Poema de otoño pequeño y redondo

 

Este era un poema vacío
pequeño y redondo.
Como todo poema vacío
contenía infinitas  versiones de sí.

Le llovió encima
y se volvió un poema de agua,

pequeño y redondo.

Por la  noche entró una estrella

temblaba dentro.

Por la mañana lo atravesó una rama,

un mirlo se acercó a mirar

y el poema se iluminó de pico  naranja.

Perdió la rama , se quedó solo.

Esperó en acuático silencio

y al rato, con un alegre plas…

¡cuatro castañas!

Ahora es un poema de otoño

pequeño y redondo

una hormiga diminuta ,que lo considera enorme,

se lo está leyendo.

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Las tres niñas poetas

El padre había tenido tres hijas blancas y redondas como tres lunas. Tres niñas poetas.

Desde muy pequeñas las niñas se ensimismaban con las gotas de rocío, con el temblor de las hojas en las ramas de los árboles, con el desplazamiento de las nubes por el cielo, con los vuelos de los pájaros, pero también con las puertas rotas, con los muros desconchados, con los terrenos abandonados donde, entre rejas, proliferaban cardos, hierbajos, gatos y ailantos.

Eran raras sus tres niñas blancas, antes de saber leer ya  inventaban en voz alta sus propios libros de poemas mezclando palabras recién aprendidas.

Aunque el padre no las entendía, sonreía mirándolas. Le hacían gracia  pero le inquietaban. La madre, también blanca como una gran luna, las contemplaba admirada, se le parecían tanto que hubieran podido nacer por partición, sin la intervención del padre. Y aunque ella nunca había escrito poesía sí la había sentido en su interior como una especie de afán, de deseo no manifestado que se revelaba ahora en las tres niñas, traspasado en el silencio de los meses de gestación.

A medida que las niñas blancas fueron creciendo aumentó su belleza y su lirismo, en sus juegos siempre estaba presente la poesía, en su vida diaria. Escribían poemas en los bordes de los libros, en las cajas de galletas, por las paredes de su cuarto, en las suelas de sus zapatos colegiales, en el espejo empañado del cuarto de baño.

Cuando el padre llegaba a última hora de la tarde a casa, con la cabeza llena de los agobios propios de un hombre de negocios, las encontraba por el salón bailando y cantando, recitando, leyendo en voz alta poemas propios y también  de otros. Y en el centro siempre estaba la madre, admirada, feliz, plena con sus tres niñas poetas tan iguales a ella, sus tres niñas de plata.

Le invitaban  a quedarse, a participar de sus lecturas y recitales pero él no entendía de poesía y no le gustaba,  no sabía qué querían decir aquellas palabras misteriosas organizadas en  versos, le incomodaba tanto sentimiento desparramado, todo ese vuelco de almas. Deseaba que se  callaran y aunque las amaba también  las odiaba un poco.  Cuando las odiaba no las veía como tres lunas sino como tres quesos de bola parloteadores y estrafalarios.

Habían construido un mundo al que él no tenía acceso, un mundo en el que se sentía incómodo y perdido. Esas no eran sus hijas, eran las hijas de ella, de la madre lunar. Se sentía muy solo y no sabía qué hacer con esa soledad tan grande que le perseguía y le ahogaba en cuanto entraba en su casa.

Se organizó un cuarto donde poder ver en paz, sin la intromisión de la poesía,  todo tipo de deportes  y allí pasaba sus ratos de ocio, acantonado, sin tener con quién gritar ¡gol, gol, goooool!

De vez en cuando, del resto de la casa, por donde pululaban incesantes y en todas direcciones las tres niñas como aceleradas libélulas, le llegaban palabras o  ráfagas de frases que le irritaban, impropios vocablos en bocas infantiles,  “labios de ángel, carne de sueño, todo es resplandor, secretos de los Dioses, gritos en medio de la sangre, reino de lo gris, niñas erráticas nimbadas de niebla, inminencia de alas”

Aquello era horrible y hasta obsceno ¡Silencio!, ¿ os podéis callar un rato?, pedía  asomando medio cuerpo por la puerta de aquel cuarto donde todo era comprensible y normal, sencillo,  sujeto a normas y resultados. Las lunas le concedían unos instantes de ese demandado silencio pero a él le parecía que estaba cargado de hielo y desaprobación.

Una tarde en la que se jugaba la final de la copa de Europa, decidió marcharse  pero antes quiso dejar una nota aclaratoria, fue a la cocina y en la libreta donde se anotaba la lista de la compra escribió, ”Me voy,  os mandaré dinero cada mes” lo colocó apoyado sobre el cesto del pan y salió sin hacer ruido.

Por detrás de esa nota, las niñas escribieron un poema conjunto en el que aparecía muchas veces la palabra abandono y en el que todo lloraba: puertas, ventanas, paredes, sillas, sartenes, estrellas, cortinas, muñecas y nada más porque no cabía en papel tan pequeño.

La contratada

La chica era joven y era guapa, iba bien vestida, olía a limpio, a  colonia, o  a mandarinas,  sonreía. Antes de que la señora Boni pudiera reaccionar,  se acercó a su cara, le dio dos besos rápidos, se presentó como Sandra y le dijo, “me manda la asociación, he venido para acompañarla al médico”.

La señora Boni desconfió, esperaba otro tipo de persona, alguien de más edad, con peor aspecto,  volvió a mirar a la chica sin invitarla todavía a entrar. Una chica tan así, pensó, una chica tan así no puede querer acompañar al médico a una vieja como yo, a no ser que…se le ocurrieron dos  posibilidades. Que fuera una delincuente  y estuviera obligada como parte de la pena ayudar a  viejas sin recursos  o que perteneciera a alguna especie de secta religiosa.

-¿Vas tú mucho a misa y a los rezos?, le preguntó  sin dejarla pasar todavía.

-No, la verdad es que no, contestó ella

Pues delincuente entonces, pero no tenía cara de maldad, más bien al contrario. Lo que será es tonta, concluyó su pensamiento dándole la solución. Que pase.

Pasa, guapa, pasa y toma asiento. Sentía  el deseo de hacerse la elegante ante esa chica tan así.

-Pasa y te acomodas donde más te guste.

Lamentó que sus supuestas palabras elegantes no combinaran  bien con su  piso estrecho y oscuro donde todo se amontonaba, no por falta de orden sino de espacio.

Como la chica no parecía encontrar ningún lugar que le gustara para sentarse, la señora Boni le señaló un sillón junto a la ventana,  la tela estaba  desgastada por la zona de la cabeza y de los brazos y brillaba de una forma oscura.  La chica se sentó de medio lado como si quisiera estar sentada y de pie al mismo tiempo.

Me voy a poner los zapatos y ahora mismo nos vamos, el médico está aquí al lado, es una médica, es que tengo el corazón que late cuando le da la gana y cuando no le da la gana dice, aquí me paro, tú verás lo que haces, Bonifacia. Como si una pudiera hacer algo sin su consentimiento…

La chica sonrió también de medio lado.

Tonta, lo que había pensado, le faltaba agudeza, ¿qué persona lista de esa edad se ofrecería a pasar la tarde en un centro de salud con una vieja? Si fuera una chica normal, espabilada,  estaría con las amigas o besándose con algún novio.

Así que Sandra, ¿estudias tú?

La chica le dijo que sí, que estudiaba biotecnología.

Muy bonitos estudios, con eso te colocas,  le contestó Boni sin tener ni idea de qué podría ser, sería algo de los teléfonos,  difícil parecía por el nombre, pero si era tonta no podía estudiar algo difícil. Y qué más le daba a ella, tonta o lista,  el caso es que tenía una acompañante y muy bien que le venía.

Entraron en el ascensor,   alguien lo había llamado a la vez que ellas y en el tercero  se detuvo.  La señora Boni se inquietó,  no le apetecía encontrarse con ningún vecino. Pero ya no tenía remedio, la puerta se abrió, eran las hermanas Colinares. Con los años se les había puesto el torso de dos fornidos estibadores portuarios,  lo que no les impedía vestirse con unos vestidos cortos y  floreados por donde asomaban unas piernas muy finas y fibrosas. Con ellas se coló un fuerte olor a cenicero.

Bonifacia se dio cuenta de que Sandra arrugaba la nariz.

-Qué muchacha más represiosa, ¿es su nieta?, dijo con su voz carrasposa de fumadora la mayor de las Colinares

-No, no es mi nieta, mi nieta se ha ido a vivir a  Amsterdam.

-Ojú, qué a trasmano pilla eso, dijo la hermana menor.

-Es una ciudad de ensueño, -otra vez le apetecía hacerse la elegante y presumir un poco-  llena de tulipanes de todos los colores habidos y por haber, llena de canales que te la recorren de cabo a rabo,  llena de  bicicletas que es una maravilla lo bien que le dan a los pedales esas personas.  Y se puede visitar la  casa de Ana Frank, la pobre niña esa que escribió un diario y que luego se la llevaron al campo de exterminio donde…

-No me digas tú a mí que la gente quiere ver eso,  qué desgraciá esa chiquilla,  no nos cuente penas, que no estamos pa penas, cuéntenos alegrías, señora Boni.  Nosotras nos vamos al teatro a ver una de reír, ¿y entonces quién es la muchacha?

-Se llama Sandra y me la he contratado para mí, para que me acompañe a donde yo le diga. Hoy vamos al médico por eso de mi corazón y la señora Boni se llevó una mano al pecho por si las otras ignoraban donde se ubicaba el citado órgano,  pero mañana, mañana…a merendar chocolate con churros que nos vamos a ir, ¿verdad, hermosona?

La chica volvió a sonreír un poco cohibida.

Por lo menos no la había desmentido, es lo bueno que tienen las pasmadas, se las maneja.

Las hermanas Colinares se fueron hacia la derecha moviendo los torsos robustos  hacia los lados, inestables sobre esas piernas tan finas.  Ellas dos siguieron en línea recta, en un silencio solo roto por las indicaciones de Boni que iba diciendo, “ahora por aquí,  al lado de la tienda de ropa, ya llegamos, tendremos que esperar, siempre toca esperar, a mí me da igual porque no tengo nada mejor que hacer pero tú a lo mejor tienes prisa, si estas estudiando eso tan así que me has dicho…”

La chica le dijo que no, que no tenía prisa, que había venido para acompañarla y que ya sabía que siempre toca esperar en las consultas.  Paciencia, dijo elevando los hombros y sonriendo.

Esta no es triguito limpio, se amoscó Bonifacia.  Había algo en ella que no le encajaba,  demasiada suavidad, demasiada dulzura, demasiada simpatía…no le terminaba de convencer, acompañarla a ella y sin cobrar nada…a quién se le cuente. Pero no se lo iba a contar a nadie, eso sí que no.

Le dio un pellizco en el antebrazo, “si nos encontramos con alguien más y nos preguntan, tú eres mi contratada, que yo te pago por lo que haces, quiero decir. Ahora bien, no te confundas, en la realidad no  te voy a pagar,  es que no puedo, ya me gustaría pero  no me llega”.

La tonta se echó a reír.

-Lo que usted diga, no se preocupe por no poderme pagar, soy una voluntaria.

Por amor al arte, a quién se le diga…pero no se lo iba a decir a nadie.  Le apretaban los zapatos, todos le apretaban en cuanto daba dos pasos, qué ganas de quitárselos, se le ponía mal humor.

Se sentaron en las sillas de plástico verdes  del centro de salud, frente a un cartel en el que ponía, “instrucciones para los pacientes con insuficiencia respiratoria”. Las estaba leyendo cuando le llegó un olor a mandarinas, venía del pelo de la chica, lo llevaba tan limpio y brillante como las princesas de los cuentos de hadas.

Pelo tejido con  hilos de oro, pensó recordando vagamente alguna historia que nunca le habían contado. Dentro de los zapatos le latían los pies, como si un corazón duplicado se hubiera trasladado hasta allí dentro por cambiar un poco de lugar.

Patatas

He ido a la compra y he comprado patatas.

No es un microrrelato con mensaje oculto, es que de verdad he ido a la compra y he comprado patatas.

Pero no son patatas vulgares, no saben  a gamba ni a chuletón ni a goma de borrar. Son patatas fuera de lo común, extraordinarias, patatas por fuera y por dentro, patatas en su totalidad, entes patatales completos, patatas íntegras, la honestidad hecha patata. Son… (es que no me atrevo ni a escribirlo de la impresión que me da)…

¡Patatas!

20190909_182804.jpgCon razón se llaman ” Sensación”.

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Mientras esperaba para pagar mis patatas especiales con sabor a patata, la señora que iba delante le estaba diciendo esto al cajero, “no tengas hijos, no vale de nada, al final todos se van a morir, todos nos vamos a morir. Cada vez más gente piensa como yo”

Sí, claro, señora Alegralunes, y por si fuera poco hay que ir a la compra y alimentar los cuerpos perecederos. Un desastre.

Menos mal que tengo mis patatas especiales “Sensación” para consolarme de tanto sinsabor, nunca mejor dicho.

 

 

Paula Herminia

Al mirar por primera vez a la niña confirmó aquello que ya había intuido en las ecografías de alta resolución. Las mismas cejas borrosas, la misma boca pequeña y plegada en un mohín, los mismos puños cerrados delatando su poco generoso espíritu. Desechó la idea, qué tontería, era el agotamiento, las emociones tan intensas. Todos los bebés compartían esos puños cerrados y hacían gestos extraños con la boca, parecían peces que se estuvieran acostumbrando a un medio no líquido.

La enfermera simpática le acercó a la niña para que la pusiera al pecho y su hija, su primera hija, comenzó a mamar con fruición, lo cual era un motivo de alegría, no siempre se daba bien la lactancia en un inicio, no siempre se acoplaban el bebé y la madre de forma tan fácil y natural, era de suma importancia que ese primer vínculo se estableciera de manera que…

De manera que la tía Herminia estaba mamando de ella y con qué ganas. La idea recién desechada volvió con fuerza y allí se quedó. Había parido a la tía Herminia, sus mismas cejas despobladas, su mismo mohín antipático, sus mismas ansias con la comida. Menuda forma de chupar, deja algo para los demás, estuvo a punto de decirle.

-Es normal que te duela, le dijo la enfermera simpática creyendo que su expresión de malestar se debía a alguna molestia física.

-Eso no es nada, espera a tener una mastitis como la que tuve yo y sabrás lo que es dolor, dijo la enfermera antipática, que siempre aparecía por detrás como si fuera el ángel del mal.

-Normal, normal, normal, repitió su marido mirando embobado a su propia tía recién nacida.

¿Se había dado cuenta de lo ocurrido o eran alucinaciones suyas, le estaría afectando al cerebro la subida o bajada de alguna de esas hormonas puerperales?

Los familiares y amigos que iban llegando de visita se acercaban a la diminuta cuna,  emitían  suspiros y exclamaciones y  decían , “oh, qué preciosidad” juntando las manos como si orasen, la felicitaban a ella, felicitaban al padre, se felicitaban unos a otros por el advenimiento de ese nuevo ser y hasta se atrevían con los parecidos, pero ninguno mencionaba el nombre que ella no se podía sacar de la cabeza, el nombre que desde allí dentro refulgía intermitente como un anuncio luminoso. Impertinente.

Cuando por fin se quedaron solos no lo pudo resistir más.

-Lo sabes, ¿verdad?, le dijo a él.

-Sí, lo sé, lo sé, lo he sabido en cuanto la he visto en el paritorio. Hemos tenido a Herminia, pero no es la misma, esta es la nuestra,  es nuestra Herminia indefensa,  la tendremos que querer.

Querer, repitió ella sintiendo un  rasponazo de esa erre final, querer a Herminia la que siempre les había caído mal,  era  antipática, venenosa, tacaña y se comía todas las croquetas. Su único regalo de bodas fue un salero, ni siquiera un salero y un pimentero, no, el salero solo, desolado,  y bien que se puso morada a comer, para no variar.

Ya, dijo él, pasando las páginas de una de esas revistas repletas de consejos sobre embarazos, partos y crianzas que parecen muy sencillos de aplicar y donde todo es rosa, azul y encantador. Ya, repitió, volviendo a pasar las páginas por si entre ellas estuviera su caso y tuviera fácil remedio.

No digas eso de “nuestra Herminia”, por favor, no lo digas, me da grima, se llama Paula y le tienes que cambiar el pañal,  dijo ella dándose media vuelta en la cama y poniéndose hacia la pared. Quería ocultar las lágrimas.

-¿Quieres una tisana antes de dormir?, le preguntó asomando su cara amable la enfermera simpática.

-Mejor dale un buen somnífero o nos va a estar llamando toda la noche, es de las dengues, yo sí que tuve una depresión post-parto, tres meses sin parar de llorar, oyó decir a  la antipática.

Paula Herminia, ya cambiada, había vuelto a su cuna.

-¿A quién se parece?, preguntó la enfermera simpática acercándose a mirarla.

-A mi tía,  es mi tía, dijo él cerrando la revista. En la portada sonreía un bebé de ojos azules. “¿Cómo será de mayor?, herencia genética y educación”, se leía en uno de los titulares.

 

Árbol de magnolias, un poema de Marosa di Giorgio

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Árbol de magnolias,

te conocí el día primero de mi infancia,

a lo lejos te confundes con la abuela,

de cerca, eres el aparador

de donde ella sacaba el almíbar y las tazas.

De ti bajaron los ladrones;

Melchor, Gaspar y Baltasar;

de ti bajaban los pastores y los gatos;

los gatos, serios como hombres,

con sus bigotes y sus ojos de enamorados.

Esclava negra sosteniendo criaturas,

inmóviles,  nacaradas.

Virgen María de velo negro,

de velo blanco, allá en el patio.

Eres la abuela, eres mamá,

eres  Marosa,

todo eres,

con tu eterna juventud, tu vejez eterna,

niña de comunión,   niña de novia,

niña de muerte.

De ti sacaban las estrellas como tazas

las tazas como estrellas.

Estuvo oculto en tus manos el Libro del Destino.

Te has quedado lejos, te has ido lejos;

pero yo voy retrocediendo hacia ti,

voy avanzando hacia ti.

Te veré en el cielo.

No puede ser la eternidad sin ti.

(De “Los papeles salvajes” 1991)

 

 

 

La silla del doctor Merche

Escondido detrás de uno de los álamos, Mercedario esperaba a que apareciera el usurpador, el incívico, el corrupto piscinil. Un pájaro de los llamados trepadores picó la corteza con su agudo pico, tic, tic, tic.

-Chsssssss, calla tú, ahora no, le dijo. El pájaro se asustó y se trasladó al álamo de enfrente, el que habían podado y lucía ramas como gruesos muñones. Una mariposa blanca cuyas alas parecían de tela revoloteó alocada por delante de las narices de Mercedario como si las hubiera confundido con una roja flor.

Se la estaba espantando cuando una mujer con un vestido verde y una melena larga, lisa y dorada se acercó a la hilera de sillas, agarró con decisión la de rayas azules, la suya precisamente, y arrastrándola por el césped sin ningún miramiento la llevó hasta el lugar que consideró mejor, junto a la piscina, entre sol y sombra. La desplegó y se dejó caer sobre ella con un suspiro de satisfacción. Buscó con una  sola mano dentro de un cesto de paja, sacó unos auriculares, se los puso, cerró los ojos, se descalzó de sus sandalias utilizando los propios pies y de nuevo soltó ese suspiro satisfecho.

¿Será posible,  será posible, será posible? Repitiendo “¿será posible?” casi al mismo ritmo que el pájaro su tic tic tic en el árbol de enfrente, Mercedario dejó su escondite y fue tras la ladrona de sillas. Llevaba su atuendo de pasear: amplias bermudas, una camisa de cuadros azules casi tan larga como las propias bermudas y unos zapatos naúticos con calcetines marrones, resbaladizos.

Se colocó delante de ella con los brazos en jarras y  carraspeó para llamar su atención.

-Ejem, ejem, ejem, si no le importa, está usted en mi silla, ¿es que no ha visto el nombre escrito en el respaldo? Doctor Merche, bien claro está puesto con rotulador rojo de tinta resistente al agua, ¿no se llamará usted por casualidad doctor Merche y será  médico cardiólogo?, dijo soltando a la vez los brazos y lo que a él le pareció tremenda ironía.

La mujer tenía los ojos cerrados, los labios ligeramente entreabiertos y respiraba con suavidad, parecía muy relajada y feliz recibiendo los rayos del sol sobre su piel y escuchando música.

Mercedario estaba contrariado, si quería que le prestara atención iba a tener que tocarle en un hombro, adelantó un dedo temeroso cuando recibió en la espalda un palmetazo amistoso. Era su amigo Aguirre, el ingeniero de montes. Les gustaba añadir su profesión al nombre.

No sabes tú nada, Merche, no sabes tú  nada, ¿contemplando a la odalisca?

Mercedario no quiso sacarle de su error, le pareció ridículo tener que explicarle que en realidad quería recuperar su silla, que alguien y ahora ya sabía quién era ese alguien, se la usurpaba cada tarde y luego él no la encontraba por las mañanas y tenía que perder el tiempo buscándola y cuando la encontraba estaba tirada de cualquier manera, mojada y en alguna ocasión hasta embarrada.

La mujer abrió los ojos, eran tan verdes como su vestido, se estiró, se sacó el vestido con un movimiento ágil de brazos y miró al doctor Merche y al ingeniero Aguirre con una cara extraña, tal vez de repulsión o ni siquiera eso. Se levantó con desenvoltura de la silla y se zambulló en la piscina.

Me voy a pasear, le dijo el doctor Merche a su amigo  Aguirre, el ingeniero y sin más explicaciones comenzó a subir la cuesta con las manos entrelazadas en la espalda. Mientras paseaba por esos campos amarillos, poblados de cardos, con alguna que otra encina solitaria recortándose contra el cielo, pensó en la odalisca, no en ella en concreto sino en una odalisca genérica.

Le gustaría tener una, pequeña, una odalisca de juguete con vestido verde para llevar en el bolsillo de la bata de trabajo, cerca del corazón. O para guardarla en la mesilla de noche junto a la cajita con la férula de contención y juguetear con ella antes de quedarse dormido.

La brisa de la tarde le movía la tela de las amplias bermudas produciendo un sonido de alas, de alas mal colocadas, fuera de sitio, de inútiles pero ruidosas alas.

“Don Melitón tenía tres gatos y los hacía bailar en un plato y por la noche les daba turrón, que vivan los gatos de don Melitón”, canturreó. Desde por la mañana se le había pegado esa canción. El sol se metió por detrás de la montaña dejando un rastro naranja.

¿Será posible, será posible, será posible?, se dijo el doctor Merche pensando a la vez en el incivismo, en la belleza, en don Melitón el de los tres gatos y  en la fugacidad de la vida toda.