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¿Será el Arte o qué será?

Creía yo que lo que buscaba Rosi el pasado atardecer por el desmochao eran materiales para una nueva creación artística, pero no, me equivoqué, lo que andaba buscando en penumbras y con los primeros murciélagos dando tumbos por el cielo era al propio Arte, con mayúsculas.  Al parecer, tras una temporada de llamadas continuas y constantes, tras una temporada que hasta se podría considerar de acoso artístico, sin dejarla  hacer sus trabajos cotidianos, perturbando su sueño y teniéndola completamente absorbida y hasta abducida, el muy desgraciado (son sus propias palabras) ha desaparecido y ni llama ni se presenta de noche ni quiere saber nada de ella.

-Estoy desesperada y puede que me quede corta, siento un vacío, un descoloque, un no saber qué hacer con mi vida misma que, de verdad, esto no se me hace. Vengo cada día y cada noche al desmochao porque aquí fue donde me llamó la primera vez hace ya…¿cuatro años hará?, por ahí, por ahí. Lo recuerdo a la perfección,  estaba paseando al perro que no tengo, es decir, paseándome a mí misma  con cierto sentimiento de culpa porque, ¿quién pasea hoy en día tan tranquilamente y sin pulsera que te cuente los pasos? Es raro, lo sé. Estaba haciendo el raro, lo admito. Buscaba un poco de silencio porque tantas horas en la peluquería escuchando la cháchara de la gente me pone toda loca, me buscaba a mí misma entre los hierbajos estos y entre las basuras y también miraba hacia el suelo porque un día me encontré un billete de veinte euros y qué bien me vino, guapas, es un decir.

El caso es que oí con toda claridad, pero meridiana la claridad,  una voz de fumador que me decía, “Rosi, agarra ese tetrabrik de vino y crea, que tú puedes”. La verdad es que me dio un poco de asco porque estaba bastante pegajoso pero hice caso  y en un momento, casi como por magia, tenía una lámpara.  Me entró un subidón… y desde ese día, un no parar. Podría ponerme a enumerar la cantidad y cantidad de objetos artísticos que han salido de aquí pero no quiero abrumaros ni que os entre complejo. No tengo mérito, el Arte me vino a buscar. Lo que no entiendo es este abandono repentino, es que yo ya no puedo vivir sin él, me aburro muchísimo sin el Arte, se me hacen los días eternos, no les encuentro el sentido ni la gracia.

Y dicho todo esto de carrerilla y casi sin respirar, se sentó en una piedra y se echó a llorar.

Anda, dijo, Petronila, (desde que lee  no hay quién la aguante), como la Elisabeth Smart, solo que en vez de en Gran Central Station, en una piedra de un descampado madrileño.  Se refería mi prima a un famoso libro poético  titulado, “En Gran Central Station me senté y lloré”.

Pero no llores, Rosi, mujer, traté de consolarla,  si el Arte solo ha dejado de venir un par de días, hace nada estabas con el ciervo ese tan, tan, tan original, no te sofoques que volverá. Además, ten en cuenta que si te pones así, posesiva y controladora, vas a provocar el efecto contrario, déjalo libre.

No me da la gana, dijo ella limpiándose los mocos con la manga de la chaqueta, voy a mirar fijamente a ese árbol y a concentrarme mucho y este vuelve. Cuando era una jovencilla es lo que hacía mirando fijamente al teléfono para que llamara el que me gustaba, “llama, llama, llama, le decía mi pensamiento con toda la fuerza que da la concentración en el punto medio de la frente o tercer ojo”.

¿Y te funcionaba?, le preguntó Petronila, porque si es que sí, podría hacer lo mismo o parecido con mis hijas Hildergarda y Cunegunda mirando fihamente las puertas de sus cuartos, “dejad de tocarme las narices, dejad de tocármelas…”

Pero no pudimos saber si le había funcionado o no porque en ese momento vimos acercarse a una figura masculina, alta y desgarbada, vestido con unos extraños calzones que le llegaban por debajo de las rodillas, corría con muy mal estilo y también resoplaba, ¡Ceferino haciendo el runner!

¡Qué raro y qué mal trota!, es tan apuesto en su estilo…dijo por lo bajillo Rosi dejando de mirar el árbol y olvidándose por un instante de la desaparición del Arte. Después suspiró como si se quisiera vaciar por dentro y puso de nuevo la vista en el árbol.

Curioso, pronunció Petronila rascándose la coronilla,  el libro de la Smart trata de un apasionado amor infiel, ¿suspirará Rosi por el Arte o por…? Buah, y a mí qué, ¡que les den morcilla!

Los venenos, sus antídotos

Mientras recorríamos el desmochao intentando alcanzar a Rosi para que nos explicara qué pensaba hacer con tanto palo, me fijé en las atípicas bellezas del lugar. En los arbustos, flores, matojos, hierbajos y árboles retorcidos que de pronto se han vuelto amarillos, blancos o morados. También había cascotes, desperdicios, abejorros exploradores y mucha tierra reseca. Parecía la página del cuaderno de un niño que está aprendiendo a pintar, lleno de colores chillones que no respetan el contorno de las cosas, lleno de cosas sin contornos.  O los bocetos de un loco. Sea como sea, tiene algo muy atrayente el  desmochao. Por fin llegamos hasta donde estaba Rosi.

– ¿Qué haces con esos palos, no irás a prender una hoguera aquí mismo?, le preguntó Petronila. Mira que estamos a 25 grados, y señaló el termómetro que se ve enfrente, sobre el edificio moderno, al otro lado de la autopista.

-Ahora no tengo tiempo de cortar pelos ni de teñir ni de poner mechas ni de que me soltéis el rollo mientras os peino, ya lo aviso. Es que la gente se cree que las peluqueras somos como los médicos, que siempre estamos de guardia y prestos para resolver emergencias. Os las apañáis como buenamente podáis. Falta os hago, ahora que os miro más de cerca, santa María Magdalena, patrona de mi gremio, ¡ qué greñas me lleváis!,  pero ya os digo que no puedo, estoy ocupada.

-Ya, ya, si eso lo vemos y no queremos tus servicios, solo saber qué haces.

Abrazó Rosi sus palos como si se los fuéramos a quitar, levantó la cabeza  y sus pelos teñidos de verde y azul refulgieron al sol igual que  si a ella también la hubiera coloreado el niño del cuaderno o el loco de los bocetos. Así de iluminada, dijo:

-He sentido la llamada del arte mientras estaba lavando a una señora y le he dicho, ahí te quedas María Consuelo, sécate tú misma y cierra la puerta al salir.  Tengo que obedecer estas llamadas porque ya tengo comprobado que cuando reprimo mi creatividad se me agría el  carácter, es como si la vida me fuera envenenando y , o me tomo el antídoto a tiempo o… no sé si me entendéis.

-Te entendemos a la perfección, Rosi, ¿qué te crees, única? Yo me siento envenenada cuando no lucho por la causa, por cualquier causa, ahora mismo estoy envenenada hasta los tuétanos,  y esta de aquí, mi prima la rara, se envenena cuando no escribe chorradas en su blog o en sus cuadernuchos. Lo que no sabíamos es que fueras artista de los palos, ¿y qué vas a hacer con ellos?

Soy artista de lo primero que pillo. Esta vez estoy creando un ciervo,  ya lo tengo casi acabado, las astas se las estaba haciendo con peines rotos pero ya no tengo más y por eso he venido a por palos, lo voy a colgar en el escaparate de la peluquería durante unos días, es mi galería.  Son obras de arte efímeras, como la vida misma, las tengo unos días expuestas y después las desmonto. Monto y desmonto constantemente como en un proceso de renacimiento y muerte, tal como hace nuestra madre naturaleza, tal como todo lo existente. Mirad, ya les han brotado hojas y flores a los árboles, todo reverdece y reflorece, llega la primavera y luego se marchará. Monta y desmonta, pone y quita, nace y muere, abrocha y desabrocha la vida.

Ah, dijo Petronila, pues sí.

Yo no dije nada porque nos habíamos acercado a la peluquería  a ver al ciervo  y a María Consuelo secándose ella misma con cara de cabreo y aquello, aquello (me refiero al ciervo) es que no sé cómo calificar aquello. Llamativo sí me pareció.

Recuerdos a Ceferino, se despidió Rosi empujándonos de  su peluquería taller creativo anti envenenamientos. Qué hombre más encantador, es un cielo, un tesoro,  la suerte que has tenido.

-Creo que está un poco enamorada de él o más que un poco, me confesó Petronila ya fuera de la peluquería. A la inversa me parece que que no, pero tampoco podría asegurarlo, yo ya no soy la que era,  ya no tengo las energías ni el atractivo que tenía y encima estoy envenenada,  ahora la que manda es la misteriosa y me acaba de decir que nos sentemos en esta terraza y que me invites a una caña y a un pincho de morcilla.  La morcilla tiene hierro y estoy carente.

Los mensajes de la misteriosa me están empezando a parecer un poco interesados, pero tampoco quiero desconfiar de mi prima enferma y en momentos bajos.

Total, que nos sentamos. Petronila me dijo que había estado  estos días leyendo el libro Paisaje con grano de arena de la poeta Wislava Szymborska y que qué me parecía si intentaba ella escribir también, sin pretensión ninguna,  como antídoto más que nada.

-Parece fácil, igual que ella tiene una poesía a la cebolla, yo le puedo hacer otra a la morcilla, por ejemplo. Me voy a apuntar aquí mismo, en las notas del teléfono, unas primeras ideas que se me han ocurrido,  en principio no son muy allá pero luego quién sabe… Ya verás, ya verás.

Morcilla, morcilla, que os den a todos morcilla, susurró Petronila entre bocado y bocado. Me siento mejor,  menos intoxicada por la vida y sus ataques y eso que todavía no tengo más que una idea por encima de lo que va a ser el poema,  ¿te gusta?

Menos mal que no tuve que contestar porque ella metió la cabeza debajo de la mesa, me pegó un tirón del brazo para que yo hiciera lo mismo y muy alterada dijo: mis hijas, mis hijas, por ahí vienen,  que no me vean, por Dios.

Y yo que pensaba que eran los hijos los que se escondían de los padres…

-Están guapísimas y qué altas y bien plantadas, observé sacando medio ojo.

Sí, sí, todo lo guapas que quieras pero las temo más que a un nublao, no asomes la cabeza hasta que no se pierdan de vista.

¿Y por qué tendrá tanto miedo Petronila a sus vástagas,  Hilde y Cune? Si parecen inofensivas.

Morcilla, morcilla, que os den a todos morcilla, siguió recitando Petronila bajo la mesa junto a una hilera de hormigas atraídas, no tanto por el poema, como  por nuestras migas.

Peti

En el piso de abajo vivía una señora viuda. Se llamaba Peti, tenía la cabeza llena de ricitos blancos y hablaba como si balara, haciendo temblar las sílabas, sobre todo la última de cada palabra. A causa de algún problema en las piernas, a veces las llevaba vendadas, apenas salía. Según mi madre, Peti tenía muy mala suerte porque nos tenía que aguantar a todos nosotros saltando sobre su cabeza.

Pero ella no se quejaba nunca, si acaso decía riéndose “ayer parecía que se me iba a caer el techo encima, tunantes”. A Peti las tardes se le hacían muy largas y por eso nos pedía que bajáramos de vez en cuando a su casa.

Gracias a ella, mi hermana y yo consideramos seriamente la posibilidad de dedicarnos al mundo de la farándula. Éramos las típicas pesadas que se pasan el día bailando y pidiendo a alguien que las mire. Uno no baila para nadie, baila para recibir aplausos y hasta ovaciones. Pero en nuestra casa no teníamos público.

Estábamos muy frustadas y a punto de abandonar el cante y el baile hasta que descubrimos a nuestra más fiel admiradora en el piso de abajo. No solo le parecíamos guapísimas, de una belleza racial, decía, sacándonos así, aunque solo fuera por un rato, del informe montón de la normalidad. Además consideraba que nuestro arte, que en nuestra casa solo provocaba bostezos contenidos y algún que otro empujón, era inigualable y único y nunca se cansaba de mirarnos y de aplaudir al final con entusiasmo de fan entregada. Una vez hasta se levantó de la silla y gritó tres veces bravo.

Ante tal éxito empezamos a perfeccionar las coreografías y a añadirles números más complejos que incluían saltos gimnásticos, pinos puente, recitado de poemas, furiosos taconeados con los zapatos de flamenca y mucho agitado de melenas y revoleo de faldas para terminar. Peti hasta lloraba. Ahora pienso que de risa pero entonces me parecía que era de la emoción que le causaba la pureza de nuestro arte temperamental.

Fuimos muy felices aquellas tardes en casa de Peti y creo que ella también lo fue. Nos llamaba niñas divinas y artistas como la copa de un pino y para celebrar la actuación sacaba una botella de licor carmelitano y se atizaba un lingotazo. Nos contó que era una bebida muy digestiva que hacían unos monjes de Benicassim, su pueblo natal.

Un día nos dejó probar un poco y como nos gustó nos puso un culín en un vaso para las dos. Es muy reconstituyente, nos dijo balando. Y ya todas las tardes nos daba el culín después de bailar, para reponer fuerzas y reconstituirnos. Después le entraba nostalgia y nos hablaba de playas y palmeras mientras nosotras nos reíamos sin saber de qué.

Nuestra carrera se truncó cuando empezaron a mandarnos deberes en el colegio y tuvimos que sustituir los bailoteos apasionados, los aplausos y el licor carmelitano por las cuentas y las caligrafías. Las tardes se nos volvieron aburridas como a Peti. Y también largas.

(Cuaderno de DM)

El tío Juan

El tío Juan se vino a vivir a nuestra casa, al cuarto de la plancha. Como éramos muchos no importaba, apenas notábamos una presencia más en medio del jaleo que había siempre. Distinto hubiera sido de haber tenido amplitud y silencio, tal vez en ese caso no le hubiéramos acogido. Pero se vino porque estaba solo, porque tenía lo que mis padres llamaban “una depresión de caballo” y porque uno más, uno menos, lo mismo nos daba ya.

Se adpató muy bien al cuarto de la plancha y el cuarto de la plancha también se adaptó a él, igual que si se hubieran estado esperando y al fin se hubieran encontrado. Ese cuarto era la funda perfecta para el tío Juan y su depresión de caballo: pequeño, oscuro, con muchos trastos por los rincones. Nunca salía de ese caparazón excepto para ir al baño o para sentarse a la mesa a la hora de comer.

Ocupaba su sitio muy silenciosamente porque la depresión de caballo le quitaba las ganas de hablar, comía dos bocados porque tampoco tenía hambre, y luego hacia dibujitos con la comida en el plato. Dibujitos simétricos, pequeños mundos ordenados a la perfección que nos encantaba mirar.

A ver que dibuja hoy, nos decíamos unos a otros muy interesados. Esa atención creo que le gustaba porque cada día se esmeraba más y su arte se iba perfeccionando.

Después regresaba a su cuarto-funda y se tumbaba en la cama, estrecha y siempre llena de un lío de ropa para planchar que él colocaba cuidadosamente en la esquina inferior derecha.

Cuando entrábamos a planchar, lo que hacíamos por turnos porque éramos muchos y todos teníamos que colaborar, él se sentaba en la cama, derecho y con las piernas muy juntas y suspiraba al ritmo del vapor. Muy bien, muy bien, decía cuando ya habíamos terminado. Se ve que le gustaba el efecto de ropa planchada puesta en montones, el orden, la organización.

Se ve que le gustaba que el mundo estuviera bien trazado, que fuera simétrico, que todo conjugara, que no hubiera nada fuera de lugar, dispar o anómalo. Por devolverle el cumplido, empezamos a decirle también nosotros “muy bien, muy bien” cuando terminaba sus cuadros del plato.

Todos menos mi madre que lo que quería era que comiera porque pensaba que alimentándose saldría de la depresión de caballo y con un poco de suerte, del cuarto de la plancha. Como si todo en esta vida fuera comer y el arte no tuviera ninguna importancia.

(Cuaderno de DM)

Inspiración o expiración

 

Me dejó muy pensativa la conversación que tuvieron el otro día mi jefa y su amiga la Poncho sobre inspiración y creatividad. Tanto que este fin de semana he intentado poner en práctica todo lo que oí.

Primero me puse a probar la técnica de la Patricia. A su amiga le explicó que ella pone la mente en blanco para que las ideas tengan un sitio donde posarse y asentarse y lo demás le viene rodado.

Tiene su lógica, la verdad, es como un avión, si la pista está ocupada no puede aterrizar y se pone a dar vueltas con el pasaje alterado hasta que encuentra dónde. Si no encuentra sitio pues se marcha a otro aeuropuerto. Las ideas lo mismo, necesitan un previo despeje para llegar a donde tengan que llegar y si tú no se lo das, otro lo hará.

Digo sentándome y encendiendo el ordenador, venga, mente en blanco, a ver qué pasa. Aquello era todo menos blanco, menudo tráfico intenso que tenía montado interiormente: el Toni con su huerto, mi madre regañándome, la Esme que se ha comprado unas gafas nuevas, su padre contando el atraco, yo misma persiguiendo al Jacobín por los pasillos, la aspiradora zumbando ella sola, los mofletes de mi sobrina, la Noe hablándome a gritos. Esto último no estaba en mi mente necesitada de un controlador aéreo si no en la vida real.

Aquí no hay avión que aterrice y de ideas ya, ni hablamos. Y dice la Patricia que una vez puesta la mente en blanco, madre mía cómo lo hará, las ideas le vienen solas y ella solo tiene que teclear como impulsada por una fuerza externa, como si alguien le estuviera dictando, sin tener que poner voluntad ni esfuerzo.

Eso se llama fluír, le contó después a la Poncho y es una de las experiencias más gratificantes que se puedan tener, te aislas del mundo, el tiempo no existe, sólo tú y tu creación. Es maravilloso.

Se ve que la otra no quería quedarse atrás en cuanto a artes y fluimientos, las artistas son muy competitivas, porque le contestó que ella también fluía, solo que no utilizaba para ello la mente en blanco, ella observaba la realidad y con eso tenía más que suficiente.

Voy por la calle, decía, y veo un palo en el suelo. Donde otros no verían nada, yo atisbo,dijo esa palabra, infinidad de posibilidades. Todo me vale, todo es material creativo, lo feo, lo roto, lo inmundo, la basura, me inspira especialmente la basura y la riqueza de materia presta (también dijo esa palabra)  a transformarse que contiene.

Pues ya que la mente en blanco no me salía, me fui a la cocina y pisé el pedal del cubo para abrir la tapa y sacar de ahí algo que me pudiera llevar al flujo. Los yogures bio desnatados de la Noe, una cáscara de plátano, pelusas, el envase de la pizza cuatro quesos que nos cenamos ayer…a mí esto, aparte de sentido de culpa porque no reciclamos por falta de espacio y ganas, no me dice nada más. Tampoco va ser este mi sistema.

A lo mejor es que en vez de en fase de inspiración, que es cuando todo te entra, para luego pasar a la espiración, cuando todo te sale, estoy en la expiración, cuando todo se acaba.

Noe, creo que es mi fin, no se me ocurre nada, le dije un tanto preocupada. No fluyo ni nada.

¿Qué fin, el fin de qué?, ¿te gusta cómo me queda esta camisa con este top debajo? Me voy a probar luego el vestido largo para que me digas cómo me ves. Todo por cinco euros, la tela es mala pero, tía, da el pego, con tal de que no me acerquen un cigarro…

Que digo que no estoy creativa y que no puedo poner la mente en blanco ni me dice nada la materia inerte. No llego al fluimiento ni de coña.

Bueno, ¿y qué?, dice ella encogiendo los hombros, es su gesto mítico cuando no ha entendido algo pero no lo quiere reconocer.
Hay cosas más graves, pero que mucho más.

Pues también es verdad.

La función

Eva, llegas tarde.

Perdone, doña Marga, es que había atasco, me atrasa el reloj y se me ha echado el tiempo encima, digo endilgándole los tres primeros tópicos que se me ocurren.

No te disculpes tanto que a mí me da lo mismo, lo digo por ti, porque te vas s perder la función y es una pena, hoy promete.

Ah, ¿pero que va a haber teatro?

Claro, el de casi todas las tardes. Corre las cortinas, gírame la silla, llama a Cecilio y siéntate tu también a mirar.

Obedezco y me siento pero, sinceramente, yo no veo nada más que el cielo de todos los días, ni actores, ni decorado, ni telón ni nada que me indique que va a empezar el teatro ese que ella dice. Se lo digo, no vaya a ser que se crea lo que no es y luego se lleve una desilusión.

Mire, doña Marga, a mí me parece que aquí no va a pasar nada, es el cielo de todos los días con unas cuantas nubes pasando.

No es el cielo de todos los días, es el de hoy, cada día es distinto y la función nunca es la misma pese a que aparentemente lo pueda parecer. El tema tal vez sí sea el mismo pero con variaciones que lo hacen diferente.  ¿O tú dirías que todos los seres humanos somos iguales pese a estar formados con idénticos materiales?

Cualquiera le rebate que es muy suya para sus cosas y se ve que esto de las funciones es una de sus cosas. Con el bastón me señala el sol que se está empezando a esconder por una esquina. Y tú, Cecilio, estáte atento que esto es mejor que todas las películas absurdas que ves.

Pues a callar y a mirar.

Qué maravilla, dice ella, ya empiezan a salir los colores, este va a ser de los buenos, cuando hay nubes son mejores. Mirad, mirad qué rosado, qué morado, qué rojizo. Qué tío más exhibicionista, el numerazo que está montando para despedirse, suelta luego.

¿Pero de quién habla, doña Marga?

Del día, naturalmente, que se muere ante nuestras narices desplegando toda su belleza antes de retirarse y dejar paso al siguiente. Dí que sí, con ballet y todo, se pone apuntando con el bastón a una bandada de pájaros que vuela en círculos aprovechando alguna corriente de aire.

Qué preciosidad, es un artista total. ¿Te gusta, Cecilio? El don Margarito se lleva la mano a la boca como diciendo “cosa fina” o eso interpreto yo. ¿Y a ti, Eva? Huy sí, esta función está muy bien y lo digo sinceramente porque la verdad es que no me esperaba yo tanto arte gratuito con solo asomarme a la ventana.

Cajones y arte

En mi pueblo no hay mucho que ver, no tiene museos como otros pueblos que tienen el del aceite, el de la cerámica o el que se saquen de la manga con tal de atraer turistas. Tampoco cuenta con monumentos destacables. La iglesia no es fea pero no puede competir con otras dos románicas que hay por la zona aunque, de todas formas, a las lugareñas nunca se les ocurriría visitarla como objeto de interés artístico, ya la tienen muy vista de misas, bodas, bautizos y funerales.

Tampoco les da por ir de excursión a la calzada romana que se encuentra al inicio del monte, por ahí solo suben, con grave riesgo de despeñarse, turistas tarados, montañeros locos y otros especímenes de poco fiar. ¿Qué interés pueden tener esas piedras tan viejas que están que se caen? Pues ninguno. A las de mi pueblo no les gusta lo viejo y lo romano no es que sea viejo sino viejísimo. Lo bonito de ver son las cosas nuevas y relucientes, las cosas ordenadas y pulcras y entre ellas han figurado durante muchos años, a falta de mejores atracciones, los cajones del armario de mi hermana Lauri.

Era mi madre la que organizaba esas expediciones de mujeres para ver los cajones. Surgieron de manera espontánea, a medida que se iba encontrando amigas o conocidas por la calle o las tiendas. Tiene mi Lauri unos cajones que no os los podéis ni imaginar, son una preciosidad…si os pasáis luego, a eso de las cinco y media, os los enseño.

Empezaron viniendo tímidamente, de dos en dos, de tres en tres como mucho pero, poco a poco, se fue corriendo la voz de que los cajones de la Lauri eran algo digno de verse y de contemplarse y manadas de mujeres, hordas femeninas o como se les quiera llamar, estuvieron irrumpiendo largo tiempo en mi casa adentrándose sin ningún recato en nuestro cuarto, con mi madre de cicerone.

La Lauri y yo nos encontrábamos por lo general en el trance de hacer los deberes, ella con su mesa muy bien organizada y yo con la mía en mi personal estilo. Entraban las mujeres, formaban un círculo alrededor del armario, mi madre abría sus puertas con mucho teatro y aparecían los cuatro cajones. Ellas solo iban a ver los dos de arriba, los de la Lauri. ¿Estáis preparadas?, decía siempre mi madre creando intriga y tensión y abría el primero. Dentro había bragas, sujetadores y calcetines pero tan perfectamente colocados y distribuidos en el espacio del cajón, tan simétricamente organizados, tan bien conjugados los colores,  que semejaba una obra de arte de clásica elegancia. Ohhhhhh, exclamaban conmovidas las mujeres, algunas hasta se tapaban las bocas del puro asombro.

Pues ahora el de  abajo, anunciaba la guía turística. Y el segundo cajón se deslizaba silencioso por el riel mostrando su contenido: camisetas. El orden era tan perfecto que no parecía del planeta Tierra. Las mujeres desviaban entonces la mirada hacia la cabeza de Lauri que, pulcramente peinada y olorosa a colonia, (nunca he entendido por qué mi hermana se ponía colonia en el pelo antes de hacer los deberes), seguía reclinada sobre sus libros y cuadernos intentando pasar desapercibida. Solo les faltaba arrodillarse y adorarla.

¿Y los dos de abajo?, preguntaba alguna avispada pasándose de lista. Esos mejor no abrirlos porque dan pena, son los de la Eva, soltaba mi madre sin ningún miedo a traumatizarme de por vida. Las mujeres volvían la vista hacia mí con gesto de reproche, meneaban la cabeza con disgusto y, lo que es peor, algunas se reían.

Qué tontas y qué ignorantes, pues si el interior de mis cajones también era arte, pero de otro tipo, mucho más moderno y vanguardista. Un arte en el que lo que importa no es la armonía sino el comunicar todo el caos y la confusión del mundo. Esas señoras tan academicistas y apegadas a los modelos canónicos no sabían mirar ni estaban preparadas para entender mi lenguaje artístico. Paletas.

 

Arte encontrado

Ayer, al empujar la puerta para entrar a la sala donde doña Margarita pasa sus días topé con un objeto extraño, casi lo rompo, qué susto me di. Era una silla de ruedas plegada y guardada ahí, entre la pared y la puerta.

Pero bueno, doña Marga, si no sabía yo que tenía usted una silla de ruedas, lo bien que nos va a venir, nos vamos a ir de paseo, la voy a llevar a un montón de sitios, ya no nos tenemos que quedar aquí toda la tarde con la murga del cuco y los tiroleses, le va a sentar muy bien cambiar de aires, ver la vida, salir a la calle, que le de al aire y el sol ahora que empieza el buen tiempo. Qué cara me pone, no la veo muy entusiasmada.

Me la trajeron hace una semana y sí, reconozco que me puede dar autonomía y libertad pero es que….tú al niño que cuidas, a Jacobo, ¿lo llevas en sillita.?

Sí, porque aunque sabe andar se cansa y así llegamos antes, es más cómodo y menos peligroso porque le gusta mucho echar a correr y pasan coches y….

¿Y cómo es esa sillita?, de aspecto, digo.

Ah, pues muy chula, sí, la tela es verde, lleva una capota, tiene un saco con unos dibujos de estrellas para cuando hace frío, una bolsa colgada detrás para guardar sus cosas que también hace juego, no le falta detalle, la verdad.

Pues ahora mira la mía, ¿a qué es horrorosa?,con ese cuero negro que da miedo, no quiero ir subida en algo tan feo. Digo yo que porque seamos viejos no tenemos por qué renunciar a la belleza ni a la estética.

Pero qué presumida es usted, doña Margarita, ¿qué más le dará que la silla sea fea? Usted se sube y yo la empujo, va a ver muchas cosas ahí montada y se lo va a pasar bien y eso es lo que importa, me parece a mí.

Te parece a ti pero no a mí. O me la tuneas o yo en ese mamotreto de ortopedia no me subo porque atenta a mis más básicos principios estéticos.

Que se la tunee, dice, o sea, que quiere que se la pinte de colores o que le haga dibujos o algo así, es que a mí las manualidades, tengo una amiga que sí, es muy mañosa y muy creativa pero yo soy más bien chapucera, no es lo mío, claramente.

Tú por eso no te preocupes que solo tienes que seguir mis indicaciones. Abre ese armario que tengo guardadas muchas telas, retales, cintas, lazos, lanas…le vas a ir poniendo lo que yo te diga. ¿Qué te gusta más las libélulas o las mariposas? Eso para el asiento, el respaldo podría quedar muy bien con esa otra brillante y luego para el apoyo de los brazos…déjame que piense

Huy madre, cómo hemos dejado la silla entre las dos, totalmente irreconocible, si parece el trono de una reina mágica de cuento. Y lo contenta que estaba doña Margarita, dice que hemos hecho alquimia estética, arte encontrado y que hemos dignificado el objeto. Todo eso. Desapercibidas no vamos a pasar, eso seguro.

 

 

Performamos

Después de pelearnos media mañana por quién hacía qué y cómo y de que la lacia melena del Umberto deviniera en fosca, hemos conseguido ponernos de acuerdo. La Esme se ha salido con la suya y se ha quedado con el libro, a mí me ha tocado la patata con su correspondiente cuchillo para pelarla y los niños a mis pies simbolizando la fertilidad. La Norma, en vez de mirar al cielo, ha decidido él que mire el móvil porque actualmente las doncellas, o lo que sean, no están pendientes de las nubes sino de los tuits. A la Pandora, para acallar sus protestas, le ha dejado la baraja para que haga solitarios.

Aclarados estos puntos nos ha conducido hasta el paseo central del parque y nos ha colocado bien atravesadas justo en su centro para que todos los corredores, caminadores,paseadores de perros,entretendores de niños,patinadores o despistados varios pudieran contemplarnos.

¿Y cuánto tiempo tenemos que estar así, haciendo el ridículo?, ha preguntado la Pandora con su habitual mala leche.

Lo que tarde Eva en pelar la patata pero tómate tu tiempo, me ha indicado mi director artístico. Y me lo he tomado porque a cada momento tenía que salir corriendo detrás del Jacobín que no sabe estarse quieto.

Qué de gente nos miraba. Muchos se reían por pura ignorancia de lo que es una performance, otros interactuaban con nosotras, lo que quiere decir que nos decían cosas, insultos en su mayoría.

No os preocupéis, está actuando la catarsis, nos ha explicado didácticamente el señor artista antes de que la Esme se levantara dispuesta a partirle la cara a alguno.

También ha habido los que, por hacerse los entendidos en arte contemporáneo, nos observaban con mucho detenimiento y se quedaban quietos, como reflexionando.

Les estamos removiendo los cimientos inetriores, nos ha susurrado Umberto para darnos ánimos porque performar, qué queréis que os diga, es bastante aburrido.

Oye, le he chistado a Esme que hacía como que leía pero que sin sus gafas de vista cansada es incapaz, ¿no te sientes como un personaje de las Meninas?

Me pido la infanta Margarita, o mejor Velázquez, ha saltado con ansiedad. Su afán protagonista no conoce límites.

La cuestión es que el grupo que nos miraba se agrandaba por momentos, no porque estuviéramos haciendo nada nuevo sino porque la gente es básicamente borrega y envidiosa y si ven que otros hacen algo ellos también quieren hacerlo, no vayan a quedarse al margen.

Umberto estaba exultante con el éxito de lo que él denomina  su happening pero no dejaba que nos hicieran fotos ni nos grabaran alegando que es partidario del arte que no deja huella, que se hace y se deshace, de lo efímero y pasajero en todas sus manifestaciones. ¡Qué grillao está el pobre muchacho!

Cuando hemos terminado nos han aplaudido, algunos en serio y otros de cachondeo pero eso es natural, nunca se gusta a todo el mundo.

Bueno, dice la Esme, pues ahora páganos. Yo tengo que cobrar un poco más que estas porque soy la jefa. Pero Umberto ha dicho que este no era un trabajo remunerado, que no seamos mercantilistas, que nos quedemos con la experiencia de haber participado en un acontecimiento removedor de conciencias, que nos conformemos con haber suscitado asombro y provocación.

Será agarrao el artista este, que ni un triste canapé, ha mascullado la Pandora cojeando hasta su mesa de adivinar.

Por aquí no vuelvas, le ha amenazado la Esme levantando el Tao te ching con ademán de írselo a tirar a la cabeza.

No te preocupes, Umberto, majo, que a la Norma y a mí sí nos ha gustado esto del arte viviente, ¿verdad, Norma?

Muy lindo, sí, muy lindo, ha asentido ella sin dejar de mirar las fotos de su niña en la pantalla del móvil.

Libro o patata

Se llama Umberto. Es artista. Quiere que seamos parte de su obra. Dice que el siglo XXI es performático. Otro que tal.

Que nos ha estado observando (eso ya) y que le hemos parecido altamente interesantes como materia prima. A mí eso me sonaba a algo de comer pero resulta que no, es más bien de ver.

Que si queremos participar en una experiencia conceptual y visceral. Que si nos gustaría ser arte en vivo. Y ahí ya se ha ido animando el hombre. Que nos ve claramente como una alegoría del paso del tiempo, de la fugacidad de la vida, de la transformación de los cuerpos. (Lo de siempre, vamos, la obsesión de todos los artistas). Que representamos, cada una de nosotras, una etapa vital de la mujer, que  nos visualiza como arquetipos. Y se pone a señalarnos con sus anillados dedos y a menear la melena,que la tiene muy bonita y muy brillante, -eso hay que reconocérselo- cada vez más emocionado con su propio discurso.

Tú, dice apuntando a la Norma, eres la doncella. Qué lindo, responde ella como era de prever. Tú, me señala a mí, la mujer fértil que da la vida. Que sepas, le aclaro, que no estoy embarazada aunque lo pueda parecer. Eso es lo de menos, esto es arte, no realidad, zanja él. Y sigue con el reparto de papeles. Tú, la del quiosco, eres la mujer madura. No te creas que tanto, miente la Esme. Y tú, la señora de las toses, la anciana sabia. Ya empezamos a molestar, refunfuña la Pandora. ¿No puedo ser la joven ignorante? Total, como dices que esto no es realidad pues por cambiar un poco de papel.

Que no tenemos que hacer nada especial, simplemente sentarnos en unas sillas o en la misma hierba y realizar alguna actividad sencilla. Por ejemplo, la madura puede leer un libro, la anciana tejer una bufanda, la doncella que mire al cielo soñadora y la fértil que pele una patata.

Oye, Umberto, protesto sintiéndome como si me hubiera retrotraído a la función de Navidad del colegio donde nadie quería ser mula o buey, yo prefiero lo del libro que me va más. De eso nada, guapa, el libro es mío,te ha tocado la patata y te fastidias si no tienes glamour, se defiende la Esme.

La patata representa la actividad nutricia propia de ese etapa vital, dice el muy pirado intentando convencerme.

Desde ahora aviso que yo en la  hierba no me siento que tengo reuma y además luego no me puedo levantar. Y lo de tejer, tampoco, primero porque no sé y segundo porque me duelen las cervicales.

Que no nos quedemos en los meros detalles, que lo importante es que nos mostremos tal cual somos para que la gente que pase se pueda identificar y que puedan interactuar con la obra a la vez que reflexionan.

Pero yo mejor el libro, insisto.

A mí no me ponéis a pelar patatas, eso que quede claro, que bastantes patatas he pelado ya a lo largo de mi vida, advierte la Esme mirándome con odio.

Pero no durará mucho rato esto de hacer de cuadro, ¿verdad, hijo? es que si estoy mucho tiempo en la misma posición me anquiloso toda, señala la Pandora.

Y así hemos seguido debatiendo y peleando entre nosotras y acallando la voz de Umberto que intentaba, sin éxito, explicarnos algo. La única que ha adoptado su pose desde el primer momento y sin rechistar ha sido la Norma pero eso no tiene mérito porque ella es así siempre. No sé por qué me ha parecido que nuestro nuevo amigo el artista se estaba arrepintiendo un poco de habernos elegido de materia prima, hasta la melena le estaba perdiendo lustre.

Te aguantas, majo, y ahora ya no puedes recular que, en el fondo, lo de ser arte en vivo nos ha hecho ilusión.

Huy, qué bien, que vamos a ser performánticas.