Urdiendo y maquinando

¿A ti no te pasa algunos días que te levantas torcida y ya no hay quien te enderece?, va y me pregunta la Esme nada más aterrizar esta mañana en el parque. Pues no, yo me levanto siempre contenta, eso más bien le pasa al Toni. Os digo que esta respuesta mía le sentó mal, lo noté por cómo torció el morro. Claro, porque tú todavía tienes las hormonas en su sitio pero ya verás cuando llegues a mi edad y todo se te descoloque, acuérdate entonces de tu amiga Esmeralda. Bueno, hija, tampoco hace falta que me eches la maldición hormonal. No, si yo solo te aviso pero no nos perdamos en los detallas y centrémonos en lo esencial, me dice. Y lo esencial es que se me ha ocurrido una idea. ¿Qué te parece si nos ponemos de profesoras de yoga, tú y yo, aquí en el parque? Pues me parece, Esmeralda, que se te está yendo la cabeza, ¿cómo vamos a dar clase de una disciplina tan milenaria  de la que además no tenemos ni idea? Algo vamos sabiendo ya, va y me suelta, algo vamos sabiendo, más de lo que sabe la mayoría que pasa por aquí. Que no Esme, que no, primero porque no estamos preparadas y segundo porque yo tengo que vigilar al niño y ya me contarás cómo miro al Jacobín si estoy, por poner un ejemplo, en la posición de la pinza. Y tú tienes que atender tu quiosco y tampoco puedes dejarlo abandonado. Pues si que vienes hoy fastidiona, te propongo un plan y me lo chafas. O sea, que lo del yoga no lo ves. Pues no Esme, no lo veo, una cosa es que aprendamos para nosotras mismas y otra que nos queramos poner de maestras. Pues si no nos ponemos de monitoras de yoga, tengo yo que pensar otra cosa que podamos hacer aquí en el parque y que además de darnos unos ingresos extras nos aporte satisfacción como personas. Bueno, pues tú piensa y me lo cuentas después. Es que ya lo he pensado, va y me salta. Es que llevo muchos días y muchas noches de insomnio urdiendo y maquinando. Y si lo del yoga no, pues lo de meternos a brujas sí.

Estoy empezando a pensar que la Esme no es una buena compañía, que nos metamos a brujas, me propone. De eso nada, Esme, yo cosas raras no quiero hacer. Pero si no es nada raro, es de lo más normal. La gente ¿qué es lo que quiere? pues que le hagan caso y tener esperanza en sus vidas y ahí es donde entramos nosotras. Nos van a llover los clientes, lo estoy viendo. Además, esto si que lo podemos hacer aquí, en el mismo quiosco. Mientras una les echa el tarot, la otra vigila y nos vamos turnando y en días de mucho trajín he pensado yo, si no te parece mal, que venga la Anais a echarnos una mano. Pues lo que nos faltaba, de brujas timadoras y con la Anais como socia, pensé yo sin atreverme a manifestárselo a su madre por no herir sus sentimientos, tan a flor de piel en esta etapa de su vida. En menudo aprieto que me está metiendo la Esme. No sé, me pillas desprevenida y no sé que contestarte, me lo tengo que pensar, le respondí en plan evasivo. Claro, Evi, tómate tu tiempo pero recuerda que tienes al Toni en casa de brazos cruzados y que no sabes cuándo volverá a trabajar, si es que vuelve. Un sobresueldo no te vendría nada mal, ahora que tú verás, yo no quiero presionarte. Pues si llegas a querer…ya no he podido pensar en otra cosa en toda la mañana. Lo que no urda esta mujer…

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La baja del Toni

Resulta que ayer, al volver del trabajo, me encuentro al Toni en el sofá practicando la asana del cadáver pero en su versión roncante. Le despierto sin contemplaciones: ¿qué haces aquí a estas horas, te han dado la tarde libre o es que te han echado? Pero para qué me despiertas -se pone-, con lo a gusto que estaba, por fin había conseguido relajarme un poco. Otro con las relajaciones, por si no tuviera bastante con la Patricia. Pero bueno, que me digas qué ha pasado, le insisto. Pues ha pasado que no me encuentro bien y me he venido para casa. ¿Y de qué no te encuentras bien?, yo te veo con muy buena cara, la de siempre, vamos. Pues tendré muy buena cara pero me duele la cabeza y el estómago lo tengo revuelto y las piernas me pesan y los ojos me pican y tengo un nudo en la garganta. Pues tendrás que ir al médico, Toni. Sí, sí, me contesta, eso mañana, voy a ir a que me de la baja.

¿La baja, pero qué baja si a ti no te pasa nada? Pues claro que me pasa, me pasan muchas cosas y no estoy bien y el que no está bien no puede ir a trabajar. Pues no están los tiempos para tonterías, me pongo. Pues los tiempos estarán como quieran estar pero el que se pone enfermo tiene derecho a la salud, que viene en la Constitución. Así me dijo, como si fuera un abogado de los de las películas, pero yo no me iba a callar tan fácilmente que a mí el Toni no me intimida. Pues, a ver, cuéntame qué enfermedad tienes. Eso lo tendrá que decir el médico, no yo, me responde. Seguramente lo que tengo son nervios acumulados porque el trabajo en el bar es muy duro, son muchas horas de pie aguantando a la gente porque la gente es de lo peorcito que hay en este mundo, que si el café corto, que si con la leche fría, que si americano, que si mucho que si poco y hoy, ya el colmo, que si tenía leche de soja. No puedo más y necesito descansar porque uno también es un ser humano.

Pues no me parece motivo suficiente para no ir a trabajar, le digo. Que te van a echar, Toni, que en cuanto vean que eres un pupas y que no aguantas ná pues a la calle y entonces a ver, no nos va a dar para pagar el alquiler, nos vamos a tener que volver al pueblo con el rabo entre las piernas.

Eso no estaría mal, lo del pueblo, digo. Por ahí me sale, qué miedo me ha dado. Yo seguí dándole la charla pero ya no me hacía caso, ni me contestaba, se volvió a tumbar en el sofá y, al cabo de un rato, me pidió que por favor me callara que la cabeza estaba a punto de estallarle y que si no tenía consideración con un enfermo y de los graves. Ay, Dios mío, que se me apalanca en casa, lo veo venir, la vagancia del Toni era bastante famosa en el pueblo, pero de siempre. Hoy ha ido al médico y yo no sé que penurias le habrá contado con esa invención que tiene, que le ha dado la baja por depresión. Este no vuelve al bar, os lo digo yo. Primero porque no le da la gana y segundo porque con tanta tontería ya no le van a querer sus jefes. ¿Alguien con depresión es normal que esté todo el día silbando y cantando?, le he preguntado a la Esme. Que algunos casos se han visto pero que tenga cuidado, me dice, que le parece que el Toni es un farsante que quiere vivir a mi costa.

Estudiamos yoga

Seguramente porque ya está harta de tenernos en casa, la Patricia nos ha dado el alta. ¡Qué contenta iba yo camino del parque pensando en mi amiga Esme! El Jacobín también iba contento mirando todo lo de la calle y diciendo adiós a los autobuses, es un niño de exteriores, herencia del padre, me supongo. Tenía tantas ganas de hablar que al principio no me di cuenta de que la Esme no tenía buena cara pero al rato se lo noté. ¿Qué te pasa, Esmeralda, que estás tan amurriá? No sé, Evi, no sé, llevo unos días con ganas de llorar y enfadada con el mundo, serán las hormonas o serán mis hijos que no me dan más que disgustos, o será el estar todo el día detrás de este quiosco, sin ver más mundo que cómo se le caen las hojas a ese árbol, me falta motivación, no sé si me entiendes.

Pues mira, para que veas que pienso en ti te he traído una cosa que te va a gustar y me saqué del bolso el libro titulado “Yoga para principiantes” que con la falta de ética y profesionalidad que me caracteriza he sustraído (temporalmente, se entiende) de la estantería de la Patri. No es un robo, es un préstamo, eso quiero que quede claro.

La ilusión que le hizo a la Esme, que con ese libro nos íbamos a poner en forma y, sobre todo y lo que era más importante, que íbamos a ver la vida de otra manera porque, en realidad, no son las cosas que te pasan lo que importa sino cómo las interpretas. No sé dónde habrá leído esas tonterías la pobre pero yo no quise quitarle la idea. Y allá que nos pusimos a estudiar el yoga mientras el Jacobín se comía su heladito matinal.

Lo primero que aprendimos fue lo de respirar, eso lo veo básicamente fácil. Es coger aire y luego soltarlo pero hinchándote toda como un globo y desinchándote después. La Esme también lo pilló al instante, qué listas somos. Hicimos unas cuantas de esas respiraciones bien apoltronás en nuestras hamacas de detrás del quiosco mientras las hojas del árbol de enfrente caían y caían. Este es un momento bonito, Esme, le dije yo, ¿a que sí? Pues sí, yo ya me estoy empezando a encontrar mucho mejor, como si con cada expulsión del aire estuviera echando todo lo malo fuera de mí. Si hasta me está gustando el árbol, con la manía que le tenía hace un rato. Pues claro, Esme, la animé yo, y eso que no hemos hecho nada más que empezar, ya verás cuando aprendamos las posturas básicas. Se llaman asanas, me corrigió ella en plan enterada. Anda, ¿y tú cómo lo sabes? Primero porque lo pone aquí y segundo porque eso lo sabe todo el mundo. A veces se pasa de listilla pero como no quería fastidiarla en un día tan señalado no se lo dije, por eso y porque yo soy más de paz que de guerra.

Después de tener bien aprendido lo de la respiración pasamos a una postura, perdón, asana, que se llama la de la montaña y que consiste en na más que estar de pie toda tiesa mirando al frente. Parece fácil pero no lo es tanto, en el libro dice que hay que sentir el cielo por encima y la tierra por debajo. ¿Lo sientes, Esme? Ella decía que mucho y yo, para no ser menos, dije que también aunque, sinceramente, yo solo notaba que se me estaban cargando las piernas.

Después ya nos pusimos con otras más difíciles tendidas sobre el césped que estaba un poco húmedo. Hay que traerse unas mantas o algo, sugirió la Esme. No sé, hija, me está dando miedo que pase alguien y nos vea así, todas despatarrás detrás del quiosco. Pues a mí me da igual, yo soy libre y hago lo que quiero y sentido del ridículo no tengo que con los años se va perdiendo, ya lo verás. Al rato se nos unió el Jacobín que todo lo que sea revolcarse por los suelos y mancharse la ropa le atrae mucho y así pasamos un rato tan majo. Hemos aprendido la pinza, el arco, la cobra y el triángulo y ya nos íbamos a poner con la postura del cadáver pero se nos echó el tiempo encima y no pudimos practicarla. De todas formas, como digo yo, esa es la más facil, estar tumbada sintiendo que el cuerpo pesa y pesa, eso lo hago yo todos los días cuando me acuesto en la cama ¿tú no? No sé qué decirte, Evi, lo aparentemente fácil es lo más complejo. Pero de dónde se sacará esas frases la Esmeralda. No le llevé la contraria. Pues así será si tu lo dices. Traéte el libro otra vez mañana que tenemos que consolidar lo aprendido, se pone. Y además, añade en plan misterioso, que tengo un plan. Ya te lo contaré. Y con esa intriga y la chaqueta tizná de verde me he vuelto yo camino de casa de la Patricia.

El cuarto de los horrores

Alguno se creerá que el trabajo de cuidadora de niño es fácil y no necesita preparación especial, más bien que cuando uno no sabe qué hacer se dedica a eso pero que, vamos, que cuidar un niño lo puede hacer cualquiera. Os digo yo que no y os lo digo desde mi más reciente experiencia. Os la narro (del verbo narrar): resulta que como el Jacobín está con un virus, su madre decidió que no fuéramos al parque y nos quedáramos en casa. Qué bien, pensé yo, una mañana sin empujar la sillita arriba y abajo, una mañana tranquila intramuros de este hogar a todo lujo. Qué ilusos somos a veces los seres humanos.

Me dijo su madre: mira Evi (que así me llamo aunque no os lo hubiera dicho hasta ahora) te vas a quedar con el niño en el cuarto de juegos, hacéis actividades tranquilas hasta que yo vuelva y luego ya te pones con la casa. Traducido: métete en este cuarto lleno de trastos con el niño malo y por lo tanto más pesado de lo habitual y no salgas de ahí, que yo me piro. Las palabras de la Patricia siempre hay que traducirlas, casi nunca son lo que a primera vista parecen.

De todas formas no me arredré (del verbo arredrarse), yo no me asusto fácilmente y los niños no me dan miedo (o no me daban). Entré con el Jacobín lleno de mocos y nos sentamos en una alfombra que representa un circuito automovilístico ideada para que los niños arrastren por ahí sus cochecitos, con su gasolinera y todo. Primero opté por cantarle unas canciones con mucha mímica y sonidos onomatopéyicos, es una técnica que no me suele fallar pero el Jacobín no estaba para coros y danzas y se puso a llorar. Bueno, bueno, no te preocupes que dejo ya de cantar en la granja los animales y las espinacas se machacan, no te pongas así. Vamos a sacar los juguetes de este cesto y los empecé a sacar en orden y despacio con la intención de que fuera jugando poco a poco para no agotar posibilidades. Esa era mi intención pero la suya no. El niñito volcó todo el contenido del cesto sobre el suelo y luego se puso a remover los juguetes con la mano y a lanzarlos contra las paredes. Cuando hubo terminado con ese cesto, pasó al siguiente y al siguiente y como tiene tantas posesiones materiales no terminaba nunca de tirar y tirar.

Tenía un claro ataque de caos y destrucción. Claro que intenté poner orden, claro que traté de encauzar sus instintos y hacer esas actividades tranquilas de las que me había hablado su madre pero él no se dejaba y no estuvo contento hasta que no estuvieron absolutamente todos los juguetes esparcidos por el suelo. No nos podíamos ni mover. Como es lógico, al ver la que había armado volvió a llorar y llorar y venga a echar mocos y a toser al mismo tiempo propagando el virus por doquier.

¿Y ahora qué hago?, me indagué a mí misma. Leerle un cuento, cómo no se me habría ocurrido desde el principio. De siempre he tenido yo esa imagen tan bonita de leerle un cuento a un niño y por fin iba a a verla realizada, o eso me creía. Avancé con cuidado hasta la estantería pisando coches, camiones, pelotas de todos los tamaños, peluches, muñequitos, barcos piratas, tacos de madera, dinosaurios y otros animales ya extinguidos o en vías de extinción hasta por fin alcanzar un cuento que me pareció a mí la mar de bonito. Trataba de un topo que se iba a dormir pero no encontraba su cama y tenía que probar la de otros animales. Empecé a contarle la historia al Jacobín mientras le pasaba lentamente las páginas y le iba señalando los diferentes protagonistas pero todo su afán era pasar las páginas a toda leche para llegar al final del cuento y, una vez llegado, tirarlo al suelo con rabia aumentando el desastre que ya era ese cuarto. Probé con otras temáticas y nada, lo mismo, pasar páginas a gran velocidad y tirar al suelo el cuento, ese era su único objetivo. Cuando logró vaciar la estantería volvieron las llantinas y los arrebatos y esta vez acompañados de patadas, puñetazos y mordiscos. Ay señor qué desesperación me estaba entrando. Lo cogí en brazos y lo acuné, seguía llorando y rabiando, lo acuné más fuerte, seguía llorando y mordiendo, le puse un chupete  en la boca que encontré tirado junto a los juguetes, aunque una de las prohibiciones de su madre es que no lo use de día y, de repente, cerró los ojos bruscamente y se quedó dormido al instante. Con el pie moví unos cuantos trastos para hacer sitio en el suelo y me senté con el niño en brazos. No me atrevía ni a moverme. Qué cansada estaba, como si me hubieran dado una paliza (me la habían dado). Debí de quedarme dormida yo también porque me despertaron los gritos de la Patricia.

Pero qué es esto, decía con voz de alarma, qué hace todo tirado, qué desastre y qué hacéis los dos dormidos en el suelo y el niño con el chupete, que te tengo dicho que no lo use de día y además ese es un chupete roñoso que está sin esterilizar, y destapado, malo como está. Nunca he visto nada igual, de verdad. Estoy alucinando en colores. Mira, Evi, no te voy a echar porque Jacobo te ha cogido cariño pero lo que me acabo de encontrar es motivo más que suficiente para que te quedes sin trabajo. Te voy a dar otra oportunidad pero que sepas que no te voy a pasar ni una más.

Intenté explicarle lo que había ocurrido pero la mujer no atendía a razones. Lo que he visto ni es ético ni es profesional, me soltó. Y no quiero oir ninguna excusa más. Tal cual os lo cuento. Para que luego algunos digan que cuidar de un niño lo puede hacer cualquiera. Cualquiera con una vena masoquista, añado yo.

Mi jefa y sus menesteres

El susto que me he pegado hoy no está escrito en ningún libro. Eso sí, a partir de ahora va a estar escrito en este blog que para eso lo tengo. Resulta que estaba yo toda concentrada en la limpieza y desinfección del baño principal cuando oigo unos alaridos que proceden de un cuarto muy misterioso que tiene la Patricia para sus menesteres. Digo que es un cuarto muy misterioso porque está prácticamente vacío menos por una mesita con un ordenador todo rodeadito de velas aromáticas. Pensaba yo que pronto traerían algún mueble nuevo pero ahora ya sé que no.  Pues los alaridos provenían de allí, como decía. Me arranqué los guantes de triple capa y salí escopetada en esa dirección. Al acercarme al lugar del crimen, los alaridos me parecieron más bien mugidos de vaca (en algo se tiene que notar que soy de pueblo), algo así como auuuummmm, auuuummm, una cosa que daba entre miedo y pena. Abro la puerta con todo mi ímpetu por si estuviera ante un caso claro de emergencia vital y me veo a a la Patricia y a cinco mujeres más de su misma edad y condición, todas en mallas, sentadas sobre unas colchonetas con las piernas cruzadas y mugiendo o aullando a todo aullar y mugir. Madre mía qué susto me llevé pero más todavía al percatarme de la jeta de mala leche con la que me enfocaba la Patricia, una mirada que quería decir claramente: o te largas de inmediato o te mato. Esas cosas las capto yo al instante, soy muy buena en comunicación no verbal, pero de siempre.

¡Su padre! , que la Patricia es de una secta y yo sin saberlo. Qué nerviosita me puse, pensé en marcharme tal cual, no fuera a captarme para sus adeptos, en llamar al Toni para que viniera a buscarme en plan macho salvador o hasta en marcar el número de la policía que lo tengo grabao en el móvil. A todo esto, qué pena me estaba entrando del pobre Jacobín, inocente criaturita en manos de esa madre tan requetepirá. Pero mientras vertía la lejía por el inodoro tuve una revelación y lo vi todo con suma claridad: eso era el yoga,la famosa disciplina milenaria de la que la Patri era tan fan. Qué alivio, mi jefa no estaba del todo loca o, por lo menos, no era peligrosa. Lo que no sabía yo era que hubiera que gritar,cosas aprenderes, como suele decirse.

Todo esto se lo conté a la Esme, que para algo es mi amiga y confidente y me dijo que tengo que profundizar más, que me coja uno de los libros que tiene la Patricia y que me lo lea y me abra a nuevas experiencias. Que el yoga es muy bueno,que ella no lo ha practicado personalmente pero que se lo ha recomendado su médica de familia para los arrebatos de la menopausia. Yo de la Esme me fío hasta cierto punto, especialmente después de conocer a sus retoños. No digo yo que no al yoga pero tampoco que sí, ya veremos, eso del grito no me va, qué queréis que os diga, ahora bien, si haciendo yoga se me va a poner el tipo de la Patri y sus amigas pues entonces ya veremos.

No descartes nada, se pone la Esme. No descarto, Esme, no descarto.

La Esme que los parió

Hoy he tenido el placer, por llamarlo de alguna manera, de conocer a los hijos de mi amiga Esmeralda. Vaya par de glorias benditas. La hija, que obedece al nombre de Anais (o más bien desobedece) es de la tribu urbana de los góticos y da pena verla. El hijo, que responde al nombre de Jonás, se ha apuntao a los Emos y da más pena, si cabe, que su hermana. La muchacha va toda de negro con los ojos y los labios como amorataos y el pelo largo lo mismito que una bruja,unas faldas hasta los pies y las uñas también de negro. Hablar no habló pero de vez en cuando nos miraba y como si fuéramos nosotras los adefesios en vez de ella, le daban ataques de risa nerviosa que terminaban en toses. El chico iba con un flequillo todo de medio lado tapándole un ojo y se le veía tan flaco y tan triste que me dieron ganas de darle un bocadillo de chorizo a ver si se reanimaba.

Dice su madre que no hay que hacerles mucho caso, que es la edad y que ya se les pasará aunque a veces no puede dormir pensando que se quedan así para siempre. Pobre Esme, la pena que me da. Si os digo la verdad se me han quitado por completo las ganas de tener hijos, mira que si nos ponemos el Toni y yo, con toda nuestra ilusión, todas nuestras esperanzas y todos nuestros desvelos y nos sale un espantajo como esos. No, si de pequeños eran muy monos, va y me dice la Esme como para justificarsre.

Que nos des dinero, suelta la gótica y al hablar veo que mastica un chicle negro. El emo va y alarga la mano como si fuera un pobre pero no se manifiesta porque, al parecer, los de su tribu siempre están con depresión y hablan entre poco y nada. Además tanto al uno como a la otra les molesta la luz del día y prefieren vivir en cuartos oscuros y salir sólo de noche. La Esme dice que hay que tener paciencia y memoria, que todos hemos hecho tonterías. Lo que ella quiera pero yo, a la edad de esos dos, ya andaba trabajando y no me daba por lo siniestro.

La Esme les soltó unos billetitos no les fuera a dar por hacer algo malo para conseguirlos, ese es su miedo y del mismo se aprovechan y allá que se fueron parque arriba, ella arrastrando los refajos negros y él los bajos de los pantalones y mirando el mundo na más que con un ojo. Qué piezas, pensé. Pero, no sé porqué, al verlos caminar así tan sin rumbo ni dirección me dieron lástima. Y a su madre más que se quedó toda espachurrá.

Venga, Esme, tú no te hundas que todos los males tienen remedio, le dije yo para animarla al tiempo que intentaba calmar al Jacobín que desde que se habían ido los siniestros no paraba de llorar en plan rabieta. Primero pensé que igual le iban a él también las tribus urbanas esas pero luego, al cogerle en brazos, noté que estaba muy caliente.

Este niño tiene fiebre,diagnosticó la Esme en plan madre experimentá, llévale a su casa y que apenque la Patricia. Y así lo hice. Por el camino iba repasando la tarde: góticos, emos, rabietas, fiebres…definitivamente no quiero reproducirme.

Paseando a mister Toni

La otra tarde, estábamos sentados en el sofá en nuestra postura básica -los pies sobre la mesa- cuando le digo al Toni: ¿por qué no salimos a dar una vuelta? Madre mía, ni que le hubiera preguntado que por qué no se abría en canal con el cuchillo ese tan majo que tiene de cortar jamones, que se lo regalaron en el bar del pueblo cuando se fue (sin jamón, eso sí). Que no y que no, que él no se movía de su sofá ni mucho menos salía a la calle, que estas calles eran muy feas, que estaban llenas de basura, olían mal y no había nada digno de ver en ellas y que pasear por estas calles le ponía enfermo y que bastante tenía con las idas y venidas hasta el bar y que para una tarde que libraba no la iba a desperdiciar tontamente dando vueltas sin sentido.

Bueno, hijo, cómo te pones, si yo te lo decía porque podíamos ver tiendas para entretenernos, alguna ferretería de esas que a ti te gustan o los escaparates con trapos que me van a mí o entramos en unos chinos y nos compramos unas tazas para el desayuno o un cacharro para meter la sal y matamos la tarde.

Que vaya plan,  que se estaba deprimiendo sólo de pensarlo, que no, que él no se movía del sofá y que no se le había perdido nada por esas calles. Y dale con las calles,la manía que ha cogido, pues por algún sitio tendrá que andar la gente, digo yo. Entonces, como le conozco y sé por dónde atacarle, me pongo: si lo digo por hacer ejercicio, que nos estamos poniendo muy gordos y cuando volvamos al pueblo nos van decir que volvemos peor de lo que nos hemos ido. No veas lo en forma que están mis jefes. Ahí sí ya mostró interés, que el Toni es muy envidioso, pero de siempre.

Bueno, dice levantándose, nos ponemos las zapatillas de andar y salimos pero nada más que hasta el parque ese del fondo y volvemos. Y a paso rápido. Y ahí que salimos en plan pareja que se entrena unida permanece unida pero no todo iba a ser bonito, eso es imposible tratándose del Toni. Ya nada más dar la vuelta a la manzana empieza conque huele mal, a meaos de perro y a tubo de escape, que que aire tan contaminado, que le pican los ojos y que si yo no notaba la contaminación y el mal olor. Y yo, pues yo no noto nada. Y él, qué brutita eres. Y yo, no entremos en insultos personales que yo no me he metido contigo y así hasta que llegamos al parque donde yo esperaba que se calmara al ver árboles y fuentes y plantas. Ilusa de mí, que si cuánta gente, que la naturaleza es para disfrutarla en silencio, que si cuántos niños dando gritos y cuántos borrachos bebiendo cerveza y que qué era ese pitido. Porque es verdad que se oía un piiii, piiiii, piiii…. Pues será un guardia de la circulación con un silbato. Pero no era eso, era un hombre renegrido tocando muy malamente, la verdad sea dicha, un flautín. Y el Toni ya desesperao, que se calle ese hombre, que es insoportable, que eso era una tortura y que cómo echaba de menos sus árboles del pueblo, sus calles limpias, sus pájaros y sus cielos y todas esas cosas como de poesías que le da por decir.

Total, que nos volvimos a nuestra postura básica del sofá. Así, Toni, le advertí, no nos vamos a poner en forma, tú veras. ¿Frío unas patatitas? , le dije por animarle que cuando lo veo tan decaído me asusto. Me contestó que sí con la cabeza y así estamos, en ese plan.