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Compañeras

Mi compañera María José se sienta entre la planta de plástico y la ventana. No me quiero parecer a ella, no por nada. O sí por algo, porque ella se empeña en que nos parezcamos. No me gusta tener que verla por obligación, su cara mi horizonte, pero está dentro de mi campo de visión y aunque no la enfoque, la veo. Lo mismo me pasa con la planta.  A las dos las tengo enfrente. Tampoco quiero verla,  no me gustan las plantas de plástico con polvo por encima, incluso aunque no tengan polvo no me gustan, si brillan casi peor. Es como si esas hojas brillantes fueran un reflejo de todo lo falso, de todo lo que por fuera parece bueno, hasta que te acercas y tocas y compruebas que no, que allí no hay vida, que allí no hay nada.

Tecleo muy rápido y con fuerza y sé que a mi compañera  le molesta porque  frunce la nariz, parece un conejo. Es un movimiento involuntario, una respuesta nerviosa de su cara a mi violento teclear. Cuando tengo la mañana considerada y compasiva suavizo el tecleado pero cuando no la tengo  sigo dándole a mi ritmo.  Si le molesta, que se aguante. A mí también me molestan otros comportamientos suyos, su carraspeo, por ejemplo. No tiene nada en la garganta,  carraspea por el puro afán de carraspear.

Yo muevo la pierna derecha. A veces muevo tanto la pierna que su ordenador tiembla, ¿tienes el baile de san Vito?, me dice ella. En ese momento sí la enfoco porque me está hablando y educada soy.  Veo sus rasgos con todo detalle, me los sé de memoria. Sus labios son lo que se denomina bembones, me hacen imaginarla comiendo chuletas pringosas y chupándose luego los dedos con un chasquido. Se  depila mucho las cejas, un arco perfecto enmarca sus ojos que son redondos y están juntos.  Se parece a un búho aunque cuando frunce la nariz es conejo, ¿me verá ella también a mí como algún animal, como a varios animales?

Me da mucha rabia cuando  me dice eso del baile de San Vito, no sé quién era san Vito ni por qué tenía un baile, pero la sola mención de su nombre me hace sentir más deseos de mover la pierna, no de pararla. Me ataco por casi cualquier cosa,  tengo que reconocerlo. Lo reconozco.

No quiero ser como María José y no lo quiero ser  sobre todo porque ella se empeña  en buscar puntos de coincidencia, en aunarse o hermanarse, en hacer conjunto como si fuéramos un mismo ente.  Esta mañana me ha dicho, ¿qué te duele hoy?, dando por hecho que me tenga que doler algo. La verdad es que ha acertado pero me he callado, a ti te lo voy a contar, María José de las narices, he pensado. Le ha dado igual mi silencio, ha pasado por encima y me ha contado que ella llevaba un mes con una tendinitis, se ha señalado el brazo por donde me ha parecido ver unas cuerdas muy estiradas y a punto de romperse   y luego ha añadido, “los cuerpos ya no son los que eran, el tiempo pasa, queremos abarcarlo todo pero no se puede, no se puede”.

Me ha fastidiado tanto que considerara que su cuerpo y el mío eran iguales, sujetos a la misma y penosa situación y que pensara que yo, al igual que ella, no me resigno y quiero abarcarlo todo,  que me he acordado de la estatua de la fuente,  la que veo cada mañana cuando paso por la plaza. Representa a una especie de demonio enfurecido que le mete la mano en la boca a un león, creo que le está arrancando la lengua. Le he arrancado la lengua a María José y ya más en paz he seguido tecleando.  Ella ha carraspeado unas cuantas veces y luego ha cantado por lo bajo, pero no tanto como para que yo no pudiera oírla, un anuncio de hace años, “Ajax pino, los poderes del pi-no”

Qué asquerosa, me lo ha pegado, no he podido dejar de canturrearlo en mi interior hasta la hora de salir. Y cuando ya nos íbamos, al retirar los abrigos de la percha que por cierto son los dos azules y de Zara, me ha dicho ” ay, toma, te he traído un regalito. Es una muestra de mascarilla al aceite de argán, como las dos tenemos el pelo fosco…”

Gracias, pero nunca me pongo nada, ha sido mi respuesta. Es mentira, me unto todo tipo de potingues en el pelo con la intención de que se alise. La he visto fruncir la nariz de forma involuntaria y al verla así, con su pelo fosco, su desconcierto y su gesto de dolor al ponerse el abrigo a causa de la tendinitis, me ha dado mucha pena.

“Ajax pino, los poderes del pi-no”,  he vuelto a cantar ya en la calle hasta que me he colocado los auriculares. Ya bajo los efectos euforizantes de mi propia banda sonora he pensado que sí, que sí que nos parecemos en lo básico, las dos tenemos cuerpos biodegradables y mortales y estamos obligadas a desperdiciar gran parte de nuestra corta vida una enfrente de la otra con una planta artificial cerca de la ventana intentando darnos el pego, como si buscara una luz que no necesita.

He decidido conmovida que mañana iba a ser más simpática , que le iba a aceptar la mascarilla al aceite de argán y que iba a hablar con ella de los problemas del pelo fosco, que le iba a contar lo que me duele para lamentarnos juntas. Que iba a teclear más suave y a mover menos la pierna pero en mi fuero interno, esa especie de núcleo verdadero que todos tenemos dentro, he sabido que no, que volveré a ser la compañera habitual poco comunicativa, que me molestará tenerla delante con sus labios de comer chuletas, que me irritará su carraspeo y que cuando me diga, ¿tienes el baile de San Vito o qué? desearé arrancarle la lengua  como el demonio furioso al león de piedra.

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La diosa tranquilita

Se acabó el puente para bien o para mal, lo digo por si alguno se ha despistado. Hemos estado en nuestro pueblo,  el Toni pretendía huir de las masas pero le ha salido mal la jugada. Estaba hasta los topes de personas deseosas de vivir una experiencia rural, ellos lo llaman así, y desconectar de sus trajines diarios. Tanta gente desconectando a la vez ha dado como resultado colas, aglomeraciones y hasta atascos, más o menos como en Madrid pero con más frío y paisaje rústico alrededor.

Muy bien, majos. A mí el pueblo no me gusta cuando se comporta como tal, con su soledad, sus viejos del palillo en las esquinas, sus campanas lúgubres y sus  perros ladrando, de preferencia por las noches.

Al Toni sí, por eso se subía por las paredes y por los riscos,  venga que si la humanidad es peor que la plaga de la langosta, que ya no hay suelo que se libre de las pezuñas de la multitud y que como le estropeen su monte se suicida. Lo de siempre, vamos. Furibundo el hombre.

Total, que como ya os imagináis porque siempre sigo el mismo esquema, antes de enfrentarme al lunes y a la siesa de la aspiradora,  qué manía nos tenemos esa máquina y yo, me he pasado a saludar brevemente a la Esme.

¿Y qué tal estos días de fiesta?, le he preguntado sin pretender ser original.

Muy bien, tranquilita, me ha respondido ella.

Me alegro mucho, Esme, no puedo decir lo mismo, el pueblo estaba lleno y eso al Toni le ha puesto…

¿Cómo que te alegras?  se me pone ella, ¿es que todavía no sabes que cuando alguien te dice “muy bien, tranquilito” el mensaje oculto que te está transmitiendo es que se ha aburrido hasta la desesperación? Lo que pasa es que nadie lo quiere reconocer. Lo peor que le puede pasar a un ser humano de nuestros días es que se aburra y, todavía peor, que se lo noten. Nadie lo confiesa ni bajo tortura. El porqué no lo sé pero está muy mal visto, es de perdedores.

Esme, me estás liando, ¿te has aburrido entonces sí o no?

En plan tranquilo he estado. Todo muy bien, muy correcto, muy en orden, muy armonioso. Hasta he puesto el árbol de Navidad. Luego lo he mirado fijamente y he pensado contemplando las piñas purpurinadas,  qué bajo has caído, Esmeralda, solo te falta amasar pan cantando una alegre cancioncilla. Y ya está, no tengo más que añadir.

Bueno sí, espera, también he visto pasar muchos autobuses y mientras lo hacía he comprendido lo de las vacas que miran al tren. Las Esmes urbanas miramos los autobuses ¿Qué más? Se han caído las hojas, muchas, un no parar de despelotarse los árboles. Ah, y un macetero a mi vecina. Casi mata a unos transeuntes. Después han venido los bomberos y han acordonado la zona. Uno de ellos estaba muy fornido y vistoso pero me ha dado exactamente lo mismo y he seguido mirando los autobuses.

Qué raro, Esme. Pero si tú llevas a la Afrodita en tu interior, ¿ni una miradita al bombero?

No, pasando mucho. La  Afrodita que antes me habitaba ha debido de hacer mudanza. Ahora ya no sé qué diosa me vive dentro. Puede que ninguna. La tranquilita, me estoy temiendo, ¿o será la coñazo?, ¿existirá? Míralo en el libro de las diosas de cada mujer.  Ni siquiera tengo ganas de inventar. Pero, ¿por qué te marchas? Sí, ya, que llegas tarde, excusas . Es que te aburro, te aburre mi tranquilita interior,  desde cuándo eres tú puntual. Quédate un poco más, venga, podemos mirar juntas cómo surcan el asfalto los autobuses azules, es entretenido. Y tranquilito.

 

No contrastes las fuentes

Me he encontrado a la Esme esta mañana muy enfrascada en sus propios enfrascamientos, lo que quiere decir mareando la perdiz en internet pero que a base de bien. Se puede llamar también navegación, por darle al símil marino. Gusta mucho a la realeza esto de los símiles marinos, por eso en sus discursos están siempre dale y dale con la singladura. Queda finísimo.

Digo, Esme, maja, levanta la cabeza y hablemos cara a cara como en la prehistoria, ¿ es que no me has visto?

Como para no verte con tu volumen y tu masa, solo me estoy haciendo la longuis. Es que tengo mucho trabajo con las noticias nuestras de cada día.

Qué bien, te has metido a periodista, eso me gusta, ya has vuelto a emprender.

No, no es eso, es que sigo los consejos que tan desinteresadamente nos dan los de Facebook. Dicen ellos que para identificar las noticias falsas hagamos esto: investigar las fuentes, revisar las fechas, consultar otras noticias, prestar atención a las fotos…total que llevo toda la mañana solo con una y todavía no sé si es verdadera, falsa o todo lo contrario.

Menudo curro tiene esto, espero que me den un sueldo a cambio o me hagan alta directiva de lo que sea. Antes las noticias ya venían contrastadas de fábrica pero como ahora hay tantas fábricas…cualquiera con un poco de maña puede hacerse las suyas propias y ponerlas a circular.

Pues piensa que todas son mentira y acabas antes con la singladura, le he dicho yo cual si fuera reina y usara vocabulario real.

Oye, pues sí, tienes razón, voy a probar. A ver, a ver…Kim Jong Un no existe,  ¿cómo va a existir semejante mamarracho?  Su antagonista mostrenco, Donald Trump, tampoco existe, pero si es que es imposible, ¡cómo he podido creerlo! Y el iceberg gigante que se ha desprendido de la Antártida a causa del cambio climático, buenoooo, esa es la típica historia que se acaba de inventar uno que se aburría en la oficina.

Ale, venga, que te invito a un café, qué tranquila me he quedado sin contrastar fuentes.

Huy, qué alegría, Esme, y si puede ser con bollo el café, mejor que mejor. Qué bonita singladura hemos hecho hoy.

 

 

Salinger en la panadería

En mi barrio vive Jerome David Salinger. Me lo encuentro por lo menos una vez a la semana, casi siempre en la panadería, y es raro el día que no se cuela. Con un giro de lo más hábil, toma la posición delantera sin que nadie más se dé cuenta de su maniobra. Tengo ganas de protestar pero, claro, como ha escrito “El guardián entre el centeno” me aguanto y no digo nada.

Para ser fiel a sí mismo, de entre todos los panes posibles compra el de centeno, aunque antes pasa un buen rato dudando y pregunta por la barra de masa madre, por el pan de cristal, por el de siete cereales, por la hogaza rústica… ¡lo que marea el hombre para al final llevarse lo de siempre! Además le pide a la panadera, que se llama Pili, que se lo corte en rebanadas.

Pili pone el pan del caprichoso de Salinger en la máquina rebanadora y mientras esta hace su trabajo y bastante ruido, aprovecha para hablar de su hijo Iván, su tema de conversación preferido.

Me tiene un cuarto Iván que no te lo puedes ni imaginar, ni pisar se puede, ¿te puedes creer que tiene toda la ropa tirada por el suelo y el armario vacío?, dice poniéndose en jarras porque es muy jacarandosa.

Y ha vuelto a suspender el carné de conducir, qué hago, ¿lo mato?

No sé por qué se dirige a mí y no a Salinger, que es al que está atendiendo, pero se ve que con él no tiene tanta confianza, tampoco ayuda mucho el gesto hosco del señor.

O es porque sospecha o se imagina que yo pudiera tener uno o varios Ivanes viviendo en casa. Yo nunca le he dicho ni que sí ni que no y me limito a poner cara de “entiendo por lo que estás pasando”, Pili, guapa.

Salinger, pese a haber escrito sobre un adolescente, no se muestra nada interesado en las andanzas del chaval, se ve que ya tuvo bastante con Holden Caulfield y ahora tiene otros intereses o los está buscando. Así que después de analizar el contenido del mostrador se pone a mirar por la ventana.

Observa a la gente que pasa, los árboles, dos mirlos muy locos que cruzan de una acera a otra sobrevolando el tráfico y diciéndose cosas entre ellos. Mira a la pareja que se mete dentro del contenedor de papel para llevarse su contenido y luego venderlo, a la farmacéutica que sale a que le dé el aire a la puerta de su farmacia con unos zuecos brillantes. A mí me parecen horrorosos pero creo que a él le gustan los destellos que lanzan en mitad de la calle gris. Cosas así mira.

Como la semana pasada no lo vi pensé que se había muerto porque debe de ser centenario o casi, pero hoy hemos vuelto a coincidir en la panadería ¡Tendrá morro!, otra vez se me ha colado con su habilidoso giro avanza posiciones. Se nota que fue agente de inteligencia en sus años mozos. Y de nuevo a preguntar por un pan y por otro y por otro.

Si te vas a llevar el de siempre, Jerome David, son ganas de molestar a Pili y de hacerme perder el tiempo, con la prisa que llevo hoy. Eso es lo que me hubiera gustado decirle pero no me he atrevido, no quiero que se dé cuenta de que le he reconocido porque sé que odia que le presten atención.

Como él mismo dijo, los sentimientos de oscuridad  de un escritor son su segunda propiedad más valiosa. Estoy bastante de acuerdo, con eso y con que Iván tiene un cuarto que no es normal. Es que Pili le ha hecho una foto al desastre nuclear, así lo llama ella, y me ha enseñado el documento gráfico mientras la máquina rebanaba el pan de centeno de Salinger.
Me ha parecido que Jerome David se reía por lo bajo de la foto, de Pili y de mí.

Hasta mañana, abríguese, que por las mañanas hace mucho frío, le ha dicho Pili, muy maternal ella. Él ha respondido levantando el puño como si nos fuera a partir la cara.

Es un borde pero se le puede perdonar por haber escrito un cuento como el de “Un día perfecto para el pez plátano”. Me encanta ese cuento y me hubiera gustado hablar de él con su autor pero sospecho que no hubiera querido, que como mucho me hubiera dicho,  ” si te gusta tanto, leélo otra vez y déjame en paz, yo ya ni me acuerdo”.

No tengo muchas esperanzas de que Pili lo haya leído pero tanteo el terreno,
¿sabes quién es?, le digo señalando la espalda encorvada de Salinger que ya cruza la calle al mismo tiempo que los dos mirlos. Puede que le hayan reconocido esos dos.

¿Ramón?, sí, claro, se le ha ido bastante la cabeza y es pesadísimo, pero a ver, todos nos haremos viejos y maniáticos.
No la saco de su error, tampoco es cuestión de delatar a Salinger, que viva en paz con su pan de centeno rebanado y su tranquilo anonimato lo  que le quede de vida.