Categoría: Ventanas

Niña con muñeca al final del verano

Caro sale tiritando de la piscina. Se sienta en la toalla, levanta del suelo a su muñeca y estirando un poco los brazos se la coloca enfrente, a la altura de los ojos. Así se queda, mirándola, tiritando.

Por encima de sus cabezas el viento da la vuelta a las hojas del álamo, -ahora verdes, ahora blancas-. Las hojas se hablan con inquietos susurros, se avisan de que él ya está aquí, merodeando. Pronto llegará también la lluvia. El viento, que de momento solo se está entrenando, se detiene. Tranquilidad en la copa del álamo por donde el sol filtra sus rayos.

Caro, sin saber nada de todo eso,  sigue mirando con fijeza a su muñeca, abstraída por completo del mundo exterior. “Cómo me mira”,  dice riéndose con asombro de la obsesión que la muñeca tiene con ella. “No puede dejar de mirarme”. La enrolla en la toalla protegiéndola de su propio frío y continúa su juego, buscándose y descubriéndose en esos atentos ojos de plástico.

El padre, que estaba leyendo debajo del álamo, cierra el libro, lo deja sobre el césped, saca el teléfono de una bolsa y se acerca hasta su hija. “Caro, mírame”. Se rompe el encuentro, la íntima comunicación entre las dos. La niña ladea la cabeza y sonríe, sabe posar. Gira a su muñeca para que también salga en la foto. Ambas son la misma niña coqueta y friolera.

El viento, a traición, ha arrancado tres hojas. Una cae sobre el césped por el lado verde, otra, toda de blanco, vuela a la deriva; la tercera, verde, aterriza en la cabeza de Caro. Se la quita de un manotazo , la coloca sobre la de la muñeca y agitándola grita, “y ahora verás qué pasaaaa”.

El organigrama

No sé qué me pasa con las pinzas de la ropa pero cada vez que tiendo, por lo menos una y a veces más de una, se me cae al patio. Es una torpeza en las manos, una ineptitud  relacionada con sostener lo pequeño, con la psicomotricidad fina que supongo que algo tendrá que ver con sujetar pinzas y que no se te caigan. Esta mañana se me ha caído una, para no variar, y como era muy temprano, todavía no había amanecido,  y el patio estaba casi en total silencio ha sonado un “clan” de lo más escandaloso. A continuación,  alguien ha abierto bruscamente la persiana y ese ruido tan fuerte me ha parecido un reproche o un gruñido o un insulto por persiana interpuesta.

Estoy muy susceptible desde que ha llegado el nuevo jefe, perdón, el nuevo CEO,  y la atmósfera se ha enrarecido tanto. Tengo mal rollo con mi compañero Juan. Es el encargado de la sección de  sucesos y todas los días, a primera hora, llama a la Policía y pronuncia la siguiente frase, “buenos días, agente, ¿cómo va el servicio, algún incidente?” Antes nos reíamos juntos de la frase, pero ahora me río yo sola y él me mira con cara de mala uva por encima de la pantalla. Está claro que  cree que quiero su puesto.

Cree bien, lo quiero. Es el único que entra pronto, -madrugar a mí no me importa-, y que sale temprano, -salir tarde sí que me importa, cada día más-.
Conciliciación, no te conozco. Te imagino como una señora gorda en bata, amable y cariñosa. María de la Conciliación, Conci, familiarmente. Otro motivo por el que quiero el puesto de  Juan , aparte del de conocer a la señora Conci, es que  nunca viaja, solo  se desplaza por la ciudad. Esos desplazamientos le vienen muy bien  para estirar las piernas y perdernos a todos de vista un rato, en especial al CEO que se pasea entre las mesas con una cara de Chief Executive Officer que no se puede aguantar.

Odio viajar pero nadie lo sabe, no lo puedo decir, está muy mal visto.  Todos hablan de sus viajes y presumen de ellos y se dan envidia unos a otros y quieren tener dinero para seguir viajando y viajando hasta caer muertos. No puedo salir del armario y proclamar: queridos compañeros, soy sedentaria. El día del orgullo sedentario me gustaría instaurar en caso  de tener poder para instaurar días. Para celebrarlo ninguno saldríamos de casa.

Yo ya quería el puesto de Juan cuando estaba Rogelio, el anterior jefe, que me diga CEO,  y lo más seguro es que él lo supiera, la diferencia es que no tenía miedo. Las posiciones diseñadas por Rogelio dentro del organigrama eran inamovibles, donde te hubiera colocado, ahí te ibas a quedar por siempre. Pero ahora, con la llegada del nuevo, todo está en el aire, todos estamos en el aire. Me lo imagino moviéndonos en su mente como si fuéramos sus fichitas , jugando, hasta que se decida y empiece a movernos de verdad y nos clave bien clavados en el famoso organigrama. Ninguno está seguro en su sitio habitual y eso enrarece el ambiente, la atmósfera laboral que por otra parte nunca ha estado demasiado limpia.
Todos sospechamos de todos, el que estaba conforme con lo que tenía, al que le gustaba su posición, tiembla, y a los que no nos gustaba y fantaseábamos con los cometidos de otros estamos inquietos.

Todo esto me causa mucha angustia así que he llamado a mi amiga Marta para desahogarme y de paso pedirle unas pastillas tranquilizantes a las que ella es adicta desde hace años. Se resiste a dármelas, dice que corro el riesgo de volverme como ella. No importa, en estos momentos quiero correrlo.  Hemos quedado a la salida del trabajo pero se ha presentado con una tal Teresa. Moyano Oller, he dicho yo para mis adentros cuando me la ha presentado.Es que una compañera de clase, la que iba detrás de mí en la lista,  se llamaba así, tantos años oyéndolo que ya no puedo disociar Teresa de  “Moyano Oller”.  Tampoco puedo disociar marejada de  “rolando a marejadilla”, tonterías mías.

Ojalá de marejada rolásemos a marejadilla en el trabajo y de ahí a mar en calma pero la que tenemos montada tiene más pinta de ir a rolar a fuerte marejada o a mar gruesa. Vete a saber. Si al menos tuviera suerte…ya me tengo más que ensayada la frase, lo bien que diría yo cada mañana, “buenos días agente, ¿cómo va el servicio?” Lo diría mejor que el soso de Juan, con más salero.
He metido las pastillas regalo de Marta en una cajita que antes tenía chocolatinas y he salido pitando porque la tal Teresa “Moyano Oller” era una pelmaza de cuidado y no hacía más que hablar de sus vacaciones y, sobre todo, de lo que había comido en ellas .Pretendía, además, que jugáramos al precio justo. Chuletón con patatas, ¿cuánto decís? Y se quedaba callada esperando la respuesta.Para que se pusiera contenta teníamos que decir mucho más de lo que había pagado. Eso la llenaba de alegría. Una de las veces he dicho menos y se ha rebotado.

Mi mente no para de darle vueltas al organigrama y como si yo tuviera alguna capacidad de manejo sobre él, no hago más que colocarme en los diferentes puestos para ver en cuál de los que están a mi alcance estaría mejor y he llegado a la conclusión de que solo me interesa uno. Los demás serían más de lo mismo o todavía peor.

Antes de irme a la cama he tenido que recoger la ropa que tendí por la mañana.  El patio olía a todo tipo de cenas entremezcladas con predominancia de carne a la brasa, ¿cuánto dices? Otra vez me ha fallado la psicomotricidad fina, vamos, que se me ha caído una pinza. Como había bastante ruido, ese jaleo del final del día, de todo lo que conlleva ir cerrándolo y  y cerrándonos a nosotros mismos, no me ha insultado ninguna persiana. Algo es algo.

Entonces he levantado la mirada y he visto unas luces que atravesaban el cielo, el hueco de cielo que puedo contemplar. Eran tres pájaros que con alas veloces y brillantes, escapaban por una esquina. Mira qué listos,  se han salido  del organigrama.

Ay, si me pudiera ir con ellos. Te dejaría en paz, Juan. La perspectiva de pasarme media vida diciendo “buenos días agente, ¿cómo va el servicio, algún incidente hoy?” tampoco es que me apasione mucho.

Última sesión

Le contó este sueño al terapeuta: estaba de parto, empujaba pero el niño no salía. No sentía dolor pero sí tenía que hacer mucho esfuerzo, se cansaba. Una figura masculina vino a ayudarle, no hacía nada, solo estar presente con amabilidad. Por fin el niño salió. Lo cogió en brazos, era bonito, sano, lo acunó y en ese momento se despertó.
El terapeuta le dijo que ese sueño era la mejor de las señales y que con él podían dar por finalizadas las sesiones, ese recién nacido le representaba a él, por fin había logrado sacar a la luz a su niño dañado y estaba en disposición de cuidarlo y protegerlo. Era un hombre nuevo, liberado de todo el mal recibido en la infancia y fortalecido porque lo había podido superar. Se sintió muy bien, ya podía empezar a vivir siendo de verdad él mismo, las heridas cicatrizadas,  renovado, ya podía empezar a ser feliz.

En la calle hacía una temperatura cálida y suave, el día era luminoso,  los niños salían del colegio con sus zapatos recién estrenados. Se acordó de cómo odiaba esos zapatos colegiales que aprisionaban sus pies y de la rabia que sentía cuando se los tenía que poner, igual que sentía rabia cuando llevaba un jersey que picaba o un pantalón demasiado ajustado. El recuerdo de los zapatos le llevó hasta el zapatero, se llamaba Enrique aunque en el rótulo de la tienda hubiera escrito para darse importancia,  “Zapatos Enrico”. Un poco más tarde, envalentonado, añadió entre paréntesis, (di Palermo).

A Enrico, que seguramente nunca había estado en Palermo,  iban  todos los niños del barrio, sobre todo en septiembre, cuando empezaba el curso.  En el centro de la tienda había puesto tres balancines de madera en forma de animal: una cebra, un caballlo y un tigre. A él le gustaba el tigre y a su hermana la cebra. Una alfombra rectangular y estrecha daba la vuelta a la tienda. Solían correr por la alfombra, a veces con un zapato sí y otro no, otras descalzos, o caminaban despacio, con miedo y un poco de aprensión, la cabeza dirigida hacia el calzado  nuevo y enemigo.

Su hermana pidió durante muchos años unos zapatos de flamenca, blancos con lunares azules pero nunca se los compraron.  De la cara de Enrico no se acordaba pero sí de la de  su ayudante, una mujer muy delgada, de rizos morenos,  que era la que iba y venía sacando cajas,  la falda se le escurría y también las medias. Un día los vieron besándose a primera hora de la mañana, antes de abrir la tienda, y se rieron mucho porque Enrico les parecía un hombre viejo aunque tal vez tuviera cuarenta años o menos.  Los animales de madera se fueron  volvieron cochambrosos y también la alfombra, raída y calva. Más tarde la zapatería cerró y en su lugar pusieron una academia para preparar oposiciones.

En el barrio también había otra tienda con nombre italiano, se llamaba Tutto, era un local diminuto en el que se vendían  revistas, periódicos, pan, patatas fritas, bollos y golosinas. El dueño, un hombre gordo,  leía utilizando una lupa. A Tutto iba siempre con su grupo de amigos a la salida de clase, o a la hora del recreo cuando ya les dejaban salir fuera del recinto del colegio, se agolpaban en la puerta y volvían loco a Tutto, le toqueteaban las revistas, se las desordenaban, montaban mucho jaleo y él soltaba la lupa, nervioso, sin saber qué hacer con esa tropa invasora adicta a los bollos de chocolate gigantes ¿Y por qué se estaba acordando ahora de todo eso? No lo sabía pero estaba contento, ya no tenía que volver más a terapia. Se encontraba muy bien, ya no sentía tristeza ni angustia, tenía ganas de hacer cosas nuevas, de viajar, de reformar la casa. Había dejado de posponer o, como decía el terapeuta, y cuando lo decía a él le parecía que masticaba algo duro, de procastinar.

Atravesó el parque, las cotorras argentinas se estaban dando un atracón de higos, se paró a mirarlas dentro de la higuera, tan verdes como ella, rompiendo la fruta con sus duros picos, dejando al descubierto la pulpa roja. Ya no le dolía la espalda y caminar volvía a ser placentero, como antes.

Pero entonces sintió esa punzada inesperada y violenta que le atravesó  el pecho, tan fuerte que casi ni podía respirar y en medio de ese dolor y de ese miedo,  pensó, “no me jodas que me voy a morir ahora,  justo ahora que me acaba de nacer el niño” Y de nuevo se acordó de los tres animales de madera de la tienda de Enrico y del impulso loco con el que su hermana y él se balanceaban sobre ellos, a punto de salir catapultados hacia el escaparate,  un escaparate donde había un mecanismo giratorio y los zapatos infantiles, colocados sobre él, daban vueltas y vueltas.

La mosca es una fingidora

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Este animalito no es una avispa ni una abeja, solo les ha robado el traje para asustar. Con ese disfraz puesto finge que es peligrosa y capaz de picar. Así se puede dedicar tranquilamente y sin que la molesten a lo que más le gusta: libar el néctar de las flores.

En realidad es una mosca cernidora , también conocida como sírfido. Experta voladora, puede mantenerse suspendida en el aire -eso significa cernir en zoología-, o cambiar de dirección y velocidad sin girar el cuerpo.
Enamorada de las flores, se la puede encontrar donde ellas estén.
Esta mosca es, como el poeta de Pessoa, una fingidora.

La vuelta

Soca y Rubiales están igual de blancos que cuando empezó el verano. O puede que más. Blancos y flacos. Como dos hojas de papel con bermudas y camisetas dadas de sí, caminan por la calle en dirección al parque, las manos en los bolsillos, las cabezas gachas. Sólo han pisado la piscina un par de días, los justos y necesarios para comprobar que allí no se les ha perdido nada.

El primero de esos dos días, Soca le dio un codazo a Rubiales y le dijo, “los mismos del año pasado, tío”. Y era verdad. Eran los mismos: las mesas de jugadores de cartas, abstraídos en lo suyo, los socorristas atléticos rodeados de niñas enamoradas, los chicos gordos tirándose de bomba, incansables, como pequeños cetáceos clorados, las madres con niños pequeños y el grupo de mujeres registradoras de la propiedad.

Son esas que analizan quién ha engordado y cuánto, quién ha crecido y cómo, quién se ha emparejado y con quién, quién ha enfermado y de qué, quién ha muerto, cuándo y por qué y quién ha nacido. Todos los cambios humanos los observan con minuciosidad para comentarlos a continuación.Sin pasar tampoco por alto los orográficos, como calvas en el césped, levantamiento de baldosas, desniveles en los escalones y cualquier tipo de erosión territorial no deseada.

Así que el segundo día, después de darse un desganado chapuzón, de que la más simpática de las registradoras les dijera unas cuantas veces que estaban muy altos y las más cotilla les preguntara por las notas, cuestión a la que Rubiales no tenía ningunas ganas de responder, Soca le dio a su colega un segundo codazo con propuesta añadida, ¿pirateamos el wifi?

Sin dudarlo, Rubiales agarró su toalla de una punta y Soca la suya de otra y arrastrándolas se fueron los dos por el callejón. Dos figuras desgarbadas, ni niños ni jóvenes, con el objetivo de pasar el verano en un lugar de nadie, al fondo del pasillo del primer piso.

El suelo vibraba un poco con el sonido retumbante de la música del gimnasio pero podían engancharse a su wifi cómodamente, estaban lejos del ir y venir de los vecinos y tenían un escalón donde sentarse con las toallas enrolladas debajo. Escalón solo desalojado para comer y cenar pues durante dos meses se han dedicado a ser héroes con una gran misión que cumplir: exterminar a todos los muertos vivientes de dentro de la pantalla.

En el muro del parque roñoso, enfrente del colegio, junto a los tres arbolitos recién plantados a los que les han salido unas puntas naranjas que no se sabe si son hojas o flores, siguen bien a la vista las tres pintadas que alguien hizo en el mes de junio:
“Rubiales, pringado, cero en geografía”,
“Soca, payaso, vas a morir”,
“Soca, estás muerto”.

Todavía no las han visto pero ya intuyen, antes de girar la esquina, que ahí estarán, esperando su vuelta.

Escena playera con media luna

El hombre cruza el paseo, entra en la playa,  se sienta en una hamaca y se quita la pierna derecha. La coloca tumbada en la hamaca de al lado. Resopla aliviado, liberado de la prótesis. La pierna también resopla, liberada del hombre, necesita descansar tanto como él. El hombre mira un instante al mar, a las nubes rosadas del atardecer  y después gira la cabeza en dirección al paseo. Está buscando a la mujer que, como él,  llega cada tarde a última hora. A la mujer  con un uniforme negro de camarera y un niño de la mano.

Acaba de verlos salir del hotel Mar y Pinos, cruzan el paseo, entran en la playa,  pasan por delante de las hamacas, ella mira la pierna de reojo, el niño lo hace sin disimulo y además la señala, divertido. Siguen caminando hasta la orilla, la mujer se sienta sobre una roca, se descalza, mete los pies en el agua, suspira y se sujeta la cabeza con las manos. También suspiran sus zapatos, muy bien colocados en paralelo, tras la roca.  El niño se ha metido en el mar y con un rastrillo de plástico verde peina el agua una y otra vez, incansable.

El hombre ha puesto la pierna de pie, clavada sobre la arena. Sabe por otras veces que cuando se vayan y vuelvan a pasar por delante, al niño le dará risa y que con esa risa arrastrará una sonrisa de la madre. Dos amigas caminadoras la sortean sin inmutarse y saludan al hombre con la cabeza. Una le va diciendo a la otra, “por la noche le doy sopa y filete de pollo y se lo come muy bien”

Pero esta tarde la mujer vestida con un uniforme negro y el niño del rastrillo verde han cambiado el rumbo, se marchan por otro lado, por la esquina derecha de la playa, pasan por debajo de la luna, cortada por la mitad y desaparecen por un callejón.

El hombre tumba otra vez la pierna, se tumba él y con los brazos por detrás de la cabeza vuelve a mirar el mar.

 

 

Adrián mental

A las cuatro, esa hora soporífera, llegó el encargado, hizo unos cuantos aspavientos señalando la gotera y comprobó que no se había agrandado.  El día anterior le habían dibujado un borde verde y seguía ahí, contenida en su frontera. Luego las reunió  en el cuarto donde comían, el mismo donde también guardaban los tintes y otros productos capilares, para darles la charla habitual.

A ver si me vendéis algo de todo esto, ya sabéis el sistema, primero se  saca el defecto, la pega, y a continuación,  pero con disimulo, sin que se note que una cosa tiene que ver con  la otra,  se ofrece  la solución. Y  ponéis los botes bien a la vista, delante, para que los tengan presentes. La gotera  la seguís vigilando, si se pasa de la raya, me avisáis. Esto último podía ser una gracia, se rieron un poco por si lo fuera. Desde la puerta, con todo el cuerpo ya en la calle menos un pie calzado con un zapato negro, puntiagudo y reluciente, que seguía dentro, dijo, “y no se os olvide sonreír, sonreír,  es gratis”.

Qué gilipollas es este tío, dijo Adela en cuanto el zapato salió también. Pero no le dio tiempo a desahogarse con sus compañeras porque acababa de entrar una mujer, llevaba una melena abultada y rizada y mientras le ayudaba a quitarse la chaqueta,  pensó de manera robótica: defecto, pelo seco.

Mala suerte, Pelo seco era del modelo hablador. Se lo contó  a Adrián. Odio a estas pavas que no se callan, te lo juro. Se lo contó mentalmente porque él no estaba ahí, pero sí estaba y desde dentro,  sin mover los labios, no hacía falta, le contestó, “no hagas caso, Ade, tú a lo tuyo, desconecta mientras hablan”. Su Adrián mental tenía casi siempre la respuesta adecuada, el de verdad, el que se encontraba en casa cuando volvía de trabajar, a veces sí y otras, pues no.

Eso intentó, desconectar, pero no era fácil. No es tan fácil, Adrián,  Pelo seco es muy pesada. Voy a traerte a mi hijo para que le cortes el pelo, le estaba diciendo, es que él se lo quiere dejar largo pero el problema es que en vez de crecer hacia abajo le crece hacia arriba y por los lados. En el colegio le llaman arbusto.

No te lo pierdas, Adrián, arbusto, dice, me meo. Adrián se rió con ella sin que nadie en la peluquería se diera ni cuenta. Habían entrado dos señoras más, el zumbido de los secadores añadía sueño a su sueño, le pesaban los párpados, tanto que pensó que se le iban a cerrar,  pero ya estaban a punto de salir de las cuatro de la tarde, eran las cinco menos cuarto, y a partir de ahí las cosas mejoraban, como si algo se desatascara.

A partir de las cinco me encuentro mejor, Adri. Él la  acarició el pelo,  suave,  teñido con mechas azules.

Le crece así, seguía explicando la obsesiva de Pelo seco,  con los brazos dibujaba  la silueta capilar de Arbusto y no miraba ni de reojo el bote de mascarilla ultra hidratante y alisadora que Adela le había puesto delante, sobre el mostrador, al lado de su bolso.  Y claro, le queda mal, él se cree que va muy guapo pero la verdad es que estaría mucho más favorecido si se lo arreglara un poco. A ver si tú le puedes convencer pero antes tengo que conseguir que quiera venir, no quiere, dice que se lo vas a cortar y como se lo quiere dejar largo…

Pero cómo se puede ser tan cotorra, ¿y te has fijado en que ni mira el bote? Y cuando le he dicho que tenía el pelo muy mal, seco, ni me ha contestado. Se cree el encargado que es fácil venderles algo, pues no son poco agarradas, si algunas ni se quieren lavar la cabeza, te sueltan que se lo acaban de lavar en casa y que se lo peines directamente, ¿te lo puedes creer, Adrián? Y no será porque no tienen pasta, llevan bolsos buenos y ropa cara, ¿cuánto tiempo hace que no me compro yo ropa? He visto una cazadora súper chula cuando venía de camino, negra.

Te quedaría guay, mejor que a cualquiera de esas, dijo él,  y volvió a deslizar la mano, que era grande y acogedora, por las mechas azules. Al llegar al cuello se lo masajeó porque cuando se tensaba se le agarrotaba y él lo sabía. Ese Adrián de dentro todo lo sabía y todo lo acertaba. El de fuera… todo, todo, no.

O estaba alucinando o la gotera se había extendido por la parte superior, sí, por ahí se salía de la raya verde, todavía no mucho pero estaba claro que avanzaba. Ay, Adrián, qué coñazo la gotera, me veo que hay que llamar otra vez al seguro, que se nos vuelve a inundar, la que se lió la última vez,  acabé molida y el encargado no paraba de venir a vigilar y ya de paso a meterse en todo.

No te adelantes a los acontecimientos, dijo él en la peluquería, ya verás como no va a más. Sin embargo en casa lo que dijo fue, ¿quién saca hoy al perro tú o yo? estoy machacao.  Pues anda que yo…me duele todo. Y se iba a poner a contarle, ahora en voz alta,  lo de la gotera y lo de la madre de Arbusto y lo de que el encargado les pide que sonrían, que sonrían, que sonrían y que entre cuatro y cinco se le cierran los ojos y le pesan las piernas y que ha visto una cazadora que le gusta y que a lo mejor se la compra pero intuye que Adrián no le va a hacer caso, eso se nota, lo acaba de notar.  Así que baja al perro  y mientras da la vuelta a la manzana ve una media luna preciosa y reluciente y encima una estrella, la primera de la noche,  pero, rencorosa, eso no se lo cuenta.

Tercero de infantil

Durante el primer año, algunas tardes, muchas, casi todas,  se tiraba al suelo y pataleaba cuando salía del colegio. Se negaba a moverse de ahí  y aunque no sabía por qué, estar boca abajo, dar patadas contra la tierra, que se le se quedara pegada en la boca mezclada con la saliva, ponerse muy sucio, gritar, todo eso  le aliviaba. También llorar aunque entonces no sabía llorar bien y una vez que empezaba  no podía parar cuando quería, se ahogaba y tenían que venir corriendo a darle golpes en la espalda.  Eso que hacía era montar un pollo, se lo oyó decir a su madre. Muchas tardes, casi todas, montaba un pollo. Puede que porque había una niña en su clase, Elsa,  que le quitaba el gorro cuando estaban en la fila y se lo tiraba al suelo, después se lo pisaba y se reía.

O puede que fuera porque Laura, la profesora, le obligaba a comer el bocadillo cuando no tenía hambre pero no se lo dejaba comer cuando sí la tenía, porque le hacía tumbarse para dormir cuando no tenía sueño, la clase a oscuras le daba miedo y su compañero Sergio, que tampoco se dormía,  se pasaba la siesta dándole patadas, primero flojas y luego fuertes.  Porque en el comedor le ponían judías y  de postre una cosa asquerosa , melocotón en caníbal, que se resbalaba en el plato. Y  porque estaba cansado y tirarse al suelo le descansaba.

Todo eso que no le gustaba el primer año y en realidad tampoco el segundo,  es obedecer y las obligaciones. Todos tienen eso, también sus padres que siempre van corriendo a obedecer y a las obligaciones. Poco a poco se va a acostumbrando y el segundo año se tira menos al suelo,  ya solo de vez en cuando. Tampoco lleva ya gorro de lana por las mañanas, es de bebés y él ya no lo es, así que Elsa no se lo  puede quitar  en la fila  pero, a cambio, le pincha con la punta del lápiz y le tira del jersey hacia  atrás. Él ya no se está quieto aguantándose la rabia,  se da la vuelta y la empuja y Laura casi todos los días los manda un rato al pasillo a pensar. Pero en vez de pensar, saltan.

Durante la excursión a la granja escuela va sentado con Sergio, como él quería porque ahora son amigos,  pero Elsa se sienta detrás, y le pega un chicle en el pelo.  Él la muerde tan fuerte en el brazo que  le hace un poco de sangre,  Laura le pregunta que si es caníbal, como el melocotón del comedor. No sabe qué contestar y no contesta nada, baja la cabeza pero no está arrepentido.  Todos montan en un burro pequeño, dan tres vueltas, hay polvo y hace calor, a cada uno le hacen una foto, esa foto está pegada con chinchetas en la pared de su cuarto pero a él no le gusta mirarla.

En el tercer año ya nunca monta pollos, cuando está enfadado chuta muy fuerte a la pelota, corre y suda.  Algunos niños pequeños sí los montan y él los mira desde arriba, con superioridad de escolar experimentado. Laura les está enseñando a leer y a escribir porque cuando acabe el curso todos tienen que saber. Van a pasar a primaria sabiendo.  Cuando levanta la cabeza del cuaderno, Elsa siempre le está mirando para hacerle burla, se levanta el pelo y se lo pone para arriba porque él lo tiene así, de pincho,  y luego se ríe. Le da rabia.

Laura ha conseguido que todos lean y escriban, algunos mejor y más deprisa y otros atascándose un poco, eso no importa, está contenta  y  les enseña canciones, también ha hecho un libro en el que salen ellos, cada uno se ha dibujado a sí mismo, él se ha puesto una sonrisa enorme enseñando todos los dientes aunque otro niño le ha preguntado señalándola, ¿por qué sales enfadado en el dibujo? El solo ha dicho, ¡nooooo!, gritando, porque ahora sí que se ha enfadado. La canción que más le gusta a Laura habla de una casa con palomas en el tejado, la cantan todos juntos dando palmas, levantando los brazos y después bajándolos. Está un poco harto de esa canción y de subir y bajar los brazos porque la repiten todos los días. La están ensayando para cuando vengan los padres, van a venir pronto, al final.

Ya es el final y como van a pasar a primaria y eso es muy importante,  les hacen desfilar por el pasillo del teatro, subir por unas escaleras, saludar desde arriba de dos en dos, los niños llevan  una corbata como las de los padres y las niñas unos lazos en el pelo que se les meten en los ojos,  suena de fondo una canción, les hacen muchas fotos, aplauden, les ponen una medalla hecha con cartulina y una cosa pequeña de tela sobre el  jersey. Está deseando salir para jugar a la pelota en el patio con Sergio y con otros más.  Elsa, que se cambia de colegio al curso siguiente,  le da en la mano un papel arrugado. Él se lo guarda en el bolsillo del pantalón, sin mirarlo y corre a jugar.

Es su madre quién lo encuentra cuando va a meter la ropa en la lavadora, en el papel dice: “todo el año e cerido casarme contigo” y debajo está escrito su nombre metido dentro de una nube.

Su madre se ríe muchísimo,  no le gusta cuando su madre se ríe tanto, tampoco cuando se pone loca y baila. No quiere que se ponga loca. Cuando hace tonterías, se tapa los ojos, avergonzado. Se los tapa y dentro de la oscuridad de sus manos está el verano que ya empieza y todo lo de atrás se le olvida, lo de tercero de infantil  y lo de segundo y lo de primero. Pronto se va a ir la playa, donde vive el mar, también sus primos viven ahí.

 

Radicales libres

La sala de espera está decorada siguiendo las normas del feng-shui, por si acaso. Un ramo de margaritas naturales colocado en un jarrón recibe con alegría amarilla a los pacientes. Junto a él, un letrero de madera los orienta y sitúa, también por si acaso: “Claudio de Diego, especialista en medicina naturista y biológica”. Una fuente de agua azul sobre una repisa fluye sin parar. Será por eso que todos se levantan tanto al baño, ese ruidito…la tendría que quitar a ver si se están quietos en sus sillas pero no se decide a eliminar el elemento agua. Tiene que contrarrestrar la predominancia del elemento madera ya que tanto la mesa como las sillas y los estantes son de ese material. La madre que parió al feng-shui y encima ninguno lo sabe apreciar.

De lo que sí se enteran es de lo que ven desde sus asientos los breves instantes en los que levantan las cabezas de los teléfonos. Al fondo, en dos cuartos con las puertas siempre abiertas de forma intencionada, hay dos imponentes máquinas. Eso es lo que les gusta de verdad, las aristas rotundas y el misterioso funcionamiento de sus bichas. Se sienten seguros cuando los conecta a ellas, su materia modulada por los poderes tecnológicos. Si lo sabrá él, por eso no deja de pregonar sus beneficios en cuanto un nuevo ser dolorido y quejoso se sienta amedrentado en una de las sillas de madera y atisba en la lejanía a las dos diosas metálicas.

Hoy no tiene ningunas ganas de contar lo mismo de siempre pero, qué remedio,  lo hace. Asoma sus zuecos de goma de color morado y recita mirando a los nuevos,  que a su vez miran a las máquinas con una mezcla de reverencia y temor ,”transmiten una corriente eléctrica a bajo voltaje que calma el estrés y disuelve los nódulos de energía estancada”. Ahí queda eso, pazguatos, piensa.  En estos momentos tiene conectada a Violeta, esa señora con dolor articular.  De vez en cuando se acerca a controlar,  el pelo crespo, erizado como si también él acabara de salir de la máquina y se hubiera electrocutado,  la refulgente corbata en llamativos rojos y verdes escapando indiscreta de la bata blanca.

-¿Cómo va todo, Violeta, se encuentra bien? Huy, cuánto estrés le da, dice mirando unos números que salen en una pantalla, pero no se preocupe, verá que relajada sale.

A ver si es verdad, contesta la otra un tanto desencantada.

-Pues claro que es verdad, es electro acupuntura, son los meridianos  por donde circula la energía. y nosotros somos energía, ¿qué otra cosa somos?

Está bastante harto de tener que dar tantas explicaciones básicas, de tener que dar tantas explicaciones en general, para qué habrá puesto los folletos encima de la mesa si luego nadie se los lee. Conduce al quinto paciente de la mañana hasta la otra máquina, un joven enclenque que dice que le duele la cabeza a todas horas, a todas, todas.

Te va a detectar el grado de oxidación en diez minutos porque aunque tú eres joven,  una cosa es la edad real y otra la biológica. Si te salen muchos radicales libres ya veremos lo que hacemos, puedes tener un desequilibrio…pues sí que te da radicales, sí,  no me gusta un pelo,  qué cantidad de ellos, ¿eres fumador? Ha conseguido asustar al enclenque.

-No, ya no, lo dejé hace tiempo, dice con voz temblorosa el tirillas.

-Pues tienes que estar expuesto a alguna fuente muy potente de contaminación ambiental. Te vas a tomar estas cápsulas de vitamina E y magnesio durante dos meses, ya verás como cuando vuelvas y te analice la máquina otra vez, te habrán bajado los radicales.

-Pero eso de los radicales, ¿es peligroso?

Hombre, son átomos sin un electrón, eso es todo, no te líes.

El chico sale bien aferrado a su caja vitamínica sintiendo que una guerrilla de átomos desparejados se amotina en su interior. Pero para guerrilla la que tiene liada con la agenda Claudio de Diego, entra un momento en su despacho para consultarla. Este idiota le anuló a última hora, esta otra ya ha cambiado tres veces la cita y este…tiene que contratar un ayudante pero de momento se las apaña como puede. Y encima venga a sonar el teléfono.

Hola, Angelita, dígame, ¿que se encuentra peor?, ¿y eso?, ¿se ha tomado el extracto de papaya como le dije?, ¿y nada? Peor que antes. Eso ya se lo advertí, tenga en cuenta que el cuerpo mientras se depura es normal que reaccione así, revolviéndose, pero esto no es más que una fase transitoria, ¿cuántos días dice que lleva?, ah bueno, bueno, que  no son tantos, no son tantos, venía usted muy intoxicada, el organismo está respondiendo, tómese la papaya, hágame caso.

Al que le está empezando a doler la cabeza y mucho, a violentos martillazos,  es a él. Se la sujeta entre las manos, apretándose las sienes como si así pudiera contener la otra presión, la que viene de dentro. Estornuda. Y ahora la alergia, por si fuera poco, a ver si van a ser las margaritas… se suena ruidosamente. Enfrente, sobre un estante, se alinean bien guardados en cajas y botes todos los productos naturales sanadores, los preparados homeopáticos, los remedios fitoterapeúticos.  Abre el cajón y saca una caja de lorazepam,  se toma medio y vuelve a  recorrer el pasillo de sus desdichas  hasta llegar a la máquina donde Violeta sigue conectada. Alguna que otra vez, mientras camina con prisa,  la goma de los zuecos se queda pegada al suelo y da un traspiés, resistiéndose a seguir,  solo le faltaba accidentarse.

Ya la voy a liberar, mujer,  ¿a que se encuentra mucho mejor?

Psss, de momento no noto nada.

De momento no notará, pero ya verá dentro de un rato qué relax.

Y llaman a la puerta,  otro a traerle y contarle penurias.  Será bueno para el negocio pero lo que es para su salud, hoy no los aguanta. Tensa todos los músculos, aprieta las mandíbulas, siente que el pulso se le acelera y una opresión le atenaza el pecho. Es cansancio, no ha pegado ojo. Fuerza la sonrisa, el paciente, al que ya conoce, encima es recalcitrante,  recibe la visión de sus afilados incisivos, parece un felino presto al ataque.

Nada, que no duermo.

-¿Ha hecho lo que le mandé? Porque son muy desobedientes, no me hacen caso y luego vienen diciendo que están mal. Sea sincero, ¿ha respetado los horarios que le puse y se ha tomado el preparado de plantas que elaboré para usted?

Básicamente, sí, pero, nada, que me paso la noche dando vueltas, yo creo que las hierbas a mí no me hacen nada, ¿no podría tomarme algo más fuerte?

Básicamente…entonces deduzco que no del todo. Seamos serios, si no me sigue el tratamiento qué viene luego a quejarse. Tiene que empezar otra vez y repetirlo punto por punto durante un mes como mínimo. Con lo natural hay que ser constante y tener paciencia. Y de tomar algo más fuerte, nada, que crea hábito.

No los aguanta, hoy no. Atraviesa el pasillo, hay una ventana por donde se cuela un rayo de luz, al tocar el suelo se amplía y forma un franja ancha y caliente. Ahí le gustaría quedarse, si pudiera desaparecer en esa luz… Entra  en su despacho y se toma el otro medio ansiolítico. En el bolsillo de la bata se guarda otro más, tocarlo con las yemas de los dedos ya le tranquiliza.  Los zuecos de goma morados avanzan por el pasillo pisoteando saltarines y díscolos radicales libres.

 

El Pepe

Antro apestoso, ¡ gentuza!,  se desahoga  Benjamín asomando su desvelo a la ventana, se lo dice a sí mismo, a su camiseta blanca de tirantes ¿ Por qué le ha tenido que tocar precisamente a él que  madruga y trabaja desde los trece? Cómo le  gustaría poder volver a ese dormir profundo mezcla de  juventud y agotamiento. Imposible,  él y su sueño han envejecido a la vez y para colmo esos vagos…Justo al lado de su portal acaba de abrir la boca el Pepe,  local estrecho y mohoso, noctámbulo como  algunas alimañas. Es cuando la noche se pone espesa y la densidad de lo negro casi puede tocarse con  los dedos, cuando esos topos alérgicos a la luz abandonan sus galerías para bullir al unísono bajo su ventana.

Ahí llega José Corazas, el pelo por la cintura, la boca torcida en una mueca amarga arrastrando los pies calzados con chancletas, le sigue  su perro que lame las piedras y las paredes y se bebe con deleite el agua del inodoro. Con la cabeza saluda al gordo Mateo, que ya está dentro fumando porros, los ojos de sapo enrojecidos y una risa bronca que nunca se sabe a qué viene pero que es muy contagiosa. Y aterriza al rato Silvi con su minifalda negra, poderosos muslos, brazos velludos, ojos verdes felinos. Silvi la sin amigas, que recorre el pueblo en su moto destartalada, sin otra ocupación que no sea la de deambular por el día y la de habitar el Pepe por las noches.

Apoyado en la barra, ginebra delante,  Chupa-chups, gomina embaurnándole  el pelo, ajustadas camisetas de colores chillones, llavero dorado asomando por el bolsillo del pantalón replanchao. Chupa chups que cada media hora arranca su coche deportivo con gran ruido de tubo de escape, da una vuelta a la manzana y vuelve a su puesto dando por cumplida la regular hazaña.  A su lado, sin hablarle, como si habitaran mundos paralelos,   el Orejón, antiguo camarero de los salones Las Musas, especializados en bodas. En un arranque incontrolado que ni él mismo se explica,  dejó el trabajo y se largó a Brasil. Desde su regreso habla sin cesar de las mulatas y cuando lo hace levanta los ojos extasiados al techo como si por él  anduvieran contoneándose las tremendísimas.

Para desgracia de Benjamín, el tiempo que todos ellos pasan dentro es breve, el justo para aprovisionarse de copas, es en el exterior, sobre el suelo de la calle donde les gusta sentarse, las espaldas pegadas a la pared de piedra que guarda el calor del día casi hasta el amanecer. Se sientan y los perros les pasean entre las piernas y los murciélagos les sobrevuelan las cabezas y Benjamín les lanza maldiciones desde su ventana y algún cubo de agua sucia, a la desesperada.

No todas las noches pero sí unas cuantas aparece  Bea la Loba que pasó varios meses en la cárcel por atracar un supermercado, desde allí escribió cinco cartas que algunos dicen que eran poesía  pura. Luego se regeneró, más por miedo que por ganas, se casó con  Tomás, montador de escenarios musicales,  tuvieron una niña a la que llamaron Luna. Va al mercado , cocina, pinta de blanco las ventanas y planta petunias de colores que coloca en los alféizares, pero hay noches que los ojos se le ponen turbios y se escapa al Pepe. Sentada en el suelo  mira con ansia la calle y aúlla que quiere ser libre, que estuvo en el talego, que no aguanta a Tomás y que si alguno sabe lo que quiere decir libertad.

Allí las  voces se pierden, los lamentos, las quejas, las peticiones, las inquietudes  o los deseos expresados son como estrellas fugaces, las miradas de los que se sientan si acaso se posan solo un instante en el que habla para olvidar al momento con una amnesia profunda. No por eso desiste Darío, un estrafalario muy seguro de sí mismo que se auto califica de artista y que asegura que prefiere estar loco antes que ser vulgar. Pinta selvas llenas de árboles y dentro de los árboles mundos enteros en miniatura. Cada noche lanza al aire la misma cuestión que nadie recoge:” o la música o la pintura porque son dos artes tan fundamentales”… queda tan polémico tema suspendido en la oscuridad, flotando al mismo nivel que las mariposas de luz que giran y giran enloquecidas alrededor de la desnuda bombilla. Trémulas mariposas que, un día, Armando, el solitario que se sienta aparte,  calificó de espíritus. Armando, que tras saludar a todos con una cortesía impropia del lugar,  se encierra en un silencio solo roto para pedir un mechero o un cigarro, que nunca participa en las conversaciones ni se contagia de la risa del gordo y que cuando aún quedan horas para el amanecer, se levanta con lentitud, se sacude los pantalones y suelta un tímido adiós que apenas se oye antes de desaparecer, avergonzado de su deserción.

Habitual es Ramón que tuvo la polio de niño y camina con muletas. Tiene tendencia a instalarse definitivamente en las casas ajenas y a liquidar las reservas de bebida y comida mientras habla por teléfono con una novia fantasma que vive en Canadá. Cuando se deciden a echarle, es tanta la pena que produce verlo escaleras abajo con sus musculosos brazos y sus piernas de títere que lo invitan a subir de nuevo . Lo sabe bien María la Bruja, aficionada a las cartas del tarot y a los horóscopos, que tuvo de acoplado a Ramón durante todo un año.  María que probó a todos los habituales del Pepe buscando el amor verdadero y cuando ya había perdido la esperanza de encontrarlo llegó el Zarzas de un pueblo de Cádiz y cayó rendida. Solo  él, también aries, fue capaz de igualar su marciano carácter. Ahora siempre van juntos, abrazados y besándose hasta que sus efusivas demostraciones amorosas comienzan a transformarse en empujones y gritos. En una de esas peleas se cayeron al suelo las cartas del tarot, todas boca abajo menos la de los enamorados, señal inequívoca de que estaban predestinados y podían continuar con  tranquilidad alternando amor y broncas.

Botas negras, despeinado como si se acabara de levantar, entra Álvaro en escena a última hora con su cámara de fotos colgada al cuello.  Con un certero clic captura a José Corazas,  el perro lamiéndole la chancleta, a Silvi a lomos de su moto, la luz lunar chorreándole por los poderosos muslos, al gordo soltando la carcajada rodeado de  bruma azul, a Chupa chups a punto de entrar en su coche deportivo para dar ruidosamente la vuelta a la manzana, el llavero dorado lanzando siniestros destellos, al Orejón mirando fijamente la bombilla plagada de mulatas mariposas pululantes, a Armando desapareciendo furtivo por la esquina,  a María y al Zarzas besándose sobre un coche, a Darío preguntándole a la farola si la pintura o la música porque son dos artes tan fundamentales…a Benjamín lanzando  un vaso desde su ventana y a los trozos de cristal rotos que quedaron delante de la puerta del Pepe, brillando como pequeñas estrellas de tierra.