Los pajaritos cantan, pero no solo

 

Observando pájaros
Un dibujo de Olga Álvarez

 

No hay mucho que mirar por la  ventana ya que la calle está vacía a excepción de los paseadores de perros y algún que otro enmascarillado con carro o bolsas de la compra. El patio del colegio, antes lleno de niños corriendo, saltando, pateando balones, lanzando canastas, empujándose, bailando, haciendo el pino o tres volteretas laterales seguidas, pegándose, patinando o abrazándose, está desierto.

Por las ventanas de las clases se asomaban de vez en cuando caras distraídas o con ganas de armar lío. Han bajado las persianas, que son de color granate. Ojos cerrados, párpados enrojecidos. De lo que se han olvidado es de desconectar el timbre que avisaba sobre el fin del recreo. Sigue sonando para  detener unos juegos que no existen. De vez en cuando se pasea una monja solitaria, cruza el patio vacío, rodea las canastas de baloncesto y vuelve a la casa de la esquina donde  viven las pocas que quedan.

En esa casa, cubierta por un andamio, están haciendo una obra. Esta mañana he salido a comprar y me he encontrado con la cuadrilla de obreros, ninguno llevaba mascarilla y estaban hablando tranquilamente entre ellos, muy cerca unos de otros. Lo mismo he visto hacer a dos del servicio de limpieza del ayuntamiento. Me sorprende y preocupa esa indiferencia de algunos. Tampoco en el supermercado la gente se aleja demasiado, algunos sí pero no todos, he tenido que esquivar a unos  cuantos por los pasillos, me resulta tan estresante esa huida del congénere potencialmente contagioso que me olvido de la mitad de las cosas que iba a comprar. Estoy deseando salir a la calle,  pero  cuando salgo ya no me gusta, no es la calle que imaginaba desde casa, la normal, la de antes.

Pero no era de esto de lo que quería escribir.  Me cuesta hacerlo, si escribo del virus o de la pandemia pienso que nadie va a querer leer sobre lo mismo, es excesivo. Si hablo de otra  cosa creo que hago mal, me siento frívola. Y, sin embargo, voy a hablar de otra cosa: de los pájaros nuevos y también de los  viejos. Llevaba unos días sin prestarles atención porque una vez que descubrí de qué especie eran (halcones cernícalos) se me pasó la emoción de la novedad.

Tampoco se puede decir que sus hábitos  sean muy entretenidos.  La hembra está posada sobre la parte más alta del tejado y allí se pasa las horas, sin hacer a simple vista nada de particular, se atusa un poco las plumas o cambia de posición. Poco más. El macho es más activo y ruidoso, planea  por el  cielo emitiendo su sonido característico y vuela muy lejos, estará cazando o explorando el territorio. A veces vuelve y se abalanza sobre la hembra, ella no opone resistencia pero tampoco parece muy entusiasmada. Estos acercamientos son muy breves y rápidos, el macho vuelve e a irse dando gritos y ella se queda a  verlas venir, tan indiferente como antes.

En una de esas veces en las que ella estaba sola, tal vez meditando o qué sé yo, aparecieron cuatro urracas. También son aves habituales de la zona, asiduas del tejado y las antenas.  Con toda claridad presencié cómo acosaban a la halcona. Primero se acercó una por delante, después otra por detrás. La cernícala, fiel a su pasividad y carácter impertérrito, ni se movió. Una tercera urraca se colocó a su derecha y otra a su izquierda. Ya estaba rodeada. En ese momento, giró el cuello. Parecía la típica inocente que, aún acorralada, todavía cree que está haciendo amigos. O estaría empleando la táctica de la resistencia pasiva, tipo Gandhi.

Pero las urracas no estaban para resistencias pasivas ni para amistades. Nada que ver con esos vecinos tan simpáticos de las películas americanas que cuando llega alguien  nuevo al barrio llaman a su puerta con una tarta entre las manos. A las urracas la señora halcona les estaba tocando los picos, ¿quién era esa pájara y qué hacía en su territorio? No hacía falta preguntar: una intrusa. Se le acercaron al cogote las cuatro a la vez y con violentas formas le hicieron ahuecar el ala. Por si no le había quedado claro que no era bienvenida, la estuvieron  persiguiendo  un buen rato por el  cielo.

Pobre halcona, me dio pena. Durante un par de días no volví a ver a la pareja y pensé que las urracas habían conseguido expulsarlos,  pero ayer ya estaban otra vez en sus posiciones, ella mirando al frente, inmóvil como una estatua y él haciendo de macho alfa por los aires. Y bien alfa que es porque hoy, después de comer, que suele ser mi rato de mirar por la ventana, he presenciado cómo el cernícalo macho, (¿no había un crece pelo o una colonia  que se llamaba abrótano macho?),  casi mata de un certero picotazo a una urraca. Si se ha librado de la muerte es porque ha encontrado refugio en un hueco entre verja y ventana. El halcón, para no perder el impulso asesino y dejar claro quién manda a partir de ahora en estos predios, se ha puesto a atacar palomas.

Por si fuera poco el jaleo aviar, ya han llegado desde África  los vencejos, ¿se los querrá zampar también el halcón?

Los pajaritos cantan, pero no solo.

 

El vivir a todo se ha de preferir

El título de esta entrada es un refrán y me parece que lo mismo vale para los humanos que para nuestro mayor enemigo en este momento, no hace falta que lo nombre. He estado leyendo sobre los de su especie y mi gran conclusión, digna de premio,  es esta: ¡qué extraña cosa es un virus!

No digo qué extraño ser porque en realidad un virus no está vivo del todo y por lo tanto no entra en la categoría de ser, aunque sea, puesto que existe. Ya me estoy liando y acabo de empezar.

Los científicos los llaman “organismos al límite de la vida”.  Son vivos en potencia o muertos con posibilidad de resurrección, ¿ como muertos  vivientes? Algo así.

Un  virus es un algo,( perdón, organismo),  muy básico. Por fuera tiene una apariencia de lo más simplona,  un núcleo  de material genético envuelto en una capa protectora de proteína o grasa. Ya está, si le pasas un trapo con lejía o agua y jabón,  se acabó el organismo al límite de la vida, cruzó la frontera.  Pero, aparte de que no es tan fácil eliminarlo dado que se multiplica y su minúsculo tamaño lo hace invisible, en ese núcleo hay contenida mucha inteligencia primordial y un impulso muy fuerte, el mismo que anima a todo lo que existe: vivir.

El virus quiere vivir  y para ello necesita de otros. Y no solo quiere vivir sino que también quiere multiplicarse. Su objetivo primero y último es crear copias de sí mismo para perpetuarse. Como esto no lo puede hacer sin ayuda se introduce en las células de otros organismos y las reprograma  para que en lugar de cumplir sus funciones cumplan las que a él le interesan: producir muchas copias de sí mismo.

Lo que ya no entiendo es por qué algo tan poco interesante tiene esa necesidad de seguir vivo y de hacer copias de sí mismo como un loco,  por qué es tan egocéntrico y ansioso, ¿qué placer obtendrá en ello, qué ganancia?  Tal vez tengan alguna utilidad que se me escapa pues solo soy capaz de ver el sufrimiento que nos está generando.

Puede que si es que existen seres mucho más complejos y sofisticados que los humanos piensen lo mismo de nosotros, en el caso de que se detengan a estudiarnos.

Y regresando así de golpe a mis vecinos,   monsieur y madame Cernicale, (me ha dado por pensar que son halcones franceses),  tengo alguna novedad de la que os hablaré otro día. Ellos también quieren vivir y reproducirse como todo bicho viviente pero tampoco lo tienen del todo fácil. Otros con las mismas intenciones les disputan los tejados.

 

 

 

 

 

Una pareja nueva en el barrio

Supongo que habréis leído, escuchado y hasta visto que desde que los humanos hemos desaparecido, los animales han tomado el relevo y se dejan ver en lugares donde no solían estar. Como pajarera que soy, siempre he mirado mucho por la  ventana de mi  casa,  atenta a los seres con alas. Aunque vivo en una zona céntrica de Madrid, mi edificio tiene delante un colegio con su correspondiente patio de juegos y un rincón con árboles. Me han contado que hace unos años había muchos más, que todo ese patio era un jardín pero debajo construyeron un parking y encima unas pistas deportivas.

Pese a ello sí que se ven y se oyen, entre el rugido del tráfico, pájaros. Los típicos urbanos. Muchas palomas, (son feas, ya lo sé), bastantes gorriones,  especialistas en sortear coches a toda velocidad, algún que otro mirlo, cada vez más, se ve que se van urbanizando atraídos por la comida fácil.

Los mirlos tienen un trino muy melodioso y en las mañanas de  verano, cuando no queda más remedio que abrir la ventana con la esperanza de que al amanecer entre algo de brisa,  son ellos los primeros en anunciar el día.

También he visto estorninos, esos negros brillantes, que parece que se han dado un baño de alquitrán o que se han puesto gomina. Suelen aparecer en enero, en grupos muy grandes, también tienen un bonito canto.  Después desaparecen, no sé dónde van.

Desde enero y hasta casi abril veo pasar muchas bandadas de aves migratorias, creo que son grullas. Vuelan al atardecer en dirección norte. Es todo un espectáculo mirar sus formaciones en uve que a veces rompen para hacer círculos estrellados,  como si estuvieran bailando en el cielo, al mismo tiempo que atardece.  Después llegan los locos de los vencejos alegrando los cielos del verano. Otro espectáculo sus acrobacias aéreas. Y hasta aquí toda la fauna avícola que había logrado ver y escuchar en los días normales, los de antes.

En estos días anormales, los de ahora, me asomo todavía más a la ventana, si es que no está ocupada, es un puesto muy solicitado. En una de esas asomadas para romper un poco la claustrofobia mirando el cielo, escuché un sonido de pájaro que no había oído nunca, un sonido agudo, estridente y que se repetía muchas veces. Estuve durante bastantes días siguiéndole la pista al sonido y por fin localicé al pájaro emisor.

Al principio no lo identifiqué, lo cual es lógico porque no se puede identificar lo que no se conoce,  ¿quién sería este, para mí,  nuevo volador?  Observando otros días sus detalles, no es fácil porque se mueve muy rápido, y su manera de volar y, claro, con la ayuda del buscador Google que todo lo sabe, creo que lo he descubierto : es un tipo de halcón, uno de los más pequeños que existen. No está solo, la hembra, mucho más tranquila y discreta y también menos colorida, se ha aposentado en uno de los tejados del colegio.

Tengo que reconocer que en estos días tan tristes, la aparición en el  barrio de esta nueva pareja me ha hecho mucha ilusión.

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Este es mi nuevo vecino, el halcón cernícalo. No es que le haya puesto ya un mote de bienvenida, es que se llama así. Y de apellido, primilla. La imagen la he sacado de Internet, de la página de SEO/BirdLife.

 

 

Un poema de Emily Dickinson

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Es siempre la esperanza un ser de plumas

que en el alma se posa

y canta su tonada sin palabras

interminablemente.

 

Suena muy dulce sobre el temporal.

Terrible habrá de ser esa tormenta

que abata al leve pájaro

que nos dio su calor.

 

La he escuchado en la tierra más helada

y en el mar más extraño,

y en los peores trances

ni un pedazo de pan pidió de mí.

A tomate

He salido a pasear con Marina, hoy un poco más tarde porque me he enredado con otras cosas, me he enredado tanto que he estado a punto de dejar el paseo para otro día pero, no sé, si no voy a buscarla cuando le he dicho que iba a ir,  me siento mal, me siento culpable,  así que he ido. Me pregunto por qué hacemos a veces lo que hacemos, si por ayudar a otros o por descargarnos de culpa y después poder sentirnos bien o porque ayudar a otros nos hace sentir bien. Sea lo que sea todo desemboca en el sentirse bien, los considerados buenos comportamientos y los considerados malos.

Las aceras de  su calle, López de Hoyos, estaban llenas pero llenitas de pétalos de flores, pequeños y rosas , es que  por toda la calle están plantados esos árboles que no sé si son cerezos o almendros pero que quedan muy bonitos cuando florecen. Duran poco, eso sí, ya había más flores por el suelo que en las copas de los árboles y sobre todo alrededor de las alcantarillas se habían quedado muchos atrapados, parecía un bordado o un adorno. Al lado de los pétalos también he visto dos pimientos morrones fritos y una babucha con unas letras escritas en árabe. Variado.

Marina como siempre,  arreglada, muy bien conjuntada de colores, no como yo que no sé qué me pasa pero me hago unas mezcolanzas…antes me sabía coordinar mejor, ahora me pongo lo primero que pillo y si pega bien y si no, también.  Ella  llevaba hasta un anillo a juego con el pañuelo y con los ojos, que los tiene verdes, muy bonitos, ha sido guapísima, ahora ya no, ahora ya no somos guapas ninguna, nos hemos igualado todas. Somos eso que yo llamo señoras oscuras,  está la calle llena de nosotras, las señoras oscuras, nadie nos mira, como no sea algún borracho o algún pirado, como el pakistaní de la frutería. Ese  está enamorado de mí pero desde el primer día que me vio,  de eso una se da cuenta, yo me di cuenta. Qué manía le tengo, debería estar agradecida, pero no, le tengo manía, me cambio de acera para fastidiar y desde la de enfrente veo cómo se asoma para mirarme por encima de los cajones de las frutas, por encima de esos plátanos grandes y negros que es lo que pone delante, lo más feo, qué poco márketing,  ¿plátanos macho se llama eso? Y a mí qué me importa. No sé por qué le gustaré, hay cada maníaco.

Marina y yo hablamos,  aunque parezca mentira. Me imagino que después de tantos años de hablar de verdad se nos ha formado como un patrón de conversación. Yo digo lo que siempre he dicho, con las diferencias propias de cada momento,  y ella me contesta a todo “a tomate”. Esto, que puede parecer un problema insalvable,  no lo es tanto, recurro a  mi plantilla mental  y es muy fácil deducir lo que me ha querido decir y si la plantilla estándar no me funciona,  me vuelvo a los recuerdos y pienso, ¿qué hubiera contestado aquí Marina? Esto y lo otro, tal y cual y  con eso sigo la conversación. A ella le gusta que le hable como si no pasara nada,  no sé si me entiende, supongo que a veces sí y otras no pero mantiene el tipo, sabe seguirme.

En el paseo de hoy, por ejemplo, estábamos pasando  por delante de la parroquia Sagrado Corazón, en el muro está escrito, “Jesús tiene sed de ti” y luego unos puntos suspensivos como diciendo…tú verás lo que haces con esa sed,  si le dejas al hombre sin beber o qué.  He dicho yo, “Mira, Marina, que Jesús nos quiere beber” y ella ha dicho “a tomate” pero medio riéndose y negando con la cabeza. A mí que no me beban, he interpretado yo. Y cuando me he reído, ella se ha reído más.

Me sorprende  que de entre todas las palabras posibles de nuestro vocabulario, le haya dado por escoger esas dos,  una “a” y precisamente “tomate” y no patata o nube o zapato,  y que de ahí no la saques. Como mucho le añade algún número, “a tomate uno, a tomate dos y tres y cuatro” Cuando le añade números mueve las manos como si estuviera colocando algo en estanterías, los “a tomates”, y luego resopla muy cansada, como diciendo, esto de colocar es agotador.

En la plaza estaban desperezándose  los mendigos y los borrachos de siempre, les han fastidiado bastante con esos bancos partidos que ponen para que no se tumben, también es mala idea. Uno de ellos había cogido, vete a saber de dónde, una ristra de luces de Navidad y las tenía colocadas encima de su montón de ropas y trastos. Le gustará lo que brilla o lo que reluce, le habrá parecido un tesoro bonito, todos tenemos derecho a tener algo que no sirva para nada pero que nos guste.

Digo, bueno, Marina, ¿y qué tal los hijos? El mayor, ¿sigue trabajando en esa empresa tan lucida? A tomate uno, me ha contestado ella. Como he supuesto que eso sería un sí, le he dicho que qué bien y ella me ha respondido moviendo la cabeza, tranquila.

¿Y la chica?, ¿está contenta fuera? No le tenía que haber preguntado por ella, parezco tonta, no me he dado cuenta, ha empezado a mover las manos y a colocar con mucho ímpetu los “a tomates” en las estanterías esas, con mucho resoplido y luego se secaba la frente, como si hubiera sudado. Con la chica siempre ha tenido sus más y sus menos, ha sido muy guerrera, y de todo eso se ha tenido que acordar.

Para distraerla le he señalado una sábana que se ha debido de caer de algún piso y estaba enganchada en un árbol, el viento la estaba moviendo haciéndole formas, oye, que parecía que había alguien dentro, alguien con sueño inquieto dando vueltas y revueltas.

¡A tomate!, ha exclamado ella con cara de sorpresa. Pues un buen rato nos hemos quedado mirando la sábana, si eso la entretiene y la tranquiliza…yo me estaba aburriendo y eso que solo íbamos por la mitad de la calle. En la casa de apuestas Codere, Marina ha querido entrar y no me extraña, ponen una luz que ilumina media calle, casi que te atrapa la luz esa, cómo para no verla y no seguirla.  Lo que era el cine Royal, ahora es un bingo, se han empeñado en que nos gastemos los dineros que no tenemos. Pues a buena parte van. A mí no me abducen, a Marina sí, al bingo también ha querido entrar pero no la he dejado.

Venga, venga, no te pares tanto que nos tenemos que ganar con un poco de ejercicio  el café y la tostada del final. Eso es lo que más le gusta y a mí la verdad es que también.

A tomate, ha dicho ella como aliviada cuando por fin nos hemos sentado en una mesa. Más bien estábamos…se veía la calle y todo su jaleíllo. La tostada buenísima. Hemos seguido hablando, ya me he dado cuenta de que unas chicas jóvenes nos miraban como con susto  y después con risa. Claro, damos una imagen rara, yo hablando con normalidad y ella venga y dale con sus “a tomates” pero significado tienen, por lo menos para mí que la sé entender. Hay que hacer el esfuerzo, hay que hacer el esfuerzo por las amigas. Yo lo hago y luego me siento muy bien.

La cantidad de pétalos rosas cayendo que se veían por la ventana,  era bonito, como confeti en una fiesta.  Pero el viento, el viento era como  si quisiera ahogar a los árboles o estrangularlos,  los zarandeaba y  con qué rabia. Daba miedo eso.

Agitación cultural

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Dibujo hecho por Olga, autora del blog,  Bocetos para escribir

 

Enfrente de los estantes repletos de cajetillas de tabaco, al otro lado del mostrador,  Mina ha colocado una estantería con libros. En la parte superior ha pegado un  cartel  que explica, “Intercambio de libros. Llévate uno y deja otro”. Acaba de añadir al mensaje una buena hilera de exclamaciones en rojo, para animar y dar alegría.

Su intención es hacer del estanco un centro de cultura, un lugar donde, además de comprar tabaco o recargar el abono transporte, se pueda pasar un buen rato hablando de libros. Una especie de club alternativo que agite conciencias y sacuda el tedio del barrio.

De momento no ha conseguido despertar mucho interés,   la única que se pasa alguna tarde es su amiga  Rosaura. Pero ya lo hacía antes.

-¿A ti alguien te ha dicho que te va a subir el sueldo?,  dice Rosaura abriendo la puerta. Acerca su cara a la de Mina a través del mostrador y se contesta ella sola: pues a mí,  tampoco.

Tiene esa manera interrogativa de formular sus desazones.

Mina intenta reconducirla hacia su proyecto.

-Qué bien que hayas venido, ¿has traído algún libro para intercambiar?

-¿Puedes creer que me he olvidado los tres que te iba a traer en la entrada de casa? Te digo cuáles eran, uno es este muy bonito de una mujer que se va a vivir con un príncipe indio, sí, el de la pasión,  lo has leído, ¿verdad? Estuvo muy de moda, ahora ya no,  del título no me acuerdo y del autor tampoco, pero me encantó. El otro es de pensamiento sobre la sociedad actual, de lo poco que dura todo, de lo vertiginoso. Qué poco dura todo.  O sea,  lo que es nuevo enseguida se hace viejo.  Ese no lo pude terminar, se me atascó, era un coñazo,  claro que para gustos, los colores. El  tercero es policíaco, nada más empezar, ¡crimen que te crió! ,  y  que te engancha que te engancha y te hace sospechar hasta de las piedras. Al  final te desvela el asesino y era justo el que menos te esperabas, ¡qué arte, tú!

Esos sí que me gustan porque te mantienen en vilo. De todas formas se me han olvidado en casa, otro día será,   si es que no paro, ¿a ti alguien te ha hecho la compra y te ha puesto la lavadora? Pues a mí tampoco.

Mina se está empezando a irritar un poco, no es que no quiera a su amiga Rosaura, la quiere,  se porta muy bien con ella, siempre está ahí,  es decir,  aquí. Ahora mismo lo está, pero como participante en el club de intercambio cultural tiene dudas de que valga.

No trae libros, no recuerda los títulos ni los autores y lleva la conversación hacia terrenos  nada interesantes, como los problemas laborales y familiares.

De eso ella ya tiene bastante, más de lo que quiere, por eso mismo se le  ocurrió la idea de la estantería, para lo que  llama desengrasar. Se había imaginado una afluencia mediana pero constante de gente interesada en intercambiar lecturas, incluso se había imaginado, dando un paso más,  que le pedían consejo y que ella los daba.

Mina, ¿qué nos recomiendas esta semana? Llévate este, está fenomenal, es un autor magnífico, no es tanto lo que narra sino la manera de narrar.

O bien: si te gusta la historia este es tu libro, ameno y a la vez te enseña.

Cosas así.

Pero resulta que la gente ha confundido  su estantería con un contenedor y no hacen  más que dejarle las porquerías que no quieren tener en casa. Pero de llevarse, nada, no entienden el concepto intercambio y comentar parece ser que no les interesa.

Porque a ver, ¿quién ha traído ese libro infame titulado, “Aventuras y anécdotas de mi mili en Madrid” Y encima no se atreve a tirarlo, tiene esa máxima, “los libros no se tiran”, tiene otras máximas pero no vienen al caso.

La gente entra y le hace preguntas sobre el tabaco, de los mentolados, ¿cuál es el más fuerte?  y ella contesta rápida y ceñuda. Otros se empeñan en  pagar con tarjeta el abono transporte y como solo permite el pago en efectivo, se enfadan. No es cosa mía, no me deja la jefa, dice.

Es ella la jefa pero eso no lo saben, no tiene pinta de ser la dueña de un estanco, de eso está segura. Lo que parece es una  agitadora cultural, con ese moño alto teñido de un color tirando a rojizo y ese pantalón vaquero de peto combinado con camisas sueltas por encima. Lleva unos pendientes grandes y redondos, de color naranja. Parecen  eso mismo, dos naranjas aplastadas. Y gafas de pasta oscura, también redondas. Los círculos le gustan mucho, así como el número Pi.

Rosaura,  pese a su falta de interés, también da buena imagen de agitadora cultural y de intercambiadora de saberes varios, siempre que no hable. Suele llevar vestidos vintage con estampados muy originales, el que se ha puesto hoy tiene dibujados unos hombrecitos tumbados en divanes con su psiquiatra tomando notas al lado. O a lo mejor es otra cosa, pero a Mina le parecen  eso, neuróticos en terapia. Abajo,  en una esquina, junto al último botón, un hombrecito que está solo y de pie,  sin psiquiatra, alza una pancarta que demanda, “más colores”. Eso no lo entiende muy bien Mina pero tampoco es necesario.

Te has puesto el vestido de los neuróticos, le dice a su amiga y toca la tela que es un poco tiesa y áspera.

¿ Qué dices de neuras? Mira, por ahí llega tu hijo.

Mina se pone tensa, entre Rosana y el niño, menudo club cultural.

-Venga, a hacer los deberes, bueno, primero puedes ir a comprarte la merienda pero luego ya a los deberes y  sin rechistar.

Es más vago…le dice a la otra cuando el niño sale dejando la mochila tirada en mitad del suelo.

Como todos, hija, como todos, no te creas tú que… Rosaura aparta  la mochila de una patada muy diestra y se sienta en el banco escalera que hay en un rincón.

¿Y qué?, ¿qué te cuentas?

Pues qué me voy a contar si estoy todo el día aquí metida, con esas imágenes de las cajetillas de tabaco que me da hasta miedo mirar aunque si te digo la verdad ya no me impresionan. Es lo que pasa, que te acostumbras  y ya te da lo mismo que salga un pulmón negro, una boca sin dientes que un ojo purulento…¿qué te cuentas tú?

La verdad es que poca cosa, poca cosa, ayer salimos a mirar sofás pero no nos decidimos, parece mentira que sea tan difícil elegir un sofá, es que hay tantos… ahora que me acuerdo, eso lo decía también en el libro del pensamiento, el que no me pude terminar, el coñazo.  Que cuando hay tanto de todo uno ya no quiere nada, se satura, yo con tanto sofá me saturé y le dije a Marcos, pues nos sentamos en el suelo y sanseacabó.

Mina se acerca hasta la estantería de libros, por la mañana una mujer ha dejado varios y aunque ella le dijo,  “llévese alguno, llévese alguno y luego me comenta a ver qué tal”, la otra salió corriendo como si hubiera peligro de algo. Como si se hubiera olido una posible amenaza de agitación cultural.

A ver que me ha dejado aquí esa tía, buffff, resopla,  “Poemas españoles sobre el mar”, “Poemas españoles sobre la noche”, “Poemas españoles sobre el amor”. Qué especialización más tonta, piensa.

Al levantar la cabeza se topa con los hombrecitos neuróticos del vestido de Rosaura. De cerca parecen todavía más neuróticos, locos perdidos, los psiquiatras toman notas. Cuánto detalle para un vestido.

Tengo otro monísimo con libélulas volando, si tuviera que rencarnarme en algún animal elegiría libélula, son tan bonitas, ¿y tú?

Pues no sé, no lo he pensado nunca, no me gustaría ser un animal.

Tiene ganas de que se vaya Rosaura, ya está visto que con ella no se va a  poder iniciar el intercambio de cultura, al contrario, se teme que con su presencia le está estropeando el proyecto.

Aquí vuelve el Fernandito, mira qué merienda más sana, coca cola y un bollo industrial envuelto en plástico. Y ecológica.

Rosaura se ríe de su propia ironía, cuando lo hace, los neuróticos se agitan en sus divanes, inquietos.

-Yo ya no puedo pelear por todo, hay que elegir bien las peleas, si peleo porque haga los deberes ya no puedo pelear también porque meriende manzana.

-Te sientas en la escalera, ahí,  y haces los deberes.

-Es que se ha hecho de noche y no veo bien, dice el chico bostezando.

-Con lo que me sale, ¿Y para que tenemos bombillas led?

Eso, estudia, estudia, que luego si estudias…Rosaura interrumpe el discurso y acercándose  a Mina sigue la frase fuera del alcance del niño.

-Si estudias…na de ná, antes si estudiabas llegabas lejos, ahora más bien te quedas cerca, eso también sale en el libro ese que te digo, no en el de la princesa india de la pasión  ni en el del crimen que engancha, en el otro, el que no me pude terminar. Pues estaba bien, no sé por qué no pude con él, no sé, te decía verdades como puños. A lo mejor fue por eso.

A Mina le está entrando un desánimo raro, puede ser hambre o puede ser otra cosa.

No llueve, dice su amiga mirando hacia el cielo vacío de nubes. Ayyyyy, qué sueño yo también, es que llevo un diíta fino serafino.

Entra un hombre y pide un paquete de Marlboro y otro de chicles. Ni mira el estante  ni lee el cartel con sus graciosas y alegres exclamaciones.

Además del desánimo también siente Mina una especie de agitación. No cree que cultural.