La verdadera sabiduría

 A ver, el que haya entrado en este blog por casualidad buscando “empleada pega abuela”, que me lo ha chivado WordPress en ese apartado tan majo denominado términos de búsqueda, que sepa que no es aquí. Hay una empleada, sí, soy yo, la Evi (bueno ahora hay dos) y hay una abuela, la sado-madre o doña perfect. Y tal vez se merecería unos azotes pero no los ha recibido hasta el momento ni creo que los reciba nunca de mi parte dado mi natural pacífico, bondadoso y, sobre todo, vago. Pegar es un arduo trabajo y no soy aficionada a malgastar energías tontamente, ya tengo yo bastante con mis trajines cotidianos que son muchos y variados. Bueno, pues eso, que aquí no es.

A todo esto, hoy he iniciado, sin mucho éxito, mi primer acercamiento al frente del adversario. Ella, la rival, se hallaba enfrascada en sus maniáticas aspiraciones, qué afán tan tonto el de luchar contra el polvo, es una batalla perdida de antemano, el polvo siempre regresa. Pues eso, que me he acercado como quien no quiere la cosa y entre el ensordecedor ruido del aspirador la he chistado: chiss, tú, oye, ¿cómo te llamas? Mi intención era ganarme su confianza y llevármela a mi terreno. No me responde. Me he atrevido a darle unos toquecillos en uno de sus huesudos hombros y he insistido: que cómo te llamas, maja.

Sin dejar de aspirar hasta en los lugares donde nunca sospeché que se pudiera limpiar me contesta al fin: Tati. Será boba…Que digo tu nombre verdadero, no ese que nos han puesto. No comprendo, suelta ella con un peculiar acento que hasta ese momento no había detectado. Yo, Eva, digo gritando y señalándome. ¿Y tú? y la señalo también. Svetlana, me desvela al fin, así como de mala gana. Ah, hija, pues con ese nombre tan precioso, ¿no te molesta que te llamen Tati? Ellas todas señoras, nosotras todas Tatis, está bien, me suelta a modo de cortante conclusión y de ahí no he podido sacarla. Qué dura de roer, la huesuda. Ya, pero digo yo que si nos declaramos en huelga de trapos caídos y reivindicamos nuestra verdadera identidad, esa mujer tan desagradable tendrá que devolvernos nuestros nombres, ¿No te parece? No entiendo, aspiradora muy importante, me informa señalándome la recalentada máquina. Dinero también muy importante, añade luego y se pierde por los pasillos toda ruido y pragmatismo. Bueno, pues mi conato de revuelta se ha ido al traste. No importa, si yo me entretengo con cualquier cosa.

Sí, guapa, sí, estoy unos días en casa de mi hija pero me he traído a mi Tati porque la Tati de aquí…es de estas chicas españolas que han vuelto al servicio doméstico porque no les ha quedado más remedio pero que no tienen ni preparación, ni vocación ni ganas de aprender. Lo único bueno que tiene es que el niño la quiere pero ahora que no me oye, es un desastre.

Bueno, eso será porque no has leído el Tao te ching, querida sado-madre, que bien claro dice: la verdadera perfección parece imperfecta, mas es perfecta en ella misma. La verdadera rectitud parece torcida. La verdadera sabiduría parece estupidez.

Qué consuelo me da el saberlo.

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De drones y hombres

Menos mal que llevaba puesta mi dosis de Tao te ching porque todos esos hombres agolpados alrededor del quiosco me estaban agobiando ya desde lejos. Pero, ¿qué miraban y por qué se empujaban unos a otros, qué señuelo les habría colocado la avispada Esmeralda?, me iba yo preguntando a medida que me aproximaba. Hasta que estuve cerca y vi de qué se trataba. El cebo era nuestra amiga intercontinental, Norma Beatriz, que dando sensuales sorbos a su pajita se hallaba sentada tras la mesa adivinatoria con aires de inocencia, no sé si fingida o verdadera. Tras ella, la Esme, exultante, trataba de poner orden.

Mira, mira, ¿has visto cuántos tíos? Esto es una avalancha de las buenas, Norma es mucho más eficaz que la Anais, dónde va a parar y mira, mira, los hay de todos los tipos, edades y condiciones, menudo surtido varonil, si parece un muestrario: adolescentes -que harán que no están en clase-, viejos -no te pierdas al del transitor pegado a la oreja-, deportistas sudorosos, gordos, guapos -ese está de miedo-, feos  -lo que más, para qué nos vamos a engañar-, elegantes -ojo al pijo de los zapatines-, con trabajo, sin él…
Bueno, vale, que sí, que ya veo que hay muchos y variados ¿y todos quieren saber su porvenir? ¡Qué porvenir ni qué cuernos! Lo que quieren son las turgencias de la Norma, lo de siempre, vamos. Ahora que a mí su objetivo me da igual, el caso es que pasen por caja antes de irse. Y mira, mira ella qué bien lo hace. Pero Esme, si no está haciendo nada más que beber mate y soltar incongruencias en guaraní. Ah, no, hija, no son incongruencias, son Ñe,ênga, refranes de su tierra que me lo ha estado explicando antes. Por fin acción, lo que estaba necesitando. Eh, tú, listillo, no te cueles y aguarda tu turno que hay adivinación para todos. No sé, Esme, esto no me gusta, en cuanto se den cuenta de que no tienen nada que hacer con la Norma se van a ir. Pues vendrán otros nuevos a probar suerte, será por hombres… Y además, que cuando se nos acaben ya pensaremos otra cosa, será por ideas… No me digas que no parece un reportaje de esos científicos; ella representa al óvulo descendiendo lenta y majestuosamente y ellos son los espermatozoides en plena lucha y constante movimiento. No sé, Esme, me estás asustando con tanta tontería y además yo creo… Oye, Eva, me interrumpe, ¿eso que lleva el Jacobín entre las manos me está pareciendo…? Ah, sí, es un avioncito teledirigido muy majo que le han traído los Reyes.
¡Un dron!, exclama perturbada por completo. Todo cuadra. Trae acá que lo vamos a estrenar mandándole un mensaje a la Pandora. Y se pone toda loca a escribir en un papel arrugado la siguiente misiva: Pandora, date una vuelta por aquí si quieres saber lo que es el éxito. Muerde el polvo, bruja inepta.
Pero Esme, no insultes, por favor y no le quites el avión al niño que se va a poner a llorar. Este dron despega como yo me llamo Esmeralda y por el niño no te preocupes que ya anda detrás de la Casilda para quitarle el lazo.
Ante tanta sinrazón no me quedó más remedio que abrir el Tao te ching al azar: Conténtate con lo que tienes; recocíjate en que las cosas son como son. Cuando comprendes que nada falta, el mundo entero te pertenece.
Y tanto, Lao Tzu. Es la hora de mi bocadillo que me lo he ganado con creces.

El Tao te ching

Tati II, montada sobre mi escoba, surcaba la luna llena arrojando sobre los tejados de Madrid los arcanos del Tarot cuando una patada del Toni me ha rescatado de mis oníricos mundos. Gracias, majo, por liberarme de la pesadilla de tan delicada manera. El caso es que mientras viajaba en el autobús bien comprimida entre otros cuerpos iba intentando elaborar una estrategia de negocio pero nada, no se me ocurría nada, no soy de estrategias y de negocios creo que tampoco. Pues un tanto desanimada llego a la puerta de la ilustre mansión y llamo al timbre pero un ruido harto molesto procedente del interior que identifico como el de la aspiradora les impide oírme. Llamo otra vez y tampoco viene nadie a abrir y llamo más y más y así hasta diez veces. Ya me han echado, pienso justo en el momento en que sale a abrir la sado-madre señalándose el reloj con el morro torcido. Llegas tarde, Tati. Claro, como que llevo un cuarto de hora pisando el “home, sweet, home” que de sweet está teniendo bien poco, pienso pero no declaro que no está la situación para sinceridades. Pónte de inmediato con la plancha que está el cesto hasta arriba, me conmina sin miramientos la encantadora abuela. Y allá que voy pasando por delante de mi rival que reina sobre las alfombras aspirando con fruición rayana en la demencia.

Plancho y plancho, cuánta ropa para tan pocos cuerpos, y pienso y pienso y me torturo pensando y luego, mientras me desplazo por la casa repartiendo prendas por armarios y cajones y chocando con el magro cuerpo de mi adversaria veo un libro que me lanza mágicos destellos desde una mesa. Lo abro y leo: “El Tao siempre está en paz. Vence sin competir, responde sin hablar, llega sin ser llamado, logra sin un plan”. Huy, qué palabras más sabias y acertadas.  Paso las hojas con nerviosismo y veo un poco más adelante: “deja de pensar y finalizarán tus problemas”. Sin dudarlo, agarro el libro que se titula Tao te ching y lo introduzco en mi bolso para que haga compañía a Marcel Proust. Qué calma más buena me ha entrado y, así, con esa paz de espíritu he llegado al parque donde un numeroso grupo de hombres se agolpaba sobre nuestro quiosco. Lo de los hombres os lo cuento mañana, o pasado, o al otro, ya veremos.

Mobbing

Tan contenta llego esta mañana a mi puesto de trabajo dispuesta a realizar mis faenas con la menor profesionalidad posible cuando….(estoy sembrando intriga) cuando veo a una mujer sujetando mi escoba preferida y barriendo con un ímpetu como solo se ve en las películas. Ahora que lo pienso no he visto ninguna película en la que barrer sea parte fundamental del argumento pero tampoco soy muy cinéfila, alguna habrá. Pero bueno, ¿tú quién eres?, le digo imitando los modos barriobajeros de la Esme y tratando así de amedrentarla. A nadie le gusta que le arrebaten su instrumental sin permiso. Pero ella no me contesta y sigue barriendo haciéndose la enfrascada, como si semejante tarea diera para tanta concentración. Y encima maleducada, no importa, no voy a ser como ella y ya iba a presentarme esforzándome en ser amable porque tengo estudiado que con la simpatía se consigue más que con su contraria cuando…(siembro otra vez) cuando veo acercarse por el pasillo a una mujer similar a un ave (de rapiña): la sado-madre en persona. Para los que no lo sepáis es la madre de la Patricia y una de sus depravaciones favoritas es la limpieza extrema, de ahí el apodo que le he puesto.

Hola, Tati, he vuelto para pasar unos días pero esta vez he venido acompañada. Tati, te presento a Tati. (Os informo que así es como llama ella a todas las empleadas domésticas) Y la del ímpetu barrendero, sin percatarse de lo absurdo de la situación, me alarga una mano blanda y sudorosa al tiempo que miente: contenta te conocer. No me gustan esas manos resbaladizas que parecen peces, denotan un espírituo taimado, yo soy más de apretón fuerte y directo. Bueno, ¿y yo ahora, qué hago?, pregunto desconcertada. No te preocupes que aquí hay trabajo de sobra para las dos y hasta para otra que venga. Si en las casas no se acaba nunca, alega la sado-madre, feliz de tener un par de mucamas a su entera disposición para torturar a dos bandas. La otra Tati asiente sonriente, será falsa…Como he podido comprobar después, solo se ríe en presencia de alguna figura de autoridad, cuando estamos las dos solas lo único que muestra es su avinagrado rostro. Da grima y un poquillo de terror. Es muy fea, además, y muy flaca, sin curva mujeril alguna. Una escoba sujetando otra.

Mira Tati -prosigue la sado-madre- (y miramos las dos) tú ponte con la plancha, luego limpias la plata y después juegas con el niño y tú Tati (se refiere a la competencia) vas a hacer la limpieza porque Tati para eso… y deja la frase colgando para que cada una malpiense lo que guste. Les van los finales abiertos tanto a la madre como a la hija.

Y así ha transcurrido la mañana, lanzándonos miradas retadoras por los pasillos y yo sin saber si la Tati segunda porque la primera soy yo, eso que quede claro, va a estar aquí de por vida o es la empleada de la sado-madre y su presencia es solo temporal. La Patricia, ajena a mis desvelos e inquietudes, no ha salido del cuarto de sus menesteres pero la he oído teclear con decisión y sin desmayo. Así cualquiera hace crecer su blog.

Ay, qué angustia, ¿querrán sustituirme por la mujer escoba? Tengo que admitir que no se le resiste ni media pelusa pero sensibilidad para la belleza no tiene. Pues no va y destruye de un trapazo mi telaraña preferida.Con lo preciosa que era.

El cuarto de la plancha

Planchar es una actividad que induce al pensamiento. No a los pensamientos elevados o profundos, aunque también puede darse el caso si el ente planchante tiene esa habilidad o el día inspirado, sino, más bien, a que la mente divague y enrede. Toda esta mañana la he pasado planchando y rumiando. ¿Sobre qué volvía mi mente una y otra vez? Sobre la tardecita de domingo tan entretenida que pasamos ayer el Toni y yo.

La diversión comenzó así, con una, en apariencia, inocente pregunta: ¿Ya te has enganchado otra vez a la Rosamunde Pilcher?, me dijo mirando con desconfianza el libro en el que trataba de concentrarme. Más o menos, respondí evasiva porque no tenía ganas de hablar y él lo detectó, tiene radar para este tipo de situaciones. Puede pasarse días sin apenas dirigirme la palabra, todo mohíno y reconcetrao, pero como intuya que estoy metida de lleno en algo que se le escapa o le excluye, entonces le entra la vena comunicativa.

Mira que es mala esa mujer y que escribe tonterías, no sé cómo puede gustarte aunque ese libro que tienes no me parece de la Rosamunde. Pero, ¿desde cuándo le preocupa al Toni lo que yo lea o deje de leer? Pues si no es de esa será de crímenes suecos o noruegos ¿a que sí? Ni sí ni no, zanjo yo, bastante harta de tanta inquisición lectora. Bueno, pues dime qué lees. Nada que te interese, tú sigue con tu Walden y déjame que bastante tengo con no dormirme con los problemas de sueño del autor. Y entonces se avanlanza sobre mi y me arrebata de muy malos modos Por el camino de Swan. Se queda un rato leyendo el título, examina con recelo las primeras páginas, y se va directamente a la contraportada.

Pues sí que picas alto, una de las grandes obras literarias del siglo XX, nada menos, no te veo yo a ti leyendo esto, no lo vas a entender. ¿Cómo que no me ves, pues no me estás viendo? Una cosa es que leas y otra que lo puedas asimilar. Tienes cara de estar pasando un mal rato, reconoce que se te está atragantando el tal Proust. Pues no reconozco nada y no te metas con mis afanes lectores que siempre me tienes que fastidiar todas mis iniciativas, yo te apoyo a ti y la prueba es que te he regalado unos prismáticos para que avistes pero tú, sin embargo….Ya va a salir a relucir la batidora, que rencorosa eres, nunca lo vas a olvidar. Claro, porque ese regalo demuestra lo poco que me conoces. Anda que no te conozco, pero si te veo venir a la legua, ahora mismo estás deseando darme con la gran obra literaria en la cabeza y pensando que por qué te habrás juntado conmigo con lo bien que podrías estar con el Tomás. Del Tomás no me acordaba pero, ahora que lo dices, seguro que él no me hubiera regalado una batidora con accesorios, a cual peor. ¿Y qué tienen de malo los accesorios? Lo mismo que la batidora, no son regalos bonitos para una mujer. Ahora eres feminista, eso te viene de esa amiga tan rara del parque, no me gusta esa mujer, es muy resabiada. Habló el que no tiene amigos resabiados. Y así nos pasamos la tarde, peleándonos y odiándonos. Y eso nos pasa, entre otros motivos, por tener que convivir en un espacio tan reducido. Lo confieso: tengo envidia. Y no es de una persona, es de un electrodoméstico. Tengo envidia de la plancha de la Patricia. Ella tiene un cuarto propio.

Lecciones de aburrimiento

Llevamos varias mañanas de bajón empresarial. No se nos acerca nadie y eso que, como dice la Esme, estamos en temporada alta porque es al inicio del año cuando a la gente le da por preocuparse de sus futuros. Qué tontería, como si el tiempo se pudiera cortar como un salchichón, como si el tiempo no fuera un continuo y la división en años una forma de organización meramente artificial que no sirve más que para…ya me he embrollado, con lo bien que iba. El caso es que , y esto no se lo revelo a mi amiga y socia fundadora, me está sentando muy bien este parón en los emprendimientos y este no hacer nada más que mirar al Jacobín para que no peligre su integridad física, charlar, masticar bocadillos y trasegar refrescos gratis. De vez en cuando, me gusta mucho aburrirme, lo disfruto plenamente. En realidad, mi actividad preferida es ninguna actividad. Qué bien se está sin hacer nada mirando las nubes pasar. La Esme, la pobre, no sabe aburrirse. Toda la santa mañana sin dejar de interrumpir mis bostezos con sus ¿y ahora qué hacemos?, ¿elaboramos una estrategia de negocio?, ¿nos echamos las cartas mutuamente?, ¿practicamos yoga? y todo ello mordiéndose las uñas de la desesperación. Si hasta ha llegado a increpar a los viandantes. Eh, guapa, ¿te adivino el porvenir?, le ha gritado a una chica que pasaba con su perro. Cállate, Esme que pareces la gitana de la rama de romero, ese no es nuestro estilo. Sí, claro, tienes razón, es que me aburro.

Digo yo, a modo de reflexión e íntimo pensamiento que en los colegios, donde tantas materias se imparten , deberían enseñar a aburrirse con dignidad y aprovechamiento. Con lo sano que es pegarse unas buenas sesiones de aburrimientos supremos. Se sale renovado y como con más ganas de vivir y, a veces, que no siempre, brotan de ese tedioso abono, nuevas y refrescantes ideas.

Por el camino del Hipólito

>Para qué voy a pensar un título nuevo, si tengo este que me sirve de comodín. Resulta que el Hipólito ha recomendado al Toni que, en lugar de hacer el trayecto al trabajo en metro, lo haga andando, atravesando un parque que él conoce (qué no conocerá este hombre) y que dice que es un remanso de paz en medio de la urbana vorágine. El Toni, como no puede desoír ninguna de sus sugerencias, se calzó sus zapatillas de andar y cargando con su dolor de rodillas y su mal humor habitual, salió ayer de casa con la esperanza de hallar un poco de felicidad. Pero no, la felicidad es muy esquiva, pobre ingenuo. Dice que al principio la cosa marchaba bien: los árboles se mostraban en toda su magnificencia invernal, dos mirlos cantaban y picoteaban los frutos de un madroño y una bandada de aves en formación migraba hacia donde quiera que migren las aves en esta época. El Toni en su paraíso, qué contento se estaba empezando a poner, qué agradecido al Hipólito y sus consejos, qué hombre nuevo se sentía y todas esas pamplinas que suelta cuando habla de naturaleza. Todo estaba resultando perfecto hasta que llegaron ellos, los malditos, armados con horribles aparatos que parecían salidos de una guerra apocalípitica y se pusieron a aspirar con saña los restos de inocentes hojas otoñales que quedaban por el suelo. Adiós a los cantos de los pájaros, ya solo se oía el estruendo de esas satánicas máquinas diseñadas por mentes perturbadas al que se sumaron, a continuación, el de otras, diseñadas por las mismas mentes, que barrían el suelo con cepillos giratorios adheridos a sus bajos. El Toni miraba a los otros paseantes con la esperanza de encontrar apoyo y consuelo pero a ellos no parecía molestarles y, como si no oyeran nada, seguían paseando a sus perros, corriendo o caminando indiferentes e insensibles. Y entonces, cuando ya a lo único que aspiraba su torturada alma era a salir de allí, irrumpió él, el omnipresente helicóptero y se detuvo justo sobre su cabeza moviendo las aspas como en una burla.

Que ha sido una experiencia horrible y demoledora, manifiesta.

Que se lo cuente al del remanso del paz, manifiesto yo, que a mi ya me tiene harta.