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Puerta a ninguna parte

Fue el verano en el que me quedé sola y aburrida  cuando apareció el chico roto. Como gran diversión de las tardes iba con una caña de pescar hasta un lugar llamado la presilla. No me gustaba pescar pero me  dió por pensar que sí me gustaba . Así, inventándome una afición, le daba cierto sentido a los días. La presilla había sido presa pero otra más grande la había dejado en el diminutivo. Unos peces marrones, grandotes y feos nadaban a media altura de esas aguas turbias o más que nadar se quedaban flotando, más aburridos que yo, lo cual ya era mucho decir.

Para llegar hasta la presilla tenía que recorrer toda una calle llamada Cerezos, con pinos y abetos a los lados. Al pasar por delante del número 19 me paraba a buscar al gato negro. Lo había visto varios días colarse por debajo de la verja y me intrigaba saber cómo lo conseguía ya que apenas había espacio. Que aplanaba el cuerpo estaba claro pero el problema estaba en la cabeza. Tal vez tenía un cráneo plegable. Ese día el gato ya estaba dentro de la casa, con su cráneo  reconstruído, delante de una puerta roja que habían sacado de su marco, por rota, y habían colocado apoyada en la fachada delantera.

El número 19 tenía colgado el cartel de “en venta” y yo pensaba que no vivía nadie. La llamábamos la casa rota porque todo estaba viejo, descuidado y medio ruinoso. En el jardín de tierra había tres pinos retorcidos que se volcaban hacia afuera como si quisieran escapar de allí y a la hiedra del muro se le habían caído las hojas y solo quedaba el esqueleto,  a modo de abrazo fosilizado. Estaba mirando al gato negro tan hierático  sobre el rojo de la puerta y pensando en su portentosa cabeza articulada cuando por una de las ventanas de arriba se asomó un chico moreno, con el pelo revuelto y un brazo escayolado.

Nos miramos un instante, sonrió, se sacudió el pelo mojado como hacen los perros y desapareció dentro de la casa rota. Yo seguí por la calle en dirección a la presilla pensando en esa aparición inesperada. Me gustaba que llevara un brazo escayolado, desde abajo me había parecido que tenía muchas firmas por encima, señal inequívoca de que era amistoso y simpático.

Puse una bola de miga de pan en el anzuelo y tiré la caña. A esos peces no les gustaba el pan, se movían indiferentes y apáticos rodeando el cebo o ni siquiera se movían. O eran muy listos o tontos de remate. En el fondo agradecía su pasotismo,  así no tenía que desengancharlos del anzuelo, operación que me daba entre miedo y asco. Pensaba en el chico de la ventana, tenía la intuición de que iba a venir  y de que nos haríamos amigos. No se presentó y en cuanto empezaron a salir los primeros murciélagos, señal de que empezaba a anochecer, me fui.

El camino de vuelta me pareció mucho más interesante que otras tardes. Pasé por debajo del tendido eléctrico donde se posaban todas las golondrinas como pinzas negras esperando la colada, pasé por las escaleras que desembocaban en un muro y a las que por falta de uso les habían nacido hierbas y hasta flores y por la casa de una amiga de mi abuela que se llamaba Trini y que siempre salía a la puerta para darme una rosquilla y decirme, “toma, guapa, para el camino” y eso que ya no había camino porque su casa estaba pegada a la nuestra.

Creo que yo era el gran hito de sus tardes y  cuando me aburría mucho me daba miedo la idea de que seguiría aburriéndome siempre hasta llegar a la edad de Trini y entonces esperaría toda la tarde a que pasara una niña por delante de mi puerta para darle una rosquilla y esa niña quedaría condenada de por vida al tedio y así sucesivamente. Era una perspectiva aterradora.

Pero había pasado algo que podía salvarme, algo que seguramente no le había pasado nunca a Trini y era la cara del chico roto en la ventana,  su pelo mojado, su sonrisa y su brazo escayolado donde pronto iba a poner mi firma bien grande. Y la puse, muchas veces y hasta con dedicatorias preciosas que el chico roto leía a cada momento y tiramos piedras a los idiotas de los peces marrones y nos reímos mucho y un día, justo a la hora de los primeros murciélagos, nos besamos. Pero todo eso fue solo en mi imaginación mientras iba y venía con la caña por la calle Cerezos llena de pinos y abetos.

No lo volví a ver. Al gato sí, silueta negra sobre la puerta roja como el siniestro guardián de la puerta hacia ninguna parte.

 

 

 

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Pepita y Lola

Pepita acaba de entrar en el baño para ducharse y ya oye voces y ruido en el piso de arriba, son los obreros y todavía no son ni las ocho. Solo con pensar, “los obreros” se angustia, otro día de golpes, taladros y ese chirrido de maquinaria que le recuerda al instrumental del dentista pero a lo bestia. Ella madruga más que Lola y Lola se lo recuerda cada día, “no sé dónde vas con tanta prisa, hija, tienes unos horarios muy raros”. Ese comentario le fastidia y mucho, para Lola todo lo que no se hace a su manera es raro.

Pues más rara eres tú, le dice Pepita con un poco de rabia al espejo, allí está su cara pero no la ve porque se está imaginando la de Lola, su hermana. Empiezan los martillazos y con qué fuerza, si parece que se le va a caer el techo encima. Tú sí que tienes manías, le vuelve a decir a la Lola imaginaria, todas las noches te tienes que tomar de postre cuatro almendras y si no te las tomas dices que te falta algo, si eso no es de maniática que baje Dios y lo vea.

Pero el que baja no es Dios, el que baja de golpe o más bien cae, precedido de unos cuantos cascotes, es uno de esos obreros de arriba. Es un hombre rubio y joven todo manchado de yeso, se ha ido a caer sobre la tapa del váter, ahí lo tiene sentado y sucio, mirándola. Pronuncia una palabra en un idioma desconocido, una palabra que suena como un chasquido o como un estornudo. Pepita se lleva una mano a la boca, dice ¡ ay, señor ! y sale corriendo hasta el cuarto de Lola. Increíble, con el calor que hace y duerme tapada con la colcha,  qué mujer más anormal. Despierta, despierta, la zarandea, tenemos un hombre sentado en la taza del váter. De los de arriba. Se ha caído por el hueco. Y el techo roto.

Lola abre los ojos, los tiene claros, Pepita oscuros.
Porque tú tengas la absurda manía de madrugar no por eso nos la tienes que imponer a los demás. Los demás solo es ella, Lola, porque allí no hay nadie y al obrero del baño no se puede referir, todavía no ha asimilado la información. Pepita se la repite: que se ha roto el techo del baño y por el agujero se ha caído un obrero, está sentado en el váter, corre, levántate y ayúdame. Vamos a preguntarle si se ha hecho daño, del susto no me he atrevido, qué disgusto el techo del baño, estas casas son de papel.

Lo que me temía que iba a pasar por fin ha pasado, piensa Lola, mi hermana se ha vuelto loca, la idea de juntarnos cuando nos quedamos viudas no fue buena, ahora me va a tocar cargar con su demencia y yo ya no estoy para eso, soy mayor, soy muy mayor, tengo ochenta y…no me acuerdo. Se pone una bata larga de seda que tiene colgada detrás de la puerta, es muy elegante, alta, con porte de reina. Pepita es bajita y se viste con lo primero que encuentra, faldas con zapatillas de deporte porque le resultan cómodas y camisetas raras y grandes. Hoy lleva una con un gorila estampado que da bastante miedo. A ella no, a ella le parece graciosa.

Qué bonita está la higuera, dice Lola parándose a mirar por la ventana. Desde la ventana se ve una higuera que pertenece a otra casa pero ellas la consideran suya y le hacen un seguimiento intensivo y diario. Digo yo que no es el momento de ponerse a mirar la higuera, lo tuyo no es normal, háztelo mirar, le dice Pepita a Lola. Desde que oyó en una tertulia de la radio, todo el día oye tertulias, la expresión “háztelo mirar”, la dice en cuanto puede. Y ahora puede, es el momento exacto para decirla. También le gusta “hoja de ruta” pero viene menos al caso.

Yo miro lo que me da la gana, faltaría más.

Pero no cuando tenemos un hombre en el baño y se nos ha caído el techo, no quiero ni pensar qué hubiera pasado si se llega a caer justo encima del lavabo ,donde yo estaba.

Hubiera pasado que estarías muerta y angelitos al cielo,  pero no ha pasado, lo que te gusta una catástrofe y más si eres tú la protagonista. Y tu marido era igual, otro protagonista, todavía me acuerdo de aquella fiesta en la que se subió a la mesa a cantar, qué vergüenza nos hizo pasar. En cuanto podía le daba al pimple que era la gloria bendita y luego, ale, a hacer el ridículo.

Pepita está notando una opresión en el pecho y ese mareo, le pasa cuando se enfada, se le descoloca el cuerpo y el mundo. Su hermana es idiota, lo ha sido siempre, si llega a saber que se iban a llevar tan mal, se queda en su casa. Muchos viejos viven solos y no les pasa nada, aparte de que cada día se desgastan un poco más hasta que se mueren, pero de eso no se va a librar aunque al menos no se morirá sola, se morirá peleándose con Lola.

Mira, dice abriendo con furia la puerta del baño, aquí lo tienes, a ver qué hacemos. Pero el obrero ya no está, el techo roto, sí y unos cuantos cascotes desperdigados por el suelo.

Te voy a decir lo que voy a hacer yo, dice Lola ajustándose el cinturón de la bata, voy a ir a la cocina y me voy a tomar un café, sin mi café no soy persona.

Y con el café tampoco eres persona, piensa Pepita, ni con cien cafés que te tomes te vuelves tú persona. Hay que llamar al seguro, eso sí lo dice en voz alta, o son ellos, los de arriba, los que tienen que llamar al suyo pero si no los conocemos de nada, hay que preguntarle al portero. Voy a bajar .

Los ojos claros de Lola se deslizan gélidos por el atuendo casual de su hermana, ¿no pensarás bajar con esa camiseta espantosa del gorila, verdad?

Sí, qué más da, si es un momento solo para buscar al portero. No podemos estar con la casa como si nos hubiera caído una bomba.

¿Te acuerdas de las bombas, Pepita?, pregunta Lola bebiendo el café y personificándose. A lo mejor no te acuerdas porque eras muy pequeña pero yo sí, sonaba la alarma y nos íbamos todos corriendo al refugio, un día no nos dio tiempo y la vimos caer justo delante, enfrente cayó. Estábamos todos, papá, mamá, el abuelo, Alberto y tú, que no te acuerdas.

Sí que me acuerdo, me lo pasé bien en la guerra, nadie nos vigilaba y hacíamos lo que nos daba la gana, unos soldados me dieron vermú. Voy a bajar a buscar al portero.

Ten cuidado no sea que te encuentres a algún soldado que te emborrache o al hombre que estaba en nuestro baño esta mañana, tienes visiones, qué triste es perder la cabeza. Mientras tú bajas yo voy a comprobar una cosa, me ha parecido antes que había un higo nuevo en una de las ramas.

Pues no sé que tiene de malo esta camiseta, le dice Pepita a su cara en el ascensor. Cara que no ve porque otra vez se le ha superpuesto la de Lola. Tú marido sí que era borracho y bastante putero y tú una marimandona y una creída, siempre me toca a mí todo y tú de reinona. Háztelo mirar, Lola, qué manía te tengo, pero ni se te ocurra morirte tú primero, esa no es nuestra hoja de ruta. Ahí sí cuadra.

 

 

Deseos

Maitena enseguida te daba confianza, te agarraba del brazo, te llevaba a su casa, te contaba sus anhelos, deseos y temores más profundos y también los superficiales. A mí tanta soltura me desbordaba un poco porque yo era reservada aunque sin ser consciente de que lo era. Me lo diagnosticó ella el primer día que me invitó a su casa, “eres cerrada”, me dijo en el ascensor. Y yo viviendo tan tranquila sin saberlo. Dejé de estar tranquila, cerrada me parecía algo malo y mientras me iba enseñando su casa, cuarto por cuarto e incluso abría algunos cajones para que viera lo que guardaban dentro, me puse a pensar en ese nuevo y desagradable descubrimiento que ella me acababa de hacer.

Me presentó a su madre, una señora rubia y seria a la que no se parecía en nada y a una hermana que sí se parecía mucho a la madre, las dos nos miraron con poca simpatía y algo de desconfianza como si fueran una madre y una hermana postizas. Desaparecimos en su cuarto a fabricar poemas con el diccionario y a leerlos en voz alta para comprobar si tenían la música. La mayoría no nos quedaban musicales y los rompíamos.

Eso estábamos haciendo cuando entró un niño pequeño, moreno,con el flequillo muy liso, calcado al de ella, y los labios pintados de rojo. Fue directo hasta la cama, se subió encima y dando saltos me preguntó, ¿quieres ser una chica brutal? A Maitena le dio una de sus risas ígneas y descontroladas. Quiere decir frutal, me aclaró cuando se le pasó el ataque. Había por entonces un anuncio de labiales en el que se hacía esa pregunta a las potenciales consumidoras porque los carmines tenían sabores a frutas.
Yo sí soy una chica brutal, de fresa, dijo el niño sin parar de dar saltos sobre la cama, chica brutal, chica brutal, chica brutal y el flequillo se alzaba como una cortinilla y luego descendía con cada salto. Estaba todo sudoroso y la pintura de los labios se le estaba empezando a mover de su sitio.

Tras esa declaración sobre lo que era o lo que quería ser, cansado de dar saltos, fue hasta la estantería, sacó un libro de tapas duras de cuentos de los hermanos Grimm, se sentó encima de mis rodillas y me pidió que se lo leyera. Era muy abierto, igual que su hermana. Empecé a leerle la historia del Enano Saltarín, el título me pareció muy apropiado para él, pero ese no le interesaba, ninguno le interesaba demasiado, lo que quería era pasar las páginas para buscar dibujos de princesas y pedírselas. Yo soy esta ¿vale?, me la pido y señalaba a una y luego a otra y a otra. En el momento de la petición me sujetaba la cara entre las manos y me la dirigía hacia sus ojos para que no pudiera escapar de su mirada como si mirándome y yo a él fijara mejor su deseo. Tenía unos ojos redondos, brillantes y oscuros que me recordaban a los de un muñeco de peluche.

Quiere ser chica, dijo Maitena sin dejar de componer febrilmente sus poemas sonoros y sin sentido, pero mis padres no le dejan. Mierda y mierda,no me sale nada, todo es anodino. Odio a mis padres, son muy atrasados y a mi hermana también. La mencionada hermana atrasada y odiada entró en ese momento y no le gustó lo que vio.

Me voy a chivarrrrrr, gritó arrastrando mucho la erre, le has vuelto a dejar las pinturas a Carlitos, y de un tirón de brazo se llevó a la chica brutal que se acababa de pedir ser la princesa del guisante.

No me pienso casar nunca en la vida, tampoco quiero tener hijos, espero no flashearme, era su sinónimo de enamorarse. Quiero viajar, viajar por todo el mundo,
¿y tú qué quieres? Ni idea, no era como ella y como Carlitos,  no sabía qué pedirme, no tenía deseos definidos aunque flashearme me llamaba bastante la atención. Estuve a punto de decírselo pero me callé. Me di cuenta de que eso era ser cerrada y quise decírselo para dejar de serlo pero entonces ella abrió la ventana para tirar los poemas rotos. Estaba furiosa.

Los trocitos volaron un rato antes de irse para el fondo y desperdigarse. En el cuarto entró un inesperado olor a lluvia. Se oyó un trueno y empezaron a caer unas gotas gordas y pesadas que enseguida se volvieron rápidas, ligeras y estruendosas. Nos quedamos escuchando, ellas sí que tenían música, mucho mejor que nuestras birrias de poemas prefabricados.

Cuando me fui, Carlitos estaba cenando en la cocina. Le habían puesto un pijama con barquitos veleros estampados, la parte de arriba remetida por dentro del pantalón, lo habían peinado hacia atrás con colonia, los labios ya no tenían carmín de fresa. Se estaba comiendo una tortilla francesa, muy serio. Le dije adiós pero coincidió con otro trueno. Se tapó los oídos con las manos y lloró.

Liberamos móviles

A falta de ríos o mares, los niños chapotean en la fuente de la plaza de Tirso de Molina soñando con olas y peces.

Los negros de mirada inquieta hacen bola con sus tenderetes y corren, corren a hundirse en la boca del metro.

Por detrás de las acacias florecidas aparecen dos cansados policías,
con desgana se pasean entre los grupos de borrachos,
rodean la estatua de Tirso donde alguien ha escrito, “Mójate”.

Un 26 surca una noche que de tan ardiente parece irreal.

Huele a vómito y a flores.

Liberamos móviles, dice el cartel luminoso.

Algo es algo.

Tilo, campo vacío y estrellas

Por el caminó recordé que en el jardín tenían un tilo y eso me puso contenta. En junio florecen los tilos y me imaginé que habrían puesto la mesa justo debajo y que podría estar oliendo las flores del tilo y así, aunque me aburriera de la conversación, cosa que me ocurre muy a menudo, no me importaría porque estaría oliendo y también mirando el campo vacío que hay delante de la casa. Uno de esos campos pelados donde iban a construir pero se paró la obra o más bien ni siquiera empezó y ahora no es ni campo ni nada. Un camino que hace eses lo atraviesa y a veces se ve gente con perros o una persona sola y nada más.

Me gusta esa especie de desolación y de vacío de esos campos que no son campos aunque prefiera el campo de verdad. También recordé que no hacía mucho había estado en esa misma casa en una fiesta por la noche y que había salido de la casa muchas veces, con la excusa de que el gato me daba alergia, a mirar la luna que estaba colocada sobre ese falso campo, iluminándolo, y que había sido la imagen más bonita que había visto en mucho tiempo. También vi estrellas esa noche, las estrellas no están casi nunca a mi alcance y mientras dentro hablaban de esos temas de conversación que me dan un tremendo sueño, yo estaba fuera mirando la luna y las estrellas y sintiéndome muy feliz, mucho.

Y como uno tiende a pensar cosas que no son pensé, en es mismo momento, que si tuviera una casa como esa, con un jardín pequeño, dos árboles,uno de ellos un tilo que floreciera en junio, un campo raro y vacío delante y la posibilidad de ver las estrellas por la noche, sería siempre feliz, tanto como en ese momento y nunca tendría esos ataques de melancolía y negrura que tengo a veces y que me dan miedo, no tanto por lo que son, como por la posibilidad de que algún día me estanque en ellos y no pueda volver a mi natural forma de ser.

Justo estaba pensando eso, que si pudiera salir todas las noches un rato al silencio y a las estrellas, siempre sería feliz, cuando llegué a la casa del tilo y tuve que dejar de pensar para ponerme a saludar. La mesa estaba puesta debajo del tilo, tal como había imaginado por el camino y olía muy bien a las flores recién nacidas. En esa casa viven un gato asmático que siempre está tosiendo y se ahoga y además es ciego. Y un perro enorme, un mastín, que impone con su sola presencia si no lo conoces. El mastín es muy cobarde y se asusta de todo, cualquier ruido fuerte le hace llorar de miedo, pero el gato ciego y asmático es muy valiente y muchas veces, pese a sus limitaciones, se escapa para salir de expedición.

Precisamente el gato se había escapado hacía dos días y como todavía no había regresado, cosa rara porque normalmente no desaparece por mucho tiempo, sus dueños estaban muy preocupados y hablaban todo el tiempo del pobre gato que probablemente ya estaba muerto, aplastado por algún coche.
Se veía que de verdad sufrían por su gato perdido. También hablaron de uno de sus hijos, que lo estaba pasando mal en el colegio y ellos no sabían qué hacer ni cómo ayudarle, lo cual era muy angustioso.

En plena narración del acoso escolar del niño tiraron un petardo por algún sitio cercano y el perro enorme se metió llorando y aullando debajo de la mesa y debido a su tamaño y corpulencia la mesa se movió, se cayeron dos copas de vino y mancharon el mantel, que era blanco, y noté una cara de cierta infelicidad, por no decir de cabreo absoluto, en la anfitriona y dueña de la casa de mis sueños.

Me dio por pensar que para ser feliz de verdad habría que llevarse el tilo con sus flores aromáticas y las estrellas de por la noche y la luna a un lugar donde no se pierdan los gatos ni existan hijos con problemas ni nos duela nunca nada ni nos quedemos sin trabajo y el trabajo que tengamos nos guste siempre, no nos aburran nunca las conversaciones de los otros, no nos hagamos viejos y a los manteles blancos no les caigan encima copas de vino tinto y si les caen que las lave otro.

De todas maneras, sigo creyendo, aunque con menos seguridad que antes, que me sería más fácil no caer en la melancolía si tuviera cerca un árbol, un campo vacío y raro delante y unas cuantas estrellas para por las noches.

El arte es lo que te da

Hoy hemos ido con la mujer a ver el Guernica. Se llama Elena pero de tanto decirnos en el grupo, va a venir una mujer, va a venir una mujer a enseñaros arte, pues ahora nos cuesta el nombre. La mujer Elena la llamamos también pero Elena tal cual, casi nunca. Es simpática, así con la sonrisa puesta, y nos lo explica todo muy bien, yo estoy aprendiendo mucho y más que podría aprender si no fuera porque las otras no se callan. Que no se callan ni aunque les cosan las bocas, sobre todo la Eloisa, ¡ay la Elo!, esa habla hasta en el dentista. Se lo dijo el dentista: señora Eloisa, es usted la única persona que conozco que puede hablar con la boca abierta y una mano metida dentro. Eso le pone orgullosa, como si se pudiera ganar la vida con eso.

Claro que a la Elo todo le pone orgullosa, ahora que le ha salido un trabajo a la hija en un laboratorio se las da de familia científica y quiere presumir delante de la mujer, de la mujer Elena. Dice hoy, “yo el próximo viernes no voy a poder venir porque me quedo con el nieto, es que mi hija tiene guardia en el laboratorio”. La mujer Elena se la ha quedado mirando, que es lo que la Eloísa quería, pero luego lo ha fastidiado por hablar tanto. Ha dicho, ” tiene que echar de comer a las células”. Y la mujer Elena se ha reído hacia dentro, como hace la gente educada, que lo es ella y se le nota.

Total, que nos ha llevado a ver el Guernica, hemos subido en el ascensor de los cristales, daba cosa buena y mala ver todos los tejados desde tan arriba, la Menchu decía que ella prefería quedarse subiendo y bajando un rato en el ascensor antes que ver cuadros, que a ella lo de plantarse delante de un cuadro…

Pues así no vas a aprender nada, Menchu, se lo he dicho, tú no te afinas ni aunque te metan en lejía pura. Y las otras se han reído hacia fuera, son más brutas… El Julián, no. Pero eso es porque quiere caerle bien a la mujer Elena, no sabe nada el Julián, es que no está mal la mujer, es altaricona y con las tetas grandes. No tanto como las de la Elo, mejor, porque las de la Eloísa son demasiado, le ocupan más de medio cuerpo y eso bonito tampoco es.

El Guernica da miedo, esa es la verdad del cuadro, pero es que lo tiene que dar, nos lo ha dicho la mujer, porque representa la guerra y las desgracias de la guerra, los sufrimientos de las gentes que sin comerlo ni beberlo se encuentran de repente debajo de las bombas, de las madres y de los hijos muertos. Nada más decir “hijos muertos” la Pilar se ha puesto a llorar. Eso ya se veía venir, esa mujer no levanta, no levanta desde lo de su chico.

De todas formas es muy llorona porque de lo del chaval, que ya por entonces era más hombre que chaval, hace ya por lo menos, por lo menos sus quince años. No por mucho llorar lo vas a traer otra vez a la vida, le ha dicho la Eloísa. El día que esa se calle es porque se ha acabado el mundo. Y que estás mejor así, la de disgustos que te daba con las drogas, te destroza la familia entera si vive más y tienes otros. Así que…así que cuando la Pilar empieza a llorar ya no puede parar.

La mujer Elena se estaba poniendo nerviosa, se quitó de golpe la sonrisa, le dio un pañuelo de papel a la Pilar y un caramelo y se puso a hacerle en la espalda así y así, como pases para arriba y para abajo. El Julián, para caerle simpático, también se puso a consolar a la Pilar, venga, mujer, no llores más que luego nos tomamos un chocolate con churros ¿Con este calor?, será pasmao el Julián.

El Guernica es feo, pero feo de verdad, por no tener no tiene ni colores, nos ha dicho la mujer que está pintado de una forma que se llama grisalla. No, si eso ya, ha dicho la Elo, como si lo supiera ella de antes, no te digo…Se te revuelve todo mirándolo pero otra vez nos ha explicado la mujer que es justo de lo que se trata, de conmocionar y conmover y de que no olvidemos el horror. Entonces sí que es bueno porque nos ha dejado a todos muy malamente con todas esa cabezas adoloridas, también de animales.

Después hemos ido a otra sala, por el camino iba gritando el Julián, “no a la guerra, no a la guerra”, es más aspaventero…pues ya sabemos todos que no a la guerra, la Menchu se quería volver al ascensor, son peores que los niños, no se los puede sacar del barrio.

El otro que hemos visto después sí que era bonito de los de quedarte un rato delante, nada más que una muchacha de espaldas en la ventana mirando el mar. Las ganas que tengo de ir al mar, ¿hace cuánto que no vais al mar? y ya nos hemos puesto todas a recordar cuándo estuvimos en el mar y la Elo a decir que ella al apartamento playero no vuelve porque se pega cada pechada a trabajar que ni te cuento y pasa más calor todavía que en Madrid, que ya es decir. Todo lo tiene que llevar a su terreno esa mujer,si estábamos hablando del mar y no de apartamentos, qué manera de estropear el arte la Eloísa.

Hasta que nos hemos enterado que era un cuadro de Dalí y que la muchacha de la ventana era su hermana, ha pasado un buen rato, no hay quién aprenda nada con ellas, ya me lo sé de otras veces, no van más que a lo suyo. Todo es azul,azul, azul, el cuadro, digo. Mejor que la grisalla del otro, ni punto comparación.

¿Tú de que color tienes la cocina, Emi? Lo digo porque me parece que tus azulejos son azules y este cuadro qué bien te iría al lado del microondas que tienes un hueco. Ponerse a decir eso delante de la mujer Elena, me da un coraje…

Para otro día el surrealismo, nos ha dicho ella, haciendo como que no había oído lo de los azulejos. Y la Menchu por todos los cuadros que íbamos pasando, “huy, esto no lo ponía yo en mi casa pero ni loca ¿tú ponías esto en tu comedor?, vamos, no me digas… Pues yo sí, ha dicho la Eloísa, se quiere hacer la interesante. Además que yo en mi pasillo tengo un Goya.

Será un Goya esquina Velázquez, ha saltado la Pilar que cuando se le pasa la llorona tiene su gracia. Que no, que no, que es un cuadro de Goya, te lo digo yo, una copia quiero decir, lo compró mi chico el mediano, se te representa un perro que se está hundiendo, dice mi chico que se identifica.

Que se identifica con un perro hundido, te jorobas con lo que hay que oír, yo ahí también lloraría si se diera el caso, ten hijos para que se sientan perros hundidos, pero la Elo es más dura que el pedernal y tacaña, a eso sí que no la ganas. Lo digo porque después de salir hemos ido a un bar de Atocha a tomar algo y a la hora de pagar se rebusca en el bolso, “no he echado nada, ¿será posible? pero si creía que había echado dos billetes de diez, pues oye, que no, el abono transporte mondo y lirondo”. La ha tenido que invitar el Julián, porque lo que es yo…va aviada.

¿Os ha gustado la visita de hoy?, nos ha preguntado la mujer Elena cuando ya nos despedíamos en la parada del autobús, el próximo día más, prefiero que veamos pocos pero bien explicados, así se asimila mejor, ¿qué os parece Joan Miró para la próxima?, hemos pasado por delante, eran esos tan coloristas y alegres pero está prohibido decir que eso lo hacen igual vuestros nietos, ¿eh?, eso no se puede decir.

Y se ponen todas muy serias y ofendidas, como si no lo hubieran dicho ya, pero la mujer me da que no las había oído, o sí. Y se ha dado la media vuelta porque ella enfilaba para otros barrios y el Julián mirándole el culo. A eso viene este, qué cuadros ni qué cuadros el Julianín. Mejor estaría con los otros jugando a la petanca en el parque.

Yo sí que tengo un buen cuadro en casa, ha dicho la Pilar ya en el autobús. Para Guernica el mío. Por el ictus del marido, lo dirá- Otra vez a llorar no, Pili, chata, no empecemos, no empecemos. Si es que cuando empieza se le desborda el río. Menos mal que hemos cogido asiento, tan a gusto hemos hecho la vuelta que teníamos ya todos un cansancio… El arte es lo que te da, te conmueve, te emociona y te gusta pero luego te tienes que encomendar al san Peregrino, el santo patrono del doior de pies.