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Se sueña y todo

La casa de Anatolia se caía a pedazos. Quizá no tanto como indica la expresión, pero sí es verdad que las puertas se habían hinchado a causa de la humedad y muchas no cerraban bien, que los azulejos de la cocina se tambaleaban como dientes flojos, que las tablillas del parqué subían y bajaban al pisarlas creando un efecto de piano mudo, que las persianas se atascaban y había que ayudarlas con la mano para que cumplieran su misión, que habían aparecido grietas y descascarillados en la pintura y que todo ese deterioro era parejo al suyo.

Ay, Anatolia, pa lo que has quedao, se decía la mujer cada mañana al poner los pies en el suelo y comprobar que su cuerpo, más que descansado, parecía vapuleado. Y todo esto sin que se hubiera dado cuenta o es que había estado mirando para otro lado. Una mañana neblinosa y fría de febrero comenzó una obra en la casa de enfrente con el consiguiente ruido, polvo y trajín de obreros entrando y saliendo. Pues lo que me faltaba, se quejó, voy a padecer la obra de otro mientras mi casa se va a quedar igual que estaba.

Cuando terminaron los trabajos ya era primavera avanzada, empezaron a meter muebles y a dar los últimos retoques y cada vez que la puerta se abría, los ojos de Anatolia se colaban para admirar el resultado, oiga usted qué maravilla de piso habían dejado. Reluciente y diáfano, parecía más grande que el suyo pese a ser del mismo tamaño, le daban ganas de cruzar en un descuido, cerrar la puerta y quedarse con el bueno. No lo hizo porque era un delito, porque no se atrevía y porque, en el fondo, le tenía cariño a su casa desastre y a sus cachivaches y se hubiera sentido incómoda y extraña en aquel lugar tan nuevo. Una tiene sus rincones, se decía como consuelo pisando sobre las inestables tablillas del suelo.

Lo único que no le gustaba de la casa era el llamador que le habían colocado a la puerta, tenía forma de mano sujetando un pomo con el que supuestamente se golpeaba, la mano era alargada y podría decirse que remilgada, como si le diera asco lo que estaba tocando. La vista de esa mano le causaba la impresión de que no iba a hacer amistad con los nuevos vecinos.

Esos nuevos vecinos resultaron ser una mujer extranjera y una perrita que se llamaba Betsy. Lo sabía porque la mujer la llamaba mucho, Betsy ven acá, Betsy, eso no se hace, vamos a la calle, Betsy y así. Como la perrita solo se comunicaba con su dueña ladrando, el nombre de la mujer lo desconocía, le parecía muy elegante aunque no hubiera sabido explicar en qué consistía su elegancia ya que iba vestida como casi todas, con zapatillas deportivas, un bolso cruzado en bandolera y una melena medio suelta medio recogida, como si no se hubiera peinado. Claro que a ella cuando de verdad no se peinaba no le quedaba el pelo así y cuando se peinaba tampoco. Bautizó a la elegante como Abigail, en recuerdo de una telenovela que le había gustado mucho.

La Abigail de la puerta de enfrente era educada pero no simpática, saludaba fría y cortés y se dirigía a sus quehaceres, fueran los que fuesen, marcando las distancias. Cuando Betsy se quedaba sola en casa ladraba mucho y también lloraba.

Que se fastidie, pensaba Anatolia, yo también estoy sola, al menos a ella la sacan de paseo, la llevan como un pincel y la miman con chuches y otras ridiculeces.

Pa lo que has quedado, Anatolia, tienes envidia de un caniche.

Una mañana, movida mitad por la compasión, mitad por el hartazgo, se puso a hablar con ella a través del tabique, venga Betsy, hija, no llores tú más que enseguida viene Abigail y te echa de comer, luego te vas a ir de paseo, mira  qué suerte tienes, de qué te quejarás tanto, so jodía, peor estamos otras y no nos ponemos así, tienes que aceptar las cosas como vienen, te ha tocado un ama que no para por casa, mucho mejor estarías conmigo que de aquí solo salgo a la compra y poco más, lo bien que lo íbamos a pasar, claro que yo comidas de esas de lujo no te iba a dar, eso que te quede claro y ahora a callar que con tanto ladrido y aullido me tienes la cabeza loca.

Chsssss, mira que llamo a la policía y te meten en la perrera, quita, que lo mismo te lo pasabas bien, allí hay otros perros y puede que te saliera novio. Un novio no me vendría mal a mí, pero, ¿sabes que te digo? Que los viejos no me gustan y a los jóvenes no les gusto yo. Natural. Así es la vida, Betsy, hermosa. Y cállate ya. Date un paseo por el piso que bien precioso está, se te cae la casa encima, ¿a que sí? Pero no de vieja como la mía, de que se aburre, de aburrimiento también se pueden caer las casas no te vayas tu a creer, es como las termitas el aburrimiento.

Días más tarde, mientras trasteaba por su cocina oyó un trino de pájaro y abrió la ventana. A ver quién es ese pajarito que viene a verme, ¿eres un mirlo, un gorrión o qué eres tú? Al pájaro no lo vio, pero sí la pequeña y rizada cabeza de Betsy que daba nerviosos saltos tras la ventana de enfrente al tiempo que ladraba tratando de atraer su atención.

¡Pero si es mi vecina! Ahora podemos charlar un poco de nuestras cosas, ¿empiezas tú o empiezo yo? Mejor empiezo yo porque tú no sabes hablar, mira que si te enseño…el susto que se iba a llevar Abigail cuando vuelva a casa o a lo mejor no quieres hablar con ella porque te deja sola, se va con Carlos Alfredo, estarás rencorosa, yo también lo estaría, mejor habla solo conmigo que estoy siempre, me siento en la banqueta y que pasen las nubes por el cielo, las miramos, total, no tenemos ni tú ni yo nada que hacer. La perrita se quedó callada mirando con sus ojos como botones al cielo que le señalaba Anatolia.

Mira cómo se mueven, ¿a qué te relaja? Me está entrando sueño, si me quedo dormida no me despiertes con uno de tus ladridos, dormir es bueno, no siempre pero, a veces, se sueña y todo.

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Mariposario

Cuando el lunes a las siete de la mañana Maika Miraflores se fue a duchar, encontró aleteando por su bañera una mariposa. Era de color blanco con unas manchitas oscuras en las alas superiores, se posó con delicadeza sobre la pastilla de jabón, posiblemente atraída por su olor floral. Maika abrió la ventana que daba a un patio ruidoso y descascarillado y la mariposa se marchó, pero no por dónde había venido, ya que la ventana había estado cerrada durante toda la noche.

¿Por dónde habría entrado? Era raro ver mariposas en enero y en un lugar tan alejado de flores o plantas. Será el cambio climático que todo lo trastoca, pensó. No muy convencida se subió a una banqueta para mirar hacia los pisos de abajo y comprobar si algún vecino había colocado macetas con flores o plantas aromáticas. No vio nada aparte de los cables y los tubos y la ropa tendida y las bayetas puestas a secar en los poyetes de las ventanas, más bien sucios, y el polvo procedente de una obra abajo, en uno de los patios. Una de sus vecinas sí que tenía unos tiestos, pero eran artificiales, un adorno que también había cubierto el polvo. 

Más tarde, por pura curiosidad, escribió en el buscador del teléfono, “mariposa blanca con manchas oscuras”, resultó que su visitante se llamaba Blanquita de la Col.  De la Col le sonó a apellido aristocrático, aunque según explicaba la página a la que le había dirigido el buscador, el nombre se debía a la gran atracción que sentía la blanquita por comerse las coles de los cultivos. A los agricultores no les caía muy simpática.

El martes, en el mismo sitio y a la misma hora, otra mariposa se paseaba por su cuarto de baño. Dubitativa, como si  demasiadas opciones la estuvieran bloqueando,  no se decidía a posarse en nada, era de pequeño tamaño y de un bonito color azul. Maika tuvo la sensación de que sufría y aunque le hubiera gustado observarla un poco más, le abrió rápidamente la ventana para que pudiera escapar, pero, ¿ a qué lugar? Tal vez a algún parque cercano, sí, seguramente.  Y de nuevo la misma pregunta, por la ventana no había podido entrar, estaba cerrada. Quería saber su nombre y volvió a escribir la descripción en el buscador. Se llamaba Ícaro y solía frecuentar los lugares abiertos como praderas de leguminosas, bordes de campos, huertos, terrenos baldíos o jardines. De los cuartos de baño no decía nada. Raro, raro, rarito, dijo Maika Miraflores mirándose con fijeza en el espejo.

Durante toda la semana siguieron apareciendo mariposas, llegaban a diario, de una en una, y se comportaban de manera diferente, mostrando su especial personalidad. La del miércoles, con franjas rojizas, resultó ser alocada y temeraria, se posaba por todas partes como impulsada por un acuciante deseo de algo, no tenía miedo de la cercanía de Maika y aleteaba dando tumbos, el rumbo perdido. Después de investigarla, entendió el proceder de la llamada Atalanta, le gustaba tanto succionar los jugos alcohólicos de las frutas maduras que solía acabar borracha.

Por el contrario, la visitante del jueves era tan discreta y asustadiza que al principio no la vio, se había refugiado en el borde de la toalla y permanecía inmóvil con la esperanza de no ser descubierta. Pero lo fue, no era fácil ocultar el color anaranjado de sus alas punteadas de negro y bordeadas de blanco. A ella también le abrió la ventana, a todas se la abría, pero esta no quería ni quedarse ni marcharse, el cuarto de baño le daba miedo y trataba de buscar rincones donde esconderse, pero tampoco se atrevía a lanzarse al mundo exterior. La atrapó con la toalla y sacudiéndola, la soltó por la ventana. Sospechaba que un ser tan pusilánime no iba a sobrevivir ahí fuera, aunque quién sabía, tal vez la salvara su prudencia. No fue difícil de identificar, se llamaba Doncella tímida.

De una en una siguieron apareciendo hasta el sábado, pero el domingo no había solo una, sino muchas, un nutrido catálogo de especies, ninguna igual a la otra. A Maika Miraflores esa profusión de mariposas ya le resultó desagradable, brotaban de todos los rincones, se le posaban en el pelo, bailaban y hasta parecían reírse. Como si una legión de diminutas hadas chifladas se hubiera colado en su casa, ¿o serían almas a la deriva con ganas de jugar? Ella no creía ni en hadas ni en almas ni en la resurrección de los muertos. Uno vivía un tiempo aquí y luego…luego nada, se disolvía. Con la toalla de manos las fue espantando a todas, estuvo un buen rato hasta que, agotada, se aseguró de que no quedaba ninguna. Ahora les tenía miedo, la inquietaban, ojalá no se presentasen más.

El lunes siguiente abrió la puerta con cuidado y asomó la cabeza antes de entrar a ducharse, temía encontrarse con la banda de lepidópteras invasoras. Nada, ni muchas ni pocas ni dos ni una. No estaban. Y no volvieron. Primero sintió alivio pero después, con el paso de los días se fue instalando en su ánimo una especie de decepción, de caída brusca en el cotidiano aburrimiento. Le dio por recordarlas con nostalgia y no tuvo que hacer muchos esfuerzos porque las mariposas se habían ido, pero no de su cabeza, por su mente siguieron revoloteando ya para siempre, mezclándose con sus pensamientos, en general bastante prosaicos, dándoles luz, embelleciéndolos.

El mundo y sus misterios

La familia de griegos ocupaba un puesto en el mercadillo, debajo de un cinamomo. Vendían pájaros de cerámica. Al proceder del mismo molde, todos los pájaros eran de igual forma y tenían idéntica posición -las alas desplegadas como si fueran a volar-, solo se diferenciaban por la capa externa que los recubría.

Entre la madre y los dos niños se encargaban de pintarlos con colores muy llamativos. La madre, una vez cocidos y secos, enhebraba un cordel a través de un pequeño agujero que tenían en la cabeza. Del final de ese cordel colgaba, también engarzado en el mismo, un trozo de palo simulando una rama sobre la que se apoyaban los pajaritos.

Al cinamomo acudía a alborotar un grupo de pájaros de verdad, diminutos, como bolitas de plumas con una larga cola, se movían veloces entre las ramas, trinaban y armaban mucho jaleo. Esos pájaros verdaderos, de color pardo o grisáceo, se llamaban mitos, nombre que ignoraba la familia del puesto. Apenas se habían fijado en ellos, pues su principal preocupación era conseguir vender a sus hermanos artificiales, lo cual lograban a medias y según se diera el día.

El padre se llamaba Dimitris, de apellido Mitropoulos, algo emparentado con el nombre de los pájaros de verdad que revoloteaban entre las ramas y hacían acrobacias sobre su cabeza y exactamente igual que el de un famoso músico, pianista y director de orquesta de su misma nacionalidad, de quién jamás había oído hablar.

En el árbol también vivía un gato al que una mujer alimentaba, como tenía solucionada la subsistencia, se pasaba el día adormilado, tan enfrascado en sus propios sueños que ni siquiera se molestaba, aunque solo fuera por diversión,  en tratar de cazar a los pájaros.

Desde la comodidad de su rama abría un poco los ojos, contemplaba a través de dos finas rendijas la actividad de sus ruidosos vecinos y el puesto de los Mitropoulos donde se balanceaban, colgados de sus cordeles, todos aquellos otros incapaces de volar exhibiendo sus alegres colores. Y, como un filósofo cansado que por fin ha comprendido que jamás entenderá nada del mundo y sus misterios , los volvía a cerrar.

Cien por cien natural

Había quedado con Lina en una plaza que está a medio camino de su casa y de la mía. Yo llego desde el oeste y ella desde el este. Solemos vernos una vez al año. Podríamos quedar con más frecuencia, pero nos resulta difícil ajustar el día y la hora o puede que sea que tampoco queramos estar juntas más de lo que lo hacemos. Cuando nos volvemos a encontrar después de un año sin habernos visto, a veces ha sido mayor el intervalo, es como si ese tiempo entremedias no hubiera existido, por eso que tardemos en reunirnos no tiene tanta importancia.

Yo soy con Lina como soy con Lina y con nadie más, eso no tiene nada de particular, todos lo hacemos, no es que Lina sea especial, es que hay una parte de mí que solo puede ser así cuando está con ella, es mi yo de estar con Lina, que se ajusta a lo que ella piensa de mí y a cómo se comporta conmigo y viceversa.

 Lina, por ejemplo, cree que yo tengo mucho sentido del humor y corea casi cada una de mis frases con unas carcajadas muy ruidosas y expansivas. Esto a mí me sorprende y aunque siempre responda así, sigo sorprendiéndome en un principio, porque no estoy tratando de ser ocurrente y ni siquiera creo que lo que digo tenga gracia alguna. Luego ya sí, una vez que me doy cuenta de lo divertida que le resulto empiezo a esmerarme y trato de mejorar el repertorio, lo cual, aunque satisfactorio,  me resulta muy cansado.

Lina a mí también me parece graciosa, lo es, tiene mucho desparpajo y ninguna vergüenza y suelta unas verdades por su boca totalmente incorrectas. Lo malo es que te hace esperar porque tiene un sentido del tiempo un poco más dilatado que el mío, así que mientras la espero y me voy poniendo un tanto nerviosa pensando, ¿vendrá o no vendrá? Y consulto el móvil por si me ha puesto un guasap avisándome de que se atrasa o, peor, de que no viene, me dedico a observar el panorama.

Un día no apareció. Esperé bastante tiempo en esa misma plaza, observé mucho el panorama, pero de aquel día solo recuerdo que había muchos gorriones picoteando restos de patatas fritas por encima de las mesas de las terrazas, eso es lo único que puedo contar del  panorama de aquel momento. Le puse un guasap, “¿te ha pasado algo?”, me contestó cuando ya me había ido. Le habían llamado para una entrevista de trabajo, llevaba mucho tiempo en paro, que la perdonase, pero se le había olvidado o no había podido avisarme o ambas situaciones a la par. Le guardé un ligero rencor durante unos días, una semana más o menos, y luego se me olvidó y cuando volvió a llamarme para repetir la cita en la plaza habitual, fui de nuevo y esa vez sí estaba y todo transcurrió como siempre transcurre. Ella riéndose mucho de todo lo que yo decía y yo asombrándome, solo al principio, y luego cogiendo carrerilla humorística. Creo que no le parezco tan graciosa a nadie más. Pero lo  que de verdad pienso no es que lo sea sino que ella es muy alegre y de risa fácil y que se quiere reír, le pone voluntad a la risa.

Había quedado con ella en nuestro encuentro anual, llegué a la hora convenida y me puse a observar el panorama mientras la esperaba. De este sí me acuerdo porque fue hace muy pocos días. Al lado de la tienda de camisones feos vi un sitio nuevo de comida llamado Aziz Istambul, en la puerta aparece dibujado el que se supone que es Aziz, le han pintado una nariz típicamente turca, o lo que el dibujante ha considerado que debe ser una nariz turca, se lo ve corriendo detrás de un pollo, que se supone que es el que luego te vas a comer si entras ahí. También hay unas letras muy grandes que señalan, “cien por cien natural”. Creo que se refiere al pollo, que no es de plástico. De Aziz Istambul sale olor a metro, a túnel suburbano, pero es lo contrario, es el olor a metro el que entra en Aziz Istambul y luego, como no le debe de agradar mucho el local, se vuelve por donde ha venido arrojándose sobre los viandantes.  Pero la sensación que da es que el olor proviene de dentro, que es el propio del lugar.  No creo que Aziz exista, si existe me gustaría ver si se parece al que corre detrás del pollo.

En estas cuestiones tan interesantes estaba pensando mientras a la vez observaba cómo el chino que regenta el bar Antonio miraba su teléfono bajo una pata de jamón y cómo los vendedores de pisos, chicos jóvenes y trajeados, en su tienda de venta de pisos, se dedicaban a dar vueltas en sus sillas con ruedas hasta quedar mareados. Dentro de la colchonería, un único empleado bostezaba una y otra vez, conducta bastante normal si se trabaja en una tienda de colchones, y en una peluquería de hombres con las paredes pintadas de negro, estaban cortando el pelo a un señor que parecía que iba morir en ese mismo instante. El peluquero se estaba esmerando mucho para que entrara guapo donde quiera que se entre tras la vida o para que pudieran contemplarlo sus parientes, si es que los tenía, mientras le durase la guapura. Los neones de un local de apuestas me estaban cegando con su parpadeo verde chillón, así que me giré hacia el lado contrario y por eso no vi llegar a Lina que me tocó el hombro y gritó mi nombre con esa simpatía suya y esa animación que le pone a todo.

Le conté lo que había estado observando mientras la esperaba, el panorama le conté y ella se rio muchísimo, aunque en realidad lo que yo había querido transmitirle era lo sórdido que me parecía todo, pero no lo iba a confesar. Mira mis zapatos, ¿te gustan?, ¿a que son monísimos?, dijo después ella. Te tienes que comprar unos así, vente un día para mí zona y te acompaño a la tienda, vamos juntas. Las dos sabíamos que yo no iría nunca, que volveríamos a quedar al cabo de un año o un poco más, puede que hasta dos años después, y que siempre sería en esa misma plaza.

 Tal vez para entonces  Aziz Istambul haya ya cerrado su negocio cien por cien natural y deje de perseguir pobres pollos con su nariz supuestamente turca, tal vez,  pero lo esencial permanecerá.

Lo esencial es que Lina y yo seguiremos siendo amigas, distantes pero cercanas, a pesar de que una vez no viniera y ahora yo asocie los gorriones a que me den plantón. Cien por cien natural, pero no tanto. Hay pensamientos y sentires que no le contaría nunca porque sé qué ahí no podría colocar detrás su risa. Eso lo estropearía todo.

Habló Cara Sábana

Entre los vientos de ayer y las lluvias de hoy, al hibisco le ha entrado un ataque de otoño súbito. Primero se ha puesto amarillo, como aquejado de una grave ictericia, y después ha ido soltando de golpe casi todas sus hojas. Solo unas cuantas flores han sobrevivido en su copa. La Esmirriadita ha apoyado la mano en su delgado tronco queriendo consolarlo y consolarse a la vez de sus propias melancolías y, al hacerlo, ha notado que se movía como un diente a punto de caer.

Se mueve, ha dicho, se mueve demasiado.

Toñín también ha querido probar y de tres meneos vigorosos ha terminado con las pocas hojas que le quedaban. No está bien plantado, no ha prendido, ha sido su diagnóstico.

Pero tú no te apures, mujer, que esto lo arreglo yo, le voy a poner más tierra por aquí, y ha pegado tres pisotones para indicar por donde, y luego otro palo al lado atado con una goma, de esas de hacer gimnasia, ¿sabes cuáles?, de esas. También lo voy a rodear con una cerca pequeña para que no se meen los perros. Todo eso le voy a poner. Para que luego digan que Toñín hace poco.

Al oír la palabra perro, la señora Cara de Sábana, que normalmente no se pronuncia sea cual sea el tema de conversación, ha hablado y con mucha claridad, ¿estamos tontos con los perros o qué? Mi padre era pastor, siempre ha tenido perros alrededor, animales listos y buenos, pero nunca entraban en la casa, no como a estos que les ponen hasta tiendas. Que el otro día uno me lamió una pierna, ¿pero tú eres idiota?, eso se lo dije al amo.

Vaya porquería de árbol que nos han puesto, si ya está pa los arrastres y acaba de llegar, había en mi pueblo ¡unos robles!, ¡unas encinas!, ¡unos olmos!, unos fresnos! que eran la gloria bendita. Ahora ya no sé cómo estará porque no he vuelto, pero me gusta repensarlo.

Cuando la Esmirriadita se ha marchado, le ha dicho a Toñín que ella la vio llorar, estaba aquí abajo discutiendo o algo así con el novio ese que tenía, luego el chico se fue, ella lloraba como una descosida, tan mayor y llorando, luego el chico volvió y no sé lo que pasaría porque una tiene sus cosas que hacer, pero, entiéndame, que esos lloros en una muchacha que ya podría tener hijos…son cosas raras que se ven ahora, antes la gente era más recia, más recatada de sus sentimientos, no los iba aventando por ahí.

El que quiera llorar que llore y el que quiera reír que ría y el que quiera las dos cosas pues primero una y luego la otra. Mire para arriba, ¿no llora el cielo hoy? Y bien buenas que son sus lágrimas.

 Cara Sábana, después de tanto palabrear sin estar acostumbrada,  arrepentida y hasta asustada, se ha quedado muda, la cara blanca, lisa y quieta como cama recién hecha.

El hibisco

La primera en verlo fue la Esmirriadita, era temprano, aun de noche, y la luna, un poco abollada, descendía lenta sobre los tejados. Iba la chica arrebujada en su chaqueta, con los ojos entrecerrados de sueño y los pasos desanimados, trastabilló con una baldosa levantada y el impulso del tropiezo la volcó contra su tronco. Ahí estaba el nuevo vecino, pequeño y grácil, un poco esmirriadito también, pero con tres flores rosadas y una más despuntando, plantado en el alcorque de la fenecida acacia.

La Esmirriadita se llevó las manos a la boca para que no se le escapara la sorpresa. Es un árbol, ¡un árbol!, dijo para sí emocionada, ¡y tiene flores!, es un árbol con flores. Un árbol con flores, se fue canturreando hacia el metro, ¿cómo se llamará? Cuando se asomara a la ventana de su sótano no vería su copa pero sí su tronco y a lo mejor hasta alguna rama despistada a la que le diera por nacer un poco más abajo. Caminó más ligera y despejada, soñando con que ese árbol hubiera sido plantado para ella, como un símbolo de algo bueno por venir.

Un poco más tarde, Toñín, apoyado en la escoba, está haciendo las presentaciones a todo el que pasa por delante.  Tenemos árbol y la cosa ha sido así, baja la voz para darle emoción al relato, y narra: uno que vive tres casas más allá, uno que iba a ese gimnasio de ahí y que antes trabajaba en el ayuntamiento, así, moreno y cuadrado, ese pasó por aquí delante ayer por la mañana y como yo conozco a todo el barrio y hablo con todo el mundo, le dije, mira, hombre, que tenemos este hueco sin plantar desde hace años, nos quitaron el que había, luego yo puse otro, me lo volvieron a quitar, mira tú que tienes contactos, a ver si puedes hacer algo y hoy… ahí lo tenéis. ¿Qué? Hay que tener amigos hasta en el infierno.

Es un tipo de hibisco, me parece a mí, dice Anselmo, el profesor, rodeándolo mientras los observa, sí, sí, seguro, hibisco es y la flor se llama rosa de Siria.

¿Y por qué de Siria?, pregunta Sonia desconfiada. No le gusta que le den lecciones.

Digo yo que si ha nacido aquí será una rosa madrileña.

Bueno sí, ha nacido aquí, pero es de origen Sirio, eso quiere decir. O chino, el árbol es chino.

¿En qué quedamos? ¿Chino o Sirio?, ¿No nos habrá puesto tu amigo el concejal un árbol del todo a cien? Yo también he tenido amigos importantes, ¿sabéis quién? Ava Gardner, sí, la misma, cuando trabajaba en esa casa de alta costura que, en fin, nombres no doy, ahí se hacía ella alguno de sus vestidos. Y me decía, venga Sonia, vamos a tomar café. Y yo, Ava, es que no puedo ahora, no me deja el jefe. Era tan guapa que hasta las mujeres se enamoraban de ella, yo no, ¿eh?, no os vayáis a pensar.

El árbol no está mal, un poco flacucho pero lo mismo va engrosando, si se le cae alguna flor, no la tires, me la guardas que la pongo en un jarrón, lo que no consigas tú…y que luego el presumido ese vaya contra ti…mejor no digo lo que pienso, mejor no lo digo.

Todos barren para dentro, responde Toñín, pero yo, barro para fuera, mirad. Y da tres virtuosos escobazos en la acera empujando en dirección contraria a la casa.  Una nube de polvo se desplaza envuelta en su risa. Para fuera, vamos todo lo malo para fuera.

Hibisco, así se llama, insiste el profesor. La repetición es la madre de toda enseñanza.

Sisco, el sisco, tenemos un sisco, repite Toñín no muy convencido de haber acertado a la primera. Habrá que cuidarlo para que nos dure. A este lo cuido yo. Yo lo he traído y aquí se va a quedar, va a llenar esto de flores, ya lo veréis, vamos a tener la entrada más bonita de toda la calle.

“Yo soy la rosa de Sharon, el lirio de los valles”, recita el profesor. Es del cantar de los cantares, aclara para nadie.

Los inactivos, dictamina la Planchá pasando de largo. Así va el país, no trabaja nadie. Hoy ya tienen el día hecho mirando el árbol como tontos y mañana será otra cosa, el que quiere perder el tiempo, lo pierde. Me ponen de los nervios, como la peluquera, que nunca me entiende cuando le explico cómo quiero el corte.

La línea imaginaria

Que la NASA se dedique a misiones de defensa planetaria contra potenciales colisiones de meteoritos no convence a Anselmo, el profesor de matemáticas. En su teléfono ha leído que es la primera vez en la historia de la humanidad que se intenta cambiar la trayectoria d un cuerpo celeste para proteger a la tierra de asteroides como el que hace 66 millones de años provocó la extinción de los dinosaurios. Proteger a la Tierra de lo que viene de fuera, será posible… pero si el verdadero peligro lo tenemos dentro, va mascullando escaleras abajo.

Escucha esto, le lee a Toñín, seguro de que le va a interesar:

“Nos estamos embarcando en una nueva era para la humanidad, una era en la que tendremos la capacidad de protegernos a nosotros mismos de algo tan peligroso como el impacto de un asteroide. Eso es algo increíble. Nunca antes hemos tenido esa capacidad”, esto lo dice Lori Glaze, la directora de la División de Ciencias Planetarias de la NASA, ¿no crees que deberían de dejar de gastarse el dinero en desviar pedruscos? Ese no es el verdadero peligro para la humanidad, el verdadero peligro para la humanidad es ella misma, su modo de vida, ¿sí o no?

Los bigotes escurridos y lacios de Toñín indican a las claras que no pasa por su mejor momento, ni siquiera ha modificado su postura, parece cavilar algo con mucha concentración y hasta obsesión, algo que poco tiene que ver con meteoritos pero sí con sus personales cataclismos.

 Para buscar la mirada de su amigo, que hoy le evade, Anselmo se ha inclinado hacia abajo y el bolígrafo que suele llevar en el bolsillo de la camisa se le ha caído al suelo, ha rebotado dos veces contra el asfalto y se ha quedado ahí, encima de una de las rayas verdes que delimitan las plazas de aparcamiento. Acaban de asfaltar y huele mucho a alquitrán. Se tapa la nariz con dos dedos y vuelve a preguntar con voz gangosa, ¿no  crees que deberían desviarnos a nosotros, a nuestra trayectoria, y no a la piedra?

En un lado los buenos y en este otro, los malos, dice Toñín, que no está para NASAS. Le han llegado noticias de que el señor Pintiparado va difundiendo rumores sobre él, rumores que no solo atentan a su honor, lo cual ya le duele, sino que ponen en peligro su puesto de trabajo. Apoyado en la fachada de la casa , ahí donde la pintura se ha descascarillado y muestra sus entrañas blancas,  ha dedicado buena parte de la  mañana a tratar de desmentir esos rumores interceptando a los que salen y entran del portal,  pero no todos le escuchan y otros, sospecha, no le creen.

 ¿Sabes lo que te digo?, dice alzando la cabeza, que voy a arreglar yo esta pared rota y gratis, si ya lo he hecho muchas veces, yo miro por la comunidad, no me importa trabajar, es lo que siempre he hecho, recojo los paquetes de todo el mundo, tengo la casa llena de paquetes y duermo en un rinconcito, taponado por paquetes y paquetes que no son míos y al día siguiente los reparto, ¿cobro yo por eso?
Claro que no, y no me importa, te lo juro, no me importa, pero luego que no vengan a decirme que no cumplo, que cobro de más. Es la maldad, me ha cogido manía y quiere que me vaya, me quiere echar porque no le caigo bien pero yo les voy a preguntar a todos, ¿se va Toñín o no se va?

Anselmo ve perdidas todas sus esperanzas de criticar a la NASA y de hacer ver a Toñín y a cualquier otro que pase por delante cuál es nuestro principal y acuciante problema. Para colmo acaban de hacer su aparición Sonia y Emilia, con esas dos es imposible hablar de nada serio, ya va a agacharse a por el boli con la intención de marcharse cuando Sonia detiene su movimiento de un brusco manotazo en su pecho.

Tú, a ver, tú que eres profesor de matemáticas y más listo que los ratones coloraos, ¿con quién estás? Porque como me digas que estás con el psicólogo, te mato. Tú tienes que estar con Toñín, nosotras somos del bando de Toñín a muerte, ¡a muerte!, ¿sabes lo que hizo por mi amiga Alicia que en paz descanse? Cuando se le rompió la puerta, se quedó a su lado esperando al cerrajero hasta las cuatro de la madrugada, los dos sentados en la mesa camilla mano a mano. Solo por acompañarla y que no se quedara sola con una puerta abierta. Eso quién lo hace, ¿tú lo haces? Venga hombre ya, qué asco de tío ese que ha venido a fastidiar con sus zapatos de ante de borlas. Y los calcetines a juego, me he fijado, será cursi…

Hay gente muy mala en este mundo, apunta Emilia frotándose la herida del rayo. Estoy preocupada, me noto muy irritable, hay momentos que, os lo digo de verdad, me parece que vaya a explotar. Ayer leí en un libro, cuando me aburro leo, si no me aburro, no, pues leí que existen los rayos latentes, se quedan dentro del árbol y lo van quemando por dentro. Parece que no ha pasado nada y de repente eso se incendia de golpe y provoca la mundial. Mira que si yo tengo un rayo latente y dentro de dos días, fushhhhh, fashhhhhh, estallido, combustión y adiós Emilia. Si ves un montón de cenizas en el tercero D no las barras, Toñín, que puedo ser yo. Me metes en una caja de cartón de esas del Amazon, en la esquina del contenedor tienes todas las que quieras, y se las das a mi hija y que haga un broche o lo que quiera.

¿Con las cenizas un broche, pero eso se puede?, no me parece a mí un material consistente, recela Sonia.

El arte lo puede todo porque no juega con lo real, ¿me entiendes? Y si no, pues que las tire, no sé dónde elegir que me tiren, si es que ya no quedan sitios para estar tranquila sin que te pisoteen los turistas o te meen los perros, está la cosa muy achuchá.

Los buenos en un lado y los malos en el otro, insiste Toñín marcando una línea imaginaria con el canto de la mano.

Nosotras estamos con los buenos y este también. Sonia le pega otro manotazo al profesor, esta vez en el brazo.

Vente pacá, no nos vayan a confundir.

Los cuatro se quedan quietos viendo los coches pasar, unas nubes sucias y traposas cubren sus cabezas.

Antes había gorriones, ahora no se ve ninguno, dice melancólico el profesor.

Están detrás, en el árbol del colegio, por aquí ya no se pasan, como para venir a esta calle con la de ruido que hay, no son poco listos los pajarines. Mira, le voy a decir a mi hija que haga un broche de gorrión.

Sonia se ríe por lo bajo y mientras nadie las mira, las Perejilas, obedeciendo al oscuro mandato de la vida, crecen y crecen.

Un enemigo ha brotado

Como psicólogo que soy a mí no se me escapa nada, advierte el señor Pintiparado a un grupo de vecinos. A mí es raro que me engañen porque yo las cazo al vuelo, veo venir a la gente, es que la veo. El grupo de oyentes se ha puesto tenso, casi todos tienen algo que les avergüenza bien oculto en sus cajones secretos, algo que temen que pueda ser descubierto por los demás. Para disimular han sonreído complacientes.

 Os lo digo para que os vayáis haciendo a la idea, en este edificio he detectado muchas irregularidades y voy a sacarlas a la luz, sé que puedo provocar enfrentamientos y que habrá personas que no se lo tomen bien, lo sé y lo asumo, estoy decidido a destapar las verdades y eso va a doler.  Una de las verdades es que ese Toñín… no es lo que parece.

De Toñín no hables mal, ni me lo toques, tú serás todo lo psicólogo que quieras y sabrás mucho, pero ¿quién me lleva las bolsas cuando vuelvo cargada?, ¿quién me hacía la compra cuando estuve mala?, que bien mala que estuve, a puntito de caerme rodando por el escalón que te lleva a ese sitio que ya sabéis. Pues él, en lugar de huir como hicieron casi todos los demás, me subía la compra y me hacía compañía Y siempre tan alegre, cantando, riendo, ese hombre es lo mejor de la casa, qué digo de la casa, de la calle y del barrio entero.

Para reafirmar sus palabras Sonia se ha llevado una mano al corazón mientras con la otra sujeta las correas de los dos perros maltratados que pasea.

Majísimo, añade Emilia, a la que no partió un rayo, liante pero majísimo, limpia poco y mal pero majísimo, todas lo queremos porque nos canta canciones y nos llama princesas.

El encataviejas, lo que yo te diga, ha murmurado para sus adentros el Pintiparao.

Aquí estamos confundiendo sentimientos con realidades, ha matizado después izándose a sí mismo como si tirase de una cuerda interior, yo no he dicho que no sea afable ni que no albergue bondad en su corazón. Lo que he dicho es que ejecuta sus tareas con dudosa legalidad y declarada chapuza.

Qué bien habla este hombre, ¿verdad?, le ha dicho por lo bajo Emilia a Sonia y es así como elegantón y muy bien compuesto.

Bah, ha contestado Sonia, yo sé a dónde quiere ir a parar y no me gusta, así que me voy que los perros tienen que pasear y yo también.

Amparado en la deserción de Sonia el grupo se ha ido dispersando con lentitud. El psicólogo adivino se ha quedado solo bajo los largos hilos de araña que se mecen por el cielo. Alguien tendrá que poner el cascabel al gato, alguien tendrá que colgarle el cascabel porque aquí las cosas no se están haciendo en tiempo y forma. Y eso no, no, no se puede consentir.

Por las escaleras baja cantando Toñín, viene del tercero donde ha estado arreglando una luz, “y si el niño está malito, dale chocolate, chocolatito para el niño que cura todos los maleees. Ay que el niño está malitoooo».

Al llegar a la calle contempla a sus perejilas con orgullo, han crecido tanto que ya no son colegialas, sino universitarias. Reflexivo, se apoya en la tapa naranja del contenedor de basura, no es psicólogo pero de sobra sabe que además de perejil le ha brotado un enemigo.

¿Y las libélulas?

A la Esmirriadita la calle le parece triste desde que ha vuelto de sus vacaciones. Las chinas que pintan las uñas asomadas a la puerta de su negocio, el señor laringectomizado con un apósito enorme en su garganta que saluda con un gesto de cabeza porque hablar no puede, las chicas de la panadería que dicen, “todo bien, no nos podemos quejar” y ese mismo “no nos podemos quejar» parece un lamento, las aceras otra vez abiertas como en herida permanente, los árboles mustios, agotados de calor,  la suciedad, el ruido del tráfico y todos esos transeúntes con pinganillos blancos incrustados en las orejas, ausentes y apresurados cyborgs.

Pero como la calle es la de siempre o no demasiado distinta a la que otras veces ha pisado, deduce que es su propia tristeza la que se filtra en ella y la mancha. Se siente como un caracol que va dejando una baba pegajosa de apatía y languidez sobre las aceras.

Pero al parecer no se le nota. Se encuentra a Sonia, lo cual no es difícil, le dice que está guapísima, que ese vestido azul  es precioso y qué que tal ha pasado el verano. Y ella agradece que no perciba su interior porque si no se detecta no será tan grave su malestar, solo una melancolía pasajera. Se mira el vestido azul como si nunca se lo hubiera visto, como si fuera el vestido de otra y se le hace extraño ese estampado de gatos con gafas sobre la tela ¿por qué lo lleva, por qué lo eligió?

No es verdad que sea bonito ni que ella esté guapa, acaba de verse en el espejo de una tienda y tiene muy mala cara, está pálida, los ojos ribeteados de ojeras y el pelo sucio porque le dio pereza lavárselo ayer y se prometió, “mañana”, que es lo que se promete últimamente. Y como mañana siempre está ahí, al otro lado del día que sea, basta con pronunciar esa palabra y sentarse a descansar del cansancio de no haber hecho lo que tenía que haber hecho. Porque lo no hecho le cansa tanto o más que lo ejecutado.

Todos esos trámites…le dice a Sonia refiriéndose a lo que ha dejado apartado para el siempre pospuesto mañana.

Sonia la mira sin entender y repite, ¡que estás guapísima! y se lo grita como si estuviera sorda, y yo no digo mentiras, ¿y qué tal el verano, te lo has pasado bien?

No he visto libélulas, en todo el verano no he visto ninguna libélula, ¿se habrán extinguido ya? Me da pena, son tan bonitas… sobre todo las azules ¿o las azules no son libelulas?

No sé, hija, yo de bichos entiendo poco, aquí hemos tenido moscas y mosquitos por si te sirve de consuelo y cucarachas también he visto desfilando por la noche que eso parecía el Madrid fashion week o como se llame eso de la moda que hacen.

La Esmirriadita se ha reído enseñando sus dientes asimétricos.

Las libélulas han emigrado hacia el norte porque necesitan agua, se han visto escuadrones de libélulas mudándose hacia hábitats más amables. Las libélulas pertenecen al orden de los odonatos y son muy beneficiosas porque se comen a las moscas y mosquitos.

¡Toma ahí lo que sabe el profesor!, ha exclamado Sonia con admiración, no tanto por el discurso de Anselmo, que no le interesa demasiado, sino por la capacidad que tiene de aparecerse como un fantasma. O como un mago.

Así que se han ido, son más listas que nosotros. Yo también tengo que irme pero aquí al lado, las gestiones, los trámites…

Y con velocidad libelular la Esmirriadita ha cruzado la calle. Al llegar a su mitad el vestido azul ha cambiado bruscamente de dirección y con el mismo empuje volátil ha enfilado en sentido contrario, hasta donde vive la mujer que se ha hecho una casa con cuatro maletas viejas y un trapo por encima. Ahí se ha parado un momento el vestido azul, los gatos con gafas consternados.

Ella sí que es una libélula, tan delgadita, si parece que se va romper, pero mírala qué deprisa va arriba y abajo, ¿para qué? Qui lo sa, le dice Sonia a nadie porque el profesor de mates ya se ha volatilizado.

Las Perejilas

¿Sabes lo que me ha pasado este verano?

Sonia reprime un bostezo, ya se está imaginando que Emilia va a empezar con una narración pormenorizada de algún viaje o, peor todavía,  de diversos traslados pautados de quincena en quincena. De quince de julio a quince de agosto estuve en las rías Baixas, después nos fuimos unos diítas bla,bla,bla, y lo visto, lo dormido, lo bañado, lo comido y lo bebido. No solo se ha pasado todo el verano en Madrid soportando el calor del infierno, sino que ahora, los recién llegados le cuentan dónde han estado y, lo que es peor, le enseñan las galerías de sus móviles. La de la farmacia, que es muy maja, hay que admitirlo y por eso se lo ha perdonado,  le acaba de mostrar toda una ristra de imágenes de su viaje a Egipto y hasta le ha puesto un video de su hijo dando de comer a un cocodrilo como si fuera un pato del parque.

 Lo de las pirámides no es para todo el mundo, entiéndeme, en algunas tienes que pasar por unos pasadizos muy estrechos, a oscuras y de rodillas hasta llegar a la momia. Y todo eso con la diarrea del viajero.

 ¡Ángela, María, Manuela!, ha exclamado Sonia para dar por terminada la conversación. No le atraen las momias y esos parajes tienen que estar de polvo…

Pero no, Emilia no le quiere contar ningún viaje ni traslado, es otra cosa más llamativa. Agárrate, que va:  que me ha caído un rayo, estoy aquí de milagro.

Sonia se ríe creyendo que es broma, pero Emilia se acaba de arremangar el vestido y le enseña una marca en la pierna.

Aquí incidió, explica muy propia ella.

Resulta que yo adoro, pero adoro con toda mi alma las tormentas, no hay nada que me pueda dar más felicidad, sobre todo cuando alivian uno de esos días de bochorno soporífero como los que hemos tenido, pues resulta que estaba disfrutando de una ellas con toda su parafernalia y puesta en escena de relámpagos, truenos, aguas en tromba y olores a tierra mojada que aquello era una bendición del cielo.

En mi terraza estaba, no te digo más,  abriendo así los brazos como diciendo “ven a mí, ven”. No es que yo quisiera que viniera nadie y mucho menos un rayo, pero está visto que hay que tener cuidado con los mensajes no verbales que enviamos. Supongo que él, el rayo, me quiero referir,  lo interpretó mal y no me preguntes cómo, pero se coló por la rendija de la barandilla, noté un latigazo en la pierna, una fuerza violenta me empujó hacia atrás y aterricé, menos mal, en el sofá. Como un amante arrebatado, lo mismo. Y con un poco de mala idea, también tengo que decirte.

Lo que no te pase a ti…

Pues así es, me pasan cosas, pero las resisto. Mira el broche, me lo ha hecho mi hija en conmemoración,  mi hija la artista, representa el rayo.

Bonito es, añade Sonia acercando las pestañas postizas a la cosa roja que zigzaguea sobre el vestido de Emilia. Bonito a la par que original.

Los artistas son originales o no son, zanja Emilia.  Va a venir mañana a comer conmigo, si quieres te la presento, verás qué simpática es, no se da importancia ni nada.

Encantada estaré, miente Sonia. Tanta originalidad le resulta avasalladora.

Por no quedarse atrás y porque ya está harta de que todos le coloquen sus historias sin poder dar réplica alguna rescata un sucedido del pasado y  le cuenta que conoció a la reina.

A la Sofía, acababa de llegar del exilio, tenía una cara de pasmada…vino a la tienda de ropa donde yo trabajaba entonces, era una tienda de alta costura, no te digo la marca, no sea que… no la conocí de entrada y como la vi en la puerta toda alelada, le planté, ¿qué quieres?, así, sin más, porque la mujer no reaccionaba. Y al rato otra vez, ¿que qué quieres? Cómo se puso el séquito, pero ¿sabes qué te digo? Que a mí las realezas ni fu ni fa, no me impresionan, si todos somos iguales, ¿o es que no somos todos iguales?

 Somos parecidos, iguales, iguales, tampoco.

¡Anda!, se asombra Emilia llevándose la mano al broche en forma de rayo, pero si han quitado el trozo de árbol que quedaba, pobre Toñín, estará disgustado, aunque, también te digo, que eso era una guarrería, daba pena verlo, es como si dejas un cadáver en mitad de la acera y que se busque la vida, o la muerte, mejor dicho,  y se descomponga por su cuenta y riesgo. No son maneras.

Toñín está muy bien,  ahora ha plantado perejil en la tierra que ha quedado en el cuadrado y ya está saliendo, mira esas hojitas tan chiquititas, se me parecen a niñas diminutas, a colegialas en miniatura.

Emilia se agacha para contemplar el nacimiento de las colegialas.

Le voy a decir a mi hija que haga un broche, dice cuando se levanta.

¿Un broche del perejil? No lo veo yo eso muy artístico.

No, claro, del perejil no, de las niñas juntas, jugando, niñas verdes, las Perejilas.

Cosas más raras dice esta mujer, piensa Sonia y se sube de un estirón la cintura del pantalón, que tiende a resbalar. Claro que yo también estoy fina, llamar niñas a esas hojas…debe de ser la soledad que me trastorna porque yo artista no soy ni original tampoco. Soy normalita, muy normalita pero no encuentro acomodo, que no encajo ni con unos ni con otros. Me he quedado desencajada, qué le vamos a hacer

Adiós, Emilia, me voy a dar otra vuelta a ver a quién más me encuentro.

Antes de empezar a andar, echa un vistazo a las Perejilas, ¡Qué monas son!, como no he tenido hijas…