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Jazmín con tortilla

Había tardado un poco en darse en cuenta pero ahora ya sabía que cuando ella utilizaba en la frase un diminutivo, corría peligro. Y acababa de utilizarlo, había dicho, ¿y que es ese jueguito al que te has aficionado tanto? ¿Es que no veía que era un sudoku? Claro que lo veía, pero quería que él dijera, “nada, solo es un sudoku” y que al decirlo se sintiera culpable por estar encajando números, o numeritos, en las cuadrículas mientras ella estaba haciendo lo que estuviera haciendo.

No había mirado exactamente qué estaba haciendo, ah, ahora ya lo veía, dar la cena a los niños y lo hacía de una manera muy aparatosa, haciendo mucho ruido, para que quedara claro que lo estaba haciendo. Seguro que luego, cuando se sentara diría, “buffff, estoy muerta, hoy ya no puedo más”.

Pero empezaba a sospechar que esos movimientos exagerados acompañados de ruidos se desplegaban para él, como una puesta en escena, casi podía asegurar que cuando no la veía era de otra manera. Puestos a competir en cansancio, competían mucho en cansancio, él también estaba muerto porque ir a la playa cada tarde acarreando niños y trastos era mucho peor que ir a trabajar. Por lo menos en el curro había aire acondicionado y no ese sol salvaje. Por lo menos te sentabas delante de una pantalla y no oías lloriqueos ni protestas ni vocecitas que reclamaban.

Agüita, agüita, se había pasado las tres horas llorando el pequeño porque quería un zumo o bañarse o agua, o las tres, qué sabía, otro con los diminutivos, como la madre. Y para colmo en compañía de la orca asesina de goma tamaño casi natural que les había regalado el suegro a los niños, claro, como él no la tenía que transportar.

Móntanos otra vez , papi. Cien veces les había montado y otras cien les había desmontado, se había dejado las lumbares haciéndoles circuitos en la arena para que pasearan los camiones, estos también casi de tamaño natural, regalo de la cuñada, o cuñadita,pero, ¿qué le pasaba a esa familia con los tamaños, por qué lo regalaban todo tan grande? Estaba casi seguro de que había algo de mala intención en esa desmesura. Les había puesto la crema como ella le había dicho y aun así, al volver, la bronca, “¿pero no has visto que Miguel tiene los hombros quemados?, te dije que le pusieras la camiseta además de la protección, de verdad, si es que…

Olía a jazmín, en esa casa olía a jazmín y al lado había un huerto. Un señor que se llamaba Abel pasaba cada mañana y lo cultivaba. Desde que habían llegado les regalaba casi cada día un calabacín, el último había sido tan grande que llevaban una semana comiendo preparados variados a base del calabacín grotesco. Como si fuera de la familia, el tal Abel, de la familia de ella. Ahora estaban en la fase del puré y por suerte ya era el final. Purecito, que os comáis el purecito, oyó que les estaba diciendo a los niños con ese tono de voz irritado que avisaba de un potencial estallido.

Por eso, como medida preventiva, dejó el sudoku sobre la mesa y salió a dar una vuelta con la bolsa de basura en la mano, para disimular. Voy a tirar la basura, gritó.

Lo apunto en mi diario, contestó ella. Era una frase sacada de una serie y se la repetía cada vez que él decía algo que no le interesaba, o sea, unas cuantas veces al día. Qué graciosa.

Hacía un calor pegajoso y húmedo y tuvo la sensación de ser el tropezón de una sopa. Por ese camino todavía olía más a jazmines, era un olor bueno pero mareante de tan intenso y se mezclaba con otros olores que salían de las casas: pescado frito, tortilla francesa. El olor de las cenas.

Por detrás de las palmeras se veía una franja de mar completamente inmóvil, no había brisa, solo ese calor que aplastaba y que hacía que todo pareciera enfermo. Se sentó en un banco con la bolsa de basura en la mano y se quedó mirando el trozo azul. Todo en la vida venía mezclado y si había pureza duraba poco: el jazmín con la tortilla, el amor con esa irritación, esas ganas de estar solo, de escapar.

Oyó unos pasos por detrás o, mejor dicho, unos pasitos: Miguel en pijama y zapatillas venía corriendo cuesta abajo. Se sentó a su lado, le apretó la mano con su mano pequeña, sudorosa, muy caliente. Señaló el mar con la otra y dijo: “agüita”.

Oposición interna

Algunas tardes iba a casa de una amiga que se llamaba Natalia para ver si con su ayuda lograba entender las matemáticas. Nos sentábamos en la mesa de la cocina y con mucha paciencia me explicaba lo que tocara, mi ineptitud le hacía gracia y se reía un poco pero sin mala idea, era una especie de asombro al comprobar lo difícil que le puede resultar a otro lo que para uno sale de forma natural, sin apenas esfuerzo.

No conseguía concentrarme en sus explicaciones y mucho menos entenderlas, mi atención se volcaba en otros detalles, en cualquier detalle. Me despistaba con el frutero que estaba colocado a un lado y que tenía forma de hoja, con un calendario en el que aparecía el dibujo de una granja, con la cenefa de los azulejos pero,sobre todo, con un gesto que Natalia hacía cada cierto tiempo con el pelo. Se lo echaba hacia atrás con la mano y su melena se movía por encima del hombro como si fuera un ala. El pelo se separaba y luego se volvía a juntar para caer liso y unido, ala cerrada, perfecta. Ese efecto me fascinaba.

En casa trataba de imitar el movimiento delante el espejo pero no me salía, no se parecía en nada a un ala desplegada, en mí no quedaba bien. Pensaba que si me hubieran puesto de nombre Natalia otros fenómenos favorables se hubieran desencadenado: el pelo me habría crecido liso, se me habrían aclarado los ojos hasta azulear, sería buena en matemáticas sin necesidad de sufrir y tendría dos hermanos mayores que me adorarían, que me agarrarían de las manos y me harían girar y girar hasta que el mundo entero se me desdibujara, como le hacían a ella cuando aparecían de repente.

Pero no me habían puesto Natalia de nombre y todo se había estropeado. Ni siquiera tenía unas botas elegantes, blancas y altas, que se abrochaban por delante con unas tiras. Quería unas iguales y las había pedido pero mi madre decía que eran horribles y nada apropiadas para una niña, que no entendía cómo dejaban a mi amiga ir al colegio calzada así. Qué sabría ella de belleza ni de deseos. Nada. Yo sabía más que ella, en esas botas blancas había belleza. Y los deseos, la belleza y el amor estaban muy relacionados.

Me había enamorado un poco de uno de los hermanos de Natalia, pero no de todo el hermano, solo de los brazos y de la voz. A veces, cuando mi amiga me abría la puerta, estaba tirado en el suelo levantando una silla o haciendo flexiones para muscularse. De la cara no me había enamorado, se parecía demasiado a Joe El Indio del libro de Tom Sawyer, personaje que me aterrorizaba.

Como los brazos no podían llevar incorporada una cara que me diera miedo, les puse la cara del hermano pequeño que era más neutra y no se parecía a nadie, pero se me escapaba y desdibujaba, rebelde a mi fantasía. Se la borré y le dejé una cabeza blanca, sin rasgos, una cabeza genérica, tampoco era tan importante que los brazos no llevaran cara, lo importante era que abrazaran y que fueran acompañados de la voz.

Antes de dormirme y para resarcirme del mal trago pasado con las matemáticas, empecé a soñar cada noche un rato con abrazos fantasmales. En esa película que yo misma me proyectaba llevaba puestas las botas blancas. Cuando los brazos me soltaban me apartaba la melena lisa con la mano haciendo efecto de ala y con los ojos entrecerrados oía una voz que no provenía de ninguna boca y que decía: te quiero.

Ya me había dado cuenta de que si explotaba mucho la fantasía añadiéndole demasiados detalles, como por ejemplo situando la acción en algún lugar concreto, o la prolongaba en exceso, se me estropeaba. Cobraba vida propia y se deformaba o introducía sin mi consentimiento elementos no deseados, como si se burlara de mí: aparecía mi abuela con una bata muy fea que se ponía para estar por casa,llamándome; se me desataban las botas y me caía o nos daban a los dos un balonazo y su cabeza de marca blanca salía volando por los aires ¿Cómo podía burlarse de mí el sueño si era yo la que lo inventaba? Pues podía, la ensoñación no era mía del todo o, aún peor, sí lo era pero había una parte de mí que se me oponía.

Cuando mi partido opositor empezaba a incordiar abría los ojos y contemplaba el cuarto en penumbra para situarme en la realidad y darle esquinazo. Miraba el fondo de la litera de arriba donde dormía mi hermana, la mesa en la que estudiábamos y donde había tratado de repetir con bastante poco éxito las operaciones que me había estado explicando Natalia, el espejo de la esquina donde también con poco éxito, había copiado el movimiento del pelo, la silla con nuestros zapatos del colegio debajo preparados para el día siguiente, unos mocasines de color azul marino.

En esos momentos sabía con seguridad que por muchos días siguientes que pasaran nunca llevaría unas botas altas y blancas atadas por delante con unas cintas. Qué rabia. Cerraba otra vez los ojos invocando a los brazos sin cara para que me dieran un último abrazo enamorado antes de dormir. A veces me lo daban y me dormía feliz, pero otras no.

Que mis deseos no me fueran concedidos en la vida real me fastidiaba pero que tampoco lo fueran dentro de mis propios sueños por culpa de esa oposición interna burlona que me habitaba era todavía peor. De manera intuitiva también empecé a saber que tendría que aprender a convivir con la oposición porque por muchos días siguientes que pasaran ese lado enemigo que era tan mío como el aliado, no iba a dejar nunca de contrariarme ni a dejarme soñar en paz.

Rentas básicas

Apañada estoy.Dice el Toni esta mañana que se queda en casa y que probablemente se siga quedando las siguientes mañanas y tardes de su vida mortal porque la renta básica universal está al caer.

Sí, ya, Toni, claro, pero mientras tanto no estaría mal que te fueras para el bar, no vaya a ser que no caiga a tiempo y no podamos pagar el alquiler ni la luz ni la comida ni, sobre todo y esto si que no quiero ni pensarlo, la conexión a internet.

Paleta, va y me salta. Y atrasada también, ¿no ves que la mayoría de los empleos son inútiles y más que lo van a ser debido a la tecnología? Me quiero dedicar a algo útil y satisfactorio, lo estoy meditando. Y también estoy elaborando unas cuantas teorías sobre temas diversos que ya te contaré. No las entenderás lo más seguro pero intentaré explicártelas de forma sencilla, para que luego digas que no me comunico y que soy taciturno.

Te agradezco mucho que te vuelvas comunicativo pero casi que preferiría que fueras a trabajar aunque a la vuelta no hables, total, ya me había acostumbrado a tus silencios. Es que eso que dices de que nos paguen por vivir no lo veo yo muy realista, majo.

Es una utopía posible, dice repantigándose en el sofá y poniéndose a leer tan a gusto el hombre.

Eso de la utopía que dice me suena que lo estudiamos en el colegio, se pone la Noe, lo que pasa es que no me acuerdo de qué iba, pero nos tuvimos que leer un rollo libro que pa qué, de eso sí me acuerdo. Bufff, ¿otra vez no va a currar? Antonio, tienes un morro que te lo pisas. Yo no le pago a este los gastos, eso que quede claro desde ya y corre, Eva, que llegamos tarde.

Eso, eso, id corriendo a trabajar como las antiguallas proletarias que sois, si lo que sobra precisamente es mano de obra no cualificada, sin embargo, cabezas pensantes como la mía hay pocas. No deis portazo al salir que me desconcentro. Qué asco de país y qué atrasados estamos, puede que emigre a Finlandia en breve, le hemos oído decir antes de ponerse a elaborar esas teorías suyas que no vamos a entender.

Y ahí se ha quedado inaugurando sin estrés el fin de semana, a la espera de nuestras rentas que otra cosa no serán pero básicas…

Inspira, pero no expires

La directora del gabinete, no sé qué significa exactamente la palabra pero aquello se llamaba así, me iba enseñando muy amablemente todo el lugar. Esta es la sala de juntas, aquí está mi despacho, luego entraremos, esto es otro despacho, la sala de espera que ya conoces…¡y tanto!, llevaba tres cuartos de hora en ella, pasando las hojas de revistas de viajes exóticos y decoración de mansiones mientras recitaba por dentro lo que iba a decir, cada vez más nerviosa. Por aquí tenemos un cuarto con un microondas para comer algo cuando no hay tiempo de salir, los aseos, otro despacho, este da a la calle, mira que arbolado.

Muy bonito todo, para entrar a vivir, solo que yo no veía nada, únicamente me fijé en que ella era gorda y eso, por alguna razón misteriosa, me tranquilizaba. Llevaba una blusa suelta que se ondulaba con sus movimientos y sonreía mucho pero la sonrisa no me calmaba porque la utilizaba voluntariamente para calmar, no de forma espontánea. No, la sonrisa me incomodaba. Después de mostrarme todo aquello, tampoco sé muy bien para qué, tal vez para que comprobara lo serios que eran y lo bien equipados que estaban y así confiara, me llevó hasta su despacho, se sentó tras la mesa y yo enfrente, al otro lado. Adelante, dijo extendiendo una mano como si me abriera una puerta fantasma. Dime qué te ocurre.

Entré por su puerta abierta en el aire y empecé a explicarle lo de esa sensación de ahogo, a medida que se lo explicaba me iba arrepintiendo más y más de haber ido, pero, al mismo tiempo, tenía la esperanza de que allí supieran arreglarlo, no quería vivir ahogándome a cada momento o creyéndome que me iba a ahogar. Porque ya me lo habían dicho otros profesionales de los falsos ahogos: te parece que te vas a ahogar, pero no te vas a ahogar, te parece que te estás muriendo, pero no te estás muriendo, te parece que todo se mueve y que te caes, pero ni se mueve ni te caes. Todo eran pareceres míos, ¿y cómo se quitaban esos pareceres? Eso era lo que quería saber para arrancármelos de un tirón como si me estuviera haciendo la cera espiritual.

Aquí no hay soluciones mágicas, dijo ella toqueteando una cajita con clips de colores. Pues mal empezábamos, precisamente eso era lo que yo quería, una solución y cuanto más mágica, mejor. Esto requiere un esfuerzo por tu parte, trabajo y colaboración, aquí mandamos deberes y tienes que hacerlos, ser constante.

La constancia, eso no me sonaba bien. Igual que cuando te venden cremas y te dicen, “tienes que ser constante” porque saben de antemano que las cremas no hacen nada y que te vas a cansar de embadurnarte y entonces le achacarán a tu inconstancia la falta de resultados. Pero dije que sí y también sonreí porque me sentía incómoda y juzgada y me quería hacer perdonar la neurosis.

Ella lo notó, notó que yo me sentía incómoda y juzgada y supongo que por eso me dijo que mis ahogos eran muy normales y frecuentes, que no era más que ansiedad, y que si yo supiera la de patologías que veía ella a diario…y juntó los dedos de la mano como expresando que a montones. Gente que parece de lo más normal, profesionales prestigiosos, no te lo creerías, con responsabilidades importantes, banqueros, abogados y luego…dan miedo.

No me pareció muy profesional que criticara a otros aunque fuera en abstracto, yo también estaba en el grupo de los patológicos aunque esperaba que no en la categoría de los que daban miedo. De todas formas me consolé pensando que ella no iba a ser la encargada de ayudarme, solo hacía las presentaciones y el reparto. Buscó en el ordenador a la persona adecuada mientras yo miraba las cosas que tenía sobre la mesa y las fotos y cuadros de las paredes intentando distraerme porque notaba que se acercaba un ahogo y no quería ponerme a morir delante de ella. Qué vergüenza, morirse en pleno estado de salud.

Daniel, dijo de repente, te voy a poner con Daniel. Te va a gustar, ya lo verás, es un encanto y avisó por teléfono al tal Daniel. Enseguida, como si ya lo tuvieran previsto, entró un chico joven y bastante guapo aunque con la misma sonrisa de comercial que ella. La debían de ensayar varias veces cada mañana antes de abrir el gabinete de las patologías. Lo seguí por los pasillos controlando mi muerte inminente hasta el despacho arbolado.

No me enteré apenas de lo que me explicaba porque cuando uno se está ahogando y encima pretende disimularlo, lo único que quiere es que le entre el aire como sea y no está para discursos pero sí percibí que tenía acento andaluz y que dijo algo así como “irse de farra”, expresión que me pareció graciosa pero incoherente. Solo al final, en la fase de ponerme los deberes, conseguí poner un poco de atención por si estuviera ahí la salvación. Me explicó una técnica de respiración que consistía en respirar hondo en tres tiempos y soltar el aire respirado en seis, pero cuando me iba a detallar el siguiente deber, que yo esperaba que fuera mejor porque eso de la respiración ya lo había probado y no me funcionaba demasiado, sonó mi móvil. Uno de mis hijos estaba en urgencias con un hombro fuera de su sitio.

Por aquella época a todo le daba por salirse de su sitio, no solo a los hombros. En el taxi, muy aplicada, fui inspirando en tres y expirando en seis mientras el taxista intentaba matar ciclistas y pegaba bocinazos a todo vehículo que no fuera el suyo.

¿Por qué has tardado tanto?, me dijo mi hijo sentado en una sala abarrotada, con el brazo levantado como si quisiera salir a la pizarra y cara de estar conteniendo las lágrimas.

He venido corriendo, es que me estaban enseñando a no morirme.

No te hagas la graciosa, no puedo bajar el brazo, seguro que me lo he roto y se me queda mal para siempre, vamos a perder la liga porque ya hay dos lesionados y tres conmigo, estoy de exámenes y es el brazo derecho, suspendo todas, fijo. Y repito.

Otro que va a tener que ir al gabinete,pensé ahogándome. Uno, dos, tres, inspiro. Uno, dos, tres, cuatro, cinco y seis, espiro. Mucho cuidado con no confundirse en una sola letra porque espirar y expirar se parecen peligrosamente.

Naftalinados

Puaj, qué asco, qué peste a naftalina. No te digo lo que hay que aguantar… nos ha metido en un baúl, apilados por orden de aparición y por todo lujo nos ha puesto unas bolas de naftalina entre medias para que no nos coman las polillas. Ni siquiera al aroma de lavanda, no, de la de toda la vida que huele que apesta y a dormir la mona entre plásticos. Anda que…sé personaje de alta gama para esto.

Y para colmo me deja salir a hablar justo el día que no lee nadie, un viernes víspera de puente, y para ella los días y horas de máxima audiencia, ¡abusadora! A hablar o a repetirme, que esto ya lo he dicho más veces, es una queja recurrente la de que nos trata mal y ni nos pone a vivir del todo ni nos mata con dignidad.

Queremos una muerte digna, eso es lo que que queremos. Despedirnos como es debido, un final bonito de los de fueron felices o un final horroroso que deje muy mal cuerpo pero un final, oye, no esta desaparición lenta, dolorosa y fantasmal.

Yo, además, ya puestos a hacer peticiones que nadie va a concederme, me conoceré el percal, quiero una estatua en el parque o una placa en cualquier muro visible en la que ponga, “aquí pasó el rato Esmeralda, emprendedora fracasada y lianta como ella sola”.

Hala, a pasarlo bien vosotros los vivos de verdad. O mal. O bien y mal, venga, lo normal. Me vuelvo al baúl con mis homólogos. Con un poco de suerte le entran de nuevo ganas de lanzar tonterías a la globosfera, cómo si no hubiera ya bastantes, y nos insufla alma otra vez pero no sé yo, para cuando se decida ya nadie se acordará ni de nuestros nombres.

Deberíamos inmolarnos por nuestra cuenta, se lo voy a decir al Toni que es muy destructivo, la idea le va a gustar. Toni, despierta, garrulo, ¿qué me dices de prender fuego a esto?

No me contesta. Eva, espabila, marmota, liemos alguna. Tampoco. Qué soledad, qué silencio, qué desolación, qué abandono más malo, qué sinsentido. Anda, esto debe ser la famosa angustia vital y eso que ni siquiera estoy viva. Y qué peste a naftalina, leches.

Villar en la esquina

Esta mañana he visto a Villar en la esquina, cerca del parque, paseando al perro de su hermana. El perro estaba olisqueando una farola y él miraba hacia delante como si no llevara nada en la otra punta de la correa. Le daba la luz en la cara y la verdad es que visto así, de lejos pero tan iluminado, tiene una frente enorme. Nunca me había fijado antes, pero eso es porque cuando la gente está en movimiento delante de ti, cuando habla y tú también hablas, no la ves igual que cuando está parada y fuera de tu radio de acción. No digo que sea feo ni nada de eso. Solo me ha parecido otro, diferente al que veo cuando estamos en clase, en el patio o cuando voy a su casa.

Fue la hermana, la plasta esa, la que se empeñó en que quería un perrito, un perrito, un perrito por favor. Y daba saltos con los patines puestos mientras lo pedía delante de la cara del padre y el padre, que siempre parece un poco cansado, sobre todo en la zona de la barba y no sé por qué pero es en esa zona donde se le nota más que está cansado, para quitársela de encima y que le dejara en paz dijo venga, vale, os compro un perrito.

Villar se dio la media vuelta y por el pasillo iba diciendo que ni de coña , pero que ni muerto pensaba sacar al perro, que quedara claro, y nos metimos en su cuarto a ver películas. Quiso ponerme otra vez la Naranja Mecánica pero me negué. La hemos visto cien mil veces. Si le pides que te aconseje una película siempre es esa, a veces se lo pedimos solo para reírnos porque sabemos cuál será,pero cuando nos reímos no se mosquea, solo dice con esa cara tan seria que pone, “es la mejor película de toda la historia del cine”. Al final nos pusimos El club de la lucha que, según él, es muy filosófica.

Por eso cuando lo he visto esta mañana en la esquina con el perro he pensado, joder, qué mala suerte, Villar, ya te ha tocado sacar al perro y encima para llegar al parque tienes que pasar por el 54. Aquí vivía mi madre, nos dijo un día cuando pasábamos justo por ese portal y ahí quedó la cosa, se notó mucho que no le gustaba pasar. Y el portero, que estaba sacudiendo una escoba contra el tronco de un árbol le saludó, “qué pasa, chaval, no crezcas más”, y Villar levantó ese frontispicio suyo, que hasta hoy no me había fijado en lo que destaca, y ese fue todo su saludo.

A veces parece salido de otra época, siempre lo decimos, llama de usted a los padres, al mío le llamó de usted y le hizo una de sus preguntas extrañas, “usted ¿qué elegiría: salvar a mil personas o solo a una y que esa una fuera su hijo? Mi padre eligió salvarme a mí y Villar dijo “mil personas muertas” y lo repitió. Y en el viaje a Italia, en vez de beber con todos, se fumó un puro mirando por la ventana. Estaría pensando en una de sus películas, que sé yo en lo que piensa a veces cuando desaparece de repente sin despedirse como si le tuviéramos todos harto. Quiere ser director de cine pero, de momento, mírale ahí en la esquina con el perrito por culpa de la hermana. Me recuerda a un hamster su hermana, siempre con la boca llena, comiendo cosas y correteando.

Primero no he querido que se diera cuenta de que lo había visto para que no se avergonzara, por eso me he cambiado de acera y ahí es cuando me he fijado en él de lejos, iluminado, todo frente, mirando. Villar siempre lo mira todo, parece que ve algo que los demás no vemos por detrás de las cosas o escondido en ellas. Es listo, el tío. Y raro, muy raro. Pero al final no me he podido contener y desde lejos le he gritado: “Villaaaar”. Me ha saludado levantando la frente y ha hecho como si le fuera a dar una patada al perro, sin dársela.

Licor de mariposa

El motivo por el que pasábamos las tardes sentados en una valla con mucha cara de asco, no lo sé, pero el caso es que así era. Cuando yo llegaba ya estaban allí, en estado de máxima fusión con la valla, Álvaro y Francés, siempre los dos y nunca solo uno. Alguna vez, antes de llegar, pensaba que tal vez estaría únicamente Álvaro, lo cual me apetecía bastante pero eso nunca sucedió. Nada más girar la esquina los veía a los dos y entonces me daba cuenta de la tontería que había sido imaginar que no estuvieran juntos balanceando las piernas y fumando.

Allí, subidos, nos pasábamos buena parte de la tarde, mirando. No nos importaba que hiciera frío ni que lloviera. Si llovía nos mojábamos, ni si quiera nos cubríamos con las capuchas, era una norma no dicha entre nosotros el desentenderse de cuestiones tan tontas como una simple lluvia. Cuando ya estábamos cansados de la valla, de mirar con desprecio y distancia, bajábamos de un salto y nos metíamos en el bar bodega de los abuelos, el de los licores. Era un bar oscuro, húmedo y grasiento. Había licores de todos los tipos y colores, la mayoría con nombres muy imaginativos, los servían en vasos casi tan pequeños como dedales. Yo siempre pedía el de mariposa, más porque me parecía intrigante y bonito que existiera un licor llamado así que porque estuviera bueno. No estaba nada bueno.

Sentados en una de esas mesas de madera muy oscura y pegajosa sí podíamos hablar un poco, ahí sí estaba permitido por nuestras normas tácitas. Tampoco demasiado porque las personas que hablaban mucho, y más de cuatro o cinco frases juntas ya era mucho, no nos caían bien como no nos caían bien los que corrían a refugiarse de la lluvia o las que llevaban bolso. En realidad no nos caía bien casi nadie.

Por eso cuando conocí en clase a aquella chica de pelo corto y rubio me extrañó que me gustara de inmediato dado que hablaba bastante, llevaba bolso y además se reía todo el tiempo, lo cual era un espanto lo miraras por donde lo miraras puesto que había más bien pocos motivos en la vida para reírse. Y el que cuando yo estaba con ella me riera sin parar era algo misterioso que no me sabía explicar pero ahora pienso que se debía a que tenía la risa contenida de tantas tardes de valla, lluvia, seriedad y auto impuestas caras de desesperación vital. Y que ella, Anna, abría las compuertas de la presa.

Pero no me decidía a llevarla conmigo por las tardes y mantenía apartado su mundo del otro, del de los amigos sombríos que me importaban mucho, sobre todo Álvaro y que yo consideraba que eran los verdaderos. Sin embargo, una tarde la invité a venir, si es que pasar la tarde subida en una tapia con piedras que se te clavan en el culo puede considerarse una invitación.

Otra vez, por el camino, cometí el error de imaginar situaciones imposibles. Pensé que tal vez Anna y Francés podían congeniar y hasta gustarse. Y que tal vez, cuando se hubieran gustado, quedarían en otro lugar alguna tarde y Álvaro y yo seríamos los dueños y señores de la valla y de los silencios despreciativos y entre nosotros se crearía un vínculo de esos irrompibles. Aunque todo ese silencio y ese desprecio por todo, que era lo que nos iba a vincular por siempre jamás me daba miedo.

La realidad fue que no se gustaron en absoluto porque Anna hablaba y de los temas más dispares, a Anna cualquier cosa le servía para hablar y también para reír. Además, Anna llevaba bolso, un bolso grande de tela del que sacó dos agujas de punto y se puso a tejer allí mismo una bufanda de color verde.

Flipo, dijo Álvaro. Entonces supe que acababa de caer en desgracia porque tenía una amiga tonta que reunía todas las condiciones de los tontos de los que siempre nos habíamos burlado y para colmo tejía bufandas y eso acababa de hundir mi reputación de tía interesante.

Pero que se hundiera de golpe mi reputación y que coincidiera justo con el inicio de un chaparrón de esos buenos que inundan todo en un momento y forman charcos donde se refleja la ciudad me resultó un alivio y una liberación. Y cuando entramos en el bar bodega de los abuelos le pedí a la señora que me explicara cómo hacía el licor de mariposa, pregunta que llevaba mucho tiempo deseando hacer pero que no había hecho porque implicaba hablar demasiado.

Me lo explicó muy contenta, como si estuviera esperando y desando esa pregunta y creo que me mintió porque habló de alas de mariposa machacadas, no estoy segura, es lo de menos y además ya no me acuerdo.