Categoría: Uncategorized

Baldosa rota

A Maria del Rosario y a mí nos invitaron a un evento, ¡la de tiempo que hacía que no teníamos nada así, que no íbamos a ningún sitio destacado, que no nos vestíamos de fiesta! Yo estaba como loca de contenta, mi Mari Rose, como yo le llamo, no tanto. Cuando nos dijo Irma, la secretaria del jefe, que nos iban a invitar también a nosotras se quedó muy quieta en su silla, como si le hubiera dado una parálisis repentina y luego,- por suerte que no era eso-, giró la cabeza y se puso a mirar por la ventana con esa cara suya de  «yo no soy de este mundo».

Pero Rosarilla, ¿te has percatao?,  ¡que nos vamos de evento! Y no cualquier evento, no, he oído que va gente de la televisión y hasta algún embajador. Madre mía, qué nervios, ¿qué nos ponemos?, tendremos que ir de compras, vamos a ir divinas de la muerte las dos, eso tenlo por seguro.

Me respondió con un “buffff”, igual que cuando se deja salir el aire de un globo. Bah, le dolería algo, a veces tiene eso de las cervicales que se le agarrotan y luego, lo de sus problemas familiares pero, como le digo siempre, problemas tenemos todos, guapa, y solo se vive una vez. A las penas, garrotazos.  

De la tele, ¿quién iría? En la tele hay tantos…los embajadores me dan más igual, parecen más aburridos,  tampoco creo que se los pueda distinguir a simple vista, si acaso por su dominio del saber estar y por su acento extranjero.

Resumiendo: nos fuimos de tiendas. Hacía una tarde, ¡qué tarde!, primavera en estado puro, el cielo azul resplandeciente, las calles animadísimas, rosas plantadas en los bulevares, ay, ¡una  alegría que me estaba entrando por la espina dorsal, un subidón! Mari Rose refunfuñaba, es que no le gusta ir de tiendas, pero te guste o no,  hay que ir de vez en cuando, no queda más remedio,  sobre todo si te invitan a un evento y de fondo de armario lo más que tienes es polvo.

Entramos en una tienda que por el escaparate me dio buen rollo, la dependienta nos sacó varios vestidos y los desplegó sobre el mostrador. Uno era de color verde con volantes por arriba y por abajo, me encantó,  pero a ella no se le ocurrió nada mejor que decir que parecía un disfraz de lechuga, del otro, uno morado monísimo, que le recordaba a una vestimenta arzobispal. Al final se metió a probarse el tercero, uno gris brillante con un frunce.

Sienta de maravilla, ya lo verá, dijo la vendedora,  no es lo mismo verlo en la percha que puesto, la ropa hay que probársela.

Toda la razón tenía la mujer.  

¿A que huele aquí?, preguntó María del Rosario antes de meterse al probador con el traje gris del frunce.

Es nuestra fragancia personalizada, contestó con satisfacción la vendedora, marca de la tienda, si le agrada tenemos  unos perfumes para el hogar a su disposición.

Pero ¿cómo me va a agradar  este tufo? Tengo la sensación de que ha cobrado forma, siento como si tuviera brazos y me quisiera asfixiar.

Esto me lo dijo a mí, de probador a probador, confío en que no lo oyera la otra porque era muy simpática, estaba haciendo su trabajo y nos atendía muy bien,  esos comentarios no se deben hacer, pero María del Rosario es así.

Los probadores eran muy graciosos, tenían puertas batientes como en los bares del oeste, se cerraban con un ganchito. Dentro, los colgadores para dejar la ropa, no eran perchas propiamente dichas sino las ruedas de unos grifos de tipo industrial. Me encantó. Se lo dije: Mari Rose, qué monos son los probadores, ¿te has fijado en lo de las ruedas?

Espero que esa tía no abra el gas, mi puerta no cierra y hay una baldosa medio rota, mira que si me rompo la crisma y tengo que aparecer en urgencias vestida de lagarterana…

Y la oí reírse sola. Por lo menos se reía un poco, porque tiene un punto sieso la pobrecita mía, no sabe que la vida se compone de pequeños momentos y hay que procurar disfrutarlos. Yo estaba disfrutando mi momento probador y mi momento vestido de volantes que, no es por nada, pero me sentaba no bien , lo siguiente. Para romperle los protocolos a cualquier embajador.

La dependienta se acercó a preguntarnos qué tal.

Genial, me lo llevo.

A mí esto no me va, si es que este frunce, ¿para qué se lo pondrán? Es suficiente con una buena tela, un buen corte, una buena caída.

Menos es más, respondió la vendedora queriendo agradar a tan difícil compradora.

Pues por eso, yo aquí veo más, contestó ella. Qué vergüenza me estaba haciendo pasar.

Menos mal que en ese instante salió una mujer de otro de los probadores y desvió la atención de nosotras, tenía la cara muy roja, como si hubiera estado haciendo flexiones y sentadillas en su interior, lo cual no veo muy factible porque el espacio era más bien exiguo pero hay gente pa tó.

Le entregó un montón de ropa a la vendedora y resoplando con disgusto dijo, para comprarse ropa hay que ser muy delgada o tener veinte años.

¿Quiere que le busque otra tallita?, le preguntó la vendedora como con miedo de su reacción.  Pero la otra ya estaba en la calle, huyendo de sí misma, me pareció.

Tallita, tallita, ¿pero por qué lo dice en diminutivo? Es como esas madres que cuando quieren que el niño se coma la comida dicen pescadito y filetito.

Habla más bajo, Mari Rose, que te va a oír y es cordial, lo dice así por amabilidad.  Pues yo te lo veo muy mono y el frunce te queda bien, ajusta en el sitio exacto donde tiene que ajustar ni más arriba ni más abajo.

Te queda ideal, se unió la vendedora,  ese mismo modelo se lo llevó el otro día una clienta que tiene un estilo impresionante, si luego le añades algún complemento lo subes y  pasas de look a lookazo.

Yo esto no me lo llevo pero ni de coña, me confesó María del Rosario cuando la otra se fue. Y menos si se lo ha llevado la del estilo, ¿qué ha querido decir con eso, insultarme o tentarme?

Miramos en otra tienda, si quieres, podemos entrar en muchas más, las que hagan falta hasta que encuentres algo que te guste. Yo me voy a llevar el de los volantes, es muy bonito, tiene movimiento. Me veía ya bailando y volanteando por todo el evento.

Todo esto de las tiendas me causa vacío existencial, dijo mi Mari Rose, que es muy suya, tropezando con la baldosa rota.

Enigmático

Por la acera de los perros va dando tumbos Rafael. Los tumbos  se deben a una lesión en la espalda que lo dejó medio encorvado y que le hace perder el equilibrio. No lo pierde del todo, ha aprendido a vadearse en la inseguridad y con tumbos y todo no deja de salir todos los días, de hacer sus compras y de completar los pasos que le marca la pulsera cacharro.

Lleva un polo de rayas verdes y blancas y un pantalón gris que fue de un traje, la americana no la conserva pero el pantalón sí, en los pies se ha puesto unas deportivas, no le gustan, preferiría unos zapatos bien lustrados pero esas suelas tan finas no le convienen, así que va a la moda sin querer ir.

En su media vuelta por la acera de los perros se ha cruzado con el  hombre del galgo, uno que tiene una tienda de elegancias donde los hombres se pueden hacer trajes a medida. En el escaparate hay libros que nadie leerá, porque son de adorno, esos libros llevan títulos como “el gentleman inglés” o “moda italiana para hombres” o “le parisien”,  todos son libros grandes, de los que no caben en ninguna parte, libros que cuesta llevar de un lado a otro, casi como puertas, de tapas durísimas, con un forro de papel por encima y páginas satinadas con muchas fotos. No es que los haya ojeado pero sabe de qué habla porque él tiene un libro así, es sobre el antiguo Egipto y sus pirámides, se lo regaló uno de sus nietos y la verdad sea dicha, solo lo ha mirado por encima, porque ni fu ni fa las pirámides a él.

Como en la  estantería no le cabía, lo colocó en la mesa baja con la intención de hacer el esfuerzo de leerlo, pero nunca se da el momento propicio. Cuando va a cenar y antes de  empujar las pirámides hasta la esquina, que vaya lo que pesan, lo abre al azar y lee un par de líneas. Al terminar, las coloca de nuevo en el centro de la mesa ¿Por qué no le interesarán  las pirámides con lo colosales que son, por qué no le interesará el Antiguo Egipto? No lo sabe.

El elegante del galgo se ha comportado bien, ha recogido las cacas de su perro y además con  mano salerosa, que no la tiene cualquiera, con garbo propio de monsieur parisien. Rafael lo estaba vigilando para ver si es de esos desalmados que dejan el suelo perdido. Como lo ha hecho bien,- nada que objetar-, ha seguido su recorrido a tumbos hasta situarse bajo la terraza de su amigo Alfon. Tiene suerte el tío, come y cena ahí, al pairo. Desde abajo lo saluda, qué pasa, hombre ¿cómo te va la vida?, está el mundo que da pena, nada más que guerras, que enfermedades, que desastres, pero nosotros no estamos tan mal, yo aquí dando la media vuelta y tú en tu terraza como el  Amenofis.

¿Cómo quién?

Como el Amenofis, un faraón,  ¿no te los conoces? No le interesa el mundo egipcio pero para dejarlo caer  en las conversaciones,  mal no le viene algún dato.  Le llega un olor apestoso a orines de perro recalentados por el sol.

-Esta esquina tiene unos aromas…

A mí me lo vas a decir, si suben hasta la terraza, ¿por qué no subes tú también? Te lo he dicho muchas veces pero nunca quieres, te me resistes, te me resistes.

No quiere, no, es que tiene que dar su media vuelta y si se para pierde la línea. Además, Alfon es pesado, le gusta más ser su amigo desde abajo que al mismo nivel donde la escapada se dificulta. A él le gusta tener vía libre. Ale, que me voy ya, este cacharro me cuenta los pasos, en cuanto cumpla los que tengo que cumplir me voy para casa.

 Ya va a cenar pero antes abre el libro y lee, “es este uno de los lugares más enigmáticos del mundo”. Un poco perplejo mira a su alrededor porque le parece que lo que ha leído se refiere a algo suyo, pero su casa no tiene nada de enigmática, tan bien se la conoce que ni la ve. Empuja las pirámides hasta la esquina, un poco disgustado con ellas y esos mensajes inquietantes que le mandan. Se levanta  y abre la ventana. Que entre el aire, dice.

 Los vencejos vuelan tan deprisa que parece que quisieran rasgar la tela del cielo.

Fuera de sus casillas

Orfeo, desencantado de la vida, se había retirado a  los montes de Ródope. Nada le interesaba ya excepto tocar la lira y enamorar con su música a la naturaleza toda. Árboles, plantas y piedras, hechizados por la belleza de esos sonidos, rompían su inmovilidad y se escapaban para ir a escucharlo. Los ríos trastocaban sus cauces, los pájaros ni a trinar se atrevían y atendían en silencio para aprender de aquel maestro. Hasta las fieras más salvajes se amansaban y preferían el concierto antes que la caza.

A su melancólica manera, Orfeo disfrutaba de una cierta paz aunque ni un solo momento dejaba de pensar en Eurídice a la que por dos veces había perdido. La primera fue en la misma boda, cuando una serpiente la mordió en un pie y con su veneno la mató;  la segunda cuando logró llegar hasta el inframundo para rescatarla. También para ello utilizó la música, con ella doblegó al Can Cerbero, un perro de tres o cincuenta cabezas (no se ponen de acuerdo en el número) que impedía el paso a los vivos y la salida a la muertos y ablandó a los dioses de los submundos, Hades y Perséfone que, conmovidos,  dejaron salir a su mujer.

Como condición le pusieron que en el camino de vuelta, él fuera delante y ella detrás y que no se volviera a mirarla hasta que los rayos del sol bañaran todo su cuerpo. Obedeció, pero le fallaron los cálculos pues cuando ya pensaba que Eurídice estaría iluminada por completo, se giró, la contempló y comprobó con horror que un único pie seguía en la sombra. A esta chica los males le entraban siempre por un pie. Al momento se desvaneció en el aire como si nunca hubiera pisado esta tierra.

Pues una tarde primaveral, de cielos muy azules, temperaturas suaves y vencejos llenando el aire de alegres gritos, un grupo de mujeres decidió soltarse la melena y los instintos y subirse al Ródope a celebrar un rito en honor a Baco o Dionisio. Ellas lo llamaban rito pero más se asemejaba a un descontrolado botellón. Bebieron, se drogaron con sustancias alucinógenas, mataron a unos cuantos animales pequeños y se los comieron, se desnudaron y comenzaron a bailar y a dar gritos más propios de bestias que de humanas. Una de ellas, mientras giraba con los brazos en alto, vio a Orfeo subido en lo alto de un cerro.

Eh, tú el de la música, baja con nosotras y nos amenizas, le sugirió.

Eso, eso, ven aquí, te lo vas a pasar bien, le animaron las demás.

Pero Orfeo con educada indiferencia dijo no, gracias, muy amables pero paso, estoy bien aquí. Y siguió dándole a la lira, muy concentrado.

Ellas sintieron ascender en su interior la rabia del rechazo, estaban borrachas y drogadas y los buenos sentimientos, si es que los tenían, se los habían dejado en casa. Les fastidiaba la imperturbabilidad del hombre, les llenaba de ira que siguiera tocando su música, que las ignorase de ese modo tan grosero.

Ya que no quiere unirse a nosotras y parece tan tranquilo, vamos por lo menos a sacarlo de sus casillas, dijo una. Y le lanzó una rama que le dio en la boca. Esa primera rama no le hirió pero después vino una piedra y luego otra y otra, las mujeres daban palmas, excitadas, tocaban con furia sus flautas en forma de cuerno, sus tímpanos y tambores, aullaban con desafuero. Con todo ese jaleo consiguieron imponerse y acallar la voz del cantor, que era lo que querían. Y arreció la lapidación.

Andaban por ahí también unos campesinos arando los campos, horrorizados por el espectáculo de las bacantes, salieron corriendo y dejaron sus aperos tirados sobre la tierra. Rastrillos, azadas y azadones les sirvieron a ellas para despedazar al ya medio muerto Orfeo.

De sus casillas, si es que por casillas se puede entender a nuestro cuerpo mortal, el que por un lado nos distingue pero también nos limita y separa, le habían sacado. Su alma se escapó por la ensangrentada boca y voló liberada.

Cuenta Ovidio que mientras, en la tierra, le lloraron todos los animales, los bosques y hasta las duras piedras, que los árboles perdieron de golpe todas sus hojas, que los ríos se secaron y que las ninfas del lugar se enlutaron vistiéndose con túnicas de lino negro.

A todo esto, la cabeza y la lira de Orfeo bajaban por el río Hebro, de la lira seguía brotando música aunque era tristísima y de la cabeza, poemas, el nombre amado, profecías…Cuando ya llegaba al mar, cerca de la isla de Lesbos, se la quiso comer una serpiente  por lo que Apolo, el padre de Orfeo, la transformó en roca.

Pero lo que le ocurriera a su desperdigada carcasa ya no le importaba nada a Orfeo, su sombra había descendido bajo tierra y ya abrazaba a la de Eurídice con amor apasionado

Juntos caminan ya para siempre, muy felices, fuera por completo de sus casillas.

En mayo (un poema de Adam Zagajewski)

En mayo, atravesando el bosque al alba

me preguntaba dónde estabais, almas

de los muertos. Dónde estabais, jóvenes

desaparecidos, dónde estabais, del todo

transfigurados.

En el bosque reinaba el gran silencio

y oía soñar las hojas verdes,

oía soñar a las cortezas, hechas para construir

barquitas, naves, velas.

Luego, arrancó lentamente el gorjeo de los

pájaros, jilgueros, tordos y mirlos ocultos

en los balcones del ramaje; cada uno hablaba distinto,

con otra voz, sin pedir nada, sin

amargura ni pena

Y comprendí que en el canto estabais,

inalcanzables como la música, indiferentes como

notas, lejos de nosotros como nosotros

de nosotros mismos.

Por siempre viejas

Ni falta hace decir que los dones del mundo están mal repartidos. En lo que a ojos respecta, si el gigante Argos tenía cien, las tres hermanas Grayas solo tenían uno o, mejor dicho, un tercio del mismo, ya que el único ojo era compartido. Y lo mismo les pasaba con la dentadura; para las tres, un solo diente. Comían por turnos y miraban por turnos y así se apañaban estas míseras mujeres sin pasado que recordar ni futuro que esperar.

Las tres hermanas habían nacido ya ancianas, sin pasar por la infancia ni transitar por la juventud y la madurez.  Sus nombres eran Dino, “ Mari temor”,  Enio, “ Mari Horror”  y Penfredo, “ Mari alarma”. Vivían en una cueva en el país de la noche rara donde nunca luce el sol, ( eso no es raro tratándose de una noche), pero tampoco la luna (eso ya sí).

Su vida, si es que a lo que tenían se le puede llamar así,  acabó cuando Perseo, que se dirigía a matar a Medusa, se topó con ellas para que les indicara el camino que llevaba hasta las Gorgonas, otras tres señoras de muy mal pelaje. Mientras las Grayas se pasaban con ansia el ojo de una a la otra para comprobar si el muchacho estaba tan bueno como les había dicho Dino (la que lo llevaba puesto en ese momento), Perseo se lo robó y lo arrojó al lago Tritonis. A orillas de este lago nació la diosa Atenea y por él pasaron también los omnipresentes Argonautas, (pesaditos eran).

Al perder el ojo, las Grayas se quedaron dormidas por siempre jamás.

Venga usted al mundo para esto, para ser siempre vieja, para vivir sin ver la luz y para  pelearte a todas horas con tus dos hermanas o bien por el ojo o bien por el diente.

Como eran hijas de dos dioses marinos, Ceto y Forcis, y habían nacido con el pelo gris se las considera la personificación de la espuma del mar. Por consideraciones poéticas que no quede. Tal vez fue un bonito regalo que quisieron hacerles para resarcirlas de tan mala fortuna o para acallarlas si es que les daba por quejarse. Anda, anda, pero de qué protestáis tanto si sois iguales que la espuma del mar. Ya, pero es que solo tenemos un diente. Suerte que habéis tenido, la espuma no tiene ninguno.

La única ventaja que  veo a su condición  es que como nunca habían sido jóvenes no tenían añoranza de los tiempos de su mocedad ni podían verse en fotos pensando “pero qué mona era yo, pa lo que hemos quedao”. Por otro lado, como vivían solas y en un lugar oscuro, sin relacionarse con nadie más y sin cuenta de Instagram, tampoco se comparaban con otros ni padecían del terrible mal de la envidia.

No se veían ni feas ni guapas ni jóvenes ni viejas, eran ellas, las Grayas, las que siempre habían sido, iguales a sí mismas. No podían comer kikos ni turrón de Alicante ni cantar Forever Young ni ponerse a escribir una obra del estilo de “En busca del tiempo perdido” porque hacia atrás no tenían nada que buscar. Y como hacia delante tampoco les esperaba nada, más de lo mismo y lo mismo, no les daba por hacer planes ni por consultar a videntes. Estas sí que sabían vivir el momento presente. En eso eran sabias. A ver, qué remedio.

Cien ojos emplumados

Zeus, padre de todos los dioses, director general del Olimpo y de los cielos, estaba casado con Hera pero no se caracterizaba precisamente por su fidelidad. Su mujer estaba bastante harta de sufrir sus traiciones y  engaños. En esta ocasión Zeus se había enamorado de una de las sacerdotisas de Hera, llamada Ío.

Era un día radiante de sol pero para que Hera no le viera en sus escarceos y devaneos, Zeus arrojó al mundo una espesa niebla y convirtiéndose él mismo en nube (por algo Homero lo llama el recolector de nubes, qué bonito oficio este) se aproximó a su nueva amada de tan gaseosa e invisible manera.

Pero Hera, al ver cómo  el sol desaparecía de forma tan repentina y una niebla venida de no se sabía dónde tapaba las formas de todas las cosas, sospechó. Buscó a Zeus por los bares del Olimpo que solía frecuentar pero nada, que no estaba.  Cada vez más nerviosa comenzó a caminar por aquí y por allá hasta que pilló a su marido en plena acción.

Te vas a enterar tú de lo que es bueno, le dijo, ahora mismo te convierto a la chica en una ternera blanca y se te acabó el amorío, majo. Y eso hizo, pero como seguía sin fiarse de Zeus y pensaba que hasta con la ternera le podía ser infiel llamó a su amigo  Argos y lo puso al lado de la transformada Ío.  Quédate junto a la vaquita y no me la pierdas de vista, le ordenó.

Argos Panoptes, el de todos los ojos, era un gigante con cien óculos al que no se le escapaba ni media. Cuando estaba cansado, se dormía con cincuenta ojos cerrados pero mantenía abiertos los otros cincuenta, así que ni de día ni de noche ni a la hora de la siesta, momento sagrado para él, dejaba de estar vigilante.

A Argos le pareció un encargo de los fáciles, recientemente había tenido que liquidar a la Equidna, una ninfa monstruosa.  “En peores plazas he toreado”, se dijo utilizando un símil taurino, tal vez porque la visión de la ternera le llevara a esos terrenos o porque por pereza mental escogió esa frase hecha. Se sentó al lado de la ternerita debajo de un olivo y a verlas venir con sus cien ojos.

Lo que no sabía él es que Zeus también tenía sus propios planes, no le gustaba que le llevaran la contraria ni que le cortaran el rollo, natural, eso no nos gusta a nadie.  Llamó a Hermes (Mercurio para los romanos), el dios mensajero, maestro del ingenio y de la astucia. Le dio la forma de un pájaro para que volara rápido  hasta el olivo y una vez allí se convirtió en pastor,  se sentó en la piedra de enfrente y, como quién no quiere la cosa, se puso a tocar en su flauta dulce una melodía más dulce todavía. Tan, tan dulce y suave  que Argos cerró cincuenta ojos pero  al rato también los otros cincuenta por primera vez en su vida.

Hermes aprovechó el momento para arrearle en la cabeza con una piedra afilada o para decapitarle, no lo tengo claro. Fuera cual fuese el método, el gigante murió. Hera, para resarcir a Argos, pegó  con mucha paciencia y cuidado los cien ojos de su amigo en la cola de un pavo real, su ave favorita, y allí se quedaron, temblando entre las plumas.

Después, para vengarse de Ío, ató a uno de sus cuernos un tábano que la picaba sin parar, esto la impulsó  a correr para librarse del insecto, corrió tanto que se hizo un larguísimo viaje.

Primero atravesó el mar Jónico que se llama así por ella (Ionio en italiano), se dio unas vueltas por Iliria, Tracia y  el Caúcaso donde se encontró con el pobre Prometeo encadenado, le saludó, le deseó suerte y comprobó que otros estaban peor que ella.

En África pasó junto a las  Grayas, personificaciones de la vejez eterna. Quita, quita, pensó la ternerita, estas también están peor que yo, que por lo menos soy joven aunque tenga una mosca que no para de picarme. Y  más tarde con las Gorgonas, que también eran finas. Evitó mirarlas pues si lo hacía se convertiría en piedra. Y ya bastante tenía con ser ternera mosqueada.

Por fin llegó a Egipto donde la esperaba Zeus que la devolvió, a base de besos y caricias, a su condición mujeril.

En resumen, que si veis a un pavo real que, por cierto,  están ahora en celo y pegan unos aullidos maullidos que son de temer, y despliega su bella cola para atraer a las damas pavas, fijaos en esos ojitos que  la adornan.

Los del gigante Argos son. Que lo dice el mito.

Los ojos de Argos

Lloro por ti, Atalanta

Cuando nació  Atalanta su padre se enfadó porque era una niña, en vez del niño que él había soñado, así que la abandonó en el monte Partenio y se volvió para su casa a hacer un nuevo pedido, a ver si esta vez le salía más a su gusto.

Una osa que vivía en aquel lugar agreste se la encontró y tras sopesar las dos opciones, “o me la como o me la quedo”, le pudo más el instinto maternal que el depredador y la amamantó y cuidó durante una buena temporada. Pasado un tiempo, cuando la niña ya había crecido,  se aparecieron por allí unos cazadores a los que debió de cautivar con sus habilidades y la adoptaron.

Entre las enseñanzas de una y otros, Atalanta se había convertido en una mujer fuerte, intrépida y tirando a salvaje, adoraba correr descalza por el monte, sentir el viento en la cara, trepar a los árboles y proporcionarse sus propios alimentos. De hacer cola en las cajas del Mercadona no quería ni oír hablar.  No tenía intención alguna de abandonar el bosque en el que vivía ni mucho menos de casarse, por eso se consagró a Artemisa, la diosa de la cacería y los montes y así ya tenía excusa para seguir libre y  a su aire.

Aquellos parajes no estaban exentos de peligros para una mujer bella y solitaria. Dos centauros trataron de violarla pero ella los mató con sus flechas y luego se tumbó a descansar sobre unas rocas mientras miraba la luna y se reafirmaba en su convicción de que esa era la vida que quería, a pesar de sus riesgos.

Mientras tanto, en la ciudad de Calidón campaba a sus anchas un jabalí enorme y feroz,  lo había soltado allí la misma diosa Artemisa, enfadada porque no le habían hecho una ofrenda.  El animal se dedicaba a destrozar  las cosechas  y arrancar todas las vides de raíz y daban tanto miedo sus colmillos elefantiásicos que la gente se refugió dentro de las murallas, los campos quedaron abandonados y pronto llegó el hambre.  El rey envió mensajeros para buscar a los mejores cazadores de Grecia, ofreciendo como premio los colmillos y la piel del jabalí.

A mí el premio no me parece nada atractivo pero a ellos sí se lo debió de parecer porque se apuntaron unos cuantos, entre ellos Meleagro (el propio hijo del rey), algunos de los argonautas (los que iban en busca del vellocino de oro, eran muy aventureros y si no tenían algún lío, se lo inventaban) y la indomable Atalanta. El machismo salió de nuevo a relucir y muchos de ellos, todos hombres, se negaron a participar junto a  una mujer. Meleagro, que se había enamorado de Atalanta, los convenció  para que la dejaran intervenir y empezó la cacería.

La primera en herir al jabalí con una flecha fue Atalanta, lo remató Meleagro pero le ofreció el premio a ella porque consideraba que el mérito había sido suyo. Otra vez se ofendieron los señores porque una fémina se llevaba el trofeo y le arrebataron la piel del jabalí a Meleagro. Este se enfadó, (aquí cuando se enfadaban lo hacían a lo grande),  y los mató. Resulta que a Meleagro las moiras le habían predicho que moriría cuando se extinguiera un tizón ardiendo. Su madre, previsora, había guardado el tizón en una caja, pero ahora, Altea, hermana de los hombres que él había matado, se enfadó también, sacó el tizón de la caja y lo arrojó al fuego. En cuanto se consumió, Meleagro la palmó. Cosillas que pasan.

Todo este lío fenomenal hizo muy famosa a Atalanta, muchos hombres la deseaban y querían casarse con ella pero sobre su vida también pendía una profecía desagradable relacionada con el matrimonio. El oráculo había augurado que cuando se casara se convertiría en animal.

Para quitarse a los pretendientes de encima y como se sabía invencible convocó una carrera, “mi novio será el que me gane, pero al que gane yo, me lo cargo”, pese a esta terrorífica condición muchos se animaron. Ella, bastante chulita, les daba ventaja, pero ni por esas, aceleraba un poco, ganaba con facilidad y, ale, los mataba.

Hasta que apareció por allí el joven Hipómenes, que no era más rápido que ella pero sí más astuto y contaba con la ayuda de la diosa Afrodita, que no entendía el rechazo de la chica por el amor y hasta le sentaba mal, “¿pero por qué no le gusta lo mejor de la vida a esta mujer?, se va a enterar”, se dijo. Le regaló a Hipómenes tres manzanas de oro, procedentes de uno de los árboles del jardín de las Hespérides, lleno de manzanos de frutas doradas que otorgaban la inmortalidad. La treta consistía en dejar caer las manzanas durante la carrera para distraer con su brilli brilli a Atalanta.

Lo cierto es que Atalanta ya estaba enamorada de Hipómenes sin ella misma saberlo, era un sentimiento nuevo para ella y no lograba identificar esa ternura que sentía al contemplar al joven y la pena que le estaba entrando porque sabía que ella era más rápida y tendría que matarlo. Tal vez por eso se paró a recoger la primera manzana y también la segunda, aun así iba ganando, pero cuando Hipómenes tiró el tercer fruto dorado a sus pies, Atalanta se detuvo un poco más de la cuenta y por primera vez, perdió.

Se casaron y la unión fue feliz, los dos se amaban. En una ocasión en la que volvían de regreso de un viaje entraron a descansar en el templo de la diosa Cibeles, les entró un irrefrenable deseo y no se contuvieron.  Buena se puso la diosa por lo que ella consideró una falta de respeto intolerable. “Pues ahora os convierto en leones, para que os vayáis enterando”. Los antiguos griegos pensaban que los leones no se apareaban entre ellos sino con leopardos o con panteras, por lo que el castigo era doble. Y no satisfecha con eso, la diosa  no los dejó libres sino que los utilizó como bestias de tiro para su carro y así por toda la eternidad.

Me hubiera gustado otro final mejor para Atalanta, no se merecía este  tan cruel pero el mito es así, termina mal. Lloro por la niña rechazada y abandonada, por la chica libre y valiente que, tras enfrentarse a tantas injusticias sin arredrarse, justo cuando amaba y era amada fue por siempre esclavizada.

Por eso las moras son negras

En la ciudad de Babilonia vivían dos chiquillos a cual más guapo. Él se llamaba Píramo y era el más bello de todos los jóvenes del lugar. Ella, la más rebonica de todo el oriente, se llamaba Tisbe. Ya estamos, ¿es que los feos no aman? Pues sí,  pero hay que reconocer que tienen menos tirón cuando lo que se pretende es narrar una historia romántica.

Se conocían desde pequeños y además eran vecinos íntimos, ya que  sus casas compartían tabique. Habían jugado juntos y crecido a la par y, al tiempo que se desarrollaban sus cuerpos, se desarrolló también el amor. Este sentimiento no gustó nada a los respectivos padres de los chicos, tal vez tanto de un lado como de otro querían algo mejor para sus vástagos, lo cercano y cotidiano, y qué más cercano y cotidiano que tu vecino de tabique,  suele parecernos poca cosa. Así que les prohibieron estar juntos y sanseacabó. Y hasta quererse les prohibieron, venga, como si se pudiera vetar un sentimiento. Resulta que es todo lo contrario, basta que te digan, “no quieras esto” para que lo desees más. “Mientras más se tapa, más bulle el fuego”, dice Ovidio con gran sabiduría.

Como no les dejaban verse, se hablaban a través de la pared  que, casualmente, tenía una grieta que nadie había notado y por la que se enviaban sus palabras de amor. Esto en mi casa no hubiera hecho falta, ya se oye a los vecinos que es una delicia y sin necesidad de grietas. Claro que lo que yo oigo no son palabras de amor, en estos momentos mi vecina íntima despotrica con furor sobre políticos y vacunas.

Dejo a mi indignada vecina y vuelvo con la parejita que estaba empezando a enloquecer de desesperación. Ya no se hablaban solo entre ellos, también se dirigían a la pared, lo normal cuando a uno no le dejan querer al que quiere. “Envidiosa, le decían, ¿cuándo permitirás que nos unamos con todo el cuerpo? O si esto es demasiado, por lo menos te podías abrir para que nos demos besos” Luego se arrepentían un poco, no fuera que la pared se enfadara y tampoco pudieran hablarse  y le daban las gracias, “pero no somos ingratos, que gracias a ti nuestras palabras llegan hasta los oídos amados”.

Y en ese plan estaban, cualquier pareja de amantes  confinados de ahora puede comprender esta situación, seguro que con las paredes no hablan pero lo mismo sí insultan a la pantalla por su frialdad y después le dan las gracias porque sería todavía peor si no la tuvieran.  

Por las noches, Píramo y Tisbe,  se despedían dando un beso a la pared y así hasta el día siguiente. Durante muchas noches y muchos días siguientes: palabras inflamadas, besos a la pared. Cansados de este amor por muro interpuesto decidieron rebelarse y  planearon escapar a la noche siguiente, no solo de sus casas, también de la ciudad.  Quedaron a las afueras,  junto al crematorio del rey Nino, también vaya ideíta, bajo una morus alba o morera blanca , al lado de una fuente.

El día se les hizo eterno, no se iba nunca la luz, no llegaban nunca las tan anheladas sombras nocturnas. Pero por mucho que algo se haga eterno, nada escapa a la ley de la impermanencia.  Cuando por fin la noche extendió sus negruras, Tisbe salió de casa, despacio y sigilosa, el rostro tapado por un velo, atravesó la ciudad y se sentó bajo el árbol convenido.

Como buena enamorada, no tenía miedo. Aunque, claro, cuando vio aparecer a una leona con la boca manchada de sangre que se acercó a beber a la fuente, un poquito de temor y temblor sí que le entró a su cuerpo serrano. Siguiendo el camino que le marcaban los rayos de la luna y otra vez con gran sigilo llegó hasta una oscura cueva donde se escondió. Por el camino habían resbalado por  su espalda los velos que la cubrían y allí se quedaron, tirados por el suelo.

La leona, que vuelve de beber, se encuentra los velos, los olisquea y se entretiene un rato desgarrándolos con sus fauces ensangrentadas.

Y a todo esto, ¿qué hacía Píramo que no venía?, ¿es que no sabía qué ponerse o es que se estaba acicalando tanto para la ocasión que no terminaba nunca?, ¿se había perdido por el camino?, ¿se estaba haciendo el interesante llegando tarde? El relato no lo aclara pero esa tardanza es la que desencadena la tragedia. Si  el hermoso varón hubiera sido puntual nada de lo que pasó después hubiera sucedido.

Cuando el joven por fin llega al lugar convenido,  se encuentra los velos de Tisbe rotos y llenos de sangre y piensa que se ha comido el tigre sus carnes morenas, lo cual debía ser frecuente en la época y lugar. Le da un arrebato muy malo y se hunde en el costado la espada que llevaba a mano, se la saca después ( la espada tenía que quedar libre como se verá) y toda la sangre contenida se desparrama por el árbol, mojando sus frutos blancos que se vuelven púrpuras y después negros.

Supone Tisbe  desde su encierro que la leona ya se habrá ido y sale de la cueva, está deseando encontrarse con Píramo y contarle todos los peligros por los que ha pasado, reconoce el lugar pero duda y se despista al ver el color de los frutos de la morera, que ya no son blancos. Mientras vacila, ve que en el suelo algo tiembla, retrocede empalideciendo y reconoce a su amado vecino.  Se tira del pelo desesperada y a continuación se lanza sobre el tan deseado cuerpo, mezclándose así las lágrimas de ella con la sangre de él.

Lo que viene a continuación, puro drama, se lo dejo a Ovidio que por algo es el autor de historia de amor desesperado, “Píramo, responde, la Tisbe tuya a ti, queridísimo te nombra; escucha y tu rostro yacente levanta.

Al nombre de Tisbe, sus ojos, ya por la muerte pesados, Píramo irguió y vista a ella los volvió a velar.

«Tu propia mano y el amor te ha perdido, desdichado. Hay también en mí, fuerte para solo esto, una mano, hay también amor; dará él para las heridas fuerzas. Seguiré al extinguido y de la muerte tuya tristísima se me dirá causa y compañera. Tú, árbol que con tus ramas el lamentable cuerpo ahora cubres de uno solo, pronto has de cubrir de dos. Las señales mantén de las sangría y siempre ten  a tus crías (las moras)  como testimonio de la sangre de los dos», dijo, y ajustada la punta bajo lo hondo de su pecho se postró sobre el hierro que todavía de la sangría estaba tibio»

Sus votos conmovieron a los dioses y por eso es negro el color de las moras una vez maduras, y conmovieron a los padres (a buenas horas) que tuvieron el póstumo detalle de enterrarlos juntos.

No me extraña que la Zarzamora llore y llore por los rincones

Oh naturaleza femenina, ¡cuán grandiosa eres!

Que no es lo que lo diga yo mientras escribo traspasada por el espíritu del ocho de marzo, no es eso. Lo dijo, allá por el lejano siglo XII, Hildegarda de Bingen, una monja muy especial, con muchas cualidades y talentos.

La niña Hildegarda nació en un pequeño pueblo del valle del Rin en 1098. Sus padres, que eran nobles, ya habían tenido nueve hijos, así que a ella, por ser la décima, se la entregaron en diezmo a la iglesia. Así se marcaba el destino de la gente en aquella época.  Sobre todo si nacías mujer las elecciones estaban muy limitadas: o eras sierva de un hombre, o eras sierva de Dios o, caso de nacer pobre, eras sierva a secas. La obligación de  ingresar en un monasterio, quisiera la señalada o no, puede parecer muy cruel, y lo era, pero lo cierto es que  ofrecía más posibilidades que la vida de casada, al menos en lo que al desarrollo intelectual se refiere.

A los 14 años, Hildegarda abandonó su hogar para ingresar en el monasterio de san Disidobo, bajo la dirección de una monja llamada Jutta. Se apuntó a los módulos de latín, lecturas sagradas y canto gregoriano, lo que había. Hildegarda, pese a su naturaleza enfermiza,  era una alumna brillante y con gran interés por aprender. Desde los seis años tenía visiones pero por prudencia no contó a nadie esta peculiaridad suya hasta más tarde.

Estas visiones no le hacían perder el conocimiento ni entrar en éxtasis,  las vivía de una forma consciente, se le presentaban imágenes coloridas que iban acompañadas de luz y música y ella las miraba tranquilamente y tomaba sus apuntes.

Hoy la hubieran derivado a psiquiatría o a neurología,  pero en aquel tiempo era algo normal y hasta valorado siempre que se considerase que venían de Dios. En caso contrario, te derivaban a la hoguera.

Lo que después desarrolló en algunos de sus libros tiene parte de su germen en estas visiones místicas muy cercanas al surrealismo. Pero no todo porque también escribió libros científicos basados en la observación racional del mundo.

Tanto Jutta como Hilde se viralizaron,  no hasta el punto de un youtuber de hoy en día, pero casi, por lo que muchos padres llevaban a sus hijas al convento. Cuando murió Jutta, Hildegarda se puso al frente, de jefa. Ya tenía las suficientes discípulas como para independizarse pero antes le faltaba el visto bueno masculino.

Hildegarda sabía bien que sin el refrendo de un hombre sus visiones no valdrían nada, así que  habló con un monje llamado Volmar y le preguntó, quitándose méritos y opacándose,  “soy una mujer ignorante, no sé nada de nada, pero ¿mis visiones son divinas?” El monje dijo que sí como podía haber dicho que no. Después  se lo comunicó al abad de san Dibidobo. Hay que tener en cuenta que la misión de profetizar estaba reservada a los hombres, como cualquier otra misión de importancia, excepto la de traer nuevos seres al mundo, pero, muy astutos ellos, pensaron que con una monja profetisa y visionaria en su monasterio se incrementarían los donativos, así la que dejaron que escribiera lo que veía en sus trances.

Hildegarda contactó con el monje más influyente del momento, Bernado de Clavaral y este intercedió a su favor, le dijo al Papa Eugenio III, que no debían permitir que “tan insigne luz fuera apagada”.

A continuación, Hildegarda tuvo la visión, o dijo que la había tenido, de que debía independizarse de los monjes masculinos y fundar un monasterio por su cuenta, solo de mujeres. Aunque algunos se opusieron en un principio, consiguió lo que quería y fundó la abadía de san Rupert donde se dedicó a redactar sus obras y empezó a componer música. Ya era una mujer libre y se codeaba con todo el power masculino del momento (femenino no había), papas, emperadores y hombres de estado y además se le permitió predicar al clero y al pueblo tanto en iglesias como en abadías.

Escribió doce libros, el primero, Scivias (Conoce los caminos) trata de la creación del mundo y del ser humano, en otros aborda temas de cosmología o antropología- Escribió también varios tratados de medicina como el “Libro sobre las propiedades naturales de las cosas creadas” y empezó a componer una obra musical que consta de setenta piezas, la “Sinfonía de la armonía de revelaciones celestiales” (puede escucharse en Spotify, si lo tuyo es el rock no te gustará) y un auto sacramental cantado. “El alma es sinfónica y el canto que el ser humano entona con el alma es un eco de la armonía celeste”, decía ella.

Sabía de botánica, de medicina y de fisiología humana, habló de la circulación de la sangre, siglos antes de que pudiera demostrarse y realizó una detallada descripción del orgasmo femenino . Sin discutir la mano divina en la creación, -era una monja medieval-,  admitió que los misterios del cosmos podían explicarse a través de la observación y el conocimiento.

En su libro Scivias describe un universo infinito y en  expansión muy similar al de los actuales astrofísicos. En sus tratados de medicina dedica mucho espacio a las propiedades curativas de las plantas. Pysica contiene descripciones de 230 plantas herbáceas y más de 60 árboles y sus aplicaciones médicas.

Por si todo esto fuera poco, se inventó un idioma, la lingua ignota, con un alfabeto propio, que se considera la primera lengua artificial. Escribía poemas y defendía, ecologista sin saberlo, que la alteración del medio natural puede hacernos enfermar.

No fue dócil ni tuvo miedo a expresar sus opiniones aunque éstas la enfrentaran con el  clero, en numerosas ocasiones criticó su corrupción y su poca compasión con los pobres además de defender a Eva y liberarla de la culpa del pecado original. Ella la consideraba una víctima engañada por el demonio quien la envidiaba por su capacidad de procrear.

Durante siglos fue olvidada y solo más tarde se rescató su figura y su valor. No todas las mujeres son gloriosas, como no lo son todos los hombres, pero sí algunas y merece la pena conocerlas y recordarlas.

Uno de los dibujos, derivados de sus visiones, que aparece en el libro Scivias (Imagen sacada de los internetes, al igual que la información sobre Hildegarda)

El hombre que se comió a sí mismo

 Trotaba Eresictón, rey de Tesalia, por los campos cercanos a su palacio con la intención de tener los cuádriceps y gemelos más potentes del condado. Trotaba y trotaba sudoroso y jadeante levantando polvo del camino hasta que sus zancadas le llevaron a un bosque aromático que le regaló sombra y frescor. Se inclinó un poco sobre sus rodillas para recobrar el aliento y al alzar la cabeza vio que entre todos los árboles que allí había y había muchos, por algo era un bosque, destacaba, majestuosa, una encina milenaria.

 Su pensamiento no fue “qué belleza de árbol, admirado me quedo” o sí lo fue, pero la belleza no le interesaba si no era para utilizarla en su beneficio personal. Tampoco se detuvo a reflexionar sobre la naturaleza sagrada de esta encina en particular ni del resto de los árboles en general, no entendía ese concepto. Estirando una pierna y luego la otra dijo en voz alta, sin saber que las ninfas del bosque le estaban escuchando, “este tronco lo talo yo y decoro con su madera mi salón de dar banquetes”.

Cuando quería algo y constantemente quería algo, lo quería de inmediato, pero ya. Llamó a veinte de sus gigantes para que le ayudaran en la tarea de la tala, ya que el tronco de la encina era enorme y, mientras empezaban a herirla con sus hachas, gritó entre carcajadas, “esta tocará con su frondosa copa la tierra y mía será”. Todo lo quería para él, era un ansias, todo para engrandecer su estatus, su comodidad, su bienestar sin importarle las consecuencias ni los daños colaterales.

A medida que la encina se iba inclinando, cada vez más herida, sus ramas, hojas y bellotas empalidecían. Desde el interior del árbol, una voz femenina, dulce pero angustiada, suplicó, “no sigas, soy la que  vive bajo este leño, si el árbol muere yo también moriré”. Se trataba de una Hamadríade, ninfa asociada a un árbol en particular que con él nace y muere, que se alegra cuando en primavera brotan sus hojas y languidece melancólica cuando las pierde al llegar el otoño. Amiga de los pájaros que anidan en sus ramas y le otorgan vuelo, del viento suave que sabe sacar música de sus ramas.

Bastante le importaban al bruto de Eresictón las ninfas de los árboles o sus sentimientos. Encina y Hamadríade, murieron a la vez.

Las otras ninfas del bosque, espantadas, huyeron corriendo a buscar a la diosa Deméter, responsable de los campos y la agricultura y dueña de ese bosque donde había instalado su santuario.  Iban vestidas de negro en señal de duelo y exigían un castigo para el arboricida. Démeter llamó a Limo, también conocida como la personificación del hambre y, en cierto modo su contraria, y le hizo un encarguito.  El Hambre voló guiada por un viento amigo hasta el palacio de Eresictón que dormía y roncaba muy satisfecho con su nueva adquisición. “Con sus gemelos codos lo estrechó y en sus vacías venas esparció ayunos”, describe Ovidio en su Metamorfosis.

A partir de ese momento, Eresictón, que ya de por sí era ansioso, se volvió insaciable. A todas horas tenía hambre, comía lo que un pueblo entero y no se hartaba, lo que una ciudad y tampoco, lo que un continente y la gazuza no se le quitaba. Toda su riqueza la iba dilapidando en comida y después la de su padre quién, compadecido, ayudó al insatisfecho hijo. Tanta era su necesidad de comida que acabó arruinado y comiendo inmundicias de las basuras. Solo le quedaba recurrir a su hija, Mestra.

A cambio de dinero para calmar su deseo se la vendió a un comerciante. Mestra, que era amante de Poseidón, le pidió  ayuda y éste le otorgó el don de la transformación. La chica, una vez que el padre recibía su dinero, se transformaba en otro ser. Fue vaca, ciervo, yegua o pájaro y luego de nuevo Mestra. Un trajín tanta mudanza y total para nada.

Pese a las múltiples compraventas de la niña mutante, Eresictón seguía con hambre. Un día, sin querer, probó uno de sus dedos, le gustó y siguió comiéndose dedo a dedo y miembro a miembro hasta que  se devoró enterito a sí mismo.

Moraleja: deja en paz a los árboles que son sagrados, no destruyas la naturaleza o…lo que ya os podéis imaginar.