Categoría: Ventanas

La casa de abajo

En el piso primero A y primero B  vivían cuatro hermanos de edades cercanas a las nuestras. Su casa,”la casa de abajo”, era nuestro lugar preferido para jugar después de la calle  y cuando no podíamos estar fuera porque hacía mal tiempo, íbamos directamente a la casa de abajo, sin preguntar. El padre era pediatra y pasaba consulta en el lado A, el B lo utilizaban de vivienda. La madre dabas las citas y le ayudaba como enfermera, por eso en el lado B nunca había ninguna figura de autoridad y podíamos hacer lo que quisiéramos.

Era una casa muy caótica, mucho más que la nuestra, también estaba bastante sucia, no era raro encontrar algún trozo de filete o de tostada a medio comer recubiertos de pelusas por debajo del sofá o telas de araña enganchadas en los travesaños de las sillas. Muchos muebles tenían pegados trozos de esparadrapo o de cinta aislante porque se rompían y esa era la manera provisional y a la vez definitiva de arreglarlos. Parecía una casa malherida.

Por supuesto que todo eso no nos importaba nada,  podíamos correr por todas partes y, sobre todo,  bajar todas las persianas y jugar a las tinieblas gritando mucho de miedo y nerviosismo. Era el juego de esa casa, por lo menos el inicial, nada más llegar y sin que hubiera que plantearse qué hacer, nos poníamos a oscurecer el entorno.

Una puerta corredera  separaba los dos lados. De vez en cuando la madre, una señora con cara de andar flotando en un mundo paralelo, nunca se alteraba , la abría para pasar al otro lado a coger o dejar algo, indiferente a las sombras, a las carreras, al desorden general. Lo que en el lado B era un salón comedor en el A era una sala de espera. Allí, sentados en sillas puestas en círculo, aguardaban los niños enfermos con sus madres. En el centro  había un cesto con juguetes viejos para que se entretuvieran. También tenían durante todo el año un árbol de Navidad decorado con bolas de colores, no muchas porque se iban cayendo y rompiendo. Unas navidades no lo quitaron por falta de tiempo o de ganas y se quedó para siempre.

Sentado en la silla de la esquina estaba el abuelo de nuestros amigos leyendo novelas policíacas  de Lou Carrigan, en concreto una saga en la que aparecía una tía muy buenorra en la portada. Huía del jaleo del lado B y cuando se cansaba de leer se ponía a mirar a los niños que lloraban o jugaban con los trastos víricos del cesto. Solo con una  observación desde la silla ya  les hacía un diagnóstico previo y a veces hasta les ponía tratamiento. Tuviesen lo que tuviesen, gastroenteritis, gripe, urticaria o faringitis siempre era “de libro”.

Según mi madre, el abuelo, que no era médico, sabía tanto o  más que don Luis, el pediatra, y tenía mejor ojo clínico. Otras madres también pensaban lo mismo, así que cuando ya les tocaba entrar   en la consulta si el médico verdadero diagnosticaba otra cosa, se quejaban, “ya, pero es que su padre ha dicho que lo que tiene es una bronquitis de libro”. Entonces salía don Luis con cara de furia y le mandaba castigado por bocazas al lado B, donde las tinieblas.

Como en la oscuridad no podía leer ni diagnosticar, se quedaba dormido en el sofá. En  penumbras veíamos su boca entreabierta  y para darle más emoción al juego nos gustaba pensar que estaba muerto pese a los ronquidos que lo delataban como vivo.

En la casa de abajo las recomendaciones dadas en el lado A se ignoraban olímpicamente en el B. Ninguno de nuestros amigos estaba vacunado, su padre decía que no hacía falta,  ya que disfrutaban de la inmunidad general, no tenían hora de acostarse y se quedaban tumbados por el suelo viendo películas hasta las tres de la mañana, comían macarrones casi todos los días, nunca se lavaban las manos antes de comer y vivían sin vigilancia una vida libre y feliz, claramente “de libro”.

 

 

 

 

 

 

Hortensias

Que sepáis que el abuelo se ha hecho viejo, nos dijo un mañana la abuela Martina, en la cocina, mientras desayunábamos. Nos lo dijo en voz baja, como un secreto. Se ha hecho viejo y me deja todos los días sin pan para desayunar, se lo da a los pájaros. Enfadada, nos señaló con la cabeza la ventana para que contempláramos la escena. Fuera, en el patio de atrás, estaba el abuelo en pijama lanzando migas y mirando cómo los gorriones bajaban de la copa del castaño para comérselas con voracidad.

Me reconocen, proclamó muy satisfecho al entrar en la casa sacudiéndose las manos. En cuanto me ven salir, bajan, eran tímidos al principio pero ya somos amigos y me esperan, todas las mañanas me están esperando.

¿Qué os he dicho?, se ha hecho viejo,toda la vida odiando a los pájaros porque le ponían el patio perdido y ahora les da mi pan, les llama amigos y dice que le esperan.Y otro día sin tostadas.

Pues sí que se había hecho viejo y no sólo por eso. Él mismo lo reconocía y nos lo contaba: mirad, guapos, vuestro abuelo ya casi no ve, apenas oye, huele poco y toda la comida le sabe a lo mismo, sólo me queda el sentido del tacto. Pero, eso sí, todavía me subo la cuesta, cuido el jardín y respiro y eso no lo pueden decir todos. Ahora os asomáis a la valla y le pedís al vecino el ABC que quiero leer las esquelas. La gente se muere mejor en el ABC, se muere más grande y con más datos, es lo único que me gusta de ese panfleto. Voy a ver cuántos han diñado entre ayer y hoy y a qué edad y luego, a las seis, riego ¿Habéis visto las hortensias? No están tan grandes ni tan preciosas en ningún jardín, a veces me preguntan que qué les hago, que si les pongo abono especial, la gente es tonta, solo las cuido, pero todo el año, también en invierno. La primera hortensia la traje en el año…

Y ahí salíamos corriendo porque si te pillaba en el relato de la genealogía de las hortensias podías prepararte a morir sin haber conocido otra cosa. Era muy peligroso y como todos lo habíamos sufrido alguna vez evitábamos como fuera volver a caer en la trampa. Había que ser fuertes y no sucumbir a la piedad ni a la buena educación. Correr sin mirar atrás ni decir adiós.

Íbamos a buscar el periódico que nos había pedido y se lo dejábamos deprisa encima de la mesa para que no nos enganchara otra vez con lo mismo. Así se pasaba entretenido buena parte de la mañana, leyendo con satisfacción la de gente más joven que él que había dejado ya el mundo, orgulloso de su capacidad de supervivencia. O admirándose de lo lejos que habían llegado otros, ¡ciento tres!, ¿será posible? Luego se dormía un rato y cuando se despertaba miraba el reloj, no se le fueran a escapar en un descuido las seis de la tarde: hora del riego.

Cuando llegaba esa hora le gustaba anunciarlo: son las seis y voy a regar. Y muy torpemente abría el grifo del agua, desenroscaba la manguera y se ponía a la tarea. Nunca se tropezaba con las raíces de los pinos que sobresalían del suelo,cosa que sí nos pasaba a veces a nosotros, se conocía de memoria el territorio. Avanzaba despacio y con cara de sufrimiento. De pequeña no entendía por qué si estaba haciendo algo que le gustaba tanto ponía esa cara de estarlo pasando mal. Ahora creo que esa cara procedía de que le dolía, le pesaba o le incomodaba el cuerpo, se le había vuelto desobediente como suelen hacer los cuerpos cuando tienen excesiva confianza y se interponía entre él y sus placeres como un enemigo infiltrado.

Se había hecho viejo, viejísimo. Hablaba con los pajaritos y les daba de comer, leía esquelas como si fueran un género literario y su mayor placer del día era regar sus maravillosas hortensias arrastrando su cuerpo doloroso. Se había hecho viejo y solo quería hablar de sus chicas de colores, “la primera hortensia en llegar al jardín fue la azul, esa de la esquina, más bonita no puede ser. Después traje las moradas y luego en el verano de la gran tormenta cuando se cayó un pino y otro se tronchó llegaron las blancas del fondo y a continuación…A continuación, con esa poca empatía tan típica de la infancia, salíamos corriendo.

Cabina número 3

En la clínica de las máquinas curadoras no nos llaman por nuestro nombre, nos llaman precisamente por lo que tenemos estropeado, tiene su lógica. Yo soy el hombro y a mi derecha espera una rodilla, a la izquierda un tobillo y más allá una zona lumbar. Estamos sentados en una hilera de sillas negras muy feas mientras nuestros mecánicos corren de un lado a otro con sus pijamas verdes y sus zuecos de goma de colores y se pelean entre ellos por las máquinas milagrosas. No hay tantas como cuerpos estropeados.

Oigo decir a uno, imponiéndose: me quedo con el láser para el hombro, cabina tres. Me hace un gesto con la cabeza y yo, el hombro, me levanto mientras la rodilla, el tobillo y las lumbares me miran con envidia porque se quedan en las sillas feas, esperando. Iba a decirle a mi conductor, porque eso es lo que hace, conducirme por un pasillo gris hasta la cabina tres, que no creo en el rayo láser, que no creo en ninguna de esas máquinas que tienen, que no me parece que eso me vaya a curar pero como soy un hombro al que no le gusta crear polémicas innecesarias, no digo nada y entro.

Me siento en una silla todavía más fea que las negras de fuera, hundida por todos los averiados que se han sentado antes, muchos, visto el nivel de hundimiento. El mecánico me coloca la máquina sanadora, corre una cortinilla negra, también horrorosa y se va. Una luz roja se apoya temblorosa en mi hombro, no me gusta que tiemble, no la veo segura, es como si ella misma dudara de su fuerza y poder para sanar. Por encima de la cortina negra se ve un trozo de ventana y la parte de arriba de un árbol. Es una acacia urbana. Las hojas se mueven suavemente y la luz del sol ilumina por dentro las hojas. Me quedo mirándola, estoy bien así, sin hacer nada, mirando el árbol y la luz, a veces amarilla, otras verde.

Cuando vuelve mi conductor de pasillos lo lamento, me hubiera quedado bastante más rato en esa misma posición mirando la luz de la ventana pero tiene que entrar la rodilla, ya está fuera, observándome con impaciencia. Es antipática y habla todo el tiempo de sí misma. Ella sí cree en la eficacia del rayo láser.

Yo creo en la eficacia de la luz del sol que ilumina el árbol. Creo en el árbol y creo en estar sentada en esa cabina silenciosa, sola y quieta, mirándolo. En eso sí creo, en eso y en poder escapar un rato de mis obligaciones y recluirme en el monasterio llamado cabina 3. Al día siguiente estoy deseando que llegue la hora de la sesión aunque digo con voz de fastidio,para disimular, me voy a la fisioterapia, qué aburrimiento. Basta que sepan que algo me gusta para que me lo quieran estropear. Y la sesión me gusta. Espero en las sillas feas, me dejo conducir por el pasillo gris por el conductor que me han asignado, entro en la cabina y disfruto de mi rato de paz luminosa y árborea. Creyendo, con muchísima fe. El hombro cada vez me duele menos.

A la rodilla sí le duele la rodilla, me lo ha contado mientras esperábamos,se ha remontado al inicio de la lesión y me ha narrado su evolución con todo detalle.También me ha contado que antes de ser rodilla fue talón y ligamento del brazo, ni siquiera brazo entero. No nota ninguna mejoría y está enfadada. Pese a que no me agrada demasiado esa rodilla, le he dicho, por hacerle un favor, que se concentre en la luz y que mire el árbol que se ve por encima de la cortinilla negra, que se relaje, que ese tiempo es solo suyo, que lo disfrute.

No le ha gustado el consejo, se lo he notado, creo que ha pensado que soy un hombro loco, ella es una rodilla con cara de patata porque con la edad las caras pierden sus contornos, se desfondan y tienden a parecer tubérculos. Es una rodilla patata incrédula y por eso va a seguir siendo rodilla. Yo no, gracias a la fe que tengo en las propiedades de la luz y en las propiedades de que por un rato me dejen en paz,sobre todo en estas últimas, ya no soy el hombro. He recuperado mi identidad completa y al marcharme, mi conductor de pasillos me dice adiós y por primera vez me llama por mi nombre entregándome así al mundo de los enteros.

Salgo muy triunfal riéndome por dentro de la rodilla patata tonta pero al girar la esquina siento añoranza. Me hubiera gustado ser hombro una o dos semanas más, el mundo de los enteros es demasiado exigente. Quiero volver a la cabina número tres y a las sesiones de luz y ramas.

Señor Li

En el parque he visto al señor Li haciendo la grulla debajo de los azulejos rojos. Ha levantado muy lentamente la pierna izquierda y ha extendido el brazo derecho. Justo en ese momento se han encendido las tres fuentes, el agua saltando hacia arriba impulsada por su magia.

El gato negro y blanco se ha asomado a través del seto con su cara gorda y recelosa, como si estuviera pensando, “no me lo trago, Li”, los bigotes rezumando desconfianza.

Desde el suelo, el chico fotógrafo capturaba gotas de agua, flores, luz verde tamizada, alas de pato agitadas, la cara del gato, los azulejos rojos.

El señor Li ha abrazado la luna y luego, con admiración, ha sujetado el mundo.

(Cuaderno de DM)

El harén de Pepe

Pepe, el portero del 42, se ha montado un harén asexuado pero muy lucrativo con las viejas del edificio. Todas le adoran porque las lleva de la mano, les pregunta por sus males, acarrea sus bolsas y carros y hasta las sube en brazos para montarlas en lo que él llama “el columpio” una de esas sillas salva escaleras que se encajan en las barandillas. Mientras ellas suben o bajan, Pepe les canta “A la sillita de la reina, que nunca se peina” y da alegres palmas.

También les alaba los peinados cuando vuelven de la peluquería, sostiene en brazos a sus perritos, se interesa por la vida de sus nietos y critica con saña a las residencias o a los hijos que no las visitan. Cuando ya no pueden salir, les lleva el pan, la leche y un rato de compañía. A Manolita, como se le cayó al patio una zapatilla, le puso de nombre la Cenicienta y cada día le augura la pronta venida de un príncipe, mucho mejor que su marido, el que se gasta la pensión en tragaperras.

A Susana, la que recoge colillas del suelo y luego se las fuma apoyada en el árbol de la esquina, le hace de detector colillero, “ahí tienes una buena, la acaba de tirar el del despacho de abogados y estaba casi entera, esa no la cojas, se la ha fumado el farmaceútico y las deja mondas, mira, tres seguidas, qué suerte tienes hoy”. A veces también se apoya él en el mismo árbol, todo bigotes negros, junto a la escurrida Susana, más consumida que sus propias colillas.

¡Pepe, mi salvador!, grita de lejos Amparo, la que camina con un andador. Pepe sale corriendo al rescate y le dice, “cada día das más deprisa la vuelta a la manzana, te veo corriendo la San Silvestre, Amparito, que sí, ya lo verás”. Y la acompaña hasta la farmacia cantándole el bolero, “Si tú me dices ven, lo dejo todo”

Por las tardes montan una tertulia en las escaleras del portal o alrededor de los contendores de basura. Algunos vecinos se han quejado de que Pepe se siente en las escaleras, agitando su plumero hecho de tiras de trapos, como si fuera el jeque del portal y las viejas sus decrépitas huríes. La gente se queja por cada tontería…

Cuando es el ramadán, Pepe, cuyo verdadero nombre nadie conoce aunque se sospecha que es Mohamed, desaparece durante el día y solo asoma para lo más esencial. Su harén vaga penoso, renqueante y abandonado por las calles del barrio, las propinas sin destinatario acumuladas en bolsos y bolsillos.

Frutero del Punyab

Hace poco abrieron en mi barrio una frutería nueva, el frutero es un indio con turbante naranja, barbita negra de chivo, muy delgado, con aspecto de yogui, amable y ceremonioso. Habla bien el español porque ya lleva diez años aquí y además le gusta hablar aunque si el otro no está por la labor, limita el intercambio verbal a tres frases recurrentes.

Una es “to muy bueno, to muy fresco”, la otra “gracias a Dios” y la última, que utiliza como cierre es “qué pena, qué pena”. La primera es bastante falsa porque, si puede, te coloca entremezclado algo “to malo, to pocho” pero como lo hace con una sonrisa y aires de tranquila meditación da más vergüenza reclamar que si fuera el típico frutero chulesco.

Suele tener de fondo musical algo muy repetitivo y machacón que han resultado ser rezos cantados, como el rosario de mi abuela pero en versión exótica. Para mí, para él lo éxotico será el rosario. Me recuerda un poco a mi abuela, en versión asiática y joven porque ella también decía “qué pena y si Dios quiere”.

Sé que son oraciones porque se lo pregunté, un poco por interés y otro poco por hablar de algo mientras me pesaba la fruta. Como me pareció que la charla se había quedado un poco corta, él seguía pesando y yo mirando como se electrocutaba una mosca, también le pregunté de qué parte de la India era. Me dijo que del Punyab y me preguntó, ilusionado, si había estado alguna vez.

Ahí es cuando me di cuenta, demasiado tarde, de que hacer esa pregunta si no habías ido nunca a la India, como es mi caso, y sin tener ni idea de la geografía del país, era una tontería de las gordas. Para no quedar como idiota ni decepcionarle, mentí un poco y le dije que sí, que había estado unos días y que me había gustado mucho. Ya lanzada le dije también que la gente era muy simpática y la comida riquísima. Pollo tandoori y todo eso. Luego salí corriendo antes de que me preguntara algo más, con una ansiedad parecida a la que sentía en clase de matemáticas cuando sacaban a la pizarra.

En cuanto llegué a casa, además de comprobar que me había endosado un melocotón “to pocho”, me metí en la wikipedia para informarme y aprendí bastantes cosas. Por ejemplo que Punyab significa cinco ríos, que su capital es Chandigarh, que se dedican sobre todo a la agricultura porque es una región muy fértil, a causa de los cinco ríos, y que la mayoría de la población es sij, no sé en qué consiste ser sij. Ya me enteraré. La visita típica es el Templo de Oro en Amristar, santuario sagrado del sijismo. En este momento están en época de monzones.

Con esos datos en mi poder he vuelto hoy a por un melón sin miedo a ser descubierta. Se ha puesto muy contento cuando me ha visto, por aquello de que conozco su tierra. Iba a sacarle el tema de los monzones, del templo dorado y de la fabricación de bicicletas y máquinas de coser, otro dato que me he aprendido de la zona, pero no ha podido ser porque en un momento se ha llenado la tienda de gente y de lío. Una mujer venía a devolverle una piña que no estaba tan “to buena” como debía.

Solo me ha podido contar que no va cerrar en todo el mes porque es pobre, los pobres no tienen vacaciones, solo han venido al mundo para trabajar, trabajar y trabajar, nada más que para eso. “Qué pena, qué pena”.

Pues es verdad, tiene razón el piadoso frutero del Punjab, ahí sí que está bien puesto el qué pena.

Hora de salida

De aquel lugar no había que querer salir porque no existía en la tierra otro sitio mejor que ese y si pensabas que tal vez sí tenías que disimularlo para que nadie se diera cuenta de tus dudas. Yo dudaba, desde el primer momento dudé, pero fingía porque esa oficina tenía que ser nuestra madre, nuestro padre, nuestro amante, nuestros hijos, nuestro cielo, el útero que nos cobijaba y nos nutría.

Tecleábamos todo el día, en eso consistía el trabajo, en teclear y lanzar, teclear y lanzar lo tecleado. Antes de empezar nos aleccionaban sobre la importancia de nuestra labor, que al parecer era mucha y por eso teníamos que ser apasionados y entregarnos a ella por completo. A causa de las dudas nunca lo conseguí del todo, pero seguía fingiendo.

No siempre lo que tecleábamos tenía sentido porque es imposible estar tantas horas construyendo frases con sentido. Por eso también tecleábamos letras hilvanadas sin significado alguno o nos metíamos en tecleos ajenos para pasar el rato. Al principio creía que solo era yo la que faltaba a mi cometido pero pronto descubrí que todos mis compañeros hacían lo mismo. Algunos eran verdaderos virtuosos, veían la trilogía de El Padrino o estudiaban los rudimentos del chino mandarín. Minimizábamos. Tecleábamos, nos dispersábamos y minimizábamos con gran profesionalidad.

Allí lo importante no era tanto hacer como permanecer, ser como estar. Por las ventanas, de reojo, veíamos pasar la vida. Fuera había otro mundo aunque no nos tuviera que interesar lo más mínimo porque era falso, como un decorado. La vida verdadera, la única posible, estaba dentro, en la oficina del eterno teclear.

Hasta las cucarachas del cuarto de baño lo sabían, ellas también minimizaban escondiéndose con agilidad y rapidez por debajo del linóleo en cuanto algún humano tecleador pisaba su territorio. Nunca había visto un suelo de linóleo hasta que empecé a trabajar ahí, pensaba que ese material se ponía solo en los suelos de las novelas, me hizo hasta cierta ilusión.

Tampoco había tenido nunca un jefe tan jefe, con tantas características de jefe como ese. Era el jefe universal: barbudo, fumador, los dientes amarillos de nicotina, los ojos enrojecidos, la mirada torcida, el humor cambiante, las intenciones ocultas. Me aterrorizaba.

Bien claro me dejó desde el primer día que la hora de salida que figuraba en el contrato era orientativa, un mero formalismo, algo había que escribir y habían escrito al azar “las siete”. En realidad podían haber sustituído esa hora por “nunca”. Nadie se marchaba a las siete, eso lo comprobé enseguida. Ni a las ocho ni a las nueve ni a las diez. A las once algún atrevido iba recogiendo o se levantaba a beber agua provocando la minimización de las cucarachas, que tampoco se iban.

Al otro lado, en esa vida falsa que veíamos a través de la ventana, era ya de noche. Pasaba algún coche, algún autobús casi vacío, algún paseador de perro, alguien taconeando. Todo falso y de mentira porque los de verdad estábamos dentro y no había nada más. Lo otro, lo que alguna vez habíamos tenido o querido tener, eran mundos imaginarios. Sueños, fantasías enfermizas.

Un tarde, movida por un impulso que creo que provenía de las dudas, me levanté de la mesa a las siete y media y me marché a mi casa de ficción. Una voz delatora gritó, ¿ya te vaaaaas? y todos giraron sus cabezas hacia mí, con espanto. Solo dije: sí, tengo prisa. Y me fui. El jefe jefísimo salió de su despacho para contemplar, incrédulo, mi deserción. No me pareció tan irreal la vida de fuera: el aire era suave, la luz de primavera iluminaba los árboles, la gente parecía feliz o desgraciada pero verdadera y el autobús me llevó hasta mi destino.

A partir de ese día empecé a marcharme siempre a las siete y media, incluso a las siete alguna vez. Todos los tecleadores minimizadores me miraban escandalizados y con miedo. Se preocupaban por mí, incluso alguno, buen compañero, me avisó de las posibles consecuencias de ese comportamiento tan irresponsable. Me pidió que siguiera disimulando, me confesó que casi todos lo hacían así y que no fuera tonta, era mucho lo que me jugaba. No se equivocaba, fui expulsada al mundo irreal y en él sigo.

Me gusta más el mundo irreal que el de esa oficina, nunca fui feliz ahí y casi desde que entré estaba pensando en marcharme pero, curiosamente, no he vuelto a conseguir vivir tan intensamente como cuando estaba dentro. Teclear y lanzar , minimizar, pisar un suelo de auténtico linóleo, temer al jefe más que a nada en el mundo, aterrorizar a mi vez a la oficina subterránea de las cucarachas del baño, sentir, pese a las dudas, que no había función más importante y esencial que la que desempeñaba.

Todo lo que he experimentado después me ha parecido, por bueno o malo que haya sido, un tanto deslucido y falto de sustancia, mal construido. A lo mejor era cierto que la vida real estaba dentro y ahora solo soy una figurante más que pasea por la calle creyéndose verdadera.

Aguantar o esquivar

El año pasado, más o menos por estas fechas, me salió un trabajo de corta duración y de corto todo lo demás. Los de la empresa lo llamaban mini job, el nombre que yo le puse también empezaba por eme. Da igual, me gustaba el trabajo porque era fácil y cómodo y no me ocupaba la mente.

La gran misión que tenía era contestar al teléfono diciendo el nombre de la empresa y luego buenos días o qué desea o en qué puedo ayudarle. Desviaba la llamada a otro y fin del cometido. Eso sí, era una acción muy repetida y tediosa. La empresa se llamaba Ortuño y Asociados. Yo estaba en la entrada de las oficinas, detrás de un mostrador, con otra compañera, Cristina, mi asociada.

Como pasaba mucha gente por delante del mostrador nos entreteníamos intentando averiguar cuál de ellos sería Ortuño. Nunca lo supimos, también es verdad que como solo estuvimos un mes no nos dio tiempo a investigar a fondo y tampoco lo quisimos preguntar para que no se nos acabara la diversión.

Todos tenían más pinta de asociados que de ser el propio Ortuño que nos imaginábamos gordo y con un bigote otomano. Con esa idiotez nos reíamos mucho, tanto que casi no podíamos contestar al teléfono. Los trabajadores de emejobs nunca se terminan de tomar del todo en serio su emecometido, es algo que tengo más que comprobado.

Cristina me caía muy bien, era rara, eso me gustaba. Tenía andares felinos y practicaba Aikido. Había tenido una vida interesante o eso dejaba ella entrever soltando de vez en cuando informaciones misteriosas como, “me gusta conducir por el desierto, ¿y a ti?” Nunca sabía qué contestarle a ese tipo de preguntas y me quedaba callada, seguramente pensaba que yo era una insulsa. Un poco acertaba.

También teníamos otro asociado pero menos, él estaba más en las afueras de la empresa que nosotras, era como un conserje o vigilante de la puerta, se llamaba Rafa y era de un pueblo de Toledo. Cada cinco o diez minutos asomaba la cabeza, nos miraba y soltaba la frase resumen de su filosofía de vida: “aguanta la pedrá”. La utilizaba para todo y siempre quedaba bien porque en qué caso no hay alguna pedrá que aguantar, prácticamente en ninguno.

La frase se me quedó grabada, tampoco era muy complicada de recordar, y me la digo mucho cuando no me sale algo como me gustaría. Me hace gracia decírmela pero no sé si es del todo buena, me parece que no. Porque si no esquivo alguna de las pedradas corro el riego de morir lapidada y encima sin que me haya dado tiempo a descifrar ni el misterio de la vida ni, lo que es mucho peor, el de quién de entre todos era Ortuño.

Faro Conchita

La dueña de las calles de mi barrio se llama Conchita. Salgas de casa a la hora que salgas o vuelvas a la que vuelvas, allí está ella, patrullando. Si por algún motivo pasas un tiempo lejos, el faro Conchita te guiará hasta tu morada con su simple presencia. A Conchita puede que le caiga encima un meteorito pero el techo de su casa casi seguro que no. Hace no tanto la odiaba y me enfurecía verla a todas horas pero se me fue pasando. De tanto chocar conmigo me erosionó el odio y lo dejó pulido y liso.

El otro día hasta me preocupé porque ya había cruzado tres calles y todavía no me la había encontrado. También me asusté bastante, como si me hubieran cambiado de sitio el mundo y vagara sin referencias. Por suerte, a la cuarta calle ahí estaba mi Conchita. Con Bombón, su perra.

He de decir que Bombón es la perra más horrorosa que he visto en mi vida y que su ama no hace más que empeorar esa fealdad vistiéndola con trajecitos. Uno de sus modelos más escogidos es una camiseta rosa con lentejuelas en la que está escrito “funky” ¡Ay, Dios!, ¿por qué hará esas cosas Conchita?

Bombón fue perra apaleada y ella la rescató , la cuidó, le curó las heridas, las penas y la desconfianza. Todo tiene un precio y ese precio deben de ser los trajecitos remonos. Como la gabardina con capucha para la temporada otoño-invierno que se ajusta con un cinturón al talle gordo y amorfo de Bombón, pero de eso mejor ni hablar.

Conchita es amiga del barrio entero y hace su ronda saludando a todos, incluso ha aprendido a decir “ni jiao” para comunicarse debidamente con los de la frutería, procedentes de Quingtiang, en la mismísima China. Hay quién la odia, como me pasaba s mí antes, ella lo sabe pero no le importa, la popularidad incluye detractores.

A veces patrulla con un grupo de amigas. Todas son del mismo estilo, señoras a las que se les transparenta el cuero cabelludo por debajo del pelo ahuecado con laca. Algunas se escoran hacia la derecha, otras hacia la izquierda, ninguna camina en línea recta. Es raro ver a esa flota de barcos a punto del naufragio paseando a sus perros feos, todos rescatados del apaleamiento por Conchita, la bienhechora canina. A uno le faltan las dos patas de atrás porque lo lanzaron desde un sexto piso y su dueña actual, una mujer con el pelo tricolor como una bandera estropajosa, lo pasea en brazos.

Dan un poco de miedo, parecen peligrosas pandilleras de la tercera edad, avanzando torcidas, desconfiadas, buscando víctimas para pegar la hebra. Cuando no me da tiempo a cambiarme de acera porque el radar de Conchita me ha detectado, procuro ser simpática, total, ya estoy perdida…

Les pregunto por su perros y por sus cuerpos y ellas me hablan de las mejorías caninas y los empeoramientos humanos, presumiendo de sus dolores como si fueran riquezas. Luego me alaban el pelo y me lo tocan. Será porque a mí no se me ve el cuero cabelludo por debajo. El cartón, lo llaman ellas ¿Qué mascarilla te pones?, me preguntó ayer la del pelo bandera tricolor.

Me inventé una y ella se apuntó el nombre falso en un papel pero para eso tuve que sostener al perro sin patas traseras. Le latía muy fuerte el corazón, aún tiene miedo de ser arrojado al vacío. A mí también se me aceleró un poco, estaba deseando soltar al perro tullido y salir, yo, por patas.

Dejadla ya en paz, dijo de repente Conchita muy jefa y muy antipática con sus siervas viejas, ¿no veis que tiene prisa? Y no le toquéis el pelo, sobonas.

Conchita me aprisiona y Conchita me libera. Alabada sea la dueña de las calles que piso, faro de mis tontos deambulares, salvadora y vestidora de perros feos y maltratados.