Morcilla (primer poema de Petronila)

Morcilla

Sobre el plato descansas, coagulada y cocida.

A muchos no les caes bien, ¿y a ti qué?

Indiferente a las opiniones, a los gustos y disgustos,

solo eres como puedes ser:

tú, con morcillil sencillez.

De ti misma no puedes escapar,

nadie puede, prieta hermana.

Qué dignidad tienen tus carnes caobas,

cuánta belleza veteada de blanco observo en tus rodajas.

Cuando te coma,( ya mismo)

perderás tus contornos,

integrarás mi cuerpo,

sangre tuya se unirá a la mía,

por mis canales circularás, insuflándome fuerzas.

Pronto  podré decir sin alterarme:

si no gusto, me da igual.

Si vivo, me alegro a ratos,

triste estoy otros.

Si muero, me fastidiará,

pero igual moriré.

Mi cuerpo se unirá a la tierra,

y adoptaré nuevas formas,

seré otra,

me amarán, me odiarán,

¿qué más da?

Ven conmigo, entra en mi boca,

enséñame a repetir

Morcilla, morcilla, morcilla.

Que le den,

que le den,

que le den a todo,

a todo y a todo

morcilla, morcilla

y morcilla.

 

 

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Los venenos, sus antídotos

Mientras recorríamos el desmochao intentando alcanzar a Rosi para que nos explicara qué pensaba hacer con tanto palo, me fijé en las atípicas bellezas del lugar. En los arbustos, flores, matojos, hierbajos y árboles retorcidos que de pronto se han vuelto amarillos, blancos o morados. También había cascotes, desperdicios, abejorros exploradores y mucha tierra reseca. Parecía la página del cuaderno de un niño que está aprendiendo a pintar, lleno de colores chillones que no respetan el contorno de las cosas, lleno de cosas sin contornos.  O los bocetos de un loco. Sea como sea, tiene algo muy atrayente el  desmochao. Por fin llegamos hasta donde estaba Rosi.

– ¿Qué haces con esos palos, no irás a prender una hoguera aquí mismo?, le preguntó Petronila. Mira que estamos a 25 grados, y señaló el termómetro que se ve enfrente, sobre el edificio moderno, al otro lado de la autopista.

-Ahora no tengo tiempo de cortar pelos ni de teñir ni de poner mechas ni de que me soltéis el rollo mientras os peino, ya lo aviso. Es que la gente se cree que las peluqueras somos como los médicos, que siempre estamos de guardia y prestos para resolver emergencias. Os las apañáis como buenamente podáis. Falta os hago, ahora que os miro más de cerca, santa María Magdalena, patrona de mi gremio, ¡ qué greñas me lleváis!,  pero ya os digo que no puedo, estoy ocupada.

-Ya, ya, si eso lo vemos y no queremos tus servicios, solo saber qué haces.

Abrazó Rosi sus palos como si se los fuéramos a quitar, levantó la cabeza  y sus pelos teñidos de verde y azul refulgieron al sol igual que  si a ella también la hubiera coloreado el niño del cuaderno o el loco de los bocetos. Así de iluminada, dijo:

-He sentido la llamada del arte mientras estaba lavando a una señora y le he dicho, ahí te quedas María Consuelo, sécate tú misma y cierra la puerta al salir.  Tengo que obedecer estas llamadas porque ya tengo comprobado que cuando reprimo mi creatividad se me agría el  carácter, es como si la vida me fuera envenenando y , o me tomo el antídoto a tiempo o… no sé si me entendéis.

-Te entendemos a la perfección, Rosi, ¿qué te crees, única? Yo me siento envenenada cuando no lucho por la causa, por cualquier causa, ahora mismo estoy envenenada hasta los tuétanos,  y esta de aquí, mi prima la rara, se envenena cuando no escribe chorradas en su blog o en sus cuadernuchos. Lo que no sabíamos es que fueras artista de los palos, ¿y qué vas a hacer con ellos?

Soy artista de lo primero que pillo. Esta vez estoy creando un ciervo,  ya lo tengo casi acabado, las astas se las estaba haciendo con peines rotos pero ya no tengo más y por eso he venido a por palos, lo voy a colgar en el escaparate de la peluquería durante unos días, es mi galería.  Son obras de arte efímeras, como la vida misma, las tengo unos días expuestas y después las desmonto. Monto y desmonto constantemente como en un proceso de renacimiento y muerte, tal como hace nuestra madre naturaleza, tal como todo lo existente. Mirad, ya les han brotado hojas y flores a los árboles, todo reverdece y reflorece, llega la primavera y luego se marchará. Monta y desmonta, pone y quita, nace y muere, abrocha y desabrocha la vida.

Ah, dijo Petronila, pues sí.

Yo no dije nada porque nos habíamos acercado a la peluquería  a ver al ciervo  y a María Consuelo secándose ella misma con cara de cabreo y aquello, aquello (me refiero al ciervo) es que no sé cómo calificar aquello. Llamativo sí me pareció.

Recuerdos a Ceferino, se despidió Rosi empujándonos de  su peluquería taller creativo anti envenenamientos. Qué hombre más encantador, es un cielo, un tesoro,  la suerte que has tenido.

-Creo que está un poco enamorada de él o más que un poco, me confesó Petronila ya fuera de la peluquería. A la inversa me parece que que no, pero tampoco podría asegurarlo, yo ya no soy la que era,  ya no tengo las energías ni el atractivo que tenía y encima estoy envenenada,  ahora la que manda es la misteriosa y me acaba de decir que nos sentemos en esta terraza y que me invites a una caña y a un pincho de morcilla.  La morcilla tiene hierro y estoy carente.

Los mensajes de la misteriosa me están empezando a parecer un poco interesados, pero tampoco quiero desconfiar de mi prima enferma y en momentos bajos.

Total, que nos sentamos. Petronila me dijo que había estado  estos días leyendo el libro Paisaje con grano de arena de la poeta Wislava Szymborska y que qué me parecía si intentaba ella escribir también, sin pretensión ninguna,  como antídoto más que nada.

-Parece fácil, igual que ella tiene una poesía a la cebolla, yo le puedo hacer otra a la morcilla, por ejemplo. Me voy a apuntar aquí mismo, en las notas del teléfono, unas primeras ideas que se me han ocurrido,  en principio no son muy allá pero luego quién sabe… Ya verás, ya verás.

Morcilla, morcilla, que os den a todos morcilla, susurró Petronila entre bocado y bocado. Me siento mejor,  menos intoxicada por la vida y sus ataques y eso que todavía no tengo más que una idea por encima de lo que va a ser el poema,  ¿te gusta?

Menos mal que no tuve que contestar porque ella metió la cabeza debajo de la mesa, me pegó un tirón del brazo para que yo hiciera lo mismo y muy alterada dijo: mis hijas, mis hijas, por ahí vienen,  que no me vean, por Dios.

Y yo que pensaba que eran los hijos los que se escondían de los padres…

-Están guapísimas y qué altas y bien plantadas, observé sacando medio ojo.

Sí, sí, todo lo guapas que quieras pero las temo más que a un nublao, no asomes la cabeza hasta que no se pierdan de vista.

¿Y por qué tendrá tanto miedo Petronila a sus vástagas,  Hilde y Cune? Si parecen inofensivas.

Morcilla, morcilla, que os den a todos morcilla, siguió recitando Petronila bajo la mesa junto a una hilera de hormigas atraídas, no tanto por el poema, como  por nuestras migas.

Gracias

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Mirad que libro tan majo. Las letras de dentro las he escrito yo. Sé que muchos ya las habéis leído aquí, en el blog,  pero no organizadas ni como un conjunto.  Creo que así ganan bastante, será porque me gustan los libros de papel.

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Los collages que ilustran algunos de los textos y la portada  los han hecho entre Natalia, Annita, Lina, Lidia,  Marina, Sonia, Gema, Isabel, Paloma y Adriana. Todas ellas forman parte del colectivo  Mujeres que cortan y pegan. Me ha resultado muy emocionante ver parte de lo que yo había escrito, traducido y reinterpretado por sus  imágenes y también conocerlas en persona.

Que el libro  exista, que esté tan bonito editado y ya vuele por su cuenta es obra de Patricia Lodin. A todas ellas y en especial a Patricia,  muchas gracias.

Aquí estamos algunas en la presentación  el pasado lunes en la librería La Fábrica

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Esa soy yo pasando mucha vergüenza, pero muy contenta. Un poco susto que me veáis la cara después de tanto tiempo haciendo creer que era igualita que Angelina Jolie pero, con días mejores y peores,  es más o menos la que tengo.

Como estaba tan nerviosa me olvidé de dar las gracias Ana y a Dani que se lo leyeron antes y corrigieron los errores. Y también quería agradecer a Nona, (Martes de cuento), el que se tomara la molestia de leerlo todo cuando solo eran historias dispersas y desordenadas y de asesorarme después.

Si lo queréis, sé que algunos ya lo habéis comprado,( también muchas gracias), -esto parece parte de una  gala cutre de los Goya con tantos agradecimientos, pero es de justicia que los haga-,  se puede comprar en la página web de piezas azules editorial.

Venga, que ya no os doy más la lata con mi obra maestra, lo prometo.

 

 

 

 

El trastero (un poema de Mary Oliver)

 

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“Cuando me mudaba de una casa a otra
había muchas cosas para las que no tenía espacio
¿Qué podía hacer?
Alquilé un trastero y lo llené.
Los años pasaron.
De vez en cuando iba allí y miraba,
sin que nada ocurriera, ni una sola
punzada en el corazón.
Cuantos más años cumplía, las cosas que me importaban eran cada vez menos, pero más importantes.
Así que un día rompí el candado
y llamé al basurero.
Se lo llevó todo.
Me sentí como el burrito al que
finalmente quitan la carga de encima
¡Cosas!
¡Haz un hermoso fuego!
¡Habrá más espacio en tu corazón para el amor,
para los árboles!
Para los pájaros que nada poseen- razón por la que pueden volar.”

(Para mi amiga Fabiola, que está de mudanzas)

 

La idiosincrasia de Ceferino

Hola, hola, nos saludó Ceferino, ¿cómo va la cosa? No sé si con la cosa se refería a la Misteriosa, al día, a la tarde, a la nube de polvo que, por cierto,  se puso muy contenta al verlo entrar y hasta me pareció que se le pegaba con afecto a la ropa y a la barba,  o a cualquier otra cosa. Había muchas por ese pasillo. Hay muchas por toda la casa pero no creo que sea por el cariño que sienten hacia ellas ni por ansias de acumulación sino más bien porque no las ven y por eso no les causan molestia.

-Todo normalito, respondió Petronila. Ha venido mi prima a hacerme un rato de compañía, le quería dar la camiseta morada pero no puedo abrir el armario, se ha atascado la cerradura o algo por dentro  y además,  no se ve nada porque esta luz  de aquí se ha fundido.

-Vaya, vaya, pronunció Ceferino colocándose debajo de la luz fundida y observándola con mucho detenimiento. Parecía  un médico de las luces a punto de diagnóstico.

-Sí, está fundida. Y la puerta…

También la miró un poco, intentó abrirla un par de veces  y no pudo.

-Sí,  está atascada, confirmó muy sabio.

-No es importante, ya se arreglará.

Esas palabras agradaron a Petronila y también la tranquilizaron.  Se ve que ambos creen en la existencia de  los duendes del bricolaje.

Ceferino no tiene la cara tan rozagante como Petronila pero tampoco puede decirse que esté ajado, lleva barba, una barba abundante  y  un poco canosa ya. Es alto, con unas cejas pobladas que cuando sean blancas, todavía no lo son, le harán parecer una montaña nevada en sus cumbres. Su cuerpo es  voluminoso pero no gordo, las camisas las  lleva  medio por dentro y medio por fuera como si no quisiera ir ni demasiado colocado ni descolocado en exceso y por eso ha optado por una zona intermedia, pero esa zona intermedia no le hace parecer neutral en su arreglo sino bastante desastre.  Sus zapatos siempre tienen aspecto de haber caminado mucho, con Ceferino encima o por su propia cuenta. Incluso aunque sean nuevos y los acabe de sacar de la caja parecen zapatos que hayan vivido. O se los compra de segunda mano, no creo, o  no  sé cómo lo hace.

Como no me podía dar la camiseta y de repente se encontraba un poco más animada y menos dolorida, creo que la presencia de Ceferino mejora sus síntomas, Petronila me propuso dar un paseo corto por el Desmochao.   Antes de salir nos despedimos de él que ya estaba cómodamente sentado sobre el sofá, se había quitado los zapatos caminadores y contemplaba en éxtasis un juego muy parecido al billar llamado snooker.

Le apasiona mucho seguir la trayectoria de cualquier objeto rodante, -me explicó Petronila-, sobre todo si ese objeto rodante tiene que pasar por ciertas dificultades o peligros, competir con otros objetos rodantes que persiguen el mismo fin y todo ello ajustándose a una serie de normas, con limitaciones, no con libertad total para rodar. Cuando el objeto rodante entra en su hoyo, portería, agujero, canasta o donde sea que tenga que introducirse,  se pone de un contento… No creas que no nos ha dicho adiós por mala educación o por indiferencia, es que en este momento podría caerle al lado una bomba atómica que te aseguro que no se le movería ni un pelo de sus cejas. Lo admiro mucho, yo no soy capaz de abstraerme así del entorno, sólo en las manifestaciones cuando gritamos todos al unísono, ahí tal vez sí siento que el mundo desaparece, ¡qué añoranza!

La verdad es que con esas barbas y esa actitud vital tan calmada,  Ceferino parece un profeta, un profeta que no necesita profetizar nada pues ya lo hace con su tranquila presencia. Es como si estuviera diciendo, pero sin pronunciar palabra,” tranquilos hombres y mujeres de este mundo, ¿a qué tantos afanes, preocupaciones, desvelos, ambiciones, odios, histerismos? Haced como yo, paseo apacible con mis zapatos viejos, o nuevos que parecen viejos, a veces ellos pasean sin mí, lo cual me parece muy bien pues no soy absorbente ni acaparador,  observo con sumo contento cómo las bolas se introducen, después de diferentes desvíos, peligros y amenazas, en sus correspondientes agujeros y eso me causa gran satisfacción. El día que muera, estaré muerto y aquí no habrá pasado nada. Eso no me molesta ni incomoda, tengo poca importancia y no me amarga en absoluto no tenerla. Disfruto de lo que puedo y con eso tengo más que suficiente”.

La debilidad de Ceferino son sus dos hermosas hijas, Hildergarda y Cunegunda (nombres ficticios ). Ellas lo saben y se le suben bastante a sus proféticas barbas.

Y así, mientras Ceferino se extasiaba con el snooker nosotras nos extasiamos con las mariposas. Había muchas, de diferentes tamaños y colores, todas muy felices de que el cambio climático les haya dado la oportunidad de nacer en febrero. También vimos raras flores de aspecto mutante y a los mirlos de siempre más habladores que nunca. Seguimos sin entender lo que nos dicen pero parecen simpáticos. A lo lejos vimos a Rosi, la de la peluquería, recogía palos y otros objetos del suelo. El para qué ya se verá si es que tiene que verse.

Petronila se lamenta, Ceferino llega

Espera que me siente que estoy derrengada, contestó  Petronila   dejándose caer sobre su sofá, (bastante sucio, todo hay que decirlo). Dio dos palmadas en el asiento vacío a su lado para indicarme que me ahí me aposentara, se levantó una educada nube de polvo para dejarme sitio  y me senté en su lugar. A continuación, Petronila se explayó, lo que quiere decir que se hizo extensa playa  y se puso a hacer recuento de sus numerosos granos de arena.

-Ay, prima mía, la enfermedad no es solo mala por el sufrimiento físico que acarrea, también lo es porque te separa de los otros, te aleja, te aparta, te encierra en el guetto de los no sanos. Es difícil comprender a un enfermo cuando tú no lo estás. Estamos solos, más solos de lo que ya estáis todos los demás. Al principio puede que sí, te acompañan, se solidarizan, te quieren ayudar y hasta te comprenden pero a medida que el tiempo pasa pero no la enfermedad, se cansan. Sobre todo si lo que tienes es una misteriosa que no da síntomas externos, empiezan a sospechar que eres tú la  culpable de lo que te está ocurriendo. Te dicen frases odiosas como “esto te hará más fuerte”, ¿más?, pero si yo ya era muy fuerte. “Esto te hará valorar más la vida”, pero si yo siempre la he valorado, “tienes que tener paciencia”, tus muelas con la paciencia y, la peor, “¿no será lo tuyo una cosa de coco?, anda, anímate” Como si el coco no fuera parte del cuerpo, como si los que padecen alguna enfermedad mental pudieran hacer algo para no padecerla, emplear su fuerza de voluntad para curarse. Y además, ¿qué pasa si no me quiero animar, qué si prefiero darme de cabezazos contra la pared?, eso es cosa mía, ¿no te parece?

Pero no me dejó expresar mi parecer pues siguió hablando:

-Si te quejas, aburres a las ovejas, y si no te quejas te sientes muy sola encerrada en un cuerpo que se ha empeñado en torturarte, ¿por qué, por qué este cuerpo mío se me ha puesto en contra? Ya no lo quiero, vete de mí, cuerpo, pero entiéndeme, sin irme yo. A ver si por decirle esto se va a ir de verdad, me quedo sin vehículo y tengo que salirme del todo de la carretera. La carretera es la vida por si no lo habías pillado que te veo con hoy con cara de estar pensando en otra cosa, ¿en qué estás pensando? No me lo digas, será alguna tontería.  Y para colmo de males, se acerca el ocho de marzo y yo sin poder ir a la manifa feminista, con lo que me gusta hermanarme y sororarme vestida de morado. Menos mal que te tengo a ti para suplirme, ven que te dejo mi camiseta, venga, vamos, ¡ay, cómo me duele todo cuando me levanto!, me parezco a la tía Presen, ¿a qué sí?, te acuerdas cuando nos decía, “me duele desde el dedo gordo del pie hasta el último pelo de la cabeza”, lo que nos reíamos de ella. Pues ya ves. Y ya ves también la chapa que te he metido por preguntar,  ¿a qué estás cansada de mí? No me respondas hoy que tengo mal el ánimo, deja la sinceridad para otro día.

Para otro día la dejé y  en silencio la seguí por el pasillo en busca de la camiseta.  La nube de polvo, muy sociable,  también nos seguía doquiera que fuésemos. En ese momento, se oyó una llave girando en la cerradura, unos pasos, un ¡hola, hola!  Era Ceferino (nombre ficticio). Iba a decir  era Ceferino el marido de Petronila,  pero  a ella no le gusta que lo denomine así,  no están casados. Ya desde pequeña era muy contraria al maridaje, ¡que no me caso y que no me caso!, gritaba de repente  en mitad de un escondite delatando su posición, la muy tonta. Pero era verdad,  no se casó. Entonces a Ceferino, con quién convive desde hace la torta de años y con quién ha tenido dos hermosas vástagas, podríamos llamarlo, para entendernos, su pareja o parejo. De la idiosincrasia del parejo  os hablaré en próximas entregas, si es que las hay ¡Qué palabra!, idiosincrasia.