La diosa tranquilita

Se acabó el puente para bien o para mal, lo digo por si alguno se ha despistado. Hemos estado en nuestro pueblo,  el Toni pretendía huir de las masas pero le ha salido mal la jugada. Estaba hasta los topes de personas deseosas de vivir una experiencia rural, ellos lo llaman así, y desconectar de sus trajines diarios. Tanta gente desconectando a la vez ha dado como resultado colas, aglomeraciones y hasta atascos, más o menos como en Madrid pero con más frío y paisaje rústico alrededor.

Muy bien, majos. A mí el pueblo no me gusta cuando se comporta como tal, con su soledad, sus viejos del palillo en las esquinas, sus campanas lúgubres y sus  perros ladrando, de preferencia por las noches.

Al Toni sí, por eso se subía por las paredes y por los riscos,  venga que si la humanidad es peor que la plaga de la langosta, que ya no hay suelo que se libre de las pezuñas de la multitud y que como le estropeen su monte se suicida. Lo de siempre, vamos. Furibundo el hombre.

Total, que como ya os imagináis porque siempre sigo el mismo esquema, antes de enfrentarme al lunes y a la siesa de la aspiradora,  qué manía nos tenemos esa máquina y yo, me he pasado a saludar brevemente a la Esme.

¿Y qué tal estos días de fiesta?, le he preguntado sin pretender ser original.

Muy bien, tranquilita, me ha respondido ella.

Me alegro mucho, Esme, no puedo decir lo mismo, el pueblo estaba lleno y eso al Toni le ha puesto…

¿Cómo que te alegras?  se me pone ella, ¿es que todavía no sabes que cuando alguien te dice “muy bien, tranquilito” el mensaje oculto que te está transmitiendo es que se ha aburrido hasta la desesperación? Lo que pasa es que nadie lo quiere reconocer. Lo peor que le puede pasar a un ser humano de nuestros días es que se aburra y, todavía peor, que se lo noten. Nadie lo confiesa ni bajo tortura. El porqué no lo sé pero está muy mal visto, es de perdedores.

Esme, me estás liando, ¿te has aburrido entonces sí o no?

En plan tranquilo he estado. Todo muy bien, muy correcto, muy en orden, muy armonioso. Hasta he puesto el árbol de Navidad. Luego lo he mirado fijamente y he pensado contemplando las piñas purpurinadas,  qué bajo has caído, Esmeralda, solo te falta amasar pan cantando una alegre cancioncilla. Y ya está, no tengo más que añadir.

Bueno sí, espera, también he visto pasar muchos autobuses y mientras lo hacía he comprendido lo de las vacas que miran al tren. Las Esmes urbanas miramos los autobuses ¿Qué más? Se han caído las hojas, muchas, un no parar de despelotarse los árboles. Ah, y un macetero a mi vecina. Casi mata a unos transeuntes. Después han venido los bomberos y han acordonado la zona. Uno de ellos estaba muy fornido y vistoso pero me ha dado exactamente lo mismo y he seguido mirando los autobuses.

Qué raro, Esme. Pero si tú llevas a la Afrodita en tu interior, ¿ni una miradita al bombero?

No, pasando mucho. La  Afrodita que antes me habitaba ha debido de hacer mudanza. Ahora ya no sé qué diosa me vive dentro. Puede que ninguna. La tranquilita, me estoy temiendo, ¿o será la coñazo?, ¿existirá? Míralo en el libro de las diosas de cada mujer.  Ni siquiera tengo ganas de inventar. Pero, ¿por qué te marchas? Sí, ya, que llegas tarde, excusas . Es que te aburro, te aburre mi tranquilita interior,  desde cuándo eres tú puntual. Quédate un poco más, venga, podemos mirar juntas cómo surcan el asfalto los autobuses azules, es entretenido. Y tranquilito.

 

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Completamente tío Víctor

No sé en qué momento exacto me convertí en mi propio tío, será porque no existe ese momento, porque uno no se convierte en otro de una forma rápida y repentina. Volverse otro lleva tiempo y trabajo. Lleva años de lentas, inapreciables transformaciones. Hasta que un día, y ahí si hay un momento exacto, uno se da cuenta: es otro.  Hoy me he dado cuenta. Ha sido al salir del metro, eran las ocho de la tarde,  hacía mucho frío y no encontraba el guante  derecho. Iba rebuscando por los bolsillos cuando he visto a mi sobrino Pablo, sin abrigo, sentado en el respaldo de un banco de la plaza, y  he pensado, “otra vez este, se pasa el día en la calle, ¿qué hará a estas horas y con este frío ahí sentado y sin abrigo?”,  y eso que tiene en la mano, ¿es un cigarro? Así que fuma, qué pájaro”.

Ha sido en ese instante cuando he pensado, “ay, Dios, soy mi tío Víctor”. Ese mismo tío al que de adolescente odiaba porque me lo encontraba a todas horas y en los momentos más inoportunos. Ese tío del que decía escondiéndome, “joder, mi tío otra vez, qué plasta, está en todos lados”.

De pequeño lo quería mucho, lo adoraba. Era el único que vivía todavía en la casa de los abuelos. Cuando me dejaban allí algunas tardes, el tío Víctor tiraba una manta al suelo, yo me tumbaba encima y él me arrastraba a toda velocidad por el pasillo. Ese juego se llamaba la alfombra mágica. También desmontaba el sofá para construir un refugio y dentro, escondidos bajo la cúpula de almohadones, me daba monedas de chocolate.  O entrábamos en el dormitorio grande que el tío Víctor llamaba “la gruta” poniendo una voz terrorífica,  para enfrentarnos a las fieras.  Decía que allí escondidos había animales hambrientos, deseosos de devorar niños que tuvieran un remolino en el centro del pelo y hoyuelos en las mejillas. Esas características mías eran los manjares preferidos de las bestias. Yo pasaba miedo verdadero. Para ahuyentarlas, el tío Víctor les tendía trampas imaginarias, peleaba furioso contra el aire y así me salvaba  cada tarde de los monstruos sibaritas.

Luego nos separamos, crecí y sólo nos veíamos una o dos veces al año en alguna reunión familiar. A él le gustaba recordarme esos juegos infantiles, a mí me hacía gracia pero al mismo tiempo me daba vergüenza y hubiera preferido que no me lo recordara. Hasta que al llegar la adolescencia empecé a encontrármelo por la calle. A todas horas.

Si estaba fumando mis primeros y furtivos cigarros, ahí se aparecía el tío Víctor con su maletín de trabajo, un maletín que él llamaba el ataché, palabra que me sonaba a estornudo y que me parecía ridícula, tan ridícula y anticuada como ese mismo maletín. Si estaba besando a alguna chica, casualmente torcía la esquina el tío Víctor con sus gafitas redondas. Esas mismas gafas o unas iguales le tiré a un estanque, sin querer, de un impulsivo manotazo, un día que me llevó al parque.  Allí se quedaron sumergidas entre los peces naranjas, los palos, las hojas y las migas de pan.  No se enfadó, era muy paciente. Sin gafas su cara parecía aún más bondadosa pero también desprotegida, vulnerable.

Cómo odié luego ese mismo rostro paciente y  bondadoso. Odié al maldito tío Víctor  y su manera de ocupar las calles que yo empezaba a transitar con libertad. No había manera de faltar a clase o de ligar o de beber sin ser descubierto por mi omnipresente tío, ¿lo hacía adrede? Los dos fingíamos que no nos habíamos visto pero los dos sabíamos que sí y que estábamos fingiendo. Qué incómodo.

Y ahora soy yo mi propio tío Víctor, lo he sabido por ese gesto apenas esbozado en la cara de mi sobrino sentado en el respaldo del banco, un gesto muy sútil pero que al momento he interpretado como, “el pesado de mi tío otra vez, está en todas partes”. Omnipresente yo también. He recordado que Pablo de pequeño me hizo un regalo en uno de mis cumpleaños, un librito diminuto con las hojas grapadas que tituló “Libro de seres”. Dentro, en cada una de las hojas había dibujado un ser. Algunos solo eran figuras geométricas, como el ser cuadrado, un simple cuadrado con un ojo en el centro.  He tenido muchas ganas de recordárselo, de acercarme y decirle, ¿te acuerdas del libro de seres, del ser cuadrado?

Pero me he comportado como se hubiera comportado el tío Víctor, porque ya soy él, he puesto cara de despistado y he pasado por delante de Pablo deprisa, mirando para otro lado, sin saludar, con un solo guante y rebuscando el otro por los bolsillos. Ridículo y anticuado a sus ojos, estoy seguro. Completamente tío Víctor.

 

No contrastes las fuentes

Me he encontrado a la Esme esta mañana muy enfrascada en sus propios enfrascamientos, lo que quiere decir mareando la perdiz en internet pero que a base de bien. Se puede llamar también navegación, por darle al símil marino. Gusta mucho a la realeza esto de los símiles marinos, por eso en sus discursos están siempre dale y dale con la singladura. Queda finísimo.

Digo, Esme, maja, levanta la cabeza y hablemos cara a cara como en la prehistoria, ¿ es que no me has visto?

Como para no verte con tu volumen y tu masa, solo me estoy haciendo la longuis. Es que tengo mucho trabajo con las noticias nuestras de cada día.

Qué bien, te has metido a periodista, eso me gusta, ya has vuelto a emprender.

No, no es eso, es que sigo los consejos que tan desinteresadamente nos dan los de Facebook. Dicen ellos que para identificar las noticias falsas hagamos esto: investigar las fuentes, revisar las fechas, consultar otras noticias, prestar atención a las fotos…total que llevo toda la mañana solo con una y todavía no sé si es verdadera, falsa o todo lo contrario.

Menudo curro tiene esto, espero que me den un sueldo a cambio o me hagan alta directiva de lo que sea. Antes las noticias ya venían contrastadas de fábrica pero como ahora hay tantas fábricas…cualquiera con un poco de maña puede hacerse las suyas propias y ponerlas a circular.

Pues piensa que todas son mentira y acabas antes con la singladura, le he dicho yo cual si fuera reina y usara vocabulario real.

Oye, pues sí, tienes razón, voy a probar. A ver, a ver…Kim Jong Un no existe,  ¿cómo va a existir semejante mamarracho?  Su antagonista mostrenco, Donald Trump, tampoco existe, pero si es que es imposible, ¡cómo he podido creerlo! Y el iceberg gigante que se ha desprendido de la Antártida a causa del cambio climático, buenoooo, esa es la típica historia que se acaba de inventar uno que se aburría en la oficina.

Ale, venga, que te invito a un café, qué tranquila me he quedado sin contrastar fuentes.

Huy, qué alegría, Esme, y si puede ser con bollo el café, mejor que mejor. Qué bonita singladura hemos hecho hoy.

 

 

Salinger en la panadería

En mi barrio vive Jerome David Salinger. Me lo encuentro por lo menos una vez a la semana, casi siempre en la panadería, y es raro el día que no se cuela. Con un giro de lo más hábil, toma la posición delantera sin que nadie más se dé cuenta de su maniobra. Tengo ganas de protestar pero, claro, como ha escrito “El guardián entre el centeno” me aguanto y no digo nada.

Para ser fiel a sí mismo, de entre todos los panes posibles compra el de centeno, aunque antes pasa un buen rato dudando y pregunta por la barra de masa madre, por el pan de cristal, por el de siete cereales, por la hogaza rústica… ¡lo que marea el hombre para al final llevarse lo de siempre! Además le pide a la panadera, que se llama Pili, que se lo corte en rebanadas.

Pili pone el pan del caprichoso de Salinger en la máquina rebanadora y mientras esta hace su trabajo y bastante ruido, aprovecha para hablar de su hijo Iván, su tema de conversación preferido.

Me tiene un cuarto Iván que no te lo puedes ni imaginar, ni pisar se puede, ¿te puedes creer que tiene toda la ropa tirada por el suelo y el armario vacío?, dice poniéndose en jarras porque es muy jacarandosa.

Y ha vuelto a suspender el carné de conducir, qué hago, ¿lo mato?

No sé por qué se dirige a mí y no a Salinger, que es al que está atendiendo, pero se ve que con él no tiene tanta confianza, tampoco ayuda mucho el gesto hosco del señor.

O es porque sospecha o se imagina que yo pudiera tener uno o varios Ivanes viviendo en casa. Yo nunca le he dicho ni que sí ni que no y me limito a poner cara de “entiendo por lo que estás pasando”, Pili, guapa.

Salinger, pese a haber escrito sobre un adolescente, no se muestra nada interesado en las andanzas del chaval, se ve que ya tuvo bastante con Holden Caulfield y ahora tiene otros intereses o los está buscando. Así que después de analizar el contenido del mostrador se pone a mirar por la ventana.

Observa a la gente que pasa, los árboles, dos mirlos muy locos que cruzan de una acera a otra sobrevolando el tráfico y diciéndose cosas entre ellos. Mira a la pareja que se mete dentro del contenedor de papel para llevarse su contenido y luego venderlo, a la farmacéutica que sale a que le dé el aire a la puerta de su farmacia con unos zuecos brillantes. A mí me parecen horrorosos pero creo que a él le gustan los destellos que lanzan en mitad de la calle gris. Cosas así mira.

Como la semana pasada no lo vi pensé que se había muerto porque debe de ser centenario o casi, pero hoy hemos vuelto a coincidir en la panadería ¡Tendrá morro!, otra vez se me ha colado con su habilidoso giro avanza posiciones. Se nota que fue agente de inteligencia en sus años mozos. Y de nuevo a preguntar por un pan y por otro y por otro.

Si te vas a llevar el de siempre, Jerome David, son ganas de molestar a Pili y de hacerme perder el tiempo, con la prisa que llevo hoy. Eso es lo que me hubiera gustado decirle pero no me he atrevido, no quiero que se dé cuenta de que le he reconocido porque sé que odia que le presten atención.

Como él mismo dijo, los sentimientos de oscuridad  de un escritor son su segunda propiedad más valiosa. Estoy bastante de acuerdo, con eso y con que Iván tiene un cuarto que no es normal. Es que Pili le ha hecho una foto al desastre nuclear, así lo llama ella, y me ha enseñado el documento gráfico mientras la máquina rebanaba el pan de centeno de Salinger.
Me ha parecido que Jerome David se reía por lo bajo de la foto, de Pili y de mí.

Hasta mañana, abríguese, que por las mañanas hace mucho frío, le ha dicho Pili, muy maternal ella. Él ha respondido levantando el puño como si nos fuera a partir la cara.

Es un borde pero se le puede perdonar por haber escrito un cuento como el de “Un día perfecto para el pez plátano”. Me encanta ese cuento y me hubiera gustado hablar de él con su autor pero sospecho que no hubiera querido, que como mucho me hubiera dicho,  ” si te gusta tanto, leélo otra vez y déjame en paz, yo ya ni me acuerdo”.

No tengo muchas esperanzas de que Pili lo haya leído pero tanteo el terreno,
¿sabes quién es?, le digo señalando la espalda encorvada de Salinger que ya cruza la calle al mismo tiempo que los dos mirlos. Puede que le hayan reconocido esos dos.

¿Ramón?, sí, claro, se le ha ido bastante la cabeza y es pesadísimo, pero a ver, todos nos haremos viejos y maniáticos.
No la saco de su error, tampoco es cuestión de delatar a Salinger, que viva en paz con su pan de centeno rebanado y su tranquilo anonimato lo  que le quede de vida.

Días negros, noches blancas

LLevaba una temporada el Toni muy pacífico y aquietao. Como a estas alturas ya sé que de carácter no va a cambiar, me dio por pensar que se estaba tomando la droga de los aquietamientos. Existe, es blanca, la Esme se la toma a veces y se queda de un pacífico que da miedo, mucho más que con sus naturales arrebatos. A mí no me gusta ese pacifismo químico, qué queréis que os diga.

Así que le pregunté directamente: Toni, majo, ¿tú no te estarás drogando que se te nota de un tranquilo y de un silencioso que ni el Swami Sivananda ? Nombre que me vino a la cabeza de tanto verlo desfilar por los estantes de libros alternativos de la Patricia. Es un señor muy apañao y muy calvo que te dice desde los libros que habita cosas como “sirve, ama, da, purifícate, medita y realízate”, todo así, en fila india por ser él de esa misma región.

Si protesto, malo y si no protesto, peor. El caso es atacar a la pareja como si fuera el enemigo. Si estoy callado estos días es porque todo es inútil, incluso decir que todo es inútil es inútil, así que no me hagas decirlo y respeta mi mutismo.
Ah bueno, pues si solo era eso no me tengo que preocupar. Casi mejor, que la canción protesta a todas horas, te acaba agotando. Pero el que es cantautor, tarde o temprano vuelve a lo suyo, eso es así. Hoy ha vuelto.
Estábamos desayunando y concentrados cada uno en nuestros móviles respectivos, como una pareja normal, sana y bien avenida que no necesita hablar ni mirarse, cuando salta muy furioso “pero… estos cretinos ¿por qué se tienen que dirigir a mí como si me conocieran de algo? Mira qué mensaje, ” Antonio, ¿estás ya preparado para el black friday? Qué asco de día y qué asco de todo.

Pues en nuestra tienda, dice la Noe asomándose a la puerta con un atavío que ella llama de mucho “power dressing” y que consiste sobre todo en poca tela y apretada, ya llevamos una semana, hemos puesto unos cartelacos enormes que dicen, “Adelántateeeee al black friday!!!!!”, así la peña se pone nerviosa pensando que se va a perder algo esencial para su vida, que no va a tener lo que otros más espabilados sí y entra como reposeída. Después vamos a cambiarlos por otros en los que pone, “prolongamoooooos el black friday!!!!!!”, para que se sigan poniendo nerviosos y continúen entrando. Los precios se quedan más o menos porque primero los habíamos subido para poderlos bajar, es que si no dime tú el negocio…pero mola mogollón este día. Han aumentado el transporte público y todo para que podamos disfrutarlo más y mejor.

Los niveles de subnormalidad están como los de contaminación, muy altos,y esto no hay protocolo ni escenario uno ni dos que lo detenga, dice el Toni con tal cara de cabreo que ahora sé seguro que no se ha tomado la pastilla blanca pacifista. Id preparando el pavo y los arándanos porque el año que viene celebramos el día de Acción de gracias. Lo que me extraña es que no lo hayamos celebrado todavía. Y el Día del Soltero consumista como los chinos aunque no seamos ni chinos ni solteros. Consumistas sí, algo es algo. Y a todo esto sin poder ver a las Leónidas, me las he perdido. Los días son negros, negros, negrísimos pero las noches se han vuelto blancas.

Le he tenido que explicar a la Noe por el camino al trabajo que las Leónidas  no son unas tías buenas como ella estaba pensando, que se trata de una lluvia de meteoritos que se produce por estos días y que pone el cielo tan bonito como si hubiera fuegos artificiales pero de forma natural. El Toni lleva toda una semana maldurmiendo intentando avistar el fenómeno desde el cielo de Madrid. Qué iluso es a veces, lo único que ha logrado ver ha sido el helicóptero de la dirección general de tráfico que comprueba una y otra vez que sí, que de tráfico vamos muy bien.
Días negros, noches llenas de luces, todo se le pone en contra pero siempre le quedará hacer lo que dice el Swami: sirve (por algo es camarero), ama (esa me conviene) y lo que sigue hasta que se realice.