado mi nombre y mis costumbres y a mi jefa se la ve más feliz y relajada, dentro de sus limitaciones.

Digo yo que para celebrarlo ha convocado a sus amigas (las variopintas) y aquí que se me han presentado a primera hora de la mañana a tomar sus infusiones y a intercambiar paquetes con velas y jabones, todos monísimos (según ellas).

De este modo, me refiero a escuchando un poco tras la puerta, he conocido el plan de mi jefa laboral que, mira tú qué coincidencia, es el mismo que el del Toni: abrirse un blog. ¡Que no cabemos, parad ya! he estado tentada de gritar, trapo en ristre, pero no lo he hecho, primero porque todo el mundo tiene derecho a abrirse su propio blog, no sé si lo recoge la Constitución pero debería recogerlo, y segundo porque me hubiera delatado a mí misma (en lo de que escucho tras las puertas y en lo de que tengo una bitácora) y ninguna de las dos cosas me conviene que se sepa en según qué medios.

Resulta que la Patricia escribe relatos pero no consigue que se los publiquen, pese al éxito que tuvo en su momento Historias de la guarra noche. Los relatos, al parecer, venden menos que las novelas porno-truculentas. Total, que como ya está cansada de llevarlos y traerlos por las editoriales y de presentarlos a concursos infructuosamente, ha decidido lanzarse a la red y que sea lo que Dios y los internautas quieran. Si ella supiera que la competencia (es un decir, no compartimos nicho, como diría la Esme) pasa la mopa en su casa…es lo que tiene la blogosfera, que es muy democrática.

Las variopintas

No sabía yo que la Patricia tuviera amigas, siempre la veo encerrada en el cuarto de sus menesteres dándole a la tecla. ¿Qué escribirá tanto esa mujer? Lo mismo también tiene un blog, lo que no sería raro dada la densidad de población de la blogosfera. Pero bueno, que excepto los miércoles a las diez y media que es cuando recibe a las señoras que mugen y aullan (las de la meditación), el resto de los días los pasa sola, claro que yo no veo lo que hace cuando no estoy de cuerpo presente. De todas maneras, me la tenía yo representada como del tipo de las solitarias.Y sin embargo, tiene amigas. Unas amigas, si se me permite la observación, muy raras. No digo yo que sueltas, de una en una me refiero, esas mujeres sean raras pero en grupo sí y eso se debe, en mi opinión, a que no pegan unas otras. Me recordaron, no se por qué, a esas pandillas de perros que se ve a veces en los parques, cada uno de una raza, tamaño y condición.

La Patricia las condujo hasta el salón principal y ella misma les sirvió unos tés y unos pasteles. Me hubiera gustado probar la faceta de doncella de casa fina pero se ve que a mi jefa laboral no le parezco lo suficientemente representativa porque me dijo, así muy seca, pónte con la plancha por el momento y cuando termines ya te diré. Traducido: largo de aquí y no cotillees. Así de un primer vistazo ya había hecho yo una primera ordenación del territorio: había una, muy alta y más flaca que el palo de la escoba que llevaba ya de buena mañana un collar de perlas colgando y una camisa con mucho volante al cuello, esa me pareció a mí la más finústica de todas, como marquesa o poco menos,  después la seguía otra vestida con un chándal y unas zapatillas de correr del modelo pija moderna, a continuación iba la de los colores chillones, santa María cómo iba vestida esa mujer, y qué de abalorios llevaba puestos, luego otra toda de negro con un pitillo en la boca y por último una con aires de maestra de escuela. ¿Pero qué pintaban esas mujeres con mi Patri? Todas le habían traído un regalo, lo que ellas llamaban «detallito» que resultaron ser más velas aromáticas (esta casa va a parecer una iglesia) y unos jabones.

Todo esto lo jipié porque me coloqué estratégicamente la tabla de la plancha para poder avistar el comportamiento de las pájaras pero la Patricia, en cuanto se percató, me cerró la puerta del salón en las narices. Menuda es ella con su intimidad. Con la puerta cerrada no conseguí oír la charleta en su totalidad pero sí pude captar unas cuantas palabras como peluquería, actividades extraescolares, estimulación precoz, fiebres infantiles, zapatos y maridos con lo que me hice una composición bastante acertada de sus temas de conversación y llegué a la sacro-santa conclusión de que las amigas de la Patri son un coñazo. Nada que ver con mis amigas del pueblo con las que juntarse y empezar a partirse el pecho es todo uno. Estas se reían más bien poco.

Cuando por fin se fueron, al cabo de una hora o de una hora y media, la Patricia tenía una cara de mala leche de no te menees. Si cuando yo la tengo catalogada en las del tipo solitario será por algo, se ve que la mujer se fuerza pero que no le termina de salir. ¿Pero todavía estás así, eso es todo lo que has planchado?, no te ha cundido nada, tienes que correr más, va y me espeta (del verbo espetar)¡ Qué carácter!

El cuarto de los horrores

Alguno se creerá que el trabajo de cuidadora de niño es fácil y no necesita preparación especial, más bien que cuando uno no sabe qué hacer se dedica a eso pero que, vamos, que cuidar un niño lo puede hacer cualquiera. Os digo yo que no y os lo digo desde mi más reciente experiencia. Os la narro (del verbo narrar): resulta que como el Jacobín está con un virus, su madre decidió que no fuéramos al parque y nos quedáramos en casa. Qué bien, pensé yo, una mañana sin empujar la sillita arriba y abajo, una mañana tranquila intramuros de este hogar a todo lujo. Qué ilusos somos a veces los seres humanos.

Me dijo su madre: mira Evi (que así me llamo aunque no os lo hubiera dicho hasta ahora) te vas a quedar con el niño en el cuarto de juegos, hacéis actividades tranquilas hasta que yo vuelva y luego ya te pones con la casa. Traducido: métete en este cuarto lleno de trastos con el niño malo y por lo tanto más pesado de lo habitual y no salgas de ahí, que yo me piro. Las palabras de la Patricia siempre hay que traducirlas, casi nunca son lo que a primera vista parecen.

De todas formas no me arredré (del verbo arredrarse), yo no me asusto fácilmente y los niños no me dan miedo (o no me daban). Entré con el Jacobín lleno de mocos y nos sentamos en una alfombra que representa un circuito automovilístico ideada para que los niños arrastren por ahí sus cochecitos, con su gasolinera y todo. Primero opté por cantarle unas canciones con mucha mímica y sonidos onomatopéyicos, es una técnica que no me suele fallar pero el Jacobín no estaba para coros y danzas y se puso a llorar. Bueno, bueno, no te preocupes que dejo ya de cantar en la granja los animales y las espinacas se machacan, no te pongas así. Vamos a sacar los juguetes de este cesto y los empecé a sacar en orden y despacio con la intención de que fuera jugando poco a poco para no agotar posibilidades. Esa era mi intención pero la suya no. El niñito volcó todo el contenido del cesto sobre el suelo y luego se puso a remover los juguetes con la mano y a lanzarlos contra las paredes. Cuando hubo terminado con ese cesto, pasó al siguiente y al siguiente y como tiene tantas posesiones materiales no terminaba nunca de tirar y tirar.

Tenía un claro ataque de caos y destrucción. Claro que intenté poner orden, claro que traté de encauzar sus instintos y hacer esas actividades tranquilas de las que me había hablado su madre pero él no se dejaba y no estuvo contento hasta que no estuvieron absolutamente todos los juguetes esparcidos por el suelo. No nos podíamos ni mover. Como es lógico, al ver la que había armado volvió a llorar y llorar y venga a echar mocos y a toser al mismo tiempo propagando el virus por doquier.

¿Y ahora qué hago?, me indagué a mí misma. Leerle un cuento, cómo no se me habría ocurrido desde el principio. De siempre he tenido yo esa imagen tan bonita de leerle un cuento a un niño y por fin iba a a verla realizada, o eso me creía. Avancé con cuidado hasta la estantería pisando coches, camiones, pelotas de todos los tamaños, peluches, muñequitos, barcos piratas, tacos de madera, dinosaurios y otros animales ya extinguidos o en vías de extinción hasta por fin alcanzar un cuento que me pareció a mí la mar de bonito. Trataba de un topo que se iba a dormir pero no encontraba su cama y tenía que probar la de otros animales. Empecé a contarle la historia al Jacobín mientras le pasaba lentamente las páginas y le iba señalando los diferentes protagonistas pero todo su afán era pasar las páginas a toda leche para llegar al final del cuento y, una vez llegado, tirarlo al suelo con rabia aumentando el desastre que ya era ese cuarto. Probé con otras temáticas y nada, lo mismo, pasar páginas a gran velocidad y tirar al suelo el cuento, ese era su único objetivo. Cuando logró vaciar la estantería volvieron las llantinas y los arrebatos y esta vez acompañados de patadas, puñetazos y mordiscos. Ay señor qué desesperación me estaba entrando. Lo cogí en brazos y lo acuné, seguía llorando y rabiando, lo acuné más fuerte, seguía llorando y mordiendo, le puse un chupete  en la boca que encontré tirado junto a los juguetes, aunque una de las prohibiciones de su madre es que no lo use de día y, de repente, cerró los ojos bruscamente y se quedó dormido al instante. Con el pie moví unos cuantos trastos para hacer sitio en el suelo y me senté con el niño en brazos. No me atrevía ni a moverme. Qué cansada estaba, como si me hubieran dado una paliza (me la habían dado). Debí de quedarme dormida yo también porque me despertaron los gritos de la Patricia.

Pero qué es esto, decía con voz de alarma, qué hace todo tirado, qué desastre y qué hacéis los dos dormidos en el suelo y el niño con el chupete, que te tengo dicho que no lo use de día y además ese es un chupete roñoso que está sin esterilizar, y destapado, malo como está. Nunca he visto nada igual, de verdad. Estoy alucinando en colores. Mira, Evi, no te voy a echar porque Jacobo te ha cogido cariño pero lo que me acabo de encontrar es motivo más que suficiente para que te quedes sin trabajo. Te voy a dar otra oportunidad pero que sepas que no te voy a pasar ni una más.

Intenté explicarle lo que había ocurrido pero la mujer no atendía a razones. Lo que he visto ni es ético ni es profesional, me soltó. Y no quiero oir ninguna excusa más. Tal cual os lo cuento. Para que luego algunos digan que cuidar de un niño lo puede hacer cualquiera. Cualquiera con una vena masoquista, añado yo.

Mi jefa y sus menesteres

El susto que me he pegado hoy no está escrito en ningún libro. Eso sí, a partir de ahora va a estar escrito en este blog que para eso lo tengo. Resulta que estaba yo toda concentrada en la limpieza y desinfección del baño principal cuando oigo unos alaridos que proceden de un cuarto muy misterioso que tiene la Patricia para sus menesteres. Digo que es un cuarto muy misterioso porque está prácticamente vacío menos por una mesita con un ordenador todo rodeadito de velas aromáticas. Pensaba yo que pronto traerían algún mueble nuevo pero ahora ya sé que no.  Pues los alaridos provenían de allí, como decía. Me arranqué los guantes de triple capa y salí escopetada en esa dirección. Al acercarme al lugar del crimen, los alaridos me parecieron más bien mugidos de vaca (en algo se tiene que notar que soy de pueblo), algo así como auuuummmm, auuuummm, una cosa que daba entre miedo y pena. Abro la puerta con todo mi ímpetu por si estuviera ante un caso claro de emergencia vital y me veo a a la Patricia y a cinco mujeres más de su misma edad y condición, todas en mallas, sentadas sobre unas colchonetas con las piernas cruzadas y mugiendo o aullando a todo aullar y mugir. Madre mía qué susto me llevé pero más todavía al percatarme de la jeta de mala leche con la que me enfocaba la Patricia, una mirada que quería decir claramente: o te largas de inmediato o te mato. Esas cosas las capto yo al instante, soy muy buena en comunicación no verbal, pero de siempre.

¡Su padre! , que la Patricia es de una secta y yo sin saberlo. Qué nerviosita me puse, pensé en marcharme tal cual, no fuera a captarme para sus adeptos, en llamar al Toni para que viniera a buscarme en plan macho salvador o hasta en marcar el número de la policía que lo tengo grabao en el móvil. A todo esto, qué pena me estaba entrando del pobre Jacobín, inocente criaturita en manos de esa madre tan requetepirá. Pero mientras vertía la lejía por el inodoro tuve una revelación y lo vi todo con suma claridad: eso era el yoga,la famosa disciplina milenaria de la que la Patri era tan fan. Qué alivio, mi jefa no estaba del todo loca o, por lo menos, no era peligrosa. Lo que no sabía yo era que hubiera que gritar,cosas aprenderes, como suele decirse.

Todo esto se lo conté a la Esme, que para algo es mi amiga y confidente y me dijo que tengo que profundizar más, que me coja uno de los libros que tiene la Patricia y que me lo lea y me abra a nuevas experiencias. Que el yoga es muy bueno,que ella no lo ha practicado personalmente pero que se lo ha recomendado su médica de familia para los arrebatos de la menopausia. Yo de la Esme me fío hasta cierto punto, especialmente después de conocer a sus retoños. No digo yo que no al yoga pero tampoco que sí, ya veremos, eso del grito no me va, qué queréis que os diga, ahora bien, si haciendo yoga se me va a poner el tipo de la Patri y sus amigas pues entonces ya veremos.

No descartes nada, se pone la Esme. No descarto, Esme, no descarto.