Melancolía (de Platero y yo)

“Esta tarde he ido con los niños a visitar la sepultura de Platero, que está en el huerto de la Piña, al pie del pino redondo y paternal. En torno, abril había adornado la tierra húmeda de grandes lirios amarillos. Cantaban los pájaros allí arriba, en la cúpula verde, toda pintada de cenit azul y su trono, florido, menudo y reidor, se iba en el aire de oro de la tarde tibia, como un claro sueño de amor nuevo.

Los niños, así que iban llegando, dejaban de gritar.

Quietos y serios, sus ojos brillantes en mis ojos  me llenaban de preguntas ansiosas.  -¡Platero,  amigo! -le dije yo a la tierra-si,  como pienso, estás ahora en un prado del cielo y llevas sobre tu lomo peludo a los ángeles adolescentes, ¿me habrás quizá olvidado? Platero, dime, ¿te acuerdas de mí?

Y, cual contestando a mi pregunta una leve mariposa blanca, que antes no había visto, revolaba insistentemente ,  igual que un alma, de lirio en lirio…”

Platero y yo, de Juan Ramón Jiménez, era uno de los libros preferidos de Antonio Pavón Leal, compañero de estos mundos virtuales, hombre de una gran inteligencia y sensibilidad y autor del blog El bosque silencioso

Te echaremos de menos, Antonio.

Larry

Como no le dejaban tener un perro, Marcelo decidió ser perro él mismo. Ya llevaba varios días recorriendo el jardín a cuatro patas y ladrando como respuesta cuando se dirigían a él. También pasaba bastantes ratos debajo del castaño, tumbado de medio lado como había visto hacer al perro del vecino. Y cuando algo le llamaba la atención, también como hacía el perro del vecino,  levantaba la cabeza con sobresalto, la mantenía quieta y concentrada un momento y salía disparado,  olisqueando el suelo, en busca de lo que fuera.

No era tan sencillo ser perro a todas horas, se daba algunos descansos, sobre todo cuando no lo miraban,   pero mantenía firme  su decisión. Era divertido convertirse a  ratos en otro ser, en el ser que más quería, dejando aparcado a Marcelo,  y también lo era comprobar que, a medida que pasaban los días y no cejaba, los nervios de su madre se iban alterando.

Esa mañana de julio hacía mucho viento, un viento caliente que se colaba  por las rendijas de las ventanas y las hacía gemir, que removía las copas de los árboles y les arrancaba prematuramente hojas todavía verdes.   Estaban solos en el jardín, él y su hermana Claudia. Yeseña entraba y salía de la casa, vigilando.  A Yeseña no le ponía nerviosa que Marcelo ladrara en vez de hablar, se reía y decía, “es chistosa esta criatura”.  También le hacía reír que  Claudia jugara a operar a sus  muñecas. En ese instante se disponía a hacerle con un palo una cirugía abdominal de urgencia  a una de sus muchas Barbies.

Antes de que pudiera empezar la delicada y peligrosa  operación, algo se  cayó del árbol delante de las narices de Marcelo. O de su hocico.  Era un pájaro pequeño, negro, con reflejos azules en las alas. Si hubiera sido un perro de verdad se lo hubiera comido sin más dilación.  El pajarito temblaba. Marcelo dejó de ser perro y  llamó a gritos a Yeseña.  Su hermana tiró el palo bisturí y corrió hacia él. Yeseña también vino  pero sin correr, rara vez se agitaba.  Los tres miraron en silencio al pequeño pájaro que  no dejaba de temblar.

¿Qué nombre le vamos a poner?, preguntó Claudia  ¿Larry?, sí, Larry.

Se agachó para cogerlo entre sus manos porque, una vez nombrado,  lo consideraba suyo,  pero Yeseña se lo impidió.

No lo toque, mija, si lo toca, morirá. Cuando se caen del nido hay que dejarlos donde están, ya vendrá la madre a por él.

Claudia obedeció  y Marcelo, como no sabía qué otra cosa mejor podía hacer, volvió a su postura canina y se puso a ladrar. También aulló un poco, a la desesperada.  Larry seguía temblando pero consiguió dar unos torpes saltos y se acomodó en un rincón al sol. Tuvieron que entrar a comer y cuando salieron de nuevo, compitiendo en escupir lo más lejos posible huesos de cereza,  ya no estaba.

-¿Qué les dije? Ya vino la madre y se lo llevó al nido, allí estará bien, dijo Yeseña.

Pero al día siguiente otra vez vieron a Larry en el suelo, estaba en la esquina contraria y le faltaba un ojo.

-¡Chuta!, fueron las hormigas, exclamó Yeseña  sin darse cuenta del terror que ese dato acababa de provocarles. Claudia se sobrepuso y  fue a por una caja de zapatos donde acostar al pájaro tuerto y darle los primeros auxilios.  En un momento tan dramático como ese, Marcelo no sabía si ser niño o ser perro, si era niño tendría que ocuparse de hacer algo con Larry, pero si era perro bastaba con olerlo, decidir que no era manjar para él y alejarse como si no le interesara. Eligió perro.

Claudia se pasó toda la mañana acarreando  la caja con Larry dentro, cuidándolo, tratando de alimentarlo con pan mojado en leche. Ya era suyo y también su responsabilidad.  Yeseña se quedó  dormida en el sofá columpio y Marcelo, de vez en cuando,  en venganza, recuperaba su posición erguida y mataba a pisotones todas las hormigas que veía.

A  las seis oyeron llegar el coche de su madre.

Hola, hola, ya estoy aquí,  dijo como de costumbre.

Marcelo contestó de lejos con varios ladridos que fueron subiendo en intensidad para demostrar lo mucho que se alegraba de verla. Claudia, que no había llorado en todo el día, inició un aparatoso duelo  moviendo ante los ojos de la madre  la caja lecho del dolor donde agonizaba Larry. Yeseña se levantó rápidamente del columpio, se frotó los ojos  y agarró el escobón de las hojas.

Estoy dejando todo muy limpiesito, dijo tranquila,  sonriente.

A las siete de la tarde, Larry murió. Marcelo sabía que tendría que ir a un entierro y participar en un elaborado funeral. En lo que llevaban de verano ya había ido a dos: el de un escarabajo y el de un caracol, a Claudia le gustaba mucho organizar honras fúnebres y las de Larry prometían ser mucho más intensas que las de los otros dos. Cuando llegara la hora, se volvería perro.

Por la noche, siendo ya niño en su cama, pensó en la corta y dramática vida de Larry y sintió miedo y pena, estaban mezclados de tal manera que no se podía distinguir a la una de la otra.

Pétalos (un poema de Shinkichi Takahashi)

20200307_101717Como los pétalos

de una flor ,

incontables,

el tiempo,

marchito, disipado.

La suma de las vidas

de los hombres

se hundió en silencio en el olvido,

alimento para el pez de cola roja.

Bajo la luz lunar,

en la corriente del río,

fluían, flotaban pétalos.

Entre las rocas,

esparcidos,

en lo oscuro.

Pero continuaba el tiempo floreciendo.

(Del libro, “En la quietud del mundo”)

¿A quién me recordará?

-Cotilla, que ya estás cotilleando, me dijo Leandro.

Me sienta mal que me diga eso, porque no es cotilleo es información. A mí no me interesa la vida de los demás, salvo que me molesten. Y bastante guerra nos han dado ya los sucesivos inquilinos del piso de arriba, demasiada ya. Por eso, en cuanto oigo las ruedas de una maleta o pasos o muebles que se mueven me pongo en alerta, me alerto toda yo.

No estaba cotilleando, listo, que te pasas de listo, solo estaba intentando averiguar quién ha venido esta vez al piso de arriba para…

-Para nada, me cortó él con toda su sequedad. Sea quien sea te vas a tener que aguantar, tú no decides a quién se lo alquilan. Ellos lo alquilan y ya está.

Ellos, eso sí que me inquieta, no sé quién son ellos, ellos son una agencia, qué más le da a la agencia ellos  las personas que viven debajo y si se vuelven locas con los ruidos o no se vuelven, como si se nos cae el techo en la cabeza. Con tal de que les paguen y hacer su negocio…eso sí que me inquieta a mí. Ya casi no quedamos vecinos de los de verdad. Solo Sagrario, la del primero, y ha perdido el juicio la pobrecita mía, pero si se pone abrigo en verano, con eso lo digo todo.  Los demás vienen y van, vienen y van como las olas del mar.

Qué mala suerte hemos tenido, le dije a Leandro.

¿Mala suerte, mala suerte? Si tú llamas mala suerte a tener una casa en el centro sin hipoteca… Tú es que no sabes lo que es la mala suerte.

No es lo que me dice sino el tono. Comprendo que está de mal humor porque tiene la edad que tiene y se ha tenido que venir a vivir con su madre, o sea, conmigo. No hacer nada en todo el día salvo la compra tiene que desesperar pero, ¿yo qué culpa tengo? Yo no tengo la culpa y no soy cotilla, solo miraba para saber quién había venido al piso de arriba.  Me puse a hacer que recogía mi ropa porque oí sus cuerdas. Era una mujer de edad…no lo sé calcular, no muy joven, tampoco vieja, como Leandro o puede que menos.

Le dije hola, ¿qué tal? No me contestó a la primera, se metió corriendo para dentro y solo vi como un trozo de pelo rojizo, color de ardilla. Eso me pareció, una ardilla, una ardillita asustada, de esas que salen huyendo a toda mecha en cuanto pretendes acercarte. Después se ve que se arrepintió y volvió a salir, dijo hola ella también y se volvió a esconder. Su cara me recuerda a la de alguien, como si la hubiera visto antes, en alguna película o serie a lo mejor, yo veo muchas, me distraen. A veces son los mismos actores de otra serie anterior que se han pasado a la nueva, eso sí que me vuelve loca, pero ¿este dónde salía también? Hasta que no lo adivino no me puedo concentrar, pero cuando lo adivino, qué alivio me entra. Por la calle también veo bastante a los de las series, que no son, ya lo sé, pero los veo porque es mucho el tiempo que paso a su lado y saltan de su vida a la mía.

Es una mujer, le dije a Leandro. No sé sí vendrá sola o acompañada, si solo es una y no da fiestas y tiene un horario normal podemos respirar en paz.

-¿Ves cómo eres una cotilla?, me dijo él sin levantar la vista del ordenador.Todo el día está ahí dentro, busca trabajo ahí dentro, busca novia ahí dentro, todo lo busca ahí dentro.

-Una cotilla integral.

-Parecía una ardillita, tiene el pelo rojo, no rojo, marrón rojizo, como las ardillas. Se asustó, es tímida.

-Como para no asustarse contigo haciendo de vieja al visillo. Y qué manía tienes de ver a todo el mundo forma de animal, ¿a mí qué animal me ves?, a ver, dímelo.

De asno, hijo, de asno, le tendría que haber dicho. Pero claro, una se calla por no pelear, para que haya paz. Está de mal talante, el Leandrito. Lo comprendo pero yo no tengo la culpa, yo también tengo mis problemas.

No ha hecho ruido hasta ahora la ardillita, menos mal. Es que cuando no me dejan dormir por las noches se me pone muy mal cuerpo, después ya no soy persona en todo el día, no sé qué soy. Si hasta veo doble el cartel de “Apartamentos  Mari Paz”, como si hubiera bebido, pero es de puro sueño.

Hoy me la encontrado saliendo del portal, llevaba como una especie de maletín en la mano. Me recuerda muchísimo  a alguien, de la serie que estoy viendo ahora no es, tengo que hacer memoria.  Ya no puedo dejar de pensarlo.  Se ha metido ahí, en ese sitio donde va la gente a pintar. A mí me parece una actriz o algo así, ¿a quién, a quién se parecerá?

Apartamentos Mari Paz

Cuando me divorcié me fui a vivir a un piso cerca de Ventas. Estaba bien el piso, era pequeño pero no feo. Daba a una plaza diminuta donde por las tardes jugaban algunos niños, uno de esos espacios infantiles con cuatro columpios y un suelo mullido, anti chichones. A la vuelta de la esquina había otro parque, también de reducidas dimensiones, con una fuente en medio y un surtido de árboles alrededor, como si fuera un muestrario de una porción de naturaleza. En el centro de la rotonda vivía un olivo. Me entristecía ese olivo.

La vida se me había vuelto más pequeña y no más amplia, como yo había imaginado que ocurriría, pensaba que era una fase transitoria,  que estaba pasando por un camino estrecho que después desembocaría en… no sabía dónde. De alguna manera estaba naciendo. Eso quería creer.

Porque si pensaba que me iba a quedar siempre ahí, haciendo traducciones para esa editorial médica, en ese piso pequeño,  sola como el olivo de la rotonda… borraba esa idea, procuraba hacerlo,  pero debajo del no pensar vivía la tristeza, todo se había cubierto de una tristeza leve pero persistente, pegajosa. Y también estaba enfadada aunque de eso  no me daba cuenta.

Era el mes de abril y llovía muchos días pero no todas las horas del día, llovía a ratos. Una  tarde estaba en casa traduciendo un texto sobre la validez de los criterios de Framingham  y luchando contra la pesadez de mis ojos que a cada párrafo sobre sístoles y ventrículos querían cerrarse,  cuando se puso a llover con mucha fuerza. Me levanté a mirar, a lo mejor así me despejaba. Abrí la ventana y contemplé la lluvia mojando el suelo del recinto infantil que enseguida se volvió brillante. Pensé en la expresión “se puso a llover”, ¿quién se ponía a llover, la propia lluvia se ponía a llover o era la tarde la que se ponía a llover o era el cielo, eran las nubes, quién era?

Olía bien, del pequeño parque llegaban retazos de efluvios verdes, no muchos, había que hacer el esfuerzo de capturarlos,  también como en una muestra tacaña de olores naturales. La lluvia que se había puesto a llover estaba empezando a caer con violencia.  Me gustaba esa fuerza,  esa rabia, la necesitaba, miré hacia arriba, desde donde me parecía que nacía,  como un modo de agradecer  que se hubiera coordinado con mis sentimientos, que no eran nada  tranquilos por mucho que quisiera engañarme.

Entonces y por primera vez me fijé en cartel del edificio de enfrente, no es que antes no lo hubiera visto, lo había visto y hasta lo había leído pero no me había detenido en él, lo había visto sin verlo. Decía: Apartamentos Mari Paz. Apartamentos.   Desde ese instante lo odié, no sólo por el nombre, el mismo que la profesora de arte del colegio, la que  me decía contemplando desde detrás mis dibujos, “vaya churro, bórralo todo y empieza otra vez”, también por la estúpida repetición de la palabra “apartamentos”. Y por el diseño del cartel en sí, en cutres letras rojas.

Vaya churro de cartel, Mari Paz, seas quién seas, dije yo con más rabia que otra cosa.

Desde ese día procuré no mirarlo pero las letras rojas estaban diseñadas para atraer y además, tengo que reconocer, me había obsesionado con ellas.  Si por la noche me asomaba a mirar la luna me parecía que era ella la que anunciaba  los apartamentos Mari Paz, apartamentos. Y lo mismo sucedía si miraba las nubes, apartamentos Mari paz se desplazaba sobre sus barrigas en forma de publicidad lenta y vaporosa. Y  serían imaginaciones mías, no digo que no,  pero cuando llovía percibía cierto color rojo en las gotas que caían, como si el cartel hubiera desteñido y apartamentos Mari Paz. Apartamentos también se hubiera puesto a llover.

Paseaba bordeando el parque, nunca entraba, miraba los árboles desde fuera y a la gente que paseaba a sus perros o corría o se sentaba en los bancos. En la acera de enfrente había tiendas,  una tintorería con un escaparate muy raro decorado, lleno de pequeños gnomos de colores y muñequitos fantásticos del bosque, setas, plantitas.  Demencial. Un  herbolario llamado “el rincón del bienestar” que apestaba a incienso, una frutería y una escuela de pintura llamada “El Atelier”. El nombre era de lo más tópico  pero sentí curiosidad y  me acerqué a mirar.

¿Y si me apuntaba a unas clases?  Borro todo este churro y vuelvo a empezar, pensé sin saber muy bien a qué me estaba refiriendo.

 

Cristal de Murano

Frida odiaba las visitas y ahora esa niña del piso de abajo estaba a punto de llegar.

Te mando a la niña con un flan que acabo de hacer, así, de paso,  te hace un rato de compañía, le había dicho la madre por teléfono. Si necesitas algo más, me llamas.

¿Y para qué quiero yo un flan? A mí no me gusta el flan, refunfuñó Frida en cuanto colgó el teléfono.  Y encima la niña esa, ¿de qué iban a hablar? No se le daba bien la conversación y de niños no tenía ni idea, ¿qué podría interesarle a una niña de unos diez años? La había visto alguna vez, abajo, en el jardín, con dos amigas más, se reían como tontas, una vez las vio intentando acariciar a los gatos sarnosos de los soportales, que las rehuían,  y otra se las encontró en el supermercado, espachurrando bollos  y también riéndose como bobas.

Y aquí tenía ya a la boba, en la puerta, con la flanera.

-Pasa, guapa, gracias por venir, siéntate un poco, lo tengo todo un poco revuelto pero con este esguince que me he hecho en el tobillo tengo que guardar reposo y no he podido ordenar.

La niña miró la sala con asombro, le pareció ordenada y limpia,  era igual que su casa pero mucho más grande, el doble de grande.

Frida adivinó lo que estaba pensando.

-Tiré dos tabiques para poder poner el piano y que quedara más espacio, con una habitación tengo más que suficiente, solo estoy yo, dueña y señora, como suele decirse.

El piano, dijo la niña con voz de admiración. Y luego no dijo nada más, seguía con la flanera entre las manos, observando.

-El piano, sí, el pianito.  Lo odio ¿lo sabías?

La niña puso cara de susto y luego de risa.

-Ahora me dedico a las clases pero también he dado conciertos, muchos, por todo el mundo.  Yo no quería estudiar música pero mi madre dijo: tú, Frida, vas a ser pianista y me colgó el piano de la espalda. Mi cruz.

Frida se levantó para llevar el flan a la cocina, cojeaba. Después fue a su cuarto y sacó la caja de los collares. Que elija unos cuantos y se vaya, no sé de qué hablar con ella y cuando no sé de qué hablar acabo contando más de la cuenta, ¿para qué le habré dicho que odio el piano?

-Mira cuántos collares tengo aquí,  te dejo que te lleves los que quieras. Venga, sin miedo, sin miedo.

La niña, sin atreverse a más, eligió uno corto y rojo.

-Es de cristal de Murano, le explicó Frida.

-Sabrá esta qué es el cristal de Murano.

No lo sabía, era verdad, pero se le quedó grabado y por el camino, mientras tocaba las piezas cuadradas, se lo iba repitiendo, “es de cristal de Murano, de Murano, de Murano”. Se lo probó en el ascensor, no le gustaba cómo le quedaba puesto, era de vieja, pero sí tenerlo en la mano, su color rojo, su tacto.

Abajo le estaban esperando sus dos amigas, llevaban un plato y leche para atraer a los gatos.  Les dijo, chuleándose un poco,  que venía de casa de Frida, la pianista.

-¿Ha tocado algo?

-Claro, todo el tiempo, es lo único que hace, toca y toca y no para de tocar  porque le encanta la música, es su vida. Si algún día no tocara, solo con un solo día que dejara de hacerlo, se moriría, se moriría de golpe, eso me ha dicho.

Las palabras (un poema de Eugenio de Andrade)

Son como un cristal,

las palabras.

Algunas, un puñal,

un incendio.

Otras,

solo rocío.

 

Secretas vienen, llenas de memoria.

Inseguras navegan:

barcos o besos,

las aguas se estremecen.

 

Desamparadas, inocentes,

leves.

Tejidas son de luz

y son la noche.

E incluso pálidas

verdes paraísos aún recuerdan.

¿Quién las escucha? ¿Quién

las recoge, así,

crueles, desechas

entre sus conchas puras?

No somos hierbas

Estos días de fiesta ni siquiera estaba  el obrero de los guantes y sus tejemanejes con la furgoneta. Ni siquiera los cepos lámpara ni las cintas ni la bolsa naranja rodando de acá para allá.  Solo la monja de gris paseando. Se había cambiado un poco los modelos, el sábado llevaba una chaqueta de color vino y el domingo una blusa azul y la chaqueta gris anudada a la cintura porque hacía bastante calor.  Sus pasos ya no tenían tanto ímpetu, había abandonado la pista de atletismo y se desplazaba por el centro del patio, con menos concentración y sin tantos alardes de capacidades físicas. Más desganada,  cumpliendo una obligación, sin alegría, sin el estímulo de otra presencia, de otra mirada. Y además esa desgana se fue intensificando de un día para  otro. El sábado se quedó parada en mitad del patio observando la puerta  y el domingo, ya definitivamente harta, se sentó un rato a mitad de trayecto. Me entró mucha melancolía cuando se sentó y apoyó la barbilla en la mano, pero tampoco sé explicar por qué, creo que el encierro acentúa las emociones y al mismo tiempo las atonta. Te vuelve más sensible en algunos aspectos y más zoquete en otros.

Se sentó, sí, qué decepción, es el resultado de no tener público. En realidad ese público estaba solo en su imaginación  porque, aunque reales y carnales , -ahí estaban los obreros coincidiendo con ella en espacio físico y temporal-,  no le prestaban  ninguna atención y por lo tanto, no existían como tal público.  Y sin embargo, cabía la posibilidad de que llegaran a ser ese público soñado por ella en algún momento y eso le servía de estímulo.

Es como escribir en internet, puede que nadie te haga caso pero existe la posibilidad de que sí te lo hagan y por eso procuras hacerlo bien, te esmeras, como nos decían en el colegio.  Pero si estás escribiendo en un archivo del ordenador o en un cuaderno, es posible que te quedes mirando la puerta o que te levantes un rato, que en este caso sería el equivalente al sentarse de la monja.  Y que si no te sale fácil, abandones o no lo pulas tanto y lo dejes con algún que otro fallo que ya corregirás cuando sea o nunca.  Total, no lo va a leer nadie. A no ser que uno piense en un público futuro con el que establecer comunicación y escriba pensando en esos ojos que algún día recorrerán las letras.  Pero también puede ser que no se  piense en nadie ni en nada,  que el hecho de escribir  obedezca a una necesidad íntima, tal como hacen las hierbas. Cumplen con su tarea sin esperar nada a cambio.

Ellas  sí han seguido bailando al margen de su público.  Crecieron en silencio, proliferaron. Uno de estos días de atrás,  el viento muy fuerte las movía hasta hacerlas ondular como si fueran un mar vegetal. Era una belleza contemplar esas ondulaciones.  No lo hacen de forma voluntaria, ni siquiera son conscientes de que lo hacen, está en su ser ofrecer ese espectáculo, como lo estará en breves días volverse amarillas, secarse, irse apagando, bailar haciendo un ruido áspero y regresar a la tierra de la que nacieron sin más tonterías. Las hierbas son unas inconscientes y no se esmeran, no lo necesitan.  Pero no somos hierbas.

Miraré menos el patio ya que se puede salir a determinadas horas pero todavía lo seguiré mirando durante un tiempo porque la calle con tanta gente a la vez no me gusta.  Me sucede  como a un hámster que tuvimos en casa, de nombre Canelón. Como nos daba pena que estuviera enjaulado, empezamos a dejar que saliera un rato cada tarde  por el pasillo. Los primeros días y después de mucho pensárselo,  solo daba vueltas alrededor de su jaula, no se fiaba del mundo exterior ni de esa libertad repentina, después se fue aventurando un poco más pero enseguida regresaba con mucha prisa a tocar barrote.  Hasta que se acostumbró  y en cuanto abríamos la puerta salía disparado y procuraba escaparse. El territorio más exótico y lejano que llegó a explorar fue la parte de abajo del friegaplatos. No sé si le gustó.

Una bolsa naranja da vueltas

Ramas de la acacia que veo desde la ventana.

En el patio del colegio, a las cuatro de la tarde, había un obrero en completa soledad. Llevaba unos guantes naranjas y ha hecho las siguientes operaciones. Primero ha medido con los pies el largo de una furgoneta blanca, la suya. No le ha debido de convencer mucho esa medición por pasos porque se ha metido por una de las puertas laterales del edificio y ha reaparecido al rato con un metro.  Ha medido, ha abierto la puerta trasera del vehículo, (vehículo es una palabra que me parece que solo utiliza la Dirección General de Tráfico), y se ha puesto a  sacar muchas cosas, todas muy semejantes, eran como la misma cosa multiplicada. Tenían apariencia de cepos o de lámparas con candelabros o serían  cepos  lámpara. Ha sacado muchísimos de esos objetos incomprensibles, por lo menos para mí, para él seguro que tenían pleno sentido,  y luego como unos toneles del mismo color metálico que los cepos lámpara.

A continuación ha metido la cabeza en la furgoneta y después el resto del cuerpo para extraer del fondo lo que estaba buscando. ¿Qué estaría buscando y por qué si lo iba a necesitar lo tenía tan alejado y difícil de alcanzar? Puede que no supiera de antemano que lo iba a necesitar o que no se pare a pensar cuando mete a toda prisa las cosas en la furgoneta  a o vehículo, que diría la DGT.

Después de tanto esfuerzo, me esperaba algo más espectacular, pero no, era un objeto pequeño y naranja. Lo ha dejado en el suelo, se ha secado el sudor de la frente con el antebrazo y ha vuelto a desaparecer por la puerta lateral.

El patio se ha quedado vacío, hoy sí se mecían de verdad las hierbas del campito en miniatura, no era imaginación mía, las he visto moverse todas juntas hacia un lado y hacia otro, también las ramas de los árboles que ya están llenas de hojas verdes. Estaba mirando ese movimiento, que me gusta mucho, cuando ha aparecido una monja caminadora, no era la del poncho, era otra. Iba vestida con una falda gris por debajo de la rodilla y una chaqueta también gris pero de un tono más claro que la falda, el pelo corto y blanco. Llevaba la manos en la espalda y un buen ritmo caminador, un poco inclinada hacia delante, venga y dale por la pista de atletismo.

Ha vuelto a salir el obrero acompañado de otro, entre los dos llevaban una barra metálica y del objeto naranja, que ha resultado ser una bolsa de tela, han sacado  unas gomas también naranjas, (se ve que es su color preferido), para atar la viga a la baca de la furgoneta. La monja de gris se ha parado a saludarles desde lejos y les ha hecho una demostración de lo en forma que está moviendo las piernas como si corriera y por si no hubiera quedado claro, ha hecho un par de flexiones de rodillas. Los obreros no  hacían caso pero ella ha insistido , es posible que no se lleve bien con la del poncho ni con ninguna otra y desee nuevas amistades,  o no se lleva mal pero está aburrida y harta de ver las mismas caras y las de los obreros, por nuevas y por masculinas, le estaban alegrando.

Como con la expresión corporal no obtenía atención se ha pasado al lenguaje hablado y les ha preguntado que qué tal estaban, ellos han dicho que bien, sin más detalles y ella que eso era lo más importante, estar bien, estar sano.  Después ha seguido por la pista de atletismo con ese caminar suyo tan marchoso. Por encima de su cabeza ha planeado el halcón cernícalo que, definitivamente, se ha hecho con el control de la zona central, al menos a esa hora del día. Las urracas se quedan por las esquinas. Es lo mismo que cuando hay niños, los dominantes ocupan el centro, los tímidos o no integrados, relegados a los rincones.

Los obreros han seguido atando la viga con la cinta naranja y, mientras tanto, la bolsa de tela ha rodado por todo el patio, daba vueltas, iba hacia delante y hacia atrás, como si fuera un  animal extraño de absurdo comportamiento, un animal de tierra que quisiera ser de aire sin conseguirlo. Un animal desesperado, deseoso de escapar.

En realidad, no, parecía lo que era,  una bolsa de tela naranja movida por el viento.

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Dibujo de Olga Álvarez