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Una leve brisa

Lo bueno de la consulta de la doctora Durán es que por las mañanas es muy tranquila, hasta te aburres. Ella no viene, pero nosotras sí tenemos que estar, a poner orden en las citas, en los volantes, a llevar lo que es el papeleo administrativo. Ni me gusta ni me deja de gustar pero es un trabajo y quiero hacerlo bien, conservarlo. Por las mañanas he podido dedicar algún rato a la observación, una vez que Fátima me ha ido enseñando los mecanismos. Ella dice protocolos.  

De esa observación he deducido que a la doctora Durán le debe de gustar mucho la naturaleza, las flores y los pájaros y el medio ambiente en general, lo digo porque todo está decorado con esos motivos. Los sofás de la sala de espera, por ejemplo, son de una tela con pájaros estampados, cada uno de una forma y de un color, representando la variedad de la fauna avícola,  no vuelan, están posados, quietecitos ahí, cada uno en su puesto.

En la pared de enfrente cuelga la fotografía de una flor de almendro en blanco y negro. Tres, para ser exacta, es la misma flor pero desde tres puntos de vista, desde arriba, desde el frente y desde abajo, como si hubiera cometido un delito y estuviera fichada.  Por el resto de paredes  hay cuadritos de más flores, estas son pintadas, muy coloridas, parecen dibujadas por un niño. Y sobre una ventana, falsa, porque detrás de la cortina no hay nada, solo el mismo muro,  una hilera de macetas con plantas verdes que de lejos parecen naturales pero si te acercas a tocarlas, lo cual he hecho, ves que no. Además la consulta no tiene luz natural,  es un bajo y da a un patio interior,  ninguna planta verdadera prosperaría.

Hay más detalles de la naturaleza, ramas secas en un jarrón muy estilizado, un centro de mesa en forma de cáliz floral, lámparas que imitan hojas, cualquiera diría que estamos en el bosque animado. Eso era un libro, ¿no? Lo leí pero no me acuerdo.

Lo que no me parece que venga muy a cuento es la pantalla de televisión de la esquina, que siempre está encendida en un programa de música. En los bosques no hay pantallas, de momento, que todo se andará. Además es inútil, si nadie la mira, la gente se enfoca para abajo, para sus teléfonos y ahí se quedan, anclados y bien anclados.

Pero si la otra tarde vino un señor que no sacó su móvil y me resultó sospechoso. Pensé, este tío raro, ¿qué hace? El hombre miraba primero nada y después la pantalla sin apartar la vista ni un milímetro ¡ Acabáramos!,  es que salía una mujer contoneándose mucho, pechos por un lado, nalgas por el otro, vuelta por aquí, vuelta por allá, pero luego hacía gestos amenazantes como si dijera, esto es lo que tengo pero aquí mando yo y te lo daré si quiero y no voy a querer. El hombre no se la perdía de vista, de media vista porque era tuerto, hay cada situación…

Tenemos ratos muy aburridos, como si el tiempo se hubiera quedado detenido, harto de su pasar y pasar, pero otros, para compensar, se nos acumulan los pacientes, se le acumulan a la doctora Durán, nosotras solo los organizamos.  Empiezan a entrar uno detrás del otro y el teléfono se pone a sonar con más gente que quiere cita y hay que tener mucho temple para llevarlo todo a la vez sin ponerse nerviosa.

Yo quiero hacerlo bien, tengo interés en este trabajo así que digo, “gabinete de oftalmología de la doctora Durán, ¿en qué puedo ayudarle?” y si el que está delante del mostrador me mira mal, con cara de “venga, atiéndeme ya que estaba yo antes que el de la llamada”, me lo tomo con calma, sin perder la compostura.

Me gusta darle un poco de entonación a eso del gabinete de oftalmología, un poco de ritmo. Fátima me dice que no pierda el tiempo en esas tonterías con la que está cayendo, le gusta mucho decir eso de “con la que está cayendo”

¿Y qué es lo que está cayendo?, le pregunté yo la otra tarde, más por hacerme la graciosa que porque esperase respuesta.

Pues gente, ¿no ves cómo tenemos la consulta? Voy a avisar a la doctora Durán. Y la oigo que se asoma a la puerta y le dice, “doctora, se lo advierto, tiene la consulta hasta los topes” También son ganas de poner nerviosa a la otra, no se anda con tonterías Fátima, por momentos  parece que ella es la jefa y la doctora Durán una doña nadie a su cargo que solo piensa en flores, ramas y trinos y en salir corriendo  de la consulta en cuanto se lo permitan los muchos pares de ojos.

Fátima sabe mandar, si ve que el atasco sobrepasa la puerta de entrada, me pega un medio empujón y me dice, simpática pero dominante, “esto déjamelo a mí”, con esto se suele referir a los que no se aclaran, son lentos y provocan retenciones.

A ver, prenda, dice Fátima, nombre, dni, volante y tarjeta. En un momento se los liquida, en el buen sentido de la palabra liquidar, pero a mí me parece que no son formas, que por mucho lío que tengamos no hay que perder los papeles ni los buenos modales, ni dejar de contestar con cierta elegancia al teléfono, por muy cansando que resulte repetir siempre lo mismo y que corto no es, porque lo de oftalmológico tiene sus letras.

Gabinete de oftalmología de la doctora Durán, ¿en qué puedo ayudarle?, dije yo con esa entonación un poco musical que primero sube y luego baja.

Con la que está cayendo, oí decir a Fátima pateando enérgica el pasillo con sus zuecos de goma.

Es raro, pero algunas tardes me ha parecido, ya sé que no puede ser porque no hay ventana, pero me ha parecido que la cortina se movía, se inflaba un poco impulsada por algún tipo de brisa.

La oferta

Fue a la cocina a mirar el reloj. Le gustaba mirar ese  porque tenía los números grandes. Era un reloj hecho expresamente para estar colgado en una cocina, en cada hora había un alimento o un utensilio relacionado con el comer o el cocinar. A las doce había una tetera, a la una unos espárragos, a las cuatro un tenedor, a las ocho una cazuela, a las siete una manzana y así. Además la esfera era un plato. Ese reloj estaba predestinado.

Todavía no eran las cinco, faltaban diez minutos. Isaías dudó si tomarse ya el café o esperar para después de la llamada. Eligió esperar para que no se le acumularan los momentos buenos, primero uno y luego otro con su correspondiente disfrute. Alberto era muy puntual, ya lo venía comprobando y si había dicho le llamo mañana a las cinco, estaba seguro que a las cinco clavadas iba a llamar. El chico tenía su agenda y la cumplía a rajatabla.

Se lo imaginaba rubio, delgadito, con un cinturón sujetándole los pantalones y una camisa de manga corta con algún tipo de estampado, se lo imaginaba inquieto, se imaginaba que tenía una abuela más bien robusta y que comía con ella algunos días y se imaginaba que tenía novio. Al novio ya no se lo podía imaginar, tampoco el lugar desde donde le llamaba y eso que había hecho esfuerzos pero no le salía ningún lugar físico donde ubicarlo, así que el chico flotaba en el espacio. Estaba claro que desde donde le llamaba  habría muchas mesas pegadas y teléfonos y cada cual llevaría puestos auriculares,  pero eso no se lo había imaginado, es que lo había visto en un reportaje de la televisión.

Sonó el teléfono ¡Digame!, dijo exclamativamente, ya sabía quién era pero había que mantener el disimulo.

Buenas tardes, Isaías, soy Alberto, ¿ya ha reflexionado sobre la oferta que le hemos hecho?

Reflexionar he reflexionado, Alberto, majo, pero es que yo de estas cosas no entiendo mucho y como mañana o pasado va a venir mi hijo he pensado que mejor se lo voy a consultar antes a él, ¿te parece?

Por supuesto, cuatro ojos ven más que dos, consúltelo y yo le vuelvo a llamar, ¿cuándo le viene bien que le llame?, ¿mañana o pasado?

Pero que si quieres explicarme otra vez la oferta, a ver si me aclaro, tampoco estaría mal.

Yo de usted no la dejaría pasar porque es una oferta muy buena, le regalamos un teléfono y la tarifa se le queda igual que estaba, lo único a lo que tiene que comprometerse es a la permanencia.

Sí, sí, yo permanezco, por eso no te preocupes tú, permanecer, permanezco.

No le va a suponer más gastos, lo comido por lo servido, dijo el chico.

Esas frases le gustaban mucho a Isaías, seguro que se las había oído a esa abuela con la que comía y luego las repetía para fomentar la cercanía con los clientes mayores, como él.

Le dio un poco de pena estarle mareando tanto porque desde el primer día ya sabía que  no iba a aceptar la oferta, no necesitaba otro teléfono y no estaba él para líos con ninguna compañía de esas pero es que le gustaba que le llamara cada tarde, puntualmente y el chico también le gustaba, era muy simpático y alegre y ¿quién no quiere oír una voz alegre?

Mejor llámame mañana que ya lo tendré decidido.

Eso le iba a decir, dijo el alegre, que se dé prisa porque la oferta expira en unos días.

Bueno, bueno, pues hasta mañana a las cinco.

Ahora se iba a tomar el café, tranquilamente. Luego, ya vería lo que hacía para ir pasando sobre la tarde. Mañana le diría que no a Alberto, no habría más llamadas, eso era lo malo.

Alguien había puesto música por el patio de la cocina, una canción que decía, “menos mal que tú llegaste,  menos mal que no era tarde. que conseguiste darle la vuelta a este desastre”. Bah, dijo dando un manotazo al aire, apartando nada.

Quedan avisados

“Queridos amigos, esta película destila emociones por sus cuatro costados. Solo tengo una palabra para definirla: joya.” Se rascó pensativo una ceja y antes de subir la crítica a internet bajo el seudónimo de Olmo, la repasó una vez más y se sintió satisfecho. Era buena, mejor que buena, era como la misma película que reseñaba: una joya. Pequeña, cierto, pero reluciente.

¿Puedes hacer  caso a la niña un rato? gritó ella desde el otro cuarto.

Samuel no contestó, le molestaba que le hablase a través del tabique.  Se asomó a la ventana, en la acera de enfrente había un taller de coches y al lado un solar en el que habían colocado un cartelón enorme, “Vicopal, familiarízate”, se leía. Vicopal debía de ser una constructora. De momento, el solar estaba lleno de margaritas y otras flores silvestres. En el cartel aparecía una familia compuesta por un hombre y una mujer, ambos jóvenes y guapos, con un niño y una niña de la mano.  Paseaban plenos de felicidad por un campo de verdad.

Samuel se volvió a sentar para releer la reseña, le gustaba que quedara perfecta y aunque antes ya le había parecido que no había nada que corregir quería darle el último vistazo y añadirle su coletilla habitual. “No les dejará levantarse de la silla, quedan avisados”

Que si puedes hacer un poco de caso a la niña, te he dicho.

Esta vez ella no le estaba hablando a través del tabique, asomaba su cara por la puerta, la niña venía detrás, dando saltos.

¿Te peino, papá? Llevaba en la mano un peine de plástico de color rojo, el que usaba para sus muñecas.

Ahora no, cariño, papá está terminando una cosita pero después jugamos al escondite.

No, después, no, jugáis ahora, tengo una conferencia, ¿puedes levantarte de la silla?

A Samuel esa frase le sobresaltó, ¿es que acaso ella leía sus críticas cinematográficas y se trataba de una ironía? Mucho lo dudaba, el archivo tenía una clave y él siempre firmaba como Olmo, habría sido una coincidencia.

La niña le pasó el peine por el pelo y luego, sin querer,  se lo metió en un ojo.

¿Te has hecho daño?, te curo ahora con una tirita.

Samuel se temió que quisiera ir a por su maletín de médico de juguete y aplicarle todos los remedios.

No, mejor salimos a dar un paseo, ¿quieres?

Fueron caminando hasta el pequeño parque del barrio. Mientras su hija iba cosechando piropos y simpáticos saludos a los que respondía sonriente y moviendo su pequeña mano como una mini diva, él iba pensando en la siguiente película que pensaba reseñar.

“Es una radiografía de sentimientos encontrados, presenta una visión descarnada de la vida en pareja”, parecía, por cómo a veces le caían del cielo, que alguien le dictaba esas frases pero no, se le ocurrían a él solo.Ya sabía que si no las apuntaba en el momento, volarían. La anotó en las notas del móvil aprovechando que se acababan de parar en un semáforo.

En el parque se encontró con el padre de otro niño con el que a veces hablaba o más bien era el otro el que hablaba. Era simpático y parecía un buen tío, pero Samuel sabía que no tenían nada en común, así que nunca le había contado que hacía críticas de cine, en realidad no se lo había dicho a casi nadie, era su pasión secreta. Y las pocas veces que lo había contado se había arrepentido, como si se estuviera traicionando y estropeando esa parte de su vida que tanto le gustaba.

Mientras los niños jugaban, el otro padre comenzó a hablarle de una casa que se estaba construyendo en el campo. He puesto en ella muchos sueños, dijo. Va a tener chimenea, futbolín y un barra de bar. Muchos sueños tengo en esa casa, mucha ilusión, repitió. Los columpios subían y bajaban, unos gorriones picoteaban unos restos de patatas fritas.

“Ante tan buen hacer cinematográfico, el espectador termina por sucumbir. No exagero si digo que esta puede ser la propuesta visual más hermosa de la historia del séptimo arte”, tenía que apuntarlo como fuera.

Perdona, le dijo al de la casa llena de  sueños, tengo que contestar a un mensaje.

Nos tienen fichados, ¿eh?, todo el día conectados queramos o no. Cuando esté en la casa del campo voy a esconder el móvil y demás dispositivos electrónicos debajo de la piedra más grande que encuentre.

Samuel hizo un gesto de asentimiento con la cabeza aunque él no deseaba prescindir de la tecnología, al contrario, y se  apartó un poco para escribir la frase en sus notas. Estaba deseando llegar a casa para sentarse frente al ordenador y ponerse a redactar la nueva reseña.

¡Ya estamos aquí!, se anunció al entrar. Ella salió del cuarto y le hizo un gesto brusco pidiéndole silencio,  llevaba puestos los pantalones del pijama y por arriba una camisa azul de vestir, se había pintado los ojos.

Estoy en una conferencia, dijo en voz baja, estresada.

¿Jugamos a las tiendas, papi?

Vale, dijo él.

Ese juego era soporífero, la niña se sentaba en una silla de su cuarto y él tenía que entrar y simular que compraba algo, hacían pagos imaginarios y ella le daba artículos también imaginarios. Por algún motivo extraño, era una tendera  seria, taciturna y muy poco amable, como si en el juego sacara la parte contraria de su personalidad que en la realidad era alegre y expansiva.

 Entró y salió varias veces interpretando a distintos compradores pero su mente no estaba ahí, la voz del crítico se había embalado y acababa de soltarle, “es capaz de combinar el drama y la comedia a velocidad vertiginosa, rodada con brío y soltura resulta una maravilla de principio a fin. Uno de los grandes regalos que los dioses nos han hecho a los mortales”

¿Plátanos o mandarinas?, le dio a escoger la antipática niña frutera

Fingió que hacía la compra, que salía de la tienda y abrió el portátil. Se sentó a escribir, “lograr todo esto no es tan fácil, no se crean, se quedarán pegados al sofá, quedan avisados”.

Uno baña a la niña y otro hace la cena, dijo ella, irrumpiendo con su extraño conjunto de teletrabajo. Samu, reacciona, ¿puedes aterrizar y despegarte del sofá? Estoy agotada.

Vicopal, familiarízate, le vino tontamente a la cabeza.

Baldosa rota

A Maria del Rosario y a mí nos invitaron a un evento, ¡la de tiempo que hacía que no teníamos nada así, que no íbamos a ningún sitio destacado, que no nos vestíamos de fiesta! Yo estaba como loca de contenta, mi Mari Rose, como yo le llamo, no tanto. Cuando nos dijo Irma, la secretaria del jefe, que nos iban a invitar también a nosotras se quedó muy quieta en su silla, como si le hubiera dado una parálisis repentina y luego,- por suerte que no era eso-, giró la cabeza y se puso a mirar por la ventana con esa cara suya de  “yo no soy de este mundo”.

Pero Rosarilla, ¿te has percatao?,  ¡que nos vamos de evento! Y no cualquier evento, no, he oído que va gente de la televisión y hasta algún embajador. Madre mía, qué nervios, ¿qué nos ponemos?, tendremos que ir de compras, vamos a ir divinas de la muerte las dos, eso tenlo por seguro.

Me respondió con un “buffff”, igual que cuando se deja salir el aire de un globo. Bah, le dolería algo, a veces tiene eso de las cervicales que se le agarrotan y luego, lo de sus problemas familiares pero, como le digo siempre, problemas tenemos todos, guapa, y solo se vive una vez. A las penas, garrotazos.  

De la tele, ¿quién iría? En la tele hay tantos…los embajadores me dan más igual, parecen más aburridos,  tampoco creo que se los pueda distinguir a simple vista, si acaso por su dominio del saber estar y por su acento extranjero.

Resumiendo: nos fuimos de tiendas. Hacía una tarde, ¡qué tarde!, primavera en estado puro, el cielo azul resplandeciente, las calles animadísimas, rosas plantadas en los bulevares, ay, ¡una  alegría que me estaba entrando por la espina dorsal, un subidón! Mari Rose refunfuñaba, es que no le gusta ir de tiendas, pero te guste o no,  hay que ir de vez en cuando, no queda más remedio,  sobre todo si te invitan a un evento y de fondo de armario lo más que tienes es polvo.

Entramos en una tienda que por el escaparate me dio buen rollo, la dependienta nos sacó varios vestidos y los desplegó sobre el mostrador. Uno era de color verde con volantes por arriba y por abajo, me encantó,  pero a ella no se le ocurrió nada mejor que decir que parecía un disfraz de lechuga, del otro, uno morado monísimo, que le recordaba a una vestimenta arzobispal. Al final se metió a probarse el tercero, uno gris brillante con un frunce.

Sienta de maravilla, ya lo verá, dijo la vendedora,  no es lo mismo verlo en la percha que puesto, la ropa hay que probársela.

Toda la razón tenía la mujer.  

¿A que huele aquí?, preguntó María del Rosario antes de meterse al probador con el traje gris del frunce.

Es nuestra fragancia personalizada, contestó con satisfacción la vendedora, marca de la tienda, si le agrada tenemos  unos perfumes para el hogar a su disposición.

Pero ¿cómo me va a agradar  este tufo? Tengo la sensación de que ha cobrado forma, siento como si tuviera brazos y me quisiera asfixiar.

Esto me lo dijo a mí, de probador a probador, confío en que no lo oyera la otra porque era muy simpática, estaba haciendo su trabajo y nos atendía muy bien,  esos comentarios no se deben hacer, pero María del Rosario es así.

Los probadores eran muy graciosos, tenían puertas batientes como en los bares del oeste, se cerraban con un ganchito. Dentro, los colgadores para dejar la ropa, no eran perchas propiamente dichas sino las ruedas de unos grifos de tipo industrial. Me encantó. Se lo dije: Mari Rose, qué monos son los probadores, ¿te has fijado en lo de las ruedas?

Espero que esa tía no abra el gas, mi puerta no cierra y hay una baldosa medio rota, mira que si me rompo la crisma y tengo que aparecer en urgencias vestida de lagarterana…

Y la oí reírse sola. Por lo menos se reía un poco, porque tiene un punto sieso la pobrecita mía, no sabe que la vida se compone de pequeños momentos y hay que procurar disfrutarlos. Yo estaba disfrutando mi momento probador y mi momento vestido de volantes que, no es por nada, pero me sentaba no bien , lo siguiente. Para romperle los protocolos a cualquier embajador.

La dependienta se acercó a preguntarnos qué tal.

Genial, me lo llevo.

A mí esto no me va, si es que este frunce, ¿para qué se lo pondrán? Es suficiente con una buena tela, un buen corte, una buena caída.

Menos es más, respondió la vendedora queriendo agradar a tan difícil compradora.

Pues por eso, yo aquí veo más, contestó ella. Qué vergüenza me estaba haciendo pasar.

Menos mal que en ese instante salió una mujer de otro de los probadores y desvió la atención de nosotras, tenía la cara muy roja, como si hubiera estado haciendo flexiones y sentadillas en su interior, lo cual no veo muy factible porque el espacio era más bien exiguo pero hay gente pa tó.

Le entregó un montón de ropa a la vendedora y resoplando con disgusto dijo, para comprarse ropa hay que ser muy delgada o tener veinte años.

¿Quiere que le busque otra tallita?, le preguntó la vendedora como con miedo de su reacción.  Pero la otra ya estaba en la calle, huyendo de sí misma, me pareció.

Tallita, tallita, ¿pero por qué lo dice en diminutivo? Es como esas madres que cuando quieren que el niño se coma la comida dicen pescadito y filetito.

Habla más bajo, Mari Rose, que te va a oír y es cordial, lo dice así por amabilidad.  Pues yo te lo veo muy mono y el frunce te queda bien, ajusta en el sitio exacto donde tiene que ajustar ni más arriba ni más abajo.

Te queda ideal, se unió la vendedora,  ese mismo modelo se lo llevó el otro día una clienta que tiene un estilo impresionante, si luego le añades algún complemento lo subes y  pasas de look a lookazo.

Yo esto no me lo llevo pero ni de coña, me confesó María del Rosario cuando la otra se fue. Y menos si se lo ha llevado la del estilo, ¿qué ha querido decir con eso, insultarme o tentarme?

Miramos en otra tienda, si quieres, podemos entrar en muchas más, las que hagan falta hasta que encuentres algo que te guste. Yo me voy a llevar el de los volantes, es muy bonito, tiene movimiento. Me veía ya bailando y volanteando por todo el evento.

Todo esto de las tiendas me causa vacío existencial, dijo mi Mari Rose, que es muy suya, tropezando con la baldosa rota.

Enigmático

Por la acera de los perros va dando tumbos Rafael. Los tumbos  se deben a una lesión en la espalda que lo dejó medio encorvado y que le hace perder el equilibrio. No lo pierde del todo, ha aprendido a vadearse en la inseguridad y con tumbos y todo no deja de salir todos los días, de hacer sus compras y de completar los pasos que le marca la pulsera cacharro.

Lleva un polo de rayas verdes y blancas y un pantalón gris que fue de un traje, la americana no la conserva pero el pantalón sí, en los pies se ha puesto unas deportivas, no le gustan, preferiría unos zapatos bien lustrados pero esas suelas tan finas no le convienen, así que va a la moda sin querer ir.

En su media vuelta por la acera de los perros se ha cruzado con el  hombre del galgo, uno que tiene una tienda de elegancias donde los hombres se pueden hacer trajes a medida. En el escaparate hay libros que nadie leerá, porque son de adorno, esos libros llevan títulos como “el gentleman inglés” o “moda italiana para hombres” o “le parisien”,  todos son libros grandes, de los que no caben en ninguna parte, libros que cuesta llevar de un lado a otro, casi como puertas, de tapas durísimas, con un forro de papel por encima y páginas satinadas con muchas fotos. No es que los haya ojeado pero sabe de qué habla porque él tiene un libro así, es sobre el antiguo Egipto y sus pirámides, se lo regaló uno de sus nietos y la verdad sea dicha, solo lo ha mirado por encima, porque ni fu ni fa las pirámides a él.

Como en la  estantería no le cabía, lo colocó en la mesa baja con la intención de hacer el esfuerzo de leerlo, pero nunca se da el momento propicio. Cuando va a cenar y antes de  empujar las pirámides hasta la esquina, que vaya lo que pesan, lo abre al azar y lee un par de líneas. Al terminar, las coloca de nuevo en el centro de la mesa ¿Por qué no le interesarán  las pirámides con lo colosales que son, por qué no le interesará el Antiguo Egipto? No lo sabe.

El elegante del galgo se ha comportado bien, ha recogido las cacas de su perro y además con  mano salerosa, que no la tiene cualquiera, con garbo propio de monsieur parisien. Rafael lo estaba vigilando para ver si es de esos desalmados que dejan el suelo perdido. Como lo ha hecho bien,- nada que objetar-, ha seguido su recorrido a tumbos hasta situarse bajo la terraza de su amigo Alfon. Tiene suerte el tío, come y cena ahí, al pairo. Desde abajo lo saluda, qué pasa, hombre ¿cómo te va la vida?, está el mundo que da pena, nada más que guerras, que enfermedades, que desastres, pero nosotros no estamos tan mal, yo aquí dando la media vuelta y tú en tu terraza como el  Amenofis.

¿Cómo quién?

Como el Amenofis, un faraón,  ¿no te los conoces? No le interesa el mundo egipcio pero para dejarlo caer  en las conversaciones,  mal no le viene algún dato.  Le llega un olor apestoso a orines de perro recalentados por el sol.

-Esta esquina tiene unos aromas…

A mí me lo vas a decir, si suben hasta la terraza, ¿por qué no subes tú también? Te lo he dicho muchas veces pero nunca quieres, te me resistes, te me resistes.

No quiere, no, es que tiene que dar su media vuelta y si se para pierde la línea. Además, Alfon es pesado, le gusta más ser su amigo desde abajo que al mismo nivel donde la escapada se dificulta. A él le gusta tener vía libre. Ale, que me voy ya, este cacharro me cuenta los pasos, en cuanto cumpla los que tengo que cumplir me voy para casa.

 Ya va a cenar pero antes abre el libro y lee, “es este uno de los lugares más enigmáticos del mundo”. Un poco perplejo mira a su alrededor porque le parece que lo que ha leído se refiere a algo suyo, pero su casa no tiene nada de enigmática, tan bien se la conoce que ni la ve. Empuja las pirámides hasta la esquina, un poco disgustado con ellas y esos mensajes inquietantes que le mandan. Se levanta  y abre la ventana. Que entre el aire, dice.

 Los vencejos vuelan tan deprisa que parece que quisieran rasgar la tela del cielo.

Fuera de sus casillas

Orfeo, desencantado de la vida, se había retirado a  los montes de Ródope. Nada le interesaba ya excepto tocar la lira y enamorar con su música a la naturaleza toda. Árboles, plantas y piedras, hechizados por la belleza de esos sonidos, rompían su inmovilidad y se escapaban para ir a escucharlo. Los ríos trastocaban sus cauces, los pájaros ni a trinar se atrevían y atendían en silencio para aprender de aquel maestro. Hasta las fieras más salvajes se amansaban y preferían el concierto antes que la caza.

A su melancólica manera, Orfeo disfrutaba de una cierta paz aunque ni un solo momento dejaba de pensar en Eurídice a la que por dos veces había perdido. La primera fue en la misma boda, cuando una serpiente la mordió en un pie y con su veneno la mató;  la segunda cuando logró llegar hasta el inframundo para rescatarla. También para ello utilizó la música, con ella doblegó al Can Cerbero, un perro de tres o cincuenta cabezas (no se ponen de acuerdo en el número) que impedía el paso a los vivos y la salida a la muertos y ablandó a los dioses de los submundos, Hades y Perséfone que, conmovidos,  dejaron salir a su mujer.

Como condición le pusieron que en el camino de vuelta, él fuera delante y ella detrás y que no se volviera a mirarla hasta que los rayos del sol bañaran todo su cuerpo. Obedeció, pero le fallaron los cálculos pues cuando ya pensaba que Eurídice estaría iluminada por completo, se giró, la contempló y comprobó con horror que un único pie seguía en la sombra. A esta chica los males le entraban siempre por un pie. Al momento se desvaneció en el aire como si nunca hubiera pisado esta tierra.

Pues una tarde primaveral, de cielos muy azules, temperaturas suaves y vencejos llenando el aire de alegres gritos, un grupo de mujeres decidió soltarse la melena y los instintos y subirse al Ródope a celebrar un rito en honor a Baco o Dionisio. Ellas lo llamaban rito pero más se asemejaba a un descontrolado botellón. Bebieron, se drogaron con sustancias alucinógenas, mataron a unos cuantos animales pequeños y se los comieron, se desnudaron y comenzaron a bailar y a dar gritos más propios de bestias que de humanas. Una de ellas, mientras giraba con los brazos en alto, vio a Orfeo subido en lo alto de un cerro.

Eh, tú el de la música, baja con nosotras y nos amenizas, le sugirió.

Eso, eso, ven aquí, te lo vas a pasar bien, le animaron las demás.

Pero Orfeo con educada indiferencia dijo no, gracias, muy amables pero paso, estoy bien aquí. Y siguió dándole a la lira, muy concentrado.

Ellas sintieron ascender en su interior la rabia del rechazo, estaban borrachas y drogadas y los buenos sentimientos, si es que los tenían, se los habían dejado en casa. Les fastidiaba la imperturbabilidad del hombre, les llenaba de ira que siguiera tocando su música, que las ignorase de ese modo tan grosero.

Ya que no quiere unirse a nosotras y parece tan tranquilo, vamos por lo menos a sacarlo de sus casillas, dijo una. Y le lanzó una rama que le dio en la boca. Esa primera rama no le hirió pero después vino una piedra y luego otra y otra, las mujeres daban palmas, excitadas, tocaban con furia sus flautas en forma de cuerno, sus tímpanos y tambores, aullaban con desafuero. Con todo ese jaleo consiguieron imponerse y acallar la voz del cantor, que era lo que querían. Y arreció la lapidación.

Andaban por ahí también unos campesinos arando los campos, horrorizados por el espectáculo de las bacantes, salieron corriendo y dejaron sus aperos tirados sobre la tierra. Rastrillos, azadas y azadones les sirvieron a ellas para despedazar al ya medio muerto Orfeo.

De sus casillas, si es que por casillas se puede entender a nuestro cuerpo mortal, el que por un lado nos distingue pero también nos limita y separa, le habían sacado. Su alma se escapó por la ensangrentada boca y voló liberada.

Cuenta Ovidio que mientras, en la tierra, le lloraron todos los animales, los bosques y hasta las duras piedras, que los árboles perdieron de golpe todas sus hojas, que los ríos se secaron y que las ninfas del lugar se enlutaron vistiéndose con túnicas de lino negro.

A todo esto, la cabeza y la lira de Orfeo bajaban por el río Hebro, de la lira seguía brotando música aunque era tristísima y de la cabeza, poemas, el nombre amado, profecías…Cuando ya llegaba al mar, cerca de la isla de Lesbos, se la quiso comer una serpiente  por lo que Apolo, el padre de Orfeo, la transformó en roca.

Pero lo que le ocurriera a su desperdigada carcasa ya no le importaba nada a Orfeo, su sombra había descendido bajo tierra y ya abrazaba a la de Eurídice con amor apasionado

Juntos caminan ya para siempre, muy felices, fuera por completo de sus casillas.

En mayo (un poema de Adam Zagajewski)

En mayo, atravesando el bosque al alba

me preguntaba dónde estabais, almas

de los muertos. Dónde estabais, jóvenes

desaparecidos, dónde estabais, del todo

transfigurados.

En el bosque reinaba el gran silencio

y oía soñar las hojas verdes,

oía soñar a las cortezas, hechas para construir

barquitas, naves, velas.

Luego, arrancó lentamente el gorjeo de los

pájaros, jilgueros, tordos y mirlos ocultos

en los balcones del ramaje; cada uno hablaba distinto,

con otra voz, sin pedir nada, sin

amargura ni pena

Y comprendí que en el canto estabais,

inalcanzables como la música, indiferentes como

notas, lejos de nosotros como nosotros

de nosotros mismos.

Por siempre viejas

Ni falta hace decir que los dones del mundo están mal repartidos. En lo que a ojos respecta, si el gigante Argos tenía cien, las tres hermanas Grayas solo tenían uno o, mejor dicho, un tercio del mismo, ya que el único ojo era compartido. Y lo mismo les pasaba con la dentadura; para las tres, un solo diente. Comían por turnos y miraban por turnos y así se apañaban estas míseras mujeres sin pasado que recordar ni futuro que esperar.

Las tres hermanas habían nacido ya ancianas, sin pasar por la infancia ni transitar por la juventud y la madurez.  Sus nombres eran Dino, “ Mari temor”,  Enio, “ Mari Horror”  y Penfredo, “ Mari alarma”. Vivían en una cueva en el país de la noche rara donde nunca luce el sol, ( eso no es raro tratándose de una noche), pero tampoco la luna (eso ya sí).

Su vida, si es que a lo que tenían se le puede llamar así,  acabó cuando Perseo, que se dirigía a matar a Medusa, se topó con ellas para que les indicara el camino que llevaba hasta las Gorgonas, otras tres señoras de muy mal pelaje. Mientras las Grayas se pasaban con ansia el ojo de una a la otra para comprobar si el muchacho estaba tan bueno como les había dicho Dino (la que lo llevaba puesto en ese momento), Perseo se lo robó y lo arrojó al lago Tritonis. A orillas de este lago nació la diosa Atenea y por él pasaron también los omnipresentes Argonautas, (pesaditos eran).

Al perder el ojo, las Grayas se quedaron dormidas por siempre jamás.

Venga usted al mundo para esto, para ser siempre vieja, para vivir sin ver la luz y para  pelearte a todas horas con tus dos hermanas o bien por el ojo o bien por el diente.

Como eran hijas de dos dioses marinos, Ceto y Forcis, y habían nacido con el pelo gris se las considera la personificación de la espuma del mar. Por consideraciones poéticas que no quede. Tal vez fue un bonito regalo que quisieron hacerles para resarcirlas de tan mala fortuna o para acallarlas si es que les daba por quejarse. Anda, anda, pero de qué protestáis tanto si sois iguales que la espuma del mar. Ya, pero es que solo tenemos un diente. Suerte que habéis tenido, la espuma no tiene ninguno.

La única ventaja que  veo a su condición  es que como nunca habían sido jóvenes no tenían añoranza de los tiempos de su mocedad ni podían verse en fotos pensando “pero qué mona era yo, pa lo que hemos quedao”. Por otro lado, como vivían solas y en un lugar oscuro, sin relacionarse con nadie más y sin cuenta de Instagram, tampoco se comparaban con otros ni padecían del terrible mal de la envidia.

No se veían ni feas ni guapas ni jóvenes ni viejas, eran ellas, las Grayas, las que siempre habían sido, iguales a sí mismas. No podían comer kikos ni turrón de Alicante ni cantar Forever Young ni ponerse a escribir una obra del estilo de “En busca del tiempo perdido” porque hacia atrás no tenían nada que buscar. Y como hacia delante tampoco les esperaba nada, más de lo mismo y lo mismo, no les daba por hacer planes ni por consultar a videntes. Estas sí que sabían vivir el momento presente. En eso eran sabias. A ver, qué remedio.

Cien ojos emplumados

Zeus, padre de todos los dioses, director general del Olimpo y de los cielos, estaba casado con Hera pero no se caracterizaba precisamente por su fidelidad. Su mujer estaba bastante harta de sufrir sus traiciones y  engaños. En esta ocasión Zeus se había enamorado de una de las sacerdotisas de Hera, llamada Ío.

Era un día radiante de sol pero para que Hera no le viera en sus escarceos y devaneos, Zeus arrojó al mundo una espesa niebla y convirtiéndose él mismo en nube (por algo Homero lo llama el recolector de nubes, qué bonito oficio este) se aproximó a su nueva amada de tan gaseosa e invisible manera.

Pero Hera, al ver cómo  el sol desaparecía de forma tan repentina y una niebla venida de no se sabía dónde tapaba las formas de todas las cosas, sospechó. Buscó a Zeus por los bares del Olimpo que solía frecuentar pero nada, que no estaba.  Cada vez más nerviosa comenzó a caminar por aquí y por allá hasta que pilló a su marido en plena acción.

Te vas a enterar tú de lo que es bueno, le dijo, ahora mismo te convierto a la chica en una ternera blanca y se te acabó el amorío, majo. Y eso hizo, pero como seguía sin fiarse de Zeus y pensaba que hasta con la ternera le podía ser infiel llamó a su amigo  Argos y lo puso al lado de la transformada Ío.  Quédate junto a la vaquita y no me la pierdas de vista, le ordenó.

Argos Panoptes, el de todos los ojos, era un gigante con cien óculos al que no se le escapaba ni media. Cuando estaba cansado, se dormía con cincuenta ojos cerrados pero mantenía abiertos los otros cincuenta, así que ni de día ni de noche ni a la hora de la siesta, momento sagrado para él, dejaba de estar vigilante.

A Argos le pareció un encargo de los fáciles, recientemente había tenido que liquidar a la Equidna, una ninfa monstruosa.  “En peores plazas he toreado”, se dijo utilizando un símil taurino, tal vez porque la visión de la ternera le llevara a esos terrenos o porque por pereza mental escogió esa frase hecha. Se sentó al lado de la ternerita debajo de un olivo y a verlas venir con sus cien ojos.

Lo que no sabía él es que Zeus también tenía sus propios planes, no le gustaba que le llevaran la contraria ni que le cortaran el rollo, natural, eso no nos gusta a nadie.  Llamó a Hermes (Mercurio para los romanos), el dios mensajero, maestro del ingenio y de la astucia. Le dio la forma de un pájaro para que volara rápido  hasta el olivo y una vez allí se convirtió en pastor,  se sentó en la piedra de enfrente y, como quién no quiere la cosa, se puso a tocar en su flauta dulce una melodía más dulce todavía. Tan, tan dulce y suave  que Argos cerró cincuenta ojos pero  al rato también los otros cincuenta por primera vez en su vida.

Hermes aprovechó el momento para arrearle en la cabeza con una piedra afilada o para decapitarle, no lo tengo claro. Fuera cual fuese el método, el gigante murió. Hera, para resarcir a Argos, pegó  con mucha paciencia y cuidado los cien ojos de su amigo en la cola de un pavo real, su ave favorita, y allí se quedaron, temblando entre las plumas.

Después, para vengarse de Ío, ató a uno de sus cuernos un tábano que la picaba sin parar, esto la impulsó  a correr para librarse del insecto, corrió tanto que se hizo un larguísimo viaje.

Primero atravesó el mar Jónico que se llama así por ella (Ionio en italiano), se dio unas vueltas por Iliria, Tracia y  el Caúcaso donde se encontró con el pobre Prometeo encadenado, le saludó, le deseó suerte y comprobó que otros estaban peor que ella.

En África pasó junto a las  Grayas, personificaciones de la vejez eterna. Quita, quita, pensó la ternerita, estas también están peor que yo, que por lo menos soy joven aunque tenga una mosca que no para de picarme. Y  más tarde con las Gorgonas, que también eran finas. Evitó mirarlas pues si lo hacía se convertiría en piedra. Y ya bastante tenía con ser ternera mosqueada.

Por fin llegó a Egipto donde la esperaba Zeus que la devolvió, a base de besos y caricias, a su condición mujeril.

En resumen, que si veis a un pavo real que, por cierto,  están ahora en celo y pegan unos aullidos maullidos que son de temer, y despliega su bella cola para atraer a las damas pavas, fijaos en esos ojitos que  la adornan.

Los del gigante Argos son. Que lo dice el mito.

Los ojos de Argos

Lloro por ti, Atalanta

Cuando nació  Atalanta su padre se enfadó porque era una niña, en vez del niño que él había soñado, así que la abandonó en el monte Partenio y se volvió para su casa a hacer un nuevo pedido, a ver si esta vez le salía más a su gusto.

Una osa que vivía en aquel lugar agreste se la encontró y tras sopesar las dos opciones, “o me la como o me la quedo”, le pudo más el instinto maternal que el depredador y la amamantó y cuidó durante una buena temporada. Pasado un tiempo, cuando la niña ya había crecido,  se aparecieron por allí unos cazadores a los que debió de cautivar con sus habilidades y la adoptaron.

Entre las enseñanzas de una y otros, Atalanta se había convertido en una mujer fuerte, intrépida y tirando a salvaje, adoraba correr descalza por el monte, sentir el viento en la cara, trepar a los árboles y proporcionarse sus propios alimentos. De hacer cola en las cajas del Mercadona no quería ni oír hablar.  No tenía intención alguna de abandonar el bosque en el que vivía ni mucho menos de casarse, por eso se consagró a Artemisa, la diosa de la cacería y los montes y así ya tenía excusa para seguir libre y  a su aire.

Aquellos parajes no estaban exentos de peligros para una mujer bella y solitaria. Dos centauros trataron de violarla pero ella los mató con sus flechas y luego se tumbó a descansar sobre unas rocas mientras miraba la luna y se reafirmaba en su convicción de que esa era la vida que quería, a pesar de sus riesgos.

Mientras tanto, en la ciudad de Calidón campaba a sus anchas un jabalí enorme y feroz,  lo había soltado allí la misma diosa Artemisa, enfadada porque no le habían hecho una ofrenda.  El animal se dedicaba a destrozar  las cosechas  y arrancar todas las vides de raíz y daban tanto miedo sus colmillos elefantiásicos que la gente se refugió dentro de las murallas, los campos quedaron abandonados y pronto llegó el hambre.  El rey envió mensajeros para buscar a los mejores cazadores de Grecia, ofreciendo como premio los colmillos y la piel del jabalí.

A mí el premio no me parece nada atractivo pero a ellos sí se lo debió de parecer porque se apuntaron unos cuantos, entre ellos Meleagro (el propio hijo del rey), algunos de los argonautas (los que iban en busca del vellocino de oro, eran muy aventureros y si no tenían algún lío, se lo inventaban) y la indomable Atalanta. El machismo salió de nuevo a relucir y muchos de ellos, todos hombres, se negaron a participar junto a  una mujer. Meleagro, que se había enamorado de Atalanta, los convenció  para que la dejaran intervenir y empezó la cacería.

La primera en herir al jabalí con una flecha fue Atalanta, lo remató Meleagro pero le ofreció el premio a ella porque consideraba que el mérito había sido suyo. Otra vez se ofendieron los señores porque una fémina se llevaba el trofeo y le arrebataron la piel del jabalí a Meleagro. Este se enfadó, (aquí cuando se enfadaban lo hacían a lo grande),  y los mató. Resulta que a Meleagro las moiras le habían predicho que moriría cuando se extinguiera un tizón ardiendo. Su madre, previsora, había guardado el tizón en una caja, pero ahora, Altea, hermana de los hombres que él había matado, se enfadó también, sacó el tizón de la caja y lo arrojó al fuego. En cuanto se consumió, Meleagro la palmó. Cosillas que pasan.

Todo este lío fenomenal hizo muy famosa a Atalanta, muchos hombres la deseaban y querían casarse con ella pero sobre su vida también pendía una profecía desagradable relacionada con el matrimonio. El oráculo había augurado que cuando se casara se convertiría en animal.

Para quitarse a los pretendientes de encima y como se sabía invencible convocó una carrera, “mi novio será el que me gane, pero al que gane yo, me lo cargo”, pese a esta terrorífica condición muchos se animaron. Ella, bastante chulita, les daba ventaja, pero ni por esas, aceleraba un poco, ganaba con facilidad y, ale, los mataba.

Hasta que apareció por allí el joven Hipómenes, que no era más rápido que ella pero sí más astuto y contaba con la ayuda de la diosa Afrodita, que no entendía el rechazo de la chica por el amor y hasta le sentaba mal, “¿pero por qué no le gusta lo mejor de la vida a esta mujer?, se va a enterar”, se dijo. Le regaló a Hipómenes tres manzanas de oro, procedentes de uno de los árboles del jardín de las Hespérides, lleno de manzanos de frutas doradas que otorgaban la inmortalidad. La treta consistía en dejar caer las manzanas durante la carrera para distraer con su brilli brilli a Atalanta.

Lo cierto es que Atalanta ya estaba enamorada de Hipómenes sin ella misma saberlo, era un sentimiento nuevo para ella y no lograba identificar esa ternura que sentía al contemplar al joven y la pena que le estaba entrando porque sabía que ella era más rápida y tendría que matarlo. Tal vez por eso se paró a recoger la primera manzana y también la segunda, aun así iba ganando, pero cuando Hipómenes tiró el tercer fruto dorado a sus pies, Atalanta se detuvo un poco más de la cuenta y por primera vez, perdió.

Se casaron y la unión fue feliz, los dos se amaban. En una ocasión en la que volvían de regreso de un viaje entraron a descansar en el templo de la diosa Cibeles, les entró un irrefrenable deseo y no se contuvieron.  Buena se puso la diosa por lo que ella consideró una falta de respeto intolerable. “Pues ahora os convierto en leones, para que os vayáis enterando”. Los antiguos griegos pensaban que los leones no se apareaban entre ellos sino con leopardos o con panteras, por lo que el castigo era doble. Y no satisfecha con eso, la diosa  no los dejó libres sino que los utilizó como bestias de tiro para su carro y así por toda la eternidad.

Me hubiera gustado otro final mejor para Atalanta, no se merecía este  tan cruel pero el mito es así, termina mal. Lloro por la niña rechazada y abandonada, por la chica libre y valiente que, tras enfrentarse a tantas injusticias sin arredrarse, justo cuando amaba y era amada fue por siempre esclavizada.