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Propósitos, despropósitos

Bueno, majos, pues un nuevo año ha comenzado y aquí seguimos, más o menos en las mismas. Eso sí, tenemos propósitos y algún que otro despropósito. La Noe, por ejemplo, que le ha dado con que se va a cambiar el nombre, que ya no se identifica con Noemi y que se quiere llamar de otra manera. Dice ella que la denominación de origen no tiene por qué marcarle a uno de por vida.
Tampoco me parece a mí que un nombre influya tanto en lo que uno haga o deje de hacer con su vida y que se puede dar un giro nuevo a las cosas con el mismo nombre de siempre, pero ella dice que no, que si quieres que algo cambie tienes que empezar a lo bravo, como el río aquel, y que a partir de ahora pasa a llamarse Miranda, que percibe ella, nada más pronunciar todas esas aes que es un nombre con mucha más apertura y posibilidades. Lo que ella quiera pero para mí va a seguir siendo la Noe.

A la Esme también la tengo muy alteradita con el nuevo año y eso que ella decía y no sólo lo decía si no que lo ha escrito aquí, que eso del año nuevo es una tontería meramente artificial, que se trata sólo de un cambio de número y que todo sigue igual. Bueno, un poco es verdad, porque como ella siempre ha sido de emprender y de innovar pues así continúa.
Está buscando cursos de formación gratuitos porque se quiere reciclar profesionalmente y como ser humano, qué altura de miras se gasta. Hasta el momento no ha encontrado nada, ni los talleres de mindfullnes ni la iniciación a la rumba catalana terminan de seducirle. Digo, Esme, sin ánimo de criticar, ¿no será que empiezas muchas cosas y no terminas ninguna? Soy una gourmet del conocimiento, se me pone, y como buena gourmet tendré que hacer catas y catas y más catas. Ah, bueno, visto así…

Mi propósito para este año, aunque ya me lo hice el anterior, es estudiar algo pero sigo sin saber el qué. Dice la Esme y creo que es una venganza por llamarle pica-flor, que si tardo tanto en decidirme el que me va a estudiar a mí va a ser el propio algo. Qué graciosilla es cuando no se trata de sus propias indecisiones.

A veces tengo envidia de la Morganina y de la doña Marga que no tienen que hacerse ningún propósito ni necesitan autoperfeccionarse, la una porque acaba de llegar y está de tregua, que bastante tiene con irse adaptando al medio, y la otra porque con permancer y no dejar que el medio la expulse, ya lo tiene todo hecho.

Y digo yo, tantos propósitos y tantos despropósitos, ¿serán necesarios?

Tan modosita tú

Mira que te gusta el disimulo. Todas las noches te oscureces y te plantas tu collar de estrellas, el broche de luna en mitad del traje. Todas las mañanas pones a cantar a los pájaros y sacas el sol a iluminar. Calor en los veranos, frío en los inviernos, hojas secas en los otoños, brotes nuevos en primavera. Así, repitiéndote, crees que engañas.

Y sí, durante un tiempo seguí confiada tu aparente orden, pero ahora ya sé que en cuanto me doy la media vuelta cambias los muebles de sitio, me despeinas, me escondes los zapatos, haces crecer a los niños, envejeces a los padres y hasta los matas. Cualquier día me matas a mí también.

Pero tú, vida, tan modosita y aplicada, como si no hubieras hecho nada. Fingiendo que todo sigue un orden, que se atiene a una pauta, a un inalterable compás.

Me llevas por tu engañoso carril de días aparentemente iguales y estaciones sucesivas mientras, por detrás, como una loca compulsiva que odia la estabilidad y la rutina, no paras de arrastrar armarios,tirar tabiques, trastocar los escenarios, sustituir a unos actores por otros. A qué tanto lío si siempre es, con ligeras variaciones, la misma tragi-comedia.

(Cuaderno de doña Marga)

Días ciclotímicos

Hay días que vienen al mundo consecuentes con ellos mismos desde el principio hasta el final. Días que amanecen luminosos y permanecen así hasta que se mueren sin que una sola nube venga a estropearles sus fuertes principios. O días en los que llueve y llueve y no cabe otra posibilidad  más que agua cayendo de un cielo opaco. No mutan, ni se alteran, ni se contradicen. Qué aburridos me parecen esos días tan equilibrados.

Prefiero los días inestables, caprichosos y antojadizos que, conscientes de su brevedad, deciden probar diversas maneras de ser, capaces de pasar de un estado de la materia al otro inesperadamente. Pueden comenzar de forma gaseosa con nieblas envolviéndolos, nubes que se desplazan mezcladas con el humo que asciende de las chimeneas, la velocidad disminuida, la gente difuminada en su interior como si estuvieran a punto de volverse también ellos nube, niebla o humo.

Sin previo aviso el día se licúa, el agua que cae con fuerza se impone a tanta volatilidad afirmándose sobre el estado anterior. Llueve apasionadamente, el día entregado de lleno a su liquidez. Pero como es ciclotímico y no puede estarse quieto, de repente se cansa de lo acuático y se solidifica: se inunda de luz, regresan los cuerpos con toda su materialidad a recorrer las calles duras, de aristas bien definidas. Ya nada es vago ni impreciso ni flota, ni asciende ni se desdibuja.  Todo se muestra tal cual es, bien trazado, ejecutado con firmeza, virtudes y defectos bien a la vista, brillante, recién lavado.

Qué seguridad tiene lo sólido, qué capacidad para el engaño, qué bien finge la permanencia.

(Del cuaderno de la doña Marga)

Caleidoscopio

Después de dejar al Jacobín en la guardería con la obsesiva maestra del botón, mis pasos, que no yo, me han dirigido al parque. Pasa a veces que los pasos van por un lado y las obligaciones por el otro. Me digo por el camino (los caminos son buenos lugares para irse diciendo cosas), si solo va a ser un momento, lo justo para saludar a tus amigas y luego te vas corriendo a desempeñar tus funciones como malamente puedas.

Me he sentido un poco extraña entrando en el parque sin empujar carrito ni llevar niño de la mano, demasiado ligera y liviana y un poco fuera de lugar pero no por ello mis pasos han dado la vuelta sino que me han propulsado con gran decisión hasta el quiosco de la Esme, mi antigua sede laboral para los que no lo sepáis.
Allí dentro estaba la  citada Esme con cara de lunes muermo  y buscando algo en internet con mucha concentración.

Que se me ha roto la lavadora, me salta, solo la puerta y no me quiero comprar otra  porque el mes pasado se me rompió el friegaplatos y no me da para tanto el sueldo, ¿tú no sabrás de alguna tienda de repuestos?, es que esta marca ya no la fabrican, quebró la empresa.

Y yo también voy a quebrar al igual que se están quebrando los árboles de este parque si en vez de gritar alborozada que te da mucha alegría verme me sueltas semejante chapa electrodoméstica. Qué aburrida te has vuelto, Esmeralda, desde que te enamoraste. Y ahora dime, que tengo poco tiempo, el fregoteo me aguarda, ¿dónde están las otras?

¿Qué otras?, me pregunta con desgana sin dejar de rastrear por la red en busca del repuesto perdido.

Nuestras amigas íntimas y socias de negocios fraudulentos: la Pandora y la Norma.

Huy, hija, que atrasada te has quedado, esas ya no están, la Norma ahorró lo suficiente como para volver a Paraguay y allí estará abrazada al mate y a su hijita.

Ah, pues de eso me alegro mucho, qué noticia más buena y ¿la Pandora?

Se ha puesto de freelance en su pueblo. Ha encontrado a cuatro bobas tan achacosas como ella o puede que más y les hace rituales con velas, sanaciones, encantamientos variados y con eso va tirando. Dice que no vuelve, que Madrid huele muy mal y le da dolor de cabeza, que cómo no se habrá dado cuenta antes.

¿Y tú?

¿Yo qué?

Que si sigues tan enamorada del Hipólito y tan feliz.

Sí, mujer, lo que pasa es que tiene sus cosillas también el Hipólito, que si te quita el mando de la tele, que si hay que ir a ver a su tía que la han operado de una hernia, que si está cansado del taxi y se apalanca en el sofá y no quiere salir y cuando quiere salir es para ir a ver pájaros…qué hartura de aves si siempre es lo mismo, trino por aquí,  graznido por allá, ahora vuelo y ahora me poso. Te lo digo, el mundo de la ornitología da para lo que da, no le pidas más. Como a los novios, ahora que lo pienso.

Te noto pelín desencantada, Esmeralda.

No, bonita, ni mucho menos, pásate otra mañana que en cuanto arregle la lavadora pensamos algo para emprender este año que nos saque de las rutinas y nos haga despegar el vuelo. Qué rabia, otra vez el símil avícola, si te digo yo que…

Luego, mientras mis pasos me conducían aceleradamente hacia la mansión do laboro pero no moro ( más quisiera) iba yo pensando en que somos como piezas de un caleidoscopio. Ahora estamos aquí, formando una determinada figura pero al más leve toquecito nos descomponemos y la figura ya no es la misma.

Claramente la figura ya no es la misma que antes del verano, que sea más fea o más bonita será una cuestión de gustos aunque yo no creo que sea mejor ni peor, distinta,  simplemente, un dibujo nuevo que habrá que ir interpretando.

Saltar por los aires

 

Desde que he llegado al pueblo de mis ancestros más ancestrales, me he instalado de nuevo en el cuarto de mi infancia y he regresado a los parajes familiares tengo una sensación extraña: la de que va a pasar algo. Claro, siempre pasa algo, es imposible que no pase nada aunque sólo sea el tiempo pero yo no me refiero a ese ir pasando y modificándonos lentamente de tal modo que ni nos damos cuenta, me refiero a un cambio más brusco y repentino, una especie de cataclismo.

Y con ese barrunto andaba esta mañana cuando para quitarme los malos pensamientos me he puesto leer Canadá de Richard Ford y me he dado de bruces con el siguiente párrafo que espero que no sea premonitorio:

“A lo largo de todos estos años mi hábito de pensamiento da por hecho que toda situación en la que se ve envuelto el ser humano puede dar la vuelta. Todo lo que alguien me asegura que es verdad puede no serlo. Todo pilar de creencia sobre el que el mundo se sustenta puede estar y puede no estar a punto de saltar por los aires. La mayoría de las cosas no siguen mucho tiempo como están. No doy nada por sentado y trato de estar preparado para el cambio que ha de llegar”.

¿Y cómo se prepara uno para eso? Yo no lo sé. Richard Ford me estás asustando.