Paseantes habituales

La mujer que corre con su perro y siempre sonríe. Se parece al perro y también a una tía mía que ya murió y que también se parecía mucho a su perro. Los perros entre ellos también son iguales. Muchas mañanas creo que es mi tía que ha vuelto y ahora corre. Pero ella nunca corrió, tocaba el piano y le gustaban las orquídeas, era un poco altiva y bastante guapa. Su perro era muy baboso, como el de la que corre y sonríe. Corre y sonríe.

Los dos gordos  antipáticos con sus perritos diminutos. Algunos trechos los llevan en brazos, arropados entre las carnes, luego les supone un gran esfuerzo volverlos a depositar en el suelo. De vez en cuando les dan ánimos, “venga, bonitos, ya queda poca cuesta, ya llegamos, ya no queda nada”. De paso se los dan a sí mismos. Cuando se cruzan con algún humano cuelgan la vista de los árboles y la dejan allí, escondida entre las ramas, hasta que pasa el peligro.

Las tres amigas con bastones de ir al monte, aunque no vayan al monte. Puede que se estén entrenando para cuando sí o qué les guste imaginárselo. Se intercambian recetas y consejos. “Sé egoísta, tienes que ser egoísta”, le ha dicho esta mañana la de el medio a la de la derecha y a continuación, ” y la masa para las palmeras cómprala en el Carrefour, te sale más buena”.  Ayer dijo la de la izquierda, “corta cuanto antes con esa relación, es tóxica, con el resto del  ragout que os dije, hice croquetas, volaron”. Tendré que esperar a mañana para escuchar el nuevo consejo-receta, la del ragout me la he perdido.

El grupo de hombres obsesionados con los de Podemos, con Javier Bardem y con las inversiones inmobiliarias. Les gusta citar en voz muy alta a amigos  por sus apellidos, dicen mucho “y tal”. “Unos amigos míos, los Humet y tal, que se compraron un pisazo imponente en la calle Menéndez Pelayo resulta que eran vecinos de Javier Bardem, por lo menos ese se ducha y tal porque los de las rastas…” “Putos comunistas”, dice otro dando una patada a una piedra. “Millonadas te darían ahora por ese piso y tal”.

La pareja que parece que se ha escapado de una película de los primeros tiempos de Woody Allen. Los dos van de blanco, pantalones anchos y camisas sueltas, sombreros de paja y un paraguas rojo para taparse el sol. Hablan de pájaros y se anticipan a ellos, “por aquí apareció ayer un petirrojo. Escucha, ¿ha sido eso un picapinos?” Se paran emocionadísimos y aunque se oye un toc-toc-toc no logran verlo. Abren el paraguas, él se engancha del brazo de ella. Ella es más alta y da la impresión de que lo protege y cuida.

El petirrojo. Sale de entre las zarzas, da tres saltitos, saluda y se mete en la zarza de enfrente.

Nadie durante mucho rato, silencio  y un trozo de luna diurna en el cielo.

 

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Café de los viejos poetas

El suelo se estaba empezando a llenar de hojas amarillas y en el aire había ese olor a lluvia que precede a la lluvia verdadera. Parecía que estábamos en otra ciudad aunque fuera la misma de siempre. Maitena dijo que a ella el otoño le daba ganas de hacer cosas nuevas, en primavera era al contrario, la primavera le parecía cursi y repelente y si por ella fuera se encerraría en un cuarto, no en el suyo, en otro, y no saldría hasta que acabara. No entendí por qué no podía ser en el suyo y me intrigaba saber qué tipo de cuarto sería el elegido para escapar del trance primaveral pero no se lo pregunté porque en ese momento llegó Sandra. Era una amiga de Maitena también con inquietudes.

En realidad su principal inquietud era un tal Jesús del que se había claramente flasheado y después de esa inquietud primordial estaba Maitena, a la que admiraba borreguilmente y a la que miraba con una cara de entre susto y reverencia. Empezamos a hacer el recorrido habitual en dirección a nuestra parada de autobús pero antes de llegar, Maitena decidió que teníamos que ir en otra dirección, justo en la opuesta. Conocía un café que estaba lleno de poetas y nos lo quería enseñar.

Era verdad, después de andar unas cuantas calles y tener otra vez la sensación de estar en otra ciudad por lo desconocido de la ruta, llegamos hasta un café con unas cristaleras muy grandes y detrás unas mesas que habían sido antiguas máquinas de coser. Les habían quitado la máquina de encima pero conservaban por debajo ese pedal con el que se accionaba el mecanismo. Los poetas debían de ser esos que estaban sentados, con los pies apoyados sobre el pedal como si cosieran poemas en el aire. Casi todos eran bastante viejos, con barbas canosas o con calvas relucientes, con gafas metálicas, con camisas arrugadas. En algunas mesas se juntaban muchos y fumaban, bebían y hablaban. Solo había entre ellos una mujer, Maitena sabía su nombre y también el nombre de un premio que había ganado.

Daba un poco de miedo entrar ahí, en ese café reservado salvo por una gloriosa excepción a los poetas viejos y masculinos pero empezó a llover con mucha fuerza y Maitena empujó la puerta. Entramos, pedimos un café para las tres que nos sirvió con cara de vinagre un camarero muy flaco y esperamos a que pasara algo emocionante. No pasaba nada. Vistos de cerca no impresionaban tanto como a través del cristal, eran señores normales con aspecto más bien achacoso.  Sandra sacó un folio de su carpeta y se puso a escribir febrilmente algo que tapaba con la mano para que no lo viéramos.

Pensé que le habría venido la inspiración repentina, que se habría iluminado al entrar en contacto con un aire tan cargado de humo poético y de líricas toses.  A mí no me estaba produciendo ningún efecto ese ambiente, me notaba exactamente igual que cuando había entrado o tal vez un poco peor porque antes de entrar tenía la ilusión de que podía pasar algo, algo relacionado con el otoño, el cielo nublado, la lluvia, la aventura y los misterios, así en general, pero ahora no me parecía que allí pudiera pasar  nada de eso.

Uno de los poetas se levantó y se acercó a nuestra mesa. Fumaba en pipa, era gordo y grande, con una melena blanca hasta los hombros ¿Qué escribe la muchachita?, dijo dirigiéndose a Sandra que seguía muy obcecada llenando la hoja de letras. Levantó el folio en el aire y dijo muy serio, “¡pero si es un hermoso poema de amor!”. Entonces vimos que lo único que estaba escrito ahí, en letras de diferentes tamaños, con caligrafías distintas, en mayúsculas, en minúsculas , en horizontal, en diagonal, en vertical, boca arriba y boca abajo era “Jesús, Jesús, Jesús” y mil veces el nombre de Jesús. Sí que tenía un buen flasheo la pobre y ahora además tenía también mucha vergüenza, no tanto por el viejo poeta que ya se marchaba pesadamente hacia su mesa como por la mirada burlona de Maitena.

A lo mejor algún día nos dan un premio y nos publican un libro, dijo Maitena ya en la calle. Sí, y somos viejas, pensé, ya no me apetecía tanto la gloria literaria. Ya no llovía y empezaba a atardecer. De repente, Maitena dio un grito muy raro,  como de intensa emoción, y empezó a reírse como si se hubiera vuelto loca. Sandra la miraba desconcertada, sin saber qué hacer. Por detrás de dos edificios estaba empezando a asomar una luna muy gorda y roja.

Otra vez tuve esa sensación de que podía pasar algo, de que iba a pasar algo relacionado con la luna, con el otoño, con los charcos, con la aventura y el misterio, de que estaba en otra ciudad, de que todo era nuevo y que de un momento a otro se iba a abrir, mostrándose.

El allí y el después

Resulta que he estado unos días de vacaciones o, mejor dicho, he acompañado en las suyas a la Patricia, para eso me lleva a esos hoteles lujosos que gusta de frecuentar y no porque sea su amiga. Sé que está deseando perderme de vista pero hasta que no le crezcan los infantes me necesita. Se siente, maja. He vuelto más cansada de lo que me fui pero puede decirse que la “Operación Mayordoma” ha sido un éxito, el Jacobín no ha logrado asesinar a su hermana y mira que lo ha intentado veces y con las más variadas técnicas y herramientas.

Mientras yo perseguía al hermanicida doloso, su madre leía tranquilamente tumbada en una hamaca. De vez en cuando cerraba el libro y se ensoñaba mirando al cielo, a los pájaros o al mar,¿en qué o quién estaría pensando? Para disimular y no quedar del todo mal nos saludaba de lejos con la mano, cual reina distante pero dadivosa con sus súbditos. Después, suspiraba y se enfrascaba de nuevo en su lectura, abstraída del mundo por completo.

Tan concentrada estaba en ese libro que cuando he visto que lo ha terminado y empezaba otro nuevo, me lo he echado al bolso y me lo he traído a Madrid para leerlo yo también. Trata de un asunto que se llama “el aquí y el ahora” y desde donde se puede estar pero que muy bien siempre que hagas lo que te dice el autor. Es muy fácil, básicamente es el ajo y agua de siempre, pero en fino. Te lo explica por puntos, para que no te líes ni te canses ni te vayas a los libros del aquí y el ahora de la competencia, que se ve que abundan.

Los puntos vienen acompañados de unas fotografías en las que aparecen seres muy felices, se les nota en que tienen los brazos levantados y saltan, si los tienen en posición normal puede que sean felices pero no tanto. Otro síntoma claro de felicidad es que se hayan colocado sendas flores en sus sendos ojos, el motivo se me escapa pero debe de ser bueno para algo. También corren por campos de trigo con vestidos blancos al viento, muy descontrolados ellos, o se pasean por playas sin sombrillas en las que siempre se está poniendo el sol y pueden ensimismarse con el ocaso base de bien. Y todo eso por estar presentes y no ausentes.

Total, que se lo he llevado esta misma mañana a la Esme para que ella también levante los brazos y salte y sepa que ningún empredimiento de los suyos le va a dar la felicidad que ya tiene en su aquí y en su ahora y así se relaje y deje de buscar y buscar y buscar lo que ya es suyo por derecho propio, mira tú por dónde. Lo ha estado ojeando un rato pero como no se ha molestado en ponerse las gafas me supongo que era más por cortesía que por interés verdadero.

Pues qué bien, me ha dicho a modo de comentario de texto resumido. Sigue tú si quieres los diez puntos de este descerebrado que yo, con los poderes que mi mente me confiere – gracias, mente- me voy a trasladar al allí y al después y que le den a la felicidad de las pequeñas cosas, a veces son tan pequeñas que, hija, ni se ven. Me he pintado un paraíso en mi imaginación completamente insuperable por ningún aquí ni ningún ahora. Vente si quieres, que te hago sitio.

Oye, pues no se estaba nada mal en el lugar ese de la Esme, todo, todito lo que quería me lo iba ella colocando por delante. Me ha puesto dos bebés monísimos, niño y niña, que no lloran nunca y que se crían sin sentir, sin una mala noche ni una visita a urgencias y que aunque crecen siguen siendo bebés siempre, un Toni cariñoso, dispuesto a salir de fiestas y de viajes, familiar y amante de los seres humanos, un piso grande con jardín que se limpia y se cuida solo y donde jamás se estropea la lavadora y un trabajo de reponedora en un supermercado, que es lo que era yo antes que chacha. Eso ya no me ha gustado tanto pero dice ella que me lo cambia por otra cosa, que en su allí y su después todo es posible.

Mientras te vas pensando el oficio y beneficio que quieres que te ponga o si quieres no te pongo ninguno y vives del blog porque los otros blogueros no solo te leen hasta quedarse ciegos si no que también te ingresan dinero en tu cuenta, vuelve un momento al aquí pero ya y a toda leche antes de que Jacobín se cargue a su hermana. Creo que esos brazos que rodean con supuesto amor su cuello albergan una intención mortuoria.

Qué niño, no me deja descansar, pues aprovecho, ya que estoy aquí, para comerme el bocadillo de jamón del ahora, que los que tiene la Esme en su paraíso del allí son de ibérico pata negra de bellota pero el hambre no te la quitan, la verdad sea dicha.

Pepita y Lola

Pepita acaba de entrar en el baño para ducharse y ya oye voces y ruido en el piso de arriba, son los obreros y todavía no son ni las ocho. Solo con pensar, “los obreros” se angustia, otro día de golpes, taladros y ese chirrido de maquinaria que le recuerda al instrumental del dentista pero a lo bestia. Ella madruga más que Lola y Lola se lo recuerda cada día, “no sé dónde vas con tanta prisa, hija, tienes unos horarios muy raros”. Ese comentario le fastidia y mucho, para Lola todo lo que no se hace a su manera es raro.

Pues más rara eres tú, le dice Pepita con un poco de rabia al espejo, allí está su cara pero no la ve porque se está imaginando la de Lola, su hermana. Empiezan los martillazos y con qué fuerza, si parece que se le va a caer el techo encima. Tú sí que tienes manías, le vuelve a decir a la Lola imaginaria, todas las noches te tienes que tomar de postre cuatro almendras y si no te las tomas dices que te falta algo, si eso no es de maniática que baje Dios y lo vea.

Pero el que baja no es Dios, el que baja de golpe o más bien cae, precedido de unos cuantos cascotes, es uno de esos obreros de arriba. Es un hombre rubio y joven todo manchado de yeso, se ha ido a caer sobre la tapa del váter, ahí lo tiene sentado y sucio, mirándola. Pronuncia una palabra en un idioma desconocido, una palabra que suena como un chasquido o como un estornudo. Pepita se lleva una mano a la boca, dice ¡ ay, señor ! y sale corriendo hasta el cuarto de Lola. Increíble, con el calor que hace y duerme tapada con la colcha,  qué mujer más anormal. Despierta, despierta, la zarandea, tenemos un hombre sentado en la taza del váter. De los de arriba. Se ha caído por el hueco. Y el techo roto.

Lola abre los ojos, los tiene claros, Pepita oscuros.
Porque tú tengas la absurda manía de madrugar no por eso nos la tienes que imponer a los demás. Los demás solo es ella, Lola, porque allí no hay nadie y al obrero del baño no se puede referir, todavía no ha asimilado la información. Pepita se la repite: que se ha roto el techo del baño y por el agujero se ha caído un obrero, está sentado en el váter, corre, levántate y ayúdame. Vamos a preguntarle si se ha hecho daño, del susto no me he atrevido, qué disgusto el techo del baño, estas casas son de papel.

Lo que me temía que iba a pasar por fin ha pasado, piensa Lola, mi hermana se ha vuelto loca, la idea de juntarnos cuando nos quedamos viudas no fue buena, ahora me va a tocar cargar con su demencia y yo ya no estoy para eso, soy mayor, soy muy mayor, tengo ochenta y…no me acuerdo. Se pone una bata larga de seda que tiene colgada detrás de la puerta, es muy elegante, alta, con porte de reina. Pepita es bajita y se viste con lo primero que encuentra, faldas con zapatillas de deporte porque le resultan cómodas y camisetas raras y grandes. Hoy lleva una con un gorila estampado que da bastante miedo. A ella no, a ella le parece graciosa.

Qué bonita está la higuera, dice Lola parándose a mirar por la ventana. Desde la ventana se ve una higuera que pertenece a otra casa pero ellas la consideran suya y le hacen un seguimiento intensivo y diario. Digo yo que no es el momento de ponerse a mirar la higuera, lo tuyo no es normal, háztelo mirar, le dice Pepita a Lola. Desde que oyó en una tertulia de la radio, todo el día oye tertulias, la expresión “háztelo mirar”, la dice en cuanto puede. Y ahora puede, es el momento exacto para decirla. También le gusta “hoja de ruta” pero viene menos al caso.

Yo miro lo que me da la gana, faltaría más.

Pero no cuando tenemos un hombre en el baño y se nos ha caído el techo, no quiero ni pensar qué hubiera pasado si se llega a caer justo encima del lavabo ,donde yo estaba.

Hubiera pasado que estarías muerta y angelitos al cielo,  pero no ha pasado, lo que te gusta una catástrofe y más si eres tú la protagonista. Y tu marido era igual, otro protagonista, todavía me acuerdo de aquella fiesta en la que se subió a la mesa a cantar, qué vergüenza nos hizo pasar. En cuanto podía le daba al pimple que era la gloria bendita y luego, ale, a hacer el ridículo.

Pepita está notando una opresión en el pecho y ese mareo, le pasa cuando se enfada, se le descoloca el cuerpo y el mundo. Su hermana es idiota, lo ha sido siempre, si llega a saber que se iban a llevar tan mal, se queda en su casa. Muchos viejos viven solos y no les pasa nada, aparte de que cada día se desgastan un poco más hasta que se mueren, pero de eso no se va a librar aunque al menos no se morirá sola, se morirá peleándose con Lola.

Mira, dice abriendo con furia la puerta del baño, aquí lo tienes, a ver qué hacemos. Pero el obrero ya no está, el techo roto, sí y unos cuantos cascotes desperdigados por el suelo.

Te voy a decir lo que voy a hacer yo, dice Lola ajustándose el cinturón de la bata, voy a ir a la cocina y me voy a tomar un café, sin mi café no soy persona.

Y con el café tampoco eres persona, piensa Pepita, ni con cien cafés que te tomes te vuelves tú persona. Hay que llamar al seguro, eso sí lo dice en voz alta, o son ellos, los de arriba, los que tienen que llamar al suyo pero si no los conocemos de nada, hay que preguntarle al portero. Voy a bajar .

Los ojos claros de Lola se deslizan gélidos por el atuendo casual de su hermana, ¿no pensarás bajar con esa camiseta espantosa del gorila, verdad?

Sí, qué más da, si es un momento solo para buscar al portero. No podemos estar con la casa como si nos hubiera caído una bomba.

¿Te acuerdas de las bombas, Pepita?, pregunta Lola bebiendo el café y personificándose. A lo mejor no te acuerdas porque eras muy pequeña pero yo sí, sonaba la alarma y nos íbamos todos corriendo al refugio, un día no nos dio tiempo y la vimos caer justo delante, enfrente cayó. Estábamos todos, papá, mamá, el abuelo, Alberto y tú, que no te acuerdas.

Sí que me acuerdo, me lo pasé bien en la guerra, nadie nos vigilaba y hacíamos lo que nos daba la gana, unos soldados me dieron vermú. Voy a bajar a buscar al portero.

Ten cuidado no sea que te encuentres a algún soldado que te emborrache o al hombre que estaba en nuestro baño esta mañana, tienes visiones, qué triste es perder la cabeza. Mientras tú bajas yo voy a comprobar una cosa, me ha parecido antes que había un higo nuevo en una de las ramas.

Pues no sé que tiene de malo esta camiseta, le dice Pepita a su cara en el ascensor. Cara que no ve porque otra vez se le ha superpuesto la de Lola. Tú marido sí que era borracho y bastante putero y tú una marimandona y una creída, siempre me toca a mí todo y tú de reinona. Háztelo mirar, Lola, qué manía te tengo, pero ni se te ocurra morirte tú primero, esa no es nuestra hoja de ruta. Ahí sí cuadra.

 

 

Abandono

Mi cielo está triste,
los vencejos se han ido con otro.
Qué soledad,
qué silencio,
cuánto vacío,
qué ausencia de alas.
En línea recta se lo vuela la vieja urraca
por fin a sus anchas.
Posada en la antena contempla su desolación
y pronuncia dos veces la frase fatídica,
esa que ningún amante abandonado quiere oír:
te dije que no te fiaras, ¿o no te lo dije?

Deseos

Maitena enseguida te daba confianza, te agarraba del brazo, te llevaba a su casa, te contaba sus anhelos, deseos y temores más profundos y también los superficiales. A mí tanta soltura me desbordaba un poco porque yo era reservada aunque sin ser consciente de que lo era. Me lo diagnosticó ella el primer día que me invitó a su casa, “eres cerrada”, me dijo en el ascensor. Y yo viviendo tan tranquila sin saberlo. Dejé de estar tranquila, cerrada me parecía algo malo y mientras me iba enseñando su casa, cuarto por cuarto e incluso abría algunos cajones para que viera lo que guardaban dentro, me puse a pensar en ese nuevo y desagradable descubrimiento que ella me acababa de hacer.

Me presentó a su madre, una señora rubia y seria a la que no se parecía en nada y a una hermana que sí se parecía mucho a la madre, las dos nos miraron con poca simpatía y algo de desconfianza como si fueran una madre y una hermana postizas. Desaparecimos en su cuarto a fabricar poemas con el diccionario y a leerlos en voz alta para comprobar si tenían la música. La mayoría no nos quedaban musicales y los rompíamos.

Eso estábamos haciendo cuando entró un niño pequeño, moreno,con el flequillo muy liso, calcado al de ella, y los labios pintados de rojo. Fue directo hasta la cama, se subió encima y dando saltos me preguntó, ¿quieres ser una chica brutal? A Maitena le dio una de sus risas ígneas y descontroladas. Quiere decir frutal, me aclaró cuando se le pasó el ataque. Había por entonces un anuncio de labiales en el que se hacía esa pregunta a las potenciales consumidoras porque los carmines tenían sabores a frutas.
Yo sí soy una chica brutal, de fresa, dijo el niño sin parar de dar saltos sobre la cama, chica brutal, chica brutal, chica brutal y el flequillo se alzaba como una cortinilla y luego descendía con cada salto. Estaba todo sudoroso y la pintura de los labios se le estaba empezando a mover de su sitio.

Tras esa declaración sobre lo que era o lo que quería ser, cansado de dar saltos, fue hasta la estantería, sacó un libro de tapas duras de cuentos de los hermanos Grimm, se sentó encima de mis rodillas y me pidió que se lo leyera. Era muy abierto, igual que su hermana. Empecé a leerle la historia del Enano Saltarín, el título me pareció muy apropiado para él, pero ese no le interesaba, ninguno le interesaba demasiado, lo que quería era pasar las páginas para buscar dibujos de princesas y pedírselas. Yo soy esta ¿vale?, me la pido y señalaba a una y luego a otra y a otra. En el momento de la petición me sujetaba la cara entre las manos y me la dirigía hacia sus ojos para que no pudiera escapar de su mirada como si mirándome y yo a él fijara mejor su deseo. Tenía unos ojos redondos, brillantes y oscuros que me recordaban a los de un muñeco de peluche.

Quiere ser chica, dijo Maitena sin dejar de componer febrilmente sus poemas sonoros y sin sentido, pero mis padres no le dejan. Mierda y mierda,no me sale nada, todo es anodino. Odio a mis padres, son muy atrasados y a mi hermana también. La mencionada hermana atrasada y odiada entró en ese momento y no le gustó lo que vio.

Me voy a chivarrrrrr, gritó arrastrando mucho la erre, le has vuelto a dejar las pinturas a Carlitos, y de un tirón de brazo se llevó a la chica brutal que se acababa de pedir ser la princesa del guisante.

No me pienso casar nunca en la vida, tampoco quiero tener hijos, espero no flashearme, era su sinónimo de enamorarse. Quiero viajar, viajar por todo el mundo,
¿y tú qué quieres? Ni idea, no era como ella y como Carlitos,  no sabía qué pedirme, no tenía deseos definidos aunque flashearme me llamaba bastante la atención. Estuve a punto de decírselo pero me callé. Me di cuenta de que eso era ser cerrada y quise decírselo para dejar de serlo pero entonces ella abrió la ventana para tirar los poemas rotos. Estaba furiosa.

Los trocitos volaron un rato antes de irse para el fondo y desperdigarse. En el cuarto entró un inesperado olor a lluvia. Se oyó un trueno y empezaron a caer unas gotas gordas y pesadas que enseguida se volvieron rápidas, ligeras y estruendosas. Nos quedamos escuchando, ellas sí que tenían música, mucho mejor que nuestras birrias de poemas prefabricados.

Cuando me fui, Carlitos estaba cenando en la cocina. Le habían puesto un pijama con barquitos veleros estampados, la parte de arriba remetida por dentro del pantalón, lo habían peinado hacia atrás con colonia, los labios ya no tenían carmín de fresa. Se estaba comiendo una tortilla francesa, muy serio. Le dije adiós pero coincidió con otro trueno. Se tapó los oídos con las manos y lloró.

Maitena y la inquietud

Estaba sentada en una de las mesas del fondo esperando a que comenzara la  clase cuando se me acercó una chica con flequillo recto y liso y los pómulos muy marcados. En vez de presentarse normalmente como yo esperaba y deseaba, era mi primera semana en ese colegio y todavía no conocía a nadie,  me hizo la siguiente extraña pregunta, “¿tú tienes inquietudes?” Inquietudes me sonaba a picores o a una sensación incómoda que te hacía moverte de un lado para otro, pero intuí que no se refería a eso y que debía contestar afirmativamente si quería dejar de estar sola. Hacer algún amigo y rápido era en ese momento mi mayor y casi única inquietud.

Es todo tan anodino…dijo ella a continuación señalando las paredes pintadas de verde y la calle que se veía por la ventana. Tintinearon sus pulseras,  llevaba muchas en las dos muñecas. Anodino era algo poco interesante, eso sí lo sabía, y como luego descubriría, una de sus palabras preferidas. El caso es que yo no hubiera definido ese entorno como anodino ni tampoco mi situación de ese momento, pero no le iba a explicar que para mí no, que para mí era todo nuevo y que estaba tan nerviosa que todas las mañanas me dolía el estómago y no podía desayunar porque acababa de mudarme de barrio y de colegio.

¿Escribes?, me volvió a interrogar. Era verdad que había empezado a rellenar un cuaderno con anotaciones tan interesantes como la comida del día, si llovía o hacía sol o la descripción muy realista de la casa a la que nos habíamos trasladado pero lo había dejado del sopor que a mí misma me producía.  Un cuaderno de lo más anodino, para qué engañarme. Pero a ella sí la quería engañar, así que le dije que sí, que escribía relatos fantásticos. Y de ciencia ficción, añadí ya metida en la harina de la mentira.

Sabía que tenías inquietudes, dijo ella, lo sabía, lo sabía,  lo he sabido en cuanto te he visto entrar en clase y te has quedado sola en la esquina de atrás. Esa posición se debía más bien a que desde ahí controlaba el panorama y a la vez pasaba desapercibida, pero decidí quedarme con el papel de inquieta interesante.

Yo escribo poesía, me dijo estirándose el ya muy estirado flequillo. Y me dio, con mucho tintineo de pulseras, una hoja que sacó de su carpeta. La carpeta estaba forrada con la página de un cómic y en cada una de las viñetas, dentro de esas nubes o bocadillos, aparecía la palabra “mierda” en diferentes tamaños y tipografías.

La poesía era muy rara y no entendí absolutamente nada. Muchas de las palabras no las había oído nunca pero hasta las que conocía me parecieron extrañas tal como estaban colocadas. En el primer verso decía, “ígneas son las fuentes  de los descarriados anapestos” ¿qué se podía decir a eso? Para remate, era muy larga y ella me miraba con unos ojos rasgados y escrutadores mientras yo la leía.

De repente se echó a reír con una risa muy loca que le brotaba como si tuviera una ígnea fuente dentro de la garganta y me confesó tan campante que no quería decir nada pero que eso daba igual porque lo importante era cómo sonaba, como una música.

Por suerte para mí, que no sabía qué decir, apareció una cabeza masculina entre nuestros hombros, se asomó como si formaran una ventana y una voz acelerada propuso, “¿os venís a la salida a hacer pintadas? Pero mi nueva amiga le pegó un empujón con la mano en la frente, expulsándolo,  y dijo, “déjanos en paz, pesado”.

Es anodino, me aclaró acto seguido para que supiera el motivo de su rechazo. Buah, todos lo son. Me llamo Maitena ¿y tú?, ¿quieres bálsamo de tigre? Y me ofreció un ungüento rojo que olía a mentol, ella se lo frotó en las sienes y yo, pues hice lo mismo.

Si algún día quieres llorar te lo pones cerca de los ojos y las lágrimas te salen solas. Maravillosa información, más bien hubiera necesitado un bálsamo para todo lo contrario, pero nunca se sabía. Entró la profesora en la clase, una mujer enérgica y hasta marcial. Cerró de golpe las ventanas y nos mandó abrir el libro de lengua por la página tres.

Maitena de perfil parecía una reina egipcia, qué poco anodina era y yo qué cosa rara sentía por dentro, qué nervios, qué ganas de moverme, pudiera tratarse de la inquietud, ella estaba en lo cierto, yo también tenía de eso.